Capítulo V: La reforma del clero parroquial
La situación, sombría a principios del siglo XVII, se modifica radicalmente en los últimos decenios, a veces incluso desde 1640. Es en este momento en efecto cuando se opera la reforma del clero parroquial, aspecto esencial de lo que se llama la Reforma católica, es decir la penetración del espíritu tridentino en todos sectores de la vida cristiana. Una tal transformación fue lenta en conjunto; precoz en algunas diócesis, no despunta más que tímidamente y con frecuencia por etapas en la mayor parte de ellas y es que no se trata tan sólo del resultado de la acción pastoral de los obispos, se relaciona muy íntimamente con la a parición de instituciones nuevas, en especial la de los seminarios.
I. Los seminarios
1-Los ritmos de expansión
Fueron el útil esencial de la transformación; acometían en efecto al principio del mal, es decir a la insuficiencia de la formación intelectual del clero. Su creación fue decidida por los Padres de Trento: de ellos se trató durante todo el concilio; los trabajos de una comisión en la que dos prelados, el cardenal de Lorraine, arzobispo de Reims, y Nicolás Psaume, obispo de Verdun, tuvieron un papel esencial, llegó en el curso de la sesión 23 al decreto que instituía los seminarios. Prescribía a cada iglesia catedral nutrir y formar en la vida eclesiástica a un cierto número de niños de de al menos doce años, agrupados en un colegio cuya organización daba el concilio. El futuro sacerdote debía en efecto crecer en un medio «aparte» y no en la universidad; este corte del mundo respondía a la espiritualidad profunda de la Reforma católica que no dejó de afirmar en todo momento o de recordar la superioridad de la condición sacerdotal sobre la de los laicos. De hecho, los seminarios no pudieron, en Francia, ser creados de inmediato. En primer lugar porque los decretos del concilio no se recibieron jurídicamente en el reino: había que esperar una lenta impregnación de los espíritus. Después, porque la larga serie de las guerras de religión paralizó Francia hasta 1598, arruinando las diócesis y obligando incluso lo más a menudo a cerrar las escuelas existentes. La debilidad del poder real y la anarquía eran tales que llagaba a ser imposible incluso proveer a las sedes episcopales vacantes: eran veintiocho en número en 1579; la situación se agravó en 1588 cuando Enrique III mandado dar muerte al cardenal de Guisa, rompiendo así las relaciones con Roma. El establecimiento de los seminarios no dependió, en el siglo XVI, más que de iniciativas locales y dispersas: el primero fue creado en el reino en 1567, por el cardenal de Lorraine, arzobispo de Reims, uno de los iniciadores del proyecto en el concilio. Cerca de la universidad de Pont-à-Mousson, fundada en 1572, se establecieron unos años más tarde, un seminario para Toul y otro para Metz. se han de añadir otras creaciones esporádicas, a principios del siglo XVII, sobre todo en las diócesis del mediodía, cuando un obispo celoso ocupaba la sede y la región había sido relativamente perdonado por las guerras: en Burdeos, Valence, Aix, Avignon, Toulouse, Auch, Rodez,…Pero la gran ola no comienza hasta 1640, más o menos activa según los recursos locales. Los obispos en efecto tenían numerosos obstáculos que vencer: dos en particular. Necesitaban constituir un cuerpo de profesores competente; a menudo debieron esperar la institución de las compañías de sacerdotes –oratorianos, eudistas, sulpicianos- … especializados en la formación de los aspirantes al sacerdocio. Debían además procurarse beneficios capaces de dar vida al futuro seminario; no encontraron por lo general otro medio, pero a costa de vivas oposiciones, más que adelantar tasas sobre las rentas de los beneficiarios de la diócesis.
El periodo más fecundo en la institución de los seminarios se extiende de 1642 a 1660: se asiste entonces a unas cuarenta fundaciones (entre las más importantes: Alet, Marsella, Châlons-sur-Marne, Clermont, Lyon, Chartres…Los ritmos se rebajaron, por la simple disminución de las necesidades, bajo el reino personal de Luis XIV, pero no hubo nunca parada total. El rey tenía por lo demás empeño en estimular el celo de los obispos retardatarios, lo hizo en particular por medio de una declaración solemne del 16 de diciembre de 1698. «No habiendo nada más importante, recordaba en el preámbulo, para el bien de la religión que tener eclesiásticos capaces por sus costumbres y por su doctrina de cumplir las santas funciones a las que son destinados, la Iglesia ha juzgado que el medio más seguro para conseguirlo era el establecimiento de los seminarios en los cuales se los pudiera educar desde los primeros tiempos de su juventud, formarlos en la piedad, instruirlos en las ciencias que son necesarias en su estado.» Era, repetido casi en su carta, el programa del concilio de Trento. El movimiento de creación se prosiguió así en el siglo XVII y hasta en el XVIII: se fundaron seminarios en todas las diócesis, con excepción de las más pequeñas como Lectoure o Saint-Paul-Trois-Châteaux. No todos no obstante tuvieron, desde el principio, la plenitud de la enseñanza
2 –La organización de la enseñanza
Por lo general, la institución se realizaba por etapas. Se organizaban en primer lugar simples retiros de ordenandos: los clérigos que se preparaban a las órdenes mayores venían, antes de cada una de las tres órdenes (subdiaconado, diaconado y sacerdocio), a hacer un retiro de de quince días a tres meses en una casa religiosa especializada. Recibían allí una formación rápida que abarcaba la formulación del dogma según el catecismo del concilio de Trento, sobre la liturgia, el canto gregoriano, sobre la distribución de los sacramentos, sobre la predicación, sobre la meditación y la vida espiritual. Esos retiros fueron organizados en diversas ciudades de Francia, en particular en París en la casa de San Lázaro, bajo la dirección de san Vicente de Paúl: Bossuet vino allí a prepararse al sacerdocio, y más tarde él mismo preparó a los futuros sacerdotes. Los resultados fueron excelentes: se tradujeron en una neta mejora en el reclutamiento sacerdotal. Pero su brevedad no permitía alcanzar una formación en profundidad; poco a poco se orientó hacia una institución de carácter más permanente.
Dos hombres jugaron un papel determinante en esta evolución: san Vicente de Paúl y Richelieu. El cardenal había ideado un plan muy preciso de la reforma católica que se había de realizar, lo expone largamente en su Testamento político: los dos puntos esenciales a sus ojos eran la elección de los obispos y la formación de los sacerdotes, de hecho, él ayudó a las congregaciones de sacerdotes (oratorianos, eudistas…) en la creación de los seminarios. El primero plenamente constituido fue Saint-Magloire de París, seguido de Saint-Nicolas du Chardonnet, igualmente en París, luego en París también, Saint-Sulpice, obra del Sr. Olier. Estas tres casas dieron el tono al resto del país; allí se pusieron a punto la organización material y disciplinar, los métodos de enseñanza pero sobre todo la materia de esta enseñanza, inspirada en sus grandes líneas por la teología y la espiritualidad de Pierre de Bérulle. El movimiento llegó pronto a provincias. Estos primeros seminarios se diferenciaban entre sí por la duración de la escolaridad: la enseñanza era a menudo de uno o dos años; en el mejor de los casos podía alcanzar cinco años. Había a veces una interrupción de uno o dos años; los seminaristas se convertían entonces en maestros de pueblos, después reemprendían los estudios; esa fue la regla establecida por Nicolás Pavillon en Alet.
La organización precisa de los seminarios nos es conocida por un cierto número de textos redactados bien por los obispos bien por las congregaciones encargadas de la enseñanza; así, para los oratorianos el Exemplar seminarii del Padre Bourgoing, publicado en 1643. La enseñanza se inspira en conjunto en los principios del concilio de Trento, pero están expuestos según métodos muy diversos. A menudo se trataba como en las universidades: el profesor, en cada disciplina, dictaba una lección durante media hora, luego la comentaba durante dos horas. A veces estas lecciones eran completadas por conferencias, es decir por reuniones en pequeños grupos de doce a quince alumnos en las que, bajo la dirección de un seminarista de más edad, se repetían y discutían los principales puntos de la lección. San Vicente de Paúl y los lazaristas rechazaban por su parte toda exposición escrita; desterraban los dictados e incluso las notas. Querían una enseñanza puramente oral en la que el profesor explicaba su lección y hacía luego repetir lo esencial a los estudiantes; este método era, a sus ojos, más formador para el ministerio pastoral.
3 –Las materias enseñadas
Sólo se enseñaba a los futuros sacerdotes las materias tenidas por necesarias a su estado. El derecho canónico se omitía, como reservado a la gente de ley que lo estudiaban al mismo tiempo que el derecho civil y las costumbres y se servían de ello en las causas de beneficios, pero se evitaba enseñarlo a los clérigos, por miedo a deslizarse en tesis ultramontanas señaladas por el espíritu del concilio de Trento. La historia no constituía una materia particular, con la excepción de la historia santa considerada como un testimonio esencial de la Revelación; a propósito de otras disciplinas, la teología positiva por ejemplo se evocaba la historia eclesiástica. Se enseñaba el canto llano, la liturgia, la ordenanza de las ceremonias, insistiendo en lo simbólico de los gestos rituales. Era algo nuevo, ya que hasta entonces la liturgia se descuidaba hasta el punto de convertirse en arcaica. La explicación de la misa del Sr. Olier, pero más todavía, el Manual, publicado en 1654 por Mathieu Beuvelet, sacerdote del seminarios Saint-Nicolas-du-Chardonnet, eran las obras más habitualmente en uso en esta formación.
Un gran espacio se concedía a la Escritura: su estudio era necesario por la amplitud de las controversias sostenidas con los protestantes. El regreso al texto sagrado es, de hecho, general en el siglo XVII; en 1667, se vendían en París, en algunos meses, 5.000 ejemplares del Nuevo Testamento llamado de Mons y, en dos años, se habían publicado nueve ediciones. Los clérigos jóvenes no podían quedarse al margen de este movimiento colectivo y seguir en este terreno inferiores a los laicos. En Pont-à-Mousson, desde principios del siglo XVII, el curso de Escritura se extiende a dos años y se programa en el segundo y tercer año de teología. Se completa con un curso de lengua hebrea cuya frecuentación es obligatoria; el profesor explica en él la estructura gramatical y comenta algunos pasajes de la Biblia. Esta figura además en todas partes en el pequeño número de libros exigidos a los clérigos a su entrada en el seminario y su estudio se justifica por la parte que se le otorga en los exámenes: en Lisieux, a partir de 1678, los futuros diáconos son examinados sobre el Nuevo Testamento y los aspirantes al sacerdocio sobre toda la Biblia. Estas reglas se extienden poco a poco a la mayor parte de los seminarios. «El amor a la sagrada Escritura, podrá escribir el Diario de Trévoux de octubre de 1704, no fue más ardiente entre los fieles del propio tiempo de san Jerónimo: los eclesiásticos sobre todo, llevados por sus propios gustos y por las frecuentes exhortaciones de los obispos, se entregan a este estudio más de lo que lo habían hecho hasta el presente.» El obispo Nicolás Pavillon iniciaba también a los jóvenes clérigos en el conocimiento de los textos sagrados. Este estudio se hacía por lo general con una intención más mística que científica: la Biblia y el nuevo Testamento se consideraban como medios de edificación personal; los representantes más eminentes de la Escuela francesa –Godeau, el Sr. Olier…- así los juzgaban: hasta finales del siglo XVII y sobre todo en el XVIII, con los recursos de la exégesis, será valorada la Escritura por sí misma: este movimiento se beneficiará del impulso de los oratorianos –con frecuencia directores de seminarios- en particular de Richard Simon y del Padre Lamy, este último es el autor de un libro llamado a una gran audiencia en los medios eclesiásticos: el Apparatus biblicus, publicado en 1687 y traducido varias veces con el título de Introducción a toda la Escritura; se trata, de hecho, de una suma de conocimientos geográficos , históricos, arqueológicos y críticos necesarios a la comprensión del texto sagrado; la obra es rica en interés pues se inscribe en el movimiento de retorno a los estudios positivos, aspecto esencial de la «crisis de la conciencia europea».
A la teología, según parece, debía estar reservado el lugar de elección, pero solamente se enseñó la teología moral en un principio porque tenía la incidencia práctica más inmediata y también porque al principio faltaba tiempo para abordar la teología dogmática; ésta quedaba pues reservada a las universidades. San Vicente de Paúl mismo limitaba su enseñanza a la moral. No fue hasta los últimos decenios del siglo cuando la teología dogmática penetró poco a poco en los seminarios pero, como el tiempo de escolaridad era bastante breve –dos o tres años- algunos profesores se limitaban a una exposición muy rápida trabajando sobre todo las definiciones. Algunos no trataban más que un programa restringido, otros por último operaban síntesis que permitían ver los grandes problemas de la teología; es el método que fue aplicado con éxito por Louis Habert en Verdun, después de 1680, luego en Châlons-sur-Marne. Las teologías diferían a la vez por su contenido y por su orientación ideológica: la elección dependía del obispo. Había en el siglo XVII dos grandes tendencias: las teologías jansenistas o jansenizantes (las de Genet, de Louis Habert, de Juénin…); las teologías de inspiración molinista (las de Tournely , de Collet…). La enseñanza durable de una teología en un seminario daba a una diócesis una tonalidad particular ya que formaba a todo el clero y, por vía de consecuencia, a la masa de los laicos; así la enseñanza de la teología de Louis Habert en Verdun ha dado a la diócesis una marca jansenista sensible hasta fines del siglo XVIII. Además de los cursos teóricos, los seminaristas eran iniciados en disciplinas prácticas, tales como la controversia, la manera de enseñar el catecismo, y sobre todo la predicación, a la sazón tenida por «una de las más importantes funciones del santo ministerio».
II. Las instituciones de perfeccionamiento
Esta formación, aunque parezca demasiado estrecha o inacabada a mejorar de forma radical al clero parroquial en su reclutamiento y preparación a las órdenes, más para mantenerle los efectos duraderos, había que asegurarle la continuidad: es la meta de las instituciones de perfeccionamiento. Residen en primer lugar en las grandes citas periódicas: sínodos y conferencias eclesiásticas. Los primeros en principio a todos los sacerdotes de la diócesis para un estudio en profundidad de los problemas disciplinares.
No menos importantes eran las conferencias eclesiásticas: iban destinadas bien a perfeccionar la cultura intelectual y pastoral de los que habían pasado por el seminario, bien para los demás, con el fin de suplir la ausencia de formación. El principio de su organización era simple: la diócesis era dividida en circunscripciones de cinco a diez parroquias, llevando a su vez el nombre de conferencias, había por lo tanto de treinta a cincuenta por una diócesis media. Se fijaba un programa por año: los sacerdotes de cada conferencia lo estudiaban progresivamente en el curso de una reunión mensual; a veces también todos los sacerdotes se juntaban en la ciudad episcopal varios días al año, generalmente en primavera, era por ejemplo el caso de Verdun. La conferencia estaba presidida ya por el obispo, ya por uno de sus representantes; la asamblea entera consagraba sus trabajos a uno o varios asuntos puestos en el programa: los temas eran muy variados; la mayor parte eran de carácter práctico y tenían relación con el ministerio parroquial, pero a veces se abordaban grandes problemas tales como «Iglesia y cuerpo místico» o «El sacerdocio de los fieles y sus relaciones con el sacerdocio ministerial». En ciertas diócesis se enviaba un cuestionario a los párrocos algún tiempo antes de la reunión con la lista de las obras de consulta. A veces las conferencias eclesiásticas se imprimían; así sucedió con las de la diócesis de Verdun en los años 1696-1697; los volúmenes representaban esencialmente la síntesis de los debates, redactada bajo la dirección del obispo. La institución de las conferencias eclesiásticas se estableció en el curso del siglo XVII en la mayor parte de las diócesis de Francia: en Beauvais en 1646, en Meaux en 1652, en Châlons-sur-Marne en 1650, en La Rochelle en 1655, en Sens en 1658, en París en 1666, en Verdun en 1678… Las conferencias eclesiásticas tuvieron por efecto no sólo profundizar la cultura de de los párrocos sino crear un espíritu común en el clero de una misma región; permitieron sobre todo a los sacerdotes y más celosos ejercer sobre sus cohermanos una influencia benéfica.
Paralelamente a la acción de la palabra, hay que contar con la del libro: el siglo XVII ve constituirse las bibliotecas clericales. A principios de siglo resultan raras o pobres, pero bien pronto toman conciencia los obispos de que el verdadero remedio a la mayor parte de los males del clero reside en un ahondamiento de la cultura; algunos aconsejan a los párrocos que se formen una biblioteca, luego, progresivamente, las exigencias se vuelven más precisas. Así, en 1623, el obispo Maillezais, Henri de Escoubleau de Sourdis ordena a sus sacerdotes que posean algunas obras indispensables, sobre todo manuales. En 1658, su sucesor en La Rochelle –a donde se traspasó diez años antes- Jacques Raoul, completa esta lista añadiéndole: el Nuevo Testamento, las Vidas de los santos, algunos tratados de casuística; el conjunto resulta sin embargo de un nivel inmediatamente práctico. El obispo siguiente, Henri de Laval, va más lejos; por su ordenanza de 1669 prescribe obras fundamentales de cultura: la Biblia, las obras de san Gregorio, las de san Bernardo, la Teología moral de santo Tomás…, y para asegurarse de la ejecución de esta orden, en 1671, pide a los párrocos que se inscriban en los cuestionarios que les han presentado, en el momento de las visitas canónicas, la lista de los libros en su posesión. Hechos semejantes se encuentran en la mayor parte de las diócesis gobernadas por obispos reformadores: en Beauvais, Auguste Potier prescribe él también varias obras; el obispo de Châlons, Félix de Vialart de Herse. Ordena en 1651, a sus párrocos y vicarios que se procuren bajo pena de multa once libros cuya lista da; en 1658, el arzobispo de Sens, Gondrin obliga a sus párrocos a poseer diecisiete volúmenes y estar a punto para presentarlos en cualquier pesquisa (entre ellos: la Biblia, el Catecismo romano, la Summa de santo Tomás, la Imitación de Jesucristo, la Introducción a la vida devota, la Colección de las Conferencias eclesiásticas,…). No sólo se acrecienta el número de los libros, sobrepasando muchos el número prescrito, sino que se extiende la gama de las curiosidades; de los simples manuales se pasa a los grandes clásicos (Padres y teólogos de la Edad Media…), a las obras de espiritualidad (las de Bérulle, de Francisco de Sales…) e incluso a obras más «comprometidas», las de Saint-Cyran, de Arnauld, de pascal. En las diócesis en las que existe una comunidad protestante, se hace un lugar a los grandes autores reformados: Calvino, Teodoro de Beza, Duplessis-Mornay, Dumoulin… Entretanto los tratados más habitualmente representados conciernen a las directivas pastorales y están concebidos especialmente para los párrocos; son por ejemplo: colecciones de extractos de san Carlos Borromeo traducidas al francés muchas veces en el curso del siglo con títulos diferentes, Avisos a los párrocos, El pastoral de san Carlos, y sobre todo las Instrucciones de san Carlos Borromeo a los confesores publicadas y difundidas por orden de la asamblea del clero de de Francia de 1657, la que decidió que servirían de norma en la distribución del sacramento de la penitencia, estimando por este medio hacer frente a la Frecuente comunión de Antonio Arnauld.
Estas instituciones y estos tratados contribuyeron a la mejora intelectual. Espiritual y moral del clero francés en el siglo XVII.
III. –Un nuevo tipo de sacerdote
Los primeros seminarios fueron seminarios de ordenandos: su fin era preparar inmediatamente a los futuros sacerdotes a las órdenes sagradas. Su duración era por lo tanto muy breve: algunas semanas apenas, ya que se suponía que los clérigos pasaban por la universidad fue poco a poco como los seminarios adoptaron la solución de una enseñanza completa, bastándose a sí mismo, capaz de insuflar a la vez los conocimientos pastorales indispensables y lo que se llamaba entonces el espíritu eclesiástico.
1 –Espíritu eclesiástico y vocación
Este espíritu no es ni una ciencia, ni una técnica en el sentido estricto, sino un conjunto de cualidades que dan al sacerdote una mentalidad particular, un principio de acción y una costumbre de pensar; se trata no de una adquisición intelectual, sino de un giro del espíritu consistente en examinarlo todo bajo el punto de vista cristiano. Para alcanzar este fin, dos reglas se debían observar particularmente; un desarrollo constante de la piedad sacerdotal, gracias a charlas, retiros y conferencias que daban un ritmo religioso al día del seminario, y sobre todo el examen en profundidad de la vocación. La conciencia clara de la noción de vocación es una gran novedad del siglo XVII, en el estado de cristiandad de la Edad Media en el que la mezcla orgánica de lo espiritual y de lo temporal era constante, y no se les pedía a los futuros sacerdotes que se distinguieran por ninguna señal particular; santo Tomás por ejemplo no espera de los clérigos más que una vida moralmente digna y una ciencia que les permita ejercer sus funciones. El concilio de Trento mismo no exige más. Todo se regula según las necesidades de una diócesis, no a la vista del destino espiritual de una persona: las necesidades de la Iglesia constituyen la ley esencial. Esta concepción del estado clerical no desapareció nunca del todo de las mentalidades del la Francia del Antiguo régimen ya que la entrada en las órdenes estaba determinada por costumbres sociológicas, especialmente por el apego a un beneficio. Mucos textos denuncian la servidumbre de estos imperativos económicos sociales o mundanos. Bossuet habla de los «niños inmolados» a los intereses de las familias y Bourdaloue condena en términos hirientes parecidas costumbres: «Apenas ha nacido este niño, cuando la Iglesia es su suerte, y se puede decir de él, aunque en un sentido bien opuesto, lo que está escrito de Isaías que desde el vientre de su madre está destinado al altar, no por una vocación divina, sino por una vocación humana…Diríais que este abuso se ha hecho ley en adelante.» De todas partes se denuncian los privilegios familiares que tienden a reservar el estado eclesiástico al menor privado de patrimonio. ¿Está un hijo al margen del éxito social? «Es suficiente, dice también Bourdaloue, que sea el menor de su casa para no dudar que sea llamado a partir de entonces a las funciones temibles de pastor de las almas»
Pero se trata ante todo de definir los caracteres positivos de la vocación; numerosos tratados están dedicados a ella, los dos más célebres son: el Discurso de la vocación eclesiástica de Godeau, impreso en París en 1651, y el Tratado de las santas órdenes del Sr. Olier, publicado en 1675, bastante tiempo después de la muerte de su autor. Estos tratados distinguen por lo general cuatro indicativos de de vocación: la pureza de vida, el desprendimiento del mundo, la inclinación constante hacia el estado eclesiástico, la disposición a cumplir bien las funciones sacerdotales. Esta teoría de la vocación ha tenido una importancia considerable en el siglo XVII, pero su papel se rebajará, pues la multiplicación de los seminarios en los que cada clérigo es conocido, observado y seguido tendrá por efecto hacerla menos útil: la práctica sustituirá poco a poco a la teoría.
2 –Las doctrinas sacerdotales de la Escuela francesa
No obstante el sacerdote no se define por estos solos caracteres psicológicos y morales. Los maestros de la Escuela francesa de espiritualidad –Francisco de Sales, Bérulle, Condren, Olier…- le integran estrechamente y como orgánicamente en el misterio de la Encarnación. Entre el Cristo y el sacerdote se opera una especie de identificación: Cristo predica por la boca del sacerdote; por su ministerio perdona los pecados y consagra la eucaristía. Todo acto del sacerdote participa de estas realidades divinas.
«El sacerdote es así en la Iglesia, escribe Olier en el Tratado de las santas órdenes, como un Jesucristo vivo y un Jesucristo hijo de su Iglesia, que no solamente tiene una plenitud de gracias y de riquezas divinas para su propia perfección, sino que las tiene para todos los pueblos».
El sacerdocio coloca a quien ha sido revestido de él en relaciones íntimas y constantes con las personas divinas ya que el mundo creado constituye un universo espiritual que prolonga la Encarnación y en el que el sacerdote es el «mediador» por excelencia; su misión propia es difundir la gracia y ayudar a las almas a escalar los grados de la santidad.
«En el orden establecido por Dios, señala Bérulle, hay dos clases de personas: unas que reciben y las otras que comunican el espíritu, la luz y la gracia de Jesús. las primeras son todos los fieles y las segundas son los sacerdotes»…
Esta visión teológica penetra la enseñanza de los seminarios, en particular los de la capital, y forma lo que se ha llamado «el espíritu de Saint-Nicolas-du-Chardonnet»: él se encarna en efecto en esta casa gracias a la fuerte personalidad de su superior, Adrián Bourdoise; muchos obispos reformadores han forjado allí su regla de acción. ¿De qué está hecho este espíritu? De un cristocentrismo exclusivamente, y también de la exaltación del sacerdote, mediador entre Jesucristo y los hombres. Descourveaux, biógrafo de Bourdoise, refiere este acontecimiento en apariencia menor pero grave de sentido, el joven Bourdoise, en la misa, pregunta a su madre qué tenía el sacerdote en las manos en la consagración, ésta «habiendo respondido que era el cuerpo del Hijo de Dios lo que los sacerdotes producen al decir la Misa: es preciso, dice él, que los sacerdotes sean grandes santos ya que producen así el cuerpo del hijo de Dios».
Este concepto muy elevado del sacerdocio recuerda que la reforma del pueblo no es simple asunto de disciplina, ni siquiera de moral, su fin fundamental es devolver a la Iglesia la pureza de sus orígenes y la plenitud de su misión espiritual.
3 –El «buen sacerdote»
Concretamente un ideal semejante se realiza en el «buen sacerdote» ; su imagen no responde sólo al concepto teórico de algunos teólogos, se encarna en la existencia cotidiana de los pastores de parroquias; las visitas pastorales tienen precisamente por objeto velar por esta inserción.
Consciente de la inminente dignidad de su estado, el buen sacerdote se distingue exteriormente de los laicos: lleva la tonsura y viste regularmente la sotana. Se abstiene de toda actividad degradante o «derogante»: el negocio, la cirugía, la caza, la taberna y el juego. Reside naturalmente en la parroquia, y lleva en ella una vida ejemplar: es mesurado y discreto en sus palabras, virtuoso pero sin ostentación. Su piedad se expresa en su reverencia al santísimo Sacramento, en su porte digno, edificante y solemne de celebrar los oficios, en su fidelidad a la misa cotidiana, práctica entonces caída en desuso pero recuperada por Bérulle. Sus ovejas son el objeto de sus cuidados constantes: distribuye con regularidad los sacramentos y está «día y noche» a disposición de los enfermos. Se esfuerza por atraer a los no cumplidores «al camino de la vida eterna.» La enseñanza de la doctrina constituye una de sus tareas esenciales; el catecismo tiene lugar cada domingo, por lo general a la hora de las vísperas; se dirige a los adultos así como a los niños; pero esta catequesis no podría, en su contenido, dar libre curso a interpretaciones subjetivas, debe reflejar con exactitud la estricta ortodoxia definida en el concilio de Trento. La iglesia debe conservarse «con limpieza y devoción»; los párrocos beneficiarios evitarán amontonar en ella paja o grano; el templo del Señor debe, por su belleza, rendir un homenaje solemne al Altísimo.
Sin duda este modelo tridentino está lejos de imponerse por todas partes con el mismo vigor: una «geografía espiritual» del reino mostraría numerosas imperfecciones y subrayaría la variedad de contrastes regionales. Los abusos y los desórdenes observados a principios del siglo se prolongan a veces por largo tiempo. Persisten en particular en las regiones montañosas, poco permeables a la circulación de las ideas y de los hombres; en 1672-1673, las visitas canónicas de Étienne Le Camus, en Grenoble, revelan que de 142 párrocos, una veintena sólo, es decir uno entre siete, están animados de una voluntad de reforma; los demás practican la usura, la unión libre, la poligamia y hasta el incesto. Carencias semejantes sobreviven en las provincias alejadas de todo gran hogar intelectual o espiritual, o también en aquellas en que el «magistrado» local, reivindicando la «señoría temporal» de las iglesias parroquiales, interviene en los asuntos eclesiásticos como el control de los gastos, la elección de los mayordomos o la designación de los predicadores del adviento y de la cuaresma; semejantes pesos sociológicos se observan, a finales del siglo XVII en Flandre que fue francesa ya.
Algunas regiones ignoran tales abusos, pero ilustran la permanencia de otro tipo sacerdotal. Al lado del sacerdote «beruliano», sacrificador único, ordenador de la liturgia, maestro de la pastoral sacramental, ven perpetuarse el ejemplo del pastor, heredero del párroco del Renacimiento: cabeza espiritual sin duda, pero al propio tiempo administrador, justiciero, a veces médico, guía de la comunidad rural en cada uno de los detalles de su vida cotidiana. Pierre Fourier, párroco de Mattaincourt en la diócesis de Toul, ofrece un ejemplo cumplido de un tipo así de párroco cuyo retrato él mismo nos ha trazado. A las religiosas de Châlons que le aconsejaban abandonar su parroquia amenazada por la peste, Pierre Fourier respondía: «Mis buenas hermanas, si supierais lo que es ser párroco, es decir pastor de los pueblos, padre, madre, capitán, guarda, guía, centinela, médico, abogado, procurador, intermediario, nutricio, ejemplo, espejo, todo a todos, os guardaríais mucho de aprobar que me ausentase de mi parroquia durante esta estación». Este tipo de pastor comprometido a la vez en lo espiritual y en lo temporal sobrevive y desarrolla en los países de cristiandad: Lorraine, Trois-Evêchés, Franche-Comté…; y se mantendrá hasta la Revolución francesa-.
La transformación básica que, en el siglo XVII, afecta al clero parroquial fue pues la obra de los obispos; ellos actuaron por su influencia personal, pero más todavía por medio de instituciones que crearon o generalizaron: los sínodos, las conferencias eclesiásticas y, por encima de todo, los seminarios, verdaderos pivotes de la Reforma. El principio común en estas instituciones reside en la voluntad de separar a los clérigos de los laicos, de ponerlos aparte de la vida del mundo en todos los terrenos: los vestidos, los ritmos de vida, la espiritualidad. Este trámite se inscribe en el movimiento más general de separación de lo espiritual y de lo temporal; favorece la constitución de un clero más uniformado en sus modos de existencia cotidiana, en su cultura y sus mentalidades.
Una mutación tal tendrá por resultado favorecer en los sacerdotes seculares el nacimiento de una conciencia de clase que se manifestará en el terreno de la eclesiología –los párrocos se presentarán a veces como rivales de los obispos- pero también en el orden político. Tales movimientos llamados a conocer una amplia audiencia en el siglo XVIII, aparecen como consecuencias imprevistas de la Reforma católica.






