Espiritualidad vicenciana: Pobres – Servicio

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Celestino Fernández, C.M. · Año publicación original: 1995.

INTRODUCCIÓN.- I. ¿QUIÉNES SON LOS PO­BRES?: 1. Entre la «carencia de lo necesario» y el «desampa­ro social». 2. El «producto marginal» de unos «mecanismos per­versos». 3. La «negación radical» de los que «no interesan». 4. Un retrato de mil rostros o la apertura a todos los «verda­deramente pobres».- II. EL CLAMOR DE LOS POBRES. UNA APROXIMACIÓN SOCIOLÓGICA: 1. Ayer: el «siglo de los po­bres». 2. Hoy: la irrupción de los «nuevos pobres».- III. «NUES­TRA HERENCIA SON LOS POBRES» O LA OPCIÓN PREFE­RENCIAL POR ELLOS: 1. Desde el sentido teológico. 2. Des­de el sentido cristológico. 3. Desde el sentido eclesiológico.- IV. EL JUICIO DE LOS POBRES: 1. Los pobres, «sacramento de Cristo». 2. «Dejar a Dios por Dios». 3. «Nuestros amos y maestros». 4. Unos seres «inspiradores».- V. «A COSTA DE NUESTROS BRAZOS Y EL CON SUDOR DE NUESTRA FREN­TE» OLA PRAXIS VICENCIANA EN EL SERVICIO A LOS POBRES: 1. Líneas fundamentales: a. Una sensibilidad «diferente» res­pecto de los pobres. b. Una lectura critica de las raíces de la marginación. c. El «principio-misericordia». d. La solidaridad co­mo síntesis del compromiso social. e. La liberación integral de los pobres. 2. Cuatro frentes de lucha en favor de los pobres: a. Acción asistencial. h. Acción promocional. c. Denuncia pro­fética de las injusticias y cambio de estructuras. d. Clarificación y concientización de los poderes públicos. 3. Actitudes básicas:. a. «Pedagogía vicenciana». b. «Comunión» con los pobres. c. Audacia y creatividad. d. Formación permanente, sólida y re­novada.- VI. CONCLUSIÓN. NOTAS. BIBLIOGRAFÍA FUNDA­MENTAL


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Introducción

Todavía puede resultar sorprendente ver uni­dos estos dos conceptos: espiritualidad y pobres o espiritualidad y servicio a los pobres. Durante mucho tiempo, la espiritualidad ha sido, para el común de los cristianos, un fenómeno sin color y escasamente interesante, alejado de la vida y de las preocupaciones agudas de los hombres.1 Incluso época ha habido en que la teología espi­ritual se reducía a los intereses de una élite y a aspectos muy abstractos e intimistas de la vida de perfección. El divorcio entre espiritualidad y po­bres o entre espiritualidad y servicio a los pobres era de tal magnitud que mientras los maestros de la ciencia del espíritu discutían interminablemen­te sobre la contemplación adquirida e infusa, las masas obreras abandonaban la Iglesia.2 Como su­braya el reciente Documento de la Comisión Epis­copal de Pastoral Social, La Iglesia y los pobres, «más de una vez, dentro de la Iglesia, hemos caí­do en la tentación de contraponer la vida activa y la contemplativa, el compromiso y la oración, y más concretamente, hemos considerado la lucha por la justicia social y la vida espiritual como dos realidades no sólo diferentes —que sí lo son en cuanto a su objeto inmediato—, sino indepen­dientes y hasta contrarias, cuando no lo son en modo alguno, sino más bien complementarias y vinculadas entre sí».3

Ciertamente, esta indiferencia mutua tenía su más fiel reflejo en la teología dominante de los años anteriores al Concilio Vaticano II. Toda su pre­ocupación se centraba en la pobreza espiritual. Si hacemos un mero sondeo terminológico del vo­cabulario de temas estudiados por las grandes síntesis de la teología europea de aquellos años, encontraremos que la pobreza espiritual se halla presente en casi todos los índices, pero las palabras pobre o servicio a los pobres están total­mente ausentes.4

Sin embargo, esta laguna nunca se ha dado en la espiritualidad y en la praxis vicenciana. Los pobres han ocupado siempre un puesto nuclear en el más auténtico y genuino vicencianismo. Y, consiguientemente, han adquirido la misma ex­cepcional relevancia que tuvieron en la predica­ción de los profetas, en la evangelización de Je­sús y en los mejores momentos de la Iglesia.

A ningún lector le extrañará que, en este ar­tículo, englobemos las voces pobres y servicio y que las reduzcamos a un solo concepto. La razón es obvia para cualquier vicencianista: en la espi­ritualidad y en la praxis vicenciana están tan indi­solublemente unidas ambas palabras que su se­paración constituiría una especie de traición a la historia y a la identidad específicamente vicen­ciana, además de que correríamos el riesgo de ca­er en repeticiones molestas e innecesarias. En la espiritualidad vicenciana el servicio no se entien­de ni se concibe nada más que como referencia directa y explícita al pobre, no cabe otra acepción de servicio que no sea el servicio al pobre.

I. ¿Quiénes son los pobres?

Si ha habido y hay un concepto entendido y aplicado con significaciones más diversas y am­bivalentes, ése ha sido —y todavía es— el término pobre. Desde la lingüística a la sociología, desde la historia a la economía, pasando por la exége­sis bíblica y la reflexión teológica.

Por eso, también nosotros tenemos que co­menzar con una serie de precisiones sobre el sig­nificado de la palabra pobre en la espiritualidad vi­cenciana. Tenemos que intentar descubrir a quién se refería san Vicente de Paúl cuando hablaba de los pobres a los Sacerdotes de la Misión, a las Hi­jas de la Caridad, a las señoras de las Cofradías de la Caridad y a todos los que le escuchaban en su tiempo. Y, lógicamente, a los que hoy se con­sideran sus seguidores.

1. Entre la «carencia de lo necesario» y el «de­samparo social»

El punto de partida de casi todos los estudios sobre la teología y la espiritualidad de los pobres es el dato bíblico, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, tal como lo presenta la re­ciente investigación exegético-bíblica. Es cierto que san Vicente de Paúl se mueve, lo mismo que nosotros, en una atmósfera cultural inspirada por la sensibilidad bíblica en su visión del pobre. Pe­ro no es menos cierto que san Vicente de Paúl no es un experto en exégesis bíblica ni habla co­mo tal. Ciertamente, su idea de quién es el po­bre puede coincidir parcial o totalmente con lo que Isaías, San Mateo, o San Lucas nos transmiten sobre el tema. Pero no se pueden buscar en la exégesis bíblica antigua o moderna las claves her­menéuticas del pensar de san Vicente. Él no ha­bla del pobre desde los textos bíblicos. Apelar a ellos sería de escaso interés para llegar a enten­der lo que san Vicente de Paúl quiso decir cuan­do hablaba de quiénes son los pobres.5

No obstante, aún siendo exactas las afirma­ciones anteriores, no se pueden minusvalorar una serie de textos escriturísticos que están en la ra­íz de la pasión de Vicente de Paúl por los pobres. Esos textos (por ejemplo, Is 58; Mt 5, 1-12; Mt 25, 31-46; Lc 4, 16-19; Lc 6, 20-26; Lc 7, 18-23; Jn 6, 38; Jn 7, 17-18; Jn 13, 1-17; 1Jn 4, 19-21; Fil 2, 6-8; 1Cor 13, 1-7; 2Cor 8, 9; St 1, 27) clari­ficaron y alimentaron la experiencia vicenciana de los pobres y potenciaron la acción servicial del buen Samaritano del siglo XVII en su lucha por los desheredados de la tierra.

Por eso, apelamos al sentido terminológico que la palabra pobre tenía en el siglo XVII francés. Si acudimos a una fuente de primera instancia co­mo es el célebre diccionario de A. Furetiére, con­temporáneo de Vicente de Paúl, encontraremos cuatro acepciones de la palabra pobre. La prime­ra de ellas, directa y no metafórica ni figurada, pa­rece la más ajustada al pensamiento vicenciano: «Pobre es el que no tiene bienes, el que no tie­ne las cosas necesarias para sustentar su vida o mantener su condición…«.6 Aunque conviene pre­cisar que la segunda parte de la definición resul­ta ambigua y puede caer en cierto sentido figu­rado.

De aquí se puede afirmar que para san Vi­cente la palabra pobre significa pobre real en sentido sustantivo. Las expresiones analógicas apoyadas en adjetivos de conmiseración y en ca­lificativos más o menos afectivos y coloquiales, no son significativas en el conjunto de su pensa­miento y de su obra.7

Sin embargo, la definición más exacta se ha­lla en J. P. Camus, obispo de Belley y director es­piritual de Luisa de Marillac durante los primeros años. Escribe: «Pobre es el que no tiene otro me­dio para vivir más que su trabajo».8 Esto quiere decir que el siglo XVII consideraba pobres a quie­nes estaban constantemente amenazados de ca­er en la marginación y en la mendicidad. Y así, el mundo de los pobres era el de la necesidad, el de la ausencia de reservas alimenticias, el de las gentes condenadas a vivir en la obsesión de po­der conseguir el pan de cada día. La íntima rela­ción entre pobreza y desempleo es esencial pa­ra entender el concepto de pobre en el tiempo de san Vicente.

El sentido de la palabra pobre en el siglo XVII no se reduce exclusivamente a una significación de orden económico. En sentido amplio, pobre es el que sufre, el que se encuentra viviendo siste­máticamente en la escasez, en la necesidad, en la penuria.

También se hace referencia, en un sentido global, a los pobres en el plano espiritual —la ig­norancia religiosa o la situación de pecado, por ejemplo—, pero siempre como consecuencia y fruto del desamparo social y de la miseria es­tructural. Y, desde luego, nunca como primero y fundamental criterio para definir quién es el po­bre.

2. El «producto marginal» de unos «mecanismos perversos»

Se puede decir que, para san Vicente de Pa­úl, los pobres son una realidad de explotación, de despojo, de dependencia, de dolor, de desnutri­ción y de muerte.9 En definitiva, un producto de la sociedad insolidaria y egoísta, un fruto de un sistema socio-político-económico asentado en el despilfarro, la guerra y la injusticia, unos seres que no tienen cabida en las coordenadas del pro­greso, una carga deMasiado molesta para el Es­tado y las conciencias.

Aunque es imposible acuñar una definición del pobre válida para todos los tiempos y lugares —entre otras cosas, porque el concepto de pobre es siempre relativo y movedizo—, sin em­bargo, la visión de Vicente de Paúl coincide bási­camente con el análisis que de los pobres se sue­le hacer en este final del siglo XX. Porque hoy, a pesar de la complejidad y de las ramificaciones del mundo de los pobres y de la ambigüedad de las llamadas clases medias, el pobre sigue sien­do el que acampa al margen de la sociedad y el que cada vez se empobrece más por obra y gra­cia de los mecanismos perversos y de las es­tructuras de pecado. Así lo ha descrito con toda precisión el Papa Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo rei socialis: «Es necesario denunciar la existencia de unos mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque maneja­dos por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros».10

En efecto, los pobres son el resultado de un orden socio-económico que, mediante un com­plejo de factores eficaces y poderosos, beneficia a los intereses de los más fuertes, mantiene a grandes sectores en unos niveles medios de se­guridad y hunde en la pobreza a los más débiles y desvalidos. Y estos sectores más débiles sufren una marginación extrema cuando, además, se ven afectados por factores físicos (enfermedad, ancianidad, minusvalía física o psíquica), socioló­gicos (emigración, éxodo rural), económicos (cri­sis laboral, paro), de desadaptación social (desa­rraigo, alcoholismo, drogadicción, minorías étni­cas).11

3. La «negación radical» de los que «no intere­san»

Como en el tiempo de san Vicente de Paúl, también hoy los pobres están marcados por la ca­racterística de la negación. Hoy como ayer, el empobrecimiento es una negación plural y radi­cal que asume, no pocas veces, la forma de ani­quilación. Y los pobres —lo de menos son las de­nominaciones técnicas— siguen siendo «seres negados» en todos los ámbitos: en el socio-his­tórico, en el cultural, en el ideológico, en el polí­tico, en el económico y hasta en el físico. Como dice el Documento de Base de las Voluntarias de la Caridad, Contra las pobrezas actuar juntos, «sea cual fuere el contexto social, económico, político…, personas, familias, grupos enteros sufren de mo­do permanente dificultades, desventajas que les excluyen del modo de vida, de las costumbres y de las actividades normales de la sociedad en la que viven».12

En un grado o en otro, los pobres de ayer y de hoy tienen unas constantes invariables: mar­ginación, desvalimiento, soledad, precariedad de la existencia, condiciones infrahumanas de vida, inseguridad, desprecio… Constantes que tienden a perpetuarse indefinidamente y a formar el eter­no círculo cerrado de la exclusión social y de la negación radical.

Sin duda alguna, es muy posible que san Vi­cente de Paúl se habría apuntado a una definición actual de los pobres: «Aquéllos que no interesan ni son necesarios para que funcione el sistema; los que ya no son productivos y los que nunca lo han sido ni probablemente lo serán».13

4. Un retrato de mil rostros o la apertura a todos los «verdaderamente pobres»

Cuando la tradición vicenciana habla de los pobres, indudablemente se refiere a la amplia y creciente gama de los que «no saben a dónde ir ni qué hacer, que sufren y se multiplican todos los días».14 Es decir, nunca la experiencia y la his­toria vicenciana han reducido a un solo rostro el retrato del pobre. Por el contrario, la apertura, la disponibilidad, la movilidad y la sensibilidad hacia todos los verdaderamente pobres, antiguos y nue­vos, constituyen, desde siempre, un sello carac­terístico de la originalidad vicenciana.

Puede dar la impresión de que, en un princi­pio, Vicente de Paúl mira exclusivamente a los po­bres del campo. Eso parece deducirse del contrato de fundación de la Congregación de la Misión fir­mado entre él y los Gondy (X, 237).

Sin embargo, esta primera perspectiva evo­lucionó en muy poco tiempo. Por ejemplo, el tex­to de las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión (1, 1) que, unos años antes de la muer­te del Fundador, define oficialmente y de mane­ra definitiva el fin de dicha Congregación, no se refiere sólo a los pobres rurales —aunque les concede una cierta preferencia—, sino a todo ti­po de pobres (XI, 382). Lo cual indica que la idea inicial se ha ido ensanchando hasta incluir en ella a una gran diversidad de pobres. Prueba de ello es la enumeración detallada de las clases de po­bres que san Vicente hace en la conferencia a los Padres de la Misión sobre el fin de la Congrega­ción: «las gentes de los campos» (XI, 386), «los ancianos del Nombre de Jesús» (XI, 393), «los ha­bitantes de las regiones devastadas por la gue­rra» (XI, 395), «los locos de San Lázaro» (XI, 394), «los jóvenes del reformatorio de San Lázaro» (XI, 394), «los niños abandonados» (XI, 394), «los pobres de las Indias y de Berbería» (XI, 395).

Evidentemente, esta enumeración no pre­tende ser exhaustiva ni cerrada, como si san Vi­cente quisiera dejar fuera a las clases de pobres que no existían en su tiempo y que iban a ir sur­giendo en el futuro.

Un texto, entre muchos, de Vicente de Paúl a los Sacerdotes de la Misión nos pone en la pis­ta de lanzamiento hacia los nuevos pobres: «… Por eso todo el mundo piensa que esta Compañía es de Dios, porque se ve que acude a las necesida­des más apremiantes y más abandonadas» (XI, 396).

Esta evolución se ve con mucha más nitidez en la Compañía de las Hijas de la Caridad. Porque si en un primer momento la atención fue dirigida «a los pobres en sus propios domicilios y a la en­señanza de las niñas en las aldeas», muy pronto el abanico se va a ir abriendo según «los acon­tecimientos y las necesidades».

Vicente de Paúl, con su típico lenguaje fami­liar, hace un precioso resumen de esta evolución: «Vosotras, mis queridas Hermanas, os habéis en­tregado principalmente a Dios para vivir como buenas cristianas, para ser buenas Hijas de la Ca­ridad…, para asistir a los pobres enfermos no en una casa solamente…, sino en todas partes co­mo nuestro Señor, que no hacía distinción… Es lo que empezaron a hacer nuestras Hermanas… Y Dios, al ver que lo hacían con tanto cuidado, dijo: ‘Estas Hermanas me gustan; cumplen bien con su misión; voy a darles una nueva’. Y entonces vinieron esos pobres niños abandonados, que no tenían a nadie que se cuidara de ellos… Y luego, al ver cómo habíais abrazado todo esto con tan­ta caridad, dijo: ‘Todavía quiero darles un nuevo empleo’…: la asistencia a los pobres criminales o condenados a galeras… Todavía quiso dar una nueva ocupación a estas hijas, que es asistir a los pobres ancianos del Nombre de Jesús y a esas pobres gentes que han perdido el uso de la ra­zón…» (IX, 749-750).

Si hubiera alguna sombra de duda, Vicente de Paúl insiste en la misma conferencia del 18 de octubre de 1655: «Estad dispuestas a abrazar to­dos los trabajos que la divina Providencia os en­víe…» (IX, 752).

Ciertamente, este «retrato de mil rostros» conserva toda su frescura en la actualidad vicen­ciana. Ahí están las Constituciones de la Con­gregación de la Misión urgiendo a todos y a cada uno de los misioneros «a socorrer a los mar­ginados de la sociedad, a las víctimas de calami­dades y de cualquier clase de injusticias, así como a los aquejados por las formas de pobreza moral propias de esta época» (Const I, 18). Y ahí está, en las Constituciones de las Hijas de la Ca­ridad, esa especie de derrotero permanente e inequívoco: «Del Hijo de Dios aprenden las Hijas de la Caridad que no hay miseria alguna que pue­dan considerar como extraña a ellas» (Const 1. 8).

No en vano, las dos últimas Asambleas Ge­nerales de las Hijas de la Caridad —una en 1985 y otra en 1991— se han sentido interpeladas «por las grandes pobrezas que se multiplican», han constatado los múltiples rostros de los «nuevos pobres» («enfermos de SIDA y drogadictos; de­sempleados, sin techo, campesinos explotados, refugiados; víctimas del hambre y de la guerra; fa­ milias destrozadas; pueblos sin Dios…»), y han mo­vilizado, de nuevo, a las Hijas de la Caridad «en favor del mundo inmenso y tan diverso de la po­breza».15

Y siempre, teniendo como telón de fondo una condición inexcusable. La misma que ya Vicente de Paúl subraya en el Reglamento de la Cofra­día de la Caridad de Châtillon-les-Dombes: dar la preferencia a los verdaderamente pobres (X, 576). O lo que vuelve a poner de relieve ante los Sa­cerdotes de la Misión: «buscar a los más pobres y abandonados» (Xl, 273). En definitiva, se trata de aquel aviso de urgencia de Luisa de Marillac: «¡Ah! ¡qué dicha si la Compañía, sin ofensa de Dios, no tuviera que ocuparse más que de los pobres desprovistos de todo!» (E 286).

II. El clamor de los pobres. Una aproximación sociológica

Es obvio que necesitamos empezar por co­nocer bien aquello que después vamos a teolo­gizar: la situación concreta de los pobres. Antes de cualquier reflexión sobre la espiritualidad vi­cenciana de los pobres y del servicio a los pobres, es imprescindible la descripción empírica y so­ciológica del mundo de los pobres. Antes que na­da, es justo y necesario ponerse a la escucha del «clamor agudo creciente, impetuoso y amena­zante de los pobres», como ya nos dijeron en 1979 los obispos latinoamericanos reunidos en Puebla de los Ángeles (México).16

Es conveniente advertir que, en esta aproxi­mación sociológica al mundo de los pobres, nos vamos a reducir a un «ayer muy limitado» como es el siglo XVII francés donde vivió san Vicente de Paúl y donde se inició la experiencia vicencia­na, y a un «hoy muy concreto» como es el pa­norama de pobreza y marginación de la España actual. Se trata, pues, de un boceto elemental sin mayores pretensiones.17

1. Ayer: el «siglo de los pobres»

Así se ha calificado al siglo XVII francés. Su imponente maquinaria de fabricar pobres le ha hecho justo merecedor de tal título.

Porque aquella sociedad, en la que vivió y lu­chó Vicente de Paúl, se caracterizaba por su es­tructura estamental, es decir, por la agrupación de los ciudadanos en estamentos muy diferencia­dos: el primer estamento era el clero, el segun­do la nobleza y el tercero el pueblo. Ciertamen­te, cada uno de estos estamentos entrañaba, a su vez, diversas clases, pero aquí nos limitaremos a lo sustancial.

Entre el clero y la nobleza, que sumaban al­rededor de un 7 por 100 de la población, acapa­raban más de dos tercios de la riqueza total del país. El restante 93 por 100, el pueblo, tenía que conformarse con menos de un tercio de esa ri­queza.

Sabemos que el tercer orden, el pueblo, era una masa heterogénea: burgueses, artesanos, patronos y fabricantes urbanos, obreros, campe­sinos. Aún entre los campesinos estaban los la­bradores, que poseían algo, y los jornaleros, que no poseían nada y que eran los más numerosos.18 Este cuadro «popular» se completa recurriendo a una imagen gráfica con tres círculos concéntri­cos. En lo más interior estaría el nivel más pro­fundo de la pobreza, los «pobres estructurales», los perpetuamente incapaces de proveer a su subsistencia, los mendigos que, según la des­cripción de J. P. Camus, «no sólo se encuentran privados de todo recurso, sino reducidos a tal gra­do de miseria, que no pueden ganarse la vida por su trabajo, incluso aunque lo deseen, bien porque están impedidos por dolencia o enfermedad, bien por falta de empleo aun cuando estén en plena salud y tengan capacidad suficiente».19 El nivel intermedio lo constituirían los «pobres coyuntura­les», aquéllos que, ante cualquier mínima crisis, se veían abocados a la no-vida. El nivel más ex­terno lo formarían los «pobres liminares», toda una población en estado de alerta; en circunstancias normales eran capaces de procurarse los medios necesarios, pero en tiempo de crisis también pa­ra ellos se abría el abismo de la miseria y de la exclusión social.20

No resulta fácil comprender hasta dónde lle­gaba el «umbral de la pobreza». Quizá nos sirva de espeluznante indicador la carta que un Sacer­dote de la Misión escribió a san Vicente de Paúl en 1652: «El hambre es tan grande que vemos a los hombres comer tierra, masticar la hierba, arran­car la corteza de los árboles, desgarrar los mise­rables harapos de que están cubiertos para tra­gárselos. Pero lo que no nos atreveríamos a de­cir, si no lo hubiéramos visto, es que da horror ver cómo se comen sus brazos y sus manos, y mue­ren en esa desesperación» (IV, 288-289).

La mortalidad infantil alcanzaba a más del 50 por 100 de los nacidos. La edad media de vida es­taba entre los 25 y los 30 años. Las epidemias causaban casi el 40 por 100 de fallecimientos. El analfabetismo era total: solamente sabían leer y escribir dos millones y medio en una población de casi veinte millones.

Por otra parte, los gobernantes sólo querían hombres para la guerra, impuestos para alimen­tar esa guerra y, como diría el cardenal Richelieu primer ministro de la época, «mulos de carga del Estado». Tan aplastados estaban los campesi­nos, que el abogado general del Parlamento, Talon, exclamaría delante de la reina Ana de Aus­tria: «Estos desgraciados no poseen otras pro­piedades que sus almas, porque no han podido ser vendidas en la almoneda». La guerra de los Treinta Años se tradujo en una constante devas­tación y en un cruel despojo del campesinado. Y, así, toda la clase humilde engrosaba las filas de la mendicidad y del vagabundeo.21

Resumiendo mucho, se puede afirmar que sobre la trilogía compuesta por la peste, el ham­bre y la guerra se levantaba un cínico monumento a la más terrible miseria física, psíquica y moral.

2. Hoy: la irrupción de los «nuevos pobres»

Se ha convertido ya en un tópico acudir al es­tudio sobre «la pobreza y la marginación en Es­paña», encargado por Caritas Española en 1984. Allí se nos dice que, en nuestro país, hay ocho millones de pobres.22 Recientemente, ha apare­cido otro estudio, a los diez años del anterior, so­bre «la situación social en España», realizado por la Fundación FOESSA, donde se da la misma cifra de pobres que hace una década, aunque con unas características de pobreza más severa y con una serie de «pobres nuevos» que vienen a sentarse en el ya saturado banquete de la desesperanza y el desencanto.23 Ambos estudios son un punto de referencia para introducirnos en la intrahistoria de una sociedad española que conserva a los pobres de siempre y genera otros nuevos.

A lo largo de los últimos años, la sociedad es­pañola se ha visto asaltada por una legión nueva de pobres. A los «no productivos», que eran has­ta hace poco los más pobres, se han sumado ahora los llamados «nuevos pobres». Una con­secuencia lógica de la interrelación de tres fac­tores: la crisis económica, la crisis del Estado de Bienestar y la crisis de valores. Tres factores que se realimentan, dando lugar a un círculo vicioso.24

Pero dentro de estos factores destacan con fuerza unos indicadores generales de la exten­sión de la pobreza. También éstos forman un fé­rreo esquema que tiende a reproducirse indefi­nidamente y sin esperanzas de solución:

  • Ahí está, por ejemplo, la desigual distri­bución de la riqueza existente, que da lugar a una sociedad dual (o de los dos tercios) de mayorías integradas en el sistema y de minorías explota­das y marginadas. Porque mientras el 21,6 por 100 de las familias más pobres disponen tan sólo de un 6,9 por 100 del total de ingresos, el 10 por 100 de las familias más ricas acumulan más del 40 por 100 de toda la renta familiar.25 Y esto da lugar a que el 30 por 100 de los hogares españoles vi­van en condiciones de pobreza, el 40 por 100 se sitúe entre los límites de la estrechez y del bie­nestar, el 20 por 100 viva bien y el 10 por 100 vi­va estupendamente bien.26
  • Además, con la crisis económica han sur­gido tres indicadores casi desconocidos en los años sesenta: el paro creciente, el subempleo y la economía sumergida. Fenómenos éstos que se consideran actualmente como los principales ace­leradores de la pobreza y de la marginación.

No es exagerado hablar de «tercer mundo en pleno corazón de Europa», cuando se comprue­ban las condiciones laborales de los trabajadores clandestinos.

  • De acuerdo con los datos apuntados en el citado V Informe FOESSA, a los rostros conoci­dos de la pobreza tradicional, en esa última dé­cada nos ha sorprendido la presencia de situa­ciones y colectivos sociales inesperadamente afectados por la exclusión social: parados de lar­ga duración; jóvenes excluidos del trabajo; fenó­menos de las llamadas «nuevas pobrezas» por la precarización del empleo, por la «feminización» de la pobreza, por la difícil accesibilidad a la vi­vienda, por el fracaso de la formación como me­canismo ocupacional, por la asociación de fenó­menos tales como las drogodependencias y la inadaptación social. Es decir, que la vieja faz de la pobreza se adapta, se reproduce y se renueva ante las capacidades de modernización, de inno­vación y de cambio que la sociedad posee.27

A la hora de poner nombres y apellidos a es­tos «nuevos pobres», fruto de esa apuntada «si­tuación estructural», nos podemos fijar en la des­cripción que hace el denominado «Programa 2000», informe elaborado por el partido actual­mente en el Gobierno y, por ello, nada proclive a elevar cifras, sino todo lo contrario.28 El informe los denomina, eufemísticamente, «colectivos en situación potencial de marginación»:

  • Un millón de personas sin ingresos o con escasos recursos económicos como efecto más duro del paro.
  • Unos 400. 000 ancianos sin derecho a pen­sión, y más de un millón con pensiones muy bajas.
  • Una parte muy apreciable de los más de un millón de disminuidos físicos, psíquicos y sen­soriales.
  • Una parte muy importante del colectivo gitano, estimado en unas 500. 000 personas, que viven en situación de exclusión social.
  • Un mínimo de unos 100. 000 inmigrados extranjeros en situación de pobreza severa y de marginación total.
  • Una parte sin cuantificar pero, sin duda, im­portante, de los casi dos millones de alcohólicos existentes en nuestro país.
  • Algo más de 100. 000 toxicómanos de dro­gas ilegales (especialmente heroína y cocaína). A los que habría que añadir el cada vez más cre­ciente, y difícilmente cuantificable, número de enfermos de SIDA.
  • Entre 30. 000 y 40. 000 presos y ex-reclusos.
  • Unos 25. 000 ó 30. 000 transeúntes, men­digos e indigentes sin hogar.
  • Una cifra indeterminada de mujeres mar­ginadas: madres solteras discriminadas, mujeres maltratadas, prostitutas…
  • Una cifra también indeterminada, pero al­ta, de menores marginados y jóvenes inadapta­dos.
  • Y un importante colectivo, probablemen­te superior al millón de personas, con empleos marginales o en economía sumergida, víctimas de una sobreexplotación y sin seguridad social la ma­yor parte de ellos.

III. «Nuestra herencia son los pobres» o la opción preferencial por ellos

Vicente de Paúl, lógicamente, nunca empleó la frase «opción preferencial por los pobres». Pe­ro con otras palabras más propias de su época, «nuestra herencia son los pobres» (Xl, 324), por ejemplo, expresó inequívocamente su «pasión por ellos» y vertebró su espiritualidad y la de sus seguidores en la preferencia absoluta y, en cier­to modo, exclusiva por los abandonados. Incluso, en sus formulaciones, se adelantó muchos siglos a lo que Medellín dijo en 1968: «dar la preferen­cia efectiva a los sectores más pobres y necesi­tados y a los segregados por cualquier causa»,29 y a la expresión acuñada en Puebla en 1979: «op­ción preferencial por los pobres».30

Hay y ha habido, a través de la historia, crite­rios y motivaciones de diversa índole para hacer esta opción preferencial por los pobres. Por éti­ca, por utopía política, por sentimientos huma­nistas y, evidentemente, por imperativo de la fe. Lo que nos interesa, precisamente, es descubrir el por qué de la «opción preferencial por los po­bres» en Vicente de Paúl y, consecuentemente, en el espíritu vicenciano. O, lo que es lo mismo, se trata de clarificar el sentido profundo desde dónde sitúa Vicente de Paúl su toma de partido por la causa de los pobres y su actitud de servi­cio integral, y desde dónde deben seguir optan­do y sirviendo sus «hijos» e «hijas».

1. Desde el sentido teológico

La «opción preferencial por los pobres» antes que un mandamiento y un compromiso es una re­alidad de fe o una verdad teológica. Dios es el pri­mero que opta por los pobres, sus raíces arraigan en el mismo Dios. Por tanto, la causa de los po­bres es la causa de Dios y la cuestión de los po­bres es la cuestión de Dios.

Decir que «los pobres tienen que ver espe­cialmente con Dios», puede parecer una afirma­ción banal. Pero es tan sumamente fundamental y nuclear que el perfil preciso del Dios de la fe cristiana no puede descubrirse sin relacionarlo ín­timamente con los pobres. Dios se revela en la historia como Dios de los pobres y ese Dios así revelado es el único Dios que existe. Dios se identifica con los pobres y con su causa, y por eso podemos decir que el pobre es el lugar teológi­co, el lugar teofánico de Dios, en cuanto que en ellos está escandalosamente presente.31

Pero lo que aquí está en juego no son los mé­ritos, los valores o las virtudes de los pobres, si­no la justicia del Reino de Dios, la voluntad de Dios de que los pobres tengan vida en abundancia, el «ser» de Dios con y para los pobres. Monseñor Romero, en el discurso pronunciado en la uni­versidad de Lovaina el 2 de febrero de 1980, su­brayaba: «Los antiguos cristianos decían: ‘Gloria Dei, pauper vivens’ (La Gloria de Dios es el po­bre que vive)».32 J. Dupont lo ha expresado certeramente: «Dios favorece a los pobres no porque les deba algo, sino porque se debe a sí mismo hacerse su defensor y protector; está en juego su justicia real».33 Y añade: «El privilegio de los pobres y desdichados encuentra su funda­mento no en ellos, en las disposiciones espiri­tuales que puedan poseer, sino en la naturaleza del reino que vive, en las disposiciones de Dios, que pretende ejercer su realeza en favor de los más desdichados».34 Porque, como subraya el Documento La iglesia y los pobres, «Dios sería injusto si pareciese colaborar con la injusticia, o simplemente guardar silencio frente a ella, sin defender al oprimido ni levantar al caido».35

En esta perspectiva hay que colocar e inter­pretar la fe y la experiencia de Vicente de Paúl cuando afirma: «Dios es el protector de los po­bres» (IX, 1057). En el mismo horizonte hay que situar y comprender al Fundador de la Congre­gación de la Misión y de las Hijas de la Caridad cuando les transmite el espíritu vicenciano. Así, el 25 de octubre de 1643 interpela a los Sacer­dotes de la Misión: «¡Pobres de nosotros si somos remisos en cumplir con la obligación que tenemos de socorrer a los pobres! Porque nos he­mos dado a Dios para esto y Dios cuenta con no­sotros…» (XI, 56-57). Y es que cuando comparte su fe y su experiencia con los Sacerdotes de la Misión, Vicente de Paúl pretende que éstos se­pan claramente lo que ha intentado e intenta con la fundación de la Congregación: organizar en la Iglesia una «Compañía que tenga a los pobres por herencia y que se entregue totalmente a ellos» (Xl, 387). Su insistencia no deja lugar a du­das: «Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos ha elegido para ellos. Esto es capital para no­sotros, el resto es accesorio».36

Esta opción vicenciana por los pobres, ex­presión concreta de la opción de Dios por ellos, se hace aún mucho más incisiva cuando Vicente de Paúl habla a las Hijas de la Caridad.37 Baste co­mo botón de muestra un hermoso y amplio tex­to de la conferencia del 9 de junio de 1658. Den­tro del lenguaje de la época, es todo un tratado teológico de cómo Dios es el defensor de los po­bres y de cómo las obras en favor de los pobres deben proclamar la parcilialidad de Dios por és­tos: «Sabed, hijas mías, que me he enterado que esas pobres gentes están muy agradecidas a la gracia que Dios les ha hecho y, al ver que van a asistirlos y que esas Hermanas no tienen más in­terés en ello que el amor de Dios, dicen que se dan cuenta entonces de que Dios es el protector de los pobres. ¡Ved qué hermoso es ayudar a esas pobres gentes a reconocer la bondad de Dios! Pues comprenden perfectamente que es Él el que las mueve a hacer ese servicio. Y enton­ces conciben elevados sentimientos de piedad y dicen: ‘Dios mío, ahora nos damos cuenta de que es cierto lo que tantas veces hemos oído predi­car, que te acuerdas de todos los que necesitan socorro y que no abandonas nunca a una perso­na que está en peligro, puesto que cuidas de unos pobres miserables que han ofendido tanto a tu bondad’. He sabido, incluso por medio de per­sonas que fueron atendidas por nuestras Her­manas, y por medio de otras muchas, que se sentían muy edificados al ver cómo esas Her­manas se preocupaban de visitarles, reconociendo en ello la divina bondad y viéndose obligados a alabarle y darle gracias» (IX, 1 057-1058).

Si hay que subrayar una fuente específica don­de Vicente de Paúl bebe las aguas de este Dios defensor de los pobres, tendríamos que acudir al capítulo 58 del profeta Isaías: «El ayuno que yo quiero es éste —oráculo del Señor—: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hos­pedar a los pobres sin techo, vestir al que ves des­nudo y no cerrarte a tu propia carne» (Is 58, 6-7).

Él mismo lo confiesa desgarradamente. «Cada vez que leo, desde hace veinte años, el capítulo 58 de Isaías, me siento profundamente pertur­bado» (Xl, 450).

Solamente desde este sentido teológico pue­de entenderse la tantas veces mal interpretada frase de H. Bremond: «No son los pobres los que han llevado a Dios a Vicente de Paúl, sino que es Dios el que le ha llevado a los pobres».38

2. Desde el sentido cristológico

Ciertamente, nada entendería sobre la «opción preferencial por los pobres» en la espiritualidad y en la práctica vicenciana, quien ignorase la vin­culación esencial entre Jesús y los pobres.

Porque la vida y la misión de Jesús están tan estrechamente referidas al mundo de los pobres y a él pertenecen de forma tan esencial, que sin esa referencia o pertenencia o con su incorrecta comprensión, queda desvirtuado el mismo Jesús en su condición de salvador de todos los hom­bres.39 Y, por supuesto, queda desvirtuada la más auténtica espiritualidad vicenciana.

Para descubrir el criterio definitivo de la opción por los pobres en Vicente de Paúl y en sus se­guidores, es preciso introducirse en el mensaje y en la misión de Jesús como referencia absolu­ta a su predilección por los pobres. En términos de Vicente de Paúl, esta opción equivale a «ex­presar al vivo la vocación de Jesucristo»: «¿Ver­dad que nos sentimos dichosos, hermanos míos, de expresar al vivo la vocación de Jesucristo? ¿Quién manifiesta mejor la forma de vivir que Je­sucristo tuvo en la tierra sino los misioneros?… ¡Oh! ¡Qué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas palabras de nues­tro Señor: ‘Evangelizare pauperibus misit me Do­minus’ I Ved, hermanos míos, cómo lo principal para nuestro Señor era trabajar por los pobres. Cuando se dirigía a los otros, lo hacía como de pasada» (Xl, 55-56). Pero hay que señalar que es­ta vocación misionera no tiene otro objetivo más que continuar la misión de Cristo enviado por el Padre para evangelizar a los pobres, para decir­les «que el Reino de los cielos está cerca y que ese Reino es para los pobres» (XI, 387). Por tan­to, si Vicente de Paúl y los vincencianos fijan especialmente su mirada en el capítulo 4, versí­culos 18 y 19, del evangelio de San Lucas («El Es­píritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los po­bres…»), es porque encuentran ahí el punto clave de su opción por los pobres, de su vocación y de su misión en la Iglesia y en la sociedad.40

En este mismo contexto de «continuación de la misión de Jesús» se sitúan las Hijas de la Ca­ridad. Vicente de Paúl establece un principio fun­damental para la identidad de sus «hijas». «Para ser verdaderas Hijas de la Caridad, tenéis que ha­cer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra» (IX, 34). E, inmediatamente, aclara: «Jesucristo no hizo en este mundo sino servir a los pobres» (IX, 302). Y deseoso de dinamizarlas en su opción por los pobres, les comunica: «Hijas mías, ¡si supieseis qué gracia tan alta es servir a los pobres, haber sido llamadas por Dios para eso!» (IX, 920).

En definitiva, Vicente de Paúl y sus seguido­res hacen la «opción preferencial por los pobres» desde una opción anterior: la opción por Jesu­cristo evangelizador y servidor de los pobres, «el­hombre-para-los-demás, el desposeído, el sier­vo, el que sirve su vida y sirve su muerte»,41 Aun­que es conveniente matizar que no se trata de dos opciones separadas, sino de dos dimensio­nes, de dos momentos de una sola y misma op­ción. La identidad vicenciana es cristocéntrica y, por tanto, su opción por los pobres sólo se en­tiende porque la causa de los pobres es la cau­sa de Cristo.42

3. Desde el sentido eclesiológico

Naturalmente, si la Iglesia es sacramento de Cristo, debe prolongar en el mundo la preferen­cia del Maestro por los desheredados. Así lo en­tendió Vicente de Paúl. El jamás separa este tri­nomio: Cristo-Iglesia-Pobres. Ciertamente, se po­dría haber dejado seducir por el aspecto jurídico y económico de la Iglesia de Francia en el siglo XVII. Pero un hugonote, que desea convertirse, le recuerda la fea realidad: la Iglesia ha abando­nado a los pobres; se ha roto, en la práctica, la lí­nea Cristo-Iglesia-Pobres. Y Vicente de Paúl des­cubre que sólo hay una respuesta coherente y válida: la opción preferencial por los pobres como expresión visible y creíble de la Iglesia.43 La mis­ma respuesta que, bastantes años después, vio cumplida en sus Sacerdotes de la Misión: «¡Qué dicha para nosotros, los misioneros, poder de­mostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, tra­bajando como trabajamos por la instrucción y san­tificación de los pobres!» (XI, 730).

Para comprender mejor este sentido eclesio­lógico del espíritu vicenciano en su opción por los pobres, será bueno echar mano de un texto reciente que parece sacado del mismo pensa­miento de Vicente de Paúl. Me refiero a lo que subraya el Documento La Iglesia y los pobres: «…esa misión es ser la Iglesia de los pobres en un doble sentido: en el de una Iglesia pobre, y una Iglesia para los pobres. Así como Jesús fue radi­cal y esencialmente pobre por su encarnación, y entregado principalmente a los pobres por su mi­sión, y sólo así cumplió la redención y El mismo alcanzó su glorificación, la Iglesia de Jesús debe ser aquélla que en su constitución social, sus cos­tumbres y su organización, sus medios de vida y su ubicación, está marcada preferentemente por el mundo de los pobres, y su preocupación, su dedicación y su planificación esté orientada prin­cipalmente por su misión de servicio hacia los pobres».44 También será bueno recordar lo que decía un contemporáneo de Vicente de Paúl, Bos­suet, en un famosísimo sermón «sobre la emi­nente dignidad de los pobres en la Iglesia»: «En el mundo, los ricos disfrutan todas sus ventajas y ocupan los principales puestos; en el reino de Jesucristo, la preeminencia pertenece a los po­bres, que son los primogénitos de su Iglesia y sus verdaderos hijos. En el mundo, los pobres de­penden de los ricos, y parecen haber nacido sólo para servirlos; en la santa Iglesia, por el con­trario, no son admitidos los ricos sino con la con­dición de servir a los pobres».45 O la tantas veces repetida frase del Papa Juan XXIII en vís­peras del Concilio Vaticano II: «La Iglesia, que es la Iglesia de todos, quiere ser particularmente la Iglesia de los pobres».46

En consecuencia, para Vicente de Paúl la Igle­sia es una comunidad de caridad, que continúa el «espíritu de caridad perfecta de Cristo». No es una promesa de poderío, sino la Iglesia «sierva y po­bre», la «Iglesia de los pobres». Por eso, cuando se está con los pobres y se pone el máximo de efectivos al servicio de los necesitados y desva­lidos, se está seguro de permanecer en la Igle­sia de Cristo.47 El Papa Juan Pablo II ha plasma­do esta eclesiología netamente vicenciana al escribir en su encíclica Dives in misericordia: «La Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia, el atributo más estu­pendo del Creador y Redentor».48 Por tanto, de la eclesiología vicenciana se deduce que «la ac­tuación, el mensaje y el ser de una Iglesia auténtica consiste en ser, aparecer y actuar como una Iglesia-misericordia; una Iglesia que siempre y en todo es, dice y ejercita el amor compasivo y misericordioso hacia el miserable y el perdido, para liberarlo de su miseria y de su perdición. So­lamente en esa Iglesia-misericordia puede reve­larse el amor gratuito de Dios, que se ofrece y se entrega a quienes no tienen nada más que su pobreza».49

IV. El juicio de los pobres

Dentro del discurso teológico sobre los po­bres, hay un aspecto básico que, hasta cierto pun­to, viene a ser la aportación más original del vicencianismo en este tema. Es lo que se ha lla­mado el juicio de los pobres.50 La consecuencia lógica de todo el proceso de descubrimiento de los pobres, de concientización sobre su «emi­nente dignidad» y de la «opción preferencial —y, en cierto modo, exclusiva— por ellos».

Si hubiera que sintetizar en una sola frase «el juicio de los pobres», habría que escoger aquélla que san Vicente pronunció en la conferencia del 11 de noviembre de 1657 a las Hijas de la Cari­dad: «Los pobres son los grandes señores del cielo; a ellos les toca abrir sus puertas…» (IX, 916). Y así, con este «juicio de los pobres» Vicente de Paúl nos quiere decir algo muy fundamental: que esos seres, los pobres, aparentemente despre­ciables, sin derecho a la mirada de la sociedad ego­ísta y altanera, son, en realidad, grandes; y que nosotros somos sus servidores humildes e «in­dignos de rendirles nuestros pequeños servicios» (XI, 273). Y, sobre todo, que los pobres son nues­tros «jueces», porque tienen el poder de convo­carnos ante el tribunal de Dios y de la historia, y pueden condenarnos o salvarnos.

Aún más, los pobres, en la espiritualidad vi­cenciana, nos aclaran la mirada y nos enseñan a ver la realidad con los ojos de la «justicia de Dios». En definitiva, Dios, por medio de los pobres, nos ha señalado el único criterio de salvación o de condenación: «Venid, benditos de mi Padre; he­redad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estu­ve en la cárcel y fuisteis a verme… Apartaos de mí, malditos… Porque tuve hambre y no me dis­teis de comer, tuve sed y no me disteis de be­ber, fui extranjero y no me recogisteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cár­cel y no me visitasteis» (Mt 25, 35-37; 41-44).

Precisamente, este capítulo 25 del evangelio de san Mateo ha sido, es y será un constante pun­to de referencia en el pensamiento vicenciano. Vi­cente de Paúl se lo recuerda frecuentemente a sus seguidores. Por ejemplo, al tratar de la vo­cación y de la asistencia a los pobres, dice a las Hijas de la Caridad: «Si Dios da una eternidad bie­naventurada a los que no han ofrecido más que un vaso de agua, ¿qué dará a una Hija de la Ca­ridad, que lo deja todo y se entrega a sí misma para servirle durante toda la vida?… Tiene moti­vos para esperar ser de aquéllos a los que se di­rá: ‘Venid, benditas de mi Padre, poseed el reino que os está preparado’… Los pobres asistidos por ella serán sus intercesores delante de Dios; acudirán en montón a su encuentro; dirán al buen Dios: ‘Dios mío, ésta es la que nos asistió por tu amor…'» (IX, 240-241).

Y a los Sacerdotes de la Misión les motiva con una lógica elemental sacada del «juicio de los pobres». «Dios ama a los pobres, y por consi­guiente ama a quienes aman a los pobres; pues, cuando se ama mucho a una persona, se siente también afecto a sus amigos y servidores. Pues bien, esta pequeña Compañía de la Misión pro­cura dedicarse con afecto a servir a los pobres que son los preferidos de Dios; por eso tenemos mo­tivos para esperar que, por amor hacia ellos, tam­bién nos amará Dios a nosotros» (XI, 273).

Esta espiritualidad vicenciana del «juicio de los pobres» también ha sido perfectamente re­cogida, ponderada y actualizada por el reciente Do­cumento de la Comisión Episcopal de Pastoral Social La Iglesia y los pobres: «De aquí que el en­cuentro con el pobre no pueda ser para la Iglesia y el cristiano meramente una anécdota intrans­cendente, ya que en su reacción y en su actitud se define su ser y también su futuro, como ad­vierten tajantemente las palabras de Jesús. Por lo mismo, en esa coyuntura quedamos todos, in­dividuos e instituciones, implicados y compro­metidos de un modo decisivo. La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificación o de condena, según nos hayamos comprometido o inhibido ante los po­bres. Los pobres son sacramento de Cristo. Más aún: Ese juicio y esa justificación no solamente debemos pasarlos algún día ante Dios, sino tam­bién ahora mismo ante los hombres. Sólo una Iglesia que se acerca a los pobres y a los oprimi­dos, se pone a su lado y de su lado, lucha y tra­baja por su liberación, por su dignidad y por su bienestar, puede dar un testimonio coherente y convincente del mensaje evangélico. Bien puede afirmarse que el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza y del dolor, de la marginación y de la opresión, de la debilidad y del sufrimiento».51

1. Los pobres, «sacramento de Cristo»

La inspiración verdadera donde Vicente de Pa­úl y sus continuadores descubren ese «juicio de los pobres» ya ha quedado apuntada en el epígrafe anterior: no es otra que la «presencia del miste­rio de Cristo en los pobres». Trasvasando esta intuición central vicenciana al lenguaje de la teo­logía y de la cristología posteriores al Concilio Va­ticano II, diríamos que los pobres son sacramen­to de Cristo, mediación viva del Señor, expresión real de Cristo, lugar preferencial para el encuen­tro con el Dios crucificado y sufriente.

Evidentemente, estas formulaciones actua­les no pertenecen —ni pueden pertenecer—, en su estricta literalidad, a Vicente de Paúl. Pero tam­bién es evidente que forman parte del más original, vivo e irrenunciable patrimonio de la es­piritualidad vicenciana de todos los tiempos. Y, desde luego, su raíz hay que buscarla, una vez mas, en el capítulo 25 del evangelio de san Ma­teo: «Cada vez que hicisteis un servicio a un her­mano mío de esos más humildes, a mí me lo hi­cisteis» (Mt 25, 40).

Por tanto, a la luz de la fe, los vicencianos descubren que los pobres, antes que destinata­rios de sus servicios, son la presencia latente y patente en el mundo del Señor crucificado. Y, a partir de esta «mirada de fe», donde sienten la imagen desafiante de Cristo en el pobre como per­sona y como colectivo, experimentan y dinami­zan su específica espiritualidad de encarnación li­beradora.52

En este punto, la antología de textos de san Vicente es tan amplia como incisiva. Por ejemplo, cuando se dirige a las Señoras de las Cofradías de la Caridad, quiere dejar muy claro que no exis­te separación entre Cristo y el pobre: «El mismo Cristo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lu­gar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona… ¿Y qué amor po­demos tenerle nosotros a El, si no amamos lo que Él amó? No hay ninguna diferencia, señoras, en­tre amarle a Él y amar a los pobres de ese mo­do; servirles bien a los pobres, es servirle a Él…» (X, 954-955). Igualmente, cuando habla a los Sa­cerdotes de la Misión, les recomienda «dar la vuelta a la medalla» para ver «con los ojos de la fe»: «No hemos de considerar a un pobre cam­pesino o a una pobre mujer según su aspecto ex­terior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el es­píritu de las personas educadas, pues son vulga­res y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios… ¡Qué her­moso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán des­preciables» (XI, 275).

Y no es menos explícito cuando recomienda encarecidamente a las Hijas de la Caridad: «Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mí­as, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad co­mo que estamos aquí. Una Hermana irá diez ve­ces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios…» (IX, 240).

Si queremos concretar y condensar esta «sa­cramentalidad de los pobres» en una formulación vicenciana exacta, actual y clarividente, tenemos el mejor esquema en las Constituciones de las Hi­jas de la Caridad: «Contemplan a Cristo a quien encuentran en el corazón y en la vida de los Po­bres… En una mirada de Fe ven a Cristo en los Pobres y a los Pobres en Cristo…» (Const 1. 7).

2. «Dejar a Dios por Dios»

Para comprender mejor la espiritualidad vi­cenciana que subyace en este «encuentro con los pobres», nos viene muy bien recurrir a aquella fa­mosa y tópica leyenda que cuenta el filósofo y es­critor francés Albert Camus: «Estaba San Dimitri citado en la estepa con el propio Dios en perso­na y se apresuraba a llegar a la cita cuando se en­contró con un campesino cuyo carro se había atascado. Entonces San Dimitri le ayudó. El ba­rro era espeso y el hoyo profundo. Hubo que for­cejear durante una hora. Y cuando por fin acabó, San Dimitri corrió a la cita. Pero Dios no estaba ya». Y concluye A. Camus: «Siempre habrá quien llegue tarde a las citas con Dios, porque hay de­masiadas carretas en el atolladero y demasiados hermanos que socorrer».53

Vicente de Paúl, como si hubiera conocido de antemano la queja desesperanzada del citado pre­mio Nobel, había dicho a las Hijas de la Caridad: «Si fuera voluntad de Dios que tuvieseis que asis­tir a un enfermo en domingo, en vez de ir a oír misa, aunque fuera obligación, habría que hacer­lo. A eso se le llama dejar a Dios por Dios» (IX, 725). Y, por si hubiera alguna duda, recalca y aclara: «Si hay algún motivo legítimo, mis queri­das hijas, es el servicio del prójimo. El dejar a Dios por Dios no es dejar a Dios, esto es, dejar una obra de Dios para hacer otra, o de más obli­gación o de mayor mérito» (IX, 297).

Con esta respuesta, Vicente de Paúl deja muy claro que el único camino para llegar, siempre y a tiempo, a la cita con Dios es el camino del en­cuentro servicial con el pobre y el necesitado. Y que se llega tarde y nunca a la cita con Dios cuan­do se llega tarde y nunca a la cita con el pobre: «Id a ver a los pobres condenados a cadena per­petua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto!

Vais a unas casas muy pobres, pero allí en­contráis a Dios…» (1X, 240). En definitiva, Vicente de Paúl lega a sus seguidores un principio fun­damental, que es el mejor antídoto contra todas las ambigüedades espiritualistas: a Dios se le ama o se le traiciona en el pobre.

3. «Nuestros amos y maestros»

Aunque esta expresión no es original de san Vicente de Paúl,54 sí lo es, en cambio, la aplica­ción vivencial y práctica que hace de ella para sí mismo y para sus seguidores. Porque desde su ser «imágenes dolientes del Señor Maestro», los pobres se constituyen en «señores y maestros». Y, en consecuencia, los vicencianos tienen que amarlos y servirlos como al único Señor Maestro. Ésta es la primera aplicación de orden cristológi­co que Vicente de Paúl —y toda la tradición vi­cenciana— hace de la expresión «nuestros amos y maestros».

Además, tanto Vicente de Paúl como Luisa de Marillac hacen una aplicación complementaria partiendo de la realidad sociológica. Ellos cono­cían, por experiencia, la relación entre los amos y sus sirvientes en las casas de los grandes. Sa­bían que esos señores aristócratas eran, con fre­cuencia, exigentes, caprichosos, injustos y de­sagradecidos. Pero sus sirvientes, en la mayoría de los casos, les atendían con esmero de por vida y hasta con cierto cariño. Ahora, los amos, muchas veces duros, exigentes, groseros y de­sagradecidos, van a ser los pobres, y los vicen­cianos van a ser sus sirvientes, no por miedo o por sueldo, sino por amor y porque, a la luz de la fe, descubren en los oprimidos a un Cristo que no llama a la contemplación estática, sino a la ac­ción eficaz, al amor solidario y efectivo.

A partir de aquí, se vertebra la «nueva y es­pecial relación» que deben observar los «sier­vos» y «siervas» respecto de sus «amos y señores los pobres»: «Hemos de entrar en sus sentimientos para sufrir con ellos…, enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pi­diendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia…» (XI, 233); «hay que servirles con compasión, dulzura, cordialidad, respeto y devo­ción…, haciéndoles presente la bondad de Dios» (IX, 915); «amándoles a costa de nuestros brazos, con el sudor de nuestra frente» (XI, 733); con el convencimiento de que «al socorrerles estamos haciendo justicia y no misericordia» (VI1, 90); lle­gando, incluso, a tomar conciencia de que «ten­dríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria» (IX, 451); con la viva certeza de que «nuestra es la culpa de que ellos sufran, si no sacrificamos toda nues­tra vida por instruirlos» (XI, 121); sabiendo, en de­finitiva, que «somos indignos de rendirles nues­tros pequeños servicios» (XI, 273).

Al mismo tiempo, Blas Pascal, paisano y con­temporáneo de Vicente de Paúl, escribía: «Si Dios nos diera directamente unos maestros, se­ría necesario obedecerles con complacencia. La necesidad y los acontecimientos lo son infali­blemente».55

Así pues, los pobres se constituyen en «ma­estros» porque con su «necesidad y sus aconte­cimientos» nos indican cuál es el querer de Dios. Y para los seguidores de Vicente de Paúl, ese «clamor de los pobres» es el primer criterio para discernir la voluntad de Dios.56 Los pobres son «maestros» porque nos dan una serie de «ense­ñanzas» básicas: nos introducen cerca de Dios; nos remiten sin cesar a Jesucristo;57 nos inter­pelan con su sufrimiento; nos invitan a una po­breza más radical; nos muestran la «mordedura» de la pobreza; nos evangelizan mediante su pa­ciencia y su capacidad de acogida.58

4. Unos seres «inspiradores»

De todo lo dicho es fácil deducir un presu­puesto fundamental: los pobres están en la raíz de las obras y de las Instituciones vicencianas. Ellos constituyen la razón de ser de las mismas. Y ellos deciden, configuran y polarizan los oríge­nes, el presente y el futuro de estas Instituciones y obras. A la vez que rectifican continuamente su rumbo, dinamizan su compromiso, ajustan su mi­sión y garantizan la fidelidad a su espíritu propio y específico.59

Y esto es así porque la «historia passionis» de la humanidad, la endémica miseria de los pobres, el terrible abandono espiritual y material de los condenados de la tierra fueron la «inspiración di­vina mediata o indirecta» que impulsó a Vicente de Paúl a poner en marcha unas Instituciones y unas obras para la liberación integral de los más abandonados.60

Ciertamente, la fe y la experiencia de Vicen­te de Paúl, descubierta y clarificada en contacto vivencial con los pobres, se plasma en tres Insti­tuciones originales e innovadoras: las Cofradías de la Caridad o Caridades (hoy llamadas Volunta­rias de la Caridad), la Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Las continuas referencias de san Vicente a «lugares decisivos de discernimiento» como Gan­nes-Folleville, Montmirail y Châtillon-les-Dombes, confirman esta función «inspiradora» de los po­bres y certifican que ellos son el único objetivo de la Misión y de la Caridad.

V. «A costa de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente» o la praxis vicenciana en el servicio a los pobres

Después de los análisis y reflexiones anterio­res, surgen unas preguntas elementales: ¿Qué ha­cer? ¿Cómo tiene que comportarse un vicenciano, en la práctica, ante los pobres? ¿Qué compromi­sos concretos y realistas tiene que llevar a cabo pa­ra que su espiritualidad sea coherente y creíble? ¿Qué líneas de acción tiene que poner en marcha para dar el paso desde el «amor afectivo al amor efectivo» en favor de los pobres? ¿Qué actitudes de servicio amoroso, generoso, desinteresado, so­lidario y liberador tiene que desarrollar?

E, inmediatamente, Vicente de Paúl nos pro­porciona la respuesta inequívoca: «Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de be­nevolencia, y otros semejantes afectos y prácti­cas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo… Hemos de tener cuidado en es­to; porque hay muchos que, preocupados de te­ner un aspecto externo de compostura y el inte­rior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos… No, no nos engañemos: ‘Totum opus nostrum in operatione consistit’ (Todo nuestro quehacer consiste en la acción)» (XI, 733).

En estas palabras, dichas a los Sacerdotes de la Misión, está la prueba de que, ante los pobres, los vicencianos no pueden quedarse en una es­piritualidad intimista y teórica. Por el contrario, el mismo san Vicente lanza una consigna donde no caben las coartadas maniqueas o las escapatorias «esquizofrénicas»: «Así pues, hermanos míos, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados» (XI, 273).

En definitiva, para Vicente de Paúl y para sus seguidores, la experiencia de Dios, de Cristo, siempre desemboca en el compromiso social en favor de la justicia y de la defensa de los «sin voz». Con el convencimiento profundo de que se haga realidad lo que expresó el Sínodo de los obispos en 1987: «El Espíritu nos lleva a descu­brir más claramente que hoy la santidad no es po­sible sin un compromiso con la justicia, sin una solidaridad con los pobres y oprimidos».61

Y con la certeza de que lo específicamente cristiano no es el simple compromiso ético de solidaridad con los marginados, que es irrenun­ciable para todo hombre, sino hacer en ese com­promiso la experiencia de Dios. Porque también en esto fue san Vicente de Paúl un adelantado, rompiendo con la espiritualidad de su tiempo, de corte más neoplatónico que cristiano.

Evidentemente, esta praxis vicenciana del ser­vicio a los pobres tiene detrás el soporte de unas convicciones profundas. Ya han ido desgranán­dose a lo largo del presente artículo con un co­mún denominador preciso: el servicio a los pobres es el fin principal de la vocación vicenciana y la exclusiva prioridad de su misión; es la única ra­zón de ser de la existencia de los seguidores de Vicente de Paúl, de sus Instituciones y obras; co­mo dicen las Constituciones de las Hijas de la Caridad, «es un acto del Amor —amor afectivo y efectivo— que constituye la trama de su vida» (Const 2. 9); se cimenta en honrar a Cristo «ma­nantial y modelo de toda caridad»; es la expresión por excelencia de vivir en «estado de caridad».

Por tanto, he aquí una serie de líneas funda­mentales, de frentes de lucha y de compromiso y de actitudes básicas para un servicio integral a los pobres. O, dicho de otra forma, una aproxi­mación a cómo debe estar el vicenciano ante los pobres. Ciertamente, se trata de una enumeración muy somera. Su desarrollo requeriría unas cotas de extensión y de profundidad fuera del alcance de esta exposición.

1. Líneas fundamentales

a) Una sensibilidad «diferente» respecto de los pobres

Es la experiencia de un conocimiento com­prensivo de los pobres y necesitados de hoy, la forma vicenciana de situarse anímica y práctica­mente ante unas personas que ya no aceptan su situación inhumana de manera fatalista y resig­nada. O, lo que es lo mismo, la «visión vicencia­na» de los pobres en oposición frontal a la «visión normal» que sobre ellos ha tenido y sigue te­niendo la sociedad de todos los tiempos.

El paradigma de esta sensibilidad «diferente» lo encontramos en la postura radical de Vicente de Paúl defendiendo la dignidad y la libertad de los pobres frente a la falsa caridad entendida co­mo represión y conveniencia socio-política crimi­nal de los responsables de la sociedad del siglo XVII francés.62 Porque las estructuras mentales y sociales de aquella sociedad francesa en rela­ción con los pobres se reflejan en el decreto re­al del 27 de abril de 1656, por el que «los asociales deben ser encerrados» para limpiar la ciudad, pre­servar de su peligro a las «buenas conciencias» y respetar el «orden colectivo».

Los partidarios del «encerramiento de los po­bres» proclaman, por la boca oficial y solemne de Godeau, obispo sucesivamente de Grasse y de Vence: «Encerrar a los pobres no es quitarles la libertad; es apartarles del libertinaje, del ateísmo y de la ocasión de condenarse». Vicente de Pa­úl, por el contrario, grita la insoslayable dignidad de los pobres, defiende su libertad y motiva a la sociedad para que restituya la vida a los seres que corren el riesgo de ser sepultados vivos.

b) Una lectura crítica de las raíces de la marginación

Como es lógico, los vicencianos no podrán responder a las necesidades de los pobres y mar­ginados, si antes no penetran en los mecanis­mos económicos, sociales y políticos que produ­cen pobreza, miseria, marginación y exclusión. Si antes no hacen un análisis crítico de la margina­ción y sus causas más flagrantes y sangrantes: esas «estructuras de pecado» o «mecanismos perversos» de los que habla reiterativamente el Papa Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo rei socialis.63

Las Constituciones de la Congregación de la Misión lo señalan acertadamente como una de las características urgentes de la evangelización: «Atención a la realidad de la sociedad humana, so­bre todo, a las causas de la desigual distribución de los bienes en el mundo…» (Const 1, 12). Y el mismo Juan Pablo II decía en la audiencia del 30 de junio de 1986, a los delegados de la XXXVII Asamblea General de la Congregación de la Mi­sión: «Queridos padres y hermanos de la Misión, más que nunca, con audacia, humildad y com­petencia buscad las causas de la pobreza y favo­reced animosamente, a corto y a largo plazo, las soluciones concretas, movibles y eficaces. Ac­tuando de esta manera, cooperaréis a la credibi­lidad del Evangelio y de la Iglesia».

c) El «principio-misericordia»

Y me refiero al vocablo «misericordia» en su sentido más genuino, profundo y etimológico: «tener el corazón al lado del mísero». El término «misericordia» hay que entenderlo bien porque puede connotar cosas verdaderas y buenas, pe­ro también cosas insuficientes.

No se trata de un mero sentimiento de com­pasión, con el peligro de que no vaya acompañado de una praxis. Tampoco se reduce a las tradicio­nalmente llamadas «obras de misericordia», que tienen el déficit de no llegar nunca a las causas del sufrimiento y de la pobreza. Incluso, queda le­jos del mero alivio de algunas necesidades es­porádicas e individuales. Y, por supuesto, no tie­ne nada que ver con las actitudes paternalistas. Por eso, no hablamos solamente de «misericor­dia», sino del principio-misericordia.

Por este «principio-misericordia» se entiende un específico amor que está en el origen de un proceso, pero que, además, permanece presen­te y activo a lo largo de él, le otorga una deter­minada dirección y configura los diversos ele­mentos dentro del proceso.

La «misericordia» no es lo único que ejercita Jesús, pero sí es lo que está en su origen y lo que configura toda su vida, su misión y su destino. A veces, aparece explícitamente en los relatos evan­gélicos la palabra «misericordia», y a veces no. Pe­ro, con independencia de ello, siempre aparece como transfondo de la actuación de Jesús el su­frimiento de las mayorías, de los pobres, de los débiles, de los privados de dignidad, ante quienes se le conmueven las entrañas. Y esas entrañas conmovidas son las que configuran todo su sa­ber, su esperar, su actuar y su celebrar. Es decir, el «principio-misericordia» debe informar todas las dimensiones del seguidor de Cristo (y, por lo mismo, del vicenciano): la del conocimiento, la de la esperanza, la de la celebración y, por supues­to, la de la praxis.64

d) La solidaridad como síntesis del compromiso social

Se trata de la vertebración de toda la praxis vicenciana en favor de los pobres. Es decir, se tra­ta de enfocar el servicio vicenciano hacia una so­lidaridad desde los pobres, con los pobres y pa­ra los pobres.

Desde los pobres, implica insertarse en su medio ambiente, compartir sus condiciones de vi­da, entrar en sus sentimientos, leer y vivir la re­alidad, los signos de los tiempos y la Palabra de Dios desde el reverso de la historia, abajarse has­ta la entraña de los pobres para hacerse verda­deros «siervos» de ellos.

Con los pobres, significa estar afectiva y efi­cazmente al lado de los empobrecidos y margi­nados, hacer nuestra su causa, defenderlos de acuerdo con las exigencias del espíritu vicencia­no, es decir, en actitud de humildad, sencillez y caridad, «ser…, con los mismos Pobres, artífices de la Nueva Evangelización y de la promoción plena del hombre».65

Para los pobres, lleva consigo una premisa fundamental: que todas nuestras actitudes, com­portamientos y esfuerzos vayan encaminados a sacar a los pobres de su postración y a ayudar­les a recuperar su dignidad humana y de hijos de Dios. Y desemboca en dos verdades incontro­vertibles: que los únicos beneficiarios de nuestra actividad apostólica sean los «verdaderamente pobres», y que la «opción preferencial —y, en cierto modo, exclusiva— por los pobres» se tra­duzca en compromisos realistas y audaces, y no se quede solamente en los paisajes de la buena voluntad.

e) La liberación integral de los pobres

El destinatario de este servicio solidario es la totalidad de la persona del pobre. Con otras pa­labras, el destinatario no son sólo todos los po­bres, sino «todo» el pobre. Del hecho de que san Vicente fundara dos Compañías y de sus nombres —Congregación de la Misión e Hijas de la Cari­dad—, sería erróneo deducir que él separaba la evangelización y la promoción humana, enco­mendando la primera a los misioneros y la se­gunda a las Hermanas.

Él había dicho a sus Sacerdotes de la Misión: «Si hay algunos entre vosotros que crean que es­tán en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesida­des espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si que­remos oír esas agradables palabras del soberano juez de vivos y muertos: ‘Venid, benditos de mi padre; poseed el reino que os está preparado, porque tuve hambre y me disteis de comer, es­taba desnudo y me vestisteis, enfermo y me cui­dasteis’. Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó…» (XI, 393). «Venir a evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñar los misterios necesarios para la salvación, sino hacer todas las cosas predichas y prefiguradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio» (XI, 391).

Con la misma insistencia recuerda a las Hijas de la Caridad que su servicio liberador a los po­bres debe evitar los dualismos a los que tan afi­cionados solemos ser: «Vosotras no estáis sola­mente para atender a los cuerpos de los pobres enfermos, sino también para darles instrucción en lo que podáis» (IX, 63). «Tenéis que llevar a los po­bres enfermos dos clases de comida: la corporal y la espiritual…» (IX, 535).

Esta convicción vicenciana respecto a la libe­ración integral del pobre la sintetizan y actualizan perfectamente las Constituciones de las Hijas de la Caridad: «Con la inquietud constante de llegar a la promoción integral del hombre, la Compañía no separa el servicio corporal del servicio espiri­tual, la obra de humanización de la de evangeli­zación. Une servicio y presencia, recordando al Señor que revelaba así el Amor del Padre: ‘los cie­gos ven, los cojos andan… y se anuncia el Evan­gelio a los Pobres'» (Const 1. 11). Por un lado, tie­nen claro que han surgido para servir a los pobres; por eso, «su primer paso es la atención, base in­dispensable de toda evangelización» (Const 2. 9). Pero, a su vez, «tienen la preocupación primor­dial de darles a conocer a Dios, anunciarles a Je­sucristo, su única Esperanza, y decirles que el reino de los cielos está cerca y es para ellos…» (Const 1. 7). De ahí que «con una inquietud cons­tante por ‘todo el hombre’, por medio de un voto especial, se comprometen a servir a los Pobres corporal y espiritualmente…» (Const 2. 9).

Esta profunda intuición cristiana de Vicente de Paúl —vivida sin las apoyaturas teológicas de su tiempo— se vio ratificada, siglos más tarde, por la corriente conciliar y postconciliar de una espi­ritualidad de «encarnación liberadora».

Por ejemplo, cuando en el Sínodo de 1971, los obispos afirmaron: «La misión de predicar el Evan­gelio en el tiempo presente requiere que nos em­peñemos en la liberación integral del hombre ya desde ahora, en su existencia terrena».66 O cuan­do el Papa Pablo VI resaltó, en su exhortación apostólica La evangelización del mundo contem­poráneo, que «entre evangelización y promoción humana —desarrollo, liberación— existen efecti­vamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico… Lazos de orden teológico… Vín­culos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad…».67

2. Cuatro frentes de lucha en favor de los pobres:

Cualquier estrategia de lucha contra la po­breza y a favor de los pobres que pretenda ser completa, deberá llevarse a cabo en cuatro fren­tes: asistencia, promoción, denuncia profética de las injusticias y cambio de estructuras y clarifica­ción y concientización de los poderes públicos en favor de los pobres.68 Son cuatro niveles com­plementarios que san Vicente pone en práctica sin fisuras ni atomizaciones, y que lega imperativa-mente a sus seguidores.69

a) Acción asistencial

En efecto, Vicente de Paúl comenzó por la acción asistencial, el nivel más elemental ante la urgencia de la enfermedad, el hambre, el de­sempleo, la guerra, la miseria, la marginación o el desamparo social. Una acción que nunca de­saparecerá de su vida, de su mensaje y de las Ins­tituciones que él fundó.

Sin embargo, la asistencia tiene que cimen­tarse en la eficacia organizativa y en la actitud crítica. No puede confundirse con cierto paternalis­mo más o menos encubridor de injusticias. Des­de un principio, Vicente de Paúl constató que lo que faltaba no eran tanto personas caritativas cuanto organización eficiente de la caridad. Con su agudo sentido de las realidades económicas, de la cooperación y de la coordinación, organizó durante la guerra de los Treinta Años y de las dos Frondas una inmensa red de recogida, almace­namiento y distribución de ayudas que llegaban a la mayor parte de Francia.70

Además, para Vicente de Paúl la acción asis­tencial nunca puede ser ni aparecer como un su­cedáneo de las reformas estructurales. Por el con­trario, la exige a gritos y en nombre de Dios. Y si desde la justicia de los hombres la acción caritati­vo-social es un acto voluntario, desde la justicia de Dios se torna obligatorio. Por eso, subraya en una carta del 8 de marzo de 1658 al superior de Marsella: «¡Que Dios nos conceda la gracia de en­ternecer nuestros corazones en favor de los mi­serables y de creer que, al socorrerles, estamos haciendo justicia y no misericordia!» (VII, 90).

b) Acción promocional

Como una evolución natural e inevitable, com­pletó la acción asistencial con la acción promo­cional, con la búsqueda de unos medios para que el pobre, personal y colectivamente, tome con­ciencia de su situación, de su dignidad y de sus derechos, y sea, sobre todo, agente de su pro­pio desarrollo integral. Y ello porque sabe que la pobreza generalizada tiene causas sociales.

Esta organización promocional en el compro­miso servicial con los pobres se hace en Vicen­te de Paúl «ingeniosamente inventiva». Y así, escribe en su correspondencia: «No hay que asis­tir más que a aquéllos que no pueden trabajar ni buscar su sustento, y que estarían en peligro de morir de hambre si no se les socorre. En efecto, apenas tenga uno fuerzas para trabajar, habrá que comprarle algunos utensilios conformes con su profesión, pero sin darle nada más. Las limosnas no son para los que pueden trabajar…, sino para los pobres enfermos, los huérfanos o los ancia­nos» (IV, 180).

Además, esta acción promocional actúa sobre las causas de la pobreza y de la marginación de diferentes sectores de la sociedad: campesinos, niños abandonados, huérfanos, refugiados… Y se prolonga hasta que éstos sean capaces de salir por sí mismos de su situación.71 Lo mismo que urgió el Concilio Vaticano iI en su decreto sobre el «apostolado seglar»: «Cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas, y no sólo los efec­tos, de los males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberan­do progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos» (A. A., n. ° 8).

c) Denuncia profética de las injusticias y cambio de estructuras

Entre las exigencias de su vasto plan de acción social, Vicente de Paúl incluye un tercer nivel: el cambio de estructuras. Un nivel que se concreta, a su vez, en la denuncia profética de las injusti­cias y en el compromiso activo hacia unas es­tructuras sociales más justas. Comprende que el cristiano, porque lo es y porque es urgido por el amor de Cristo y de sus hermanos pobres, no puede conformarse con ser justo, sino que tam­bién debe lanzarse a las exigencias de la lucha por la justicia, como expresión viva de la caridad.72

Cualquiera que se acerque, aunque sea someramente, a la vida de Vicente de Paúl, se en­contrará con una ingente suma de acciones, ac­titudes y palabras encaminadas a impedir, por to­dos los medios a su alcance, que la «maquinaria socio-económica-política» continúe fabricando más pobres. Ahí está su entrevista con el primer ministro Richelieu para pedirle abiertamente el cese de la guerra;73 su oposición pública y radi­cal a la política explotadora del pueblo campesi­no trazada por el cardenal Mazarino: «Monseñor, échese al mar y se calmará la tempestad»;74 su larga e inteligente carta al mismo cardenal Ma­zarino, el 11 e septiembre de 1652, para pedirle que dimitiera y abandonase el Reino, sencilla­mente porque le consideraba el principal causante del sufrimiento del pueblo (IV, 440-444); su ape­lación al Papa Inocencio X, el 16 de agosto de 1652, para que interviniera en favor de la paz du­rante la Fronda de los Príncipes, y así «aliviar a los pueblos desolados por tan larga guerra, de­volver la vida a los pobres abatidos y casi muer­tos de hambre, ayudar a los campos totalmente devastados…» (IV, 427-429). Incluso, llega a pagar el precio de su «atrevida» denuncia de las injus­ticias permaneciendo exiliado de la ciudad de Pa­rís durante cinco meses.75

A veces, se han querido interpretar como «neutralidad y prudencia ante las injusticias», al­gunas expresiones de Vicente de Paúl,76 cuan­do, en realidad, lo único que pretende es evitar que sus seguidores se introduzcan en la «polí­tica de partidos».

Por el contrario, es muy significativa la carta que escribe el canónigo de Saint-Martín en estos términos: «Los sacerdotes de este tiempo tie­nen muchos motivos para temer los juicios de Dios… por no haberse opuesto como debían a las plagas que afligen a la Iglesia, como son la pes­te, la guerra, el hambre y las herejías, que la ata­can por todas partes» (V, 541). Y no deja el más mínimo lugar a dudas cuando a las Hijas de la Ca­ridad les presenta, como modelo para «las que vengan después», el ejemplo de Sor Juana Dal­magne, quien «al saber que algunas personas ricas se habían eximido de tributo, para sobre­cargar a los pobres, les dijo libremente que era contra la justicia y que Dios los juzgaría por esos abusos…» (IX, 188). Algo que las Hijas de la Cari­dad, siguiendo ese compromiso nítidamente vi­cenciano, han confirmado y urgido en su Asam­blea General de 1991: «Queremos ser un grito que clame por la justicia, primera piedra en la cons­trucción de una civilización del amor».77

d) Clarificación y concientización de los poderes públicos

Hay otro aspecto, en esta estrategia organi­zativa del servicio vicenciano a los pobres, que no se ha resaltado suficientemente. Vicente de Pa­úl no dudó nunca en llevarlo a cabo. Se trata de clarificar y convertir las conciencias de los pode­res políticos, económicos y sociales en orden a proteger a los colectivos sociales más débiles.78

Vicente de Paúl, explícita e implícitamente, viene a decir a los poderes públicos que su obli­gación social y moral es encargarse de los que nada tienen, hasta ayudarles a recuperar la dignidad humana. En definitiva, les pide que se conviertan a lo que él se convirtió: la convicción fundamen­tal de que «los pobres son los predilectos de Dios» y la «conciencia crítica» de una sociedad opulenta e insolidaria.

Este cuarto nivel del servicio vicenciano a los pobres tiene dos características: la capacidad crí­tica para descubrir y hacer descubrir las injusticias, explotaciones y marginaciones, y la capacidad de concientizar y animar a personas, instituciones y grupos sociales en el trabajo por los pobres.

No resulta ninguna extrapolación si aplica­mos a este plan organizado de la caridad vicen­ciana el calificativo de «expresión de la dimen­sión política y social de la fe» de Vicente de Paúl. Tal vez, a él le hubiera gustado poder citar aquellas palabras que el Papa Pío XI pronunció, ante la Federación universitaria católica italiana, más de trescientos años después: «El campo político abarca los intereses de la sociedad en­tera; y en este sentido, es el campo de la más vasta caridad, de la caridad política, de la caridad de la sociedad».79

O incluso lo que los obispos españoles de­clararon el 22 de agosto de 1986 hablando de la dimensión social y política de la caridad: «No se trata sólo ni principalmente de suplir las defi­ciencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, consi­derados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres».80

3. Actitudes básicas:

a) «Pedagogía vicenciana»

El 11 de noviembre de 1657, Vicente de Pa­úl se dirigió a las Hijas de la Caridad con una conferencia que bien podríamos subtitular como «manual de pedagogía vicenciana para un mejor servicio al pobre». Sus párrafos más significativos no tienen desperdicio: «Vuestro principal empleo, después del amor de Dios y del deseo de hace-ros agradables a su divina Majestad, tiene que ser servir a los pobres enfermos con mucha dulzura y cordialidad, compadeciéndoos de su mal y escuchando sus pequeñas quejas, como tiene que hacerlo una buena madre; porque ellos os miran como a sus madres nutricias y como a personas enviadas por Dios para asistirles. Por eso estáis destinadas a representar la bondad de Dios delante de esos pobres enfermos. Pues bien, como esta bondad se comporta con los afligidos de una for­ma dulce y caritativa, también vosotras tenéis que tratar a los pobres enfermos como os enseña esa misma bondad, esto es, con dulzura, con compa­sión y con amor: pues ellos son vuestros amos y también los míos… Así pues, esto es lo que os obli­ga a servirles con respeto, como a vuestros amos, y con devoción, porque representan para voso­tras a la persona de Nuestro Señor… Según eso, no sólo hay que tener mucho cuidado en alejar de sí la dureza y la impaciencia, sino además afanar­se en servir con cordialidad y con gran dulzura, in­cluso a los más enfadosos y difíciles, sin olvidar­se de decirles alguna buena palabra… No decir muchas cosas a la vez, sino ir poco a poco dán­doles la instrucción que necesitan…» (IX, 915-916).

Aparentemente, esta pedagogía vicenciana puede parecer excesivamente «normal» y «ele­mental». Pero ahí reside, precisamente, su gran­deza, su perennidad y su actualidad. Por eso, no es extraño que Luisa de Marillac, por ejemplo, se la recomiende a las Hermanas enviadas a Mon­treuil-sur-Mer, repitiendo casi las mismas pala­bras de Vicente de Paúl: «En lo que se refiere a su comportamiento con los enfermos, ¡por Dios! que no sea para salir del paso, sino llenas de afec­to, hablándoles y sirviéndoles con el corazón; informándose con detalle de sus necesidades, hablándoles con mansedumbre y compasión, pro­porcionándoles sin importunidad ni agitación la ayuda que sus necesidades requieran…» (E 182). Y las Constituciones de las Hijas de la Caridad su­brayan esta pedagogía vicenciana como un dis­tintivo propio y determinante: «…se esfuerzan por servirle (a Cristo) en sus miembros dolientes ‘con dulzura, compasión, cordialidad, respeto y de­voción'» (Const 1. 7).

b) «Comunión» con los pobres

Lo que cuenta, por encima de todo, es la «co­munión» con aquéllos a los que se sirve y por los que se lucha, so pena de caer en el profesiona­lismo vacío o en una inmediatez rutinaria y ab­sorbente.

Una «comunión» que implica verdadero co­nocimiento de los problemas y necesidades de los pobres, auténtico encuentro con ellos, acogi­da profunda, proximidad lúcida y eficaz, partici­pación real en sus avatares, sensibilidad respec­to de sus derechos, docilidad servicial ante sus exigencias, escucha y diálogo para descubrir sus valores y ayudarles a tomar conciencia de su po­tencial, dejarse interpelar por sus llamadas, ser voz de los que no tienen voz para defender los dere­chos de los más desprotegidos y dar a conocer las aspiraciones legítimas de los más desfavore­cidos, atención personalizada.81

Sor Lucía Rogé, entonces Superiora General, decía a las Hijas de la Caridad: «La verdadera sier­va ‘comulga’ con la vida de su Amo. Cuanto más desgraciado sea éste, tanto más querrá ella es­tar a su servicio».82 Y es que, en la espiritualidad y en la tradición vicenciana, la palabra siervo/a es­tá en la base de esta «comunión» con el pobre. Es más, no se puede entender la «comunión» con el pobre si no es desde una actitud conven­cida y vivencial de ser siervo/a.

Evidentemente, dentro de las Instituciones vicencianas, la que más ha cultivado y sigue cul­tivando con insistencia esta actitud de sierva es la Compañía de las Hijas de la Caridad. No en va­no Vicente de Paúl, al explicar a las Hermanas el nombre oficial de la Compañía, les exhorta: «¡Ah! ¡qué hermoso título! Hijas mías, ¡Qué hermoso título, qué hermosa cualidad! ¿Qué habéis hecho a Dios para merecer esto? Sirvientes de los po­bres, que es como si se dijese sirvientes de Je­sucristo… Conservad bien este título, porque es el más hermoso y el más ventajoso que podríais tener… Vosotras, hijas mías, os podéis poner sier­vas de los pobres, que son los predilectos de Je­sucristo…» (IX, 302). Y sus Constituciones expli­citan: «Cualesquiera sean su forma de trabajo y su nivel profesional, se mantienen ante los Pobres en una actitud de siervas, es decir, en la puesta en práctica de las virtudes de su estado: humil­dad, sencillez y caridad. Tienen especial empeño en conservar el desinterés del corazón y el sen­tido de la gratuidad, que se manifiestan en el es­píritu de su servicio y en la calidad de su pre­sencia» (Const 2, 9). El mismo Juan Pablo II se lo recordaba, con motivo de la Asamblea Gene­ral de 1991: «Ustedes fueron fundadas única­mente para servir al mundo de los deshereda­dos, de los ‘pequeños’. Yo les exhorto más que nunca a compartir la miseria del mundo contem­poráneo, como sus santos Fundadores lo hicie­ron en su tiempo y lo harían también hoy».83

c) Audacia y creatividad

Los antiguos solían distinguir, con muchísima razón, entre una prudencia de la carne y la prudencia del Espíritu. La primera es todo lo contra­rio de esa virtud evangélica llamada parresía (He 2, 29; 4, 13. 29; 28, 31), que cabría traducir por confianza audaz.84 Vicente de Paúl tuvo la pru­dencia del Espíritu, pero nada supo de la pru­dencia de la carne.

Y es que el servicio vicenciano tiene que es­tar impulsado por esa prudencia del Espíritu, por la audacia y la creatividad. Las Hijas de la Caridad lo han entendido perfectamente cuando en la Asamblea de 1985 trazaron, sin ambajes, una cla­ra línea de acción: «(Queremos) mantenernos en actitud de búsqueda para descubrir las llamadas de los pobres y responder a ellas con audacia y creatividad».85

En el contexto vicenciano, audacia y creativi­dad hacen referencia al «ardor», a la unión del amor afectivo y el amor efectivo, fuego que infla­ma, ilumina y consume a quien lo posee. Están en total interrelación con el «celo». San Vicente de Paúl urgía enérgicamente a los Sacerdotes de la Misión: «Si el amor de Dios es fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su ra­yo… El celo nos lleva a pasar por encima de toda clase de dificultades, no solamente por la fuerza de la razón, sino por la de la gracia, que nos per­mite encontrar gusto en el sufrir, sí, en el sufrir» (XI, 590-591). Se traducen por un empuje y un co­raje que brotan de la experiencia honda de Jesu­cristo servidor y de la «pasión» por los pobres, y desembocan en la búsqueda arriesgada de nue­vos métodos, formas y expresiones serviciales.

Porque hoy el servicio a los pobres exige cam­bios de esquemas mentales, salir del inmovilismo estático que hace y repite lo de siempre porque no ha experimentado la novedad del evangelio. En definitiva, se trata de la actitud opuesta a la ato­nía, a la rutina, al desánimo, a la instalación…

Y, por supuesto, la audacia y la creatividad van de la mano de la disponibilidad y la movilidad. Cuando las Constituciones de las Hijas de la Ca­ridaddicen que «fiel a tal Espíritu, la Compañía se mantiene disponible y ágil para responder a las ne­cesidades nuevas y urgentes y a las inserciones que exigen» (Const 1. 9), están hablando de au­dacia y creatividad.

d) Formación permanente, sólida y renovada

Es altamente significativo el hecho de que los Documentos finales de las dos últimas Asam­bleas Generales de las Hijas de la Caridad (En la encrucijada y Junto al Pozo de Jacob) dediquen un capítulo a la formación. Porque si el servicio a los pobres tiene que llevarse a cabo con calidad, es absolutamente imprescindible una actitud de apertura a la formación como renovación espiri­tual, como dinamización del «ser» y del «queha­cer», como adquisición de contenidos, como co­nocimiento actualizado del mundo de los pobres y de su entorno social, como puesta al día en mé­todo y formas de servicio.

Los Documentos aludidos presentan la for­mación siempre desde la vertiente del servicio a los pobres. Y, desde ahí, insisten en una serie de presupuestos interpelantes: la formación es una «cuestión de justicia hacia los pobres», «favore­ce la unidad de vida con miras a un mejor servi­cio corporal y espiritual de los pobres», «es im­perativo para que la Compañía pueda ser hoy lo que los pobres de hoy necesitan»… Y no se que­dan atrás las Constituciones de las Hijas de la Ca­ridad cuando enfocan la formación hacia un me­jor servicio integral al pobre y como «recorrido de toda la vida (que) pone a la Hija de la Caridad en condiciones de dar una respuesta siempre nue­va a las continuas llamadas de Dios» (Conts 3. 6).

Conclusión

En la espiritualidad vicenciana todo debe es­tar referido a los pobres y todo debe desembo­car ineludiblemente en la liberación integral de los pobres. Porque los acontecimientos y las ne­cesidades de los pobres configuraron y dinami­zaron las Instituciones y las obras vicencianas desde sus orígenes, y siguen garantizando hoy la fidelidad a su espíritu verdadero.

No se puede entender correctamente y en toda su hondura el gran edificio vicenciano sin penetrar en un triple descubrimiento: los márge­nes depauperados de una sociedad —la de ayer y la de hoy— generadora de pobres y empobre­cidos; los pobres como sacramento de Cristo y, por tanto, la pasión por Cristo en los pobres y por éstos en El; y el denodado esfuerzo por con­cientizar a la sociedad entera para que se orga­nice en favor de los pobres y se movilice para li­berarlos de su pobreza. Porque en el camino del «ser» y del «quehacer» vicenciano los pobres constituyen uno de los hitos existenciales bási­cos e imprescindibles. Nada tiene sentido ni ra­zón sin los pobres, y todo se hace creíble y cer­tero desde los pobres, con los pobres, para los pobres y por los pobres.

Bibliografía fundamental

SAN VICENTE DE PAUL, Obras Completas, Sígueme, Salamanca 1972-1982, 12 vols.- SANTA LUISA DE MARILLAC, Correspondencia y escritos, Ce-me, Salamanca 1985.- Constituciones de la Congregación de la Misión, 1985.- Constituciones de las Hijas de la Caridad de San Vi­cente de Paúl, 1983.- Instrucción sobre los Vo­tos de las Hijas de la Caridad, 1989.- Asamblea General de las Hijas de la Caridad, En la en­crucijada… Documento final, 1985.- Asamblea General de las Hijas de la Caridad, Junto al Po­zo de Jacob. Documento Inter-Asambleas, 1991.- A. I. C. (Asociación Internacional de Ca­ridades de San Vicente de Paúl, Contra las po­brezas, actuar juntos. Documento de Base, Bruselas 1980.- J. M. a IBÁÑEZ, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo, Sígueme, Sala­manca 1977.-J. M. a IBÁÑEZ, Vicente de Paúl, re­alismo y encarnación, Sígueme, Salamanca 1982.-J. M. a IBÁÑEZ, Opción vicenciana por los pobres, en XV Semana de Estudios Vicencia­nos, Respuesta vicenciana a las nuevas for­mas de pobreza, Ceme, Salamanca 1988, pp. 115-157.- J. M. IBÁÑEZ, El compromiso con la justicia, dimensión esencial del servicio vicen­ciano, en Mil Semana de Estudios Vicencia­nos, Justicia y solidaridad con los pobres en la vocación vicenciana, Ceme, Salamanca 1988, pp. 115-157.- J. M. a IBÁÑEZ, Los pobres, razón de ser de las Hijas de la Caridad y garantía de fidelidad al espíritu de la Compañía, en XI Se­mana de Estudios Vicencianos, Don del amor de Dios a la Iglesia y a los pobres, Ceme, Sa­lamanca 1984, pp. 153-206.- J. CORERA, El po­bre según San Vicente, en Vincentiana (4-5-6), 1984, pp. 578-586.- J. CORERA, Qui ad margi­nes societatis sunt reiecti, en Vicentiana (3), 1988, pp. 337-346.- Comisión Episcopal de Pas­toral Social, La Iglesia y los pobres, Madrid 1994.- Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Los pobres: una inter­pelación a la Iglesia, Idatz, San Sebastián 1981: L. GONZÁLEZ-CARVAJAL, Con los pobres. Contra la pobreza, Paulinas, Madrid 1991.-J. Lois, Te­ología de la Liberación. Opción por los pobres, IEPALA, Madrid 1986.- G. GUTIÉRREZ, Pobres y opción fundamental, en I. ELLACURÍA y J. SOBRINO (eds.), Mysterium Liberationis, Trotta, 2 vols., Madrid 1990, t. I., pp. 303-321.- V. CODINA, Re­nacer a la solidaridad, Sal Terrae, Santander 1982.- P. JARAMILLO, Pobrezas, carencias y marginaciones en nuestra sociedad actual. Acu­sación y llamada, Servicio de Documentación de Caritas Española, Madrid, marzo de 1987: Documentación Social, La pobreza en España, hoy, (96), 1994.- Fundación FOESSA, V Infor­me sociológico sobre la situación social en Es­paña, 2 vols. Madrid 1994.

  1. J. M.,RAMBLA, Espiritualidad cristiana en la lucha por la justicia, en AA. W., La justicia que brota de la fe, Sal Te­rrae, Santander 1982, p. 179.
  2. V. CODINA, De la ascética y mística a la vida según el espíritu de Jesús, en AA. W., El Vaticano II veinte años des­pués, Cristiandad, Madrid 1985, p. 272.
  3. Comisión Española de Pastoral Social, La Iglesia y los pobres, PPC, Madrid 1994, p. 137.
  4. Cfr V. CODINA, Seguir a Jesús hoy, Sígueme, Sala­manca 1988, pp. 17-18.
  5. J. CORERA, El pobre según San Vicente, en Vicentia­na (4-5-61, 1984, pp. 578-585.
  6. A. FURETIERE, Dictionnaire universel, La Haya-Rotter­dam 1690, 3 vols., edición facsímil SNL, París 1978, t. III.
  7. J. CORERA, Diez estudios vicencianos, Ceme, Sala­manca 1983, pp. 84-85.
  8. J. P. CAMUS, Traité de la pauvreté évangélique, Be-sanan 1634, p. 5.
  9. J. M. IBÁÑEZ, Vicente de Paúl, realismo y encarna­ción, Sígueme, Salamanca 1982, p. 266.
  10. JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis, n. ° 16.
  11. Carta Pastoral de los obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Los pobres: una interpela­ción a la iglesia, Idatz, San Sebastián 1981, p. 10.
  12. A. I. C. (Asociación Internacional de Caridades de San Vicente de Paúl), Contra las pobrezas actuar juntos. Docu­mentod e base, Bruselas 1980, p. 1. 10/80/1.
  13. Cfr. L. GONZÁLEZ-CARVAJAL, Con los pobres. Contra la pobreza, Paulinas, Madrid 1991, pp. 11-19.
  14. Carta de Vicente de Paúl al Padre Almerás, 8 de di­ciembre de 1649, en P. COLLET, La vie de Saint Vicenr de Paul, Nancy 1748, 2 vols. t, I, p. 479.
  15. Cfr. Asamblea General de las Hijas de la Caridad, En la encrucijada… Documento final, 1985, pp. 5-7; Asam­blea General de las Hijas de la Caridad, Junto al Pozo de Jacob. Documento Inter-Asambleas, 1991, p. 10; JUAN Ra­no I!, Alocución a los miembros de la Asamblea General de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, 27 de mayo de 1991, n. ° 3.
  16. III Conferencia General del Episcopado Latinoame­ricano, Puebla, La evangelización en el presente y en el fu­turo de América Latina, n. ° 49, PPC, Madrid 1979, p. 42.
  17. El lector interesado en un estudio de largo, serio y profundo alcance, puede consultar: P. CHRISTOPHE, La his­toria de la pobreza, Verbo Divino, Estella 1989; B. GEREMEK, La piedad y la horca. Historia de la miseria y de la caridad en Europa, Alianza, Madrid 1989; M. MOLLAT led.), Etudes sur l’histoire de la pauvreté (Moyen Age – XVI siecle), Pu­blications de la Sorbonne, 2 vols., París 1974; M. MOLLAT, Les pauvres au Moyen Age. Etude sociale, Hachette, Pa­rís 1978; J. P. GurroN, La societé et les pauvres en Europe (XVI – XVIII siecles), Presses Universitaires de France, París 1974. Concretamente sobre España pueden consul­tarse: E. Maza, Pobreza y asistencia social en España. Si­glos XVI al XX, Universidad de Valladolid, 1987; C. LÓPEZ ALONSO, La pobreza en la España Medieval. Estudio histó­rico-social, Ministerio de Trabajo, Madrid 1985; J. Gancia VÁL­VERDE (ed.), La pobreza en España y sus causas, Fundación AGAPE, Madrid 1984; Documentación Social, Pobreza y marginación, (56-57), 1984; Documentación Social, La po­breza en España, hoy (96), 1994; Fundación FOESSA, V In­forme sociológico sobre la situación social en España, 2 vols. Madrid 1994. Para el estudio sobre el tiempo de san Vicente de Paúl, el libro más completo y asequible es: J. M. IBÁ­ÑEZ, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo, Sígueme, Salamanca 1977.
  18. Cfr. J. M. IBÁÑEZ, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo, Sígueme, Salamanca 1977, pp. 34-48 y 76-94; J. M. a IBÁÑEZ, Entorno histórico-social en tiempos de Vi­cente de Paúl, en Vicentiana (4-5-6), 1984, pp. 334-346; J. M. IBÁÑEZ, La sociedad en la que vivió Vicente de Paúl, en Vicentiana (4-5-6), 1987, pp. 467-475.
  19. J. P. CAMUS, o. c., p. 5.
  20. L. MEZZADRI, San Vincenzo de Paul, Edizione Paoli­ne, 1986, p. 90.
  21. Cfr. J. M. IBÁÑEZ, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo…, p. 70-113.
  22. Documentación Social, Pobreza y marginación (Es­tudios de EDIS realizado por encargo de Caritas Española) (56-57), 1984.
  23. Fundación FOESSA, V Informe sociológico sobre la situación social en España, 2 vols., Madrid 1994.
  24. Cfr. L. GONZÁLEZ-CARVAJAL, O. C., pp. 19-23.
  25. Cfr. Documentación Social, o. c., pp. 116-119.
  26. Cfr. J. ALCAIDE, La distribución de la renta españo­la, En Cuadernos de Economía (25), 1989.
  27. Cfr. V. RENES, Pobreza y procesos sociales, en Co­rintios XIII 1721, 1994, pp. 20-24.
  28. Programa 2000, La sociedad española en transfor­mación, Madrid 1988, pp. 65-66.
  29. II Conferencia General del Episcopado Latinoame­ricano, Medellín, Iglesia y liberación humana. Los docu­mentos de Medellín, la pobreza de la Iglesia, n. ° 9, Nova Terra, Barcelona 1969, p. 223.
  30. Cfr. III Conferencia General del Episcopado Latino­americano, Puebla, o. c., n. ° 897 y ss, pp. 281 y ss.
  31. Cfr. J. Lois, Teología de la Liberación. Opción por los pobres, EIPALA Fundamentos, Madrid 1986, pp. 149- 157; I. ELLACURIA, Pobres, en C. FLORISTAN y J. J. TAMAYO teds.), Conceptos fundamentales de Pastoral, Cristiandad, Madrid 1983, pp. 79-792.
  32. Citado por V. CODINA, Seguir a Jesús hoy…, p. 105.
  33. J. DUPONT, Les Beatitudes, T. 11 La Bonne Nouve­Ile, Gabalda, París 1969, p. 123.
  34. J. DUPONT, o. c., p. 15.
  35. Comisión Episcopal de Pastoral Social, o. c., n. ° 19.
  36. P. COLLET, o. c., t. II, p. 168.
  37. J. M. IBÁÑEZ, Opción vicenciana por los pobres, en XV Semana de Estudios Vicencianos, Respuesta vicencia­na a las nuevas formas de pobreza, Ceme, Salamanca 1988, pp. 132-134.
  38. H. BREMOND, Histoire littéraire du sentiment reli­gieux en France depuis la fín des guerres de religion jus­qu’a nos jours, 13 vols., París 1925-1936, t. III 1ere partie, p. 219 (Utilizamos la edición de París 1967).
  39. J. Lois, o. c., p. 158.
  40. J. M. IBÁÑEZ, Opción vicenciana por los pobres…, p. 137.
  41. Comisión Episcopal de Pastoral Social, o. c., n° 21.
  42. Cfr. J. M. a IBÁÑEZ, o. c., pp. 137-139.
  43. J. M. IBÁÑEZ, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo…, p. 275.
  44. Comisión Episcopal de Pastoral Social, o. c., 25.
  45. J. B. BOSSUET, Sermones, Librería de Hijos de Leo­cadio López, Madrid 3. a ed. s. f., pp. 353-354.
  46. JUAN XXIII, Radio-mensaje del 11 de noviembre de 1962, en P. GALINDO, Colección de Encíclicas y Documen­tos Pontificios, t. 2, ACE, Madrid 1967, p. 2493.
  47. J. M. IBÁÑEZ, Las obras de las Hijas de la Caridad en sus orígenes, en Vincentiana (4-5-6), 1990, p. 606.
  48. JUAN PABLO II, Dives in misericordia, n. ° 13.
  49. Comisión Episcopal de Pastoral Social, o. c., n. ° 11.
  50. Cfr. J. M. IBÁÑEZ, Vicente de Paúl, realismo y en­carnación…, pp. 243-292.
  51. Comisión Episcopal de Pastoral Social, o. c., nn. 9 y 10.
  52. Cfr. J. M. IBÁÑEZ, Opción vicenciana por los po­bres…, p. 122.
  53. A. CAMUS, Los justos, en Obras completas, t. 1 (Na­rraciones y Teatro), Aguilar, Madrid 1979, p. 1056.
  54. Parece ser que la expresión «Nuestros amos y ma­estros» o «Nuestros amos y señores» se remonta a la Edad Media. San Vicente de Paúl, según confiesa él mis­mo en la conferencia del 19 de julio de 1640 a las Hijas de la Caridad, oyó esta expresión por primera vez, en Roma: «Oía yo leer la fórmula de los Votos de los religiosos hos­pitalarios de Italia que era en estos términos: ‘Yo hago vo­to y prometo a Dios guardar toda mi vida la pobreza, la cas­tidad y la obediencia y servir a nuestros señores los pobres'» (IX, 42). Sin embargo, no sé muy bien de qué Orden hos­pitalaria habla San Vicente. Tal vez se refiere a los Hospi­talarios de San Juan de Jerusalén que también se hallaban establecidos en Italia cuando San Vicente estuvo en Roma.
  55. B. PASCAL, Pensées, Lafuna, Paría 1962, n. ° 919.
  56. Cfr. Constituciones de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, 1983, n. ° 2. 8; Instrucción sobre los Votos de las Hijas de la Caridad, 1989, p. 88; Constitucio­nes de la Congregación de la Misión, 1985, p. 21.
  57. Cfr. Instrucción sobre los Votos de las Hijas de la Caridad, 1989, pp. 19, 63, 107.
  58. Asamblea General de las Hijas de la Caridad, En la encrucijada… Documento final, 1985, pp. 8-9.
  59. Cfr. J. M. IBÁÑEZ, Los pobres, razón de ser de las Hijas de la Caridad y garantía de fidelidad al espíritu de la Compañía, en XI Semana de Estudios Vicencianos, Don del amar de Dios a la Iglesia y a los pobres, Ceme, Sala­manca 1983, pp. 167-181; J. M. IBÁÑEZ, Las obras de las Hijas de la Caridad en sus orígenes…, pp. 589-604; A. OR­CA. 10 y M. PÉREZ FLORES, San Vicente de Paúl. Espirituali­dad y selección de escritos, BAC, Madrid 1981, p. 158; A. Orcajo, Vicente de Paúl a través de su palabra, La Milagrosa, Madrid 1988, p. 218.
  60. F. CIARDI, Los fundadores, hombres del espíritu. Pa­ra una teología del carisma del fundador, Paulinas, Madrid 1983, p. 64.
  61. Sínodo de los obispos 1987, Mensaje de los Pa­dres Sinodales al Pueblo de Dios, Vida Nueva (1606/71, 1987, p. 68.
  62. Cfr. J. M. IBÁÑEZ, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo…, pp. 115-131; J. M. IBÁÑEZ, Vicente de Paúl, realismo y encarnación…, pp. 231-241.
  63. Cfr. JUAN PABLO II, Solicitado rei socialis, nn. 16, 17, 35, 36, 37, 38, 39, 40, 46.
  64. Cfr. J. SOBRINO, El principio-misericordia. Rajar de la cruz a los pueblos crucificados, Sal Terrae, Santander 1992, pp. 32-38.
  65. Asamblea General de las Hijas de la Caridad, Junto al Pozo de Jacob. Documento Inter-Asambleas, 1991, p. 10.
  66. Sínodo de los obispos 1971, Los Documentos del Tercer Sínodo. El Sacerdocio y la Justicia en el mundo, Nuevos Folletos PPC (23-24), Madrid 1971, p. 51.
  67. New VI, La evangelización del mundo contempo­ráneo, n. ° 31.
  68. Cfr. L. GONZÁLEZ-CARVAJAL, O. c., pp. 143-151; J. M. a IBÁÑEZ, La fe verificada en el amor, Paulinas, Madrid 1993, pp. 137-141.
  69. Cfr. J. M. IBÁÑEZ, El compromiso con la justicia, di­mensión esencial del servicio vicenciano, en XVI Semana de Estudios Vicencianos, Justicia y solidaridad con los po­bres en la vocación vicenciana, Ceme, Salamanca 1988, pp. 150-154.
  70. Cfr. J. M. a IBÁÑEZ, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo…, pp. 156-205.
  71. Cfr. J. M. a IBÁÑEZ, Las obras de las Hijas de la Ca­ridad en sus orígenes…, pp. 589-607.
  72. Cfr. J. M. IBÁÑEZ, El compromiso con la Justicia, di­mensión esencial del servicio vicenciano…, p. 151.
  73. Cfr. L. ABELLY, La vie du venerable serviteur de Dieu, Vincent de Paul, París 1664, 3 vols. t. I, pp. 169-170.
  74. Cfr. P. COSTE, El gran santo del gran siglo. El señor Vicente, Ceme, Salamanca 1991, t. II, p. 404.
  75. Durante la Fronda del Parlamento, Vicente de Paúl, el 13 de enero de 1649, sale de París para hablar con la reina Ana de Austria y con Mazarino (Cfr III, 368) de la situa­ción política y de la miseria que provoca en los pobres de París y en los campesinos de la región parisina. El «servi­cio» que Vicente de Paúl quiere prestar a los parisinos, es mal interpretado por los dos partidos. El resultado es el «alejamiento» de la capital desde el 14 de enero hasta el 13 de junio de 1649 (Cfr III, 373, 380, 394, 396, 413, 417).
  76. Vicente de Paúl escribe en las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión: «En las guerras y disensio­nes que puedan darse entre los gobernantes cristianos, ninguno se mostrará inclinado por un lado o por otro, y así imitará a Jesucristo que no quiso ser juez entre hermanos en litigio…» (Reglas Comunes de la Congregación de la Mi­sión, VIII, 15).
  77. Asamblea General de las Hijas de la Caridad, Jun­to al Pozo de Jacob, . ., p. 10.
  78. Cfr. J. M. a IBÁÑEZ, Justicia y solidaridad con los po­bres en la vocación vicenciana…, p. 153; J. M. a IBÁÑEZ, La fe verificada en el amor„., p. 141.
  79. Pío XI, 18 de diciembre de 1927, Documentación Catholique, 1930, 358.
  80. Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Los católicos en la vida pública, EDICE, Madrid 1986, nn. 60-61.
  81. Cf. M. LLORET, Totalmente entregadas a Dios en el servicio a los pobres, Ecos de la Compañía (5), 1987, pp. 212-214; Sor T. REMONATTO, Evangelización y servicio, Ecos de la Compañía (2), 1992, pp. 64-65; Instrucción sobre los Votos de las Hijas de la Caridad…, p. 117.
  82. Sor L. ROGÉ, Ser viviente, Ecos de la Compañía (11), 1976, p. 429.
  83. JUAN PABLO II, Alocución a los miembros de la Asam­blea General de las Hijas de la Caridad de San Vicente de n. ° 2.
  84. Cfr K. RAHNER, Parresía, en Escritos de Teología, t. 7, Taurus, Madrid 1969, pp. 275-282.
  85. Asamblea General de las Hijas de la Caridad, En la encrucijada… Documento final…, p. 3.

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