Claude de la Salle (1629-1705) (I)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1899 · Source: Notices, II.

Nacimiento del Sr. de la Salle. –Su noviciado. Su sacerdocio.


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Biografias PaúlesEl Sr Claude de la Salle nació en Saint-Germain-en-Laye, el 10 de agosto del año 1629, del Sr. Jacques de la Salle, lacayo guarda de corps de la reina madre y del rey, etc., y de las señorita Guiraul de Garrose, doncella del rey. Eran uno y otro buenos cristianos, muy temerosos de Dios y viviendo sin reproche en la ciudad y en la corte; cometieron sin embargo una falta grave con respecto a su hijo, ya que le dejaron diez días en cautividad del demonio, difiriéndole el santo bautismo, sin duda por consideraciones de familia demasiado poderosas en todos los tiempos. El niño fue ungido el 20 del mismo mes, y las ceremonias del bautismo no fueron suplidas hasta dos años después. El resto de su vida hará ver que la semilla de la gracia había caído en tierra fértil. Las amables virtudes de la infancia florecieron con toda comodidad en su joven corazón.

Aunque criado con dificultades, con los cuidados más delicados, a causa de la debilidad de su salud, le llevaron a las escuelas, una vez que estuvo en estado de aprender. Era por naturaleza dulce y complaciente con los compañeros; y sus sumisión y su obediencia a sus padres y maestros no le desmintieron nunca; su piedad era admirable. Así se repartía sabiamente entre el estudio de las ciencias humanas y el temor de Dios; y en éste, no tuvo otro maestro que la unción de la gracia, que actuaba tan viva y tan suave en su alma; ya que su madre no pudo cuidarse de su educación moral, muy ocupada como estaba con los jóvenes príncipes de la familia real.

El Sr. de la Salle hizo sus estudios de filosofía y teología en el colegio de Lisieux, y luego en la Sorbona bajo el famoso Despériers, en cuya casa se alojaba Se sabe, por testimonios seguros, cómo correspondió a los planes de sus padres por su aplicación al estudio y su buena conducta. No disipó nunca el dinero en juegos y en diversiones, como hacen tantos jóvenes en medio de esta gran ciudad, tan rica en placeres y en medios de corrupción para la juventud; y su profesor tuvo siempre de qué alabarse  por la equidad y la gratitud del joven estudiante. Tenía veinticuatro años cuando se graduó en artes. El acta de renuncia, hecha a su favor, del priorato de Champvant (diócesis de Poitiers) le califica de bachiller en teología. Había recibido la tonsura clerical, a la edad de catorce años, de manos del Sr. Richard Smelatus, obispo de Calcedonia.

El Sr. de la Salle habiendo adquirido, en los colegios de la Universidad, la ciencia necesaria al estado eclesiástico entró en el seminario de los Bons-Enfants para examinar con mayor tranquilidad su vocación. Su espíritu penetrante y recto no tardó en sorprenderse por el contraste que existe entre la vida tranquila e inocente de una comunidad bien reglada y esta vida tumultuosa y criminal que se lleva en el siglo corrompido. Su corazón deseó un retiro completo y duradero; y este movimiento interior venía del espíritu de Dios. Un rayo celestial le había mostrado que el mundo está asentado en el mal, y que todo en él es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, y se dijo: «Dios me ha preservado de los grandes crímenes y me da el hambre y la sed de su justicia; todavía no he perdido el testimonio de una buena conciencia; si sigo en el mundo, corro gran riesgo de perder el  alma; se respira en él un aire infecto, trampas numerosas se tienden a mis pasos; y además los bienes del mundo no pueden llenar mi espíritu, siento que necesita a Dios». Luego recordaba las ventajas inapreciables del estado religioso en el que la vida es tan pura, las caídas tan raras, los medios de santificación tan poderosos. Las comunicaciones divinas, la dulce seguridad del corazón, la hora de la muerte y las recompensas del cielo, todo ello producía en su voluntad profundas impresiones. La lucha no fue larga en su corazón, la gracia triunfó casi sin trabajo. Presionado por el Espíritu Santo, vino a San Lázaro, para poner su plan en ejecución. Encontró al difunto  Sr. Vicente, nuestro muy honorable Padre, acompañado del Sr. Portail, su asistente, y le abrió por completo su corazón; después de exponerle las razones que tenía de dejar el mundo, le declaró el deseo de entrar en la Congregación. El Sr. Vicente le preguntó sobre la filosofía, la teología y las señales de su vocación, y quedó satisfecho de sus repuestas.

Pero quedaba aún una dificultad: nuestro joven clérigo confesó ingenuamente la delicadeza de su complexión y sobre todo la debilidad de su vista. El Sr. Vicente se quedó sorprendido y dudó por algún tiempo en recibir a un sujeto al parecer incapaz de hacer nunca estudios serios; con todo, al considerar por otra parte el buen natural del postulante, su gran deseo de ser de Dios y sus otras excelentes cualidades, siguió la inspiración de su virtud favorita, de no decidir por sí mismo de esta vocación. Le dijo entonces: «Amigo mío, tenemos nuestras dudas en admitiros a causa de la debilidad de vuestra vista; pero no perdáis los ánimos, encomendad vuestro asunto a Dios, id de nuestra parte a presentaros al Sr. Charton; le infomaréis de nuestra entrevista, y añadiréis que hemos remitido a su juicio la decisión de vuestra vocación a la Compañía, y que nosotros haremos en esto lo que se crea es la voluntad de Nuestro Señor y de vuestro verdadero bien».

El Sr. de la Salle se dirigió a toda prisa a casa del Sr. Charton, gran penitenciario y, como el Sr. Vicente, miembro del consejo de la reina regente; y le refirió las palabras del Sr. Vicente. Después ha contado a alguno de nuestros hermanos que de camino se encomendaba con mucho fervor a Dios y a la santísima Virgen.

El Sr. Charton, una vez escuchado, le examinó como lo había hecho san Vicente, sopesó ante Dios las diversas razones y le dio esta respuesta «Id y decid al Sr. Vicente que os he examinado bien, que puede recibiros sin temor alguno, y espero que seáis un buen súbdito en la Congregación». Esta respuesta decisiva le llenó de consuelo, y se fue todo jubiloso a decírselo a san Vicente. Este buen Padre le acogió con las expansiones de aquella cordialidad tan encantadora que le ganaba los corazones de las personas que se le acercaban y sobre todo las de sus hijos.

Fue recibido en el seminario interno de San Lázaro por el Sr. de l’Épinay, que era por entonces su director, el 20 de enero de 1658; y se puso esta condición que seguiría clérigo toda su vida, por la debilidad de su vista; condición que quedó escrita en el acta de recepción, con el fin que fuera cosa arreglada y determinada, contra la cual no se pudiera actuar. Se puede admirar aquí la pureza de intención y la humildad de este nuevo seminarista que consiente en entrar en una compañía de sacerdotes, sin esperanza de ser jamás elevado al honor del sacerdocio. «Yo no pido ser sacerdote, decía él entonces (lo ha repetido muchas veces después), es mi salvación lo que busco y no honores. Prefiero ser el último en la casa del Señor que ocupar la primera fila en los tabernáculos de los pecadores». Y no obstante había hecho con éxito sus estudios teológicos y podía, en el siglo,  ser fácilmente admitido a las órdenes sagradas; por otra parte, muy querido de su familia, lleno de esperanzas para el futuro más brillante, por encima de las necesidades de la vida en posesión de una crecida renta anual, ningún motivo humano había influido en su determinación. No teniendo pues a la vista más que la mayor gloria de Dios y la seguridad de su salvación, nuestro hermano, el Sr. de la Salle, debía penetrarse fácilmente del espíritu de su estado. Ha contado en más de una ocasión la paz inenarrable y la dulzura de las que gozó durante sus dos años de seminario. Oh qué bien me encontraba en el seminario, exclamaba a menudo tiempos después; oh, ¡qué bien se está aquí, me decía a mí mismo;  Dios mío, cuánto os debo por haberme sacado de las tempestades del mundo. Habría sucumbido tristemente; y por vuestra gracia, me salvaré con facilidad en mi querida vocación, por poco fiel que os sea! Allí vivía como niño sin preocupaciones, atento tan sólo a dejarme llevar a Dios por mis superiores».

Los que han vivido con él han dicho que fue siempre humilde, modesto, dulce y pacífico, y que se encontraba en la casa como si no existiese, de tal forma el espíritu de Dios operaba con fuerza y dulzura en esta hermosa alma.

Como había sido recibido con la idea de guardarle de clérigo toda su vida, se le ocupó pronto en la sacristía, bajo un antiguo hermano muy regular y de un humor severo; le costaba sufrir el menor olvido de los que le daban para ayudarle, y pocos podían acomodarse a su extrema exactitud. El hermano de la Salle se sometió de muy buen grado, y se comportó con las prudencia, vigilancia y limpieza que se ganó el corazón de este buen hermano. Y un día, el Sr Vicente, al informarse de la conducta  de nuestro seminarista, recibió de él el testimonio más favorable: «No podríais creerlo, Señor, le dijo lleno de admiración, cuántas virtudes tiene; qué exactitud, qué celo y qué paciencia en aguantarme. Desde las cuatro de la mañana está en la iglesia, preparando los altares, disponiendo todas las cosas; y lo que más me sorprende es la piedad con que hace sus ejercicios espirituales en medio de las ocupaciones exteriores de su cargo». Como el joven Nepociano, de quien san Jerónimo hizo el elogio, nada le parecía pequeño en la casa del Señor; y el espíritu de fe y de religión con que animaba sus actos le hacía concebir las más altas ideas de los más bajos oficios que se le pudieran confiar.

Le sucedió, hacia el final del seminario, una dura prueba que le afligió mucho sin abatirle, que él mismo ha contado con estos detalles.

Un sacerdote del seminario acabó cansándose de su estado y, sin consultar a nadie, tomó la decisión de retirarse; él estaba bastante unido al hermano de la Salle, a quien todos le tomaban afecto con toda sinceridad, a causa de sus modales dulces y serviciales con todos; pues bien, este sacerdote sin decir palabra al Sr. director, tomó un día una de las llaves de la nave y salió por la iglesia, vestido de misionero. El Sr. director fue informado y, sea que creyera efectivamente que nuestro hermano había tenido parte en esta evasión o que quisiera aprovecharse de esta circunstancia para probar su virtud, le habló con mucha dureza en la sacristía, acusándole de haber aprovechado este incidente muy desleal y haber colaborado en ello. El hermano de la Salle no respondió ni media palabra y escuchó con toda tranquilidad todo lo que a su director le pareció bien decirle; pero cuando dijo que esta falta era imperdonable y, que en lugar de uno había que separar a dos, respondió entonces muy modestamente «Seños, vos sois el dueño, pero os debo decir, para descargar mi conciencia y conservar mi vocación, que no he tenido conocimiento del plan de este buen sacerdote, y que no he tomado parte en los tejemanejes poco honrosos de que se ha servido para ejecutarlo eso es toda la verdad». Habiendo vuelto el Sr. director dos o tres veces a la carga, el humilde hermano se encerró en un modesto silencio, y conservó la paz del alma, esperando de Dios solo su justificación, si la necesitaba. Dios no tardó en manifestar la inocencia de su servidor; el sacerdote fugitivo fue a Saint-Charles, donde conocía a uno de nuestros misioneros, a devolver el hábito que se había llevado y aseguró que no había comunicado el plan a nadie. El Sr. director quedó muy edificado por la virtud del novicio, en una circunstancia tan delicada y molesta para un joven que amaba ante todo su vocación. Fue casi el único sinsabor exterior que le ocurrió durante su seminario, no experimentando apenas interiores a causa de la gracia particular de Dios que le acompañaba, y de la docilidad plena de delicadeza con la que recibía estos celestiales favores.

El tiempo de los votos le había llegado, y aquí un nuevo incidente aguardaba al piadoso seminarista. Quiso el Sr. Vicente, bien para probar su paciencia, bien para deliberar en efecto sobre su recepción en la Compañía, atrasárselo por algunos días, sin dejarle entrever el término de esta dilación. Este golpe fue aplastante para su corazón, la cruz le pesaba en sus espaldas, y los días le parecían siglos; pero echó mano de toda la energía de su virtud, rezó, lloró ante su Dios, ante María y los santos que más quería; y esperó.

Un día, por fin, le llama nuestro muy honorable Padre y le dice que será admitido en la pequeña Compañía, con la condición de ser clérigo toda su vida. Nuestro fervoroso seminarista hizo los votos en un santo arrebato, y su corazón se desbordó de alegría viéndose para siempre libre de los obstáculos del siglo, indisolublemente unido a Nuestro Señor por los lazos más estrechos; desde entonces, no pensó ya más que en cumplir lo que había tenido la dicha de prometerle en el día de su sacrificio.

Volvió a la sacristía, y continuó este humilde ejercicio como antes con gozo y fidelidad, hasta la muerte del Sr. Vicente. Pero, igual que el siervo del Evangelio, habiendo sido fiel en lo poco que le habían confiado, Dios le colmó de honores y le estableció sobre su pueblo. Al verle tan prudente, tan piadoso, y sólidamente instruido, alguien sugirió al Sr. Alméras que, si fuera sacerdote podría rendir más servicios, confesando a nuestros hermanos, a nuestros clérigos, e incluso a nuestros sacerdotes en la necesidad. El Sr. Alméras escuchó este consejo viendo esta casa en la necesidad de sacerdotes, ya que todos andaban diseminados por la viña del Señor, y creyó que esta inspiración venía del Cielo, y no se equivocaba, como los hechos nos lo dirán.

Mandó llamar al virtuoso clérigo y le preguntó que si estaba contento con su oficio; «Muy contento, le respondió el hermano de la Salle. –Pues bueno, mi querido hermano, respondió el Sr. Alméras, pensamos con toda seriedad haceros sacerdote; ¿qué decís a esto? –Lo que digo, Señor, es que es una cosa imposible; no tengo ni ciencia ni virtud; no veo apenas; no sirvo para nada. Oh Señor, no se ha de pensar en eso, por favor. ¿Qué diría el Sr. Vicente, nuestro muy honorable Padre, si me viera sacerdote después de recibirme con la condición de que viviría y moriría clérigo, qué le responderé yo cuando me reproche la infidelidad a mi promesa?» Añadió también todo lo que pudo imaginar para desviar a su superior de este plan; pero el Sr. Alméras le respondió que debía obedecer; que Dios vería bien que se dejara llevar, y que, en cuanto al Sr. Vicente, no le faltarían motivos de satisfacción.

Tanto humildad puso de relieve el mérito del joven clérigo y, si aquel clérigo solo es digno del sacerdocio, que es ordenado a pesar suyo, nuestro hermano de la Salle debía ser llamado de verdad.

Su pensión anual de 400 libras sobre la abadía de Morigny fue otorgada como título clerical; se obtuvo del papa Alejandro VII un extra tempora, y en el espacio de tres semanas recibió las órdenes menores, el subdiaconado, el diaconado y el sacerdocio, de la mano de Mons. A. F. de Maytie, obispo de Oléron con permiso del cardenal de Retz. Era el mes de enero de 1661. La dispensa de este artículo de la disciplina eclesiástica estaba autorizada por la santidad del nuevo sacerdote, pues no era neófito en la fe, ni en la santa conversación, y las virtudes con las que honró su ministerio justificaron la conducta de sus superiores.

Se dispuso a su primera misa con algunos días de retiro, se purificó de nuevo de los restos de sus pecados y trató de levar su alma a este grado de pureza que san Francisco de Asís había visto en la forma de este hermoso y transparente licor que un ángel del cielo le mostró; la necesidad de esta soberana perfección había estremecido a su alma y había, algunos días antes, alegado este ejemplo al Sr. Alméras, para justificar los santos temores que tenía de un ministerio, tan elevado por encima de las virtudes de los ángeles y de los hombres más santos; pero ahora que el acto se había consumado,  no pensaba más que en parecerse a la víctima sin tacha que iba a inmolar con sus manos. En este primer sacrificio se ofreció también como hostia en unión con el cordero divino e inmaculado al Padre celestial, para no vivir más que de su vida, de su espíritu, y para su mayor gloria.

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