El 2 de marzo de 1657, un seminarista de edad ya bien avanzada –tenía ochenta y dos años- entraba en el seminario interno. Era el Sr. Alméras, padre del Sr. René Alméras, y veamos cómo anunció san Vicente este noticia al Sr. Get, superior de la Misión de Marsella
«El seminario de aquí no se vio nunca tan poblado como ahora. El padre del Sr. Alméras ha querido honrarle con su presencia, habiendo tenido la devoción de tomar el hábito y la calidad de seminarista para asistir a los ejercicios como lo hace estos últimos días, cuando su edad de ochenta y dos años se lo puede permitir.
Es una gran humillación para un maestro contable, jefe de una honorable familia, y para un venerable anciano; pero también ha encontrado el secreto para ser grande en la otra vida después de haberlo sido en ésta, que es hacerse pequeño como un niño por el amor de Nuestro Señor. Fue en efecto una gran edificación para el seminario interno ver a este venerable anciano plegarse a esta vida bien diferente de la que llevaba en el mundo y rivalizar en celo y en fervor con los jóvenes que se hallaban ya allí.
René Alméras nació el ¿? de noviembre de 1575 y fue bautizado en la iglesia Saint-Merry. Pertenecía a una familia originaria de Bagnols (Gard). Su padre, Jean Alméras, financiero, secretario del rey, de la audiencia, en la cancillería, era el amigo de Pierre d’Estoile y su madre era hija del maestro contable Jean de Malestroit, autor del Paradoxe sur le fait des monnoies.
En primer lugar se hizo cargo como secretarios del rey, luego fue nombrado tesorero de Francia en París el 19 de enero de 1608. Desempeñó la función de secretario de María de Médicis, y se quedó sin cargo a la muerte del mariscal de Ancre. Produjo en el siglo diecisiete un obispo. Su padre recibido como maestro de cuentas el 30 de mayo de 1622, siguió en ejercicio hasta 1656. Acompañó a Enriqueta de Francia a Inglaterra en 1625, en calidad de secretario. El año de 1629 1623, tuvo la supervivencia del cargo de general (o controlador general) de correos que poseía su hermano Pierre. Fue también secretario de los dominios de Ana de Austria. Se había desposado en primeras nupcias con Margarita Fayet, hija de Nicolas, presidente de las cuentas. Murió el 15 de agosto de 1622, y fue enterrada en Saint-Gervais.
En segundas nupcias casó con María Leclerc, hija de Pierre Leclerc, señor de Viviers, consejero de Estado del duque de Lorena.
Seis hijos nacidos de este matrimonio portaron honrosamente en diversas condiciones el nombre de Alméras.
El mayor de estos hijos, llamado René como su padre, nacido el 5 de abril de 1613 y recibido consejero en el gran consejo el 21 de agosto de 1636, abandonó de muy joven el camino de los honores que se abría ante él y vino a presentarse a san Vicente, quien puso muchas dificultades para recibirle en su Congregación.
Aunque excelente cristiano, el maestro de cuentas se opuso con toda su fuerza a la decisión de su hijo. Citemos al autor de la noticia. En esta disposición (de entrar en la Congregación), manifestó su propósito a su padre, el cual, aunque un hombre de bien, se sorprendió mucho ante esta propuesta y tocado sensiblemente por la resolución de su hijo, no sólo por verse privado de una persona que le era tan querida, sino también por el interés de su familia de la que él debía ser el principal apoyo; de manera que después de mostrarle todo lo que el amor paterno y el resentimiento de una pérdida semejante le pudieron sugerir para hacerle cambiar de resolución, le dijo por fin, viéndole inflexible, que ya que habías estado dos años para formar y ejecutar este plan, él necesitaba otros tantos para ver si debía darle su consentimiento».
Después de superar la resistencia que oponían el maestro contable y el venerable fundador de la Misión, el Sr. René Alméras se dirigió a San Lázaro acompañado de su padre. Escuchemos al autor de la noticia.
«No se debe omitir una circunstancia bien digna de notar, y es que este padre que había sido al comienzo tan contrario al plan de su hijo, estuvo en lo sucesivo tan persuadido que su vocación venía de Dios que no se contentó con darle su consentimiento y su bendición; sino que cual otro Abraham, quiso en persona contribuir a la ejecución de su sacrificio, llevándole a San Lázaro y presentándosele al Sr. Vicente, a quien dijo con una generosidad verdaderamente cristiana que él ponía en sus manos toda la autoridad que Dios le había dado sobre su hijo parea disponer de él según su voluntad, siguiendo los planes de la divina Providencia».
El Sr. Alméras, llegado a misionero, se mostró ejemplar en el desprendimiento de sus parientes, y lo manifestó bien. Su aptitud para los diferentes empleos de la Compañía hizo que san Vicente le designara para visitar varias casas, y le envió a Génova y a Roma.
El Sr. Alméras salió de París con la orden recibida de su superior y partió sin visitar a su padre y sin que san Vicente advirtiera al venerable anciano de la marcha de su hijo.
Para reparar su falta, san Vicente escribió al Sr. Alméras la carta siguiente:
«Nuestra querida hermana vivió en una gran sabiduría y prudencia para con los Srs. sus prójimos, teniendo por ellos una sumisión perfecta, una gran piedad para con Dios y una bondad y dulzura encantadora por todos. Ante estas buenas cualidades, uniendo Dios la vocación religiosa, fue recibida entre nuestras hermanas de barrio de Saint Jacques, de París, donde en primer lugar entró en la práctica fiel de todo lo que se nos prescribe, habiendo brillado en estos primeros tiempos por su gran regularidad a nuestras santas observancias. Tan buenas disposiciones le merecieron la gracia de tomar el santo hábito y de hacer la santa profesión en su tiempo.
Cinco años después de este acto solemne, fue elegida para ser una de las piedras fundamentales de nuestro monasterio de Amiens, donde su gran virtud la llevó algún tiempo después a considerarla capaz de la educación de las novicias. La perfección con la que actuó en este empleo tan importante inspiró a nuestras hermanas el deseo de ponerse bajo su dirección. Ejerció durante doce años, en diversas ocasiones, el cargo de superiora, y a pesar de las dificultades que presenta, se comportó con tal prudencia y caridad que se atrajo la perfecta estima y la respetuosa amistad de la comunidad. Tenía sesenta y dos años y llevaba cuarenta y tres de religión cuando Dios la llamó a sí; pasó así del rango de las hermanas coristas al de los ángeles, el / de diciembre de 1677.
A M. Alméras, maître des comptes
«1er septembre 1646.
«Monsieur,
Me inclino en espíritu ante vos y pido perdón con toda la humildad y afecto que me es posible, por haberos dado motivos sin pensarlo de queja contra mí, porque el Sr. Alméras vuestro hijo no ha ido a despedirse de vos antes de marchar; os he dicho, Señor, que he cometido esta falta sin pensarlo; y es verdad que no presté atención a todo antes de su partida. Ved cómo ocurrieron las cosas. Tuvimos nuestras dudas durante tiempo si iría al campo, tanto a causa de su indisposición como por la duda de los lugares adonde iría. Al principio hemos pensado enviarle a visitas de varias casas que tenemos, comenzando por Sedan, de allí en Toul, en Troyes, en Annecy, en Marsella y en Roma, no tanto para hacer las visitas sino para probar si este cambio le devolvería la salud; consultamos por ello a los médicos que pensaron enviarle al campo, pero no a Roma, a no ser que se sintiera bien al llegar a Marsella a finales del otoño. Transcurrió tiempo pensando en la ruta a Sedan; pero al llegar los grandes calores, temimos enviarle allí porque no hay coche para protegerse hasta Troyes; lo que nos hizo cambiar el plan de la noche a la mañana al presentarse la ocasión de enviarle a Angers, donde podía ir a cubierto en coche hasta Orléans, y de allá por el río; de manera que tomada la resolución por la noche partió a la mañana siguiente sin que se me acordara de la obligación filial que había de ir a recibir vuestras recomendaciones, y yo pienso que le pasó lo mismo a él; al menos, a mí no me habló de ello. Por ahí podéis ver cómo la falta no fue voluntaria, sino falta de reflexión a mi modo de ver. La carta que os envío de vuestro Señor hijo os expondrá otro fallo, Señor, que es haberla recibido hace ya veinte días y no os la he entregado hasta hoy. Es también una falta que no procede tanto de mí como de uno de nuestros hermanos, a quien se la había dado antes de mi ida a Fontainebleau, y quien se olvidó de entregarla, lo que me ha sorprendido al regreso; y si bien es muy cuidadoso, por la gracia de Dios, no lo ha sido en este caso; y pienso que nuestro viaje urgente a Fontainebleau, adonde vino conmigo, fue la causa. Os informo de todo esto, Señor, para que tengáis a bien creer que no he faltado en esta ocasión por mala voluntad, sino de memoria, y por consiguiente me concedáis la gracia de otorgarme de buen grado vuestro perdón, que os pido para vuestro Sr. hermano y para mí.
«El Sr Portail me escribe nuestra casa de la Rose, de la diócesis de Agen, del 8 de este mes, que vuestro Sr. hijo y él gozan de buena salud; son sus propias palabras, y que saldrían en ocho días para Marsella, y de allí, uno para Génova y para Roma, y el otro para Annecy, diócesis de Ginebra, según la orden que les enviaré a Marsella. Ahora bien, estoy dudando de quién de los dos irá a Roma, o bien si irán los dos. Os aseguro, Señor, que vuestro señor hijo no irá a Roma, si el Sr. Merles y nuestro médico, el Sr. Vacherot, presentan el menor inconveniente del mundo. La vida de vuestro señor hijo nos es demasiado querida, Señor, y vuestra satisfacción también, y aunque los médicos estimen que él pueda pasar, comunicaré no obstante que no lo haga si su salud no es tan buena al llegar a Marsella como cuando llegó a la Rose. Esto es, Señor, algo de nuestra conducta respecto de vuestro señor hijo, a quien honro como Dios sabe y estimo más que a mí mismo, y que soy en el amor de nuestro Señor y de su santa madre, vuestro, etc.
En respuesta a esta carta tan humilde y tan respetuosa, el Sr. Alméras escribió a san Vicente:
«Cuando considero de qué manera y con qué ánimo consentí en la vocación de mi hijo, sin que las ternuras naturales me hayan impedido ponerle en vuestras manos, que desde hace dos años no he exigido ninguno de los cuidados que los hijos dan a su padre, que nunca le he hablado de su vocación que no sea más que para aprobarla y alegrarme de verle tan comprometido en ella, os declaro ante Dios, que es el solo escrutador de los corazones, que no encuentro nada que decir sobre los planes que tenéis sobre la persona de mi hijo, las comisiones ni los empleos que le dais, ni los viajes que le mandáis hacer, aunque sea a las Indias, habiendo depositado, como la primera vez que le puse en las manos de Dios y de las vuestras, la autoridad paterna que tenía sobre él, para dejaros su dueño absoluto; no puedo ni debo revocar la ofrenda que he realizado tan de buen grado así me queda pedir a Dios que bendiga sus acciones, que haga prosperar sus viajes, y a vos, Señor, que me deis alguna parte en vuestras oraciones».
Los términos de esta carta son un testimonio de una virtud poco común en un padre que tenía con toda seguridad un afecto igual a sus méritos; pero fue aun más lejos en el ejercicio de esta virtud, cuando a imitación suya hizo un sacrificio de sí mismo a Dios en la misma Congregación, en la que fue recibido, como lo hemos dicho al principio, el 2 de marzo de 1657.
Dio allí El mayor ejemplo de edificación hasta su muerte, y san Vicente habla de él de esta manera al anunciar la pérdida que acababa de sufrir la Congregación:
«El Sr. Alméras padre ha encontrado el final al cabo de ochenta y tres años que ha vivido en la tierra; cayó enfermo el primer día del año y al cuarto se fue al cielo. Tenemos motivos para creerlo así después de los actos de virtud que le hemos visto practicar a partir de su entrada en la Congregación, que han edificado a toda la casa, y que le han dispuesto a una buena muerte tras una larga vida.







