Espiritualidad vicenciana: Dementes

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Rafael Villarroya, C.M. · Year of first publication: 1995.

SUMARIO: I. Los dementes en el siglo XVII en Francia.- II. Visión vicenciana o el amor a los dementes.- III. Acción vi­cenciana o el amor efectivo a los dementes: 1.- Los pensionistas de San Lázaro. 2.- El cuidado y el servicio a los dementes.


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I. Los dementes en el siglo XVII en Francia

Para comprender y valorar la evangelización vicenciana con los dementes, conviene recordar que hasta la última parte del siglo XVIII, con Pi­nel (1745-1826), no hubo en Francia ni psiquiá­tricos ni actuación psiquiátrica científica, tal como se concibe actualmente.

Para las gentes del siglo XVII, «que basaba la grandeza del hombre en su razón y voluntad», un loco es «un ser ausente de sí mismo». El loco es un enfermo del alma y su locura es una enfer­medad, ocasionada por una determinada pertur­bación, ante todo física. Esta perturbación es la que impide al alma ejercer sus funciones de ra­zonamiento, memoria e imaginación.

Las enfermedades mentales son consecuen­cia de una «cocción» de alguno de los cuatro hu­mores (sangre, bilis, linfa y humor negro). Al ca­lentarse excesivamente, estos humores producen substancias nocivas que dañan al cerebro. Las principales enfermedades mentales son el fre­nesí, las manías y la melancolía.

Si la grandeza del hombre requiere el domi­nio de sí mismo, el loco, el ausente de sí mis­mo, es además considerado como una presa fá­cil del genio, la cólera, y del demonio u otros es­píritus.

Con este cuadro delante, no es de extrañar, que los medios de curación se busquen entre los que calman y tonifican, sobre todo, el opio; los que eliminan los humores dañados: purgas, sangrías y toda clase de evacuantes; es también el mis­mo hombre normal el que proporciona los ele­mentos que pueden combatir, por eso se utilizan pócimas humanas a base de excrementos, pol­vos de cráneo, cabellos quemados… La magia, los exorcismos, junto con prácticas religiosas y pe­regrinaciones a Santos determinados, con pode­res extraordinarios, serán también medios ade­cuados de curación, sobre todo cuando al loco, perdido el dominio de sí mismo, se le considera que ha pasado a depender de «otros».

En una sociedad que predica la norma y el or­den como ideal humano y que tiene sólo un co­nocimiento médico del comportamiento humano, anclado en siglos pasados, no puede tener cabida la enfermedad mental en sentido moderno.

Esta sociedad del siglo XVII, que define a los locos, como desequilibrados en el orden perso­nal y los considera también como marginados del orden social existente, los coloca entre los men­digos, vagabundos, rebeldes y «monstruos» de la naturaleza. Por eso, su tarea principal consiste en defenderse de todos éstos, creando lugares de «encerramiento». La asistencia, que presta a este grupo de marginados, se reduce propiamente a apartarlos de la vida social.

Desde 1611, hay en París tres lugares llama­dos hospitales de pobres «enfermes». En ellos, se encierra tanto a locos e insensatos, como a jó­venes y mujeres desvergonzadas, incorregibles, niños difíciles y a mendigos ociosos y vagabun­dos… Estas casas funcionarán hasta 1656, año en que se creó para todos ellos el gran Hospital Ge­neral. Entre el 5 el 10 por ciento de todos los «encerrados» en esta nueva institución serán los propiamente dementes.

La apertura y la organización de estas institu­ciones sociales es el resultado de una asistencia pública, motivada por las múltiples visiones que la sociedad de entonces tenía sobre los margi­nados; visiones que van desde considerarlos só­lo como un peligro social y sanitario, hasta tener de ellos la visión cristiana del pobre, e incluso ver en ellos la imagen de Cristo crucificado. Serán es­tas distintas visiones las que proporcionarán los diversos medios de atención para con ellos.

II. Visión vicenciana o el amor a los dementes

Cuando a Vicente le ofrecieron el Priorato de S. Lázaro, dudó mucho en aceptarlo. En S. Láza­ro, había mucha cosas; entre ellas, un «encerra­miento de locos», sobre las que había que hacer un profundo discernimiento. Discernimiento que a Vicente le llevó más de un año.

Vicente comenzó por aceptar el servicio a los locos, para pasar muy pronto a tener una gran predilección por ellos. «En aquel tiempo –decía Vi­cente– tuvimos un juicio, en el que se ventilaba si nos echaban o nos dejaban en la casa de S. Lá­zaro; me acuerdo que entonces me planteé a mí mismo esta pregunta: Si hubiera que dejar ahora esta casa ¿qué es lo que te cuesta o te cos­taría más? ¿qué es lo que te causaría mayor disgusto y pena? Y me pareció entonces que lo peor sería tener que dejar de ver a esas pobres gentes (locos), verme obligado a dejar su cuida­do y servicio» (XI, 715). Vicente, en este peque­ño espacio de tiempo (el 8 de enero de 1632 to­mó posesión de S. Lázaro y el 21 de agosto se tuvo el juicio), ha pasado del «tuvimos que asu­mir su cuidado» a quererlos, y además con pre­dilección. Ha mirado a esos dementes y los ha vis­to a la luz del Evangelio. Este paso, del «tuvimos que asumir su cuidado» hasta «lo peor sería te­ner que dejarlos», es lo que trata de explicar en sus conferencias a todos los misioneros, sobre todo a los que se dedican principalmente a ellos en S. Lázaro. Sus razonamientos son claros y los podemos resumir así:

  • Dios los quiere: es una cosa agradable a Dios el dedicarse al alivio de estos afligidos. Es una de las obras que más le agradan (XI, 716).
  • Es una obra mucho más meritoria que otras, porque la naturaleza no encuentra en ella, ningu­na satisfacción (Xl, 716).
  • Dios nos ha llamado a la imitación y segui­miento de Cristo, es Nuestro Señor la regla de la Misión, y él quiso verse rodeado de lunáticos, endemoniados, locos, tentados y posesos. Estos dementes pertenecen al lote de los pobres, lote que nos ha tocado a nosotros. Algunos dirán ¿por qué perder el tiempo con los locos? No importa; nuestra vocación es Evangelizare pauperibus. (X, 129; XI, 387, 394-95, 429).
  • La solidaridad de Cristo con estos hombres le llevó a ser tomado por uno de ellos. (Mc. 2, 21; XI, 394).
  • El sufrimiento es la escuela de la santidad personal y del servicio a los demás. La enferme­dad es siempre para el bien y la salvacion de los hombres. Los enfermos son una bendición de la Compañía. El compartir, dar remedio y mirar a Cristo en los enfermos tiene la más pura realiza­ción, cuando se trata de los locos, de los que no se puede esperar una mínima recompensa (XI, 716-17).

Vicente termina su alocución con un profun­do deseo: «¡Oh, Salvador mío y Dios mío! ¡Con­cédenos la gracia de mirar estas cosas con los mismos ojos con que tú las miras!» (XI, 716).

Ferrús, representante en 1784 del que es con­siderado fundador de la psiquiatría en Francia, el psiquiatra Pinel, escribía: «Vicente de Paúl, este digno apóstol del Evangelio, fue el primero que predicó con entusiasmo a favor de estos infelices. ¡Es un hecho cierto! ¡Y además, sobre todo, siem­pre los defendía!».

Esta visión vicenciana es, sin duda, la base y el fundamento de la obra con los locos, pero no es todo. Este amor afectivo, interno, debe ter­minar en una realización externa, en un amor efectivo para comprender toda tarea vicenciana.

El Doctor Werner Leibrand, que escribió una vida de san Vicente desde el punto de vista de su profesión médica, enjuicia la obra de Vicente con los locos diciendo: «Todos los intentos para relacionar a Vicente con las ideas racionalistas del siglo XVIII han de fracasar, porque no tienen en cuenta las características de su personalidad evangélica. Pero sería igualmente desacertado, co­mo lo hace Jacques Vié, pensar que su misticis­mo es la única base teorética de la posición prag­mática de Vicente» (pg. 168-69).

III. Acción vicenciana o el amor efectivo a los de­mentes

1. Los pensionistas de S. Lázaro

Cuando Vicente llegó a San Lázaro el 8 de enero de 1632 con alrededor de veinticinco mi­sioneros, había en el Priorato dos o tres locos y probablemente (o vinieron muy pronto) algunos otros débiles de espíritu o mentecatos y algunas personas de mala conducta. También desde 1637, se internaban en S. Lázaro sacerdotes vagabun­dos o mendigos, que habían roto con sus dióce­sis y que en París causaban algún escándalo.

Todos estos forman el grupo de los «pensio­nistas». De estos pensionistas, dice Vicente que unos son enfermos de cuerpo y otros de espíri­tu, unos dementes y otros ligeros, unos sin razón y otros viciosos, en una palabra, alienados de es­píritu, pero unos por enfermedad y otros por ma­licia, aquéllos están aquí para recobrar su salud y éstos para corregirse de su mala vida (XI, 716).

Estas dos clases de hombres son los que ocu­paban el correccional de S. Lázaro, un edificio de varias plantas, con habitaciones particulares, al­gunas con rejas y a los que se les vigilaba estre­chamente, incluso con varios perros.

Para un encerramiento prolongado, era nece­sario la autorización de un magistrado. Sólo cuan­do el encerramiento era de algunas semanas, nunca superior a tres meses, podía hacerlo la fa­milia. Eran en general familias de «qualité» que se comprometían a pagar una pensión. A veces, el Parlamento ordenaba el encerramiento de un individuo y entonces era el Tesoro Público el que pagaba.

Había distintos tipos de pensión, que obliga­ban también a distintas clases de servicios. Se cal­cula entre 50 y 60 el número de los que pasaron por San Lázaro en tiempos de Vicente.

Tanto las familias, como los mismos pensio­nistas, trataban de ocultar su paso por el correc­cional de S. Lázaro, sin embargo desde finales del siglo XVII hasta el 13 de julio de 1789, día del asalto a S. Lázaro, se conservan algunas listas de los encerrados, y los procesos oficiales de las vi­sitas ordenadas por el Parlamento.

Sabemos que desde diciembre de 1634 es­tuvo allí Juan de Montholon, de 21 años, herma­no de Guido-Francisco, abogado del Parlamento. Estaba allí a petición del abogado, que era su tu­tor, por haberse casado con una menor, y estu­vo al borde de la locura antes de escaparse, en­tre marzo y abril de 1635 (I, 313. 317).

En 1646, estuvo de pensionista el poeta Chapelle, amigo de Moliere, La Fontaine y Boileau. Después de la muerte de Vicente, encontramos nobles, como el hermano del Cardenal Estrées, dos caballeros de Haye-Montbault, Enrique-Luis de Lomenie, conde de Friesne, que estuvo 18 años. También políticos, como Caron de Beau­marchais, el caballero de Grieux, del que nos ha­bla Prévost. Entre los eclesiásticos, estuvieron el abbé Longué y el abbé Blanch, junto con el su­perior general de la Orden del Espíritu Santo.

Los relatos que algunos de ellos escribieron, contando su estancia en S. Lázaro, pecan de par­cialidad por exagerados elogios o reproches. Cier­tamente, hubo en siglo XVII coplas populares en las que se ridiculizaba a los lazaristas guardianes, pero también hay informes de los inspectores de prisiones en los que se coloca al correccional de S. Lázaro entre las casas modelo, mucho mejor que otros establecimientos de este género que había en París.

2. El cuidado y el servicio a los dementes

El médico antes citado, Werner Leibrand, es­cribía: «Estarnos cansados de saber que fue Pi­nel, en el siglo XVIII, quien libertó a los locos de sus cadenas…, pero fue en realidad san Vicente el gran psiquíatra de su siglo, y en el cuidado de los locos, tienen una gran participación los reli­giosos de la Misión» (pg. 158).

Vicente, antes de llegar a S. Lázaro, ya habla intervenido en varios casos de psicópatas, don­de pone en práctica su amor y su ciencia.

Conocemos, hacia 1610, el caso de Coéffe­tean, el doctor capellán de la corte de la reina Margot, al que Vicente le receta reposo y no ejer­cicios piadosos (XI, 725-26).

En 1618, intervino en la enfermedad de María Angélica de Atri. Caso que califica no de posesión, a la que haya que darle los exorcismos, sino de debilitamiento mental por humores melancólicos y a la que recomienda «estar con su tía y que és­ta la lleve a tomar el aire de los campos», en lu­gar del trato con Saint-Cyran, que la empujaba de una manera obsesiva a la vida religiosa (I, 431. 473-75).

Entre 1622-23, Vicente conoce a la salesa Ma­ría Amaury, perturbada mental con tendencia al sacrilegio. Vicente ha visto el tratamiento médi­co que se le ha aplicado, pero él cree en la cura­ción milagrosa que se ha producido (X, 79-80).

En el consejo del 25 de octubre de 1646, que tiene con las Hijas de la Caridad, se plantea el ca­so de una muchacha de Angers, que estuvo en la Compañía, tuvo que salir «por una grave en­fermedad, que le dejó la imaginación herida» y ahora quiere volver. Vicente es claro partidario de no readmitirla, siguiendo su experiencia de que las readmisiones nunca resultan; pero, ante las ob­servaciones que hace el P. Portail y sobre todo Luisa, que juzga la salida por causa solamente de la enfermedad y la enfermedad «por haberse de­dicado a la oración con más intensidad de lo que sus fuerzas le permitían», forzada sin duda por un padre que la dirigía, Vicente cambia de opinión y acepta su vuelta (X, 754-758).

Abelly nos trae parte de una conferencia, en la que Vicente nos describe el caso de un sacer­dote, pensionista de S. Lázaro, «que caía en fre­cuentes delirios, fruto del exceso de humor de melancolía que le hace perder el dominio de su voluntad, perdiendo el juicio y la libertad». Vicente diagnostica que en estos casos el enfermo no tiene en sí suficientes fuerzas para detener el ac­ceso, y pide a la comunidad, oraciones y compa­sión (XI, 714-715).

Además de estas acertadas actuaciones per­sonales, Vicente organizó y fue siempre el res­ponsable último del Correccional de S. Lázaro. Colocó a un grupo de Padres y Hermanos, cuya actuación nos describe Abelly: «Hay un grupo de hermanos que cuidan de sus exigencias físicas y sacerdotes para la atención del alma. Los unos se ocupan de la alimentación y otras cosas mate­riales; los otros consuelan y animan a los enfer­mos para que cambien moralmente y se des­prendan de sus culpas, preparándose a seguir una vida sana y virtuosa» (Abelly, II, 306).

También en 1657, las Hijas de la Caridad par­ticiparán en esta tarea de cuidar a los locos, cuan­do el Ayuntamiento, al comprar la antigua lepro­sería de S. Germán, levante el hospital de las Pe­tites-Maisons, destinado a los dementes.

Vicente trató de transmitir a estos servidores de los pensionistas, padres y hermanos, toda su visión evangélica, para que fueran capaces de ejercer un amor afectivo en ellos. Esta tarea de cuidar a los locos es el medio que la Providencia ha puesto en sus manos. Tarea vicenciana que les permite y les posibilita para seguir a Jesucristo, evangelizador de los pobres, siendo solidarios del sufrimiento, principal instrumento de amor y de evangelización cristiana ( XI, 716 ). Pero no tra­tó sólo de comunicarles el amor afectivo, base y fundamento de toda evangelización, sino tam‑
bién de capacitarles y exigirles el amor efectivo.

Les exige primero justicia y respeto para el pensionista: No deben admitir nunca un pensio­nista con la única finalidad de librar a la familia y a la sociedad de un estorbo. Exige el juicio y la determinación de los magistrados para el ingre­so en la casa; no basta el capricho de la familia como sucedió con el joven Demourard, hijo de un tesorero de Lyon, que por no querer ser sacer­dote fue ingresado en S. Lázaro por orden de su hermano. Vicente se disgustó, se opuso y final­mente logró reconciliar a los dos hermanos. Si el pensionista es aceptado, el deber de justicia les tiene que llevar a un servicio que sea el cumpli­miento de lo estipulado en la pensión «ya que no están en situación de podéroslo exigir y por otra parte los que podrían exigíroslo no ven lo que hacéis» (XI, 225).

Les exige capacitación. En la biblioteca de S. Lázaro, no sólo hay teología y sermones; allí, po­demos encontrar las obras antiguas de medicina de Hipócrates y Galeno, y las recientes de Juan Basilio, Campanella, Sylvio, Teruel, Fallopio, Lau­rens, Lamart…

Guy Patin es un médico, que vive cerca de S. Lázaro, y al que Vicente trata y consulta. Estos ser­vidores deben conocer los remedios de la época, determinar el diagnóstico no sólo con una visión religiosa sino científica y racional.

El evangelio de Vicente es el Evangelio de Je­sucristo: Buena Noticia para los hombres de la tie­rra. Jesucristo es el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre, Salvador de almas y de cuerpos, de hombres.

La solidaridad vicenciana con estos enfermos del alma debe llevarles a realizar ante Dios las funciones del alma de estos enfermos incapaci­tados para ellas, pero también a trabajar para que desaparezcan las causas de esta incapacidad.

BIBLIOGRAFÍA:

L. BIZARD-CHAPOLA, Histoire de la prison de Saint Lazare du Moyen-Age á nos jours. Paris, de Boc­card, 1925.- F. BLUCHE, Dictionnaire du Grand Sié­cle. París: Fayard, 1990. Artículos: Assistance, Folie, Hópital-General, Humeurs.- Dr. W. LEIBRAND, Vicente de Paúl, el Santo de la Medicina (Taduc­ción del alemán por Margarita González). Madrid, 1944.- J. L. PEsET, Medicina y Sociedad en la Fran­cia del Barroco.- J. MELOT, Les Pensionnaires de Saint Lazare, en Mission et Chanté, 1964, 49-55.- J. vi É, Les alienes et les correctionnaires á Saint­Lazare au XVIIe et au Malle siécles. Paris, Alean, 1930.

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