El beato Alain de Solminihac

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1981 · Fuente: Vincentiana, 1981.
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El 4 de octubre de 1981, el Papa Juan Pablo II beatificó a Alain de Solminihac, obispo de Cahors desde 1636 a 1659 y amigo de S. Vicente. He tenido la suerte de asistir a las cele­braciones de la beatificación tenidas en la basílica de San Pedro. Para el lector de los escritos de S. Vicente, el nombre de Alain de Solminihac, obispo de Cahors, no le puede resultar extraño. Conservamos en la edición de Coste siete cartas, escritas y fir­madas por S. Vicente, dirigidas al nuevo beato, y 47 firmadas por el obispo de Cahors y dirigidas a S. Vicente. A esta corres­pondencia hay que añadir las otras menciones que S. Vicente hace del obispo de Cahors en otras de sus cartas y en las con­ferencias a los Padres y a las Hermanas.

Los temas que en la mutua correspondencia se tratan son muy variados y de gran importancia pero en el fondo de toda la correspondencia se percibe la gran amistad que les une y la preocupación por la reforma de la iglesia de Francia.

Estamos celebrando el IV centenario del nacimiento de S. Vicente. La beatificación de uno de sus grandes amigos no me deja indiferente. Por ello escribo estas líneas, en las que no pretendo otra cosa que ofrecer un sencillo homenaje al “viejo ” santo y al nuevo beato. Ambos vivieron una misma época, ambos sintieron casi las mismas inquietudes, ambos asumieron sus propias responsabilidades en problemas que a ambos atañían. Las diferencias en el tiempo no son excesivas: Si S. Vicente nació a esta vida mortal doce años antes, Alain se adelantó nueve meses en nacer para la vida del cielo. Más diferencia hay en el reconocimiento oficial y canónico de la santidad: La de S. Vi­cente fue reconocida en el ya lejano siglo XVIII (el 13 de agosto de 1729 se firma el breve de la beatificación, y el 16 de junio de 1737 la bula de la canonización); Alain de Solmi­nihac ha debido esperar más de tres siglos para gozar los honores litúrgicos de beato.

Detalles de la vida del nuevo beato

El San Carlos Borromeo de Francia – así ha sido calificado el obispo de Cahors – nació el 25 de noviembre de 1593 en el castillo de Belet, a veinte kilómetros de Périgueux. Sus padres formaban parte de la pequeña nobleza, adicta a la monarquía y siempre pronta a defenderla. Quizá por esto el joven Alain es educado para el servicio del rey. Sin renunciar a prestar este servicio, quiere también servir al Rey del cielo. Quiere ser caballero de Malta, soldado y religioso a la vez. La Providencia, sin embargo, dispone otra cosa. Uno de sus tíos es abad mi­trado de la abadía de Chancelade y no quiere que la familia pierda el honor y la hacienda que la abadía supone. Escoge como sucesor a uno de sus sobrinos, como las leyes canónicas lo permiten. Este sobrino es Alain, a quien no desagrada la propuesta y la posibilidad de ser abad mitrado. Acepta pues, pero al mismo tiempo hace el propósito de ser un abad refor­mador. Quiere reformar aquella abadía para que alcance el esplendor que merece y supere el estado de ruina material y espiritual en el cual actualmente está.

Nueve años emplea para prepararse a ser abad reformador (1614-1622). El 5 de septiembre de 1614 recibe la tonsura, el 26 de noviembre de 1616 hace la profesión religiosa y el 22 de septiembre de 1618 se ordena de sacerdote. En este mismo año marcha a París, en donde vivirá hasta 1622 dedicado plena­mente a su formación teológica, canónica y espiritual. En París estudia con tesón. Se dice que emplea catorce horas en el estudio de las ciencias eclesiásticas.

Entre los profesores, dos le llaman la atención. Uno es Andrés Duval – consejero de S. Vicente –, quien explica la eclesiología centrándola en el Primado del Romano Pontífice. Desde entonces Alain será un acérrimo defensor del Primado del Papa, alejado de toda idea galicana. Años más tarde, Pío XI afirmará del obispo de Cahors lo siguiente: “Fue un colaborador de la Santa Sede, un amigo del Papa, un amigo nada tibio, ni tímido, ni silencioso, sino un amigo como la exigían las circunstancias y los tiempos”. El otro profesor fue Felipe de Gamaches, un gran y ortodoxo comentarista de Santo Tomás. Se decía de él que era el intérprete más seguro del Aquinate.

Además del estudio de las ciencias eclesiásticas, otras preocu­paciones bullían en el corazón y en la mente del futuro abad reformador: Su formación espiritual. El trato con los “espiri­tuales ” era continuo. Tuvo la suerte de conocer a San Francisco de Sales, presente en París los años 1618 y 1619. La cartuja de Vauvent y el noviciado de los jesuitas eran lugares a los que acudía con asiduidad. Tenía largas e interesantes conversaciones con el P. Gaudier, maestro de los novicios jesuitas. Dada su formación espiritual recia y exigente, practicó la ascesis en grado sumo. Se le ha considerado como uno de los grandes ascetas del siglo XVII francés. El que comiera una sola vez al día y sólo un plato de legumbres, y el que durmiera sobre un jergón, son dos pequeños detalles de su ascetismo. El caso es que su austeridad llegó a ser proverbial. De esta austeridad, las Hijas de la Caridad destinadas a Cahors van a ser un poco víctimas, como más tarde veremos. Más importante que las manifestaciones de su ascetismo es la fuente de su espiritualidad. Esta no es otra que la imitación de Cristo anonadado ante la voluntad del Padre. Siguiendo a Cristo profesa una devoción singular a la voluntad de Dios. Conocido el querer de Dios, no hay fuerza humana que le aparte de él. Naturaleza y gracia, si es que podemos hablar así, hicieron que este hombre poseyera un carácter fuerte, duro, severo, intransigente a veces, infati­gable. El mismo decía que Dios le había concedido el don de la fortaleza. Bien le conoció S. Vicente, y no se olvidará de decir a las Hermanas con qué obispo se van a encontrar en Cahors.

Una tercera preocupación es objeto de sus trabajos en París: La de reformador. La idea reformadora bullía en muchas mentes y en muchos corazones de aquellos hombres del gran siglo francés. No era difícil encontrarse con ellos Alain de Solminihac entabla amistad con otro amigo de San Vicente, el cardenal F. de la Rochefoucauld a quien el Papa le había encar­gado de la reforma de los religiosos en Francia. Recibe de él no sólo consejos, sino orientaciones seguras de la reforma que se va perfilando en su mente para su abadía de Chancelade.

Al final de su estancia en París bien se puede decir que Alain de Solminihac lleva un rico bagaje: Ciencia abundante, entrenamiento espiritual sólido y exigente, ideas claras de cómo debe ser la reforma de su abadía compuesta de canónigos regu­lares. En sustancia no se trata sino de reproducir la vida de los apóstoles, combinando armoniosamente la oración y la acción apostólica dentro de un cuadro de relaciones fraternas sencillas y veraces. Todo siguiendo la regla de S. Agustín.

En octubre de 1622, el joven abad reformador ya ha co­menzado su obra. Y ¡quién lo diría!, comienza construyendo un hermoso edificio. El obispo invitado para la inauguración no ve claro este modo de proceder y por eso le dice: Bien, señor abad, el palomar es hermoso, pero ¿en dónde están las palomas? Según el obispo no había perspectiva de numerosas vocaciones. El abad veía las cosas de otra manera, y responde al obispo: No se preocupe, señor obispo, las palomas vendrán. Y así fue, porque en 1636, unos catorce años después, ya había en la aba­día más de 50 profesos.

El encuentro con san Vicente

alain_de_sol;minihac_22_01La beatificación del obispo de Cahors hace que este per­sonaje no sólo sea venerado, sino estudiado. Su vida y obra suscita muchas cuestiones. El personaje es sin duda interesante y polifacético. Yo sólo quiero fijarme en las relaciones que man­tuvo con S. Vicente y sus dos comunidades, que tuvieron el honor de ser llamadas a trabajar en la diócesis de Cahors y colaborar a la obra reformadora llevada a cabo por el obispo.

Es muy posible que los primeros contactos con S. Vicente los tuviera durante la estancia en París, entre 1616 y 1622. En la primera carta que hoy tenemos, escrita por S. Vicente el 23 de agosto de 1633, se dice: “Bien sabe Dios que es usted una de las personas en el mundo con la que Nuestro Señor me ha concedido más confianza”. No es exageración “diplomática” de S. Vi­cente, porque todo el contexto de la carta es claro indicio de que aquella amistad y confianza no nacía entonces. El P. Andrés Sylvestre, C.M., ha publicado un pequeño trabajo sobre la amis­tad entre estos dos hombres. Hace un recorrido a través de la mutua correspondencia. Pone de relieve detalles sabrosos de aquella mutua amistad. Como ejemplo se puede citar la preocu­pación que ambos tienen de la salud del otro. El obispo ha recibido consejos y recomendaciones por parte de S. Vicente para que cuide la salud. Pues bien, el 29 de junio de 1644 es el obispo el que devuelve el consejo: “Le digo lo que usted me dijo: Cuide su salud”. En cierta ocasión llega a invitar a San Vicente para que venga a Cahors y se tome allí unas buenas vacaciones, porque en Cahors el “aire es muy bueno y muy sano, uno de los más sanos de todo el reino”. Interesantísima es, en este sentido, toda la correspondencia que se cruzan entre las navidades de 1650 y abril de 1651. El obispo de Cahors había sufrido una grave enfermedad, una hemorragia pulmonar según el dictamen de los médicos. Lo lógico es que se hubiera muerto; así lo pensaron los médicos y así lo creyeron muchos otros, Tic empezaron a mover los hilos de los intereses particulares. Pero no murió, aunque se vio obligado a tiempo de absoluto reposo; Esto le dio ocasión para reflexionar no sobre la muerte, sino sobre su muerte. En sí no le preocupa su muerte. Al fin, alguna vez hay que morir. Pero sí le preocupaba lo que podría suceder en su diócesis después de su muerte. Todas estas preocupaciones se las cuenta a S. Vicente, pero le conjura que no se las diga a nadie, ni siquiera al propio secretario del obispo. De hecho el peligro había pasado. Está bien que se muera por un percance en el cumplimiento del deber. Si no fuera por esto – por el percance de muerte que supone el cumplimiento del deber – está seguro que viviría más de un siglo. “He cumplido cincuenta y siete años y puedo asegurar que nunca he tenido tan buena salud como ahora; aparte, claro está, del peligro recién pasado. Me siento con fuerzas y con vigor para seguir trabajando y para seguir sufriendo. Lo principal es cumplir la voluntad de Dios y hacer propio aquello de S. Pablo: Mi vivir es Cristo y el morir una ganancia”. A tales senti­mientos responde S. Vicente, no sin cierto humor, deseándole que viva otro medio siglo más. Eso sí, para el servicio de la Iglesia. Y como si el deseo no fuera suficiente le asegura que es una gracia que con frecuencia pide al Señor. El, el señor obispo, debe colaborar con la Divina Providencia a que esto se consiga. Otros mil detalles del mismo sabor se pueden aña­dir si leemos atentamente las cartas de uno y del otro. Sin duda son detalles que ponen en evidencia su gran amistad y suavizan los problemas serios, angustiosos, difíciles, causa de muchos dolores de cabeza, pero que estos dos hombres de Dios y de la Iglesia ni soslayan ni tratan superficialmente.

El Seminario de Cahors

En el mes de abril de 1638, el obispo de Cahors convoca al sínodo diocesano. En él se traza el plan pastoral. Es obvio, siguiendo las orientaciones del Concilio de Trento, que se piense en el seminario diocesano. Así lo había hecho S. Carlos Borromeo en la diócesis de Milán. Sabemos que hasta 1642 la pastoral de los seminarios en Francia no se empieza a ver con claridad. El mismo obispo de Cahors, no obstante su firme decisión y su tesonera manera de proceder, no sabe qué camino seguir ni cómo llevar a cabo aquella idea querida por el Concilio. Su clero no es muy entusiasta de la idea, y por supuesto no en­cuentra en la diócesis quien le ayude a ponerla en práctica. Quizá por esto acude a S. Vicente. No hacía mucho que San Vicente había emprendido esta obra, y al parecer con cierto éxito. El hecho es que en la primavera de 1643 S. Vicente envía tres Padres y dos Hermanos, según el contrato poco antes firmado, para que se encarguen del seminario de Cahors. Este se abre el 15 de junio de 1643. Por la correspondencia se ve que aquella obra iba de más a mejor. En 1649 tiene 35 semi­naristas, y el mismo obispo está tan contento de la marcha del seminario que repite, no sin cierta satisfacción, lo que otros dicen, es decir, que es uno de los mejores del reino y más bellos. Creo que merece la pena citar ampliamente la carta que escribe S. Vicente el 9 de julio de 1649. Después de la ya consabida preocupación por la salud: “Cuando supe que usted había salido de viaje, sentí miedo de que se alterase su salud en un tiempo tan duro como el que ha hecho este invierno”, el obispo le manifiesta la ale­gría que siente porque le han dicho que desea venir a Cahors. Aquí estará bien, el aire es de los mejores del reino; podrá cuidar un poco la salud y, sobre todo, podrán charlar sobre un montón de cosas. También “me imaginaba que usted quedaría muy contento de ver nuestro seminario, donde se habría encontrado con 35 seminaristas que le habrían dado una gran satisfacción. Los Padres de su Compañía que lo han visto dicen es el más bello del reino y que se observa mejor el orden que en París”.

El haber llegado a ese grado de satisfacción no fue empresa fácil. La idea central de S. Vicente sobre la formación en los seminarios de aquel tiempo parecía dar buenos resultados. En resumen, lo que se intentaba era que el sacerdote llegara a vivir la idea sacerdotal profundamente, llenándose de sentido sobrenatural de su sacerdocio, que se adiestrara en la práctica pastoral más sencilla pero realista; es decir, que pudiera respon­der a lo que las buenas gentes del campo espiritualmente necesi­taban. Según los historiadores, Cahors llegó a tener uno de los mejores seminarios tridentinos, comparable al de Milán, ideado y realizado por San Carlos Borromeo. La historia del seminario de Cahors se ha escrito. Sin embargo hay un aspecto que no se trata con detalle. Me refiero a las relacio­nes del obispo, tan interesado por su seminario, con los misioneros que trabajaban en él y que se encontraban entre dos frentes: El obispo y S. Vicente. Tenían que satisfacer al señor obispo y tenían que obedecer a su Superior general. Me fijo solamente en las relaciones con los que fueron superiores del seminario.

El P. Francisco Dufestel

El primer superior del seminario fue el P. F. Dufestel. El obispo está contento con él, y así lo manifiesta en carta fechada el 3 de mayo de 1643. La data nos indica que lo que dice del P. Dufestel no es más que una primera impresión, ya que el tiempo de mutuo conocimiento no era para entonces suficientemente largo. Esto es lo que escribe a S. Vicente: “El P. Dufestel, con el que más estuve hablando, me parece hombre de mucha experiencia y que tiene cualidades muy buenas. Me confesó, como yo mismo le he dicho a usted en repetidas ocasiones, que esta fundación es una de las más importantes que usted tiene y que tendrá posiblemente en este reino”. Dos meses más tarde vuelve a hablar de él. La carta es interesante por diversas razones. Entre otras, porque sin ambages dice a S. Vicente que use su influencia ante la reina en cosas más importantes que en conceder canonjías. Aunque se trate de una petición de su propio secretario. “Si supiera —dice— que mi secretario se ha servido de mi nombre para obli­garle a usted a pedir esa canonjía para él, sería capaz de despedirle inmediatamente”. Después habla del P. Dufestel, de los misioneros y de los seminaristas que creyeron iban a poder ofrecerse a Dios en holocausto a causa de un incendio. Del P. Dufestel dice que se distinguió por su valentía y coraje. Cierto que no se hubiera hecho tanto sin el miedo tremendo que tenían de ver quemada la casa o verse quemados ellos mismos, y también se hizo tanto gracias a unos cuantos barriles de vino para que apagaran la sed los apagadores del incendio. La movilidad que S. Vi­cente imponía a sus misioneros hace que el P. Dufestel no esté más de un año de superior. Deja de serlo en 1644. Cierto que por aquel entonces está en el seminario otro misionero, el P. Juan Bautista Gines, buen moralista, defensor de los votos en la Congregación durante la asamblea de 1651, acérrimo luchador contra el jansenismo y en quien San Vicente pensó como obispo coadjutor de Babilonia cuando el nuncio le pidió nombres. Del P. Gilles dice el obispo de Cahors: “Lleva muy bien el semi­nario, pero puesto que usted quiere retirarlo, será bien venido cualquiera que usted envíe. Lo único que le digo es que este seminario es de mucha importancia, como ya se lo indiqué otras veces, y convendrá que piense siempre en personas que tengan cualidades para dirigirlo bien”. No sabemos de dificultades especiales, ni por parte de S. Vicente ni por parte del obispo, en lo que a la persona del P. Dufested se refiere mientras fue superior del seminario de Cahors. El seminario empezó bien y ya no es poco mérito, dada la novedad de la experiencia.

El P. Guillermo Delattre

El segundo superior responsable de la comunidad y semi­nario de Cahors es el P. Guillermo Delattre. Su superiorato dura dos años, desde 1644 a 1646. S. Vicente dice de él que es “más espiritual y más observante “, pero más difícil para el trato con los externos. Quizá está aquí la raíz y causa de la desavenencia con el exigente obispo de Cahors.

Conocemos tres cartas que le escribe S. Vicente. En la primera, con fecha del 7 de abril de 1646, San Vicente se queja de que no es claro en sus exposiciones. El mismo S. Vicente le pone un ejemplo: “… en este asunto usted no me ha dicho que había ido al Vicario general a pedirle el pago de la suma, que él le había recibido fríamente y que le había dicho que no tenía órdenes de pagarle, y que a pesar de ello a los dos días se entregó tal cantidad. No me dice nada de quién la ha dado, y convendría que lo dijera… ” S. Vicente le da algunos avisos de cómo comportarse con el obispo, señal clara de que algo no iba bien entre ambos. “Creo, Padre — le dice S. Vicente —, que sería conveniente que usted hablara claro, que exponga con más detalle la situación y que actúe con plena confianza y sumisión de voluntad al obispo. Para ello tiene usted mucha más obligación, ya que el obispo le quiere y le aprecia mucho, aunque no se lo diga. Al obispo le gusta que se le deje actuar, que se vea bien todo lo que ordena, lo que hace y deja hacer, y es natural. El tiene sus razones que noso­tros ignoramos y que hemos de respetar, sobre todo cuando se cumple la voluntad de Dios al obrar de este modo. Creo además que no es conveniente desahogarse con una tercera o cuarta persona de esos sentimientos que a veces tenemos. El estómago que funciona bien digiere todo, el que está delicado estropea todo lo que recibe y a veces lo vomita. ¡Qué bueno es digerir entre Dios y nosotros solos los asun­tos “. Otras dificultades procedían de cosas más insignificantes. San Vicente casi siempre daba la razón al obispo precisamente porque no eran importantes y dejaban el camino expedito para asuntos de mayor monta. En abril de 1646 estaba el obispo de Cahors en París y es seguro que le habló del P. Delattre y de su modo de gobernar. El 19 de abril, S. Vicente le dirige otra carta, la segunda que conocemos. El santo empieza ala­bando a Dios porque las cosas espirituales van bien en Cahors y el P. Delattre hace buen uso de su admonitor, es decir, del padre encargado de avisarled e los defectos. Pide al Señor que le siga bendiciendo cada vez más en su gobierno. Pero vuelve sobre lo que ya sabemos: Que cuando escriba, explique bien las cosas, que sea claro; que no sea independiente y duro. Desde la pers­pectiva de cómo se debe gobernar, la carta es muy interesante. Las directrices concretas son de una sabiduría admirable: “Debe consultar a los consejeros domésticos en las cosas ordina­rias, y si son de importancia, al Superior General. En los asuntos externos debe consultar al señor obispo y oficiales. Así es como hago yo, le dice, y muy pocas veces se me ocurre hacer algo por mi cuenta. Hay que ser suaves en la forma de gobernar, suave en los medios y firme en el fin cuando éste es bueno y justo, y lo es siempre que está bajo la regla y las órdenes de los superiores. La manse­dumbre y la paciencia son necesarias en el gobierno, apartán­donos de toda terquedad en nuestras opiniones, tal como nos enseñó Nuestro Señor en su trato con las gentes “. Concretando un poco más le dice que debe acatar las órdenes del vicario general o de aquél a quien el obispo ha encargado de arreglar las diferencias. No debe hacer problema de que no le hayan hablado antes. La razón es que ellos desconocen “su espíritu humilde y dócil”. La carta no tiene desperdicio. Es posible que S. Vicente temiera una reacción negativa por parte del P. De­lattre. Por eso a continuación le dice: “No se desanime usted por lo que le digo ni saque la conclusión de que no sirve para gobernar. El espíritu maligno es el que le sugiere esa idea, pero la humildad y la confianza en el Señor harán que todo se pueda. Así piensa el señor obispo y así pienso yo”. Pero no ha dicho todo, y con cierto humor que no sabemos cómo cayó en el espíritu del P. Delattre, añade: “Aprovecho la ocasión para decirle otro consejo que se me ocurre, y es que se habitúe a juzgar de las cosas y de las personas, siempre y en todas las ocasiones, en buen sentido. Si una acción tiene cien caras, hay que mirarla siempre por la mejor, como decía el bienaventurado Francisco de Sales”. Al final, unas palabras, como casi siempre hace S. Vicente, de consuelo: “Yo también tengo esa mala costumbre de juzgar las cosas y las personas según mi mala cabeza, pero la expe­riencia me dice que hay mucha felicidad en hacerlo de otra manera, y que Dios bendice esta manera de actuar”.

El P. Delattre también es dado a la penitencia y a una penitencia rigurosa. Pide consejo a S. Vicente y le dice que haga penitencia, pero en el tiempo que dura un miserere y sin llegar al derramamiento de sangre, porque el mérito está no en el dolor, sino en el amor. Le manda que acate los consejos del P. Portail, teniendo en cuenta que la obediencia es el alma de su alma. Los consejos de S. Vicente no obtuvieron lo que se pretendía, es decir, hacer del P. Delattre un buen colaborador del obispo de Cahors, santo pero exigente. De hecho el obispo pide a San Vicente que le quite de superior. En este caso, S. Vicente, accediendo a los deseos del obispo, le dice también en favor del P. Delattre que no encontrará otro en toda la Com­pañía que pueda hacerlo mejor.

El P. Carlos Testacy

El P. Carlos Testacy entra en la Compañía cuando tiene treinta años de edad. Poco después de hacer los votos es nom­brado superior del seminario de Cahors, sustituyendo al P. Guillermo Delattre. No durará más de un año, desde 1646 a 1647. Para S. Vicente es un hombre de “buen sentido, bien formado y entendido en los asuntos y, sobre todo, fiel a sus obligaciones. Cuando se trata de nombrarle superior de Cahors S. Vicente duda después que el P. Portail, a quien consulta, le dice no, que no conviene. Al fin se le nombra por aquello de que se hace lo que se puede. El obispo emite un juicio interesante: “El buen P. Testacy está maravillado de lo bien que va nuestro seminario, pero me gustaría que tuviera tanta experiencia como bondad”. En otras palabras, el P. Testacy es bueno, pero no tiene experiencia o es poca la que tiene. A Alain de Solminihac no le cabe en la cabeza que se acuda tanto a S. Vicente. Se queja de que el P. Testacy y otros padres del seminario rompan la cabeza de S. Vicente, como hacen tantas veces, sin necesidad. Y pone un ejemplo: El sínodo determinó que bastan cien libras para alimentar a los pensionistas. Así lo cree el inten­dente, así lo cree el obispo, pero el P. Testacy y los misioneros no lo creen así. Además es una cuestión de sinodales y hay que atenerse a ella aunque los misioneros tuvieran razón. No había por qué acudir a S. Vicente con semejantes problemas. En la misma carta da noticias sobre el número de seminaristas, circuns­tancia que aprovecha para pedir que S. Vicente envíe más personal, sobre todo uno que sepa música. Se lo pidió al P. Portail y espera que S. Vicente no se olvide.

Las relaciones con el P. Testacy no siguieron buenas. El mismo S. Vicente, en carta al P. Portail fechada el 20 de di­ciembre de 1647, le dice que el obispo no está contento (que no le traga) y por eso ha pedido al P. Cuissot. S. Vicente accedió a pesar de que el P. Cuissot estaba destinado para otro lugar. No era fácil contentar a un obispo como el de Cahors.

El P. Gilberto Cuissot

El P. Cuissot será una institución en Cahors. Fue superior del seminario durante muchos años y repetidas veces. S. Vicente acertó en este nombramiento, o mejor en acceder al deseo del obispo, que explícitamente deseó al P. Cuissot como superior de su seminario. Llegaba a Cahors con mucha experiencia. Había sido superior de La Rose (1640-1644), del colegio de los Bons-Enfants (1644-1646). En este mismo año está provisional­mente en el seminario de Mans y en San Lázaro. Aquí estará desde 1646 a 1647, fecha en la que parte para Cahors. Para S. Vicente el P. Cuissot es un hombre que atiende bien las cosas externas, pero tiene poca “unción ” interior, aunque es muy de Dios. Para el obispo de Cahors, célebre por su seriedad y seve­ridad, la carencia de “unción interior ” no podía suponer nada importante. Por eso el obispo le juzga muy positivamente. Escue­tamente dice que cumple con su cargo y es importante que S. Vicente no le cambie ni lleve a otro lugar.

Lo importante es que el P. Cuissot entiende bien al obispo, se acomoda a su celo y resulta un colaborador eficaz. El histo­riador Chastenet ha escrito que el P. Cuissot fue la piedra angular y fundamental del seminario de Cahors (27). Hay que tener en cuenta lo que ya insinuamos antes, es decir, que el P. Cuissot pasó gran parte de su vida en Cahors. Su primer superiorato dura desde 1646 a 1662, dos años después de la muerte de monseñor Alain de Solminihac. Vuelve en 1664 y 1680.

El seminario fue siempre bien no obstante estas diferencias con algunos de los superiores, que nunca llegaron a ser problemas insolubles, aunque en este caso la baza esté en favor de S. Vi­cente y en la buena disposición de sus misioneros. En 1650 Alain escribe a su colega el obispo de Beauvais. Le expone los medios que ha usado para llevar a cabo la reforma en su diócesis. Después de enumerar todos los medios, le dice: “Después de todo no he encontrado otro medio mejor para la reforma de mi diócesis que el seminario establecido en esta ciudad de Cahors. La dirección del mismo se la he confiado al señor Vicente y a los suyos… Por este medio he provisto a mi diócesis de eclesiásticos capaces y de vida ejemplar. En fin, no sé decirle cuántos frutos recojo cada día del seminario. De ordinario hay allí unos 30, y he unido al seminario una de las princi­pales parroquias de Cahors para que hagan en ella las funciones”. Que en la diócesis de Cahors no dieran los misioneros las mi­siones populares y aceptaran la parroquia a la que alude el obispo fue otro problema que S. Vicente, muy a pesar suyo, tuvo que resolver, dejando al obispo que, una vez más, se saliera con la suya.

El P. Cuissot secunda las reformas materiales que el obispo quiere hacer en el seminario. Tiene una idea feliz. Quiere dejar escrito en la piedra un recuerdo a los méritos del obispo. Ente­rado éste, manda borrar lo escrito. Lo que parecía feliz y justa idea sólo ha recobrado valor en la historia, que ha recogido lo sucedido.

No toda la historia del seminario fue sobre ruedas. La crí­tica feroz a la obra reformadora de Alain de Solminihac llegó también al seminario. Se les acusaba de que el seminario era como una prisión. Sin duda, toda la obra reformadora del obis­po de Cahors llevaba el sello de la dureza por su exigencia. De ahí las rebeldías que nacieron contra él entre algunos ecle­siásticos y seglares. Al fin todo se resolvió interviniendo S. Vi­cente.

Podemos afirmar que el obispo murió satisfecho de su obra en el seminario de Cahors y satisfecho por lo que le había ayu­dado su amigo Vicente de Paúl y los suyos, como acostumbraba a decir. “Mi clero ha cambiado de rostro – escribe a S. Vicente – y ha sido gracias al seminario, en el cual hay actualmente unos 40 ó 50 eclesiásticos”.

La obra del seminario de Cahors, como concretización de lo que el Concilio de Trento pretendió, fue magnífica. Nadie lo discute. No se puede olvidar, y de hecho no se olvida, la cola­boración que le prestó S. Vicente y la Congregación non sólo al inicio, sino en toda su trayectoria, hasta la muerte de Alain de Solminihac y después. San Vicente puso a su disposición todos los recursos que poseía. Si nos hemos fijado especialmente en los misioneros que tuvieron la responsabilidad del cargo del superiorato hay que decir que existen otros muchos aspectos que S. Vicente puso en acción para conseguir lo que el obispo pretendía y lo que él mismo deseaba. En la misma correspon­dencia del santo podemos encontrar material abundante para afirmar con toda certeza que no eran sólo los misioneros desti­nados en Cahors los únicos agentes de aquella obra, sino otros misioneros y otras personas que S. Vicente pudo usar, y orientar sus esfuerzos en favor de la reforma de los seminarios en Fran­cia. Cahors es un ejemplo magnífico si se quiere, pero un ejemplo. Fue un modelo que el mismo Alain de Solminihac se atrevió a poner como digno de ser imitado a otros obispos empeñados en la reforma de su clero.

Parece ser que el obispo de Cahors pensó en un seminario menor, pero o porque él mismo no estaba totalmente convencido, o porque S. Vicente se mostró intransigente dados los resultados negativos de las experiencias que hasta entonces se habían hecho en Francia, el caso es que aquella idea no llegó a tomarse en serio y quedó como posibilidad para otros tiempos.

Las Hijas de la Caridad en Cahors

Un verdadero reformador no se puede olvidar de los pobres. Alain de Solminihac, obispo de Cahors, ideó un buen programa de ayuda asistencial a los pobres. Entre los pobres se encontró con buen número de huérfanos que necesitaban acogida y educación. El 20 de julio de 1654 funda, según el historiador Darri­cau, una casa para niñas huérfanas que confía a las Hijas de la Caridad. Muy pronto acogieron, según el mismo historiador, a un centenar de niñas. El 16 de febrero establece otra semejante para los niños que también confía a las Hijas de la Caridad. Por esto hay que tener en cuenta el papel que las Hijas de la Caridad desempeñan en la pastoral del obispo de Cahors. La hora de la expansión de las Hijas de la Caridad no había llegado. Por eso S. Vicente y Santa Luisa se muestran cautos, pero no se pueden oponer a las instancias del obispo de Cahors, santo y tesonero amigo. Según lo dicho se debe deducir que las Hijas de la Caridad tuvieron dos establecimientos en Cahors. Pero no fue así. Cierto que hubo planes de dos establecimientos, pero en la realidad sólo se llegó a aceptar uno: El hogar, como hoy diríamos, para las niñas huérfanas.

Coste, en su obra S. Vicente, el gran santo del gran siglo, nos da otra versión. Cierto que en 1654 el obispo de Cahors pide a S. Vicente Hermanas para que se ocupen del orfelinato de niñas. Y desea que todo esto se haga pronto. Pero S. Vicente no tiene prisas, como es habitual en él, y Santa Luisa no encuentra fácilmente el cómo satisfacer al señor obispo. Se trata de una obra nueva en la Compañía. Hay que pensarlo bien aunque el obispo se enfade, como se enfadó. Sólo en 1658 pudieron los Fundadores enviar dos Hermanas. Hubo un percance que atrasó casi un año la ida de las Hermanas a Cahors. Nos lo cuenta Sor Maturina Guérin cuando escribe sobre la virtud de la espe­ranza de Santa Luisa. Se lo escribe a Sor Margarita Chétif: “Usted ha podido saber que una Hermana sobre la que se tenían grandes esperanzas, habiendo sido destinada para el establecimiento de Cahors, se marchó precisamente en el momento en que todo estaba pronto para partir. Creo que hasta se perdieron las fianzas…”. Sor Maturina no nos dice la razón. El P. Coste dice que fue por miedo, pavor diríamos, de ir destinada tan lejos, a 150 leguas de Paris, a 600 kilómetros, según la guía de los ferrocarriles franceses. El incidente sucedió en 1657, por eso hasta 1658 no pudieron ir las Hermanas. Por lo sucedido no sabemos si la Hermana que se escapó por miedo a ser destinada muy lejos estuvo presente a la conferencia que S. Vicente, emocionado, dirigió a las Her­manas el 29 de septiembre de 1655. Está explicando el regla­mento y llega un momento en el que S. Vicente les dice que tienen que estar dispuestas a ir a todas partes, porque de todas partes les llaman: De Toulouse, Cahors, Madagascar… Las Hermanas, fácilmente entusiasmadas, responden a coro que están dispuestas. Dos veces se lo pregunta S. Vicente y dos veces res­ponden que sí, que están dispuestas a ir a todas partes. No contento S. Vicente con aquel entusiasmo, añade: ¡Qué desven­turada sería la que resfriase a las demás y que fuera causa para que otras se desanimaran! Sería digna de castigo… Sin duda las Hermanas deberían ser preparadas a misiones de mayor enver­gadura y de mayores responsabilidades.

Surge otro problema de organización, que se estudia en el consejo del 5 de abril de 1656: ¿No sería conveniente fundar un seminario o una casa, como la de París, más próxima a esos lugares desde los cuales las Hermanas son llamadas? Las peti­ciones del obispo de Cahors y del obispo de Agde son las causas de este nuevo planteamiento. Un planteamiento nuevo, pero importante para la Compañía, como hace notar el mismo S. Vi­cente al presentar la cuestión. Se exponen las razones en pro y en contra. En favor, adúcense las razones siguientes: Las distan­cias, los largos viajes como consecuencia de la distancias, el tener que ir solas, los gastos, la facilidad de los cambios. En contra sólo aparece una, una duda: ¿No será emprender de­masiado? ¿Darse a conocer demasiado? ¿No será mejor seguir oculta a los ojos del mundo? S. Vicente apela a la humildad: “Confundámonos, Hermanas, al ver que somos estimados por tantas y tan considerables personas. Humillémonos al ver que Dios escoge a la Compañía para servirle en lugares tan lejanos. ¿Quién somos nosotros? ¿Quién soy yo?”. Todos los presentes al consejo dan su parecer. Todos responden afirmativamente. Incluso Santa Luisa, que añade una razón especial: Parece que le Providencia lo quiere porque se trata de lugares en donde hay sacerdotes de la Misión. También responde afirmativamente el P. Portail, presente en el consejo, pero añade otra consideración: Debemos orar para que el Señor nos muestre mejor su voluntad. Es la conclusión que, por el momento, deduce S. Vicente: Hay que orar. Por eso, “usted, Portail, dirá la misa por esta intención y las Hermanas asistirán a ella. Yo también la diré… “. Ruega a Santa Luisa que enco­miende este asunto tan importante a la Comunidad. Pero como si hubiera dicho algo malo, se corrige: “No, no diga que recen por un asunto importante. Nosotros no tenemos asuntos importantes. Diga que recen por una necesidad de la Compañía”.

Las presiones del obispo de Cahors siguen, ahora por medio del obispo de Sarlat, Mons. Savin, presente en estos días en París. Es evidente que a S. Vicente le preocupa todo este asunto. Hasta en la repetición de oración tenida en San Lázaro a pri­meros de noviembre de 1656, pide oraciones: “No podéis imagi­naros cómo las bendice Dios – a las Hijas de la Caridad – en todas partes y en cuantos lugares quieren tenerlas. El obispo de Tréguier me ha pedido ocho para tres hospitales; el de Cahors pide también para dos hospitales; el de Agde también las pide, y su señora madre me ha insistido en ello hace muy pocos días. Pero no tenemos bastantes…”.

La decisión de ir a Cahors estaba tomada. Era sólo cuestión de poder realizarlo. En abril de 1657, Santa Luisa escribe a S. Vicente que debe buscar otra Hermana para Cahors que sepa leer y escribir, dada su misión de enseñar a las niñas.

Se ve que le preocupan otros detalles, como son los gastos. Quiere prevenir dificultades. Hay un detalle muy curioso: Dice Santa Luisa que es más fácil escoger dos para Cahors que cua­tro para cualquier otro lugar. Con todo, hay que hacer el esfuerzo necesario, y la razón es, dice a S. Vicente, su santa intención.

Las Hermanas escogidas finalmente fueron Sor Adriana Plouvier y Sor Luisa Boucher, Más tarde va Sor María Marta Trumeau, que debe salir de la Fére a causa de una calumnia. Se tuvo el propósito de enviar a Sor F. Carci­reaux para contentar al obispo de Cahors, pero no se llegó a realizar este destino. Sor Carcireaux fue destinada a Narbona, otra fundación distante de París. Sor Ana Hardemont pide ir a Cahors, pero San Vicente, en una carta muy interesante, le dice que no: “No es bueno que deje Ussel, en donde actual­mente trabaja, y no parece bien que vaya a Cahors”. En rea­lidad, las razones de Sor Ana para salir de Ussel no convencen. Es muy claro S. Vicente en la carta que escribe a Sor Avoya, compañera de Sor Ana: “Si esos deseos de Sor Ana vinieran de Dios no andaría tan inquieta, sino que se pondría en manos de los que la dirigen”.

La dificultad de la selección se superó. Sobre la prepa­ración no sabemos mucho fuera de la instrucción que les da S. Vicente la víspera de partir y el proyecto del reglamento. San Vicente las despide, y en este envío a la misión, como hoy diríamos, les dirige una plática muy interesante. La fecha es del 4 de noviembre de 1658.

La secretaria de turno tiene mucho cuidado en titular esta instrucción: “Instrucciones dadas por el Sr. Vicente, nuestro veneradisimo Padre, el día 4 de noviembre de 1658, a nuestras queridas Hermanas Adriana Plouvier y Luisa Boucher, que deberán salir al día siguiente para la fundación de Cahors”. S. Vicente expone, como casi siempre, los motivos que tienen para entregarse a Dios sirviéndole en la ciudad de Cahors. El primero, creer que Dios es quien las llama. Cuando un obispo llama para trabajar en su diócesis es señal clara de que es el Señor quien llama. Pero en este caso, además, es un obispo santo, que se le tiene por santo. No oculta S. Vicente el hecho de las repetidas llamadas del obispo de Cahors desde hacía cuatro años, y hasta se ha enfadado porque la señorita Legras no encontraba modo de satisfacerle. Otro motivo es lo que se va a hacer allí: Instruir y educar a las niñas huérfanas… Obra nueva en la Compañía.

En cuanto a los medios, el primero es el desprendimiento. Hay que desprenderse de todo para ser totalmente de Dios… El segundo es la humildad, porque vais a combatir contra el demonio de aquel país, que es el demonio del orgullo, de la cólera, de la auto­suficiencia, de la ira… Veréis allí personas que casi siempre están irritadas, que se enfadan por las cosas más pequeñas. Son presumidos, les gusta hablar mucho…”. Nos podemos imaginar cómo reaccionarían los habitantes de Cahors si hubieran oído lo que S. Vicente dice de ellos, ellos tan orgullosos… Otro medio es la tolerancia mutua y la mortificación. Necesitan tolerarse mutuamente. Que la Hermana mayor esté convencida de que está llena de defectos y que la menor esté convencida de lo mismo. Necesitan mortifi­cación para no usar palabras en propia alabanza ni en alabanza de la Compañía. Necesitan mortificación para tratar al señor obispo, para recibir humildemente sus avisos, sus correcciones, pues la austeridad que él tiene para consigo quizá le haga un poco severo. Ese señor es una persona que hará problema de conciencia de una palabra dicha para halagar… Id pues, hijas mías, con la con­fianza de que el Espíritu del Señor irá con vosotras. Cumplid lo que os diga el señor obispo y el P. Cuissot, superior del pequeño seminario que allí hay…”.

Para Navidad ya estaban las Hermanas en Cahors. S. Vi­cente las ha seguido durante todo el viaje. Escribe a varias per­sonas de los lugares por donde han de pasar y les ruega que las atiendan, que les den lo que necesiten. En Cahors se ponen a trabajar. Conocemos un proyecto de reglamento encontrado en los archivos de la biblioteca nacional de Francia. Está fechado el mes de julio de 1657. Lleva como título: “Para las huérfanas que han de educar las Hermanas de Cahors”. Según Coste, el reglamento muestra la mano de Santa Luisa. Las “pequeñas hermanas” – así han de llamar a las huérfanas – deberán ser tratadas como personas serias y religiosas. Las prácticas reli­giosas y de piedad que les señalan son excesivas: Misa diaria, rosario, lectura espiritual, media hora de visita al Santisimo Sacramento, tres exámenes de conciencia y procurar la unión con Dios al levantarse, al asearse, en el trabajo y en la comida. Se exige silencio durante la comida, durante el trabajo; sola­mente tendrán una recreación de media hora después de la comida de las diez para honrar la infancia de nuestro Señor. Se les aconseja comer lo necesario. La dieta que se les asignará no permitirá que hagan excesos en la comida, como después veremos. Otras prácticas se les aconsejan, como tener intenciones especiales en sus oraciones y actos por la paz del mundo, la unión de los cristianos, los recién nacidos, los afligidos, etc., los enfermos, los agonizantes, los pecadores, los prisioneros, los sa­cerdotes, los superiores, los religiosos. Por la mañana deberán ofrecer, como sufragio para salvar un alma del purgatorio, todos los trabajos y méritos del día (46). Nuestro juicio hoy no sería muy favorable a este reglamento. Excesivamente monacal para unas pobres huérfanas. Más bien parece un proyecto de novi­ciado. Coste, que lo ve muy recargado, dice que se trata de un proyecto que sin duda se vería muy modificado y que sufriría más de un retoque. No sabemos si en tal proyecto también intervino el austero obispo de Cahors.

El obispo no mimaba para nada a sus huérfanas. La comida no era muy delicada: Pan negro y alguna vez tocino y carne de res. Parece ser que las Hermanas se atuvieron a la misma dieta. Existe una carta del P. Fournier, profesor en el seminario de Cahors, dirigida a Santa Luisa, en la que le avisa de esta situación. Es posible que después de la carta del P. Fournier la dieta mejorara. Por otra parte, las dos Hermanas se cargaron de trabajo. No sólo eran las huérfanas, eran también los enfer­mos a domicilio objeto del cuidado de las Hermanas. El excesivo trabajo y la preocupación por cumplir las reglas dadas por los Fundadores crearon una situación difícil para las Hermanas. Tampoco el que llegara Sor Trumeau haría cambiar la situación. A pesar de todo no parece que el obispo estuviera plenamente satisfecho de la obra de las Hermanas por lo que dice Santa Luisa en una carta a S. Vicente.

La dirección de las Hermanas

En el consejo del 5 de abril de 1656 vimos cómo Santa Luisa daba como razón para que se pudiera crear un seminario o casa distante de París el hecho de que en el lugar hubiera una comunidad de misioneros. La relación entre ambas comuni­dades tenía para Santa Luisa un valor especial. En el caso de Cahors, la situación era clara. Hacía años que los misioneros tra­bajaban allí y trabajaban bien. La dirección de las Hermanas estaba asegurada. El superior, P. Cuissot, se encargaría como era costumbre en la Compañía. Pero el P. Cuissot pone dificul­tades por el excesivo trabajo y hace que le sustituya el P. Four­nier, quien a su vez también pone dificultades por parte del trabajo y porque no se cree preparado para prestar el servicio a las Hermanas. S. Vicente clarifica la situación en una carta dirigida al P. Dehorgny. “He rogado al P. Fournier que ayude al P. Cuissot en la atención a las Hermanas a pesar de su trabajo y de que no se considera apto para este ministerio. Le he animado a ello “. S. Vicente puntualiza: Se trata de ayudar al P. Cuissot, no de sustituirle, en este quehacer o responsabilidad, porque “como superior de los misioneros debe prestar la misma atención a las Hermanas como lo hace a los seminaristas. Más aún: Aquellos que las han de instruir, confesar y dirigir no lo deben hacer independientemente de él”, es decir, del P. Cuissot. Es claro S. Vicente, y se ve que Cahors no es una excepción de la responsabilidad que el superior de los misioneros tiene sobre las Hijas de la Caridad residentes en el mismo lugar. No pone dificultades a que el P. Bonichon, también en el seminario de Cahors, eche una mano al mismo P. Fournier si lo necesita.

Otras relaciones con san Vicente

Las relaciones con S. Vicente son mucho más amplias que las consignadas. Todos los aspectos eclesiales, en los cuales in­tervino el abad de Chancelade y obispo de Cahors, interviene también S. Vicente: Reforma del clero, seminarios, reforma de las comunidades religiosas, el jansenismo, la elección de obispos, la asignación de los beneficios eclesiásticos, etc., son asuntos, campos de trabajo, en los que la obra de estos dos grandes hombres se hace presente; a veces se contraponen, pero siempre intentan lo mejor para la Iglesia. Para conocer más al detalle el mundo de las relaciones entre S. Vicente y el obispo de Cahors es necesario hacer un estudio más amplio y profundo que el que yo he hecho. Para mí, como dije al principio, no se trata sino de obsequiar con un cariñoso recuerdo al “viejo santo ” y al recién beato.

Quiero terminar con un testimonio de S. Vicente sobre Alain de Solminihac, abad de Chancelade y obispo de Cahors:

“Un gran prelado de estos tiempos sigue esta misma máxima (hacer lo más perfecto, como Santa Teresa, y todo para mayor gloria de Dios, como S. Ignacio) de animar todas sus acciones y todas sus obras con la intención de buscar siempre el mayor bien: Es el obispo de Cahors, que tiende siempre a lo más perfecto y lo consigue”.

Muerte de Alain de Solminihac

Alain de Solminihac murió el 30 de diciembre de 1659. Un año pues pudo tener a las Hermanas bajo su vigilancia en la obra que les había confiado. Las Hermanas continuaron en Cahors.

Es interesante el detalle que nos cuentan los biógrafos: Poco antes de morir, Alain de Solminihac llama a un notario para que levante acta de su última voluntad. Quiere dejar todo a los pobres y quiere morir en absoluta pobreza. Después ruega a la superiora de las Hijas de la Caridad que le conceda una sábana como mortaja, y a los religiosos de N. Señora la gracia de ser enterrado en la iglesia de ellos.

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