1. Algunas ideas en torno al concepto de paz.
La paz es uno de los dones que nos trajo la llegada de Jesús a la tierra, ligado al beneplácito divino (cf Lc 2, 14), lo que implica buenas relaciones con el Creador. Éstas se interrumpen con la irrupción del pecado que, como consecuencia, destruye la paz. Inversamente, cuando Jesús perdona los pecados, también devuelve la paz (cf Lc 7, 50). Si el cristiano se deja conducir por el Espíritu que ha recibido, en él, reposará la paz, que es uno de los frutos del Espíritu (cf Gal 5, 22).
Durante muchos siglos fue aceptada sin reparos la definición dada por S. Agustín: «La tranquilidad del orden». El mismo Sto. Tomás la adopta en la Suma (cf II-IIae q. 29 a. 2). Es preciso reconocer que muchas veces el orden fue impuesto, a nivel individual y colectivo, por la violencia o con evidente violación de la justicia. Por eso, el Vaticano II precisa el concepto de orden: la paz «es el fruto del orden plantado por Dios en la sociedad humana por su divino Fundador» (GS 78).
Es claro que no puede haber paz mientras se den guerras, divisiones, hegemonías despóticas, pero la sola ausencia de esos males no significa que exista la paz, la cual tampoco se funda en el equilibrio de fuerzas, que implica recíproco temor y desconfianza, incompatibles con la tranquilidad interior. En cambio, la justicia es requisito indispensable para que se dé la paz. Ya en el AT, se ligaba ésta estrechamente a la justicia: «la justicia y la paz se abrazan» (S 85, 11). Sin embargo, la justicia por sí sola no basta para engendrar la paz. Ésta, en efecto, «es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar». Ese amor es «el Espíritu de caridad infundido en el corazón de los hombres» (GS 78). Varios siglos antes, había señalado Sto. Tomás que la paz es un efecto de la caridad (cf II-IIae q.29 a. 3 ). Ésta, en efecto, une los corazones de los hombres, sin lo cual no puede existir paz verdadera, De hecho, el mundo actual, como lo reconoce el Concilio, es cada vez más consciente de su unidad, la cual no aleja necesariamente los elementos que atentan contra la paz, si dicha unidad no se funda en el amor. Por ese motivo Jesús, al despedirse de sus discípulos, les deja su paz, distinta de la ofrecida por el mundo, dado que ahuyenta la turbación y el miedo (cf Jn 14, 27). Juan XXIII armoniza todos estos elementos: la paz es «un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y, finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad» (Pacem in terris, 167).
Gaudium et Spes se dirige, con cierto optimismo, a un mundo pluralista. No elude, sin embargo, el concepto cristiano de paz, a la que presenta casi como si fuera un sacramento: «La paz terrena, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede del Padre» (GS 78). En realidad, el mismo Cristo «es nuestra paz», en cuanto que derriba el muro de separación y da muerte a la enemistad (cf Ef 2, 14-16).
El discípulo de Cristo tiene misión de comunicar la paz, que él mismo debe poseer (cf Lc 10, 6). A nivel individual, exige equilibrio interior y relaciones armoniosas con Dios, que se reflejan en la mansedumbre exterior, practicada por Jesús y por Él definida como una de las bienaventuranzas (cf Mt II, 29; 5, 4).
Mientras exista el pecado, la visión escatológica de Isaías (cf Is 2, 4; II, 6-9 ) será tan sólo un ideal, que debe impulsar al cristiano para que al menos se dé una paz limitada. Los operadores de paz serán llamados bienaventurados (cf Mt 5, 9).
2. Principales pecados contra la paz.
Hay pecados que atentan de manera especial contra la paz. El Concilio enumera algunos de ellos: los diversos tipos de guerras, la tradicional, la guerrilla, la psicológica o fría, la económica, la ideológica; la carrera armamentista que engendra miedo «y perjudica a los pobres de manera intolerable» (GS 81); las clamorosas desigualdades económicas entre países y personas; los odios raciales y el desprecio por la dignidad de las personas. Estos males suelen tener como causa el afán de dominio político, el egoísmo, la soberbia, la desconfianza, la insaciable avaricia (cf GS 79-85).
GS asegura que, actualmente, el uso de las armas científicas «amenaza llevar a los que luchan a tal barbarie, que supere enormemente la de los tiempos pasados» (GS 79). Si la crueldad y la barbarie se miden por el número de víctimas, puede admitirse la afirmación.
3. La situación en la época de S. Vicente.
En cambio, no aparece tan evidente si se examina el comportamiento de los ejércitos del pasado. Concretamente, en el s. XVII, se dieron casos de crueldad y de barbarie difícilmente imaginables. En tiempos de S. Vicente, el territorio francés se vio recorrido por soldados croatas, españoles, franceses, loreneses, suecos, suizos, etc. A los territorios por donde pasaban no interesaba la nacionalidad de las tropas, porque todas tenían un comportamiento similar: se llevaban el ganado, arrancaban las cosechas, destruían lo que no podían llevarse, cortaban los árboles, profanaban las iglesias, saqueaban las casas, abusaban de las mujeres, maltrataban a las personas, sometiéndolas a tormentos inauditos para hacerles confesar dónde habían escondido sus bienes. Los campesinos se ocultaban en los bosques y se veían obligados a alimentarse con lo que podían encontrar; se dieron casos de antropofagia. S. Vicente se hace eco de esas miserias en una repetición de oración (cf XI, 120), que sólo es un pálido reflejo de una realidad escalofriante (cf Coste, El gran Santo… II 349ss).
En tiempos de S. Vicente, las guerras fueron casi continuas. Hubo dos muy prolongadas, la de 30 años, contra el imperio, a partir de 1618, y la segunda, contra España, comenzada en 1635 y concluida en 1659. La de 30 años no afectó mayormente al territorio francés durante los primeros años. Igualmente, estas guerras resultaron sumamente onerosas. Tanto Richelieu como Mazarino recurrieron a la multiplicación de los impuestos que oprimían al pobre de manera particular. La situación de estos últimos se volvía intolerable y originó, a partir de 1623 hasta 1647, más de un centenar de levantamientos y disturbios urbanos y campesinos. En cambio, la Fronda parlamentaria y la de los príncipes (1648-1653) fue más bien una lucha de poderes, igualmente desastrosa a nivel humano y económico. Años antes, había tenido lugar la guerra de religión contra los calvinistas (1621-1622) y, poco después, el asedio y toma de La Rochela (1627-1628), roca-fuerte de los hugonotes, cuyo sitio significó horribles padecimientos: los pocos sobrevivientes se rindieron porque ya habían devorado todo el cuero de las botas y cinturones.
4. Iniciativas de S. Vicente
S. Vicente trabajó en favor de la paz de diversas maneras.
1) Teniendo en cuenta que «el reino de Dios es la paz en el Espíritu Santo» (1, 175) y que Jesucristo «es un Dios de paz, que ha bajado del cielo a la tierra para traer la paz» (IX, 769), es necesario pedir al Señor el don de la paz, «para que Dios quiera reunir los corazones de los principes cristianos» (XI, 120). Un año más tarde, recordaba a las Hermanas que el Jubileo tenía asimismo la finalidad de pedir por la paz, «para que Dios nos la quiera dar, haciendo cesar la guerra que aflije al pobre pueblo desde hace tanto tiempo» (IX, 837). En S. Lázaro, se recitaban todas las mañanas las letanías del santo Nombre de Jesús; cuando llegaba a «las palabras, lesu Deus pacis, las pronunciaba con un tono más grave y más devoto, y siempre las repetía dos veces» (Abelly, 1, 201). Las guerras, según la concepción de la época, eran un castigo de Dios; por eso, recomendaba «a las personas virtuosas… que, por medio de oraciones, limosnas, ayunos y otras obras de penitencia, aplacaran la justicia divina» y, por lo que se refería a la casa de S. Lázaro, cada día y por turno, ayunaran «un sacerdote, un clérigo y un hermano; el sacerdote celebraba la misa y los otros dos comulgaban» para pedir por la paz (Abelly, 1, 199). Esa práctica se llevó a cabo durante 9 años, hasta que se firmó la paz (cf X1, 847). Juan XXIII recuerda, en forma concisa, la obligación de pedir, «con instantes súplicas al divino Redentor esta paz que Él mismo trajo» (Pacem in terris, 171).
2) S. Vicente no se limitó a la oración y al ayuno. Después de recibir los alarmantes informes que le enviaban los misioneros destacados en
Lorena, decidió entrevistar a Richelieu, para abogar en favor de la paz, con humildad y energía: «Monseñor, ¡dénos la paz; tenga piedad de nosotros; dé la paz a Francia!» El cardenal, que se guiaba por otros criterios, atenuó la negativa con una salida política (Abelly, 1, 169-170).
Durante la guerra de la Fronda, acometió una empresa más peligrosa: pedir a Mazarino que se retirara del gobierno, a fin de devolver la paz al país. Sus gestiones fracasaron (III, 368; cf Abelly, 1, 180-181). El fracaso no lo desalentó. Tres años más tarde, se lo ve como intermediario entre la corte y los príncipes, e incluso escribe al Santo Padre solicitándole su intervención. A pesar de que sus servicios no tuvieron éxito completo, los acontecimientos se desarrollaron de acuerdo a los consejos y previsiones expresados en su carta a Mazarino, de setiembre de 1652 (cf IV, 397; 403-405; 425-429; 440-444). Igualmente, S. Vicente expresa su gozo por el regreso de los reyes a París y, sobre todo, por la perspectiva de un pronto cese de las hostilidades (cf IV, 474).
Estas gestiones en favor de la paz no dejan suponer que S. Vicente pudiera manifestarse en favor de alguna guerra. Sin embargo, en 1641, propuso a Richelieu que interviniera militarmente para ayudar a Irlanda, oprimida por los ingleses (XI, 49; cf Abelly, 1, 170). Extraña más todavía que, hacia el final de su vida, participara en la organización de una expedición naval, destinada a liberar los esclavos detenidos en Argel. La empresa, encomendada a un aventurero conocido como el «Caballero Paul», no tuvo éxito, pero S. Vicente no se enteró de ello, porque ya había fallecido (cf VII, 73-74; 118; 126; 143; 147148; 152-153; 154; 173; 185; 191; 216; VIII, 26; 465-466). Es posible que, en estos dos casos, el santo haya pensado que se trataba de una «guerra justa»: proteger la fe católica de los irlandeses, en el primer caso y, en el segundo, liberar a esclavos injustamente capturados y detenidos.
3) Las tres intervenciones de S. Vicente en favor de la paz fueron episódicas y no explican el hecho de que no efectuara una denuncia profética contra los verdaderos responsables de los horrores provocados por las guerras. Dicho silencio resulta más sugestivo si se piensa que, un siglo antes, Bartolomé de las Casas (1474-1564) había fustigado vigorosamente los atropellos cometidos contra los indígenas, que apenas podían compararse con las brutalidades conocidas por S. Vicente (cf IV, 453, n. 1; 496, n. 6). En varias oportunidades, el santo habla a los misioneros de los males provocados por la guerra, pero no emite juicio sobre los últimos responsables (cf IV, 408; 452-454; X1, 120).
El fracaso de sus gestiones de paz no explica por sí solo que S. Vicente no denunciara los horrores cometidos por los ejércitos. Se debe recurrir más bien a los principios que lo guiaban para dar con una explicación coherente con los mismos.
En las Reglas Comunes, se establece que el misionero no debe tomar partido «en las discordias públicas y en las guerras que pueden ocurrir entre príncipes cristianos» (RC VIII 15). S. Vicente recuerda a los misioneros esta prohibición, que se aplica incluso cuando los asuntos temporales tienen relación con las cosas espirituales (cf II, 33; 376). Para nuestro caso, interesa una de las razones que aduce para justificar la regla: «los asuntos de los principes son misterios que hemos de respetar, sin meternos a escudriñados» (II 29, 30).
4) En cambio, la Providencia lo condujo a tomar algunas iniciativas tendentes, al menos en forma indirecta, a humanizar la guerra. Una de esas iniciativas fue el envío de las Hermanas para atender a los soldados heridos. Era la primera vez que la mujer aparecía en los campos de batalla con fines caritativos. Esa presencia femenina, de suyo, podía humanizar los rudos hábitos de los soldados, pero más todavía sus funciones: procuraban «reparar lo que los hombres habían destruido»; «salvar la vida de tantos pobres hombres a quienes se la habían querido quitar» (cf. IX, 651ss; 808; 911; 1087ss). La acción de los misioneros, como capellanes, debía resultar más eficaz, porque realizaban en el ejército una verdadera misión, que concluía con la reconciliación, mediante la confesión general de los soldados (cf 1, 368-369). ¿Temió S. Vicente que los soldados se humanizaran demasiado? En ese sentido podría interpretarse lo que afirma, después de haber señalado los frutos de la misión: espero que «esto no perjudicará al éxito de los ejércitos del rey» (1, 371). De todas maneras, los capellanes debían tener presente «que Nuestro Señor los llamó a esa santa ocupación: lg para ofrecer a Dios sus oraciones y sacrificios por el feliz éxito de los buenos designios del rey y la conservación de su ejército» (X, 335 ). S. Vicente entiende en sentido muy amplio los «buenos designios del rey», que podrían incluir el dominio universal; al menos, los misioneros le prometen oraciones para que Dios le conceda la gracia «de extender su imperio hasta las extremidades de la tierra» (IV, 42), a pesar de que necesariamente entraría en colisión con derechos de terceros. Pero esas consecuencias no parecen entrar dentro de sus perspectivas, al menos en esa oportunidad, como tampoco cuando pide a Dios que bendiga «su persona y sus armas» (IV, 500); estas últimas enlutarían a muchas familias. Quizás pensó que se trataba de un mal necesario para lograr la paz. Al menos el capellán militar debía profesar una devoción especial al «Dios de los ejércitos y a los sentimientos que tenía Nuestro Señor cuando decía: «Non veni pacem mittere, sed gladium»; y esto, para darnos la paz, que es la finalidad de la guerra» (X 336).
Hubiera gustado que S. Vicente asumiera una actitud más enérgica contra las guerras y, sobre todo, contra las brutalidades que en ellas se cometían, pero es preciso reconocer que el mismo Concilio, tres siglos más tarde y a pesar de las presiones externas, afirma que «no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos», y califica a los soldados como «ministros de la seguridad y libertad de los pueblos…; contribuyen a estabilizar la paz» (GS 79). Juan XXIII, en cambio, había sido más terminante: «resulta absurdo pensar que la guerra sea medio apto para restablecer los derechos violados» (Pacem in terris, 127)
5) Los hijos e hijas de S. Vicente deben llevar paz a las personas a quienes deben servir. Para ello, es necesario que la posean. Sin el espíritu de unión y de paz, no será posible atraer las almas a Jesucristo, Dios de la paz (X1, 71; cf Abelly, II, 145-146) . La Hermana, como la vela que comunica su luz sin dejar de alumbrar, debe procurar «poner paz en todas partes y conservarla en su interior» (IX, 769 1. De ocurrir fracturas comunitarias, el mejor medio «para conservar la paz y la caridad…: que se pidan mutuamente perdón» (VI1, 213; cf IX, 40. 59. 114. 116. 128). Se conserva una conferencia a las Hermanas, dedicada a la reconciliación (cf IX, 217-220). S. Vicente se humillaba y repetidas veces pedía perdón a la comunidad; él mismo confiesa que esa práctica le daba buenos resultados para pacificar al temperamental Prior Le Bon (cf. X, 770-771).
6) A veces, los intereses materiales podían afectar a las relaciones pacíficas de la Compañía con personas extrañas a la misma. En principio, S. Vicente prefiere que «todas nuestras desavenencias acaben con un arreglo, mejor que con un proceso» (VI1, 362). Podía llegarse al arreglo pacífico mediante un arbitraje (cf VI1, 408), como él mismo lo había intentado, cuando su entredicho con la Madre Bollain (cf. III, 491). La pérdida de la finca de Orsigny había dejado, como una de las lecciones, que «no debemos pleitear nunca, por mucho derecho que tengamos» (XI, 367; cf. XI 423).
7) La falta de armonía con otras congregaciones era problema más delicado. En algunas oportunidades, se dio algo así como una guerra subterránea. Cuando, en 1628, S. Vicente intentaba la aprobación de la Misión, el card. Bérulle, por medio de su representante en Roma, se opuso al proyecto, con manejos no siempre conformes a «la moderación y a la sencillez» (cf Coste, El gran Santo… 1, 109). No consta la reacción que S. Vicente pudo tener en esos momentos, pero debió estar de acuerdo con el concepto que, 16 años más tarde, seguía teniendo de Bérulle: «uno de los hombres más santos que he conocido» (XI, 60). Pocos años más tarde, un grupo de Oratorianos combatió las gestiones que el P. du Coudray realizaba en Roma, con miras a lograr la aprobación de la Compañía. S. Vicente pide al P. du Coudray que «obre lo más cristianamente que le sea posible con los que nos ponen trabas», a quienes «no les guardo ninguna aversión, sino que los honro y quiero más todavía» (I, 219-221).
La decisión de Alejandro VII que imponía a los ordenandos de Roma practicar los ejercicios en la casa de la Misión, excitó los celos de algunos religiosos, en especial de los Jesuitas (cf. VIII, 233-234; 288). S. Vicente examina las reacciones que responden a las máximas del mundo y a las de Jesucristo, tomando decididamente partido por estas últimas: «hemos de procurar servirlos de verdad y buscar y desear las ocasiones para ello» (X, 218-220).
8) El pecado priva de la paz interior porque coloca al hombre en estado de enemistad con Dios e interrumpe la comunión con los hermanos. El pecado, bajo sus diversas formas, era lo que se intentaba combatir durante las misiones. Éstas, en efecto, tenían como finalidad reconciliar al hombre con Dios y con sus hermanos. Abelly asegura, quizás con cierta exageración, que los misioneros continuaban su trabajo «hasta que todos los habitantes del lugar, grandes y pequeños, fueran suficientemente instruidos y colocados en estado de salvación, por medio de las confesiones generales» (Abelly, II, 13 ). Es decir, que los misioneros no dejaban el lugar sin haber antes reconciliado con Dios a todos los habitantes, condición previa para establecer la paz, porque ésta «no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada hombre, es decir, si primero no guarda cada uno en sí mismo el orden que Dios ha establecido» (Pacem in terris, 165). En muchas oportunidades, se hacía asimismo necesaria la reconciliación entre feligreses, divididos por odios, injusticias, deseos de venganza. Las cartas de los misioneros se refieren con frecuencia a las reparaciones y reconciliaciones que ocurrían durante las misiones, llevando a la pacificación de la parroquia (IV, 385- 391; XI, 172, etc. ; cf Abelly, 11 58ss; 263). Vale mencionar específicamente la reconciliación lograda entre los feligreses y su pastor, por el comentario final de S. Vicente: «Aun cuando todo el parlamento se hubiera empeñado en lograr una pacificación tan difícil entre espíritus tan opuestos, apenas hubiera podido conseguir cierto orden exterior». La Compañía, «establecida para reconciliar las almas con Dios y a los hombres entre sí», debe poseer «el espíritu de unión y el espíritu unitivo, que es el mismo Espíritu Santo, para que, estando ella muy unida, pueda unir a los de fuera» (X1, 701-702).
9) La construcción de la paz exige también la lucha contra la injusticia, que se manifiesta en las excesivas desigualdades económicas (cf. GS, 83). Es bien conocida la extraordinaria acción de S. Vicente en favor de los pobres, tanto en tiempos de paz, a través de las Caridades, como en tiempos de guerra, con la ayuda a las regiones de vastadas. Nos remitimos a los biógrafos de S. Vicente, que dedican un espacio considerable a esa actividad. Pero conviene señalar que el santo no se limitó a la ayuda meramente asistencial. Varios reglamentos de las Caridades preveían el aprendizaje de algún oficio, a fin de que el pobre pudiera ganarse dignamente la vida (cf. X, 642; 646; 649-651). Igual preocupación, compartida por los misioneros, lo guiaba al proporcionar ayudas a las regiones devastadas por la guerra: procuraba la independencia económica de los pobres, proporcionando semillas y herramientas a quienes disponían de tierras, e instrumentos de trabajo a los demás, hombres y mujeres (cf. IV, 129-130; 180; VIII, 66; 331).
Si bien con esas iniciativas S. Vicente cumplía por adelantado lo que ordena el Concilio: contribuir a que los pobres «puedan ayudarse y a desarrollarse por sí mismos», en el s. XVII, resultaba más difícil asimilar otra orientación del mismo Concilio: «los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad» (GS, 69). S. Vicente tiene muy en cuenta esas dos virtudes, cuya armonización es obra del Espíritu de Dios (1V, 168; cf. Abelly, III, 140). Según él, todas las acciones de la justicia secular se basan en la máxima evangélica: «tened con vuestro prójimo el mismo trato con que os gustaría ser tratados» (X1, 419) . Cuando afirma que «los deberes de la justicia son preferibles a los de la caridad» (VI1, 525), o que «no puede haber caridad si no va acompañada de justicia» (II, 48), se refiere al cambio de destino dado a una ayuda recibida con un fin determinado, lo cual evidentemente lesiona la justicia. El respeto de las intenciones de los donantes lo llevaba a veces a conclusiones que podrían chocar con la mentalidad actual: consultará a las Damas para saber si, con sus limosnas, se puede socorrer asimismo a los hugonotes «que estuvieren en peligro de morir de hambre» (IV, 180). No es menos extraña, para el actual concepto de justicia, la condición que se encuentra en el Reglamento de Châtillon: «es intención de dicha cofradía que confiesen y comulguen todos los que quieran ser atendidos por ella» (X, 577) . A esto, debe añadirse que, en alguna oportunidad, no manifestó excesiva sensibilidad social: luego de reconocer que, en París, a pesar de disponer de Hermanos competentes en la labranza de la tierra, están perdiendo dinero, aconseja al P. Beaumont que busque colonos para alquilarles la propiedad (cf. VIII, 291). Si un terreno, trabajado por Hermanos competentes no resultaba rentable, menos lo sería para los colonos que lo alquilaban y que debían sostener a una familia numerosa. Es posible que, en ese caso, S. Vicente hubiera dado la prioridad al hecho de que los bienes de la Compañía son el «patrimonio de los pobres», a favor de los cuales se utilizan las rentas. Es preciso reconocer que, en aquella época, el concepto de justicia no tenía el alcance que se le atribuye en la actualidad. Sin embargo, algunas afirmaciones del santo conservan plena vigencia: debemos creer que, al socorrer a los miserables, «estamos haciendo justicia y no misericordia» (VI1, 90). La misericordia sugiere cierta superioridad; es un movimiento del corazón hacia la miseria. La justicia, en cambio, implica una obligación que se funda, según explica S. Vicente, en la fraternidad y en un precepto del Señor, pero también, aunque no lo señale el santo en este lugar, en el hecho de que los pobres son «vuestros amos y también los míos» (IX, 915).
10) La actividad asistencial y promocional de S . Vicente miraba a solucionar los problemas inmediatos de la miseria y de la pobreza, sin atacar a las principales causas de las mismas. Entre éstas, los privilegios que ahondaban la separación entre las clases sociales. La misma Congregación gozaba de algunos privilegios (cf. VIII, 291). Lo que más pesaba sobre la clase productiva eran los exorbitantes impuestos, exigidos sobre todo por los gastos de las guerras, con la agravante de que la recaudación de los mismos era efectuada por grupos o personas que anticipaban al gobierno el pago de las tasas, y luego se resarcían ampliamente, a expensas de los contribuyentes. Esa situación de injusticia se volvía muchas veces explosiva, provocando las numerosas sublevaciones urbanas y campesinas que se dieron a partir de 1623, y que sólo sirvieron para empeorar la situación de los pobres.
S. Vicente no ignoraba el problema pero, como en el caso del impuesto suplementario sobre los coches, expone los hechos sin emitir juicio, a pesar de reconocer que el rey, «en este tiempo, hace lo mismo con todas las cosas» (II, 353). Esa actitud resulta lógica, de acuerdo a la concepción que se tenía entonces de la autoridad civil y que el santo comparte. Los reyes, en efecto, «son los representantes del señorío y de la justicia de Dios»; por eso, «no cumplimos la voluntad de Dios si en esto (lo temporal) no les sometemos la nuestra» (IV, 15). En realidad, no hay mejor manera de conocer la voluntad de Dios en las cosas temporales, que por las órdenes de los príncipes (cf. III, 39-40), a los que no podemos desobedecer «en las cosas temporales sin disgustar al mismo tiempo a Dios» (XI, 815; cf. Abelly, III, 233). Por eso, los religiosos no tienen por qué inmiscuirse en los asuntos de los reyes (cf. IX 1005).
Esos principios le llevan a conclusiones prácticas. Parecería que en Turín alguno de la Compañía habría efectuado algo así como una denuncia profética. El santo manifiesta su disconformidad: «Nunca debemos decir ni hacer nada en contra de las leyes y de los impuestos de los príncipes, porque ellos creen, y con razón, que su dominio es de derecho divino» (VI, 31). Va más lejos en una conferencia a los misioneros: «obedecer siempre… a los reyes, sin quejarse nunca de ellos, ni murmurar… aunque tuviéramos que perder nuestros bienes y nuestras vidas… porque los reyes nos representan en la tierra el poder soberano de Dios» (XI, 771-772). El episodio de Turín indica asimismo cómo debían ser prudentes los misioneros en sus expresiones: una palabra de más podía llevarlos ante los tribunales. Las revueltas de los campesinos, cuya situación S. Vicente reconoce como insostenible (cf. X1, 120), hubiera debido excitar su simpatía, por tratarse de la suerte de esos pobres que constituyen el lote de la Compañía; pero sigue fiel a sus principios. A la pregunta sobre las causas de las guerras que hubo y que todavía existían en Francia, da una respuesta que podría aparecer un tanto simplista: todo eso ha ocurrido porque «ciertas personas, movidas de mal espíritu, se han puesto a cuestionar la conducta del estado» (IX, 1004).
11) El miedo, a causa de la perturbación que introduce en el ánimo, no puede coexistir con la serenidad interior, propia de la paz, S. Vicente se valió del miedo, caratulado como temor servil o filial, para alejar del pecado o reconciliar con Dios, condición indispensable para que se dé la paz interior. Pero también combatió, al menos indirectamente, el miedo que experimentaban tantos pobres que carecían de seguridad para el futuro, como el de los miserables de las regiones devastadas por las brutalidades de los ejércitos. La misión fundamental de las Cofradías y de las dos Compañías es la caridad; y es bien sabido que «el amor perfecto expulsa el temor» (Un 4, 18). En efecto, el servicio de los hijos de S. Vicente significaba una presencia amiga, afectiva y efectiva, que disipaba temores y hacía presente la Providencia de Dios. Al menos, era lo que pretendía el santo: «estáis destinadas a representar la bondad de Dios delante de los pobres enfermos» (IX, 915). De modo que el ejercicio de la caridad se convertía también en argumento apologético: católicos, hugonotes y judíos se verían «obligados a confesar que Dios es un Padre bueno» (IX, 1094).
12) «La nueva evangelización debe crear en los ricos la conciencia de que ha llegado el momento de hacerse realmente hermanos de los pobres» (Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 59). Para S. Vicente no se trata de una novedad: «son hermanos nuestros esas personas a las que Dios nos manda que ayudemos» (VII, 90-91). Sin embargo, la mística que el santo inculca a los miembros de las caridades rebasa el concepto de fraternidad, porque se proponen «honrar a Nuestro Señor Jesucristo en la persona de los pobres, que son sus miembros» (X 608; 620; etc.). S. Vicente va más lejos: el pobre es también el sacramento de Jesucristo, figura y presencia del Señor (cf. XI, 725). Por eso, quienes socorren a los necesitados deben sentirse y comportarse como «siervos y siervas de los pobres» (cf. X 575; 589; 595; etc.). Bossuet, discípulo de S. Vicente, expone vigorosamente el pensamiento del santo en una homilía sobre «la eminente dignidad de los pobres». Éstos ocupan el primer lugar en la Iglesia, «en la que los ricos no son admitidos más que para servirlos». En el mundo, los ricos podrán ostentar muchos títulos, pero, en la Iglesia, «no son más que los servidores de los pobres» (Migne, Oeuvres completes de Bossuet, Paris, 1851; t. VI, col. 454 y 456).
5. La lucha por la paz según las Constituciones y Estatutos de la CM.
Las Constituciones y Estatutos de la CM recogen simultáneamente las directivas que nos dejó el Fundador y las orientaciones del Concilio. A ejemplo de S. Vicente, los misioneros socorrerán «a los marginados de la sociedad, a las víctimas de las calamidades y de cualquier clase de injusticia, así como a los aquejados por las formas de pobreza moral propias de esta época». Trabajarán para que se cumplan «las exigencias de la justicia social y de la caridad evangélica» (C 18). Sobre la justicia social, no disponemos de orientaciones precisas de S. Vicente, como tampoco sobre la atención para descubrir «las causas de la desigual distribución de los bienes en el mundo, a fin de cumplir mejor con la función profética de evangelizar» (C 12, 2v). En cambio, por lo que se refiere a la colaboración con asociaciones que luchan por «la defensa de los derechos humanos y por el fomento de la justicia y de la paz» (E 9), se nos ofrecen ejemplos que, al menos parcialmente, cumplen con esos objetivos. Es sabido que, en muchas obras caritativas, colaboró estrechamente con la Compañía del Stmo. Sacramento (cf. Coste, El gran Santo…, III, 194-198); la Compañía trabajó juntamente con otras Congregaciones para aliviar los desastres de las guerras (cf. ib. II, 429). De manera especial, cabe señalar el aporte de los jansenistas en la recolección de ayudas (cf. ib., II, 378; 424-425) y en la redacción de las «Relaciones» (cf. ib., II, 374-377). Estas dos últimas colaboraciones pudieron causar extrañeza en algunos ambientes; pero no estaban en juego los principios religiosos. Además, «el amor cubre multitud de pecados» (IP 4, 8).
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