El P. Faustino Díez, fundador de Los Milagros

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión, Historia de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Francisco Carballo · Fuente: Anales Españoles, 1969.
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En el archivo de la Congregación de la Misión de la Casa Central de Madrid hemos podido examinar una obra de gran interés misionero y de interesante valor para la Historia cristiana de Galicia: el libro de las misiones del P. Díez y compañeros.

Este libro manuscrito comprende la relación de las misiones en que participó el P. Díez durante veinticuatro años: de 1863 a 1887.

Es el P. Maller, provincial de los Paúles en España, quien llama al P. Díez de Badajoz para misionar en tierra de Galicia. Tres misioneros, los PP. Díez, Arnaiz y Gómez, dan comienzo a la misión de Orense el día 2 de julio de 1866.

Será necesario rectificar en mi obra sobre el santuario del Medo, pá­gina 68 la datación tomada de los historiadores, pero que contradice la afirmación manuscrita del P. Díez. “Esta famosa misión se daba en la catedral, asistiendo el cabildo, clero parroquial y demás clero y autorida­des civiles y militares.” Al no caber en el recinto, la misión de la tarde, a las seis, se hacía en la plaza, a la espalda del convento de San Francisco, actual cuartel.

A la misión de la capital suceden otras ; quizá la más numerosa es la de Ginzo de Limia, en la que, según el mismo P. Díez, se reúnen más de 30.000 personas, recibieron la comunión más de 40.000 y en los días de máxima concurrencia llegan a 80.000.

Las misiones de 1866 dan a conocer la obra de la Congregación. Los misioneros vuelven a Badajoz. El P. Diez ha de pasar a Portugal a causa de una comunicación de la Junta revolucionaria. Y allí permanece algún tiempo hasta que le mandan volver a Galicia. Esta segunda venida co­rresponde el 10 de abril de 1869, fecha de su llegada a Orense. “Me hos­pedo en el palacio episcopal, escribe, muy contento de ello al excelentí­simo señor Obispo Dr. don José Cuesta. Desde el día en que llegué em­pecé a predicar en diversos puntos, pero en especial en las Mercedes.”

El P. Diez es sensible a las andanzas políticas de las cortes. La fa­mosa sesión de las blasfemias, que provocó en toda España enorme re­vuelo, da al P. Diez la oportunidad de dirigir un novenario en la catedral orensana, eh el que fue “pasmoso el movimiento y la gran procesión que se tuvo el último día llevando velas encendidas más de 6.000 personas”.

Después de predicar ocho grandes y largas misiones por las parro­quias, el señor Obispo le encarga la novena-misión de los Milagros y le nombra administrador, 1 de septiembre de 1869.

La comunidad del Medo inicia su labor en el santuario; pero al leer la crónica puntual de las misiones del P. Diez, se creería que este mi­sionero no tenía ni tiempo de pisar los Milagros. Efectivamente, su ac­tividad es incesante: “todo el mes de ánimas, escribe refiriéndose a 1869, y diciembre prediqué en las Mercedes, reorganizando las asociaciones de Hijas de María y Josefinas”. En 1870: “tuve todos los días sermones en las Mercedes y algunos días dos veces, una en la catedral, o en Santo Domingo, o en San Francisco”.

El P. Diez era administrador de los Milagros, pero el primer superior de la Comunidad no fue nombrado hasta 1872 en la persona del P. Rill. Los tres grandes misioneros PP. Diez, M. Pérez y F. Marcos siguen reco­rriendo las parroquias gallegas, dando ejercicios al clero y ordenandos, a las Hermanas de la Caridad y a las Hijas de María. Así hasta 1879. El elenco de misiones suma 157, de una duración media de 15 días. En 1879, el P. Diez abandona Galicia y es destinado a las misiones de Si­güenza. El libro termina con la relación de las misiones de 1887.

Las primeras misiones en Galicia del P. Diez le merecen relaciones lar­gas y concretas; más tarde se contentará con la simple enumeración, para no repetir.

Varios aspectos merecen ser recordados de aquellas tumultuosas y fer­vorosas misiones. Primeramente su sentido de provocación a la reforma moral. El cronista repite constantemente que la misión logró despertar la conciencia para un buen cumplimiento dominical, la superación de la blasfemia, la reconciliación familiar y la institución o reorganización de las Hijas de María y asociación de San José. Es precisamente el P. Diez quien más decididamente se entrega a la organización de las Hijas de María. Esta asociación obtiene gran resonancia y decidida influencia po­pular.

Otro aspecto es sin duda notable: la afirmación religiosa frente al sec­tarismo. Anécdotas escasas, pero que se le escapan de la pluma al cro­nista nos delatan esta realidad. Así su expulsión de Badajoz en 1868 debido a la Junta Revolucionaria; sus dificultades en Orense en ocasión de los asesinatos de Cande. Era el P. Diez señalado por el dedo de los progresistas de la época como una figura dura en las polémicas reli­giosas. La brutal represión que ocasionó la muerte de varios paisanos de Bande le merece al misionero duras reflexiones.

Por último destaquemos que las misiones de este gran equipo se lle­vaban con la más nítida vida sacerdotal. El P. Diez nos traza la semblan­za de uno de sus compañeros, amigo entrañable, el P. Marcos. En esa semblanza podemos ver al mismo escritor. Y realmente era asombrosa la vida de aquellos hombres: siempre en la liza, siempre a disposición de todos, incansables, implacables.

He aquí unas líneas de la semblanza del P. Marcos. “No pocas no­ches unas con lluvias, otras con nieves pasaba en los caminos regresan­do a su pueblo después de haber estado hasta muy entrada la noche dando lecciones de amor de Dios, de lectura, caligrafía y aritmética. En la Con­gregación le vi por tres meses casi con solo agua y sin faltar a un sola acto de comunidad, aunque se sentía mal. Jamás desayunaba, ni se acostaba, sino que de ordinario pasaba la noche en la misma ropa que tenía de día, sentado en una silla o tendido alguna vez en un banco. Pa­recía insensible; ni le impresionaba el excesivo calor, ni los más rigu­rosos fríos. En el púlpito se mantenía horas y horas, cuando la obedien­cia no se lo impedía. Para el confesionario tenía cierta gracia y resistía lo increíble. Pero lo más recomendable era en conservarse mudo para no hablar de los superiores ni de los compañeros Jamás tocó ni libros ni cosa alguna de sus compañeros, ni en casa ni en misiones. Esto le hacía ser amado de todos.”

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