Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 24, Sección 1

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Continuación del mismo asunto

El gobierno del Sr. Vicente era tal como lo hemos visto en este Capítulo; veamos cómo era el orden que seguía. En primer lugar, trabajaba para destruir el pecado, los defectos y desarreglos en las personas y en las casas que dependían de su dirección. Para eso obligaba a los que querían ser admitidos en su Congregación a entrar en el Seminario Interno, creado expresamente como si fuera una Escuela de Virtud para extirpar los vicios y las malas inclinaciones con la práctica de la humildad, de la mortificación, de la obediencia, de la oración y de los otros actos de la Vida Espiritual. Y después de haber residido allí el tiempo necesario, si había entre ellos algunos que tuvieran que estudiar Teología, o también Filosofía, los dedicaba a ello. Pero por miedo a que la adquisición de esas ciencias no fuera a enfriarlos en su primer fervor, o que el deseo inmoderado de saber y la curiosidad no se mezclara en los estudios, vean los avisos notables que les daba: «El paso del Seminario a los estudios es muy peligroso, y en él naufragan muchos; si hay algún tiempo en que hay que tener cuidado de sí mismo es el de los estudios, pues es muy peligroso pasar de un extremo al otro, como el vaso que pasa del calor del horno a un lugar frío corre peligro de romperse. Por eso, es muy importante mantenerse en el primer fervor para conservar la gracia recibida, y para impedir que la naturaleza se apodere de uno. Si cada vez que iluminamos nuestro entendimiento, procuramos también calentar la voluntad, podemos estarseguros de que el estudio nos servirá de medio para ir a Dios. Hemos de considerar como un principio indudable que, en la medida en que trabajemos por la perfección de nuestro interior, iremos haciéndonos más capaces de producir fruto para con el prójimo. Por eso, al estudiar para salvar almas hemos de procurar llenar la nuestra de piedad tanto como de ciencia, y para ello, leer libros buenos y útiles y abstenerse de la lectura de los que no sirven más que para satisfacer la curiosidad, pues la curiosidad es la peste de la vida espiritual. La curiosidad de nuestros primeros padres fue la causa de que entraran en el mundo el hambre y las demás miserias; por consiguiente, hemos de evitarla como raíz de toda clase de males»

No desterraba de su Compañía solamente la curiosidad; también quería excluir de ella la sensualidad.

«¡Ay del que busque —decía— sus propias satisfacciones! ¡Ay del que huya de su cruz! Pues encontrará cruces tan pesadas, que acabarán derrumbándolo. El que no hace caso de sus mortificaciones externas, diciendo que las internas son mucho más perfectas demuestra muy bien que no es mortificado ni interior ni exteriormente». «En la mayoría de los que fallan en su vocación, he observado que se habían relajado en dos cosas: la primera, en levantarse por la mañana, ya que no eran puntuales; y la segunda, la falta de modestia en el pelo, ya que se dejaban crecer demasiado los cabellos y se dejaban llevar sensiblemente a otras vanidades parecidas».

Quería que todos los eclesiásticos de su Congregación llevaran los cabellos muy cortos, y cuando veía que en alguno los cabellos le cubrían el cuello, aunque fuera un poco, él extendía su mano y tiraba de ellos sonriéndose un poco, dándole a entender de esta manera que se acordara de hacérselos cortar, o también se lo decía expresamente, incluso en presencia de otros, para que este defecto fuera visible a todos.

Sabía que entre las personas espirituales, y, sobre todo, en las Comunidades había ciertos vicios que eran más de temer que otros, particularmente la envidia y la murmuración. Para provocar más horror a los suyos acerca de esos vicios, les decía, entre otras cosas, que los dardos de la envidia y de la detracción traspasan en primer lugar el corazón de Jesucristo, antes de alcanzar a las personas a quienes van dirigidos.

Empleaba, a su vez, otro medio para desterrar los vicios y las inobservancias de las casas y de las personas que estaban bajo su dirección, a saber: la corrección fraterna; mas él sazonaba este medio, que, por lo demás, es un poco amargo para el gusto de la naturaleza, con tanta dulzura y tanta gracia, que se ha verificado en él la palabra del Sabio, que dice que las heridas del que ama son mejores y más desea bles que los besos embusteros del enemigo.

Para conseguir eso, habitualmente no hacía las correcciones en el acto, y jamás por impulso de la naturaleza, sino siempre por espíritu de caridad, después de haber pensado delante de Dios, y considerado las disposiciones de quien quería corregir, y los medios de hacer la corrección útil y saludable.

En ese espíritu, cuando tuvo que hacer una vez alguna advertencia a una persona bastante culpable y bastante difícil para aceptar una corrección, hizo tres días seguidos la oración mental sobre ese asunto para pedir a Dios más luz, a fin de conocer de qué manera debía actuar

Cuando hacía alguna advertencia, era siempre con una gran bondad y, no obstante, con firmeza, mezclando juntos el aceite y el vino, como el buen samaritano y, de ordinario, procedía de ese modo.

En primer lugar, manifestaba algún aprecio a la persona a la que deseaba darle algún aviso, y hasta la alababa por alguna buena calidad que reconocía en ella; y, por ese medio, se insinuaba en su corazón; después, le hacía ver la falta en toda su amplitud, exagerando, tanto como era necesario, las circunstancias de la persona, del lugar, del tiempo y otras parecidas; a continuación, le sugería el remedio; y para hacérselo recibir más de buena gana, se ponía siempre de su parte, y según que la especie de la falta lo exigiera, decía: Señor, o Hermano, usted y un servidor necesi tamos trabajar en adquirir la humildad, ejercitarnos en la paciencia, practicar la ob servancia; y así otras virtudes que quería recomendar.

Cuidaba mucho, tanto cuanto de él dependía, de hacer su advertencia no solamente útil, sino también, en cierto modo, agradable al que quería corregir: sobre todo, usaba de todas las precauciones posibles para no descubrir nunca al que le había informado de la falta, y, antes hubiera omitido dar el aviso al culpable, que darle motivo para desconfiar de alguien. Tan persuadido estaba de que la paz y la unión en las Comunidades eran preferibles a todo otro bien.

Hablando un día a los suyos para alejarlos del deseo de los cargos, les dijo entre otras cosas que: «Quien está al frente de otros es responsable de sus faltas, si no se las advierte cuando es necesario y en espíritu de humildad, de mansedumbre y caridad. Que la primera vez que se da un aviso a alguno, era necesario hacerlo con gran dulzura y bondad, y tomar el tiempo adecuado para ello; la segunda, con un poco más de severidad y más gravedad, pero que fuera acompañado por la mansedumbre, sirviéndose de oraciones y de reconvenciones caritativas; y, finalmente, la tercera, con celo y firmeza, manifestando a la vez al culpable lo que se verá obligado a hacer como último remedio».

Queriendo un día corregir a uno de los suyos, le preguntó antes, si le gustaría que le diera un aviso. El otro le contestó que estaba dispuesto, y aquella manera de obrar le ganó de tal manera el corazón, y le hizo tal impresión, que más adelante ha asegurado que le hizo mucho efecto, y que rara vez ha vuelto a caer en adelante en aquella falta, sin que dejara de acordarse de la mesura de aquel aviso, que el prudente Superior le había dado con tanta bondad.

Un Misionero estaba para el servicio de Dios en una ocupación bastante peligrosa para él, y muy difícil para las personas con las que tenía que tratar. El Sr. Vicente le prescribió prudentemente lo que debía hacer y dejar de hacer. Pero en lugar de atenerse a lo mandado, hizo caso omiso de ello varias veces; y Dios permitió que, por haber hecho aquellas faltas estuviera sufriendo. El Sr. Vicente le hizo por aquello una paternal corrección, haciéndole ver por su misma experiencia los inconvenientes que ocurren por ir contra las órdenes de los Superiores; y terminó su carta en estos términos: «Le ruego, señor, que acepte la sencillez con que le hablo y que no se entristezca, sino que haga como esos buenos pilotos que, cuando se ven agitados por la tempestad, redoblan sus ánimos y se vuelven contra las olas más furiosas del mar, que parecen elevarse como si quisieran tragárselos».

El Superior de una casa no ejecutó una orden que el Sr. Vicente le había reiterado varias veces, que era que enviara un Sacerdote a otra casa. Se vio obligado a urgirle, y, a la vez, a hacerle conocer su falta; pero lo realizó de la más suave manera que le fue posible. Porque en lugar de escribirle que resistiéndole a él, resistía a la obediencia, le dijo solamente estas palabras: Me parece, señor, que vislumbro en su retraso la sombra de la desobediencia.

Corregía con suave fuerza a los que sorprendía en alguna falta; y cuando se humillaban, les felicitaba, tomando aquella humillación por una buena señal; y nunca les reconvenía, ni ponía ante sus ojos una falta de la que ya se habían humillado.Un Superior de una de las casas de su Congregación, pensando que habían escrito en contra suya al Sr. Vicente, le rogó que le avisara de sus faltas; pero el Sr. Vicente, al ver que sospechaba de alguien sin motivo, le previno de una manera extremadamente dulce:  «Usted puede pensar —le dijo— que si tuviera alguna corrección que hacerle, se la haría muy sencillamente. Pero gracias a Dios, va usted bien, y su comportamiento me parece muy bueno. A propósito de esto le diré, que no recuerdo que me hayan dado ninguna información contraria a usted. Y aún cuando así fuera, le conozco a usted demasiado bien, para temer que me lo hagan creer. Según esto, debe usted guardarse de sospechar de nadie siempre que pueda, y dirigirse directamente a Dios».

Veamos cómo avisó a un Superior que se le había quejado por el mal comportamiento de un inferior, que le hablaba con poco respeto y se le había enfrentado en cierta ocasión. La carta está enteramente escrita por él, y es de las más notables, conteniendo buenos consejos para regir una casa: «Participo de la pena que le ha causado esa persona de la que me escribe. Quiero creer que habrá hecho eso sin darse cuenta, pero creo que, cuando piense un poco en todas las circunstancias que sucedieron en aquella ocasión, se dará cuenta que no puede seguir así; y que también usted, señor, reconocerá que es una pequeña prueba que Nuestro Señor le ha enviado, para que se esfuerce más en atender a las personas que se le han encomendado. Esto le hará ver cuán grande fue la bondad de Nuestro Señor al soportar a sus Apóstoles y Discípulos, cuando estaba en la tierra, y cuánto le hicieron sufrir los buenos y los malos. También le hará comprender que los Superioratos encierran sus espinas, como las de otros estados; y que los Superiores que quieren cumplir bien con su deber de palabra y de ejemplo, tienen que sufrir mucho de sus subordinados, no sólo de los díscolos, sino incluso de los mejores. Así pues, señor, pongámonos en las manos de Dios para servirle en esta condición, sin pretender ninguna satisfacción de parte de los hombres. Nuestro Señor nos las concederá en abundancia, si trabajamos como es debido en ser más fieles en la observancia de las Reglas, en la adquisición de las virtudes propias del verdadero Misionero, especialmente en las de la humildad y de la mortificación. Y me parece, señor, que convendrá que le diga a esa buena persona, cuando vaya a hacer su comunicación, o en alguna otra ocasión, que haga el favor de avisarle a usted de sus faltas, ya que en el cargo que ocupa es difícil que no cometa usted alguna, no sólo como Superior, sino como Misionero y como cristiano; no tenga miedo en hacerlo, aunque, al principio, parezca que la naturaleza se deprima o exalte, o que se le escape alguna palabra de impaciencia. Es lo que les sucede de ordinario en el primer movimiento a los mayores Santos: la animalidad, siempre viva en el hombre, quiere adelantarse a la razón, la cual ayudada por la gracia, saca increíbles ventajas de las advertencias que se nos hacen. También me parece que haría usted bien en manifestar, de vez en cuando, a su Familia, que le gustaría que le advirtiese de sus defectos el que en su casa está destinado para hacerle esa caridad; y que sentiría que no le amonestase, y que se abstuviera de escribir al Superior General, según es costumbre en todas las Compañías bien ordenadas. Y asegúreles que no leerá nunca las cartas que ellos me escriban ni las que yo les mande a ellos. ¡Ah señor! ¡Qué grande es la miseria humana y cuánta paciencia deben tener los Superiores!».

«Acabo encomendándome a sus oraciones; y le ruego que las dirija frecuentemente a Dios por mí, para que me perdone las faltas incomparables que cometo todos los días en el cargo que tengo, a pesar de ser el más indigno de los hombre y peor que Judas para Nuestro Señor».

Otro Superior poco satisfecho de algunos de los que tenía a su cargo, escribió al Sr. Vicente que preferiría manejar animales que hombres. Este Santo Varón le dio también una respuesta tan juiciosa como indiscreta era esa expresión: «Lo que usted me indica —le dice— tiene cierta explicación; pues lo que usted me dice es verdad en los que quieren que todo se doblegue ante ellos, que nada les resista, que todo vaya según su gusto, que se les obedezca sin replicar y sin demora alguna, en una palabra, que se les adore; pero no ocurre esto con los que aceptan la contradicción y el desprecio, con los que se juzgan servidores de los demás, con los que gobiernan pensando en el gobierno de Nuestro Señor, el cual toleraba en su Compañía la rusticidad, la envidia, la poca fe, etc., y que decía que no había venido a ser servido, sino a servir. Sé muy bien, señor, que, gracias a Dios ese mismo Señor le hace obrar con humildad, con condescendencia, con mansedumbre y con paciencia, y que no empleó usted esa palabra más que para expresar su pena y convencerme de que le quite del cargo. Así pues, procuraremos enviar a otro en su lugar».

A este Superior, que era un servidor de Dios, le pareció la respuesta de su Padre tan adecuada, que le escribió de nuevo: «He admirado y sigo admirando su respuesta, tan hermosa como enérgica; la aprecio mucho, la respeto y me la aplico», etc.

El Sr. Vicente después de haberle relevado de su cargo, le escribió estas palabras: «Enviamos al Sr. N. en su lugar, después de las súplicas que usted nos hizo, para que le quitáramos de Superior».

Le decía eso, porque aún debía residir en la misma casa. Y es de notar, que, al retirar del cargo a los Superiores, los dejaba con bastante frecuencia de súbditos en la misma Familia para ejercitarlos en una más perfecta humildad y obediencia.

Un Sacerdote de la Misión, Rector de un Seminario, que era muy piadoso y lleno de celo, pero que naturalmente estaba dotado de un espíritu un poco áspero y que, por eso, no trataba a los seminaristas con toda la mansedumbre conveniente, dio ocasión al Sr. Vicente de escribirle la siguiente carta:  «Creo —le dice— en lo que me escribe más que en las cosas que veo; tengo demasiadas pruebas de su interés en procurar el bien del Seminario para dudar de ello. Eso hace que suspenda mi juicio sobre las quejas que me han dado de su trato demasiado seco, hasta que usted me haya escrito lo que hay. Sin embargo, le ruego que medite sobre su forma de actuar, y que se dé a Dios para corregir con su gracia lo que usted encuentre de descortés: porque, además de que se ofende a su Divina Majestad, aunque usted tenga buena intención, con todo, ocurren otros inconvenientes».

«El primero es que esos Señores salen descontentos del Seminario, pueden cansarse de la virtud, caer en el vicio, y perderse por haber salido demasiado pronto de esa santa escuela y no haber sido tratados en ella bondadosamente. Lo segundo es que desprestigian al Seminario, e impiden que entren otros, que, de otra forma, hubieran venido, y allí hubieran recibido las enseñanzas y las gracias convenientes para su vocación. Y en tercer lugar, la mala fama de una casa particular recae sobre toda la Compañía, que, al perder parte de su buen olor, recibe un notable perjuicio para el progreso en sus actividades, y ve disminuir el bien que Dios ha querido hacer por medio de ella».

«Si usted dice que no ha notado esos defectos en usted, eso indica que tiene muy poca humildad; porque, si usted tuviera tanta como Nuestro Señor pide de un Sacerdote de la Misión, se juzgaría el más imperfecto de todos, y se consideraría culpable de esas cosas, y atribuiría a alguna secreta ceguera no ver lo que los otros ven, sobre todo, después de que usted ha sido avisado».

«Y a propósito del aviso, me he informado también que usted se molesta si se le avisa. Si es así, señor, su situación es de temer, y está lejos de la de los Santos, que se han humillado ante el mundo, y se han alegrado cuando se les han indicado las pequeñas faltas que había en ellos. Eso no es imitar bien al Santo de los Santos, Jesucristo, el cual permitió que se le echara en rostro públicamente el mal que no había hecho, y que no dijo ni una palabra para ponerse a cubierto de aquella confusión. Aprendamos de El, señor, a ser mansos y humildes de corazón. Esas son las virtudes que usted y yo le debemos pedir sin cesar, y de las que debemos preocuparnos particularmente, para no dejarnos llevar de las pasiones opuestas, que destruyen con una mano el edificio espiritual que va levantando la otra. ¡Quiera ese mismo Señor iluminarnos con su Espíritu, para ver las tinieblas del nuestro, y para someterlo a los que El ha puesto para dirigirnos, y animarnos con la dulzura infinita de El, a fin de que ella se extienda sobre nuestras palabras y nuestros actos, para ser agradables y útiles al prójimo!»

Hablando un día a su Comunidad sobre este mismo asunto, y, al tiempo que le daba un aviso de gran importancia, con su humildad habitual:

«Declaro —dijo— que los que observan faltas que llevan a la ruina y al desorden de la Compañía, y no dan cuenta de ellas son culpables de la ruina y del desorden de la misma Compañía. Según esto, debo estar dispuesto para que también a mí se me avise, de modo que, si yo no me corrigiera de alguna falta escandalosa que promoviera el desorden y la destrucción de la Congregación, o bien, si enseñara o sostuviera alguna cosa contraria a la doctrina de la Iglesia, la Congregación, reunida en asamblea debería deponerme, y, además expulsarme».

En otra ocasión, respondiendo a un Superior de una de las casas sobre las advertencias, que él creía que estaba obligado a dar ante la Comunidad: «En dos o tres casos —le dijo— se le debe avisar a la Comunidad de la falta de un individuo: en primer lugar, cuando el mal está tan inveterado en el culpable, que se piensa que sería inútil advertírselo en particular. Por esta razón es por lo que Nuestro Señor avisó a Judas en presencia de los demás Apóstoles, con palabras veladas, diciendo que uno de los que metían la mano en el plato con El le iba a traicionar. En segundo lugar, cuando se trata de caracteres débiles, que no pueden aguantar una corrección, por suave que sea, aunque, por lo demás, sean buenos, porque con esa bondad que tienen, una recomendación general sin nombrarlos les basta para corregirse. Y en tercer lugar, cuando hay peligro de que otros se dejen llevar por la misma falta, si no se llama la atención sobre ella. Fuera de esos casos, me parece que los avisos se han de dar sólo al interesado».

«En cuanto a las faltas que se cometen contra el Superior, indudablemente se ha de avisar de ellas al inferior, pero observando dos o tres cosas. Primera, que no sea jamás en el momento, sin una necesidad especial. Segunda, que sea suavemente y al caso. Tercera, que sea en forma de razonamiento, representándole los inconvenientes de su falta, y eso de modo que pueda conocer que el Superior no le da ese aviso por mal humor, ni porque la cosa le afecta, sino por su bien y por el de su Comunidad».

El Sr. Vicente no se contentaba con remediar el vicio y las faltas de las casas y de las personas que estaban bajo su dirección. Además, hacía todos los esfuerzos para establecer en ellas la perfección y la más observante regularidad. Para eso, el medio primero y más eficaz, que empleaba, era el buen ejemplo que daba, haciéndose imitador de su Divino Maestro, quien, como dice el Santo Evangelio, empezó primero a hacer, y después se puso a enseñar. Y efectivamente, este prudente y celoso Superior era tan exacto en los actos de Comunidad, y especialmente en la oración de la mañana, que se levantaba, como los demás, a las cuatro, aunque hubiera descansado muy poco por la noche a causa de las molestias de la fiebre, o por algún otro inconveniente; y, además los días en los que debía ser sangrado o tomar alguna medicina, y el día siguiente de dicho día, incluso en su ancianidad, no se permitía ningún descanso, y no dejaba de asistir a la oración con los demás. No podríamos saber cuánto influyeron los ejemplos de fervor y de observancia del caritativo Padre en sus Hijos, para inducirlos a hacer lo mismo a imitación suya; y se puede decir que su ejemplo ha sido una de las causas más eficaces del buen orden que siempre se ha visto y admirado en la casa de San Lazáro, desde que los Sacerdotes de la Misión se han instalado allí; y que ha causado tanta edificación a las personas externas. Quería también que los Superiores fueran siempre de los más exactos cumplidores y los primeros en los actos de la Comunidad, con tal de que su salud y sus ocupaciones se lo permitieran.

«Hablando un día de los Sacerdotes de su Congregación decía que ‘los que no se mostraban fieles, sobre todo, a levantarse por la mañana y a hacer su oración en el lugar y a la hora de los demás, aunque tuvieran, por otra parte, mucho talento y capacidad para gobernar, no eran los más adecuados para ser Superiores de las casas ni Directores de los Seminarios’. Y añadía que ‘cuando se trata de nombrar Superiores, hay que fijarse muy bien para ver si los elegidos para esos cargos son observantes y ejemplares, pues de lo contrario les faltaría una de las principales cualidades en los que han de dirigir a los demás».

Así escribió un día sobre esa misma cuestión al Superior de un Seminario, para hacerle saber de qué manera debía portarse con los eclesiásticos que estaban a su cargo: «Alabo a Dios —le dice— por el número de eclesiásticos que les envía el Sr. Obispo de N. Hará usted bien en realizar todos los esfuerzos posibles por educarlos en el verdadero espíritu de su condición, que consiste especialmente en la vida interior y en la práctica de la oración y de las virtudes; porque no basta con enseñarles el canto, las ceremonias y un poco de moral; lo principal es formarles en la devoción y en la piedad sólida. Para ello hemos de ser nosotros los primeros que nos llenemos de ella, pues sería casi inútil darles la instrucción y no el ejemplo. Hemos de ser embalses llenos para hacer que fluya nuestra agua sin agotarnos jamás, poseyendo ese mismo espíritu que queremos que anime a los demás; pues nadie puede dar lo que no tiene. Pidámoselo, pues, a Nuestro Señor y entreguémonos a El para esforzarnos en conformar nuestra conducta y nuestros actos con los suyos. Entonces su Seminario derramará una gran suavidad dentro y fuera de su diócesis, y hará que se multipliquen en número y bendiciones; por el contrario, el mayor obstáculo para ello sería querer actuar como dueños sobre los que están a nuestro cargo, no cuidando de ellos o desedificándolos; es lo que pasaría, si quisiéramos tratarnos bien, lucir mucho, presumir, buscar los honores y distinciones, divertirnos, ahorrar esfuerzos y tratar mucho con los de fuera. Hay que ser firmes sin ser duros en nuestra actuación y evitar una mansedumbre fofa, que no sirve para nada. Es de Nuestro Señor de quien podemos aprender cómo hemos de proceder siempre con humildad y con gracia, para atraerle los corazones sin cansar a nadie».

Escribiendo a otro Superior, le dijo:

«Tengo la gran esperanza de que contribuirá usted mucho, con la gracia de Dios, a la salvación de los pueblos, y que sus ejemplos servirán a sus hermanos para que se aficionen a esta buena obra, y se dediquen a ella en los sitios, tiempos y maneras, que usted les indique, después de consultar a Dios, como otro Moisés, y de recibir de El la ley para dársela a los que va a gobernar. Acuérdese de que la forma de gobernar de aquel Santo Patriarca fue paciente, mansa, tolerante, humilde y caritativa, y que en la de Nuestro Señor estas virtudes alcanzaron su mayor perfección, a fin de que nosotros nos conformásemos a ellas».

El Superior de una de sus casas le había escrito para pedirle que entregara su cargo a otro: «Por lo que toca a que le libre del cargo —le dice— le ruego que no piense en ello, sino que espere que bajo las cenizas de esa humildad, que le hace desear someterse a otro, está oculto el Espíritu de Nuestro Señor, que será El mismo la dirección de la actuación de usted, su fuerza en la debilidad, su ciencia en las dudas y su virtud en sus necesidades. Por su parte, señor, dése a El para no causar penas a nadie, para tratar a cada uno con mansedumbre y respeto, para usar siempre de ruegos y palabras amistosas y nunca de palabras ásperas o imperiosas. No hay nada tan capaz de ganar los corazones como la manera de obrar humilde y suave, ni por consiguiente, de lograr los fines de usted, que son que Dios sea servido y las almas santificadas».

Escribiendo a otro sobre el mismo tema: «Tan lejos están —le dice— las razones que me aduce para que le libre de la Superioridad, de moverme a poner los ojos en otro, que más bien me confirman en la resolución de dársela a usted. La visión que tiene usted de sus defectos y de su incapacidad, debe emplearla para humillarse y no para desanimarse. Nuestro Señor tiene bastante virtud y en cantidad suficiente para El y para usted; déjele, pues, obrar, y no dude de que si usted se mantiene en los humildes sentimientos en los que está, y en una humilde confianza en El, su gobierno santificará el de usted. Espero mucho, de su bondad y del buen uso que usted hace de sus gracias, que será así; y en esta esperanza le envío la carta que le constituye Superior de su Comunidad. Usted se la puede leer, para que ella le vea a usted en Nuestro Señor, y a Nuestro Señor en usted, así se lo ruego».

Antes de acabar este Capítulo, introduciremos también aquí un párrafo de una carta del Sr. Vicente a una Hija de la Caridad, que contiene algunos consejos dignos de ser destacados sobre la forma de proceder en el ingreso de las que eran recibidas en la Compañía de esas buenas Hermanas, o con las que salían de ella.

«La respuesta —le dice— que usted le dará a esa buena joven, que para ingresar en la Compañía de ustedes quiere estar segura en ella de por vida, es que eso no se puede; que hasta ahora a ninguna se le ha dado semejante seguridad; y que no se le dará a nadie por temor a que algunas, al relajarse en sus actos piadosos, resulten escandalosas, y se hagan indignas de la gracia de su vocación. Porque si le ocurriera esa desgracia a alguna persona de mala índole ¿no sería razonable cercenar ese miembro gangrenado, para que no dañe a otros? Pero, Hermana, usted sabe que no se despide a nadie sino en raras ocasiones y sólo por faltas notables; y nunca por faltas comunes, ni siquiera por extraordinarias, a no ser que sean frecuentes y considerables; y aún entonces, eso se lleva a cabo lo más tarde que se puede, y después de haber soportado durante mucho tiempo las caídas de semejante persona, y empleado en vano los remedios adecuados para su corrección. Sobre todo, se usa paciencia y caridad con las que no son del todo nuevas, y aún más con las antiguas, de manera que, si salen algunas, es porque ellas mismas se marchan o por ligereza de espíritu, o porque, por haber sido flojas y tibias en el servicio de Dios, Dios mismo las vomita y las arroja, antes de que los Superiores piensen en despedirlas».

«Decir que las que son fieles a Dios y sumisas a la santa obediencia salen de la Compañía es algo que no sucede, gracias a Dios, ni tampoco las que se portan bien, ni las que están enfermas. Se hace lo que se puede por conservarlas a todas, y se toman todos los cuidados posibles de unas y de otras, hasta la muerte. Así pues, si esta buena joven quiere decidirse a entrar donde ustedes y a morir ahí, será tratada igualmente con mucha caridad. Pero dígale, por favor, que le corresponde a ella asegurar su vocación con buenas obras, según el consejo del Apóstol San Pedro. Y para eso, debe apoyarse sólo en Dios, y esperar de El la gracia de la perseverancia. Que si ella quiere fiarse más de los hombres, parece que busca otra cosa distinta de Dios, en cuyo caso hay que dejarla, y no preocuparse más de ella».

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