Espiritualidad vicenciana: Iglesia

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana0 Comments

CRÉDITOS
Autor: Juan José González, C.M. · Año publicación original: 1995.

O. INTRODUCCIÓN I. CARACTERÍSTICAS DE LA»ECLESIO­LOGIA» VICENCIANA 1 Visión encarnada y situada. 2 Visión viven­cial y dinámica. 3 Visión propia y carismática. II. VICENTE DE PAÚL EN EL CONTEXTO ECLESIOLÓGICO DEL S. XVII. III. LA IGLESIA DESDE EL MISTERIO DE Dios. 1. La Iglesia, obra del Padre. 2. La Iglesia, con­tinuadora de la misión de Jesucristo. 3. La Iglesia, guiada por el Espíritu. 4. IMÁGENES DE IGLESIA. 1. La Iglesia, «cuerpo místico de Cristo». 2. La Iglesia y el Reino de Dios. v. LA IGLE­SIA, COMUNIDAD JERÁRQUICA Y MINISTERIAL. 1. Jerarquía: servicio y autoridad. 2. Comunidad llamada a la santidad. 3. Los laicos en la comunidad eclesial. VI. LA IGLESIA, COMUNIDAD EVANGELIZADORA Y MISIONERA. VII. LA IGLESIA DE LOS POBRES, PUEBLO DE LA MISERICORDIA. VIII. APORTACIÓN VICENCIANA A LA ECLESIOLOGIA POSTERIOR.


Tiempo de lectura estimado: 24 minutos

O. Introducción

La conciencia eclesial es un elemento im­portante de la espiritualidad vicenciana. El Sr. Vi­cente siente una profunda sintonía y preocupa­ ción por la Iglesia. Toda su obra es eclesial y se fundamenta en una peculiar visión de lo que es la Iglesia.

No es fácil, sin embargo, estudiar la com­prensión vicenciana de la Iglesia, pues no en­contramos en él una eclesiología estructurada y completa. Hombre de experiencia y acción más que teólogo sistemático, no se plantea una re­flexión ordenada sobre la totalidad del ser de la Iglesia, no desarrolla una eclesiología. Sin em­bargo, esparcidas por sus diversos escritos apa­recen algunas alusiones a la comunidad eclesial. A través de esas palabras, que reflejan su espíri­tu y su visión de la Iglesia, así como de sus acti­tudes vitales y sus obras, se puede vislumbrar su comprensión de la Iglesia. Su doctrina eclesial, más vivida que formulada, se encuentra “implí­cita” tanto en su palabra como en su vida, en lo que escribe como en lo que practica, y da senti­do a su acción.

I. Características de la “eclesiología” vicenciana

Antes de desarrollar esa imagen “implícita” de la Iglesia que se trasluce en la obra de Vicente de Paúl conviene destacar algunas características de su visión de Iglesia.

1. Visión “encarnada” y “situada”

El método de reflexión de Vicente de Paúl no es puramente especulativo, sino que parte de un análisis de la realidad y de su propia experiencia eclesial. Sensible a los conocimientos empíricos y valorando mucho su propia experiencia, cono­ce bien la realidad de la Iglesia de su tiempo en sus distintos campos. Esa realidad le lleva a re­flexionar sobre la Iglesia, no por simple especu­lación, sino para intentar responder a las necesi­dades de reforma de esa Iglesia concreta.

La Iglesia que contempla Vicente es una co­munidad encarnada en la historia, peregrina, pe­cadora, visible, interdependiente del Estado, di­vidida, con unos pastores a veces incompetentes e indignos, con unas comunidades religiosas ne­cesitadas de reforma, con un pueblo fiel que ca­recía de adecuada evangelización. Es la Iglesia que experimenta Vicente, y a la que ama a pesar de sus defectos. Sin alejarse de esa realidad in­tenta dar respuesta a las necesidades eclesiales, viviendo y haciendo vivir una imagen nueva y más evangélica de Iglesia.

No se puede entender la obra de Vicente si­no desde la situación de la Iglesia francesa del s. XVII, desde su experiencia eclesial y desde el movimiento reformador en el que se inscribe. No es un genio solitario sino que se inscribe como hombre de la Contrarreforma en ese gran movimiento renovador que vive la Iglesia después del Concilio de Trento. Desde aquí hay que situar su visión de la Iglesia y se explica su obra.

2. Visión vivencial y dinámica

La Visión eclesial de Vicente de Paúl es inse­parable de su experiencia espiritual y pastoral. Su comprensión de la comunidad eclesial se va pu­rificando, completando y profundizando a la vez que va madurando su experiencia religiosa. No es la misma la imagen de Iglesia que manifiesta cuando es ordenado sacerdote que en la plenitud de su vida. Esa comprensión dinámica y evoluti­va está marcada por sus propias experiencias, pero a su vez, la purificación del verdadero sen­tido de la Iglesia irá iluminando su proceso de conversión y el descubrimiento de su vocación y misión.

La Iglesia con la que se encuentra el joven Vi­cente es una sociedad jerárquica, de marcado ca­rácter clerical, donde busca hacer carrera. La ex­periencia de Clichy (1612-1613) le hace purificar y enriquecer esa idea, cuando descubre al pue­blo y que su sacerdocio cobra sentido como ser­vicio al “pueblo de Dios”.

Otro hito en su proceso espiritual es la expe­riencia de Gannes-Folleville, donde descubre que la Iglesia es continuadora de la misión de Jesu­cristo en la evangelización, preferentemente de los pobres. En Châtillon (1617) comprende la to­talidad de su misión en la Iglesia, descubriendo el segundo brazo de la evangelización: la caridad y comprometiendo a los laicos en esta obra ecle­sial. Otras experiencias van marcando su vida y su visión de la Iglesia: Montmirail (1620-1621) significa el descubrimiento de que la evangeliza­ción de los pobres ha de ser una “nota” de la Igle­sia y criterio verificador de que está guiada por el Espíritu; en Beauvais (1628) descubre la impor­tancia de la formación del clero y el sentido de los ministerios en la Iglesia; la misión de Mada­gascar (1648) le ayuda a comprender la univer­salidad del Pueblo de Dios y su vocación misio­nera.

Estos hitos que marcan la comprensión de Vicente nos descubren que su doctrina sobre la Iglesia va naciendo al filo de sus vivencias y no es sino la formulación de su propia experiencia.

3. Visión propia y carismática

Si la visión eclesial de Vicente es en gran par­te fruto de su propia experiencia, también está muy relacionada con su propio carisma o espíri­tu. Su comprensión de Dios como el Padre de la misericordia, de Jesucristo como evangelizador de los pobres, su especial visión de los pobres des- de Dios y en Cristo marcan en cierta forma su “eclesiología”, que estará influenciada por esos elementos claves de su carisma: lugar preferen­cial de los pobres, centralidad de la caridad y evan­gelización, etc.

II. Vicente de Paúl en el contexto eclesiológico del s. XVII

Como hombre de su tiempo, para valorar su vision de Iglesia hay que situarlo y confrontarlo con el contexto en que se mueve. Como hombre del Postconcilio de Trento está influido por la ima­gen de Iglesia que de él brota. Aunque este con­cilio no se planteó globalmente el tema eclesial, el programa de reforma que traza tiene por base y trasfondo una determinada eclesiología, que tiene entre algunas de sus caraterísticas: carác­ter unilateral, apologético y antiprotestante; des­taca mucho la dimensión societaria y la estructura jerárquica; centralismo romano, juridicismo, hos­tilidad frente al mundo,…

La Reforma católica va a estar marcada por es­te especial sentido de Iglesia. La Iglesia es vista como “sociedad perfecta”, destacándose en ella su aspecto visible y jurídico frente a la “Iglesia in­visible” protestante. S. Roberto Belarmino la de­fine como “comunidad de hombres que están unidos por la misma fe y por la participación en los mismos sacramentos bajo la dirección de los pastores legítimos y, sobre todo, del único vica­rio de Cristo en la tierra, el pontífice romano”. La realidad interna, mística, de la Iglesia queda en pe­numbra; se tiende a identificar la Iglesia con su jerarquía, con lo que se reduce con frecuencia la eclesiología a “jerarquilogía”.

Es la vision de Iglesia que rodea a Vicente, en la que se forma, la que asume en ciertos aspec­tos y frente a la que reacciona en otros para en­riquecerla. Aunque original y personal en algunas de sus intuiciones, se refleja en su doctrina ecle­sial la influencia de sus “maestros”: el ideal de reforma de la Iglesia y clero de Berulle, la santi­dad abierta a todos los estados de Francisco de Sales, la fidelidad a la figura del Papa de A. Du­val… Incluso no faltan coincidencias con el Abad de Saint Cyran (dignidad del sacerdocio, con­templación crítica de la realidad eclesial, etc.) o con su amigo L. Abelly (defensa de autoridad del Papa frente a los Jansenistas). También en el campo eclesial, Vicente se sitúa entre el eclecti­cismo de quien sabe recoger y sintetizar y la ori­ginalidad de algunas de sus intuiciones.

III. La Iglesia desde el misterio de Dios

Si la eclesiología de la Contrarreforma desta­caba el aspecto visible y social de la comunidad eclesial, dejando en penumbra su realidad inter­na y espiritual, Vicente no va a olvidar el carácter misterioso de esta obra divina y su origen trini­tario, aunque no sea el aspecto más destacado de su visión eclesiológica.

1. La Iglesia, obra del Padre

Ocasionalmente y en contexto catequético o espiritual y con una finalidad práctica, Vicente alu­de al origen divino de la Iglesia y a la actuación de Dios en ella, acentuando la forma misteriosa, desconcertante e incomprensible para los hom­bres del modo de tratar Dios a su Iglesia. “Fija­os-comenta a sus misioneros- en esta manera de proceder de Dios que estableció y robusteció su Iglesia por medio de la destrucción y ruina de los que la sostenían” (XI, 292; cf. VIII, 146, IX, 70-71).

De esta actuación de Dios concluye que la Iglesia es una obra divina más que humana y por ello “seguirá en pié a pesar de todas las calami­dades”, a pesar de que fallen los apoyos huma­nos. Esto lo aplica a la difícil situación por la que pasa la Iglesia francesa de su tiempo y también a sus comunidades, en las que Dios actúa como “trató a la Iglesia al principio” (XI, 292; VI1, 63).

2. La Iglesia, continuadora de la misión de Je­sucristo

La concepción vicenciana de Iglesia está re­lacionada con su especial visión de Jesucristo, la “regla de la Misión”, al que contempla en línea misionera y caritativa. El Cristo de Vicente es el Jesús histórico, sencillo y trabajador, misionero, evangelizador de los pobres, lleno de amor com­pasivo y eficaz hacia los más pequeños, el adorador del Padre, obediente a su voluntad y abandonado a su Providencia. Desde esta com­prensión de Cristo y de su misión descubre la mi­sión de la Iglesia, que no es otra que continuar su obra, hacer lo que hizo en la tierra, cooperar con Él en la salvación de los hombres. Para ser fiel a su misión, la Iglesia ha de revestirse del Espíritu de Jesucristo y asumir sus actitudes y criterios. Esta íntima relación entre Cristo y su Iglesia la expresa sobre todo a través de imáge­nes, como la de “esposa del Salvador”, “cuer­po místico”, “viña del Señor”, etc.

3. La Iglesia, guiada por el Espíritu

Si la eclesiología de la Contrarreforma no de­jaba mucho lugar al Espíritu, tampoco en los es­critos vicencianos abundan las referencias a la persona y acción del Espíritu. Cuando Vicente alu­de al Espíritu Santo lo suele hacer con giros co­ mo “espíritu de Dios”, “espíritu de Jesucristo”, “espíritu del Evangelio” etc. y dando a la acción del espíritu un carácter cristológico y vital: el Es­píritu lleva a revestirse de Cristo, a vivir su Evan­gelio, a asumir sus actitudes y realizar sus obras (XI, 410-411. 737; IX, 444. 956. III3…).

Vicente descubre la presencia del Espíritu so­bre todo en la vida de la Iglesia, de sus comuni­dades y de sus miembros. “Cuando se dice que la Iglesia está guiada por el Espíritu Santo -expli­ca a sus misioneros- esto se entiende en gene­ral, cuando está reunida en los concilios, y tam­bién en particular, cuando los fieles siguen las luces de la fe y las reglas de la justicia cristiana” (XI, 728). Uno de los signos más claros de esa presencia actuante del Espíritu es que la Iglesia se dedique a la evangelización y servicio de los pobres. La evangelización de los pobres ha de ser un criterio y signo verificador de que el Espí­ritu guía a la Iglesia (X1, 730).

Dentro de la Iglesia, el Espíritu se manifiesta en la vida de sus comunidaddes, cada una de las cuales tiene un “espíritu particular” en cuanto que participa de distinta manera del Espíritu de Dios (IX, 524-527. 543). El “Espíritu santo y san­tificador” se “derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos”, manifestándose esa presencia en las actitudes de su vida, pues al habitar en ellos les “da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo” (XI, 411).

IV. Imágenes de la Iglesia

Uno de los caminos para acercarse a la com­prensión vicenciana de la Iglesia es analizar los nombres o imágenes con que la describe. Su ter­minología más habitual es la de “Iglesia de Dios” y raramente utiliza la expresión “pueblo de Dios” (V, 166; IX, 836). La íntima relación de la Iglesia con Jesús la expresa con la imagen paulina de “es­posa de Jesucristo” (1, 557; III, 165. 181; XI, 451- 452 etc). En contexto de misión y con sentido evangelizador o vocacional utiliza la imagen bíbli­ca de la “viña del Señor” (VIII, 52. 115; VI1, 461. 246; V, 100. 165. 438 etc.). Con parecido significado, pa­ra resaltar la amplitud de la Iglesia y la necesidad de obreros apostólicos acude a la imagen de la “mies” (VII 1, 114; X1, 734;VI1, 461,…).

En menos ocasiones utiliza otras imágenes como la del “redil” (X1, 729; V, 141), “edificio” (VIII, 84; VII, 63; VI, 557), “barca” (IX, 989). Otras imágenes tienen un carácter antropológico, co­mo cuando compara las etapas de la vida espiri­tual con la misión del apóstol de “purgar, ilumi­nar y unir a la Iglesia a su divino esposo” (III, 181) o cuando destaca su triste situación con expre­siones como “pobre Iglesia sufriente” (VI, 12; VI1, 83).

1. La Iglesia, “cuerpo místico de Cristo”

La imagen que más utiliza y que mejor refle­ja para Vicente de Paúl el significado de la co­munidad eclesial es la de “cuerpo de Cristo”, con la que quiere resaltar tanto el aspecto “vertical” de la Iglesia, unida espiritualmente a su Cabeza y Señor, como el “horizontal” de la comunión y solidaridad entre todos los miembros del cuerpo.

La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, que continúa su obra y la hace presente en la histo­ria. Lo que une a todos los miembros es la parti­cipación en el mismo espíritu de Jesucristo. La Cabeza infunde su espíritu y su vida en los miem­bros y de esa unión teologal con Cristo se deriva la comunión de todos los miembros entre sí (XI, 562; IX, 941). La pertenencia al mismo cuerpo es el fundamento eclesial de la compasión y de la caridad cristiana: “¿Y cómo puedo yo sentir su enfermedad sino a través de la participación que los dos tenemos en nuestro Señor, que es nues­tra cabeza? Todos los hombres componen un cuerpo místico; todos somos miembros unos de otros. Nunca se ha oído que un miembro, ni si­quiera en los animales, haya sido insensible al dolor de los demás miembros… Es imposible. To­dos nuestros miembros están tan unidos y tra­bados que el mal de uno es mal de los otros. Con mucha más razón, los cristianos, que son miem­bros de un solo cuerpo y miembros entre sí tie­nen que padecer juntos. ¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido al hermano sin llorar con él ni sentir­se enfermo con él! Esto es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad, es ser peor que las bestias” (XI, 560-561; cf. XI, 233).

Dentro del cuerpo eclesial Vicente presta una atención especial a los pobres, a quienes consi­dera los “miembros afligidos de nuestro Señor”, los “miembros doloridos de Jesucristo”. (I, 158; V, 583; VI, 459; VIII, 226). Estos”miembros vivos” han de ocupar un lugar privilegiado dentro de la Iglesia. La interpretación vicenciana de esta ima­gen eclesial es fundamental para comprender su acción apostólica y caritativa así como el carisma de sus comunidades: “servir a nuestro Señor en sus pobres miembros” es uno de los lemas de su vida y carisma fundamental de sus comuni­dades.

A partir de esta imagen insiste Vicente en la importancia de la unión y comunión dentro de ca­da comunidad y en toda la Iglesia, la colabora­ción y corresponsabilidad de todos por el bien del cuerpo dentro de la diversidad de funciones, la compasión y solidaridad entre todos los miembros (XI, 44. 402. 35. 401; IX, 21. 1098; XI, 233). La imagen de Iglesia como comunión o “cuerpo de Cristo” expresa su visión de la comunidad eclesial como la Iglesia de la misericordia, de la solidaridad con los pobres.

2. La Iglesia y el Reino de Dios

Vicente de Paúl relaciona estrechamente la Iglesia con la imagen del Reino de Dios, identifi­cando -a veces confusamente- ambas realidades. Aunque es consciente de la diversidad de inter­pretaciones sobre el significado del “Reinado de Dios”, “dominio de Dios sobre todas las criatu­ras”, “gobierno de la Iglesia”, “Dios reina sobre los justos”, XI, 424-433), destaca el carácter per­sonal, activo, eclesial, misionero, a la vez actual y escatológico y parcial en favor de los pobres de este Reino.

Para Vicente el Reino se construye sobre to­do en el interior de la persona (XI, 431-433), pero está llamado a manifestarse en el exterior me­diante la acción y tiende a su expansión. “No bas­ta con obrar de modo que Dios reine en nosotros -recuerda a sus misioneros-, sino que además es preciso que deseemos y procuremos que el rei­no de Dios se extienda por doquier, que Dios rei­ne en las almas” (XI, 435; Cf. XI, 785). Por ello, con esta categoría expresa la dimensión misionera de la Iglesia, que tiene como misión establecer el Reino y extenderlo por todo el mundo. La im­plantación o desaparición de la iglesia en un lu­gar no se diferencia de la expansión o destrucción del Reino en ese sitio (VI1, 46; XI, 244).

Una de sus grandes intuiciones es que en el Reino los privilegiados son los pobres. Conven­cido de la preferencia de Dios por los pequeños, no duda que el “Reino les pertenece a los pobres” (VIII, 290; IV, 18), lo que le lleva a formular la mi­sión de su comunidad -que es la de toda la Igle­sia- como “dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el Reino de los cielos y que este reino es para los pobres” (XI, 387).

Este Reino de Dios ha de ser buscado y co­menzado a construir en este mundo -aunque Vi­cente destaca más el carácter interior y personal que el aspecto externo y colectivo- pero tiene un aspecto escatológico en su plenitud, aunque en­tre ambos momentos exista una gran relación y continuidad (XI, 435; VIII, 334).

V. La Iglesia, comunidad jerárquica y ministerial

En un momento histórico en que destaca la Iglesia como “sociedad perfecta”, como comu­nidad visible y jerarquizada, Vicente, hombre de su tiempo, no puede menos que hacerse eco de esta eclesiología que, con algunas correcciones, también se refleja en su pensamiento. A través de sus escritos expone su comprensión de las di­versas formas de pertenencia al pueblo de Dios y el lugar que dentro de ella tienen los distintos estados y ministerios.

1. Jerarquía: servicio y autoridad

En una época en que la eclesiología casi se reduce a “jerarquilogía” y se produce una gran exaltación de la autoridad, Vicente de Paúl no se ve libre de esa mentalidad y mantiene una visión jerarquizada y ordenada de la Iglesia a través de unas fuertes relaciones de autoridad-obediencia (1X, 956). Sin embargo, su visión del papel de la autoridad en la Iglesia es profundamente evan­gélica: no es dominio, ni se impone por obligación; es don, servicio, humildad, desinterés,…, como se refleja en sus indicaciones sobre el ejercicio de la autoridad (IV, 173; 1, 528; II, 252; V, 53; VI, 68; XI, 238…).

La figura del PAPA, la contempla desde una “visión de fe”, “mirando en él a nuestro Señor”. Lo describe como el “padre común de todos los cristianos, la cabeza visible de la Iglesia, el vica­rio de Jesucristo, el sucesor de Pedro,…” (XI, 692), así como “siervo de los siervos de Dios” (IX, 302).

En un momento en que se impugnaba la au­toridad papal -sobre todo desde el galicanismo-, Vi­cente se muestra como un fiel defensor del papel y autoridad del “pastor de la Iglesia universal”, e incluso de su infalibilidad (II, 189; XI, 646). De ahí que viva y enseñe con insistencia la necesidad de una obediencia fiel y disponible al Papa, consciente de que a través de su persona se “nos da a conocer la voluntad de Dios” (III, 44; IV, 68. 99-100). Entre las funciones del “cabeza de la Iglesia” destaca Vicente que sólo a él le corresponde enviar ad gentes, en cuanto responsable último de la obra misionera (II, 214; III, 165. 147; II, 45).

Por sus relaciones con los OBISPOS y por su papel en la renovación del episcopado francés, Vicente conoce y valora este ministerio y su im­portancia para la vida de la Iglesia. Su propia ex­periencia le proporciona una idea clara del signi­ficado y la misión del obispo en la Iglesia, como se refleja, aunque asistemáticamente, en sus es­critos. Según las categorías de la época afirma que el obispo está en “estado de perfección adquiri­da” (XI, 640); pero donde más insiste es en su vocación pastoral: ellos son los “hombres apos­tólicos”, escogidos para “dar ciencia al pueblo, mantener a sus ovejas en el bien y conservar la Iglesia sin mancha ni arruga bajo su gobierno pas­toral” (III, 353). Por ello destaca el cuidado que hay que tener para su elección y las grandes líneas de su ministerio: celo pastoral unido al testimo­nio personal, abnegación por el rebaño, espíritu de humildad y pobreza, mansedumbre, preocu­pación especial por los más pobres,… a imagen de Jesucristo “el obispo de los obispos y su mo­delo más perfecto” (VIII, 252).

En un ambiente de reforma eclesial, que exi­gía una preocupación por la formación de los SA­CERDOTES y una profundización en la teología y es­piritualidad sacerdotal, Vicente de Paúl como la “escuela sacerdotal francesa” va a colaborar a la reforma del clero no sólo con su trabajo en los se­minarios y en las “Conferencias de los Martes”, sino también con una reflexión sobre el sacer­docio y su lugar en la Iglesia.

Consciente de que los sacerdotes indignos son el origen “de los desastres que vemos en la Iglesia” y sus “peores enemigos” (VI1, 397; V, 540-541), destaca que este ministerio ha de ser fruto de una “verdadera vocación de Dios” y una “intención pura” pues “Dios no da las gracias necesarias para cumplir con las obligaciones de este estado sagrado más que a aquellos a quie­nes llama” (VII, 396). A pesar de las críticas a la vida de muchos sacerdotes, Vicente insiste en la dignidad del sacerdocio, “el ministerio más alto que existe en la tierra”, “un estado santo y ele­vado”, pues “los sacerdotes son los mediadores para reconciliar a los hombres con Dios” y “par­ticipan del sacerdocio eterno del Hijo de Dios” (VI, 370; XI, 52. 204. 403. 406-407. 385; VI, 370).

Desde un punto de vista marcadamente Cris­tológico y misionero, ve en los sacerdotes los “instrumentos por quienes el Hijo de Dios conti­núa haciendo desde el cielo lo que Él hizo en la tierra” (XI, 387), “instrumentos de Dios para sal­var a otros muchos” (V, 538; VI, 63), “continua­dores de la misión de Cristo”. La misión del sa­cerdote se resume en hacer lo que hizo Jesús y a la manera como lo hizo, equilibrando la visión del sacerdote como “hombre de lo sagrado” con la de “hombre para la misión”, Y como conti­nuador del espíritu de Jesucristo, no puede olvi­dar que se debe a todos, especialmente a los más pobres; la opción por los pobres, propia de toda la Iglesia, ha de ser asumida especialmente por sus ministros (XI, 771. 393).

2. Comunidad llamada a la santidad

La “santa esposa del Salvador”, la comunidad de los creyentes está llamada a la santidad, a la perfección de la vida cristiana, que para Vicente se “encuentra en la caridad” y en el cumplimiento de la voluntad de Dios. “Todos los cristianos es­tán obligados a la perfección”, pues en cualquier situación o vocación el cristiano se puede santi­ficar. Aunque Vicente reconoce estados de vida “más perfectos”, valora más la perfección en el propio estado que el estado en sí .

Asume la doctrina tradicional de que los reli­giosos están “en estado de perfección por ad­quirir”, en cuanto que todo les conduce hacia ella, pero si bien este estado ofrece los medios, no concede esa santidad automáticamente, pues bien sabe Vicente por la experiencia de la situa­ción de la vida religiosa del tiempo que “no es la religión la que hace santos” (V1I, 141; XI, 641; IX, 764).

3. Los laicos en la comunidad eclesial

Vicente de Paúl se entusiasmó con la idea de su maestro, S. Francisco de Sales, de que “don­de quiera que nos encontremos podemos y de­bemos aspirar a la vida perfecta”. Por ello se pro­puso ayudar a los laicos con los que trabajaba a hacer vida este ideal, convencido de que el se­glar puede llegar en su estado y profesión al gra­do de virtud que el religioso en su vocación. En­tre ambas vocaciones no hay diferencia de fines, sino de medios (X, 217-218; IV, 294; X1, 404).

Vicente es consciente de que también el lai­co ha recibido una vocación a participar en la mi­sión de la Iglesia; no es un mero receptor pasivo sino que tiene un compromiso en la tarea evan­gelizadora y caritativa de la Iglesia. Desde un mo­delo misionero de Iglesia descubre que la evan­gelización es misión de toda la Iglesia, por lo que no duda en comprometer a los laicos en la vida apostólica. A través de las comunidades laicales que funda y dirige, refleja su visión del laico y de su papel en la Iglesia: el ministerio laical brota de una vocación divina y supone una vivencia cris­tiana, una vida unificada desde la fe, por lo que ha de estar acompañado por una profunda vida espiritual; este ministerio es una participación de la misión de Cristo y de su predilección por los pobres, por los que hay que servir en ellos al pro­pio Jesús; este servicio ha de ser integral e incluir la “asistencia corporal y espiritual”; el ministerio laical ha de ser ejercido sintiendo con la Iglesia y sintiéndose Iglesia, en comunidad, organizada­mente, desde una apertura al mundo y a sus ne­cesidades con realismo y capacidad de discerni­miento…

Dentro del ministerio laical destaca en Vicen­te de Paúl su comprensión del lugar de la mujer en la Iglesia. En un tiempo en que la mujer es so­cial y eclesialmente marginada, él, sin ser femi­nista, va a descubrir las cualidades y valores de la mujer y los pone al servicio de su obra pasto­ral y caritativa. Volviendo la mirada a la historia del Pueblo de Israel y a los primeros siglos cristianos, descubre modelos inspiradores de mujeres que iluminan el presente (Judit, Esther, mujeres que servían al Señor y a los apóstoles, diaconisas,…) y son propuestas como modelo de los miembros de las Cofradías y Damas de la Caridad (X, 939. 953. 957; IX, 34. 38-39. 1200; XI, 393). Con estas mujeres ensaya una promoción de la mu­jer en la Iglesia a través de la tarea de la procla­mación de la caridad.

Con un gran sentido práctico y de organización, consigue desde una opción por los pobres y por la mujer, que ésta salga a la calle para el servicio a los enfermos, no sólo a través de asociaciones laicales, sino también organizando una “sociedad de vida apostólica” -las Hijas de la Caridad- con la que introduce una nueva estructura jurídica en la vida consagrada femenina, demostrando que el aislamiento del mundo no monopoliza el esta­do de perfección y dando así un gran impulso al apostolado de la mujer en la Iglesia.

VI. La Iglesia, comunidad evangelizadora y misionera

Vicente de Paúl destaca la misión evangeliza­dora de la Iglesia, como continuadora de la obra de Cristo, evangelizador de los pobres. La Iglesia es la “viña del Señor”, una amplia mies que ne­cesita ser evangelizada y a la vez evangelizadora.

Para él están muy unidos salvación, Iglesia y evangelización. Y la Iglesia se convierte en instru­mento de salvación cuando instruye sobre las ver­dades cristianas, pues según la mentalidad vicen­ciana “nadie puede salvarse sin saber los principales misterios de la fe” (IX, 919. 1049-1050; X1, 387. 267­268). Además, la situación de Francia, una Iglesia en estado de misión, le urge a trabajar por la puri­ficación y vivificación de la fe, mediante una “nue­va evangelización” (II, 356; X, 38-39).

Evangelizar, que era “por excelencia el ofi­cio del Hijo de Dios” es la misión más propia de la Iglesia. Su comprensión de lo que significa la evangelización se manifiesta cuando afirma que “evangelizar a los pobres no es solamente en­señar los misterios necesarios para la salvación, sino hacer todas las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el Evangelio” (XI, 391).

Como instrumentos para ese anuncio de las verdades de la fe va a insistir en una catequesis sistemática y en un estilo popular de predicación -el pequeño método-. Pero la evangelización no se reduce al anuncio verbal, pues la acción, los gestos, la vida han de acompañar y preceder a la enseñanza -“evangelizar de palabra y de obra”-. En este sentido la evangelización está muy uni­da al servicio caritativo, pues la caridad comple­ta y verifica el anuncio y pasa a ser un elemento central de la evangelización.

Como método evangelizador utiliza Vicente principalmente la “misión popular”, una forma de predicación extraordinaria de carácter sistemáti­co que tiende a la instrucción de la comunidad evangelizada, a su conversión y a la revitalización de su vida sacramental y caritativa.

Poco a poco descubre la universalidad de es­ta misión evangelizadora y la consecuente ur­gencia misionera. Su temor ante la posible de­saparición de la Iglesia en Europa y su deseo de extenderla por otros países (III, 37. 143. 165; V, 398; XI, 243-246. 2051, su eclesialidad que le hace ver en el Papa al único que puede enviar “ad gentes” y al que es obligatorio obedecer (II, 45. 214; III, 165. 147), la contemplación de la dimensión mi­sionera de la caridad al descubrir que el pobre no tiene fronteras, el descubrimiento de la vocación misionera de su comunidad (II, 45; III, 255-260), etc., le hacen profundizar en la comprensión de la universalidad de la Iglesia y en su dimensión misionera, siguiendo el mandato de su Fundador.

VII. La Iglesia de los pobres, pueblo de la misericordia

No son tanto sus estudios teológicos sino el contacto con los pobres lo que lleva a Vicente a formarse una imagen de Iglesia y a comprome­terse en la tarea de darle un nuevo rostro. Para­lelamente al descubrimiento del sentido del po­bre, va completando y purificando su modelo de Iglesia y la relación de ésta con el mundo de los pobres.

Su especial visión de los pobres va a influir en su comprensión de la Iglesia y del lugar que en ella tienen los humildes, los débiles. Vicente no ideologiza al pobre; éste es una persona concre­ta que vive en una situación de miseria, explota­ción, marginación o injusticia. Pero sin olvidar ese sentido real y concreto, a la luz de la fe descubre en el necesitado un significado evangélico pro­fundo: ese ser humillado, al “dar la vuelta a la medalla” aparece como un ser inspirador y re­velador, imagen de Dios, mediación viviente de Cristo y “miembro más precioso del cuerpo de Cristo” (XI, 725; IX, 25. 34).

Su visión eclesiológica está marcada por es­ta centralidad del pobre. Vicente redescubre a la Iglesia su opción por los pobres: ellos son los “predilectos de Dios”, los que conservan la “ver­dadera religión”, los “grandes señores del cie­lo”, los “intercesores delante de Dios”, “nues­tros amos y señores” (X1, 125. 324. 273. 462; IX, 99. 125. 367. 241. 1194; X, 950. 686). La predi­lección por los pobres tiene en Vicente además de este fundamento antropológico, otro cristoló­gico: la Iglesia como continuadora del misterio de Cristo debe prolongar su pobreza, su predi­lección por los pequeños y su identificación con ellos (X, 954-955; XI, 33-34, 387, 725).

Al justificar esta implicación Iglesia-pobres, vuelve la mirada a los orígenes de la Iglesia: “Dios empezó la Iglesia por unos pobres” (XI, 54. 335; IX, 28. 1055). Esta elección sigue vigente en la Iglesia; Dios sigue escogiendo a los pequeños, a las “pobres gentes” para continuar su obra, pues entre ellos se conserva la “fe viva”, la “verdadera religión”.

Así pues, Vicente de Paúl pone las bases an­tropológicas, cristológicas y eclesiológicas para poder hablar de una “Iglesia de los pobres”, pe­ro no sistematiza esta doctrina ni saca todas las consecuencias —por lo menos teóricas, aunque sí en su praxis eclesial—. Va a ser su discípulo Ja­cobo B. Bossuet quien en su “Sermón sobre la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia” for­mula sistemáticamente la doctrina vicenciana. “La Iglesia en su primer plan no ha sido edifica­da sino para los pobres”; “la Iglesia de Jesucris­to es verdaderamente la ciudad de los pobres”; “los ricos no son permitidos sino por tolerancia, con la condición de servir a los pobres”.

Si en Vicente subyace la visión de una “Igle­sia de los pobres”, le preocupa también que se haga realidad que la Iglesia es para los pobres. És­tos han de ser el punto de referencia para la vi­da eclesial, pues si se despreocupara de los pe­queños perdería su naturaleza y su sentido. Por ello su tarea va a ser devolver, tanto al sacerdo­cio como a los laicos, al contacto y servicio de los pobres, como exigencia de la propia fe y no sólo por filantropía.

Esta cercanía a los pequeños será para él sig­no de pertenencia a la verdadera Iglesia y crite­rio discernidor de la fidelidad de ésta a su misión, pues una Iglesia que ignora a los pobres no es si­no una caricatura de la Iglesia de Jesús. La obra de Vicente es un intento de mostrar el verdade­ro rostro de la Iglesia, comunidad que, sin re­chazar a nadie, concreta su preferencia en los más pequeños. Su misión se puede resumir en su esfuerzo por devolver a los pobres a la Iglesia y la Iglesia a los pobres.

El, que consideraba a los pobres los primeros hitos de la Iglesia, se creyó obligado a servirles. La Iglesia de los pobres ha de ser una comuni­dad en la que se vive la misericordia. Desde la ex­periencia de Vicente, la misericordia ha de ser una de las notas de la verdadera Iglesia de Je­sucristo. Ésta ha de traducir el gran misterio de la gratuidad y misericordia de Dios. “Lo propio de Dios es la misericordia” -afirma Vicente-; el atri­buto de Dios que más destaca es su ternura, su cercanía al hombre, insinuando el rostro mater­nal de Dios (XI, 233-234; X, 298. 954; IX, 137, 319, 1057). Esta actitud del Padre se revela sobre to­do en la persona de Jesús; toda su vida, sus pa­labras, sentimientos, acciones, convergen hacia la disponibilidad misericordiosa hacia los hom­bres (XI, 560; X, 954. 958). De esta visión Cristo-lógica, centro de la fe vicenciana, se deriva su praxis eclesial: la Iglesia, presencia de Cristo en la historia, ha de ser signo de la misericordia de Jesucristo entre los pobres, el pueblo de la mi­sericordia.

Esta actitud tiene también un fundamento en la imagen eclesial de “cuerpo de Cristo”, anima­do por el mismo Espíritu. Como miembros del mismo cuerpo, como partícipes del espíritu de Jesucristo, los creyentes han de vivir el espíritu de compasión y misericordia. “¡Ser cristiano y ver afligido al hermano sin llorar con él ni sentir­se enfermo con él! -exclama Vicente-. Esto es no tener caridad; es ser cristiano en pintura” (XI, 561-562). La misericordia cristiana ha de brotar de estos fundamentos y se ha de convertir en el es­tilo propio del creyente y acompañar toda su vi­da (XI, 234. 253).

Para ser auténtica, ha de ser una actitud afec­tiva a la vez que efectiva (XI, 771; IX, 534), ha de tener como objeto la totalidad de la persona, buscando su bien (X, 567. 901; IX, 73. 536), ha de ir acompañada y precedida de la justicia, pues “no puede haber caridad si no va acompañada de justicia” (II, 48; VI1, 525), ha de vivirse con mo­tivación pura, en nombre de Jesús y a su estilo (VI I, 90-91)… Así entendida, la misericordia pasa a ser para Vicente una nota de la Iglesia de Dios y de cada uno de sus miembros. Cuando la Igle­sia se preocupa del hombre que sufre, movida por este espíritu, se va edificando y constru­yendo, a la vez que ganando en autenticidad y credibilidad.

VIII. Aportación vicenciana a la eclesiología posterior

En la oración fúnebre a la muerte de Vicente de Paúl su amigo, Mons. Maupas de Tours afir­maba: (¿Ha cambiado casi totalmente el rostro de la Iglesia”. Desde su experiencia personal y ecle­sial y desde su fe Vicente había trabajado por cambiar la imagen de una Iglesia necesitada de reforma. Hombre de experiencia y acción, su obra se refleja más en sus actitudes vitales y en su praxis eclesial que en su reflexión teológica teórica, pero a través de aquéllas refleja su pro­pia visión de lo que ha de ser la Iglesia de Jesu­cristo, el “rostro” que le gustaría reflejara el Pue­blo de Dios.

Aunque hombre de su tiempo e influido por la eclesiología del momento, Vicente va a apor­tar algunos elementos a la visión eclesial de su tiempo, que van a pasar a la eclesiología poste­rior. En su doctrina eclesial destacan algunas in­tuiciones que, si bien están presentes en la Igle­sia desde sus orígenes, en ciertos momentos o situaciones fueron olvidadas o minusvaloradas. Estas intuiciones, no desarrolladas ni sistemati­zadas pero sí vivenciadas en su obra suponen se­guramente lo más original y valioso de su visión de Iglesia. Entre esas aportaciones vicencianas se pueden destacar:

  • Centralidad de la categoría de “pueblo” y conciencia de que la vida eclesial ha de estar en función del “pobre pueblo”.
  • Insistencia en la evangelización como ele­mento fundamental y estructurante de la Iglesia.
  • Lugar central que en el “cuerpo de Cristo” tienen los pobres, poniendo las bases de una re­flexión sobre la “Iglesia de los pobres”, que se va construyendo por la caridad y misericordia.
  • Apertura de nuevos cauces para la vida re­ligiosa, al destacar la consagración a Dios desde el interior del mundo y desde la opción por los po­bres, a la vez que hace aportaciones en el cam­po de la teología del sacerdocio.
  • Redescubrimiento del lugar del laicado en la vida de la Iglesia, desde una espiritualidad bau­tismal, con una llamada universal a la santidad y a la participación en el apostolado, especialmen­te en los campos de la organización de la caridad y en la evangelización. Reincorporación de la mu­jer a la vida de la Iglesia y a sus trabajos apostó­licos.

Éstas y otras intuiciones justifican que Vicen­te de Paúl pueda ser considerado como uno de los “arquitectos de la Iglesia moderna”. Su visión eclesial queda abierta al presente, pues elemen­tos propios del “espíritu vicenciano” han sido asu­midos y enriquecidos en la reflexión y praxis ecle­sial posterior. Elementos de la eclesiología actual, tal como aparece reflejada en la Constitución “Lu­men Gentium” del Concilio Vaticano II o en otras corrientes teológicas, como la “Teología de la Li­beración”, tienen resonancias en la doctrina y prác­tica eclesial de Vicente de Paúl, por lo que éste puede ser considerado como un auténtico “pro­feta” de la eclesiología actual.

Bibliografía

L. MEZZADRI, L’Eglise en France au temps de Saint Vincent. en Vincetiana, 28(1984)356- 392.- id., La Chiesa di Francia nel XVII seco-lo, en Vincentiana 31 (1987) 438-456.- SAN VI­CENTE DE PAÚL Y LA IGLESIA, EN ANALES 82 (1974)75-84.- J. DELARUE, Vicente de Paúl, la fe que dio sentido a su vida, CEME, Salaman­ca, 1977, 153-194.- A. SILVESTRE, Saint Vincent et l’Eglise, en Monsieur Vincent, témoin de l’Evangile, Toulouse 1990, 121-131.- J. SE­GUY, San Vicente apocalíptico, en Anales 92 (1984) 205-216.

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

Pincha aquí para más información sobre Javier

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *