El sr. D'Horgny (1597-1667): Capítulo 3

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Author: Noticias de Misioneros .
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III. 1647-1648.

Visita del Sr Portail a Roma –El Sr. Alméras reemplaza la Sr. d`Horgny como superior.

-Sentimientos del Sr. d’Horgny con relación a las nuevas doctrinas. –Cartas de san Vicente. -Sumisión del Sr. d’Horgny.

Mientras que el Sr. d`Horgny negociaba, según el deseo de san Vicente, ante las congregaciones romanas, los asuntos de los que acabamos de hablar, el Sr. Portail llegaba a Roma en compañía del Sr. Alméras; el Sr. Portail venía a hacer la visita que comenzó 1l 23 de abril de 1647, y no concluyó hasta finales del año.

Al mismo tiempo una carta de san Vicente designaba al Sr. Alméras para dirigir la casa de Roma (12 de mayo). El Sr. d’Horgny se quedó no obstante como asistente del Sr. Alméras; continuó residiendo en la Ciudad santa, y sirviendo de intermediario entre san Vicente y las congregaciones romanas ante las que era honrosamente conocido.

Los historiadores de san Vicente  han dado a conocer el celo del santo para destruir el jansenismo. El peligro que presentaba esta herejía era demasiado grande para que escapara a su perspicacia. Por eso le atacaba en todas partes donde le veía aparecer. El Sr. d’Horgny, quien por otra parte no andaba falto de doctrina, se atrevió a no ser del parecer de su Padre en la lucha que sostenía contra la herejía naciente. «El Sr. d’Horgny, dice Collet, tenía espíritu, talento para la predicación, celo por la salvación de los pueblos, y cierto gusto por la reforma, pero él mismo necesitaba ser un poco reformado«. Como tenía para san Vicente de Paúl todo el respeto que este santo hombre inspiraba a los que le conocían, creyó deber proponerle dificultades que le llamaban la atención  sobre el libro de Jansenius y sobre el del Sr. Arnauld: lo hizo en dos cartas, pero lo hizo de modo que hacía temer que su decisión  estuviera demasiado decidida. San Vicente le replicó con otras dos cartas, y aunque yo haya leído mucho sobre el estilo del santo sacerdote, no he leído ninguna suya en la que haya tanto fuego y vivacidad; las dos, pero sobre todo la última, hablando del libro de la frecuente comunión.

«París, 25 de junio de 1648.

«Señor,

«Vuestra última carta dice dos cosas, una que damos empleos demasiado importantes a  nuestros hermanos coadjutores, y la otra que hemos obrado mal al declararnos contra las opiniones del tiempo.

«Os diré, Señor, en cuanto a lo primero, que doy gracias muy humildemente a Nuestro Señor porque os hace poner atención a la dirección de la Compañía, y os suplico que continuéis, aunque me parece que tengamos razón de usar de ello, como lo hacemos, con respecto a los dos punto de arriba. No hay en toda la Compañía más que nuestro hermano Alexandre que tenga la recaudación y la colocación en las manos que le dimos cuando enviamos al Sr. Gentil al Mans, y ello a falta de un sacerdote que se pudiera ocupar de esto, y él ha desempeñado su empleo e amanera que hay motivo de alabar a Dios.

«Este buen  hermano Nicolás que me señaláis de la casa de Crécy, no trataba con el dinero, os lo haya dicho quien quiera que sea,  el dinero se guarda allí en un cofre con dos cerraduras, de las que el Sr. Tournisson tenía una y su asistente tenía la otra, y eso es así en todas partes, señaladamente donde el Sr. Portal ha pasado la visita. Esto no impide que pongamos el empleo en manos de un sacerdote por algún tiempo, y que no prestemos atención a lo que me decís.

«En cuanto al punto segundo, que concierne a la falta que hemos cometido de declararnos contra las opiniones del tiempo, he aquí, Señor, las razones que me lo han obligado a  hacerlo.

«La primera es la de mi empleo en el Consejo de los asuntos eclesiásticos, en el que todos se han declarado en contra: la Reina, Monseñor el cardenal, el Sr. canciller Séguier, y el Sr. penitenciario Bail; juzgad por ahí si yo podía permanecer neutro. El éxito ha hecho ver que era conveniente  aprovechar la ocasión.

«La segunda razón es la del conocimiento que poseo del plan del autor de estas opiniones nuevas de aniquilar el estado presente de la Iglesia, y someterla bajo su mando. Me dijo un día que el plan de Dios era arruinar a la Iglesia presente, y que los que se empleaban para sostenerla lo hacían contra sus designios; y cuando le dije que eran de ordinario los pretextos que presentaban los herejes, como Calvino, me replicó que Calvino no había hecho ningún mal en todo lo que había emprendido, sino que se defendió mal.

«La tercera ha sido que tres o cuatro Papas habían condenado las opiniones de Bayo, que Jansenio sostiene, como también lo había hecho la Sorbona en el año 1560 y que la parte más sana de la misma facultad que son todos los antiguos se declara contra estas opiniones nuevas, y que nuestro Santo Padre ha condenado la de los dos jefes a quienes se quería establecer  con malos propósitos.

«Y la cuarta, que sitúo aquí la última, aparte de muchos más, es lo que dice Celestino,  Papa (Epist 2 a los Obispos de la  Galia) contra algunos sacerdotes que adelantaban algunos errores contra la gracia los cuales errores los dichos obispos habían condenado. Este buen Papa después de alabarlos por oponerse a la doctrina de estos sacerdotes, dijo estas mismas palabras:  «Timeo ne connivere sit hoc tacere, timeo ne illi magis loquantur qui permittuntillis taliter loqui; in talibus causis non caret suspicione taciturnitas;  quia occurreret veritas, si falsitas displiceret; merito[179]namque causa nos respicit, si silencio faveamus errori.» [Me temo que quedarse callado equivale a consentir. Me temo que quienes les permiten hablar como lo hacen, hablan más alto todavía. En tales materias el silencio no es sin sospecha porque la verdad saldría a la luz si la falsedad desagradara; sin duda alguna que nos encontramos encausados si favorecemos el error con el silencio. Trad. del Inglés en CORRESPONDENCE, vol III, N.Y., 1985].

Que si me dicen que eso es verdad con respecto a los obispos y no a la de un particular, respondo que verosímilmente,  eso se entiende no sólo de los obispos, sino también de los que ven el mal, y que, mientras está en ellos, no lo impiden.

«Veamos ahora de qué se trata. Me decís que es sobre el libro de la Frecuente comunión, de Jansenio, que en su primera parte lo habíais leído por dos veces, y que tal vez el mal uso que se hace  de este divino sacramento ha dado pie a esto.

«Es cierto, Señor, que hay demasiad gente que abusa de este divino sacramento, y yo miserable más que todos los hombres del mundo, y os pido que me ayudéis a pedir perdón a Dios. Pero la lectura de este libro, en lugar de inclinar a los hombres a la frecuente comunión, los aparta más bien; no se ve ya esa obsesión por el sacramento como se veía, no ni siquiera en Pascua. Muchos párrocos de París, se lamentan porque tienen muchas menos comuniones que los años pasados. San Sulpicio tiene tres mil menos, el Sr. párroco del San Nicolas du Chardonnet habiendo visitado a las familias de la parroquia después de Pascua, en persona y por otros, nos dijo últimamente que ha encontrado a mil quinientos de sus parroquianos que no han comulgado, y  así los demás. No se ve casi a nadie que se acerque los primeros domingos y fiestas de guardar, o muy poco, y apenas más, en las religiones, si exceptuamos a los jesuitas.

«Por eso pretendió el difunto Saint-Cyran desacreditar a los jesuitas. El Sr. de Chavigny decía estos días pasados a un íntimo amigo que este buen señor le había dicho que él y Jansenio habían emprendido su plan para desacreditar a esa Santa Orden, con respecto a la doctrina y a la administración de los sacramentos, y yo le he oído celebrar cantidad de discursos casi todos los días, igual que ése.

«Desde que el Sr. Arnauld, que ha dado su nombre a este libro, vio la oposición que encontró por muchas partes  sobre el tema de la penitencia pública y sobre la que él pretendía introducir antes de la comunión, él se explicó respecto a esto y la absolución simplemente declaratoria, pero sean como sean las cosas, le quedan todavía errores por lo que nos dice últimamente el señor gran maestre de Navarra, que es uno de los más sabios del mundo, como también el señor penitenciario Bail, los Srs. Cornet y Coqueret que se habían reunido en casa para esta clase de asuntos, y que esta declaración es caprichosa, y contiene cantidad de cosas que apenas valen más de lo que él ha dicho en el primer libro. Lo que dice que la Iglesia habiendo practicado en los comienzos la penitencia pública antes de la absolución, sentía siempre la inclinación a restablecer esta costumbre, y que de otra forma no será la columna de verdad, siempre parecida así misma,  sino una sinagoga de errores, esto, Señor, ¿no suena a falso?

«La Iglesia que no cambia nunca en cuanto a las cosas de la fe, ¿no lo puede hacer con respecto a la disciplina? Y Dios que es inmutable en sí mismo, ¿no ha cambiado sus conductas con relación a los hombres? Nuestro Señor, su Hijo ¿no ha cambiado alguna vez las suyas, y los apóstoles las de ellos? ¿Con qué fin dice pues este hombre que la Iglesia estaría en error si no conservara la intención de restablecer estas clases de penitencias que practicaba en el pasado? ¿Es eso ortodoxo?

«En cuanto a Jansenio hay que considerarle, o como quien sostiene las opiniones de Bayo, tantas veces condenadas por los papas y por la Sorbona, como ya he dicho, o como alguien que contiene otras doctrinas que trata allí. En cuanto a lo primero, ¿no tenemos obligación de atenernos a la censura que los papas y este docto cuerpo han hecho de esas opiniones, y declararnos en contra? En cuanto al resto del libro, el Papa al prohibir leerlo, el consejo de  de los asuntos eclesiásticos ¿no ha debido aconsejar a la reina que se mantuviera firme para que las órdenes de Papa Urbano VIII sean cumplidas, y haga profesión abierta de declararse contra las opiniones de Bayo censuradas, y toda clase de opiniones nuevas de ese doctor, que sostiene atrevidamente las que la Iglesia no ha determinado aún en cuanto a la gracia?

«Me decís en la vuestra que Jansenio ha leído diez veces todas las obras de san Agustín, y treinta veces los tratados de la gracia, y que no parece que los misioneros se pongan a juzgar las opiniones de este gran hombre. Os respondo a eso, Señor, que de ordinario los que quieren establecer doctrinas nuevas son hombres muy sabios, y que estudian con gran asiduidad y dedicación a los autores de quienes quieren servirse; que hemos de confesar que este prelado era muy sabio, y que abrigando el plan que he dicho de desacreditar  a los jesuitas, ha podido leer a san Agustín la cantidad de veces que me contáis; pero eso no impide que haya caído en el error, y que nosotros  no seríamos excusables de adherirnos a sus opiniones, que son contrarias a las censuras que se han lanzado contra su doctrina; los sacerdotes tienen la obligación de no adherirse  y de contradecir la doctrina de Calvino y demás herejes, aunque no hayan leído nunca a los autores sobre los que se han fundado, ni siquiera sus libros.

«Me decís además, que las opiniones que llamamos antiguas son modernas, que hace unos setenta años que Molina ha inventado las opiniones que se dicen antiguas, en relación con este diferendo. Os confieso, Señor, que Molina es autor de la ciencia que se llama Molinista, que no es, hablando con propiedad, más que el medio por el cual se hace ver cómo tiene lugar, y de dónde viene que dos hombres que tienen espíritu parecido, las mismas disposiciones y parecido grado de gracia para realizar las obras de su salvación, y que sin embargo uno lo hace, y el otro no lo hace, uno se salva y el otro se pierde. Pero qué, Señor, no se trata de eso que no es artículo de fe; la doctrina que él combate que Jesucristo ha muerto por todo el mundo, ¿es acaso nueva?  ¿No es de san Pablo y de san Juan? La opinión contraria ¿no está condenada en el concilio de Mayence y en varios más contra Godescalo? San León ¿no dice en las Lecciones de Navidad  que Nuestro Señor nació pro liberandis  hominibus, ¿y la mayoría de los santos no emplean ese lenguaje? El Concilio de Trento, en la sesión sexta, de De Justificatione, c. II, ¿no usa las palabras de san Juan sobre este asunto: Hunc proposuit Deus propitiatorem per fidem in sanguine ipsius pro peccatis nostris, non solum autem pro nostris sed etiam pro totius mundi? Y en el tercero: Verum etsi ille pro omnibus mortuus est: dice a continuación que también eso se así: Non omnes tamen mortis ejus beneficium recipiunt sed ii dumtaxat quuibus meritum passionis ejus communicatur. Después de esto, Señor, ¿llamaremos a esta dctrina nueva?

«Llamaremos todavía nueva  a la que combate contra la posibilidad de la observancia de los mandamientos de Dios, contra los santos cánones del mismo concilio y de la misma sesión que dicen que: si quis dixerit. Dei  proecepta homini etiam justificato, et sub gratia constituto esse ad observandun impossibilia, anathema sit.

«Y la que vos decís, Señor, que nos importa poco saber si hay gracias suficientes, o son todas eficaces, ¿es acaso nueva, no está contenida en el segundo concilio de Orange, c. XXV? Ved, Señor, las palabras de este concilio por las que encontraréis  sino las propias de gracias suficientes, por lo menos la equivalencia del sentido: hoc etiam secundum fidem catholicam credimus quod accepta per baptismum gratia, omnes baptizati, Christo auxiliante et cooperante, quae ad salutem pertinent possint et debeant (si difeliter laborare voluerint) adimplere. Y en cuanto a lo que decís que nos importa poco saberlo, os suplico, Señor,  que permitáis que os diga, que me parece que es de gran importancia que todos los cristianos sepan y crean que Dios es tan bueno que todos los cristianos pueden con la gracia de Jesucristo operar su salvación que les da los medios  por Jesucristo y que ello manifiesta y magnifica mucho la infinita bondad de Dios.

«No se puede tampoco llamar nueva, la opinión de la Iglesia que cree que todas las gracias no son eficaces, ya que el hombre las puede rechazar (Capítulo IV, De justificatione)

«Decís que Clemente VIII y Paulo V han prohibido que dispute de las cosas de la gracia; yo os diré, Señor, que eso se entiende de las cosas  que no están determinadas, como son las que acabo de decir, y en cuanto a las otras que no están determinadas por la Iglesia, ¿por qué lo ataca Jansenio, y en ese caso no es de derecho natural defender a la Iglesia y sostener las censuras fulminadas en contra?

«Decís que son materias de escuela; es cierto por algunas, y aunque otras sean tales,¿nos vamos a callar y dejar  alterar el fondo de las verdades por estas sutilidades. El pobre pueblo ¿no está obligado a creer y por consiguiente a ser instruido de las cosas de la Trinidad y del santísimo Sacramento que son tan sutiles?

«Esto, Señor, es cuanto me viene a la mente para haceros ver la razón que tenemos de declararnos en este encuentro entre estas opiniones nuevas contra las cuales yo no veo sino dos cosas, una de las cuales es temer que al tratar de detener este torrente de las nuevas opiniones, se inflaman más los espíritus, a lo cual respondo que si así fuera no habría que oponerse a las herejías a aquellos que nos quieren arrebatar la vida o los bienes, y que el pastor hace mal al gritar: Al lobo! Cuando está cerca de entrar en el redil. La otra es la de la prudencia, que es puramente humana, al estar fundada sobre el qué dirán,  y que nos crearemos enemigos… Jesús, Señor, Dios no permita que los misioneros  no defiendan los intereses de Dios y de la Iglesia por estas razones tan mezquinas y miserables que arruinen los intereses  de Dios  y de su Iglesia y que llenen los infiernos!

Sí, pero decís, es conveniente que los misioneros prediquen contra las opiniones de los tiempos, que hablen, que disputen ataquen y defiendan a voz en cuello las antiguas opiniones; ah, Jesús, nanay.

«Mirad cómo lo solemos hacer: nunca disputamos sobre estas materias, nunca predicamos sobre ellas, ni nunca hablamos de esto en compañía, si no nos hablan a nosotros; pero si se hace, se trata de hacerlo con la mayor moderación que se puede, menos el Sr. G. que se deja llevar por su celo, a lo cual yo procuraré poner remedio, Dios mediante. Y qué entonces, me diréis, ¿prohibís que se discuta de estas materias? Respondo que sí  y que no se discuta en casa de ningún modo. Pero qué diréis también, ¿deseáis que no se hable de la misión de Roma, ni en otra parte? Es algo para lo que pido a los oficiales que se mantengan firmes e impongan penitencia a los que lo hagan, a no ser en el caso dicho.

«Y en cuanto a lo que decís, Señor, que hay que dejar a cada uno de la Compañía que crea de estas materias lo que le parezca, Oh Jesús, Señor,  no conviene que se sostengan diversas opiniones en la Compañía; es preciso que estemos siempre perfectamente unidos, de otra forma nos desgarraríamos todos unos a otros en la misma Compañía; y ¿cómo someterse a la opinión de un superior? Respondo que no es a un superior a quien se somete, sino a Dios y al pensamiento de los Papas, de los concilios, de los santos, y si alguien no quisiera acomodarse, haría bien en retirarse, y la Compañía en pedírselo. Muchas compañías de la Iglesia de Dios nos dan este ejemplo. Los carmelitas descalzos, en su capítulo que tuvieron el año pasado, ordenaron que sus profesores en teología enseñaran las opiniones antiguas de la Iglesia y actuaran contra las nuevas. Todo el mundo sabe que los R. P. jesuitas actúan también así. La Congregación de Santa Genoveva ordena sus doctores que defiendan las opiniones de san Agustín, cosa que nosotros pretendemos también, explican a san Agustín por el concilio de Trento, y no el concilio por san Agustín, porque el primero es infalible y el segundo no lo es. Que si se dice que algunos Papas han ordenado que se crea a san Agustín con respecto a las cosas de la gracia, esto se entiende de la mayoría de las cosas disputadas y resueltas entonces; pero como se deciden de vez en cuando nuevas, hay que atenerse para ellas a  la determinación de un concilio que lo ha determinado todo, según el sentido de san Agustín, que él lo entendía mejor que Jansenio y sus sectarios.

«Ésta es, Señor, la respuesta a vuestra carta, que no he comunicado a nadie, y no se la comunicaré jamás. Os digo además que no he hablado de ello con nadie, y que no me he dejado ayudar por nadie en el mundo en lo que os digo, como podéis ver claramente por mi pobre estilo y por mi ignorancia bien a la vista. Que si hay algo por encima de esto, os confieso, Señor, que he hecho mis pequeños estudios sobre estas cuestiones y que es el tema ordinario de mis pequeñas oraciones. Os suplico, Señor, que se la comuniquéis al Sr. Alméras, y a aquellos de la compañía que juzguéis conveniente. Con el fin de que se vean las razones que he tenido para entrar en  los sentimientos antiguos de la Iglesia, y de declararme contra las nuevas, y que pidamos a Dios y hagamos cuanto esté en nosotros, para ser cor unum et anima una en esto como en todo lo demás. Viviré en esta esperanza y me sentiría más incómodo de lo que os pueda decir, si alguien abandonando las vivas fuentes de las verdades de la Iglesia se fabricara cisternas de opiniones nuevas, de cuyo peligro  no hay apenas nadie que haya estado mejor informado por el autor que yo que soy, Señor, vuestro muy humilde servidor.

«VICENTE DE PAÚL.»

«P. S. Me atrevo a deciros que el Sr. Ferret habiéndose metido en estas opiniones nuevas, dijo al Sr. párroco de Saint Josse que lo que le ha apartado ha sido la firmeza que ha visto en este miserable pecador contra todo eso, en dos o tres conferencias que hemos tenido sobre este asunto. Tan pronto como el párroco de san Nicolás du Chardonnet volvió de Alet, todo el mundo decía que estaba de parte de las opiniones nuevas, de las cuales se encuentra tan lejos, que ha propuesto al Sr. de Saint Josse que es preciso que formemos como una congregación secreta para defender las verdades antiguas. Os suplico que lo mantengáis secreto.

«No he tenido tiempo de leer mi carta, y no me he atrevido a hacerla transcribir, tendréis dificultades en leerla, pido excusas».   El Sr. d’Horgny contestó a esta carta; no parecía muy convencido por la exposición llena de sabiduría y de doctrina que san Vicente acababa de hacerle. Seguía dudando; san Vicente le escribe de nuevo y por última vez

«Orsigny, 10 de setiembre de 1648.

«Señor,

«He recibido la vuestra del 7 de agosto que es para acabar de responder a las mías  en relación con la diversidad de opiniones, estando ésta en relación con el libro de la Frecuente comunión ; como respuesta a la cual, Señor, que puede ser lo que decís que algunas personas han podido aprovecharse de este libro en Francia y en Italia, pero que de un centenar que hay tal vez  que se han aprovechado en París haciéndoles más respetuosos en el uso de los sacramentos, que existen por lo menos diez mil a quienes ha hecho daño  al retirarlos del todo.

«Alabo a Dios porque hacéis como yo, que es no hablar de estas cosas en la familia, y que las cosas están progresando en Roma como aquí. es cierto lo que decías que san Carlos Borromeo ha suscitado el espíritu de penitencia en su diócesis, en su tiempo y la observancia de los cánones de ésta, y fue lo que amotinó a la gente contra él, incluso a los buenos religiosos a causa de la novedad, sin embargo no hizo que la penitencia , o si os parece, la satisfacción consistir en  apartarse de la santa confesión y de la adorable comunión, si no en los casos citados por los cánones, que tratamos de practicar, en los casos de las ocasiones próximas, de las enemistades, de los pecados públicos; pero él estaba muy lejos de lo que se dice que ordenaba penitencias públicas por pecados secretos, y cumplir la satisfacción antes de la absolución, como el libro en cuestión pretende hacer.

«Vengamos a lo particular; es verdad, Señor, (aunque me hablarais del libro de la Frecuente comunión), que ha sido hecho principalmente para renovar la penitencia antigua, como necesaria para entrar en gracia con Dios; ya que si bien el autor finge a veces  proponer esta práctica antigua tan sólo como más útil , es cierto no obstante que la quiere establecer como necesaria, pues por todo el libro la presenta como una de las grandes verdades de nuestra religión, como la práctica de los apóstoles y de toda la Iglesia  durante doce siglos; como una tradición inmutable, como una institución de Jesucristo, y que no cesa de dar a entender que está obligado a guardarla, y de lanzar invectivas continuamente contra los que se oponen al restablecimiento de esta penitencia. Por otra parte, enseña claramente que en la antigüedad no había otras penitencias para toda clase de pecados mortales, que la penitencia pública, como se ve por el tercer capítulo de la segunda parte donde toma por una verdad la opinión que afirma que no se encuentra en los antiguos Padres y principalmente en Tertuliano, más que la penitencia pública, en la que la iglesia ejerce el poder de sus llaves, de donde se sigue, por una consecuencia muy clara,  que el Sr. Arnauld se propone restablecer la penitencia pública para toda clase de pecados mortales, y que no es una calumnia acusarle de ello, sino una verdad que se extrae con toda facilidad de su libro, mientras se lea sin preocupación mental¸ ¿y vos, Señor, me decís que esto es falso? Se os puede excusar porque no conocíais el fondo de las máximas del autor de todas estas doctrinas que  reducían a la Iglesia a sus primera costumbres, diciendo que la Iglesia ha dejado de existir desde entonces. Dos de los corifeos de estas opiniones han dicho de la Madres de Santa María de París, a quien les habían inducidos a esperar que  podrían atraer a sus opiniones, que hacía quinientos años que no hay Iglesia, ella me lo ha dicho y escrito.

«Me diréis en segundo lugar que es falso que el Sr. Arnauld haya querido introducir la costumbre de hacer la penitencia antes de la absolución para los pecados graves. Yo respondo que el Sr. Arnauld no quiere solamente introducir la penitencia antes de la absolución para los grandes pecadores, pero ha hecho una ley general, para todos los que son culpables de un pecado mortal, lo que se ve por sus cortas palabras tomadas de la segunda parte, c. VIII:

¿Quién no puede ver  cuán necesario juzga  este Papa  que el pecador haga penitencia ‘de sus pecados, no solamente antes de comulgar, sino incluso antes de recibir la absolución’? Y un poco más abajo añade:

«`¿Estas palabras no muestran claramente que según las reglas santas que este gran Papa ha dado a toda la Iglesia después de haberlas aprendido en le perpetua tradición de la misma Iglesia, el orden que los sacerdotes deben guardar en la ejecución del poder que Dios les ha dado de atar y desatar a las almas: es de no absolver a los pecadores  hasta después de dejarlos en los gemidos y en las lágrimas, y hacerles cumplir una penitencia proporcionada a la calidad de sus pecados’.

«Ciegos debemos de estar para no conocer por estas palabras y otras muchas más que siguen que el Sr. Arnauld cree que es necesario diferir la absolución para todos los pecados mortales, hasta el cumplimiento de la penitencia; y en efecto, ¿no he visto yo mandar practicar esto por el Sr. Saint-Cyran, y no se hace también con los  a los que se entregan por entero a su dirección? Sin embargo esta opinión es una herejía manifiesta.

«En cuanto a la absolución declaratoria, me decís que no se necesita más que su primer libro para hacer ver lo contrario, y me alegáis tres o cuatro autoridades para ello. Respondo que no es maravilla que el Sr. Arnaud hable a veces como el resto de los católicos; en ello no hace sino imitar a Calvino que niega treinta veces  que él haga a Dios autor del pecado, aunque haga por otro lado todos sus esfuerzos para establecer esta máxima detestable, que todos los católicos le atribuyen. Todos los innovadores hacen lo mismo y siembran contradicciones en sus libros, para que, si se los reprende en algún punto, puedan escaparse diciendo que  han sostenido en otra parte lo contrario. He oído decir al difunto Saint-Cyran que si hubiera dicho verdades en una cámara a personas que fueran capaces de juzgarlo, que pasando a otra donde él encontrara a otros[190] que no lo fueran, que les diría lo contrario; añadía que nuestro Señor hacía lo mismo y recomendaba que se hiciera.

«¿Cómo es que el Sr. Arnauld puede sostener seriamente que la absolución borra verdaderamente los pecados, pues él enseña, como acabo de demostrarlo, que el sacerdote no debe dar la absolución al pecador hasta haber cumplido la penitencia, y que la razón principal, por la cual quiere que se observe este orden, es: ‘Con el fin de dar tiempo al pecador de expiar sus crímenes mediante una satisfacción saludable’ como lo prueba ampliamente en el c. II de la segunda parte? Un hombre en sus cabales que quiere que se expíen los pecados por una satisfacción  saludable antes de recibir la absolución, ¿puede llegar a creer seriamente que los pecados sean expiados por la absolución?

«Me decís en cuanto a que el Sr. Arnauld dice que la Iglesia retiene en el corazón  el deseo que los predicadores hagan la penitencia según las reglas antiguas, que la práctica antigua y nueva de la Iglesia son las dos buenas, pero que la antigua es la mejor, y que ella, siendo una buena madre que no respira más que el gran bien de sus hijos, les desea siempre lo mejor al menos en su corazón. Respondo que no hay que confundir la disciplina eclesiástica con los desórdenes que se pueden encontrar. Todo el mundo culpa a estos desórdenes, los casuistas no acaban de quejarse de ello y de descubrirlos, a fin de que se conozcan; pero es un abuso decir que no practicar la penitencia del Sr. Arnauld, sea  un relajo que la Iglesia tolera con disgusto. No tenemos gran seguridad de la práctica de Oriente, de la que habláis, pero sabemos que, por toda Europa, se practican los sacramentos de la manera que el Sr. Arnauld condena, y que el Papa y todos los obispos aprueban la costumbre de dar la absolución después de la confesión, y no hacer penitencia pública más que por pecados públicos.

«¿No es una ceguera insoportable preferir, en una cosa de tanta trascendencia, los pensamientos de un joven que no tenía ninguna experiencia en la dirección de las almas, cuando ha escrito, a la práctica universal de toda la cristiandad?

«Si la práctica de la penitencia pública ha durado en Alemania hasta el tiempo de Lutero, ¿cómo decís vos, esto no fue más que por los pecados públicos y nadie ve mal que esta penitencia sea  restablecida en todas partes, ya que el concilio de Trento la ordena expresamente.

«Y qué relación tiene la ordenanza de san Ignacio, que me alegáis también, con la dirección de aquellos que se alejan de la santa comunión, no por ocho o diez días, sino por cinco o seis meses, no sólo los grandes pecadores, sino buenas religiosas que viven en una gran pureza, como hemos oído por la epístola de Mons. de Langres a Mons. de Saint-Malo?

No se trata de ser puntillosos al advertir desórdenes tan notables, y que no tienden más que al aspecto total de la santa comunión, y mucho menos  que gentes de bien deban poner en práctica máximas tan perniciosas que tienen toda la razón del mundo de despreciarlas y de concebir mala opinión de los que las autorizan. A San Carlos no le preocupaba aprobarlas, ya que no recomienda nada tanto en sus concilios y en sus actas, como la frecuente comunión, y ordena varias veces graves penas contra todos los predicadores que apartan a los fieles directa o indirectamente de la frecuente comunión, y no se verá nunca que haya establecido la penitencia pública o el alejamiento de la comunión para toda clase de pecados mortales, o que haya querido que se interpusieran tres o cuatro meses entre la confesión y la absolución como se practica con mucha frecuencia, por estos nuevos reformadores y para pecados ordinarios; de manera que  pueda haber también exceso en dar fácilmente la absolución a toas clases de pecadores, que es lo que san Carlos deplora, no se ha de concluir por ahí que este gran santo aprobara  los extremos en los cuales el Sr. Arnauld ha caído ya que están totalmente opuestos a cantidad de ordenanzas que ha dictado.

«En cuanto a lo que se atribuye al libro de la Frecuente comunión, a saber, apartar a la gente de la obsesión frecuente por los santos sacramentos, os respondo que es verdad que este libro aparta poderosamente a todo el mundo de la obsesión frecuente de la santa comunión y de la santa confesión, aunque dé la impresión, para cubrir mejor su juego, de estar muy lejos de este plan; en efecto, ¿no alaba él con claridad en su prefacio, página 36, la piedad de los que querrían diferir su comunión hasta el último día de su vida, como creyéndose indignos de acercarse al cuerpo de Jesucristo, y no asegura que se satisface más a Dios por esta humildad que por todas las clases de buenas obras? ¿No dice por el contrario, en el c. II de la tercera parte, que es hablar indignamente del Rey del cielo decir que sea honrado por nuestras comuniones, y que Jesucristo no puede recibir más que vergüenza y ultraje de nuestras frecuentes comuniones que se hacen según las máximas del Padre Molina, cartujo, las que ataca en todo su libro con aspecto de pura invención? Además, habiendo probado por Saint Denis en el c. IV de la parte 1ª, que los que comulgan deben estar por completo purificados de las imágenes que les quedan de su vida pasada por un amor divino, puro y sin ninguna mezcla, que deben estar unidos perfectamente a Dios sólo, enteramente perfectos, y enteramente irreprochables, ni mucho menos que haya suavizado en nada estas palabras tan elevadas y tan alejadas de nuestra debilidad como si las hubiera entregado totalmente crudas, él ha sostenido siempre en su libro que contienen las disposiciones que son necesarias para comulgar dignamente. En este caso, ¿cómo puede ser que un hombre que considera estas máximas y este proceder del Sr. Arnauld pueda imaginarse que desea de verdad que todos los fieles comulguen muy a menudo? Es cierto, por el contrario, que no se podrían tener estas máximas por verdaderas, sin que al mismo tiempo no se encuentre  muy alejado de frecuentar los sacramentos, y en cuanto a mí, os confieso francamente que si le diera tanta importancia al libro del Sr. Arnauld como vos le dais, no sólo renunciaría para siempre a la misa y a la comunión por espíritu de humildad, sino que incluso tendría horror al sacramento, pues es cierto que para los que reciben la comunión con las disposiciones ordinarias aprobadas por la Iglesia como una trampa de Satán y como un veneno que envenenaría a las almas, y que él no trata de otra cosa a los que se acercan a ella que de perros, cerdos y anticristos; y aunque se cerraran los ojos a toda otra consideración para ponerlos en lo que dice en varios lugares de las disposiciones admirables sin las cuales no quiere que se comulgue, ¿se hallará hombre en la tierra que tuviera tan buena opinión de  de su virtud que se creyera en estado de comulgar dignamente? Sólo Arnauld lo puede hacer quien, después de establecer estas disposiciones a una altura tan grande que a un san Pablo le habría producido temor comulgar, no deja de gloriarse varias veces en su apología, de que dice la misa todos los días, en lo cual su humildad es tan admirable como su caridad y la buena opinión que tiene tanto de los buenos directores sabios, seglares y regulares, y de tantos penitentes virtuosos que practican la devoción, de los que unos y otros sirven de objeto de sus invectivas ordinarias  Por lo demás, estimo que es una herejía decir que sea un gran acto de virtud querer diferir la comunión hasta la muerte, porque la Iglesia nos manda que comulguemos todos los años. Es también una herejía preferir esta humildad pretendida a todas clases de buenas obras, siendo evidente que por lo menos el  martirio es mucho más excelente, como también decir absolutamente que Dios no es honrado por nuestras comuniones, y que sólo recibe con ellas vergüenza y ultraje.

«Como este autor aleja a todo el mundo de la comunión, no le importará gran cosa que todas las iglesias se queden muy pronto sin misas, de ahí sucederá lo que dijo el venerable Beda, que los que dejan de celebrar este santo sacrificio sin algún legítimo impedimento, priven a la Santísima Trinidad de alabanza y de gloria, a los ángeles de celebraciones, a los pecadores de perdón,  a los justos de socorros y de gracias, a las almas del purgatorio de refrigerio, a la iglesia de los favores espirituales de Jesucristo, y a sí mismos de medicina y de remedio. No le entran escrúpulos en aplicar todos estos efectos admirables a los méritos de un sacerdote que se retira del altar por espíritu de penitencia como se ve en el c. XI de la primera parte. Habla incluso más ventajosamente de esta penitencia que del santo sacrificio de la misa. Ahora, ¿quién no ve que este discurso es muy poderoso para persuadir a todos los sacerdotes de descuidar decir la misa, ya que se gana tanto sin decirla como diciéndola, y que se puede decir incluso, según las máximas del Sr. Arnaud, que se gana más? Porque, como él eleva la abstención de la comunión muy por encima de la comunión, es preciso que crea mucho más excelente la abstención que la misa misma.

La Moral de todo esto es que este nuevo reformador aparta a los sacerdotes y a los laicos del altar sólo bajo el fino pretexto de la penitencia. Mas para saber en qué basa esta gran penitencia que estima tan ventajosa para las almas, se ve en palabras expresas en el prefacio, página 18, que de todos los rigores de la antigua penitencia, apenas se queda con otra cosa que la separación del cuerpo del Hijo de Dios, que es la parte más importante, según los Padres, porque representa la privación de la beatitud, y la más fácil, según los hombres, porque todo el mundo es capaz de ella. ¿Podría El Sr Arnauld  mostrar claramente que su libro no se ha hecho sino con el propósito de arruinar la misa y la comunión, ya que emplea toda la antigüedad para predicarnos la penitencia, (de la que no he visto hacer al autor de esta doctrina un sólo acto, ni a los que le asistían para introducirle), y tras estas fanfarrias, se contenta con que no se comulgue? Ciertamente, los que leen su libro y no advierten en él este plan son del número de aquellos de quienes habla el profeta cuando dice: Oculos habent et non videbunt; y yo comprendo cómo vos, Señor, podéis acusar a los adversarios del Sr. Arnauld de arruinar la penitencia, puesto que se quejan, al contrario, con razón, de que este autor ha realizado esfuerzos extraordinarios para  que era necesario hacer largas y rigurosas penitencias antes de comulgar y de recibir la absolución, y que al mismo tiempo ha declarado en claros términos (para que nadie pretenda excusarse por ignorancia), que él no se reserva otra cosa de la antigua penitencia que la ausencia del altar.

«Ésta es, Señor, la respuesta que doy a vuestra carta, con tanta premura que no he tenido tiempo de releerla. Me voy ahora a celebrar la santa Misa, a fin de que quiera Dios  daros a conocer las verdades que digo por las cuales estoy preparado a dar mi vida. Tendría muchas otras cosas que deciros sobre este asunto si tuviera tiempo.

«Pido a Nuestro Señor Jesucristo que os las diga él mismo.

«Os ruego que no me respondáis sobre ello, si perseveráis en estas opiniones.   «Soy en el amor de Nuestro Señor, vuestro muy humilde servido. «VICENTE DE PAÚL.

Esta vez el Sr. d’Horgny quedó convencido, y dio a su venerable Padre el consuelo de ver a su hijo titubeando sobre estas cuestiones controvertidas, colocarse  totalmente  bajo los consejos que le da y someterse a la doctrina de la Iglesia.

Traducción del P. Máximo Agustín

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