Vida y Virtudes del sr. Sen-Just (VIII)

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Author: Mariano Torres · Year of first publication: 1904 · Source: Anales Madrid, 1904.
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ESCUDOCMSU MORTIFICACIÓN Y CONTEMPLACIÓN

Siendo Jesucristo modelo de toda virtud, perfección y santidad y el espejo en que deben mirarse cuantos quieren ser partícipes de su gloria, no es de admirar que lo fuese también para Francisco y que éste procurase reproducir en sí mismo los rasgos más salientes de las virtudes de su divino Maestro. Fue Francisco de aquellos admirables varones que imitaron a Jesucristo, llevando consigo como inseparables compañeros el desprecio, la burla, pobreza y mortificación de su modelo; y fiel a la sentencia del Apóstol, llevaba siempre en su cuerpo la mortificación de Cristo.
Queda ya hecho mérito de la conversión de Francisco, es decir, de aquella vuelta a Dios, que en su humildad llamaba vida disipada. A contar desde aquel instante, «lloraba inconsolablemente, dice el Dr. D. Francisco Garrigo, con ríos de lágrimas, su dilatada conversión, teniendo siempre y a todas horas en sus labios aquellas palabras de la Escri-tura: Ouis dabit capiti meo aquam, el oculis meis fontem lacryinaruni et plorabo die ac nocte, deseando que fuese perpetuo su llanto; mas, como para hacer penitencia — dice San Agustín—no basta a un fervoroso penitente apartarse de lo malo, porque esto es poco, sino que es menester dar alguna satisfacción a Dios, castigando el cuerpo que ha sido el instrumento del pecado, por eso vamos a copiar literalmente lo que de sus penitencias corporales encontramos escrito.
«No vestía nuestro Francisco lienzo, sino lana; sin que esta grosera y áspera camisa encontrase entre sí misma y las carnes otro medio que el de tres horrorosos cilicios de hierro que la ceñían en varias partes del cuerpo. La cama eran unas tablas de madera, sin admitir que aun en el invierno le abrigase una pobre manta. Su comida ordinariamente era una escudilla de legumbres, algún poco de fruta y raras veces carne ni pescado, y por cena un solo vaso de agua; dormía sólo tres horas, y aun hubo de mandarle el confesor que a lo menos durmiese todas las noches ese tiempo…..; las disciplinas sin número, y tan fuertes, que llegaba hasta derramar sangre.»
Como complemento de lo dicho, añadamos ahora lo mucho que tuvo que sufrir en las peregrinaciones que por devoción hizo a varios santuarios de España e Italia, trabajos y penas tales, que mejor que nosotros las escribió el mismo Francisco a una persona espiritual y muy confidente suya. Oigámosle: «No tengo palabras—dice escribiendo desde Marsella—con que explicar los trabajos que paso en esta mi peregrinación. Mis pies están casi siempre hechos una llaga, y la pena que me causan es tan vehemente, que ni dé noche me deja dormir, ni de día un punto descansar. Se me ha hinchado notablemente una pierna, que me ocasiona considerable martirio. Los dolores de cabeza, de estómago y de todas las partes de mi cuerpo son muy frecuentes y bien recios. Muchos días me embisten ardentí-simas calenturas con accidentes harto penosos; y algunas veces todos estos males se conjuran coadunados contra mis flacas y exhaustas fuerzas, con tal ímpetu, que me dan mu-cho que ofrecer a mi Dios y Señor. Pero distan infinita – mente todos estos tormentos de lo que merezco por mis pecados, y colmadamente me lo paga Su Divina Majestad con grandes alivios y consuelos.»
Hasta aquí Francisco en lo que se refiere a su peregrinación; mas bien podemos conjeturar de ello cuál sería la práctica de esta virtud en lo restante de su vida. Dejemos ahora la palabra al Dr. D. Francisco para que nos hable de sus mortificaciones interiores: «Las mortificaciones que no sacan sangre—dice—ni pueden hacer daño a la salud fueron

en nuestro Francisco continuas. Tenía siempre sus ojos refrenados; porque sabía que no solamente incitan, sino que violentan a las culpas; y no sólo les privaba de objetos pro-vocativos, mas aun de los lícitos, no dándoles libertad para que viesen ni fiestas, ni divertimientos, ni aun los adornos de los templos. A sus oídos cercóles de espinas, para no oir murmuraciones ni palabras indecentes, que es consejo del Espíritu Santo, mas ni aun para oir las lícitas é indiferentes, hasta privarles del gusto de la música, que él algún tiempo había amado extremadamente. Al gusto tuvo en perpetua cruz, sin jamás admitir convite ni regalo de nadie, ni aun de sus honradísimos parientes: solamente le permitía se saborease en las enfermedades, cuando la medicina era amarga, deteniéndola mucho rato en la boca, como también el vino, que le ordenaron bebiese, siendo para él la cosa más aborrecida. En el olfato se advirtió que se paseaba muchas veces en la hora de la recreación por la amenidad de los huertos de esta casa sin coger una flor, y si la cogía no la olía, por privarse de este breve deleite. Del tabaco, que para él había sido en su juventud un he chizo, se abstuvó en lo sucesivo para que de cosa del mundo no hubiese ni aun’ un polvo. ‘En cuanto a su lengua, podemos decir los que lo tratábamos de cerca que nunca salía de su boca palabra ociosa ó impertinente, sino siempre de edificación y enseñanza, cumpliendo el gran documento de San Bernardo: Cunz loqueris, verba tua sint rara, vera, ponderosa et de Deo. A su tacto, que es el sentido más brutal, le tuvo siempre en continua mortificación, no permitiéndole el menor deleite, para mejor domar las rebeldías del cuerpo, huyendo del tacto ajeno y aun del propio como de abrasadoras llamas, no dejando ]a túnica, ni aun en _el rigor del verano, ni de día ni de noche: y lo que más pasma es que este tenor de vida lo guardó desde su conversión hasta su muerte, que pasaron más de 39 años quedando inconsolable cuando pocos días antes de morir, por orden de los médicos y del Superior de la Casa, le quitaron la túnica, deseando su inmenso fervor que le encontrase la muerte como a los padres del yermo: in cilicio et cinere.»
Muchas otras se podrían añadir a estas mortificaciones que practicó Francisco; mas tratemos ya de ver lo mucho que adelantó en el camino de la contemplación, mediante el ejercicio de tantas asperezas y penitencias.
«Dispuesto nuestro Francisco — prosigue su panegirista—, con tantas penitencias y mortificaciones, así exteriores como interiores, el Señor, que paga bien y presto aun en esta vida, le manifestó su divino reino, es decir, se manifestó Su Divina Majestad en el trono de su alma, para gobernar desde allí sus palabras, obras y pensamientos Conocía muy bien el Sr. Sen-just, porque había estudiado ésta sana doctrina en las obras de los Santos y verdaderos místicos y sabía muy bien con San Bernardo que prius est Jacob luctans, quam Israel Deum videns, que para llegar a la contemplación es indispensable haberse ejercitado antes en la vida activa. Por eso primeramente tomó a pecho el triunfar de todos los vicios, el plantar todas las virtudes, e abnegar en todo su propia voluntad, viviendo una vida abstraída de todo lo criado, aspirando con su espíritu continuamente a aquel sumo Bien: así se dispuso para llegar a esta grande felicidad, no como aquellos que queriendo volar sin alas, se exponen a caer en los más horrorosos precipicios.»
Para conocer el grado altísimo de contemplación a que llegó Francisco, no tenemos que considerar sino que, habiendo renunciado por mandato de su confesor el canonicato de Urgel, para seguir la voz de Dios que le llamaba a la soledad, a fin de comunicarle aquellos íntimos secretos que suele comunicar a las personas a quienes quiere levantar a un perfectísimo grado de santidad, lo dejó todo y se retiró del bullicio del mundo, viviendo muchos años separado del trato de los hombres y de toda comunicación con las criaturas, para entregarse más libremente a Dios y Contemplar las maravillas que el Señor usa para con sus siervos. Habiendo llegado, pues, a este descanso, que tanto había deseado, no contento con las muchas horas que empleaba durante el día en el ejercicio de la oración, velaba casi toda la noche en ella meditando las excelencias y grandezas de la ley divina. Su director espiritual testifica que no se puede dignamente ponderar con la lengua cuanto vio, oyó y gustó Francisco en la soledad y en lo restante de su santa vida; si bien es cierto que no llegó a gustar de las dulzuras de Dios ni llegó a tal grado de contemplación sin pasar grandes trabajos y tribulaciones, que así sucede ordinariamente a todas las almas escogidas. ¡Cuántas veces el Sr. Sen-just decía hablando con un amigo suyo de toda su confianza: Dolores inferni circundederunt me, praeoccupaverunt me laquei mortis. Por todas partes me asaltan y combaten dolores del abismo, y luchas de muerte tengo que sufrir cada día. Unas veces se veía perseguido por hombres de quienes debía esperar beneficios en lugar de ingratitudes, porque testificaban falsamente contra él, calumniándole y llenándole de improperios; otras se veía reciamente combatido por sus amigos y domésticos, como se vio al tratar de fundar la Congregación de la Misión en Barcelona, teniéndole unos por visionario y otros por loco: ahora permitía el Señor que, como a otro Job, le tratase el demonio cruelmente, no ya con tentaciones de desesperación, odio a Dios y de la carne, sino hasta servirse de instrumentos que desbaratasen sus planes; ahora era el mismo Dios, quien para probar la fidelidad de sus siervos, suele dejarlos en el abandono y sequedad espiritual, dejándolos como sumergidos en tinieblas que ofusquen sus ojos para no ver la luz de la gracia que reina en sus almas; mas cuando plugo a Dios serenar todas estas tempestades y convertir en bonanza la tormenta, no hubo grado de oración al cual no levantase Dios a esta alma justa. Pasó, pues, por el primer grado de oración, de recogimiento y quietud ddquiridos, muriendo generosamente a todas las cosas exteriores, porque como decían muy bien los antiguos monjes, quien no sabe de abstracción, no sabe de perfección; pasó por el segundo en la oración de fe sencilla, dejando todas las imaginaciones, discursos y especies nocivas, purgando el sentido de todo lo que podía embarazar la divina operación; pasó por el tercero, que es la purgación pasiva, con la cual quitó las raíces de los hábitos viciosos, aun de los naturales, disponiéndose para mayores luces: pasó por el cuarto, que es de unión íntima, conformándose con la voluntad de Dios en todo lo que quiere y aborreciendo todo lo que aborrece; pasó por el quinto, que es de unión pasiva, quedando esta felicísima alma, unas veces ebria, porque la sacaba de sí el divino amor, otras sobria, porque ¡a dejaba con libertad, y otras extática, porque la hacía estar enajenada y transformada en su Amado y Sumo Bien: pasó por el sexto, que se llama por los doctores místicos vista de esposos, en el cual tuvo altísimos conocimientos de los atributos y perfecciones de Dios; pasó por el séptimo, que dicen desposorio espiritual, en el cual se regalan íntimamente Dios y el alma; finalmente, llegó al último grado, que es el de matrimonio espiritual, en el cual, unida Su Majestad divina por amor con esta purísima alma, vivía y reinaba con un modo tan especial en ella, que todas sus operaciones interiores y exteriores eran gobernadas por este supremo Rey, pudiendo decir con San Pablo: vivoautem jam non ego, vivit vera in me Christus. (Ad Galatas, 2.) Ya no vivo yo, sino Jesucristo es quien vive y reina en mí con su gracia.»
Con tan altísima contemplación premió Dios las mortificaciones y penitencias de Francisco; y de aquella vida penitente y oculta en Cristo, vino a vivir la vida suave y regalada con que el Señor recompensa los trabajos y virtudes de sus siervos.

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