Vida y Virtudes del sr. Sen-Just ( y IX)

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Author: Mariano Torres · Year of first publication: 1904 · Source: Anales Madrid, 1904.
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ESCUDOCMDE OTRAS VIRTUDES QUE RESPLANDECIERON EN FRANCISCO
No siéndonos posible tratar de cada una de las virtudes de Francisco, por no consentirlo la estrechez de los límites que nos hemos propuesto, habremos necesariamente de ceñirnos a referir aquí, en pocas palabras, lo que de ellas sabemos, para no privar a nuestros lectores del placer que encontrarán leyéndolas, y del buen ejemplo que pueden sacar, si las oyen con ánimo de aprovecharse y sacar fruto de las mismas.
Y, ante todo, ¿qué diremos de aquella su consumada prudencia, no de la prudencia de la carne, sino de la del Evangelio, que demostró en todos los actos de su vida, pero más particularmente en el negocio de la fundación de la Congregación y de la conferencia de los eclesiásticos? ¿Qué de su justicia, que le hizo dar a Dios lo que es Dios, a los hombres lo que es de los hombres, al prójimo la caridad y el corazón y asimismo la ignominia y el desprecio? ¿Qué de aquella su invencible fortaleza, en que a modo de baluarte inexpugnable de sus enemigos, y que le hizo mantenerse fuerte contra todas las dificultades suscitadas para que no fundase en España el Instituto de la Misión?. ¿Qué cuando luchó solo, con la ayuda del Cielo, con tantos que se oponían y juzgaban imposible una obra que, según todas las apariencias y cálculos humanos, llevaba el sello de la contradicción y del descrédito, no ya de la gente vulgar é ignorante, sino de magistrados entendidos, de Sacerdotes ilustrados y piadosos, de jurisconsultos y peritos consumados en los negocios civiles y eclesiásticos? Léase detenidamente lo que se ha consignado arriba al tratar del establecimiento de nuestra Congregación en España, y respóndasenos con sinceridad si es o no admirable, y más que humana, la fortaleza y el tesón con que emprendió, prosiguió y llevó a feliz término tan dificultosa empresa, contra la cual parecía conjurado hasta el mismo Cielo; y si otro que no fuera él, hubiera logrado su propósito al verse envuelto en tantas y tan graves contradicciones.
¡Y qué elogio haremos de su templanza, cuando fue tanta su abstinencia que había días en que pasaba sin probar bocado de pan, y comiendo tan parcamente los restantes, que causaba admiración y pasmo ver cómo podía sustentarse en medio de sus múltiples y laboriosas ocupaciones! ¿Con qué palabras ponderaremos aquella su mansedumbre, afabilidad y dulzura, pues bastaba tratarle para sentirse dulcemente atraído a su amistad y cariño? ¡Oh! ¡Y cuántos pecadores debieron a aquellas entrañas de misericordia y compasión con que eran cogidos por Francisco, el haber dejado sus vicios y mala vida, para entregar se totalmente al servicio de Dios! ¡Oh! ¡Y cuántas heridas cicatrizó y curó .m el aceite y bálsamo de su dulzura! Severo para sí, era misma ternura para con los otros, y aun en sus reprensiones sabía herir consolando y curando la Haga con la suavidad de sus palabras. En esta virtud tuvo que moderarse y reprimirse mucho, por ser de genio naturalmente arrebatado y colérico; y así una de las mayores victorias que consiguió de sí mismo fue llegar a tal grado de mansedumbre, que retrató en sí muy al vivo la del bienaventurado Obispo de Ginebra, San Francisco de Sales.
De su modestia no podemos hacer más digno elogio que el que hacían los que le trataban de cerca, pues siempre fue modesto en su andar, en su porte, en sus vestidos, en su comer, en su trato y en todo, cumpliéndose muy bien en él el dicho de San Pablo: haced a todos manifiesta vuestra modestia: Modestia vestra nota sit omnibus hominibus; y daba la razón: Dominus enim prope est; porque el Señor está. cerca; como lo estuvo de Francisco,, pues desde que saltaba del lecho hasta que se acostaba tenía continuamente presente a Dios, sin perderle nunca de vista y tratando familiarmente con Él por medio de incesantes jaculatorias
Fue muy rico en su pobreza y se consideraba dichoso siempre que se le ofrecía ocasión de practicar esta virtud Pobre era su comida, pobre su vestido, pobre su calzado, pobre su abrigo interior, que consistía en una camisa que llevó puesta mucho tiempo; pobre su aposento, no obstan te haber sido canónigo de Urgel y descender de familia noble y rica; pobre su Breviario y pobre sobre todo encarecimiento su cama, que se componía de sólo unas tablas, sin sábanas ni otro abrigo. Hallándose enfermo de grave dad, tuvo gran sentimiento de que le visitasen los médicos, y mucho mayor de que le hiciesen dos visitas diarias una por la mañana y otra por la tarde, diciendo que los pobres no acostumbraban hacerlo así y que queda vivir y morir como pobre. Y estando para morir instó con ruegos y lágrimas al Superior de la Casa que después de su muerte le enterrasen como pobre, y que en sus funerales no encendiesen más que cuatro velas y no más, por ser así costumbre entre los pobres. Dinero nunca lo tuvo, y el que recibía lo aceptaba como limosna: en el comer se portaba c amo pobre; nunca bebió vino, ni aun por necesidad, si no se lo mandaban; y en cuanto al agua, en los días más calurosos del estío no bebía, para mortificarse y para vivir como pobre. Y no sólo fue pobre en efecto, sino también en el afecto, pues tenía tan desprendido el corazón de las cosas de la tierra, que, como el Apóstol, las reputaba viles é indignas del cristiano para ganar el Cielo. Con tal pobreza vivió antes y después de ser admitido a la Congregación de la Misión.
En la obediencia fue siempre perfectísimo. Dócil a las menores insinuaciones de sus Superiores, miraba las órdenes de éstos como mandamientos del Altísimo, y obedecía, no porque hallase contentamiento en lo que le mandaban, ni por ser quienes eran los que le ordenaban, que estas suelen ser las más de las veces las razones de la obediencia, aun en personas que hacen profesión de virtud; ni tampoco por contrariar las inclinaciones del amor propio, cuando lo mandado no era conforme a su gusto, sino pura y simplemente porque conocía ser tal la voluntad de Dios, manifestada por aquellos que podían mandarle. Tuvo, además, su obediencia las cualidades que se requieren para que sea perfecta: ciega, esto es, no hay que detenerse a examinar razones que tienen los Superiores para mandarnos; pronta, es decir, debe ejecutarse sin tardanza lo mandado; alegre, lo que es lo mismo, hay que obedecer, no a regañadientes, sino con cierta especie de complacencia de lo que nos mandan; y perseverante, lo que es igual, no basta comenzar a obedecer, es preciso que el verdadero obediente llegue a la ejecución total de lo que se le manda, y esto no alguna que otra vez, sino siempre y en todas ocasio-nes que le manden. Tal fue la obediencia del Sr. Senjust, como de ello dan testimonio sus Superiores.
Además de estas virtudes, de las cuales, como fácilmente se desprende, dio hermoso ejemplo, por poseerlas en alto grado, practicó otras no menos inferiores en mérito y excelencia, como la sencillez, y las cuales omitimos en razón de brevedad; mas para completar tan bello cuadro, terminaos diciendo algo sobre su amor a la Congregación, a Je-sucristo y a la Reina de los Cielos.
En cuánto estimase y apreciase el Instituto de la Misión, puede colegirse de lo que hizo en Roma, en cuya ciudad conoció por primera vez a los Misioneros. Iba con mucha frecuencia a la casa de Monte Citorio a celebrar la Santa Misa, a instruirse en las sagradas ceremonias, a enterarse de la vida que llevaban los Misioneros en comunidad y a tratar de materias de espíritu con los fervorosos moradores tic tan santa Casa. Dábales frecuentes limosnas y servíales n caridad en cuanto podía serles útil. Allí cobró aquella especie de loco amor que siempre tuvo a los hijos de Vicente: allí estudió sus reglas y la naturaleza de su Instituto; allí se convenció del inmenso bien que podía resultar al principado de Cataluña, y a toda España, de la introducción de tan importante Instituto, y allí resolvió traerlo a España, aun a costa de su salud y vida.
Y lo ejecutó como lo había resuelto; porque de regreso de Roma para nuestra patria trabajó con infatigable celo y con admirable constancia en establecer en España la Congregación fundada por San Vicente. Instituida ya canónicamente, se alegró infinito al poderse contar entre sus individuos; miraba como el mayor beneficio que le habla hecho el Señor el llamamiento a ella; agradecía de lo íntimo de su alma al Cielo el haberse servido de él como Ir instrumento para introducirla en España, y vivió y murió lleno de amor y ternura para con esta bendita madre; que tan cariñosamente le admitió en su seno. Así se explica que los Superiores de la Casa de Barcelona y los Misioneros Tole sobrevivieron le mirasen con veneración y respeto, como al Padre de todos ellos, como a Hermano carísimo, a quien debían, después de Dios, el llamamiento al Instituto de la Misión por él fundado y edificado con sus admirables ejemplos y virtudes.
Por lo que hace al amor que tuvo a Jesucristo, no tenemos palabras con que manifestarlo. Fue Jesús para Francisco el modelo que siempre tuvo ante los ojos para no querer, ni pensar, ni sentir, ni hacer, ni amar sino lo que comprendía hubiera querido, pensado, sentido, hecho y amado Jesucristo, si se hubiera encontrado en las condiciones en que él se hallaba. Jesús era para Francisco el todo… omnia Christus, que dice San Pablo. No pensaba más que en Jesús, no hablaba sino de Jesús, no pretendía más que a Jesús ni amaba más que a Jesús. Jesucristo en su Pasión era el continuo objeto de sus meditaciones y de sus lágrimas. En la difícil peregrinación que emprendió para visitar los principales santuarios de España e Italia, no hablaba más que de los tormentos del Hombre-Dios. Cuando se conjuraban los elementos del cielo y de la tierra, cual si tratasen de oponer resistencia en su viaje; cuando sufría denuestos y ultrajes en las posadas o mesones en que descansaba de sus fatigas; cuando se veía injustamente tratado, como le sucedió en algunas partes de Francia e Italia; cuando le acosaba la sed, y le atormentaba el hambre, y le afligían los dolores de estómago, y le atacaba el vómito y se veía solo en el camino sin auxilio humano, entonces consideraba a Jesús en su Pasión y se sentía inmensamente dichoso al participar un poco de la cruz del Salvador. Cuando llegaban e y el que después fue el Hermano Xuriach a las posadas, siendo así que casi siempre dormía sobre tablas y frecuentemente sobre el duro suelo, decía al Hermano: «Hermano mío, las raposas tienen sus madrigueras y las aves del cielo sus nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza: Vulpes foveas habent et volucres Coeli nidos; Filius autem Hominis non babea ubi caput reclinet ¿y nosotros descansaremos con toda comodidad y holgura? En el viaje explicaba a su compañero los misterios de la Pasión, y sucedíale a veces arrobarse en la consideración del misterio, hasta que llamaba su atención el compañero y entonces tornaba a hablarle sobre el asunto.
Vivió ocultamente en Jesucristo, escondiendo en él sus virtudes para que no aparecieran a los ojos de los hombres; llevó siempre en su cuerpo la mortificación de Cristo; para amar a Cristo despreció las honras y dignidades del mundo; vivía, no ya él, sino más bien era Cristo quien vivía en él; y estuvo, como el Apóstol de las gentes, crucificado con Cristo en la cruz; y así no es de maravillar que llevase vida tan santa, que Dios le distinguiese con tantos favores, que muriese muerte preciosa a los ojos del Señor y que, según esperamos, goce al presente de la gloria de Dios en el Cielo; porque escrito está: Si compatimur,ut et conglori-ficemur. Si ahora sufrimos, es para ser después glorificados.
Y ¿qué diremos de su ferviente y filial amor a María? ¿No debió a esta celestial Señora el haberse visto libre de muchos peligros durante su tierna edad y en su juventud, según confesaba el mismo? ¿No fue siempre su devoción predilecta la de la Reina de los Ángeles? ¿No se retiró a la soledad, dejando el canonicato de Urgel, no tan sólo para librarse del contagio del mundo y darse a su propia santificación, sino también para entregarse más libremente a la consideración de esta obra primorosa del Altísimo? Allí aprendió a ser fiel hijo de María, a recurrir a Ella en todas sus necesidades, a invocarla en sus tentaciones, a pedirle auxilio en sus trabajos; allí se entregó a dulcísimos coloquios con su Amada, en los cuales expansionaba su corazón y su alma ante el altar de María; allí gustó aquellas inefables ternuras y consolaciones que tanto aliento le dieron en su vida para dar cima a las gloriosas empresas que acometía en honra y alabanza de su Señor; allí bebió aquella suavísima devoción que, no pudiendo contenerse en los estrechos límites de aquella soledad, le impulsó a abandonarla y a emprender la visita de los santuarios más célebres de España e Italia, para así saciar aquella sed de amor que incesantemente y a manera de activa llama devoraba su amantísimo pecho. ¡Oh! ¡y cuán de sentir es que su humildad nos privase del conocimiento de los favores y gracias especialísimas que recibió de la bienhechora mano de la Virgen! Porque, a no dudarlo, allí hubiéramos hallado maravillas que contar y finezas que admirar por parte de María.
¿No visitó con gran devoción y provecho de su alma el santuario de Monserrat y adoró a la patrona de Cataluña con todo el afecto que puede encerrar el corazón de un hijo para la mejor de las madres? ¿No se dirigió desde allí a visitarla en la capital aragonesa, y no permaneció varios días en aquella ciudad con el solo objeto de dar gracias a su queridísima Madre por el insigne favor de haber visitado las riberas del Ebro cuando todavía se hallaba en el mundo, y con el de dar contento a su alma, que experimentaba indecible gozo en presencia de los lugares santificados con la presencia de María? ¿No hizo un viaje en extremo penoso, atravesando solo, fuera de su compañero, varias provincias de España, expuesto a los rigores del frío y del calor, del hambre y de la sed y a todas las incomodidades de la peregrinación, en medio de los desprecios de unos y los malos tratamientos de otros? ¿No prosiguió su viaje por países extranjeros y con Mayores incomodidades que las mencionadas, guiado únicamente por el santo deseo de visitar el santuario de Nuestra Señora de Loreto? ¿No derramó allí toda su alma con toda su efusión y no fue de allí a la Porciúncula para completar la obra de amor que se había propuesto? ¿No se dirigió de allí a Roma y no visitó ante el tiempo que permaneció en la Ciudad Eterna todos los días y a pie las principales iglesias en que se venera a María? ¿No puso en ella toda su confianza? ¿No la amó con toda la ternura de su corazón? ¿No trató de reproducir en sí mismo las principales virtudes que resplandecieron en su amada Madre? ¿No murió pronunciando su bendito nombre? ¿Qué más? Baste decir que todos los días de su vida llevaron el augusto sello de la protección de María; que esta Madre de misericordia derramó abundantemente sobre el corazón de Francisco y sobre todas las empresas que éste acometió los tesoros de sus gracias y los generosos dones que sabe prodigar a manos llenas sobre aquellos que se muestran para con Ella amantes y cariñosos hijos. Por eso veló su infancia; por eso le condujo a la soledad; por eso movió su corazón para que visitase los principales santuarios de España; por eso le protegió en Italia y le dio a conocer con secreta inspiración en Roma, como era voluntad de Dios que fundase en España un Instituto, que ya existía en Francia e Italia y que respondía perfectamente a las necesidades que en su ardiente celo anhelaba remediar; por eso le sacó airoso de esta difícil empresa; por eso, en fin, después de haber cumplido su misión en Ia tierra y haber echado los cimientos de la Congregación con el establecimiento de la Casa de Barcelona, le lleve, para Sí a recompensar los trabajos por Ella sufridos y a colocar sobre su frente una diadema de luz y de inmortalidad que brillará en sus sienes por los siglos de los sigla , y dirá a los futuros Misioneros la que les espera, si siguen las huellas de virtud y buenos ejemplos que dejó impresos cuando vivió en la tierra el ilustre fundador de la Misión en España, Sr. D. Francisco Sen-just y Pagés.
Hemos terminado nuestro humilde y defectuoso trabajo. Emprendido con el triple fin de glorificar a Dios por haberse servido de Francisco para establecer la Congregación de la Misión en nuestra amada Patria, de dar a conocer los hijos de esta tierna Madre las virtudes del, que, después, de San Vicente, fue su ilustre fundador y de estimularles a seguir sus huellas, réstanos sólo confesar nuestra incapacidad e insuficiencia, y manifestar que con la misma buena voluntad con que empezamos este trabajo emprenderemos otros, si Dios quiere, de la misma índole; esperando que, así en éste como en los demás, se dé a Dios toda gloria, si algo bueno hay, y se nos atribuya sólo a nosotros los defectos en que podamos incurrir, que serán muchos y necesitarán la indulgencia de nuestros lectores.
MARIANO TORRES

 

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