Espiritualidad vicenciana: Oración – Contemplación

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Javier Álvarez Murguía, C.M. · Año publicación original: 1995.

I. INTRODUCCIÓN: EXPERIENCIA Y DOCTRINA. II. DIOS AL ENCUENTRO DEL HOMBRE: DON QUE TRANSFORMA. A. Descripción y formas del encuentro. 1. Oración vocal. 2. Oración mental. al Me­ditación. b) Contemplación. B. Justificación y necesidad de la ora­ción. 1. El hombre como «homo orans». 2. El cristiano se de­sarrolla en la oración. 3. La oración en la vocación de servicio al pobre. c. Finalidad del encuentro: la transformación del hom­bre. 1. Nueva fuente de conocimiento. 2. Asistencia a la voluntad. 3. Fecundidad en las acciones apostólicas. IIL EL HOMBRE AL EN­CUENTRO DE DIOS: PEDAGOGÍA VICENCIANA. A. metodología oracional. 1. Serie de métodos fáciles de oración. 2. Un método de oración completo y desarrollado. a) Preparación. b) Meditación o cuerpo de la oración: de la consideración al compromiso. c) Conclusión. B. Repetición de la oración. IV. SÍNTESIS VICENCIANA: «SER CONTEMPLATIVO EN LA ACCIÓN»


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I. Introducción: Experiencia y doctrina

No es ninguna novedad decir que Vicente de Paúl es un hombre de oración. Desde Abelly se viene afirmando, de una u otra manera. Por otra parte, ésta es una de las conclusiones que saca espontáneamente cualquier lector al contacto di­recto con sus cartas y escritos. Más aún, no ha faltado quien le ha dado el título de «maestro de oración».1 A lo largo de este trabajo iremos ex­plicitando su magisterio rico y actual. Pero por ser la oración un tema fundamentalmente expe­riencial, donde el sujeto inevitablemente queda to­mado por Dios, no parece posible ser maestro de oración sin ser antes un orante. Experiencia y doctrina se interrelacionan hasta el punto de que «en él la doctrina no es más que una expresión y un afloramiento de la experiencia, y ésta la con­creción y verificación de su doctrina» (A. Dodin, La oración del señor Vicente, en Anales 86 (1978) 664). Previo a esta conjunción, hay que suponer en Vicente una evolución en su forma de orar en lógica sintonía con su propio proceso de conver­sión cuyo horizonte se ha fijado en el año 1617. Dodin nos asegura que, a partir de ese año, cambia el centro de gravedad de su oración: se va abriendo, de manera desinteresada, a la voluntad de Dios, al tiempo que la petición en favor de los pobres sobresale, cada vez con más fuerza, por encima de cualquier otra súplica interesada (ib. 652s).

En la época de «su madurez creadora» Vi­cente nos ha dejado poquísimas confidencias espirituales, de tal manera que desconocemos muchos detalles de sus vivencias y experiencias interiores. Por lo que se refiere a la oración, no tiene nada de extraño que Abelly, testigo ocular por espacio de treinta años, diga de él que «no se ha podido descubrir si era ordinaria o extraor­dinaria: la humildad le hacía ocultar, en lo posible, los dones que recibíd de Dios (Abelly, La vie du venerable serviteur de Dieu, III, c. vii, 53s). Tal vez el excesivo sentido de la humildad le llevó a pen­sar que sus cosas no tenían demasiado interés para nadie. Sin embargo, muchos datos conflu­yentes nos revelan indirectamente su mundo in­terior: por ejemplo, Vicente repite en distintos ambientes que «sin oración no podemos subsis­tir», que «todo nos viene por ella, la perseveran­cia en la vocación, la fuerza para nuestras tareas apostólicas, el no caer en la tentación, la salva­ción…», que «la oración es fuente de juventud». Llega incluso hasta asegurar que «un hombre de oración es capaz de todo» y que «la Congrega­ción durará mientras se practique en ella el ejer­cicio de la oración» (IX, 381. 382; XI, 285. 778). Al­guien que se expresa continuamente en estos términos ¿puede situarse existencialmente lejos de la oración? Otro dato: en sus escritos, San Vi­cente nos ha trasmitido unas cuantas oraciones compuestas por él mismo. Parece que no tuvo in­tención de hacerlo pero, con mucha frecuencia, lo que empezaba siendo exposición sobre un te­ma cualquiera terminaba en oración, y al revés (cf. III, 219. 234; IX, 954-980. 914. 312-319 y 926 690 1203538. 610. 1001. 589. 965. 864. III0; XI, 604 592 184. 676. 470. 442. 573… ). No parece posible entrar de forma tan natural y tan espontánea en oración a no ser que se trate de alguien que es­tá muy avanzado en su relación con Dios.

II. Dios al encuentro del hombre: don que transforma

No se puede pensar en este singular en­cuentro si Dios no da el primer paso. Como alguien ha asegurado, la oración no es una acción que co­mienza en el hombre y termina en Dios, sino una acción que comienza en Dios, actúa en la mente y en el corazón del hombre, y termina en Dios (J. Ribera y J. M. Iraburu, Espiritualidad Católica, CE-TE, Madrid 1982, 7331). Por lo tanto, desde el pun­to de vista teológico, la oración es, antes que una obligación, un don, una gracia, un ofrecimiento.

Junto con la filiación, Dios ha dado al hombre el poder encucharle y responderle como a Padre (Jn. 1, 12). Ahora bien, para entender la oración en su aspecto más teológico, es necesario tener conciencia de gratuidad, que lleva a sentir todo como regalo de Dios2 (cf. 2Cor. 5, 18). Así, si el hombre puede orar se debe a la capacidad que Dios le ha concedido, no a sus propias fuerzas ni habilidades. Es un don difícil de mantener por­que, una y otra vez al hombre le parece increí­ble que pueda dialogar con Dios y obtener gra­cias. Sobre la base de la gratuidad oracional se levanta el deber de la oración, teológicamente menos radical aunque históricamente mucho más acentuado. Poder y deber se complementan dan­do como resultante final un ser tensionado ha­cia Dios. «La oración -dice K. Barth- es a la vez acto de humildad y de victoria. Tal acto nos ha sido mandado porque se nos ha otorgado el po­der de hacerlo».3

Si recordamos aquí este aspecto esencial de la oración lo hacemos porque San Vicente no es ajeno a él. «No me gustaría llegar a Dios si Dios no viniese hacia mí» dice a los misioneros en una repetición de oración, citando a San Francisco de Sales (XI, 136). Pone suficientemente de relieve la oración como don gratuito de Dios al hombre. Se entiende, por lo tanto, la insistencia que hace a todos sus hijos e hijas para que no transcurra ni un solo día sin que no le supliquen a Dios con confianza para que les conceda este don tan her­moso y necesario. Es «una limosna que pedimos a Dios». Lo único que se requiere son las actitu­des propias del mendigo, a saber, la humildad, la confianza y la insistencia (cf. XI, 233 222 301 256 407; IX, 3. 417. 424).

A. Descripción y formas del encuentro

En ningún momento oculta Vicente los au­tores y las obras a los que recurre en busca de su experiencia y de su doctrina, para concretar su propia forma de entender la oración. Aunque más que autores son maestros de oración. El primero de ellos, y puede que el más influyen­te debido, tal vez, a la cercanía geográfica, cro­nológica y afectiva es San Francisco de Sales. Con mucha frecuencia San Vicente se confiesa admirador y seguidor suyo.4 Especialmente aprende de él la oración metódica. Aconseja a sus hijos e hijas sus dos obras más importantes, Introducción a la vida devota y Tratado del Amor de Dios. A través de Francisco de Sales llega a conocer y admirar a Santa Teresa; de ella toma especialmente la fidelidad, que con tanta fre­cuencia recordará después a los Misioneros e Hijas de la Caridad. Aunque no parece muy pro­bable, sin embargo, tampoco tenemos sufi­cientes pruebas como para descartar que San Vicente no entrara en contacto directo con las obras teresianas. La tradición ignaciana también ha influido en el ánimo de Vicente. De ella to­ma los consejos que él mismo pone en prácti­ca y que, a su vez, da sobre la oración mental. Entre los misioneros de Vicente es muy cono­cido el Manual de Meditaciones del P. Busée, s. j., y entre las Hijas de la Caridad el Manual del P. Saint Jure. Fray Luis de Granada insiste mucho sobre la importancia e, incluso, la preponde­rancia de la afectividad. Este aspecto es el que integra San Vicente en su forma personal de concebir la oración. De ahí que, junto con las obras salesianas arriba mencionadas, el Tratado de la oración del P. Granada es otro de los libros particularmente recomendados por nuestro Fun­dador.

Ahora bien, todas estas influencias no con­vierten a San Vicente en un simple receptor que, a lo más, yuxtaponga o amalgame tendencias, puntos de vista, métodos y cuestiones prácti­cas… sobre como orar. Sabe situarse personal y creativamente e integrar distintos aspectos doc­trinales hasta conseguir hacer su propia elabora­ción de manera personalísima, exigente y suave a la vez. Refleja su forma peculiar de concebir la oración, sobre todo cuando trata de ayudar a las Hijas de la Caridad, a aquellas jóvenes sencillas e iletradas llegadas de las aldeas, a que hagan ora­ción a su medida, una medida a la par sencilla y sublime.

En varias ocasiones, San Vicente, de forma ex­plícita, presenta su propia definición descriptiva sobre la oración: «Es una elevación del espíritu a Dios dice en una repetición de oración a los mi­sioneros- para hacerle presente nuestras necesi­dades y para implorar ayuda de su misericordia y de su gracia» (XI, 282-283).

En otro momento, con un lenguaje ligeramente distinto, considera que «la oración es una predi­cación que nos hacemos a nosotros mismos pa­ra convencernos de la necesidad que tenemos de recurrir a Dios y de cooperar con su gracia a fin de extirpar los vicios y plantar en ella las virtudes» (XI, 779).

Se pueden encontrar, por lo menos, dos de­finiciones más que no reproducimos aquí porque no aportan orientaciones distintas ni comple­mentarias a las dos anteriores. A lo sumo se pue­den apreciar pequeños cambios en el lenguaje, tales como «conversación del alma con Dios», «comunicación mutua entre Dios y el alma»… El fondo no cambia nada (cf. IX, 384 III8).5

En estas definiciones-descripciones sobre la oración aparecen dos elementos: el primero co­rresponde a la actividad que debe poner el oran­te para salir fuera de sí y «elevar el espíritu a Dios». Dicha elevación no tiene nada que ver con los fenómenos extraordinarios que pueden experimentarse ocasionalmente. Significa, sen­cillamente, disposición interior que lleva a ac­tualizar la propia fe en un Dios vivo y personal, al que se siente tan dentro y tan cerca de uno que resulta imposible distinguir su presencia de la propia interioridad. El segundo elemento con­creta el encuentro con Dios siempre en benefi­cio del orante: se implora la ayuda de Dios para extirpar vicios y plantar virtudes, para alabar al Señor, para descubrir la voluntad de Dios sobre nosotros.

Las comparaciones e imágenes que emplea San Vicente para describir la oración nos sirven pa­ra completar su pensamiento. Algunas de ellas pertenecen al patrimonio de la Teología espiritual y han sido explicadas y profundizadas por los gran­des maestros del espíritu. En total hemos podido contar hasta 29 de distinto signo: con algunas bus­ca poner de relieve la necesidad de la oración, con otras, el sentido mismo de la oración, no fal­tan tampoco las que nos aseguran la eficacia del diálogo con Dios. Reproducimos aquí algunas de las más significativas: «La oración es un riego que fertiliza la vida del alma… Nosotros somos como esos pobres jardines en donde la sequedad hace morir todas las plantas, cuando el cuidado y la in­dustria de los jardineros no se ocupan de ellas; por eso tenéis el santo empleo de la oración que co­mo un dulce rocío va humedeciendo todas las ma­ñanas vuestra alma por medio de la gracia que vie­ne de Dios sobre vosotras» (IX, 402).6

«La oración es como el maná que cada día baja del cielo» (IX, 368), es el «alimento» para nuestra alma…pues una Hija de la Caridad que no hiciese oración no podría sedo «ya que en la ora­ción es donde se toman fuerzas para animarse en el servicio de Dios y del prójimo» (IX, 375, 381).7

Otra comparación vigorosa, el aire. Dice a las Hijas de la Caridad en el 1648: «En nombre de Dios, no falléis nunca (en hacer la oración), hijas mías, y comprended bien la importancia de hacer bien la oración… Porque la oración es tan nece­saria al alma para conservarla viva como el aire al hombre, o como el agua al pez para que siga vi­viendo» (IX, 1132).

San Vicente llega incluso a comparar la ora­ción con la función que desempeña el alma en el cuerpo. «La oración es al alma lo que el alma es al cuerpo. Y como un cuerpo sin alma es un ca­dáver, así una persona sin oración no tiene fuer­za ni vigor» (IX, 1106; cf. IX, 381-382. III7). Ade­más, presenta las excelencias de la oración con otros términos no tan clásicos y conocidos como los anteriores, aunque no menos expresivos: «la oración es como un reducto inexpugnable, que pondrá a todos los misioneros al abrigo de cual­quier clase de ataques», es un «arsenal místico», como «la torre de David que proporcionará toda clase de armas» (XI, 778), es la «despensa de don­de se sacan las instrucciones que necesita para cumplir debidamente con las obligaciones que va a tener», aconseja al joven P. Antonio Durand en el momento de ser nombrado superior del Se­minario de Agdé (XI, 237). Es una «fuente de ale­gría» porque hablar con Dios resulta infinitamen­te más grato que hacerlo con el más ilustre de los personajes que podamos imaginar (cf. IX, 122), es un revulsivo o reconstituyente para poder an­dar los caminos del Señor (cf. IX, 381. III7). En de­finitiva, a lo largo de todas estas comparaciones San Vicente nos lleva a expresar con él: «Un hom­bre de oración será capaz de todo. Podrá decir con San Pablo: Para todo me siento con fuerzas gra­cias al que me fortalece» (Filp. 4, 13) (XI, 778).

Atendiendo a la preeminencia de una u otra facultad humana, San Vicente distingue tres ma­neras de relacionarse con Dios, todas necesarias y útiles porque persiguen el mismo fin. Aunque se puede establecer una progresión entre ellas, y San Vicente así lo propone, sin embargo, pare­ce que nadie puede prescindir de las formas más sencillas de oración, aunque esté situado más arriba en la escala de la comunicación con Dios.

1. Oración vocal

Consiste en la recitación de fórmulas oracio­nales. Vicente se hace eco de toda una tradición en la historia de la Iglesia, según la cual ha sido el modo más universalmente practicado a lo lar­go de todos los tiempos y por toda clase de cris­tianos. Con mucha frecuencia se ha explicado que cada fórmula oracional, que la Iglesia guar­da en su patrimonio, es como un camino proba­do y fácil de acceso al mismo Dios, valioso para el niño y para el santo. «Las oraciones de los ni­ños -dice San Vicente- son tan agradables a Dios que algunos doctores han dicho que es allí don­de Dios se deleita más. Y un gran personaje, el difunto Obispo de Ginebra, apreciaba tanto es­tas oraciones que cuando veía a los niños les lle­vaba la mano y hacía que le diesen la bendición» ( IX, 384).

La disociación entre la mente, el corazón y los labios destruye esta forma de oración porque lo más esencial del hombre queda ajeno a Dios. El mismo Dios ha emitido su juicio: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Is. 29, 13; Mc. 7, 6). Nuestro Santo cla­ramente afirma que para la validez de esta ora­ción se requiere correspondencia entre el inte­rior y los labios del orante, que se resuelve en la atención debida (cf. IX, 384; XI, 607).8 Dentro de la oración vocal cabe mencionar la oración de ja­culatorias. En la historia de la espiritualidad hay que remontarse a la antigüedad, cuando los pri­meros monjes la tenían como forma preferida de oración, e incluso al mismo Jesús que, con muchísima frecuencia, hacía brevísimas oracio­nes en medio de su vida activa. San Vicente se fija en la etimología de la palabra («iaculum» = flecha) para explicar a las Hermanas que las ja­culatorias son auténticos dardos de amor que «penetran en los cielos» (IX, 53). Es ésta la ora­ción más esencial, más fácil, más asequible a to­das las personas. Puede que aquí resida la razón por la que Vicente recomienda insistentemente su uso a las Hijas de la Caridad (cf. IX, 337 386 916. 1186). Y puede que también porque facilita una espiritualidad de integración donde se con­funden oración y trabajo, contemplación y vida activa.9

2. Oración mental

Puede hacerse de dos maneras, según pre­valezca la facultad intelectiva o la volitiva. Si pre­domina la primera se llama «meditación», de lo contrario se denomina «contemplación». Las dos formas entran dentro de la llamada vía ordinaria de oración; ni siquiera la contemplación debe ser considerada aquí como oración extraordinaria, sino como fruto natural de la oración misma. Es normal que un cristiano, si se mantiene fiel a su encuentro diario con Dios, experimente en de­terminados momentos la oración contemplativa.

a) Meditación

Esta forma de oración aparece en el siglo XVI. Desde entonces ha adquirido en la Iglesia una importancia extraordinaria. En el lenguaje colo­quial fácilmente se aplica el término genérico «oración» a la manera concreta de meditación. Es­ta reducción se puede apreciar también en los es­critos de San Vicente, aunque ordinariamente el contexto suele aclarar el sentido del término.

En la meditación es la facultad intelectiva la que primero se ejercita buscando un acercamiento a Dios en comprensión, ya sea considerando y asi­milando personalmente alguno de los misterios de fe o alguna escena bíblica, ya sea interrogán­dose sobre la propia conducta a la luz de las exi­gencias cristianas. Para la meditación se necesi­ta un punto de partida o, dichd con otras palabras, algunas teofanías que pongan en la pista para el encuentro con Dios. La Sagrada Escritura, la re­flexión teológica, los signos de los tiempos, el mundo, los pobres, la propia vida y experiencia son los lugares comunes a los que recurre el en­tendimiento para hacer meditación.

Ahora bien, la función del entendimiento y de la memoria tiene sus límites, so pena de con­vertir la meditación en un puro estudio, destru­yendo por ello esta forma de oración (cf. Xl, 161). La facultad discursiva tiene como finalidad poner en marcha el elemento volitivo-afectivo. Ambos han de crecer armoniosamente unidos. Y, en to­do caso, es bueno que el amor prevalezca sobre el discurso de la mente; después de todo, la di­mensión intelectual puede perfectamente desa­rrollarse por el estudio o la lectura espiritual. En la mente de Vicente el discurso meditativo es pa­ra encender el amor, no para apagarlo, para fa­vorecer el encuentro personal con Dios, no para distraernos de la presencia de las Personas Divi­nas. Con una comparación sencilla, pero muy exacta, nos lo da a entender: se frota el pedernal sólo hasta que salta la chispa y enciende el fue­go. De igual manera nos servimos del razona­miento hasta que arda la voluntad en amor, Lo contrario sería convertir la oración en un estudio frío (cf. XI, 405-406). En la repetición de oración de junio del 1657, el P. Cogiée, puede que hasta con cierta vergüenza, confiesa que su meditación ha sido más rica en sentimientos que en ideas. San Vicente, seguramente, ante la sorpresa de los que le escuchaban, se deshace en alabanzas ha­cia ese misionero, a la vez que propone a toda la Compañía ese método porque es la manera de «orar bien» (cf. Xl, 280).

La meditación ¿conviene a todos? Sólo «a los que de ella son capaces» dicen los grandes ma­estros españoles del siglo XVI.10 «Todo el mun­do puede hacer la meditación, cada uno según su alcance y las luces que Dios le da», asegura San Vicente (IX, 420). Puede que esta oposición sea más aparente que real, si tenemos en cuenta que Vicente se dirige a los primeros misioneros e Hi­jas de la Caridad, a los que se les supone un mí­nimo de preparación y formación. Santa Teresa y San Ignacio, por el contrario, escriben para to­do seguidor de Jesús. La formación cristiana, o en expresión de Vidente, «la ciencia», puede re­sultar provechosa siempre y cuando se sepa apli­car adecuamente, pero no resulta imprescindible porque, en último término, la condición más esen­cial es el amor. Para ilustrar esta idea relata nues­tro Santo la siguiente anécdota: «Un día un Her­mano franciscano le dijo a San Buenaventura: «¡Qué feliz es Vd., Padre mío, por ser tan sabio y por hacer tan bien la oración! ¡Cuánto le ayuda a ello!» – «Hermano mío, para hacer bien la ora­ción, la ciencia no es necesaria, sino que basta con amar mucho a Dios. Por eso, la mujer más humilde y el Hermano más ignorante del mundo, si aman a Dios, hacen oración mejor que yo»» (IX, 49).

La falta de conocimientos no es obstáculo pa­ra practicar la oración meditativa, máxime si se tie­ne en cuenta que, precisamente, a través de la oración, Dios se comunica al orante dejándole co­nocimientos profundos. Vicente distingue dos maneras de llegar al conocimiento de Dios, el es­tudio-el saber humano-la reflexión y, por otra parte, la experiencia de Dios o, en expresiones suyas, «la simple ciencia adquirida» y la «ciencia infusa». De las dos, la más profunda y completa es la experiencial; por eso no tiene reparos en afir­mar rotundamente que «es preciso que el doc­tor se calle donde haya una persona de oración» (IX, 387, cf. IX, 423).

b) Contemplación

Etimológicamente significa dirigir la mirada al Templo donde mora la divinidad; por extensión, detener la mirada en el gran Templo del mundo creado donde habita lo más querido de Dios, el género humano; también, centrar la atención ha­cia el santuario interior de uno mismo donde igual­mente Dios tiene su morada. En cualquier caso, la contemplación nos sugiere un ahorro de pala­bras, razonamientos y técnicas que median en el proceso de encuentro hombre-Dios, una percep­ción aguda por parte del orante para descubrir y ver a Dios presente en donde otros sólo ven re­alidades creadas, una gracia especial por parte del mismo Dios que le hace posible de forma to­talmente gratuita, y un enriquecimiento espiritual envidiable. De alguna forma es una meta, aunque este punto de llegada -como ocurre con todo lo relacionado con la vida espiritual- sea, a su vez, un nuevo punto de partida. Así se expresa San Vi­cente: «La oración llamada contemplación es aquella donde el alma, en la presencia de Dios, no hace más que recibir lo que Él le da. Ella no hace nada, sino que Dios mismo le inspira, sin es­fuerzo alguno de su parte, todo lo que ella podría buscar y todavía más» (IX, 385).

De esta descripción podemos extraer los dos elementos esenciales de la oración contemplati­va, la acción directa de Dios y la pasividad del hombre. Y entre los dos cabe establecer una re­lación de proporcionalidad inversa: a mayor in­tervención divina menor actividad humana y al revés. De ahí que pueda hablarse de grados den­tro de esta forma de orar, aunque Vicente no en­tra a especular sobre ello. Como alguien ha es­crito refiriéndose a la oración, nuestro defensor de los pobres «no es ningún cirujano de materias espirituales» (A. Orcajo, El seguimiento de Jesús según san Vicente, La Milagrosa, Madrid 1990, 81). La acción directa de Dios se concreta en un fortalecimiento de las dos potencias esenciales en el hombre, la inteligencia y la voluntad. Un contemplativo, por lo tanto, conoce más profun­damente los misterios divinos, no por la vía de la ciencia, sino por el conocimiento más completo de la experiencia y, a su vez, la oración supone mayores recursos para que la voluntad avance con más facilidad en el camino de la perfección (cf. XI, 779. 780). La pasividad del hombre signifi­ca el envolvimiento existencial en su misma vida de fe y caridad hasta el punto de percibirlas co­mo causas de la propia existencia. Desde el pun­to de vista sicológico esta oración se percibe co­mo fácil, agradable, auténtica y plenificante. Es normal que esta oración se experimente alguna que otra vez, especialmente cuando uno se am­bienta adecuadamente para el encuentro con Dios (cf. IX, 385).

Conviene aclarar que la contemplación, en la mente vicenciana, entra dentro de la oración or­dinaria o, en lenguaje de Santa Teresa, dentro de las oraciones activas. Conoce y respeta otras ora­ciones más excelsas, como por ejemplo la de los místicos flamencos discípulos de Harphius, Ruys­broek…, pero él personalmente prefiere un ca­mino más sencillo por ser mucho más seguro (Abelly, o. c., III, 55). Conoce bien la sicología hu­mana e intuye los peligros que puede encerrar la búsqueda de estas formas elevadas de oración; peligros que pueden resumirse en una búsque­da personal bajo capa de misticismo. Por eso disuade a sus hijos e hijas de la atracción que puedan sentir hacia oraciones excelsas. Son «es­pejos miríficos» dice a los misioneros (ib. 80-81). «Los éxtasis son más perjudiciales que útiles», declara vivamente a las Hijas de la Caridad (IX, 48). En el fondo, San Vicente está pensando algo tan evidente como que la perfección no consiste en seguir un tipo u otro de oración, sino en la Cari­dad (ib. 55). La oración es un camino de acceso a Dios y una garantía para la caridad. De la mano de su amigo Francisco de Sales prefiere lo co­nocido y seguro a lo desconocido e incierto. A fin de cuentas los caminos tradicionales de oración ofrecen grandes posibilidades de comunicarse con Dios y de mantener viva la caridad hacia el prójimo.

B. Justificación y necesidad de la oración

Dudo que se necesite justificar la oración, pe­ro en el caso de que así fuera, nada mejor que profundizar en el sentido que encierra. Con toda seguridad, la oración se justifica por sí misma. Por otra parte, cuando alguien reflexiona con cier­ta seriedad sobre la oración, justifica automáti­cemente el tiempo dedicado a ella, aunque sea considerable, los esfuerzos que, por lo que tiene de actividad humana, lleva consigo, y la prepara­ción remota, próxima e inmediata. Más aún, la jus­tificación termina revistiéndose de necesidad. La oración se necesita por muchas razones; las va­mos a escuchar con claridad meridiana de los la­bios del propio Vicente. Desde esta instancia de la necesidad ofrecemos la mejor justificación que pensarse pueda.

1. El hombre como «homo orans»

El hombre no se define a partir del uso de ciertos instrumentos o desde la posibilidad de cambiar el ambiente en que vive. Ni siquiera es suficiente la definición de «horno sapiens». Se define como «homo orans» en cuanto que al ado­rar, pedir, alabar, escuchar y responder a Dios, está confiriendo verdad a su propia existencia (B. Háring, Oración, en Nuevo Diccionario de Espiri­tualidad, Paulinas, Madrid 1983, 1015-1020). Di­cho en otros términos, la persona que no se ejer­cita en este ejercicio tan humano y, al mismo tiempo tan divino, está contrariando su misma esencia humana que le lleva a abrirse a quien es la razón última de su ser. Por lo tanto, sin oración el hombre no llega a la verdad última ni descubre su nombre ni su historia. La existencia humana es un don. Todos somos llamados por la palabra creadora de Dios, y esta palabra es una invita­ción a vivir conscientemente en su presencia. Vi­viendo a través de la llamada que nos da la vida, podemos encontrarnos, en la escucha y en la res­puesta, a quien nos da un nombre único y todo lo que somos. No podemos encontrar nuestra identidad nada más que volviéndonos a Dios, que es el origen y fin de nuestra vida.

Sólo desde esta perspectiva es posible sos­tener que «la oración es algo natural» (IX, 384), ca­si instintivo. Como ocurre con todo lo que está inscrito dentro de la naturaleza, no se necesitan conocimientos ni técnicas para que aflore la ca­pacidad del hombre. Brota espontáneamente. Por eso los niños, las mujeres de aldeas, los más pe­queños y humildes… son capaces de orar (cf. IX, 384. 23. 385-387). No quiere decir esto que la di­mensión relacional del hombre con Dios no se pueda formar y mejorar como veremos en otro momento. El mismo Vicente nos propone un mé­todo detallado para perfeccionar lo que ya se en­cuentra en la naturaleza humana.

2. El cristiano se desarrolla en la oración

En la oración el hombre se va configurando po­co a poco con Cristo. Consecuentemente pode­mos sostener que el cristiano que no ora no es cristiano.11 Si ser cristiano se redujera a ser me­ro empleado o siervo del Reino de Dios, la ora­ción no revestiría carácter esencial en la vida de nadie; bastaría con cumplir las ordenanzas del Reino. Pero sucede que todo cristiano, por el me­ro hecho de serio, ha sido llamado a ser «hijo de Dios» (1, . in. 3, 1), «familiar de Dios» (Ef. 2, 19), «ami­go de Cristo» (Jn. 15, 15). Y de ninguna forma pue­de haber relación familiar ni amistosa sin trato ín­timo frecuente. Para cualquier cristiano la oración se convierte, por lo tanto, en cuestión de vida o muerte. «Sin oración no podemos subsistir», de­clara rotundamente San Vicente en esta misma línea de pensamiento.12

A esta conclusión ha llegado rastreando la vi­da del mismo Jesucristo. En la Conferencia del 31 de mayo de 1648 asegura a las Hijas de la Caridad que «nuestro Señor era hombre de grandí­sima oración», más aún, «tenía la oración como ejercicio continuo y principal» (IX, 380; cf. IX, 374- 375). He aquí la razón más fuerte para llevar una vida de oración. En efecto, el Salvador del mun­do aparece en los Evangelios como un verdade­ro orante. Desde que entra en este mundo has­ta que retorna al Padre, toda su vida transcurre en oración e intimidad permanente con Él (Hebr. 10, 9; Lc. 23, 34}. La oración le acompaña en las grandes decisiones y en los acontecimientos importantes: en el bautismo (Lc. 3, 21), en la elec­ción de los Doce (Lc. 6, 12), en la confesión de Pe­dro (Lc. 9, 18), en la transfiguración (Lc. 9, 28-29), en Getsemaní (Mt. 26, 36-44), en la Cruz (Mt. 27, 46), etc. Jesús ora conforme a la tradición de su pue­blo, en determinadas horas de la jornada: a pri­meras horas de la mañana (cf. 1, 35), al anochecer (cf. Mt. 14, 21-23; Mc. 6, 46-48). Cualquier sitio pue­de servir para comunicarse con su Padre: de­sierto, montaña, llanura, solo y acompañado…(cf. Mt. 1, 35; 6, 46; Mt. 4, 1 ss.).

Enseña además a los discípulos a ponerse en comunicación con el Dios del cielo, señalando las debidas condiciones que han de acompañar el acto oracional: interioridad, perseverancia, fe y amor (cf. Mt. 5, 44; 7, 7-11; Mc. 14, 38; II, 25; Lc. II, 13; 18, 1-8). En el Padrenuestro y en las pa­rábolas indica Jesús más concretamente cómo de­be ser la oración del cristiano (Lc. II, 1-4; Mt. 7, 7; Lc. II, 5-8; 18, 1-8).

Si la vida de cualquier cristiano consiste en imi­tar y seguir a Jesús en sus dimensiones perso­nales, he aquí una fundamental sin la que no pa­rece posible declararse discípulo suyo. Además, es precisamente ésta la que está en la base del necesario crecimiento de todas las demás.

3. La oración en la vocación de servicio al pobre

La oración tiene la virtualidad de vitalizar todo lo que toca. Por lo mismo, para mantener viva la vida espiritual (fe, esperanza y caridad) se requiere vida de oración, cuanto más intensa mejor. Cre­ce la vida interior cuando, en el ámbito de la ora­ción, se ponen en tensión las virtudes. Según es­to, la vocación específica, por lo que tiene de plan de vida sacado de las mismas virtudes teologa­les, está en estrecha conexión con la oración. Di­cho más sencillamente, la vocación depende de la oración. «Todo nos viene por ella -asegura Vi­cente a los Misioneros y, a continuación, con­creta-: la perseverancia en la vocación, los éxitos de nuestras tareas, no caer en el pecado, per­manecer en la caridad, la salvación…» (XI, 285; cfIX, 374-375. 381. III7).

«Como todo nos viene por la oración», ésta se encuentra en la base de una vocación fructí­fera e ilusionante. Y como «nada se nos concede sin la oración», hemos de concluir que la pér­dida de la vocación tiene su raíz en la ausencia de una vida en comunicación con Dios. Vicente explícitamente lo dice de muchas formas: los que oran adecuadamente progresan en su vocación de entrega al pobre, los que oran poco y mal re­troceden (cf. XI, 282); los que perseveran en fide­lidad manifiestan inequívocamente una vigorosa vida de oración; los desertores en la vocación se deben, en definitiva, a un abandono previo en la vida de oración convirtiéndose en «personas muertas a la gracia» (cf. IX, 285. III7). El misio­nero que no saca de la oración los contenidos de su predicación no llegará a mover los corazones que le escuchen; en cambio aquel misionero que hace de la oración su gran libro de predicación, su palabra llegará mucho más fácilmente a inte­rrogar a los oyentes (cf. VII, 140-141). De la oración depende, por último, el progreso o el retroceso en la virtud y en la perfección, los criterios y sen­timientos del mismo Jesús o los deseos más ras­treros y egoístas (cf. IX, 374. 387-388. 382), el áni­mo o el desánimo para llevar a cabo el servicio al pobre (cf. IX, 374-375), la debilidad o el vigor del alma, la ceguera o la vista (cf. IX, 383). San Vicen­te está hablando desde la experiencia. Sabe que el mayor peligro para la vocación de sus hijos e hijas no está en las duras exigencias que lleva con­sigo la entrega al pobre, sino en la pérdida de sentido a que conduce una vida sin oración.

Si la oración garantiza todas y cada una de las vocaciones de entrega al pobre, eso quiere decir que «la Congregación de la Misión durará mientras se practique en ella fielmente el ejer­cicio de la oración» (XI, 778). La oración también garantiza el carisma. Con un lenguaje militar Vicente nos explica cómo la oración, por una parte, mantiene a la Compañía en una tónica ilu­sionada y, por otra, con fuerzas para dedicarse a la extensión del Reino de Dios. Lo mismo cabe decir de la Compañía de las Hijas de la Ca­ridad (cf. IX, III7). Ahora bien, como las dos Com­pañías son el resultante del conjunto de miem­bros que las componen, practicarán la oración en la medida en que lo hagan los Misioneros e Hi­jas de la Caridad concretos. He aquí otro argu­mento más sobre la necesidad de la oración. La voz de Vicente es clara: «Haced la oración sin faltar nunca a ella» (IX, III7), «es tan necesaria al alma como el aire al hombre o como el agua al pez»(IX, 1132), «es necesario hacerla todos los días, aún más, no dejemos pasar un minuto de tiempo sin estar en oración» (IX, 386). Con todo, lo primero es el servicio; por lo tanto, en caso de conflicto entre oración y servicio es preciso «dejar la oración». En la mente de San Vicente esta expresión nunca significa abandonar la ora­ción, sino aplazarla (cf. IX, 50 131 297 725 1081 1091. III7; X, 704…).

C. Finalidad del encuentro: la transformación del hombre

La comunicación que el hombre establece con Dios, o al contrario, no enriquece a Dios si­no al hombre, única y exclusivamente. Esto se ex­plica por la sencilla ley del más fuerte. Tampoco se puede decir con rigor que en la oración se con­quista a Dios; más bien es Dios el que invade la vida de la persona. Solamente se pone una con­dición, que el hombre acceda a esa invitación de Dios. Coincide esto con el vaciamiento que Vi­cente propone a los Misioneros: «inmediatamente después que un corazón se vacía de sl mismo, Dios lo llena; es Dios quien permanece en él y quien obra en su interior» (XI, 236). Es entonces cuando el orante cobra clara conciencia de la transcendencia de Dios y de su pobreza radical de hombre que le lleva a seguir abriéndose a Él. También, desde esta perspectiva, se pueden com­prender algunas de las consignas vicencianas re­ferentes a la fidelidad a la oración, a su importancia y eficacia, y al dinamismo que engendra el ser hu­mano. El contacto con Dios cambia por dentro al hombre, haciéndole aflorar lo mejor de sí mismo. Al mismo tiempo dota a sus acciones apostólicas de mayor peso y eficacia. Veámoslo por partes.

1. Nueva fuente de conocimiento

En la oración, el entendimiento se ve asisti­do, o en expresión de Vicente, «Dios comunica luces extraordinarias» (IX, 384; cf. IX, 386-387). Es la gracia de Dios que, sobre la luz propia del en­tendimiento, se proyecta con una iluminación in­finitamente superior (cf. IX, 1130-1131; XI, 779-780). El resultado final es una mayor aproximación com­prensiva a los misterios de la fe, un descubri­miento de la bondad de Dios y un acercamiento existencial a las virtudes. La inteligencia humana, por sí sola, es incapaz de alumbrar un conoci­miento tan real y tan profundo acerca de la vida espiritual (cf. XI, 779-780). La gracia de la oración se transforma, cuando llega al entendimiento hu­mano, en conocimiento intuitivo, sabroso, vital, de los misterios de la fe. Más aún, este conocimiento puede ser formulado exactamente igual que cual­quier otro conocimiento; de lo contrario difícil­mente podría calificarse de verdaderamente tal. De ahí que Vicente no se canse de recomendar a los Misioneros que lleven los temas de la pre­dicación misionera a la oración porque allí en­contrarán el mejor libro (cf. VII, 140). Y él mismo confiesa, en una carta dirigida al P. Juan Dehorgny, que ha llevado a la oración durante unos meses el tema de la gracia sobre el que, en su mo­mento, tuvo que pronunciarse, a propósito de la controversia jansenista, y que concretó en un es­tudio, corto pero sustancioso (cf. II I, 304).

Puestos a comparar las diversas fuentes de conocimientos, la oración queda muy por encima de la ciencia: «Es preciso que el doctor se calle donde haya una persona de oración, porque és­ta habla de Dios de manera muy distinta de co­mo él puede hacerlo. Hemos visto al Hermano An­tonio. Vd. lo ha conocido, señorita, ¿Habéis visto alguna vez alguna persona hablar de Dios corno lo hacia aquel hombre? Yo nunca he visto nada semejante, porque diez palabras de su boca cau­saban más impresión en los corazones que lo que podían decir muchos predicadores. Estaba lle­no de una unción que se comunicaba tan dulce­mente a los corazones que uno quedaba con­movido… ¿Dónde lo había aprendido?… Dios se había comunicado tan abundantemente a él que podía hablar con todo conocimiento; y esto por la oración» (IX, 387).

De ninguna manera se puede interpretar esta cita como un desprecio de Vicente hacia la ciencia. Ha repetido, casi hasta la saciedad, que la ciencia, la formación intelectual, los co­nocimientos adquiridos son absolutamente ne­cesarios para desempeñar un trabajo de evan­gelización, diríamos hoy. Por el contrario, está apuntando una realidad totalmente válida para nuestro tiempo: en primer lugar, la oración me­ditativa, fijándonos solamente en lo que tiene de actividad humana, ayuda a asimilar y personali­zar los contenidos de la fe, de tal manera que fa­cilita la exposición de la misma por lo que tiene de enraizamiento en la propia vida. En este sen­tido, la oración complementa perfectamente al estudio. Para ilustrar todo esto Vicente nos re­fiere la famosísima anécdota que se atribuye a Santo Tomás, cuando alguien se acerca para pre­guntarle por la fuente de sus conocimientos tan profundos y hermosos a la vez. Santo Tomás le enseña una Cruz, asegurándole, que aquella era su biblioteca (cf. IX, 49).

Pero la asistencia divina en la oración se da por una razón suprema y práctica al mismo tiem­po, para que el hombre acierte a discernir la vo­luntad de Dios. No resulta nada fácil dar con ella porque, a veces, los acontecimientos de diversos signos, la confusión de los problemas diarios y la variabilidad de las circunstancias la ocultan un tanto. Por eso se necesita la luz de la oración: «ella es como un arsenal donde Vd. encontrará -se di­rige al superior de una casa- las instrucciones ne­cesarias para cumplir con lo que Dios quiere» (XI, 236). Incluso, el mismo Vicente se atreve a pe­dir a Dios respuestas concretas ante problemas no menos concretos: alquiler de una vivienda, de­cisión a tomar en un Consejo, etc {cf. II, 20; V, 435). El orante tiene medios suficientes para discernir la voluntad de Dios proyectando la luz del Evan­gelio a las realidades humanas en las que tiene que vivir.

2. Asistencia a la voluntad

La gracia de la oración rebasa la potencia del entendimiento en el orante. Llega hasta su vo­luntad, con una doble finalidad: ayudar al hombre en su empeño de contrarrestar las actitudes ne­gativas que se avienen, poco o nada, con los va­lores evangélicos e impulsar el desarrollo de la gra­cia para que pase de germen a fruto.

No cabe duda de que una persona que haya cultivado su relación con Dios tiene que haber conseguido una sensibilidad especial ante el pe­cado, porque la consideración de los misterios de la fe y la proyección continua de las exigencias de la vida cristiana sobre la propia existencia, ponen en evidencia los propios defectos como algo que desentona y, por lo tanto, es preciso eliminar. Cier­tamente, la oración dinamiza la voluntad. Vicente formula esta relación en términos de «medios pa­ra corregir defectos». Todos pueden ser elimina­dos, los graves y los pequeños. La oración es co­mo un «espejo»13 dice a las Hijas de la Caridad, donde pueden y deben mirarse con el fin de re­conducir aquellas actitudes que desentonan con el espíritu del Evangelio (cf. IX, 383)• Con relación a las candidatas que quieren pertenecer a la Com­pañía, asegura a Santa Luisa que «por la oración conocerán sus defectos y se animarán a corre­girse» (1, 304-305). La oración vale también para restaurar una vida desordenada. A un sacerdote dado a la bebida, le recomienda vivamente «vol­verse más interior y hombre de oración para amar el trato con Dios» (VIll, 134-135). Para expresar la función curativa universal de la oración, hay que compararla a una «fuente de juventud» (cf. IX, 383).14 Ciertamente, en la oración el alma se tor­na vigorosa y el hombre se transforma, poco a poco, como por ósmosis, en aquello de que es ob­jeto su contemplación. Las mismas comparacio­nes que emplea para urgir la oración, «maná», «agua», «aire», «sol», «alma», nos sugieren la ne­cesidad absolutamente vital de la oración para que el hombre pueda desarrollar su vida interior.

3. Fecundidad en las acciones apostólicas

Se da una relación estrecha entre el interior de una persona y sus actuaciones exteriores. De tal manera esto es así que, rastreando las obras de alguien, podemos conocer su interior. Ser y obrar se sitúan, ordinariamente, en línea de con­tinuidad. Pues bien; Vicente entiende que una vi­da apostólica exige necesariamente intimidad con Dios. El hombre, abandonado a sus solas fuerzas, no puede realizar con fruto trabajos apostólicos que tienen como finalidad llevar a los hombres a Dios. Es en la oración donde el apóstol se llena de Dios y hace acopio de las gracias necesarias para desempeñar con eficacia labores apostólicas. Más aún, entre la oración y la eficacia apostólica establece Vicente una relación casi de causa a efecto: si entre Dios y el apóstol se da una co­municación intensa y auténtica, la acción apos­tólica queda asegurada y, por lo que se refiere a las dos Compañías, garantizada su finalidad en la Iglesia (cf. 11l, 495). Si la oración está en la base de todo («Todo nos viene por ella», «el hombre de oración es capaz de todo…») no extraña nada que Vicente insista tanto a los formadores y forma-doras para que, de ninguna manera, descuiden es­te aspecto tan esencial en la formación (cf. IV, 50; V, 27; X, 794; XI, 575).

En resumen, las distintas modalidades de ser cristiano y todo quehacer apostólico pende de la vida de oración: el formar adecuadamente porque «nadie da lo que no tiene» (IV, 554), el predicar con­vincentemente porque «la oración es el gran libro del predicador» (VI1, 140; cf. XI, 779; XI, 4II, 513, 651), el servir fielmente al pobre porque de lo contrario la Hija de la Caridad «se cansará pron­to y acabará dejándolo todo» (IX, 381; cf. IX, 375 III7).

III. El hombre al encuentro de Dios: pedagogía vicenciana

La petición de los discípulos a Jesús: «Ensé­ñanos a orar» (Lc. II, 1) abre a todos los cristianos la posibilidad de un aprendizaje. Pero, ¿no hemos dejado claro anteriormente que en la oración to­do es gracia, que es un don del Espíritu de Jesús que ora en nosotros? ¿Qué sentido tiene ahora hablar de pedagogía oracional? ¿Por qué Sarnii­cente, después de presentarnos la oración como «limosna» que se recibe caída del cielo, nos pre­senta, a continuación, la oración como «camino» a seguir con toda clase de indicaciones para que el orante no se pierda en su objetivo de llegar hasta el encuentro con Dios? La oración, ¿es don divino o es técnica humana? Con San Vicente te­nemos que pensar que no existe contradicción al­guna entre estas dos perspectivas de la oración, sino complementariedad. En efecto, la oración como regalo de Dios nos evoca el lugar de pro­cedencia de toda forma de vida (y la oración lo es), pero es vida en germen o don en ciernes. Se ne­cesita desarrollo, incremento, «preparar la tierra» para que «la semilla» pueda fructificar (cf. Mt. 13, 1- 9). Este segundo momento corresponde al inter­locutor de Dios, es decir, al hombre. Desde este supuesto es lícito y necesario hablar del apren­dizaje oracional y de las exigencias personales que lleva consigo la respuesta del hombre a su propia vida de oración. San Vicente ha desarrollado toda una pedagogía muy válida para el hombre ac­tual. Oigámosle.

A. Metodología oracional

En varias ocasiones, San Vicente presenta a la Santa de Ávila como maestra indiscutible en el arte de orar, pues alcanzó «un don de oración tan eminente que, desde los apóstoles, nadie ha lle­gado tan alto». Pues bien, Santa Teresa acaba resumiendo toda su doctrina y experiencia en aquello tan simple de «tratar de amistad» y de «es­tarse a solas con quien sabemos nos ama»( Vida, c. Vlll). Por ahí va San Vicente, si le añadimos lo que también escribe Santa Teresa: «Para esto es la oración, hijas mías, de esto sirve este matri­monio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras»(IV Moradas, 6). Amistad con Dios y obras para su Reino. He aquí el doble objetivo último de toda oración. Y para conseguirlo San Vicente ofrece modos concretos de llevar a cabo con éxi­to este cometido espiritual. Todos los métodos que presenta son sencillos porque está conven­cido que, en último término, sólo ellos son ope­rativos y eficaces.

1. Serie de métodos fáciles de oración

Bajo este epígrafe, recogemos las distintas maneras concretas con las que Vicente inicia en la oración a las primeras Hijas de la Caridad. Ver­daderamente, guardan toda la frescura y validez que, a buen seguro, tuvieron en su día.

a) El método de la buena señora o de las es­tampas

Consiste en contemplar los distintos sentidos de una imagen de María haciendo, al mismo tiem­po, referencias a la propia vida. En la actualidad este método visual, aplicado a la oración, se uti­liza con bastante frecuencia. Pero oigamos al pro­pio Vicente: «Tomaba una estampa de la Santí­sima Virgen y, considerando sus ojos, decía: -¡Qué ojos tan amables! Luego rogaba a Dios le concediera la gracia de no ofenderle nunca con la vista: -Señor, concédeme la modestia que te­nía tu Santísima Madre. A continuación hacía el propósito de tener cuidado con la vista y de no permitir a sus ojos que se extrañaran en cosas vanas. Otras veces meditaba en los oídos de la San­tísima Virgen y pensaba: – ¡Qué felices fueron por haber escuchado la Palabra de Dios y por ha­ber oído los mandamientos de su Hijo! Luego se detenía en la consideración de cómo podía ella ha­cer lo mismo…» (IX, 1108-1109; cf, IX, 47, 390)

b) El método del magistrado o de la previsión del día

Vicente aprende de los cristianos sencillos. Esta forma de orar consiste en poner delante del Señor todos los trabajos y actuaciones que pre­sumiblemente va a hacer y vivir el mismo oran­te. Como la meditación versa sobre la misma vida, puede resultar fácil el sacar resoluciones con­cretas «Un magistrado hizo su retiro hace un año en nuestra casa… ¿Sabéis, Padre, cómo hago mi oración?, me dijo. Examino de antemano lo que tengo que hacer durante la jornada, y de allí de­rivan todas mis resoluciones. Tendré que ir a los tribunales; tengo tal causa en que pleitear; me en­contraré quizá con alguna persona de condición que me querrá corromper con sus recomenda­ciones; con la gracia de Dios me guardaré mucho de ello. Quizá se me haga algún regalo que me agrade mucho; no lo tomaré. Si tengo que dese­char a alguien, le hablaré con mansedumbre y cordialidad» (IX, 46-47).

c) El método de la lectura realizada con aten­ción y sosiego

La finalidad de este método no es otra que pro­porcionar sugerencias al orante para facilitar el diálogo con Dios. San Vicente nos lo explica así: «Es conveniente que cada una (se refiere a las Hi­jas de la Caridad) tengáis un libro o que fa lecto­ra se vaya deteniendo por párrafos: se detenga en el primer párrafo el tiempo necesario, luego pa­se al segundo y se detenga de nuevo, al tercero, y así a continuación. De esta manera transcurri­rá muy fácilmente el tiempo de vuestra oración. Si no encontráis en qué deteneros en el primer párrafo, pasad al segundo, o a otro…» (IX, 390).

d) El método de contemplar la Pasión de Nuestro Señor

«Hay otro método muy fácil. Tomad como te­ma de vuestra oración la pasión de nuestro Se­ñor. No hay nadie que no sepa lo que allí pasó, bien por haberlo oído predicar, bien por haber meditado en ello. Hijas mías, ¡qué excelente me­dio para hacer oración es la pasión de Nuestro Se­ñor! San Francisco no tuvo nunca otro tema de oración y recomienda a todos sus hijos espirituales que se sirvan continuamente de ella» (IX, 209-210).

e) El método para los enfermos

Cuando alguien no está en condiciones físicas o síquicas para practicar con intensidad la oración meditativa, basta con situarse existencialmente ante el Señor procurando mantener la conciencia de la presencia en El. Este método «consiste en quedarse tranquilamente delante de Dios y ex­ponerle sus necesidades, sin más aplicación del espíritu, como un pobre que descubre sus llagas y que, de esa manera, excita más a los que pa­san delante para que le den una limosna que si se rompiera la cabeza a fuerza de convencerles de su necesidad» (IV, 368; cf. IX, 64-65).

f) El método de la recitación de fórmulas

Es la oración vocal tan recomendada por to­dos los autores espirituales de todos los tiempos y válido para todas las edades espirituales. «Sios faltan pensamientos, elevaos a Dios por medio de alguna aspiración. Y, si después de esto, no se os ocurre ningún pensamiento, rezad el Padre­nuestro y el Credo, y luego volved a vuestra ora­ción. Si seguís estando áridas, rezad una decena del Rosario…» (IX, 1104; cf. IX, 212-213).

2. Un método de oración completo y desa­rrollado

Es tan sencillo como todos los anteriores. Es­ta metodologización refleja el gusto de la época, de tal modo que, aunque podamos llamarle vi­cenciano, sin embargo se basa en el método sa­lesiano, quien a su vez se confiesa deudor de San Buenaventura, San Bruno, el Padre Granada, Teresa de Jesús y otros autores españoles. El método consta de tres partes: preparación, me­ditación o cuerpo de la oración y conclusión. Va­yamos por partes.

a) Preparación

Por ser la oración un acto denso del espíritu, no se puede dejar a la improvisación. Por lo tan­to, esta primera fase de auténtica infraestructu­ra humana tiene una importancia decisiva para que la oración sea verdaderamente fecunda.

Como la oración es un acto existencial del hombre, se requiere, en primer lugar, que el oran­te tenga actitudes adecuadas que faciliten ese encuentro con Dios. Entre otras, Vicente nos ha­bla de la virtud de la humildad que da al orante un sentido correcto de dependencia con respec­to a Dios.15 Sólo la persona humilde entiende quién es Dios, quién él mismo y qué relación exis­te entre el Creador y la criatura. Al publicano del Evangelio (Lc. 18, 31 fue ésa la actitud que le valió para salir justificado del Templo (cf. IX, III0. 384; XI, 778). La mortificación forma parte también de las virtudes necesarias para la oración. Quien as­pire a adherirse a las verdades de fe y a amar a Dios tiene que verse libre del dominio de las cria­turas. Para San Vicente «la causa del poco pro­greso de muchos en la meditación es la falta de mortificación… Si leemos lo que los más hábiles maestros de la vida espiritual han dejado escrito sobre la oración, veremos que todos han dicho que la práctica de la mortificación es necesaria pa­ra hacer bien la oración y que, para disponerse a ella, no sólo hay que mortificar la lengua, los ojos, los oídos y los demás sentidos exteriores, sino también las facultades del alma, el entendimien­to, la memoria y la voluntad» (XI, 784; cf. IX, 873- 874).

El silencio y el recogimiento posibilitan la re­flexión y en consecuencia, una vida de oración. En el silencio el alma goza de una paz necesaria, hoy más que nunca -añadimos nosotros- porque los ruidos son mayores, al tiempo que se pone en el camino recto para hallar a Dios. Sin silencio no es posible la oración, insiste una y otra vez Vi­cente (cf. IX, 314, 726; XI, 368-369, 370).

Aparte de las virtudes necesarias para orar, es preciso también preparar cada meditación para que dé el fruto esperado. De ahí que, desde fe­cha temprana, Vicente ha establecido, primero para la Congregación de la Misión y posterior­mente para la Compañía de las Hijas de la Cari­dad, la práctica de leer, la víspera por la noche, los puntos de la meditación del día siguiente. In­cluso invita a que alguien de la Comunidad co­mente lo leído con el fin de hacer más sugeren­te la misma temática de la meditación (cf. IX, 389. 1122-1123; XI, 374). A partir de este momento San Vicente insiste repetidamente en lo que él llama «el gran silencio» que llega hasta el día siguiente después de la oración. Sabe nuestro Fundador que el silencio en sí mismo no tiene de­masiado valor; sí lo tiene en cuanto que es el me­jor aliado de la oración. Se puede pensar que en el silencio de la noche la semilla de la Palabra propuesta penetra hasta inundar el corazón. Más aún, puede traspasar el nivel consciente de la persona hasta llegar al mismo inconsciente. Se­gún los sicólogos, las últimas imágenes, los últimos pensamientos y sentimientos del día se con­vierten automáticamente en «materia de elabo­ración de primer orden» para el subconsciente. ¿Qué diría hoy San Vicente a sus hijos e hijas en esta sociedad de Medios de Comunicación Social donde resulta normal acostarse con «la última imagen de Televisión» y levantarse con «la pri­mera noticia de la Radio»? Con agudo sentido si­cológico, la pretensión de Vicente en su tiempo era que la meditación de la mañana se produje­se dentro de una línea de continuidad, sin cortes bruscos (cf. IX, 23. 38. 202). En el mismo sentido hay que interpretar la práctica de levantarse con pron­titud y alegría («… la gracia de la oración depen­de del levantarse» -III, 494-) (cf. XI, 398; III, 493­494), el ofrecimiento a Dios de nuestro primer pensamiento ( «… el primer pensamiento marca la pauta del día» -IX, 50-) (cf . III, 493; (X, 19. 144. 1126- 1127), el momento de adoración a Dios («Después de levantarme, adoraré la majestad de Dios» -X, 182-) (cf. IX, 19. 1128; XI, 410), completado con una acción de gracias por la noche pasada y una breve presentación del día (cf. IX, 19. 1128).

La preparación inmediata se centra especial­mente en tomar conciencia de «la presencia de Dios».16 Pensemos que equivale a situarse de­lante de quien va a ser el interlocutor. De ahí que el orante tenga que poner en juego las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. Distintos me­dios sugiere San Vicente para ello: considerar la real presencia de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía (cf. IX, 49. 284. 529), entender que Dios mora en el interior de cada uno por el misterio de la Inhabitación Trinitaria (cf. IX, 49. 530), caer en la cuenta y sentir la Omnipresencia y Providencia de Dios en el mundo (cf. IX, 529-530), considerar a Cristo en el cielo que sigue preocupándose de todos nosotros (cf. IX, 529). Son medios más o menos válidos; pero lo que realmente importa es reavivar la presencia de Dios. De esta conciencia va a depender la calidad de la misma oración.

b) Meditación o cuerpo de la oración: de la consideración al compromiso

Comienza la inteligencia a elaborar un discur­so reflexivo acerca del tema propuesto. San Vi­cente sugiere como temas a considerar todos los que se relacionan con la vida del Misionero y de la Hija de la Caridad, aunque lo más importante en toda oración es que se produzca o se active la relación misma entre el orante y el Señor. Los temas son sólo medios para lograr ese objetivo.

Distingue Vicente dos clases de temas en la meditación: «sensibles y abstractos», En los te­mas «sensibles», que la mayor parte de ellos se refieren a los hechos y dichos de Jesucristo, Vi­cente anima a utilizar la imaginación hasta repro­ducir todos los detalles y circunstancias con el fin de interiorizar lo más posible la persona, la obra y el mensaje de Jesús. Por el contrario, cuando los temas son más abstractos (por ejemplo, vir­tudes, consejos evangélicos…) es la facultad in­telectiva quien tiene que abrir camino. En este caso no sirve aproximarse al tema con la imagi­nación. Digamos que se requiere respetar la forma de acceso a cada tema, según sea la na­turaleza de cada uno de ellos (cf. Xl, 284-285. 785).

Pero la meditación está muy lejos de ser so­lamente una reflexión fría y metódica. Aparece co­mo un entramado de reflexión, afecto y deter­minación. La reflexión no es, ni mucho menos, la finalidad de la meditación, como si se tratara de un tiempo de estudio, sino que debe estar en función del afecto. El discurso meditativo es pa­ra encender el amor, no para apagarlo. Dar a la reflexión más tiempo o importancia del debido es, para San Vicente, un trabajo tan inútil como «seguir golpeando el pedernal una vez que la me­cha se ha encendido» (XI, 163; cf . XI, 106-107). Es­te elemento volitivo-afectivo es el que hace ser agradecido, sentirse necesitado y a alabar a Dios (cf. IX, 107. 210. 125. 216. 1104).

El compromiso o, en lenguaje de San Vicen­te, «las resoluciones» es el momento de la ora­ción más importante. Hacia aquí camina todo: si la reflexión está en función del amor expresado a Dios, éste debe terminar en algo concreto por­que «las virtudes meditadas, pero no llevadas a la práctica, son más nocivas que útiles» (XI, 733; cf. VI1, 311). San Vicente no concibe una medita­ción sin sacar algún buen propósito para cumplir, incluso aunque se haya sido infiel a compromisos anteriores: «No se debe desistir de tomar nuevas resoluciones en cada meditación, así como no dejamos de tomar alimento aunque parezca que no nos aprovecha» (XI, 781; cf. XI, 781-782). Hay que insistir en los compromisos tomados en la ora­ción hasta que se hayan cumplido los objetivos propuestos (cf. IX, 26). Pero los propósitos no se pueden concretar a la ligera. San Vicente, que nuevamente se revela como un profundo co­nocedor de la sicología humana, ofrece las si­guientes sugerencias: los propósitos no pueden quedar en la inconcreción, sino que deben ser concretos, cuanto más mejor, para que sean ope­rativos y eficaces. En el curso de una repetición de oración, San Vicente alabó largamente a un sa­cerdote y a dos seminaristas clérigos, porque durante la oración habían descendido en sus defectos a detalles particulares. En esta misma línea rogó al P. Delespiney, director del semina­rio, que conservase siempre esta práctica por­que «así es como se debe hacer la oración y no de otra manera» (XI, 198; cf. I1, 160). Además, con­viene que las resoluciones abarquen sólo lo in­mediato: el día que comienza, las obligaciones diarias, el cumplimiento de las Reglas. Y para que no haya lugar a duda alguna, San Vicente detalla a las Hijas de la Caridad toda una serie de reso­luciones posibles, tales como ser delicadas con todas y cada una de las Hermanas de Comunidad, consolar a los pobres, hablarles como a señores, soportar de buen grado posibles críticas, etc (cf. IX, 48). Es necesario, por último, prevenir los posibles obstáculos para cumplir los propósitos, así como considerar los medios para neutralizar dichos obstáculos (cf. XI, 406-407).

c) Conclusión

No se puede terminar la meditación sin agra­decer a Dios este magnífico don, «la mayor de las gracias que Dios puede conceder». Si la oración es gracia, el agradecimiento debe brotar como exi­gencia de la virtud misma de la justicia (cf. IX, 1106). Además, hay que tener en cuenta que «el agrade­cimiento dispone a una nueva gracia» (Xl, 163). Sig­no también de gratitud, de amor y de reconoci­miento de la grandeza de Dios frente a la pobreza humana es la práctica de ofrecer al mismo Dios las resoluciones tomadas en la oración, al mismo tiem­po que se implora de Él la ayuda necesaria para per­severar en las resoluciones tomadas (cf. IX, 1107). La oración concluye como ha comenzado: con una referencia directa a Dios, origen, sentido y razón de todo. No puede ser de otra manera.

B. Repetición de oración: oración compartida y escuela de oración

Consiste en comunicar en voz alta la oración meditativa que, previamente, se ha hecho en el interior. Esta práctica puede equivaler, poco más o menos, a lo que hoy se conoce como «oración compartida», tan de actualidad entre los diversos grupos cristianos. Podemos afirmar que fue San Vicente quien originariamente estableció esta práctica para sus hijos e hijas, aunque se inspiró en Mme. Acarie,17 quien, según nuestro Santo, ya practicaba este mismo ejercicio con su sir­vienta, Andrée La Voix (cf. IX, 20). Durante su es­tancia en Roma parece, según él mismo testimonia, se quedó encantado de los coloquios que se tenían en el Oratorio de San Felipe Neri y que servían para animarse y enfervorizarse unos a otros (cf. XI, 192-195). Sobre estos precedentes fundamenta San Vicente esta práctica que, como más abajo veremos, va a servir como auténtica «escuela de oración» para las dos Compañías. La originalidad de Vicente con respecto a la repeti­ción de oración está en darle forma propia e in­corporarla como práctica habitual de oración a la espiritualidad vicenciana. «Nunca se ha usado es­ta práctica en ninguna otra Compañía más que en la nuestra, ni se ha conocido en la Iglesia de Dios», asegura a los Misioneros, invitándoles por ello a agradecer al Señor que ha tenido a bien con­ceder tal gracia (cf. XI, 575).

A lo largo de toda su vida, Vicente debió pre­sidir de 3500 a 4000 repeticiones de oración, aun­que solamente poseemos 50 textos (desde 1642 hasta 1655) que recogen los pormenores de es­te ejercicio tan querido para el Fundador de la Ca­ridad. Dos o tres veces por semana, hacia el final de la oración, Vicente indica a la Comunidad, que se encuentra dispersa a lo largo de la vieja iglesia de San Lázaro, que se agrupe cerca de él (cf. XI, 124. 222. 226. 260). En un clima de espon­taneidad y de sencillez, propicio para que las almas se abran, Vicente pregunta a uno o dos hermanos coadjutores sobre el contenido de su oración; escucha pacientemente las reflexiones, a veces de poco valor, pero que edifican por ha­ber sido manifestadas con sencillez y generosi­dad (cf. IX, 203. 387. 708. 873; X, 794). A conti­nuación un sacerdote expone sus pensamientos y Vicente concluye el acto con una pequeña ex­hortación, basada en la meditación del día, o en las ideas expuestas, en los defectos observados o en los acontecimientos exteriores.

Con esta práctica se puede pensar que Vi­cente persigue un doble objetivo: En primer lugar, compartir la oración para animarse unos a otros en el camino de la perfección cristiana. En aque­llos momentos la oración se había convertido en una experiencia espiritual muy personal y poco co­municable. Era necesario abrir las puertas de los orantes para comunicarse los tesoros interiores. El valor de la oración compartida llega incluso has­ta el fundamento mismo de la vida comunitaria, quedando éste reforzado. A Vicente no se le es­capa, en absoluto, que la repetición de oración es una manera válida de hacer Iglesia y, por consi­guiente, de hacer Comunidad (cf. Xl, 192-195; X, 794; XI, 575). En segundo lugar, podemos con­cebir la repetición de oración como una escuela pública de oración. Para evitar fallos y saber con­cretamente cómo se debe orar, nada mejor que hacerlo sobre una oración hecha en alta voz. So­bre este «modelo», San Vicente se esfuerza en educar y perfeccionar la oración de las Hijas de la Caridad y de los Misioneros. Más concreta­ mente, en las múltiples repeticiones de oración Vicente recuerda constantemente temas tan im­portantes como éstos: el método práctico para ha­cer bien la oración supone plantearse el objetivo de tal meditación, al que se debe tender desde el principio (cf. Xl, 329. 374); resulta muy eficaz es­coger un texto de la Sagrada Escritura y darle vueltas en nuestro interior (cf. Xl, 117); la mejor oración no es la prolífica en razonamientos sino la afectiva, que llega hasta concretarse en reso­luciones prácticas para la vida (cf. XI, 162 329 280 198); los acontecimientos vividos, aunque sean pequeños, cuando se les considera desde Dios, sirven para aprender una buena lección cris­tiana; los misioneros deben plantearse los gran­des temas de la vida cristiana… A semejanza de Jesús, maestro de oración para sus discípulos, Vi­cente lo es también para los suyos. Sin duda nin­guna podemos afirmar que muchos misioneros, en el tiempo de San Vicente y posteriormente, han aprendido el espíritu vicenciano en esta magní­fica escuela del espíritu.

IV. Síntesis vicenciana: «Ser contemplativo en la acción»

Henry Bremond califica a San Vicente de «mís­tico de la acción». Con parecidos términos lo ha­ce Giuseppe L. Coluccia en su obra Espiritualidad vicenciana, Espiritualidad de la Acción. La espiri­tualidad actual, por su parte, nos habla de «mís­ticos horizontales» y de «contemplativos en la acción». En definitiva, todas estas expresiones se refieren a una misma manera de integrar dos ele­mentos en la vida espiritual que, a primera vista, parecen contrapuestos: la oración y la acción.

Si nos referimos a la experiencia vital de San Vicente, hay autores, como los anteriormente mencionados, que no dudan en presentar a San Vicente como un verdadero místico o contem­plativo, no porque fuera objeto de fenómenos ex­traordinarios tales como revelaciones, éxtasis, vi­siones, transportes;18 sino porque la gracia de Dios llegó en él a tan alto grado que su vida y sus obras aparecen llenas de Dios. La gran actividad que desarrolla no es sino consecuencia, urgida desde el amor, del flujo descendente, proceden­te del mismo Dios. Es antí-místico, sólo en cuan­to se opone a las exageraciones, al narcisismo espiritual y al modo meramente sentimental, verbalista e intelectualista de dirigirse alguien a Dios. En contra de esto, propone una vida real transi­da de contemplación pero volcada en el mundo real, en la que tan mística sea la oración como la acción, cosas que en realidad no deben distin­guirse más de lo debido. Una vida espiritual en­cerrada en sus propias elucubraciones, sin perci­bir el «clamor de los pobres» carece del sello de la autenticidad porque «no basta amar a Dios si mi prójimo no lo ama». La espiritualidad de San Vicente es integradora. En ella confluyen mara­villosamente bien cielo y tierra, filiación y frater­nidad, ascética y mística, contemplación y acción. Como alguien ha dicho, «Vicente no hubiera po­dido ser tan activo si previamente no hubiera si­do tan pasivo, tan dócil a la voluntad de Dios, es decir, tan místico verdadero» (V. de Dios, Vicen­te de Paúl. Biografía y espiritualidad, Clavería, Mé­xico 1991, 58[/note]. La mística se resuelve en dejar­se impulsar por la voluntad de Dios, que siempre termina señalando el camino de los pobres. Sin ese aterrizaje, la mística no hace al caso y la ac­ción no vale la pena. Vicente lo afirma de forma contundente: «La perfección no consiste en éx­tasis sino en cumplir la voluntad de Dios» (XI, 211),

A este respecto, el teólogo Gustavo Gutié­rrez se plantea que la cuestión definitiva a la que toda escuela de espiritualidad debe dar respues­ta es la conciliación entre la presencia en el mun­do y la presencia ante Dios. ¿Cómo superar esta dualidad -se pregunta- y articular una presencia con otra? (Beber en su propio pozo, Sígueme, Sala­manca 1984, 28[/note]. Como hemos podido ver, ex­periencialmente Vicente ha respondido a este in­terrogante con una actitud de vida integradora. Nos falta ahora examinar su respuesta doctrinal que, como ya hemos afirmado en otros lugares de nuestro trabajo, se armoniza perfectamente con su respuesta vital. No podía ser de otra ma­nera. En las actuales Constituciones de la C.M., n» 42, se nos propone, como una traducción exac­ta de la espiritualidad vicenciana para el hombre de hoy, «ser contemplativos en la acción» y su correlativa, «…y ser apóstoles en la oración». ¿Qué doctrina vicenciana pretenden encerrar es­tas fórmulas integradoras? Vayamos por partes.

En primer lugar, se puede pensar en una con­vergencia objetiva de la oración y la acción, en cuanto que ambas pretenden la instauración del Reino de Dios. La primera va directamente a la persona pero, de ninguna manera, se encierra en ella, porque el orante vicenciano tiene que hacer del mundo el objeto de su intercesión y petición. Sólo, a modo de ejemplo, podemos citar el rue­go que San Vicente hace a los Misioneros en la repetición de oración del 13 de junio de 1655: «Encomiendo a las oraciones de la Compañía el reino de Polonia, que está muy alborotado por culpa de un gran número de enemigos que lo es­tán atacando. Es de la gloria de Dios que recemos por él…» (XI, III; cf. Xl, 291). A su vez, la actividad apostólica busca la instauración de ese reino en el mundo, pero a San Vicente no se le escapa que en este intento el más beneficiado es el propio Misionero o la Hija de la Caridad (cf. IX, 240; XI, 253, 393…).

En segundo lugar, las dos expresiones nos sugieren la necesaria complementariedad mutua entre la acción y la oración, basado en que no exis­ten dos experiencias de Dios, la que acontece en la oración y la que se produce en la acción, sino una sola en dos tiempos que sólo para el hom­bre aparecen distintos, pero no para Dios. El de­creto Perfectas Caritatis anima a los miembros de todos los Institutos a integrar juntando la con­templación y el amor apostólico (cf. PC 5). La complementariedad está en que la oración vi­cenciana auténtica lleva a la acción apostólica. Para San Vicente, el encuentro con Dios siempre se convierte en compromiso con el pobre al que se le hace objeto del amor de Dios, humanizado, concretado en acciones. Y a su vez, la acción apostólica conduce y termina en la oración por­que, al hilo de su acción, ahí es donde el vicen­cieno recuerda y cultiva el sentido profundo de su actividad. En la oración el Misionero y la Hija de la Caridad renuevan continuamente su fe y su compromiso con el pobre, a la vez que crece en sensibilidad para captar la presencia del Espíritu en el mundo y en los hombres.

San Vicente presenta esta complementariedad maravillosamente bien: «Todo nos viene por la ora­ción: la perseverancia en la vocación, los éxitos de nuestras tareas, no caer en el pecado, per­manecer en la Caridad, la salvación…», asegura a los Misioneros (XI, 285). Y a renglón seguido in­siste a las Hijas de la Caridad que el servicio a los pobres debe terminar en la oración. Allí es don­de las necesidades de todos ellos quedan tam­bién confiadas al Señor (cf . IX, III7; XI, III. 291). En la espiritualidad vicenciana difícilmente cabe una oración desencarnada del mundo y de la po­breza. Como apuntan las Constituciones de la C.M., hay que saber hacer «de los aconteci­mientos una particular experiencia de oración» In» 44). En esta misma línea se expresa San Vi­cente: «No hay nada tan conforme con el Evan­gelio como reunir, por un lado, luz y fuerzas pa­ra el alma en la oración, en la lectura y en el reti­ro. Y, por otro lado, ir luego a hacer participes a los hombres de este alimento espiritual. Eso es hacer lo que hizo nuestro Señor y, después de él, sus apóstoles; es juntar el oficio de Marta con el de María; es imitar a la paloma, que digiere a me­dias la comida que toma, y luego pone lo demás en el pico de sus pequeños para alimentarlos» (XI, 734).

Por último, ser contemplativo en la acción en­tronca de lleno con el núcleo de la espiritualidad vicenciana. Vicente llega a aproximar tanto los dos extremos que incluye la contemplación en la actividad ordinaria del servicio. «Diez veces al día irá una Hermana a ver a los enfermos, y diez ve­ces al día encontrará en ellos a Dios» (IX, 240; cf IX, 916. 1193-1194. 25; XI, 726…). De donde con­cluyen las actuales Constituciones de las Hijas de la Caridad: «Las Hijas de la Caridad contem­plan a Cristo a quien encuentran en el corazón y en la vida de los pobres. En una mirada de fe ven a Cristo en los pobres y a los pobres en Cristo» (n» 1. 17). Mientras los acontecimientos, la vida, los pobres… no se conviertan en materia de con­templación, es decir, mientras no se aprenda a ver a Dios en todo ello, a oír su voz y sentir interna­mente su pasión por aquellos que son víctimas de la injusticia del mundo, no se podrá estar se­guro de si Dios es una realidad o una simple idea.

Bibliografía

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  1. Véase el título de esta obra: A. D’AGNEL, Saint Vin­cent de Paul, maítre d’oraison, 2′ ed. P. Tequi, Paris 1929.
  2. Véase el interesante artículo de A. GUERRA, Oración cristiana, experiencia de gratuidad, en Confer 20(198III02- 124.
  3. K. BARTH, La oración, Salamanca 1969, 23-24.
  4. San Francisco, por su parte, se confiesa deudor de s. Buenaventura, s. Bruno, el P. Granada, sta. Teresa de Je­sús y otros espirituales españoles.
  5. Nótese el parecido de las descripciones vicencianas con algunas definiciones clásicas. San Gregorio Niseno: «La oración es una conversación o coloquio con Dios». San Juan Crisóstomo: «La oración es hablar con Dios». San Agustín: «La oración es la conversación de la monte a Dios con pia­doso y humilde afecto». San Juan Damasceno: «La oración es la elevación de la mente a Dios. La petición a Dios de cosas convenientes». San Buenaventura: «Oración es el piadoso afecto de la mente dirigido a Dios para alabarle y pedirle cosas convenientes a la eterna salvación». Cf. A. Royo MARIN, Teología de la perfección cristiana, BAC, Ma­drid 1955, 584-585. Pueden considerarse también estas otras. San Juan Clímaco: «La oración es conversación familiar y unión con Dios». Evagrio Póntico: «ES una elevación de la mente a Dios». Cf. J. RIVERA y J. M. IRABURU, 0. C., 732.
  6. Esta comparación nos hace pensar en Santa Tere­sa, al comparar la oración con el riego del jardín y las for­mas de oración con las cuatro maneras de sacar agua del pozo. Cf. Sta. TERESA, Vida, c. Xl. También San Francisco de Sales compara la oración con agua beneficiosa que re­verdece y hace florecer las plantas de nuestros buenos de­seos. Cf. S. FRANCISCO DE SALES, Introducción a la vida de­vota, 2ª parte, c. 1.
  7. La oración como alimento, como maná, ha sido de­sarrollada por varios autores espirituales. Así, por ejemplo, S. FRANCISCO DE SALES, Tratado del amor de Dios, VI, c. IV: «La oración es un maná de infinitos gustos deleitosos, de suavidad para los que de ella disfrutan». Véase también, P. Luis DE GRANADA, De la oración y meditación, parte I, c I.
  8. Santa Teresa valora mucho la oración vocal pero in­siste extraordinariamente en la atención. Cf., Moradas del Castillo Interior, 1, 1, 7; Camino de Perfección, Códice del Escorial, 37, 1
  9. Debajo de esta doctrina vicenciana está San Francisco Sales. No puede hacer valoración más alta: «La oración de jaculatorias no es difícil, y puede alternarse con todos nues­tros quehaceres y ocupaciones sin quebrantarlos… El rezo de jaculatorias puede suplir la falta de todas las demás ora­ciones, pero la falta de éstas no puede ser reemplazada con ningún otro medio». (Introducción…, 2ª parte, c. 13).
  10. Por ejemplo, Cf. S. IGNACIO, Constituciones de los Colegios, nn. 14-I5 y Sta. TERESA, Camino de Perfección, Códice del Escorial, c. XVII.
  11. Apoyamos nuestra afirmación en la opinión del te­ólogo J. M. GONZÁLEZ Ruiz, ¿A dónde va el catolicismo?, en Cuadernos para e! diálogo» 119 (1973) 424. (La expresión del autor exactamente es ésta: «Para mí, un creyente que no ora, no es creyente»).
  12. Las actuales Constituciones de las Hijas de la Cari­dad recuerdan a todas las Hermanas que la oración es cues­tión de vida o muerte espiritual. No pueden ser más explí­citas. Cf. Const. de las H. de la C, 2. 14.
  13. Esta comparación la encontramos en el P. RODRIGUEZ, Práctica de la perfección cristiana, parte I, trat. V, c. II.
  14. El diccionario de FURETIÉHE nos informa de la famo­sa fuente de Juventa: «Se habla ya de esta fuente en la no­vela de Houn de Bourdeaux, donde se afirma que existía una fuente en un lugar de delicias procedente del Nilo y del paraíso terrestre; poseía tal virtud que, si un hombre en­fermo bebía de ella y lavaba sus manos, quedaba al mo­mento sano, y si era viejo y decrépito, se convertia en un joven de treinta años; y cualquier mujer se transformaba en una doncella adorable.
  15. Varios autores modernos coinciden en esta misma reflexión que nos ofrece San Vicente. Para orar se necesi­ta humildad y, a su vez, la oración es fuente de crecimien­to en la misma virtud de la humildad porque ahí es donde el cristiano vive la más honda experiencia de su indigencia radical. cf. J. RIVERA-J. M. IRABURU o.c. 735
  16. En esta práctica, San Vicente es también deudor de San Francisco de Sales. Si Monseñor de Ginebra insiste mucho en esta parte de la oración puede que se deba a que se dirigía a laicos que, por llegar de sus ocupaciones cotidianas, tenían que realizar un esfuerzo particular para sumergirse en la oración. cf. Ch. A. BERNARD, Meditación, en Nuevo, diccionario de espiritualidad, Paulinas, Madrid 1983, 904.
  17. Conocida también con el nombre de Bárbara Avri­Ilot. Llevó a cabo la fundación de las Carmelitas reforma­das en Francia, mujer célebre por sus virtudes. De religio­sa tomó el nombre de María de la Encarnación.
  18. Fuera de la visión de los tres globos, a raíz de la muerte de la Madre Chantal, acaecida el 13 de diciembre de 1641, no se conocen otros fenómenos que salgan de la vida normal. Sí nos consta el rechazo de Vicente hacia los fenómenos extraordinarios sensibles que acontecen en el ámbito de la oración. Dice de ellos que «son más perju­diciales que provechosos» (cf. II, 180). Tal vez por esto, nun­ca se le ha considerado dentro de los místicos franceses del siglo XVII.

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