256. Pedir a Dios que haga grandes cosas.
Su celo le hizo decir un día que había que pedir a Dios las cosas grandes igual que las pequeñas, y que en ese caso, no hay por qué tenerse en cuenta tanto a sí mismo, porque se hallaría muy indigno, sino esperar sólo de Dios, ya que a Dios no le cuesta más dar mucho que poco, y cuando Dios ve que no hay nada en el hombre que le haga digno de concederle la gracia que le pide, el mismo Dios se mira a sí mismo, y al mirarse a sí mismo, lo concede. Y por eso, hermanos míos, no decimos que no nos atrevemos a pedir a Dios grandes gracias, porque no somos dignos.
Al margen: enseñanza muy hermosa la de aquí.
Notas del P. Dodin:
«Hacer grandes cosas».
El 25 de agosto de 1655 Vicente de Paúl pedía se supiera unir la humildad con la magnanimidad, como San Luis (XI.301/200; E.258260).
L. Robineau nos presenta otra formulación de la misma doctrina.
257. Charla sobre el agradecimiento, cuando murió Adrián Le Bon.
Cuando Adrián Le Bon dio su último suspiro, el Señor Vicente se levantó y dijo a los misioneros presentes en la habitación mortuoria:
«¡Ea, Hermanos! Ya está nuestro buen Padre delante de Dios; somos sus Hijos; un Padre que ha sido tan bondadoso para nosotros y tanto como ningún padre podría serlo para sus hijos. ¡Dios mío! ¡Quiera tu bondad aplicarle las buenas obras y los pequeños servicios que la Compañía ha tratado de rendirte hasta aquí! Te las ofrecemos, Dios mío, suplicándote que se las atribuyas. Es muy posible que varios de nosotros estaríamos en la indigencia, y él nos proveyó de subsistencia para nuestro alimento y sostenimiento. Debemos cuidarnos, Hermanos míos, de no caer en ese miserable pecado de la ingratitud para con él y con todos esos buenos Señores, los religiosos del antiguo San Lázaro, cuyos hijos somos, y que debemos reconocer y respetar como a tales. Debemos ser muy agradecidos con ellos por el bien que nos han hecho, y tratemos todos los días, Hermanos míos, de acordarnos del Señor Prior; de rogar a Dios por él».
Al margen: Véase el primer gran cuaderno general, f2 3 bis, v2.
Aquí el Señor Vicente se dirige a Dios para hacerle esta oración. Habla de los antiguos religiosos de San Lázaro.
Notas del P. Dodin:
Agradecimiento a Adrián Le Bon.
L. Abelly transcribe el texto que nos da L. Robineau (Abelly, I.190; XI.155/75; E.100).
258. Celo desinteresado.
En otra ocasión en la que ha dejado traslucirse su celo por la salvación de las almas y que sólo era eso lo que buscaba con exclusión de todo bien temporal, era que una persona muy piadosa había dejado en el testamento alguna cantidad de dinero para la Compañía. Como se lo indicaran al Señor Vicente, hizo reunir a los Oficiales de la casa de San Lázaro y a algunos otros de la Compañía; y uno de ellos llegó a decir que se equivocaba mucho, si no había allí demasiadas cargas y, que por lo que parecía, no iba a llegar nada a la bolsa del procurador.
Entonces el Señor Vicente bajó los ojos y los cerró, y después los abrió y mirando al cielo, dijo estas palabras: «Concedamos que la cosa haya sido como usted ha dicho, y aunque el caso haya sido así, siempre es más darnos, que dar nosotros el medio de servir a Dios y de hacerle conocer y servir, y por eso, no deberíamos dejar de ser agradecidos y de pedir a Dios por él, como bienhechor nuestro; y vemos que la Iglesia ha tenido tanto agradecimiento a los bienhechores, que ha llegado a relajarse, y ha concedido a los bienhechores laicos el derecho de patronato, como vemos en muchos sitios, aunque eso debería pertenecer sólo a la Iglesia. Y ¿por qué ha actuado de ese modo sino para manifestar su gratitud a los bienhechores y para excitar a los cristianos a compartir sus riquezas?».
Esto sucedió el mes de agosto de 1660.
Notas del P. Dodin:
Alocución del mes de agosto solamente presentada por L. Robineau.
259. Charla sobre el celo (noviembre de 1657).
El mes de noviembre de 1657, en una repetición de oración, digo públicamente hablando de las misiones (aunque con pena) con el fin de excitar a la Compañía a esa santa actividad: «Recuerdo que antaño, cuando yo volvía de la misión, me parecía que, al llegar a París, las puertas de la ciudad iban a caerse sobre mí y aplastarme, y rara vez volvía de misionar sin que ese pensamiento me viniera a la mente. La razón de eso es que yo reflexionaba dentro de mí: Tú te marchas a París, y mira cómo esas otras aldeas están esperando lo mismo que tú acabas de hacer en tal y cual sitio. Si no hubieras estado allí, seguramente que tales y tales personas, si hubieran muerto en el estado en que las hallaste, se habrían perdido y estarían condenadas. Si tú has hallado eso (tales y cuales pecados que se cometen en aquella parroquia) ¿tienes motivos como para dudar que encontrarás lo mismo, y que parecidas faltas y pecados se cometen en la parroquia vecina? Mas, ellas están esperando que vayas a hacer donde ellas lo mismo que acabas de hacer donde sus vecinos. Están esperando la misión, y tú te marchas, las abandonas; si mueren ahora, y mueren en sus pecados, tú serás en cierto modo la causa de su condenación, y debes temer que Dios te exigirá cuentas de eso. He ahí, Señores, los pensamientos —decía— que afligían mi alma».
Al margen: Véase la conferencia del 25 de noviembre de 1657, que es más extensa, f2, E.407*408.
Manuscrito de las Repeticiones de oración, f2 66.
Notas del P. Dodin:
Charla sobre el celo.
La Repetición de oración tuvo lugar el 25 de noviembre de 1657 (XI.445/316; E.407/408).
260. Solicitud del Señor Vicente en la provisión de los cargos de la Judicatura.
Habiéndole sobrevenido al Señor Legras, que es un hombre de honor, de virtud y de buena familia, hijo de la Señorita Legras, primera Superiora de las Hijas de la Caridad, Señorita de virtud eminente, una sordera muy grande, que le dificultaba mucho el desempeño de sus funciones como Baile de San Lázaro, le rogó al Señor Vicente, que tuviera a bien que le devolviera la provisión de ese cargo a sus manos, para poner a otro en su lugar. El Señor Vicente lo aceptó, en el año 1656, y dedicó desde entonces una parte de sus cuidados y preocupaciones para descubrirlo, y, a tal efecto, me encargó que me informara de la conducta de un abogado joven en la Corte del Parlamento sobre el que puso sus ojos para saber cómo actuaba y qué exito tenía en Palacio, y con qué aprecio era considerado; brevemente, para cortar en corto, después de una cuidadosa investigación del Señor Vicente. Sin entretenerse en otras personas de honor y capacidad también abogados en el Parlamento, que le pedían que les proveyera de aquel cargo, resolvió adjudicarlo a aquel buen joven tanto más cuanto que no solamente no lo pedía, pues ni siquiera pensaba en ello. A tal efecto, lo mandó buscar: se trata del Sr. Mussot, hijo de la Señora Mussot, mujer de gran virtud y piedad. Es un hombre no menos capaz y juicioso que competente en leyes y virtuoso, como lo ha demostrado cabalmente por su experiencia en varias ocasiones y a quien el Señor Vicente concedió este oficio gratuitamente, como había hecho también con el anterior.
Y se puede decir que la justicia está actualmente tan bien administrada, tanto para la gloria de Dios y para la aceptación y satisfacción de los sometidos a la justicia de este bailiazgo, como sería de desear.
Al margen: Justicia. Solicitud del Señor Vicente en la provisión de los cargos de la Judicatura en manos de gente de bien.
Notas del P. Dodin:
Judicatura de San Lázaro.
Miguel Le Gras, hijo único de Luisa de Marillac, nacido en París el 18 de octubre de 1613, había sido nombrado Baile de San Lázaro en 1449. Su natural perezoso (III.517/475) y su sordera, que se deja notar el 8 de octubre de 1655 (V.445/427) no le facilitaban el desempeño de esa función. Fue reemplazado por el Sr. Mussot, hijo de la Sra. Mussot, que duró en aquel oficio hasta 1656.






