Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 23

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Paciencia en las enfermedades

El espíritu maligno, como conoce cuán grande es la debilidad de nuestra carne, cuán peligrosos y violentos son los asaltos que los hombres sienten por ese lado por los dolores y por las enfermedades, decía con razón que el hombre expondrá con gusto los demás bienes externos por salvar su vida y para librarse de los dolores y de los males y las dolencias, que son los precusores de la muerte. Y aunque había atacado en vano la paciencia del Santo Patriarca Job con la pérdida de sus riquezas y de sus hijos, todavía estaba persuadido de que lo vencería, si Dios le permitía afligirle en su cuerpo con enfermedades y dolores; y fue también en ese último y furioso choque, cuando ese Santo Hombre hizo brillar más su virtud, soportando esa dura prueba, no solamente con paciencia, sino también con una perfecta sumisión a la Voluntad de Dios, a quien tributaba bendiciones y alabanzas, con tanto mayor amor, cuanto sus dolores eran más agudos y sus penas más violentas.

Se puede decir indudablemente que la prueba de los dolores y de las enfermedades ha sido la que ha dado el último cumplimiento a la paciencia del Sr. Vicente y ha coronado todas sus virtudes. Porque, aunque su cuerpo que parecía bastante robusto, y su temperamento que era muy bueno, junto a su modo de vivir muy ordenado, debieron producir en él una larga y perfecta salud, sin embargo, Dios ha querido que haya estado frecuentemente puesta a prueba su paciencia por diversas y frecuentes enfermedades. Eso podía provenir, o de las grandes penas e incomodidades sufridas por él durante la esclavitud; o de la violencia que se hacía continuamente a sí mismo; o de los trabajos y fatigas de las Misiones, a las que estuvo dedicado durante una larga serie de años; o, finalmente, de su aplicación continua a los grandes quehaceres de caridad y de piedad, que eran con frecuencia muy espinosos y difíciles. Pero cualquiera sea la causa que lo haya originado, es cierto que el Santo Varón, por permisión particular de la Divina Providencia, ha estado casi siempre sometido a dolencias, sea por inflamaciones que lo molestaban en diversas partes del cuerpo, sea por fiebres que le atacaban a menudo, o por caídas y heridas muy dolorosas que le acaecieron a veces; y, finalmente, por la hinchazón y las demás molestias continuas de sus piernas. Pues bien, a pesar de las enfermedades que le atacaron, y de los dolores que experimentó, conservó siempre una paz y una libertad de espíritu tan grande, que se podría decir que no había sufrido ningún mal, si la debilidad de su cuerpo no hubiera hecho ver lo contrario.

Escribiendo un día sobre el asunto de sus sufrimientos a una persona de mucha confianza, le manifestó sus sentimientos en estos términos: «Le he ocultado todo lo que he podido mi situación y no he querido darle a conocer mis achaques por miedo a contristarle; pero ¡Ay Dios mío!, ¿cómo seremos tan delicados, que no nos atrevemos a decirnos la felicidad que tenemos de ser visitados por Dios? ¡Quiera Nuestro Señor hacernos más valientes y procurar que encontremos nuestro gusto en el suyo!».

Varias personas de su casa, y también de fuera, que lo habían visto en algunos de sus padecimientos, estaban admiradas de la paciencia y de la tranquilidad que se traslucía en él en medio de los más violentos dolores que sufría en sus piernas por las fluxiones acres y cáusticas que fluían y se estancaban sobre las articulaciones de las rodillas y de los pies, y que en los últimos meses de su vida supuraban, de vez en cuando, en tal abundancia, que tenía los pies bañados y las medias del todo humedecidas, y hasta el suelo estaba mojado del todo. En tal estado no podía levantarse de la silla, ni casi moverse; y aunque estuviera siempre con dolores, y sin haber descansado ni de día ni de noche, no salía de su boca ni una sola palabra de queja; su rostro traslucía la misma dulzura y afabilidad que cuando estaba sano; y su espíritu ejercía continuamente una paciencia del todo heroica.

«Cuanto más avanzaba en edad —dice un virtuosísimo eclesiástico que lo ha conocido muy íntimamente— su cuerpo se iba haciendo más pesado y sus molestias aumentaban hasta el punto de que unos meses antes de su final dichoso, se vio privado de la celebración de la Santa Misa, que anteriormente constituía toda su alegría y todo su consuelo. Se veía reducido a permanecer en una silla a causa de su decrepitud, y por los grandes y continuos dolores que sentía; sin embargo, en medio de sus sufrimientos veía y recibía a toda clase de personas de fuera y de dentro; ponía orden en los asuntos de la casa y de toda la Congregación, respondiendo a todos los que acudían a él con tanta gracia y serenidad de espíritu, como si no experimentara mal alguno: Hasta su muerte mantuvo en su rostro la misma afabilidad y dulzura».

Sucedió un día, que uno de sus Sacerdotes se hallaba en su habitación, cuando le arreglaban y curaban sus piernas hinchadas y ulceradas y, al verle sufrir mucho, movido de compasión por su mal, le dijo: Señor, ¡ qué mortificantes son sus dolo res!. Y el Sr. Vicente le respondió: «¿Qué? ¿Llama a usted mortificante a la obra de Dios, y a lo que El ordena, haciendo sufrir a un desgraciado pecador, como soy yo? Dios le perdone, señor, lo que usted acaba de decir, porque no se habla de esa forma en el lenguaje de Jesucristo. ¿Es que no es justo que el culpable sufra? ¿Y no somos nosotros más para Dios que para nosotros mismos?».

En otra ocasión, ese mismo Sacerdote le dijo que parecía que los dolores le iban aumentando cada día: «Es cierto —le respondió— que desde la planta de los pies hasta la coronilla siento que van creciendo. Pero ¡ay! ¡Qué cuenta tendré que rendir al Tribunal de Dios, ante quien debo comparecer bien pronto, si es que no lo uso bien!».

No hay por qué sorprenderse, si este Siervo de Dios tenía tales sentimientos, y si hablaba de esa manera en medio de los dolores más agudos; porque había hecho desde hacía mucho tiempo una buena provisión de paciencia, y había llenado su espíritu y su corazón de las más perfectas máximas de esta virtud, para practicarlas en toda clase de circunstancias, y particularmente en sus enfermedades. He aquí lo que escribió sobre esto un día a uno de los suyos, que también sufría a causa de su enfermedad: «Es cierto —le dice— que la enfermedad nos hace ver lo que somos mucho mejor que la salud, y que en los sufrimientos es donde la impaciencia y la melancolía atacan a los más decididos; pero, como estas tentaciones sólo dañan a los  más débiles, a usted le han aprovechado más que dañado, ya que Nuestro Señor le ha robustecido en la práctica del cumplimiento de su Voluntad; y esta fortaleza se echa de ver en el propósito que usted ha hecho de combatirlas con buen ánimo. Espero que todavía se apreciará mejor en las victorias que habrá de alcanzar usted sufriendo desde ahora por amor de Dios, no sólo con paciencia, sino hasta con alegría y con gozo».

Y hablando un día a los de su Comunidad sobre este mismo tema: «Hay que reconocer —les dijo— que el estado de enfermedad es un estado molesto y casi insoportable para la naturaleza. Sin embargo, es uno de los medios más poderosos de que Dios se sirve, para que nos despeguemos del afecto del pecado y para llenarnos de Sus dones y Sus gracias. ¡Oh Salvador! ¡Tú, que tanto sufriste y moriste para redimirnos y mostrarnos cómo este estado de dolor podía glorificar a Dios y servir a nuestra santificación, concédenos que podamos conocer el gran bien y el inmenso tesoro que está oculto en este estado de enfermedad! Por medio de él, señores, se purifica el alma y los que carecen de virtud tienen un medio eficaz para adquirirla. Es imposible encontrar un estado más adecuado para practicarla: en la enfermedad la fe se ejercita de forma maravillosa, la esperanza brilla con todo su resplandor, la resignación, el amor de Dios y todas las demás virtudes encuentran materia abundante para este ejercicio. Allí es donde se conoce lo que cada uno posee y lo que es; la enfermedad es la sonda con la que podemos penetrar y medir con mayor seguridad hasta dónde llega la virtud de cada uno, si hay mucha, o poca, o ninguna. En ningún sitio se ve mejor cómo es uno que en la enfermedad. Esa es la mejor prueba que tenemos para reconocer quién es el más virtuoso y quién no lo es tanto; esto nos hace ver qué importancia tiene que conozcamos bien la manera de portarnos debidamente en las enfermedades. ¡Oh, si supiéramos hacer lo que hacía un Siervo de Dios, que de su lecho de enfermedad hizo un trono de méritos y de gloria! Allí supo rodearse de todos los santos misterios de nuestra Religión: en el techo puso la imagen de la Santísima Trinidad, en la cabecera el de la Encarnación, a una parte la Circuncisión, a otra el Santísimo Sacramento, a los pies el Crucifijo. Y así, de cualquier parte que se volviera, a la derecha o a la izquierda, al poner los ojos arriba o abajo, se veía siempre rodeado de estos divinos Misterios y como envuelto y lleno de Dios. ¡Qué hermosa luz, señores, qué hermosa luz! ¡Qué felices seríamos, si Dios nos concediera esta gracia! Hemos de alabar a Dios de que, por su bondad y misericordia, haya en la Compañía enfermos y achacosos, que hacen de sus sufrimientos y enfermedades un espectáculo de paciencia, donde presentan todo el esplendor de sus virtudes. Le daremos gracias a Dios por habernos dado estos Compañeros. Ya he dicho muchas veces, y he de repetirlo una vez más, que hemos de pensar que las personas afligidas por la enfermedad en la Compañía son una bendición para nosotros».

«Pensemos que las enfermedades y tribulaciones vienen de Dios, la muerte, la vida, la salud, la enfermedad, todo viene por orden de su Providencia, y siempre para el bien y la salvación del hombre. Sin embargo, hay algunos que con frecuencia demuestran tener muy poca paciencia en sus tribulaciones: es un falta grande. Otros se dejan llevar por el deseo de cambiar de sitio, de ir de una parte a otra, a aquella casa, a aquella Provincia, a su tierra, con el pretexto de que allí es mejor aire. ¿Qué es todo esto? Se trata de personas apegadas a sí mismas, con espíritu de señoritas, de individuos que no quieren sufrir nada, como si las enfermedades corporales fuesen males que hay que evitar. Huir del estado en que Dios nos coloca, es huir de la felicidad. Sí, el sufrimiento es un estado de felicidad que santifica a las almas».

«He conocido a un hombre que no sabía leer ni escribir, que se llamaba Hermano Antonio. Su retrato está en nuestra sala. Tenía el espíritu de Dios en abundancia. Llamaba a todo el mundo hermano; igualmente, cuando hablaba con una mujer, hermana; y hasta cuando hablaba a la Reina, la llamaba hermana. Todo el mundo lo quería ver. Un día le preguntaron: «Pero, Hermano, ¿qué hace usted con las enfermedades que le ocurren? ¿Cómo se porta usted con ellas? ¿Qué hace para aprovecharlas?— «Las recibo —dijo— como una prueba que Dios me envía: por ejemplo, si me viene la fiebre, le digo: Ea, hermana enfermedad, o bien, hermana fiebre, usted viene de parte de Dios, ¡Sea bienvenida!; e inmediatamente sufro que Dios haga su Voluntad en mí». Ahí tienen, señores y hermanos míos, cómo usaba de la enfermedad. Y es así como acostumbraban usar de ella los servidores de Jesucristo, los amadores de la Cruz. Eso no impide que usen los remedios que se mandan para alivio y curación de cada enfermedad; y en eso mismo se hace honor a Dios, que ha creado las plantas, y que les ha dado la virtud que tienen; pero eso de tener tanta delicadeza consigo mismo, cuidarse exquisitamente por el menor mal que nos ocurra, de eso nos debemos desprender, sí, nos tenemos que desprender de ese espíritu tan tierno con nosotros mismos».

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