Edme Jolly, tercer Superior General de la C.M. y de las HH.C. (Parte segunda)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, III.
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Capítulo IV

Viene a la Asamblea general en 1661, en la que es elegido tercer Asistente del Sr. Alméras. Éste le retiene por algún tiempo, luego le vuelve a mandar a Roma, donde obtiene para la Compañía el privilegio de la exención. El Sr. Almerás le llama para gestionar los asuntos de la Compañía en su lugar durante su enfermedad.

El 27 de septiembre de 1660, quiso la divina Majestad llamar a sí a nuestro venerable y muy digno fundador Sr. Vicente. No bien hubo conocido el Sr. Jolly la triste noticia y la convocatoria de la futura Asamblea general en la casa de San Lázaro el 15 de enero siguiente, para la elección de un Superior general, cuando él indicó su asamblea provincial para la elección de los dos deputados de su provincia que debían acompañarle a dicha Asamblea general. Salieron de Roma el mes de noviembre, pero antes de partir, el Sr. Jolly creyó necesario despedirse de los principales amigos y protectores de nuestra Congregación que estaban en aquella ciudad. Vio, entre otros, a Mons. el cardenal Corrado, datario de Nuestro Santo Padre el Papa Alejandor VII, quien le recibió con mucha bondad y le dio varios consejos paternales para el bien de nuestra Congregación, consejos que el Sr. Jolly nos ha conservado escritos de su puño y letra, en estos términos:

Edme Jolly, C.M.

Edme Jolly, C.M.

«Mons. el cardenal Corrado, gran siervo de Dios, honor del Sacro Colegio, el principal ministro de Su Santidad, el prelado más desinteresado que se pueda imaginar, es hombre de un espíritu y de un jovial admirables, muy sabio, infatigable en el trabajo; de una piedad y pureza de intención singulares. Es uno de los amigos y protectores más afectos que haya tenido nunca la Compañía, a la que ha demostrado su afecto en diversas ocasiones  bien importantes. Habiendo conocido la muerte de nuestro muy honorable Padre el Sr. Vicente, y la elección que se debía hacer de un sucesor, después de recogerse sobre sí mismo, como lo hacía de ordinario, y haber mostrado su dolor por la pérdida que habíamos tenido, dijo: «Vuestro instituto es uno de los mejores que haya en la Iglesia de Dios. Se dilatará mucho; pero tened buen cuidado de seguir en vuestros principios de desinterés. Manteneos en la observancia de vuestras Reglas; estad bien unidos entre vosotros; que nadie desee ser superior a los demás, sino más bien obedecer, y que lleguen a los oficios por obediencia; tened buen cuidado con las personas que recibís entre vosotros; no permitáis que los seglares se mezclen en vuestros asuntos domésticos. Que se tenga cuidado de esta casa de Roma, porque es importante». Y concluyó con nuevas promesas de su amistad, la que se aprecia bastante en dichos consejos, muy dignos, no sólo de ser conservados por escrito, sino mucho más bien de ser seriamente meditados y fielmente practicados por la Compañía.

Los miembros de la Asamblea, que conocían el mérito del Sr. Jolly, le esperaban con impaciencia, y los que no le conocían aún, más que por su fama, le vieron con placer. La elección del Señor Alméras para la dirección general de la Compañía ya realizada, se eligió al Sr. Jolly como tercer Asistente del Superior general.

La Asamblea se terminó en el espacio de cinco días después de los cuales los deputados se volvieron cada uno a sus provincias.

El Sr. Alméras, quien miraba desde entonces al Sr. Jolly como su futuro sucesor, conociendo bien sus méritos, sabiendo la estima que el Sr. Vicente le había tenido y lo que había dicho anteriormente a la Sra. duquesa de Aiguillon respecto de su futura promoción al generalato, le retuvo algún tiempo con él para el ejercicio de su nuevo oficio de asistente. Le envió después a visitar las casas de le Mans, de Bretaña, de Poitou para que conociera bien el estado de la Congregación en general y de cada casa en particular. Ya de regreso de sus visitas, el Sr. Jollly partió el mes de junio o de julio para ir de nuevo a dirigir la casa de Roma, donde su presencia era por entonces necesaria.

El Sr. Alméras se privaba así por algún tiempo de su asistencia para mayor bien de la Compañía, a vista de lo cual el Superior general  puede hacer ausentarse momentáneamente a algún asistente que la misma Compañía le ha dado.

Durante este viaje, el Sr. Jolly fue atacado en Montargis de una fiebre que no le impidió continuar su ruta después de un breve descanso; pero apenas hubo llegado a Lyon, cuando se puso peligrosamente enfermo, y por tan largo tiempo que no se pensaba que se recobraría. Después de tres meses que duró esta enfermedad, quiso Dios escuchar las súplicas que el Sr. Alméras y toda la Compañía hicieron por la recuperación de su salud. Como no teníamos aún casa en Lyon, se vio obligado a retirase en una casa burguesa, en la que estuvo bien cuidado. Esto fue para él un gran motivo de mortificación al verse separado de sus cohermanos y en peligro de morir en una tierra extraña; pero su conformidad y su resignación al beneplácito de Dios devolvieron la calma a su espíritu. Hallándose perfectamente curado continuó el viaje y llegó a Roma un año después de haber salido.

Se dedicó en primer lugar a la dirección de la familia y al buen desempeño de nuestras funciones con los eclesiásticos de esta ciudad. Se ocupa también de los intereses más apremiantes de la Compañía en general, y obtuvo en 1692, a pesar de las desavenencias que surgieron entre el Papa y Francia con ocasión del Sr. de Créquy, un breve de Su Santidad que limita nuestra dependencia de los obispos a las únicas funciones para con el prójimo y nos exime de su jurisdicción en lo que concierne a nuestra Congregación.

Este breve fijó también que dos años de probación debían preceder a la emisión de los votos, derogando expresamente en este particular la bula de la erección de nuestra Congregación, que no exigía más que un año para ser incorporado.

Resultaba difícil obtener grandes gracias en tiempos tan revueltos. Pero el Sr. Jolly tenía por consejeros su rara prudencia y su sabiduría en la dirección de los asuntos mayores, y como protectores a Mons.  el cardenal Corrado, datario, y a Mons. cardenal Durazzo, muy querido de Su Santidad.

Resolvió varios asuntos difíciles e importantes más en diversos tiempos durante su estancia  en Roma. Consiguió las Bulas de unión de la casa de San Lázaro a la Congregación de la Misión, del colegio de Saint-Pourçain a dicha casa de San Lázaro, las de la unión de Saint-Méen a la Compañía, las de la unión  de las Encomiendas de Chieri y de Chiavasso para Annecy. Las de la unión del curato de Saint-Roch de Turín, sin cargo de los parroquianos y las de la unión del priorato de la Vaurette a nuestra casa  de Cahors; él superó, para realizar tantos asuntos, todas las oposiciones de las personas interesadas,  sobre todo de los procuradores generales de las Órdenes de las que se separaban estos beneficios; superó por su gran paciencia y su gran sabiduría todas las dificultades.

Obtuvo también otros Breves necesarios para el establecimiento y la buena dirección de la Congregación: el que explica nuestro voto de pobreza, el que nos autoriza a hacer ordenar sin título patrimonial a los clérigos de Irlanda y de otros países herejes que quieran consagrarse a Dios en nuestra Congregación, y otros Breves más para facilitar la multiplicación de los sujetos de nuestra Compañía y su promoción a las sagradas Órdenes por extra tempora:   todas las gracias muy preciosas.

Continuó en el colegio de la Propaganda las conferencias espirituales que había establecido en 1656 y con ocasión de las cuales el Sr. Vicente le escribió esta carta tan edificante:

«Doy gracias a Dios, Señor,  por la introducción de las conferencias espirituales en el colegio de la Propaganda y haberos inspirado un medio semejante para insinuar en sus escolares el espíritu de piedad. Es verdad que tendrán todavía más confianza en el Superior de la casa que en su confesor, y que su presencia dará aún más fuerza y más peso a sus asambleas, sobre todo si el confesor es nuevo en estas clases de conferencias. Por ello, Señor, cuanto más podáis ayudar mejor: lo veo palpablemente en nuestras conferencias de los martes en las que me encuentro siempre, si no me lo impide algún asunto. También vos os podéis dispensar  cuando tengáis algún impedimento y enviar a dicho confesor en vuestro lugar». No contento con haber establecido, dirigido y perfeccionado esta pequeña asamblea para conversar con los jóvenes clérigos estudiantes sobre las virtudes propias de principiantes, establece también otra para los sacerdotes u otros eclesiásticos de edad, sobre el modelo de la que se tiene los martes en San Lázaro o en el Seminario de la Congregación de la Misión, calle Saint Victor, en París. La primera se formó el 16 de febrero de 1663. El Sr. Jolly la presidió con su humildad ordinaria.

Continuó instruyendo y edificando a los eclesiásticos de la ciudad de Roma hasta que el Sr. Alméras, pensando que habíamos conseguido de la Santa Sede todo lo que nos era necesario para nuestra confirmación y para la buena dirección de la Compañía, llamó al Sr. Jolly para colocarle en su puesto de asistente. Salió de Roma el mes de octubre de 1665, y al poco de llegar, le hicieron asistente de la casa de San Lázaro. Condujo esta casa con gran edificación, sabiduría, firmeza, y siempre con unas entra dependencia del que era su primer Superior. La Asamblea general de 1668 le dio el oficio de admonitor del Superior general, vacante por la muerte del Sr. de Horgny; había observado en él  todo el discernimiento y el celo necesarios para este oficio y sabía además que era muy agradable y siempre bienvenido junto a quien debía avisar.

El 8 de enero de 1672, el Sr. Alméras sintiendo que se debilitaba y reconociendo que su fin estaba cerca entregó al Sr. Jolly el cuidado de responder a las cartas; era con el fin de tener más tiempo para dedicarse a sí mismo y prepararse para el día que el Señor tenía señalado para poner fin a sus largas y dolorosas enfermedades; lo que sucedió el 2 de septiembre del mismo año.

El  cofrecito que debe contener el nombre del vicario general  fue abierto según la costumbre; y no hubo sorpresas al encontrar al Sr. Jolly como designado para este cargo, puesto que todos en su corazón le deseaba para Superior general y los deseos ya se habían hecho públicos por los frecuentes discursos que se celebraban sobre este tema.

Él comunicó a la Compañía el fallecimiento de su dignísimo Padre y Superior general con mucha ternura y piedad. La Asamblea se abrió el 2 de enero de 1673; y la víspera de la Epifanía, el Sr. Jolly fue elegido Superior general en ella para contento de todos los deputados, y con una indecible alegría de todas las personas de San Lázaro que mostraron su alborozo, bendiciendo a Dios por una elección tan digna y favorable. . El gozo doméstico fue muy pronto seguido por el aplauso del público que esperó de él todos los bienes que vamos a describir en el capítulo siguiente.

Capítulo V

Su santa vida en la superioridad. Los servicios que ha prestado a la Compañía durante veinticinco años, y su  santa muerte que ha coronado todas sus buenas obras.

Es normal que los honores causen alguna alteración en las costumbres, y ésta es una experiencia casi general que los que son elevados pierden siempre un poco de su virtud y decrecen en humildad a medida que aumentan en elevación.

La superioridad lleva consigo una independencia, una autoridad sobre el resto y una esperanza de impunidad que halaga siempre la naturaleza corrompida por el pecado; atrae  también tras sí respetos, sumisiones, alabanzas, servicios todo lo que sirve para alimentar el orgullo que nos es tan natural desde aquella grande y espantosa ruina que nos causó el pecado de nuestro primer padre. Sucede por esto demasiado a menudo que los superiores se olvidan de lo que han sido; no conociendo bien ellos mismos lo que son,  entonces pierden primeramente la humildad cristiana, y se dejan llevar así a varias situaciones falsas de las que tienen que dar cuenta a Dios.

El difunto Sr. Jolly fue llamado a la superioridad contra su inclinación. Meditó incluso escapar la víspera de la elección, tal era su miedo a ser elegido. Lo hubiera hecho efectivamente, a no ser por el consejo de un prudente sacerdote, su confesor ordinario, que le retuvo en la casa y le dijo que era preferible mantenerse indiferente y aceptar humildemente lo que la Providencia  ordenara a no hacer nada extraordinario con perjuicio de la gloria de Dios y del bien de la Compañía; obedeció y bajó la cabeza bajo el yugo que le imponía la Asamblea.

Después de su elección, él presidió esta Asamblea. Respondió con sabiduría a todas las dificultades que quedaban por resolver; mandó hacer acciones de gracias por el buen éxito de esta reunió y pidió oraciones a todas partes por sus necesidades particulares. Fue el mismo como Superior que había sido antes de su elección, siempre humilde, serio, regular, siempre fiel en las menores cosas, siempre ejemplar en sus costumbres, modesto en su porte, grave en sus palabras, y totalmente entregado a la Compañía  en el cumplimiento de los deberes que acompañan a la dignidad y a la autoridad que le habían confiado. Se verán todas sus virtudes con sus principales actos  en la segunda parte de este compendio. Baste con señalar aquí, en general, las principales obras exteriores en las que ha tomado parte en su generalato de veinticuatro años, dos meses, veintiún días.

Poco tiempo después de su elección obtuvo de su Majestad el Rey la confirmación de la Compañía en la posesión de la casa y de las dependencias de San Lázaro, contra las pretensiones de los caballeros de San Lázaro que nos querían desposeer si hubiera estado en su mano.

Se estableció la Misióm en el curato de Versalles poco después, con tanto desinterés por parte del Sr. Jolly y tanta bondad y solicitud por parte de Su Majestad que no es fácil decir qué se debe admirar más si las insistencias y apremio de este gran monarca o las dilaciones y las excusas  que puso en juego este muy humilde Superior. Hubo sin embargo que ceder  y someterse a la autoridad  de este gran príncipe.

Los sacerdotes enviados a Versalles fueron casi todos sacados de las casas con parroquias. El difunto Sr. Thibault que fue el primer párroco, era un hombre prudente, dulce y popular, lleno de compasión y de ternura por los pobres, sencillo como un niño del Evangelio y, al mismo tiempo, muy capaz de instruir bien y dirigir una gran parroquia. Como se ha escrito en la carta circular de su muerte, era un hombre invulnerable al aire apestado del siglo y que no perdió nada de su santa sencillez durante cerca de doce años que permaneció en la corte. Sus colaboradores eran poco más o menos del mismo carácter, pero la modestia de los que viven todavía no me permite darles, como a los difuntos, las alabanzas que merecen por las virtudes y los servicios que les han sido comunes.

No es creíble cuánto se movió el difunto Sr. Jolly, cuántas razones adujo, cuántas insistencias hizo para defenderse de todos estos establecimientos de relumbrón, en su deseo de mantenernos en nuestro primer espíritu y evitar todo cuanto pueda halagar el orgullo y la vanidad. Cuando se trató de enviar seis sacerdotes y seis clérigos a la capilla de Su Majestad en Versalles, pidió y mando pedir a Dios que apartara ese golpe. Fue a encontrar al rey  para excusarse; le expuso que este empleo no nos convenía y que nos expondría en un teatro demasiado grande. Pero fue preciso después de todo ello, como hemos dicho, obedecer al rey. El Sr. Jolly anunció  la noticia a su Comunidad con expresiones tan impresionantes que no se sabía qué pensar. Ay, Dios mío, dijo, qué empleo, qué peligro, pobres sacerdotes destinados para los pueblos, y ahora los quieren para Versalles. Quiera Nuestro Señor guardarnos él mismo, puesto que nos expone, a pesar de ello. Él aplazó largo tiempo aceptar el establecimiento del Hotel real de los Inválidos, alegando a Su Majestad nuestra pobreza de sujetos a los que  absorben en gran cantidad estas misiones reales. Se sirvió de esta razón para alejar y destruir por completo el proyecto de nuestro establecimiento en Saint-Germain. Él aplazó durante varios años las esperanzas de la Sra. de Maintenon para nuestro establecimiento en Saint-Cyr; y no cedió hasta que no pudo más y se vio obligado y como forzado por razones que necesitan hacer las cosas  en las que se siente más repugnancia. Además, antes de resignarse, procuró hacer este establecimiento más aceptable acercándole al espíritu de nuestro Instituto por la obligación de dar misiones. El de Rochefort ha perdido algo de su comodidad y de su buena situación, porque el Sr. Jolly temporizó largo tiempo antes de aceptarlo.

En cuanto a los demás establecimientos cuyas obras son las  propias de nuestro Instituto, no era tan difícil. Sólo había que contar con dos cosas principales: En primer lugar, que la fundación o dotación de la familia fuera sólida y fuera de discusión; en segundo lugar, que los superiores fueran cambiados a gusto del Superior general; y en tercer lugar, por último, que no se nos exigiera nada en materia de doctrina o de dirección que alcanzara los extremos viciosos o que fuera contrario a nuestras Constituciones y a nuestras Reglas.

Ha aumentado mucho la Compañía en sujetos y en fundaciones. La ha visto mucho antes de su muerte incrementada en sus dos tercios en sujetos, y él ha hecho por sí solo más establecimientos que sus dos predecesores. Se cuentan hasta treinta y siete, sin incluir el de Londres que ha seguido la mala fortuna del rey de Inglaterra.

Ha vigilado muy de cerca sobre nuestros estudios. Está seguro que son más seguros y más metódicos que antes, y este punto no ha servido de poco para adquirir a los súbditos de la Compañía sino la reputación de hombres sabios, al menos las de sacerdotes que son capaces de hacer bien sus funciones.

Ha puesto todos los cuidados en mantener nuestras antiguas costumbres y preservarnos de toda novedad en materia de costumbres, de doctrina y de oración, como se verá en un capítulo especial; y, cosa admirable, es que en esta gran variedad de ocupaciones, que han llenado toda su vida, no ha perdido de vista la muerte, a la que se ha preparado durante más de treinta años.

Ha vivido todo el tiempo que ha pasado en la Congregación como un hombre que quiere estar en situación de morir todos los días; pero desde su regreso de Italia y su elección al superiorato de nuestra Congregación, él ha jugado siempre de alguna manera y se ha familiarizado con la muerte, como lo dicen algunos santos Padres: Ludere cum morte. En todas sus cartas, en todas sus meditaciones, hay de ordinario alguna palabra que hace ver  que hacía de ella su asunto principal. Escribía, por ejemplo: «Soy anciano, hay que morirse»; o bien «Dentro de poco ya no estaré en el mundo; hay que ir a dar cuenta de mi miserable vida, no tengo aún obras buenas y tendré que morirme pronto; mis piernas ya no me sirven más que para llegar a la tumba; no penséis en una salud y en una vida inútil como la mía, pedid a Dios que yo me prepare una buena muerte, y no que me dé una vida más larga», etc.

Cuando se vio fuera de juego para seguir a la Comunidad y actuar libremente para los asuntos, se preparó para esta hora próxima con más cuidados todavía, no por ningún ejercicio particular, sino tan sólo por los de la Comunidad y por el peso de su cargo, del que se ocupó hasta el último día de su vida. Se ha visto con edificación que, no pudiendo ir ya al examen general, lo hacía de rodillas o incluso en la cama, con el hermano enfermero, cuando estaba acostado, observando todos los cinco puntos, diciendo todas las oraciones y haciéndose leer el tema de la meditación, como si hubiera estado en la Comunidad. Hacía que le leyeran en su mesa y no omitía ningún examen particular ni ninguna de las demás observaciones prescritas por nuestras Reglas. Ha celebrado la santa misa hasta el final y ha tenido la suerte de oírla y comulgar en ella la víspera de su muerte, fiesta de la Anunciación de la santísima Virgen. Al día siguiente, si se lo hubieran consentido, habría hecho sus esfuerzos para oírla y para decir su breviario; pero el momento del descanso y del cese del trabajo estaba cerca. El martes, 26 de marzo,  hacia las nueve de la mañana, fue atacado de un gran flujo de pecho. No se le disimuló el peligro en que estaba y no le sorprendió en absoluto. Mandó llamar al Sr. de le Salle que le reconcilió y aceptó con paz la propuesta que se le hizo de recibir los últimos sacramentos.

El Sr. de Saint-Paul, asistente de San Lázaro le dio el santo Viático, acompañado de cuatro o cinco eclesiásticos solamente, mientras que la Comunidad estaba en la mesa. El médico dejó bien pronto de tratar de salvarle, y el flujo en aumento sin cesar amenazaba con ahogarle en pocas horas. A las doce y media se tocó la campana para llamar a la Comunidad, que asistió a la administración del sacramento de la extremaunción; lo recibió con gran piedad y humildad.

El Sr. de Saint-Paul habiéndole pedido su bendición para toda la Compañía, se quitó el bonete y se la dio haciendo el signo de la cruz sobre sí mismo, según su costumbre, y recomendó la observancia de las Reglas, la caridad y la devoción a la santísima Virgen.

Acercándose el Sr Durand también para recibir su bendición para la Comunidad de las Hijas de la Caridad, se la dio del mismo modo y dijo algunas palabras que nadie pudo entender, por no ser claras. Puso los ojos en uno de nuestros hermanos que se hallaba entre el lecho y la pared, comenzó el De profundis mirando a este buen hermano, como para invitarle a decir su versículo; pero éste al decirle que el médico había dicho que no había que hacerle hablar, continuó él solo con una voz más apagada todavía con los versículos y la oración.

Repitió también con mucho trabajo y gran fervor varias veces el Pater y el Ave y las oraciones a la santísima Virgen que comienzan por estas palabras: Memorare, o piissima Virgo, y Maria mater gratiae.    Con gran devoción dijo el Bebedicite de los tres niños  del horno, y se cree que murió recitándolo, ya que además de que no se le entendiera ya articular las palabras, continuaba sin embargo moviendo los labios, como hace uno cuando reza en voz baja. Hacia las cinco y media de la tarde, vieron que se iba a morir pronto; le leyeron la recomendación del alma y poco después, sin ninguna contorsión del rostro ni de los ojos, inclinando solamente un poco la cabeza sobre la almohada, entregó su alma a Dios. Moría en el beso del Señor con una perfecta resignación y tranquilidad.

Algún tiempo después, se abrió el cofrecito donde debe hallarse el nombre del vicario general. Desde el año 1693, había escogido al Sr. Maurice Faure, superior de nuestra casa de Fontainebleau, para dirigir la Compañía después de su muerte. Enviaron en seguida a buscarle, y al día siguiente, a las siete de la mañana, celebró la misa y enterró el cuerpo del querido difunto con toda la sencillez y humildad que pueden adornar una pompa fúnebre, lo que sorprendió y edificó a varios eclesiásticos y a personas de condición que asistieron.

El Sr. Vicario general comunicó esta triste noticia a las casas de la Compañía, y les pidió que le enviaran las memorias de las virtudes que habían observado en este muy digno y virtuoso Padre;  se tuvieron diez conferencias sobre este asunto. Ésas son las fuentes de las cuales se han sacado todo lo que se ha dicho hasta ahora y se sacara también todo lo que  queda por decir de las virtudes del Sr. Jolly en la segunda parte.

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