Espiritualidad vicenciana: Ateísmo

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Alejandro Rigazio, C.M. · Year of first publication: 1995.

SUMARIO: 1. Diversos conceptos de ateísmo; 2. Sus for­mas en el s. XVII; 3. La acción de S. Vicente contra la increen­cia; 4. El problema del ateísmo hasta las actuales Constitucio­nes y Estatutos.


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asd1. Gaudium et Spes 19 señala que la palabra ateísmo designa realidades muy diversas. La des­cripción de dichas realidades presenta muchas afinidades con el ateísmo de la antigüedad, mo­nopolizado por una minoría de la civilización he­lénica y que se presentaba como una negación categórica de un Ser supremo o como ausencia total de ideas sobre Dios, sin que faltaran los que, a pesar de admitir la existencia de los dioses, les negaban influjo en la vida o prescindían de un or­denamiento que pudiera haber sido impuesto por la divinidad. Todas esas facetas del ateísmo pue­den reducirse a una negación teórica en el cam­po especulativo, o práctica, a nivel de vida.

El primer ateo, según Cicerón, habría sido Diá­goras de Melos, que vivió durante la segunda mi­tad del s. V a. C. ; la injusticia triunfante le condu­jo a negar la existencia de la Providencia y de los dioses. Demócrito, pocos años más tarde, dio una base científica al ateísmo, admitiendo la eter­nidad de la materia; explicaba la creencia univer­sal en la divinidad, por el temor que provocan ciertos fenómenos naturales.

Epicuro, las escuelas cínica y cirenaica no ne­gaban la existencia de los dioses, pero prescin­dían de ellos. El ateísmo teórico o práctico no lle­gó a calar en la masa de la sociedad griega, y Roma, aunque influenciada por la filosofía griega, siguió fiel al politeísmo, que fue el problema con el que se encontró el cristianismo naciente. De hecho, durante los primeros 16 siglos de nues­tra era no se da una negación sistemática y or­ganizada de la divinidad.

El Renacimiento, que produjo magníficas expresiones de fe en estupendas obras de arte, condujo paulatinamente a una concepción natu­ralista de la vida, sobre todo en quienes se pro­pusieron como supremo modelo a la antigüedad pagana. Este fenómeno ya se percibe claramen­te en el s. XVI. A ese siglo pertenece un raciona­lista «sui generis», Pomponazzi, profesor de la universidad de Padua, que establece como prin­cipio la sola razón, que es juez de todo. De esa manera llega a negar la inmortalidad del alma y la existencia de los milagros, porque contradicen a la razón. Sin embargo, dado que Cristo nos pre­senta milagros que son afirmados por la Iglesia, debemos creer en ellos, contra el dictado de la ra­zón, mediante un acto de fe gratuito. La influen­cia de Pomponazzi fue inmensa en toda Europa.

2. Entre sus discípulos se cuentan los «liber­tinos» del s. XVII, que rechazaban el cristianis­mo, en teoría o en la práctica. Gassendi, canóni­go lectora) de Digne, es un escéptico. Según él, con la muerte el alma también desaparece; lo so­brenatural es efecto de la imaginación; Dios, es el hombre llevado a sus límites extremos. Sin embargo, Gassendi no renuncia al cristianismo; para eso recurre al fideísmo de Pomponazzi, o sea, a la separación neta entre la razón y la fe. Pero la mayoría de los libertinos se conduce de acuerdo a su concepción pagana de la vida. ¿Eran mu­chos? Mersenne afirma que solamente en París había por lo menos 50. 000 ateos. La cifra es evi­dentemente exagerada, pero el mal, muy real y alarmante. Entre 1623 y 1625, aparecieron varios libros en los que se ridiculiza la devoción, tildán­dola de hipocresía, y se defiende el derecho al pla­cer. En 1634, Gassendi publica la Apología de Epicuro. Se los llamaba ateos o porque negaban la existencia de Dios, los menos, o porque pres­cindían de Él en la vida práctica.

Los libertinos se adhieren a corrientes filosó­ficas antiguas, en especial, las epicúreas, cínicas y estoicas, pero se deben señalar asimismo cier­tos fenómenos que favorecieron el escepticismo religioso, entre otros, la degradación del clero (cf. XI, 204-206), las controversias religiosas y las gue­rras de religión, durante las cuales, en nombre de Cristo y del Evangelio, las partes en pugna recu­rrían a las injurias, las intrigas, las traiciones, los asesinatos.

Los campesinos no eran ateos teóricos, pero ignoraban verdades fundamentales de la fe (cf. XI, 267-268. 387-388. 725), llegando san Vicente a decir que eran «tan animales, que no saben cuán­tos dioses hay ni cuántas personas en Dios; aun­que se lo digáis cincuenta veces, al final segui­rán siendo tan ignorantes como al principio» (XI, 588-589).

Descartes, contemporáneo de san Vicente, con la «duda metódica», sembró el germen del racionalismo, al que se adhirieron muchos de sus discípulos. No consta que san Vicente viera un pe­ligro en la filosofía cartesiana, lo que no debe ex­trañar porque Descartes se manifestó siempre profundamente religioso y, según se cuenta, el mismo Bérulle le hubiera impuesto, como deber de conciencia, exponer sus principios.

3. A pesar de que san Vicente nombra a los libertinos (cf. I, 546; XI 397), no propone plan al­guno de acción. Incluso, parece haber mantenido buenas relaciones con Gassendi, al que consul­tó en ocasión de un eclipse solar (cf. V, 167). La ausencia de una acción vigorosa por parte de san Vicente contra los libertinos podría explicarse por el hecho de que sus adherentes pertenecían a una clase social a la que no se extendía la actividad de la Congregación. De hecho, cuando se trató de predicar en el barrio de Saint-Germain, defini­do por Abelly como «la sentina, no sólo de París sino también de casi toda Francia, y que era el re­fugio de todos los libertinos, ateos y demás per­sonas que vivían en la impiedad y el desorden» (ABELLY, II, 261), san Vicente encomienda la misión a los sacerdotes de la Conferencia de los Martes. Además, en 1630, había comenzado sus activi­dades la Compañía del Santísimo Sacramento que incluía, entre sus finalidades, combatir el vi­cio, defender a la Iglesia católica contra el error y la impiedad» (Coste, El gran santo, III, 191).

Según el testimonio de Abelly, san Vicente, desde el Consejo de Conciencia, combatió la im­piedad y los desórdenes morales, logrando que se confiscaran los malos libros y se prohibiera la impresión y venta de los que lesionaban la fe y las buenas costumbres (cf. ABELLY, II, 468). Estas medidas represivas estaban más emparentadas con la Inquisición que con la actividad evangeli­zadora, de la que no ha dejado planificación alguna para combatir el ateísmo.

Más bien parecería que, para evangelizar a los libertinos y ateos, no juzga necesario cambiar ni el temario ni la metodología utilizados en las mi­siones rurales. En efecto, a los misioneros de Saint-Germain, que le hicieron notar «que las per­sonas a quienes debían hablar eran muy distintas de la gente de la campaña», el santo respondió que debían «actuar con sencillez, como en todas las otras misiones», presentándose, además, con humildad y caridad. El método dio buenos resul­tados: tanto libertinos como «hombres sin fe y sin Dios» cambiaron radicalmente de vida (ABELLY, II, 262-263). Por eso, ciertas normas señaladas por san Vicente para la evangelización del pue­blo ignorante y sobre la manera de tratar a los herejes, pueden aplicarse también en el aposto­lado con ateos y libertinos.

Ante todo, san Vicente recuerda que la con­versión es obra de la gracia divina (cf. VII, 481), lo que se ve claramente en el episodio del con­troversista que había perdido la fe (cf. XI, 725- 726).

Los instrumentos de la gracia deben poseer un celo devorador (cf. XI, 590), que los impulse a llevar el mensaje a todas partes (cf. XI, 190) y a todos los hombres (cf. XI, 553). La santidad de vi­da del misionero resultará más eficaz que los ar­gumentos (cf. II, 366-367). San Vicente hablaba por experiencia personal: la conversión del señor Beynier, del que fue huésped en Châtillon, y de sus parientes, se debió a su vida ejemplar (cf. X, 54-55). Según el testimonio de Carlos Demia, después de la llegada de san Vicente a Châtillon; se convirtieron todos los calvinistas del lugar (cf. X, 57). La entrega generosa al servicio desinte­resado del pobre, hace pensar en la bondad de Dios, que se derrama sobre buenos y malos; al comprobar ese ejemplo, tanto los hugonotes co­mo los judíos «se sentirían obligados a confesar que Dios es un Padre bueno» (IX, 1094).

Entre las virtudes, san Vicente recomienda de manera especial la mansedumbre, la humildad y la paciencia, como medios que disponen a la conversión (cf. I, 130. 441). A ellas, se debe aña­dir la sencillez. En Marchais, por ejemplo, san Vicente responde con bondad y mansedumbre a las objeciones del hereje, pero éste queda con­vencido por la manera sencilla de explicar al pue­blo rústico las verdades fundamentales (cf. XI, 727-730). La mansedumbre, además de ganar los corazones (cf Mt 5, 4), resulta necesaria para instruir a los campesinos ignorantes (cf. XI, 588).

Las verdades de la fe, contenidas en el credo, eran explicadas y propuestas en el Catecismo, del que dependía el fruto de la misión (cf. I, 441); por otra parte, la exposición de esas verdades res­pondía a las verdaderas necesidades del pueblo (cf. II, 358-359; VI, 358). San Vicente implantó, en San Lázaro, ejercicios prácticos sobre la forma de exponer el Catecismo (cf. VIII, 71. 72. 74; XI, 576. 579), seguramente porque tomó en serio un reproche que se hacía a los misioneros (cf. I, 441). La instrucción dada por san Vicente a los pobres del Nombre de Jesús es un ejemplo de la exce­lente pedagogía utilizada por el santo (cf. X, 201- 205). El niño que en Marchais respondió al here­je lo que entendía por el culto de las imágenes, demostró asimismo que había asimilado las en­señanzas de los misioneros (cf. XI, 729-730).

Los misioneros se ejercitaban en las contro­versias (cf. I, 130. 330. 441; II, 179. 521; VIII, 210); incluso eran invitados a S. Lázaro especialistas en la materia (I, 441; IV, 513). En la misma Compañía, había buenos controversistas, como el P. Lucas, cuyos servicios solicitó el P Olier (cf. II, 259). Sin embargo, tanto el P. Lucas como otros misione­ros merecieron los reproches de san Vicente por tratar a los herejes con desprecio (cf I, 323), acri­tud, altanería (cf. I, 528-529). De todos modos, san Vicente, más que en la fuerza de la dialéctica, con­fiaba en la exposición llana de las verdades (cf. I, 470-471; II, 356. 366-367). Es cierto que san Vicente habla con simpatía de un zapatero «ahuyenta-mi­nistros», que utilizaba métodos agresivos (cf. XI, 580). Sin embargo, por lo que se refiere a los misioneros, les prohíbe que ataquen a los minis­tros desde el púlpito (cf. I, 320). Esa forma de ac­tuar era contraproducente. San Vicente explica muy bien el proceso psicológico que se da en un ataque frontal: éste desencadena el mecanismo de defensa que lleva al atacado a cerrarse y vol­verse impenetrable a la verdad (cf. XI, 753).

El misionero, en cambio, debe «animar a las almas con el espíritu del Evangelio»; es éste el medio más eficaz «para santificar a los católicos y para convertir a los herejes» (II, 377). Siempre será preferible atenerse a la metodología de Cris­to, que «previno con su amor a los que Él quiso que creyeran en Él». En efecto, «no se cree en un hombre porque sea muy sabio, sino porque lo juzgamos bueno y lo amamos» (I, 320).

4. Los sucesores de san Vicente no parecie­ron interesarse por el problema del ateísmo, te­órico y práctico, que fue creciendo con el correr de los años.

Los argumentos pastorales casi no se en­cuentran en las circulares de los Superiores Ge­nerales. El P. A. Jacquier describe con tono apocalíptico el crecimiento de la impiedad, del libertinaje, de la increencia (cf Circulaires des Su­périeurs Généraux, París, 1877 a 1880, II 67; 146), sin proponer un plan de acción: el misionero de­berá huir del mundo y parapetarse detrás de los muros de la Compañía (cf. lb. 67). Es más grave la afirmación del P. Etienne: «por vocación, en efecto, debemos mantenernos ajenos a los mo­vimientos de la política y a todas las transforma­ciones que se realizan en el ordensocial» (lb. III. 112; cf. etiam III, 136-137; 302). En sus cartas, no se encuentra ninguna mención de la condena del racionalismo (cf. «Syllabus», DS 1701-1707). En la circular de 1971, el mismo P. Etienne se extien­de sobre las desgracias de Francia (guerra Fran­co-Prusiana), sin mencionar siquiera al Concilio Vaticano I, que había condenado al ateísmo y al materialismo (cf ib. III 433-438; DS 1801-1802),

La Asamblea General de 1968/1969, hacién­dose eco del Vaticano II, (GS 19-21), introduce el apostolado con los no-creyentes como una nue­va forma de misión (cf. C. 21, 2). La Asamblea de 1974 dejó intacto ese párrafo. En cambio, la de 1980, reemplazó la palabra no-creyentes por ate­ísmo y materialismo, y redujo la acción a la bús­queda de nuevas formas de realizar la vocación evangelizadora, para no abrir la puerta a ciertas ac­tividades que podrían desviar del servicio de los pobres (cf. E. 2).

El ateísmo en sus diversas formas, incluido el secularismo, es problema que también afecta a países en vías de desarrollo. «Puebla» le dedica numerosos párrafos (cf. «Puebla» nn. 83; 342; 418; 435; 436; 456; 546; 622; 783; 851; 1113; 1300; etc.).

El Concilio Vaticano II propone, como reme­dio contra el ateísmo, algunos medios a los que ya se había referido san Vicente: «La exposición adecuada de la doctrina y la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros» (GS 21). La expo­sición de la doctrina, además de adecuada, debe ser completa. S. Pablo señala que no tuvo mie­do «de anunciar todo el designio de Dios» (Hch 20, 27). En cambio, san Vicente comprueba con pena que «hay muchos herejes, por no haber oí­do hablar de Dios, según dicen, en la iglesia de los católicos» (I, 427).

BIBLIOGRAFÍA:

M. J. BUCKLEY, At the Origins of Modem Atheism, Yale University Press, 1987.- CELAM, La no-creencia. Causas y motivaciones, Bogotá 1983.- E. GILSON, L athéisme difficile. Pro­blemes et controverses.- J. Vrin, París, 1979.- J. GÓMEZ CAFARENA, Raíces culturales de la in-creencia, Cuadernos FYS, Ed. Sal Terrae, Santander, 1988.- D. MORIN, L’ateísmo moderno, Universale teologice. Ed Queriniana, Brescia, 1987.- R. MOUSNIER, Historia General de las Ci­vilizaciones. T. IV: Los siglos XVI y XVII. Edi­ciones Destino, Barcelona 1974.

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