El sentido mariano en la experiencia espiritual de San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Cristiana1 Comment

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Autor: Jean Pierre Renouard, C.M. · Traductor: Luis Huerga, C.M.. · Año publicación original: 1981 · Fuente: IX Semana de Estudios Vicencianos.
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Introducción

Ante todo, entendámonos bien: De mariología no se pue­de hablar en san Vicente más que de espiritualidad. No hay en él un pensamiento, primero analítico, y luego sintético, ni doctrina alguna… Está muy alejado de cualquier sistematiza­ción, y no nos brinda escritos con un pensamiento organiza­do sobre tal o cual sujeto.

Monsieur Vincent es el hombre de la vida, de la acción, y por ello es preciso que, al abordarle, atendamos a lo que vi­vió y experimentó. La experiencia es en él reflejo exacto de lo que fue y sigue siendo.

Nos corresponde descubrir el modo concreto en que san Vicente siguió a Cristo y encontró su itinerario espiritual. Se verá entonces inscribirse perfectamente, en el conjunto de su trayectoria, de su experiencia religiosa, la devoción a la Vir­gen.

Bajo ese aspecto, nuestro plan se muestra ya trazado. Nos es preciso :

  1. Reencontrar lo esencial de la experiencia espiritual de Monsieur Vincent.
  2. Captar la sensibilidad mariana típica de él, y que está en el centro mismo de esa experiencia.

He ahí un esquema que estimo nos ayudará a entender mejor la especificidad vicenciana de nuestra piedad mariana hoy día.

I. La experiencia espiritual de san Vicente

A) Etapas

Fieles a nuestra observación introductoria, estaremos aten­tos a los sucesos, a las circunstancias que condujeron a que san Vicente orientase su vida y optase de manera exclusiva. Eso nos dará la clave de su dinámica espiritual. Cierto, el repaso será rápido y deliberadamente sucinto, mas resumirá lo esencial de lo que animó a san Vicente, sin por ello agotarlo ni reducirlo a una caricatura pseudoespiritual.

—»Ninguna elegancia, poca comodidad, pero tampoco miseria»,1 es la descripción del hogar en que san Vicente ve la luz del día en abril de 1581; allí crece. Porquero, pastor, co­mienza por no asumir de grado sus orígenes (XII, 432). Se avergüenza de su padre, «mal vestido y algo vergonzante». Esos humildes orígenes le marcarán de por vida. El mundo modesto de su adolescencia encierra el germen de lo que lle­gará a ser Monsieur Vincent.

—Tras un ascenso clásico hacia el sacerdocio, y algunos años oscuros, por 1608 Monsieur Vincent está en París. Sabemos en qué circunstancia es acusado de robo. Sufre la injusticia de que a menudo son víctima los pobres, indefensos y explotados por la sociedad.

—Como capellán de los Gondi, conoce —lo sabemos tam­bién— un verdadero drama interior: una crisis de fe que le conduce al descostre del alma. Y sabemos el resultado pro­videncial: se libera de sí mismo dedicándose de por vida al servicio de los pobres.

«Estos dos hechos —sufrir la acusación de robo y cargar con el dolor ajeno — cambian su ser, sus ansias, su visión de cosas y hombres. En adelante no mirará a pobres y desgracia­dos, sino que los verá. Tampoco observará la miseria como un objeto, un defecto, una deformidad: cesará de ser expectador indiferente para entrar en comunión e identificarse con los que sufren; a ello le induce el movimiento mismo de su vi­da…».2

—Eficaz párroco de Clichy, parece reflexionar aún sobre su vocación, cuando retorna a los Gondi. En realidad tiene una cita con la Providencia, que adopta rasgos compasivos en Gannes. En 1617, Folleville se convierte en principio fun­dacional de su obra misionera (XI, 4 y XI, 169). El Señor Vi­cente parte de una mirada concreta a la vida, y no de una teoría sobre la Misión. La incredulidad del pobre pide su in­tervención. Nace ya una constante de su espíritu: cuando cap­ta a fondo el acontecimiento y comprende su coincidencia con la voluntad de Dios, pasa a la acción sin más tardanza.

—El mismo año se encuentra en Chátillon. Le basta un día para socorrer una urgencia que de pronto se declara, y cinco meses para poner en pie las primeras caridades. Sabe ahora que no puede desinteresarse de la miseria: se ha comprometido con ella, se ha hecho solidario del pobre; el cuerpo no puede separarse del alma… Es preciso que se forme entre muchos un frente unido… Desde ese momento todo va a encadenarse y pasar al estadio de experimentación institucional.

—Celoso de que la Misión dure, funda la Congregación (1625); trabaja en la obra de los ordenados (1628) —para asegurar la conversión espiritual de los pobres con verdaderos sacerdotes— ; inaugura las conferencias de los Martes (1633) —para alimentar la piedad y el celo de obispos y sacerdotes, a quienes permanentemente incumbe la evangelización de los pobres— ; acepta, en fin, entrar en el Consejo de Conciencia (1643) —para vigilar de cerca el nombramiento de obispos celosos de un clero que se vuelva hacia los pobres.

—Con idéntico celo por la prolongación de las Caridades, el Señor Vicente consolida las Damas de la Caridad (1617) y funda las Hijas de la Caridad (1633). Según esa misma óptica se lanza al socorro de las provincias devastadas (1639), como respuesta a necesidades urgentes, flexibilizando personas y estructuras; instituye la obra de los expósitos (1638), cuando cunde el abandono de las criaturas.

—Hacia el final de su vida, la mirada del Señor Vicente se universaliza, y envía misioneros a tierras lejanas. Todo está en la lógica de Gannes y de Chátillon. En seguimiento de Cris­to, precisa anunciar la Buena Nueva a los pobres, «a las perso­nas más abandonadas». Va todavía más lejos y establece como criterio de autenticidad para una vocación misionera la dis­ponibilidad, disposición a «partir».

B) Relieves de este itinerario

Concluida esta rápida reseña del itinerario de san Vicente, nos es posible indicar algunas constantes de su espíritu:

—Para él, el acontecimiento es lugar de revelación y com­promiso. Los dos choques con el mundo de 1617 moverán verdaderamente su vida. En adelante todos los acontecimien­tos, particularmente los que conciernen al mundo de los po­bres, serán lugares «en los que se manifiesta la guía del Espí­ritu Santo» (XI, 37).

—San Vicente cuida mucho de conformarse a la voluntad de Dios. Esta es fuente de perfección, de santidad. Es Provi­dencia: «Soy particularmente devoto de seguir en todo la ado­rable Providencia de Dios». Y esa voluntad se ostenta a tal punto en la existencia concreta de nuestro santo, que estrecha vitalmente entre sí Fe y Acción. El «hacer» (humano) sigue en él espontáneamente al «querer» (divino): «El Buen Dios rea­liza siempre nuestros quehaceres cuando nosotros realizamos los suyos» (VII, 348).

—San Vicente hace efectivo el Evangelio: «Se anuncia la Buena Nueva a los pobres» (Lc 4, 16-21). El pobre es para él imagen viva de Jesús : es el centro que polariza todas las ener­gías, todos los esfuerzos misioneros. Total: el Señor Vicente es un apasionado del pobre. Lo ve, lo conoce por dentro. Es pobre él mismo, y hace en ello un esfuerzo de asimilación.

— A través del pobre san Vicente reconoce a Jesucristo. Dice a los misioneros: «Nuestra vocación es una continuación de la de El, o al menos se parece a ella en las circunstancias» (XII, 80). Asegura a las Hijas de la Caridad : «Los pobres re­presentan para vosotras la persona de Nuestro Señor…». Y es sabida la célebre expresión: «Jesucrisio es la Regla de la Mi­sión» (XII, 130). Todo él está polarizado por un Cristo mi­sionero, manso y humilde.

— En fin, «para continuar la misión de Jesucristo, hay que revestirse de su espíritu» (XII, 107). Y aquí san Vicente se inspira directamente en san Pablo. Para él es cuestión de vivir el propio Bautismo, en docilidad al Espíritu Santo. Hay que morir a sí mismo, para dejarse llenar por Dios. En este sentido se muestra afecto a las tres virtudes de los votos (pobreza-cas­tidad-obediencia), y sobre todo a la sencillez y a la humildad. De ésta última dirá: «La humildad es el origen de todo el bien que hacemos» (XI, 674), o bien : «Es el fundamento de la perfección evangélica y el nudo de toda la vida espiritual» (VII, 363).

II. María en la experiencia espiritual de Monsieur Vincent

El Señor Vicente vive y respira el aire de su tiempo, mar­cado por «la reacción» de los católicos, frente a los juicios de los reformados, sobre la Virgen María y su culto. Eso redun­dará en un desarrollo mayor de la vida mariana.

A nivel gubernativo y nacional, tenemos el voto de Luis XIII. Se erige a la Virgen María en «Protectora del Reino», que es consagrado a ella.

A nivel teológico, se advierten las tomas de posición en favor de la Inmaculada Concepción (Tomás de Villanueva, Carlos Borromeo y Francisco de Sales).

A nivel espiritual, la Escuela del Padre Bérulle forma hom­bres que se señalan por su culto particular al corazón Inmacu­lado de María : el Padre Gibief, Jean-Jacques Olier, san Juan Eudes…

Por último a nivel popular, las cofradías de la Virgen del Rosario son incontables.

En este contexto, ¿qué hace el Señor Vicente ?

A) Algunos hechos

Ante todo, el Señor Vicente no descuida las peregrina­ciones :

—al comienzo de su sacerdocio, en 1600, celebra la pri­mera misa en Nuestra Señora de Remouille, Parroquia de Mezens, cuyo altar se trasladó a Nuestra Señora de Gráce (Buzet) después de la Revolución (cf. Coste, Vie I, 40 n.° 3).

—en 1623 hace una peregrinación a Nuestra Señora de Buglose, descalzo (Collet 1748 I, 109 o VII 219).

—en 1633 delega sobre Luisa de Marillac, en Chartres, para que ofrezca la Compañía de las Hijas de la Cari­dad a Nuestra Señora (I, 213).3

—en 1639 va él mismo a Chartres : acompaña a Nicolás Pavillón y le asiste en la aceptación de la sede episcopal de Alet.

No se contenta el Señor Vicente con estos desplazamientos devotos:

—el 23 de agosto de 1617, cuando erige la Caridad de Chátillon-les-Dombes, invoca a la Virgen como a pa­trona de ella :

«Y como invocando y erigiendo en patrona a la Madre de Dios en materias importantes, no puede menos de ir todo bien y redundar en gloria del buen Jesús, su Hijo, dichas señoras la toman por patrona y protectora de la obra, e imploran de ella con toda humildad, que vele especial­mente por ellas; y otro tanto hacen con san Martín y san Andrés, verdaderos ejemplos de caridad, patronos del dicho Chátillon…» (XIV, 126, n.° 1).

—la misma mención encabeza todos los reglamentos (cf. XIII, 419-446-454-480-484-487, etc…), y de las cofrades pide reciten varias veces el Ave María.

—pone asimismo a la Virgen por patrona de las Hijas de la Caridad. En la conferencia del 8 de diciembre de 1658, cuando habla de las virtudes de Cristo, sugiere:

«… Recurramos a la Madre de las Misericordias, la Vir­gen Santa, vuestra gran Patrona. Decidle : «Ya que la Compañía de la Caridad se establece bajo el estandarte de vuestra protección, si antes os llamábamos Madre nuestra, os suplicamos ahora aceptéis la ofrenda que os hacemos de esta Compañía en general, y de cada una de nosotras en particular…»» (X, 623).

—a sus misioneros recomienda, en el segundo capítulo de las Reglas Comunes, una devoción especial a la Virgen Santa (R.C. X prf. 4).

—exhorta a que se lleve y recite el rosario (IX, 37, IX 220, X, 621-622), hace que se recite el Angelus (X, 570), se se ayune las vísperas de las fiestas de la Virgen, oficia él mismo en sus solemnidades, emplea como plegarias las antífonas de sus oficios.

Detengamos aquí la reseña de hechos, pues henos en com­pañía de Louis Abelly, de quien se nos dice «llegó a ser el protector de los más extremados pensamientos marianos» (cf. Vincentiana, n.° 4, 1975, p. 208, n.° 1). Ante tales riesgos de inflación, expongamos sin más dilaciones los relieves del pen­samiento de san Vicente sobre la Virgen María, relieves del todo idénticos a los de la expresión religiosa del Señor Vicente en general.

B) Puntos salientes sobre la Virgen en san Vicente

La Virgen María es un modelo se sumisión a la voluntad de Dios.. María es la que supo decir «sí» a Dios, y la que siempre quiso, aún en situaciones dramáticas, someterse «al beneplá­cito divino» (cf. I, 337 y X, 520):

«Honremos, pues, la aquiescencia de la Virgen Santa al beneplácito de Dios en la muerte de su Hijo» (VII, 419).

La Virgen María se presenta, en el plan divino, con un alma de pobre. Sea por ejemplo la Virgen «modesta» (IX, 87) «y si­lenciosa» (IX, 340). María es sierva de Dios. Es un modelo de caridad para las hijas de san Vicente. Puede llamarse primera sierva de los pobres:

«¡Cómo, ser fundadas para honrar la gran caridad de Jesucristo, tener a éste por modelo y ejemplo, con la Vir­gen Santa en todo cuanto hacéis, oh Dios mío, qué dicha!» (X, 113).

Se ve a san Vicente fascinado por la Virgen de corazón bien dispuesto. Cuando pone a las Caridades o a las Hijas de la Caridad bajo su protección, da a ella la precedencia sobre los grandes santos caritativos (cf. XIV, 126-XIII, 546 y IX, 20). De ahí tal vez su gusto por decir con humor gascón a las pri­meras Hermanas : «Aunque he visto Reglas, ninguna honra más a Dios que la vuestra; no, nunca vi una Compañía dar más honra a Dios que la vuestra…» (X, 113).

Esta visión de la Virgen María, «sierva del pobre», se sitúa en la lógica misma del lazo que une a la Virgen con Cristo. María es la que ama a Cristo. Está íntimamente unida a él por la maternidad divina (VII, 187 y XII, 216). Fue fiel en recoger sus palabras (IX, 5), y san Vicente exhorta a las Hijas de la Caridad para que hagan como ella:

«… Veis, pues, mis queridas hermanas, si la Virgen Santa, que tal contacto y comunicación tenía con Dios y a la que se descubrían los sagrados misterios, que en ningún mo­mento perdía la presencia de Dios, bien digo, con todas las luces naturales y sobrenaturales por las que aventa­jaba sobrenaturalmente a todas las criaturas, no dejaba de recoger preciosamente las santas palabras de su Hijo, ¿qué no deberemos hacer nosotros a fin de conservar tan santa palabra ?…» (IX, 404-405).

Ella recibió la obediencia del Hijo de Dios (IX, 15, X, 283, 574 y XII, 426) y por eso —en El y por El— el sentido de la sujeción a la voluntad divina de que hemos hablado.

Finalmente, la Virgen María, revestida del Espíritu de Cris­to, supo comprender las exigencias de la fe. Su humildad probó la acción del Espíritu Santo en ella, y la Virgen Madre se aco­moda en todo a Jesucristo, porque participa de su Espíritu, que es amor del Padre, estima, reverencia y humildad.4

«Si queréis que [Dios] os llame a esperar esta gracia [de la humildad], no endurezcáis vuestro corazón, acudid a la Virgen Santa, rogando que os obtenga de su Hijo la gracia de participar en su Humildad, por la que ella se llamó esclava del Señor, cuando fue elegida para ser su Madre. ¿Qué hubo en la Virgen para que Dios la mirase? Ella misma lo dice: «Mi humildad…» (X, 536-537).

Y obtiene esa humildad también a otros. De ahí las dos hermosas oraciones de san Vicente a la Virgen para obtener la humildad (X, 395 y X, 538).

C) Los tres misterios «que hicieron época»

En la Inmaculada Concepción, la Anunciación y la Visita­ción ve san Vicente tres jalones de la vida de la Virgen y de cada Hija de la Caridad. Son por sí mismos los acontecimien­tos que marcan toda la vida de la Virgen. Estos tres misterios afloran constantemente en su pensamiento meditativo. Ha­blando de ellos, el Padre Dodin afirma: «Es muy notable que estos tres misterios sean el punto de apoyo, la letra y el espíritu de 1 os pasos fundamentales de su avance hacia Cristo y su vi­da con Dios».5

—La Inmaculada Concepción de la Virgen María es afirma­da sin vacilación por san Vicente de Paúl. No olvidemos que, en su tiempo, la Iglesia ha aceptado ya formalmente la fiesta de la Inmaculada, y que Luis XIII llega todavía a pedir sea obligatoria para la Iglesia universal.

Para san Vicente, «la Inmaculada Concepción establece en María la creación antes del pecado, la criatura vacía de sí mis­ma, en la que Dios puede poner su morada y donde la gracia puede obrar plenamente. Dios mira complacido su humildad, su transparencia perfecta».6

En suma, este misterio —acontecimiento, en el sentido vicenciano de «lugar de revelación»— impregna, en la idea de san Vicente, la necesidad de un Primer paso: el anonadamiento. Afirma él ser indispensable esta actitud interior: ante Dios, el hombre no es sino miseria y pecado. Sin cesar debe vaciarse de sí mismo para llenarse de Dios. Ahí se alcanza el movimiento de conversión acabado de describir (cf. XIII, 35- XIII, 31 y 793-794).

—La Anunciación, segundo acontecimiento, indica un se­gundo paso de la vida espiritual: es cosa de que uno sepa ofre­cerse a Dios. Es el privilegio de los pobres, en quienes, según san Vicente, se conserva «la verdadera religión» (IX, 200).

María se da a Dios sin reservas, sin reticencia, porque tiene un alma pobre. Dios puede regalarla «con el presente de la Segunda Persona Divina» (XII, 327).

También nosotros debemos ofrecernos a Dios Padre en seguimiento de Cristo y de su Madre. Es conocida la insisten­cia de san Vicente: «Démonos a Dios para realizar su obra» (II, 64). Su conferencia sobre la búsqueda del Reino de Dios, del 21 de febrero, 1659, choca de modo particular bajo este as­pecto :

«Dícese, pues, que busquemos el Reino de Dios. Buscar es sólo una palabra, pero me parece que dice mucho; quiere decir que nos pongamos en condiciones de aspirar siempre a lo que se nos recomienda, trabajar incesante­mente por el Reino de Dios y no caer en la relajación y el estancamiento; atender mucho al propio interior para regularlo, y no a las distracciones del exterior. Buscad, buscad, significa solicitud, acción» (XII, 131).

—La Visitación, por fin, tercer acontecimiento, sugiere un tercer paso, salir fuera. Después del anonadamiento, el ofre­cimiento de la propia vida a Dios, resta darse al servicio de los demás. María se dio a Dios, y ahora corre a casa de Isabel. Va allá «con toda mansedumbre, amor, caridad» (IX, 258). Las Hijas de la Caridad prolongan este servicio de María:

«Sois pobres Hijas de la Caridad que os disteis a Dios para el servicio de los pobres (IX, 534).

Estas palabras son eco de las primeras Reglas, que decían como primicias de vida que se ofrece:

«La Compañía de las Hijas de la Caridad se establece para amar a Dios, servir y honrar a Nuestro Señor, su patrón, y a la Virgen Santa… para servir a los pobres en­fermos corporalmente, suministrándoles cuanto necesitan, y espiritualmente, procurando que vivan y mueran en buen estado…» (IX, 20).

Conclusión

Invariablemente, el Señor Vicente nos devuelve a los po­bres. Bien partamos de su vida, de las etapas que la jalonan, o bien de las pláticas espirituales, nos señala una única finalidad: el servicio de Cristo en los pobres. Su actitud personal para con la Virgen María se inscribe en el sentido mismo de su actitud personal para con Dios.

Alejado de la sistematización, el pensamiento mariano del Señor Vicente no deja por eso de organizarse en torno a lo esencial :

«Cristo adorador del Padre, al servicio de su designio amoroso, evangelizador de los pobres» (C. I, p. 15).

  1. DODIN, A., c. m., Saint Vincent de Paul et la Charité,p. 11 (Le Seuil, Coll. Maítres Spirituels, trad. cast. Ed. CEME).
  2. Id., La misére vue par M. Vincent, «Missión et Charlie», n.° 4, p. 412.
  3. En 1636, M. BOUDET es enviado a Chartres para que la Virgen proteja a las Hijas de la Caridad contra la peste (I, 360).
  4. DODIN, en Vincentiana, p. 221.
  5. Ib., p. 219.
  6. JANIET, J., c. m., en Echo de la Maison-Mére, sep-oct. 1971, n.° 8, p. 376.

One Comment on “El sentido mariano en la experiencia espiritual de San Vicente”

  1. Éste ha sido un tema..extraordinario .que me ha enriquecido, enormemente, conociendo…esa faceta , tan amorosa y valiosa,de nuestro Fundador, en relación a la vida de nuestra madre María.
    La sencillez con que aborda, la misión, de María Santísima, me permite valorar nuevamente mi actuar, hacia los pobres..he crecido.. solamente con haberle dado lectura y me esforzaré por poner en práctica, los 3 puntos, que recomienda, al final

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