Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 19

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
Tiempo de lectura estimado:
Luis Abelly

Luis Abelly

Mortificación

«No hay nada más grande, ni más noble en la vida del cristiano —como dice San Ambrosio— que ejercitar el alma en la práctica de las virtudes; y para tal efecto, mortificar su carne y reducirla a la servidumbre, para que aprenda a some terse, y se haga más dócil al mandato de la razón; de forma que, a pesar de los trabajos y las dificultades que pueda sen tir en ese ejercicio, no deje de proceder animosamente a la ejecución de los buenos deseos y de las santas resoluciones concebidas en su corazón».

Y ciertamente no sin razón ese Santo Doctor hablaba de ese modo: porque, ya que según el sentimiento del Sabio, es una cosa bien gloriosa seguir al Señor; y el primer paso que hay que dar para ir tras El, como El mismo lo declara en el Evangelio, es renunciarse a sí mismo y llevar su cruz. De ahí se sigue que el cristiano debe mirar la abnegación y la mortificación como un título de nobleza y como una señal que se tiene por el honor de pertenecer a Jesucristo y ser de su séquito. El Sr. Vicente, como había hecho siempre una profesión particular de seguir al Divino Salvador, y de andar tras las huellas de sus ejemplos (como ya lo hemos dicho en uno de los Capítulos anteriores), no se puede dudar que fue honrado con sus distintivos más queridos, y que, según la palabra del Apóstol, llevó en su cuerpo la mortificación de Jesucristo; de forma que su vida fue casi un sacrificio continuo de su cuerpo y de todos sus sentidos, de su alma y de sus potencias, y, finalmente, de todos los deseos y movimientos de su corazón. Y fue hablando de la abundancia de ese corazón perfectamente mortificado, como un día dirigiéndose a los suyos comentó las palabras de Jesucristo en el Evangelio: «El que quiera venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo, y lleve su cruz».

«Este es —les dijo— el Consejo que Nuestro Señor les da a quienes desean seguirle. Les declara que la primera decisión que deben tomar es renunciarse a sí mismos, e inmediatamente llevar su cruz, y después, perseverar constantemente en lo uno y en lo otro hasta el fin. Mas podemos aplicar a esta cuestión lo que el Divino Salvador dijo en otra ocasión: Non omnes capiunt istud. Y que son pocos los que se entregan verdaderamente a Jesucristo para seguirle bajo esas condiciones. De ahí provino que, de tantos millares de personas que le seguían para oírle, casi todas lo abandonaran y se retiraran, porque no lo seguían preparados de la manera como Nuestro Señor decía que había que ser, y que no estaban en disposición de mortificarse y de llevar la cruz».

«Así que es una necesidad, para quien quiera ser discípulo del Divino Maestro, renunciar a su propio juicio, a su voluntad, a sus sentimientos, a sus pasiones, etc. Por el juicio se sobreentiende la ciencia, la inteligencia y el raciocinio. ¡Qué ventaja para un cristiano someter sus luces y su razón por amor de Dios! ¿Qué es eso, sino seguir e imitar a Jesucristo, y hacerle un sacrificio de su propio juicio? Por ejemplo, se plantea una cuestión, cada uno dice su opinión: pues bien, para renunciar a sí mismo en semejante ocasión, no hace falta no querer decir lo que uno piensa, sino que hay que mantenerse en disposición de someter su juicio y su razón, de modo que se siga de buen grado y hasta que se prefiera el juicio de otro al suyo propio».

«En cuanto a renunciar a su propia voluntad, Nuestro Señor nos dio el ejemplo a todo lo largo de su vida y hasta su muerte, estando continuamente dispuesto a hacer, no su voluntad, sino la de su Padre, y a cumplir en todas las cosas, lo que conocía que le era agradable: Quae placita sunt Ei facio semper. ¡Oh! ¡Pluguiera a Dios prevenirnos con tantas gracias, que permaneciéramos siempre en el cumplimiento de su Voluntad, obedeciendo a sus mandamientos, a las Reglas de nuestro estado, y a las órdenes de la obediencia! Entonces sí que seríamos verdaderos discípulos de su Hijo. Pero mientras estemos apegados a nuestra propia voluntad, no tendremos disposición para seguirle, ni mérito en sobrellevar nuestras penas, ni parte con El».

«Debemos mortificar nuestros sentidos, y vigilarlos continuamente para someterlos a Dios ¡Ay! ¡Qué peligrosa es la curiosidad de ver y escuchar, y qué fuerza tiene para desviar nuestro espíritu de Dios! Debemos pedir mucho a Nuestro Señor que nos haga la gracia de renunciar a esta curiosidad, que ha sido la causa de la pérdida de nuestros primeros padres».

«Hay también cierta pasión que domina en muchos, a la que debemos renunciar: es el deseo inmoderado de conservar la salud y de estar bien, y ese cuidado excesivo de hacer lo posible y lo imposible por la conservación de la propia persona: pues esta preocupación inmoderada y ese temor de sufrir alguna molestia, que se ve en algunos, que ponen todo su espíritu y toda su atención al cuidado de su vida frágil, son grandes impedimentos para el servicio de Dios, que les quitan la libertad de seguir a Jesucristo. ¡Ah señores y hermanos míos! ¡Somos discípulos de ese Divino Salvador, y, sin embargo, nos halla como unos esclavos encadenados! ¿A quién? A un poco de salud, a un remedio imaginario, a una enfermería donde no falta nada, a una casa que nos gusta, a un paseo que nos distrae, a un descanso que sabe a pereza. Pero —dirá alguno— el médico me ha aconsejado que no trabaje tanto, que vaya a tomar el aire, que cambie de lugar. ¡Oh miseria y debilidad! ¿Los Grandes dejan su vivienda ordinaria, porque a veces se encuentran indispuestos? ¿Un Obispo abandona su diócesis? ¿Un gobernador, su plaza fuerte? ¿Un burgués, su ciudad? ¿Un comerciante, su casa? ¿Los Reyes hacen algo de eso? Raramente, y cuando están enfermos, permanecen en el sitio donde se hallan. El difunto Rey se sintió enfermo en SaintGermain enLaye, y allí siguió cuatro o cinco meses sin hacerse llevar a otra parte, hasta que allí murió con una muerte verdaderamente cristiana y digna de un Rey Cristianísimo».

Y en otra ocasión hablando sobre el mismo tema: «La sensualidad se encuentra por todas partes, y no sólo cuando se busca el aprecio del mundo, las riquezas o los placeres, sino incluso en las devociones, en las acciones más santas, en los libros, en las estampas; en una palabra, se cuela por todas partes. ¡Salvador mío! Concédenos la gracia de vencernos a nosotros mismos; Te pedimos que nos concedas odiarnos a nosotros mismos, para que Te amemos con mayor perfección, a Ti que eres la fuente de toda virtud y perfección y el enemigo mortal de la sensualidad. Danos ese espíritu de mortificación y la gracia de resistir siempre a ese amor propio, que es la raíz de todas nuestras sensualidades».

Hasta aquí son las palabras del Sr. Vicente, que hemos reproducido como fieles expresiones no sólo de los pensamientos de su Espíritu, sino más bien de los afectos y las disposiciones de su corazón relativas a la virtud de la mortificación, que podemos decir que ha sido una de las que él ha practicado más universal y constantemente, durante todo el curso de su vida, y hasta el último suspiro. Verdaderamente no daba muestras de llevar una vida austera, creyendo que una vida común en apariencia era la más conveniente para tener éxito al servicio de los pueblos y de los eclesiásticos, al cual Dios lo había destinado, siendo así la más adaptada a la vida de Jesucristo y de los Santos Apóstoles, sobre cuyo modelo quería educar a los Misioneros de su Congregación; y, por consiguiente, se sentía obligado a darles ejemplo de ella, conformándose a aquéllos en cuanto al exterior de una vida bien reglada, que no es ni demasiado ancha ni demasiado estrecha, ni demasiado suave, ni demasiado rigurosa. En cuanto a sí mismo, se trataba con mucha aspereza, haciendo sufrir a su cuerpo de varias maneras, y mortificando sin cesar su interior, para tener a uno y a otro perfectamente sometidos a los deseos de Dios; y esto de un modo tanto más excelente y más santo, cuanto que parecía menos a los ojos de los hombres. Así se hizo como el grano de trigo, del que habla Jesucristo en el Evangelio, que, cuanto más oculto y metido está en tierra, tanto más tallos echa y multiplica su fruto.

Y en primer lugar, mortificó el amor del honor y de la propia estima, que es tan natural a todos los hombres, y que les hace ocultar con tanto esmero todo lo que puede causarles el menor desprecio: este santo sacerdote reprimiendo esa inclinación natural, no dejaba escapar ninguna ocasión para humillarse, hablando de su bajo nacimiento y de la baja condición de sus familiares, que la aceptaba muy a gusto. He aquí lo que escribió el año 1633 a uno de sus Sacerdotes: «Que algunos que han vuelto a su tierra, se han sentido más unidos a los intereses de su familia y a sus sentimientos de tristeza y de alegría, y se han enredado en ellos, como las moscas que caen en las telas de una araña, y después no se pueden desprender de ellas».

«Me citaré a mí mismo como testigo —les dijo— de esta verdad. Cuando estaba aún en casa del Sr. General de las Galeras, y antes de la primera Fundación de nuestra Compañía, ocurrió que como, las galeras estaban en Burdeos, me mandó allí, para que diera una misión a los pobres forzados. Así lo hice por medio de Religiosos de diversas Ordenes de aquella ciudad, dos en cada galera. Pues bien, antes de salir de París para aquel viaje, informé a dos amigos míos de la orden que había recibido, y les dije: Señores, me voy a trabajar cerca de donde soy; no sé si haré bien dándome una vuelta por mi casa. Así me lo aconsejaron los dos: Vaya, señor; su presencia será un consuelo para los suyos; podrá hablarles de Dios, etc. La razón que yo tenía para dudar era que había visto a unos buenos eclesiásticos, que habían hecho maravillas durante algún tiempo lejos de su tierra, y que, después de haber ido a ver a sus parientes, volvieron muy cambiados, y ya no sabían hacer nada útil a la gente; se dedicaban enteramente a los asuntos familiares; todos sus pensamientos se dirigían a ellos, cuando antes no se ocupaban más que de las obras, que se refieren al servicio de Dios alejadas de la sangre y de la naturaleza. Tengo miedo, dije, de apegarme igualmente a mis parientes. Y, en efecto, después de pasar ocho o diez días con ellos para hablarles del camino de su salvación y apartarlos del deseo de poseer riquezas, hasta decirles que no esperasen nada de mí, pues aunque tuviera cofres de oro y de plata, no les daría nada, ya que un eclesiástico que posee alguna cosa, se la debe a Dios y a los pobres, el día de mi partida sentí tanto dolor al dejar a mis pobres parientes, que no hice más que llorar durante todo el camino, derramando lágrimas casi sin cesar. Tras estas lágrimas me entró el deseo de ayudarles a que mejorasen de situación, de darles a éste esto y aquello al otro. De esta forma, mi espíritu enternecido les repartía lo que tenía y lo que no tenía. Lo digo para confusión mía, y porque quizá Dios permitió esto para darme a conocer mejor la importancia del Consejo Evangélico del que estamos hablando. Estuve tres meses con esta pasión importuna de mejorar la suerte de mis hermanos y hermanas; era un peso continuo en mi pobre espíritu. En medio de todo esto, cuando me veía un poco más libre, pedía a Dios que me librase de esta tentación; se lo pedí tanto, que finalmente tuvo compasión de mí; me quitó esos cariños por mis parientes, y aunque andaban pidiendo limosna, y todavía andan así, me ha concedido la gracia de confiarlos a su Providencia y de tenerlos por más felices que si hubieran estado en buena situación».

«Digo esto a la Compañía, porque hay algo grande en esta práctica tan recomendada en el Evangelio, que excluye del número de los Discípulos de Jesucristo a todos los que no odian a su padre y a su madre, a sus hermanos y hermanas y que, según esto, nos exhorta a renunciar al afecto inmoderado a nuestros parientes. Pidamos a Dios por ellos y, si podemos servirles caritativamente, hagámoslo, pero mantengámonos firmes en contra de la naturaleza que, al inclinarse siempre hacia ese lado, nos apartará si puede de la escuela de Jesucristo. Seamos firmes en esto».

Un Sacerdote de la Congregación, que estaba en Gascuña, fue a ver por propia iniciativa, a los parientes del Sr. Vicente. Cuando estuvo de vuelta en París, le contó el estado en que los había hallado, y entre otras cosas le dijo:»Que la sencillez, la piedad y la caridad de sus parientes era de alabar, pero que no tenían para vivir, si no trabajaban—¡ Ah! —dijo el Sr. Vicente— ¿Es que no son felices? ¿ Y pueden estar mejor que en ese estado, en el que ejecutan la sentencia de Dios, que di ce que el hombre debe ganar el pan con el sudor de su frente?».

La pobreza no ha sido la única práctica de virtud de esa buena gente, que un día fueron menospreciadas hasta el extremo en un Parlamento célebre. En él algunos amigos del Sr. Vicente quisieron paralizar unas diligencias que se querían hacer contra los suyos, pero él les dio esta respuesta:  «¿No es razonable, señores, que la justicia se haga para satisfacer a la de Dios? Así, al castigar a los delincuentes misericordiosamente en esta vida, El no ejercerá los rigores de su justicia sobre ellos en el otro mundo».

Pues bien, habiendo descubierto los jueces que aquella acusación sólo era una calumnia y una falsedad, el Sr. Vicente se constituyó Protector de quienes los habían acusado, y halló forma para libarlos de los castigos que habían merecido. Esto lo he sabido—dijo el mismo sacerdote— en el lugar del nacimiento del Sr. Vicente. Y ahí va un extracto de una carta leída por mí, y que él escribió a sus parientes acerca de todo esto: «Vuestra difamación no ha tenido lugar sin una especialísima Providencia de Dios. Dios lo ha permitido así para su gloria y para vuestro bien: para su gloria, para que seáis como su Hijo, que fue calumniado hasta el punto de ser tratado como seductor, ambicioso y poseído del demonio; para vuestro bien, para que podáis satisfacer a la justicia de Dios por otros pecados, que podéis haber cometido y que quizás no conocéis, pero que Dios conoce muy bien».

Un hombre que era pariente lejano del Sr. Vicente, aunque no llevaba el mismo apellido, había sido condenado a galeras, pero obtuvo unas Letras de revisión del proceso para justificarse, y para que se le restituyeran sus derechos civiles contra la parte que le perseguía. Dirigió las Letras al Parlamento de París, pensando que el crédito del Sr. Vicente le serviría mucho; pero el fiel Siervo de Dios le escribió varias cartas para conjurarle en nombre de Nuestro Señor, que rebajara parte de sus pretensiones, con el fin de quedar libre por medio de una solución rápida.

«¿Se atrevería usted a oponerse a tantas personas, que se han interesado en su favor? No creo que lo haga. Además su edad y sus achaques no le permiten sostener las fatigas y los gastos de un proceso tan largo. Y si tiene usted alguna esperanza en mi intervención, le diré que no le puedo prestar ninguna ayuda. Prefiero contribuir más bien a su salvación, aconsejándole este arreglo amistoso, para que se disponga mejor a la muerte, antes de ver cómo se consume su vida en medio de las complicaciones de un proceso tan largo y dudoso. Espero que pensará usted seriamente en todo esto».

Este hombre se empeñó en litigar, y el Sr. Vicente se mantuvo siempre en decirle que no le ayudaría; y no quiso recibirlo en su casa, ni sacarlo de la pobreza en la que estaba.

Un sobrino suyo vino un día expresamente a París con la esperanza de que recibiría de él alguna ayuda para buscar una buena situación. Lo recibió cordialmente, pero no le dio más que para volver a pie, como había venido, despidiéndolo con diez escudos solamente para hacer unas ciento ochenta leguas. Además, le pidió diez escudos como limosna a la Señora Marquesa de Maignelay. Y ésa ha sido la única ayuda que ha pedido para sus parientes.

Hacia 1650 el difunto Sr. de Fresne, amigo íntimo del Sr. Vicente, de quien se ha hablado en el Libro primero, le dio mil francos para ellos. No los rechazó, pero en lugar de destinarlos a su alivio temporal, creyendo que podían vivir de su trabajo, se propuso que les valieran para su salvación y progreso espiritual y al de muchos otros, haciendo que dieran algunas misiones, pero antes se puso de acuerdo con el benefactor. Guardó aquel dinero dos o tres años, esperando siempre la ocasión de enviar algunos misioneros a aquella tierra. Las divisiones del reino sobrevinieron el año 1652, y Guyena quedó muy desolada por los ejércitos, y los parientes del Sr. Vicente quedaron desgraciadamente despojados de todas sus cosas, y algunos incluso murieron por la crueldad de los soldados. Fue a continuación de eso, cuando solía decir que sus parientes vivían de limosna, pero sin decir la causa. Cuando supo aquellas noticias luctuosas, no manifestó ninguna aflicción especial: al contrario, sintió grandísimos sentimientos de admiración y de gratitud a la Bondad de Dios, porque con su adorable conducta había retrasado el uso de dicha cantidad de miles de libras, para así ayudar a aquella pobre gente en su extrema necesidad. Estuvo muchos días y muchas semanas sin cansarse de alabar a Dios, y de agradecerle por esa especial Providencia. Con todo, no quiso aplicar ese dinero por sí mismo: consultó a los principales de su Compañía, y, por su consejo, lo envió en diligencia a su tierra, y lo dirigió al Señor de SaintMartin, canónigo de Dax, a quien lo entregó para su entera distribución, confiándole a él, para que diera a cada uno de los suyos lo que juzgara conveniente. Le recomendó solamente que tratara de ponerlos en estado de ganarse la vida con dicha ayuda, como así lo hizo, comprando para uno un par de bueyes para labrar; haciendo levantar una casita a éste; dejando libre de cargas una pieza de tierra a aquél; y dando herramientas y ropas a los otros para trabajar. No podía hacer mucho con tan poca cosa a tanta pobre gente arruinada

Esas son todas las riquezas que el Sr. Vicente ha enviado a sus parientes, aunque a él le hubiera resultado muy fácil ponerlos en una situación cómoda y hacerlos ascender según el mundo, si hubiera querido servirse de las ocasiones y del poder que tenía. Ha presentado mil veces la necesidad de los pueblos de varias Provincias, y de cantidad de familias en particular, a personas ricas y caritativas, que han acudido en ayuda de ellos; mas de su región y de sus parientes, no ha abierto jamás la boca. ¿No será necesario estar muerto del todo a la carne y a la sangre para obrar así? .

Y siguiendo con el tema, un día al ser urgido por una persona de su Congregacióna que hiciera algún favor a sus parientes, que conocía bien que estaban necesitados, le dijo: «¿Piensa usted que no quiero a mis parientes? Les tengo todos los sentimientos de ternura y de cariño que otro cualquiera puede tener por los suyos, y este amor natural me apremia bastante para que les ayude; pero debo obrar según los movimientos de la gracia, y no los de la naturaleza, y pensar en los pobres más abandonados, sin detenerme por los lazos de amistad, ni de parentesco».

El Sr. Vicente no sólo no ha movido ni su lengua ni su pie para sacar a ninguno de sus parientes de su plebeyez y pobreza, sino que ha impedido que otros lo hayan hecho. Se ha encontrado con personas de condición y de piedad, incluso con algunos Prelados, que han querido en atención a él, hacer estudiar a algunos de sus sobrinos y cuidar de ellos para elevarlos al Estado eclesiástico, o a cualquier otra condición honesta. A éstos les respondía que había que preocuparse para no des viar de esos jóvenes los designios que Dios tenía sobre ellos, y que, a su parecer, valía más dejarlos en la condición de su padre, por ser la condición de labrador una de las más inocentes y de las más propias para salvarse, Todavía fue más adelante, y sintió en sí mismo un gran deseo de instalar Sacerdotes de su Congregación en su tierra, para que prestaran allí los mismos servicios que hacían en otros lugares, y, a pesar de eso, temiendo que hubiera en ello alguna mezcla de amor propio y de afecto natural para con los suyos, examinó delante de Dios ese sentimiento, y se contuvo, diciéndose a sí mismo: ¡ Desgraciado!, ¿ en qué estás pensando? ¿ Es que no deben ser para ti indiferentes todos los países? Y todas las almas¿ no han costado lo mismo al Hijo de Dios? ¿ Por qué, pues, tratas de socorrer más a los unos que a los otros? Por mortificar ese deseo llegó a tanto, que, temiendo que procediera, más bien, de un sentimiento de la naturaleza que de un movimiento de la gracia, resolvió no dar nunca por sí mismo un paso, ni decir una palabra para procurar aquella fundación. De todo lo que acabamos de decir se puede colegir hasta qué grado había mortificado el Sr. Vicente el amor natural por su tierra y por sus familiares.

Se dice habitualmente que, como del movimiento bien acompasado de la aguja de la esfera del reloj es fácil conocer el ajuste de las ruedas y de las otras piezas que componen el reloj, así también del buen uso de la lengua se puede juzgar del buen estado del interior, ya que los afectos y las pasiones del corazón vienen a ser como los muelles reales, que le dan ordinariamente el movimiento y que forman y animan sus palabras. Y ciertamente, aunque no tuviéramos otras pruebas de la mortificación interior del Sr. Vicente, que ese dominio absoluto que tenía sobre el comportamiento de su lengua, eso bastaría para hacernos conocer que ha poseído esa virtud en un grado altísimo de perfección, pues, según la doctrina del Apóstol Santiago: El que no peca con su lengua pue de ser llamado hombre perfecto. Se había hecho tan dueño de esa parte que el mismo Apóstol llama indomable, que no se le escapaba ninguna o muy pocas palabras inútiles y superfluas, y nunca de las que saben a murmuración, jactancia, vanidad, adulación, desprecio, mofa, impaciencia u otras parecidas, salidas de una pasión agitada y sin control. Se dominaba tan perfectamente, que hasta en el acaloramiento de los discursos pronunciados en público, aunque no hubiera previsto lo que iba a decir, con todo, no decía jamás ninguna cosa inconsiderada; y le ocurrió muchas veces, que, al abrir la boca para decir algo extraordinario, que le venía de repente al pensamiento, se detenía rápidamente, como si se recogiera en sí mismo, y consideraba ante Dios, si sería conveniente decirlo, y después continuaba hablando, no según la inclinación que podía sentir, sino según que viera ser más agradable a Dios, y más conforme al movimiento de la gracia.

Cuando para entretenerle o para darle alguna satisfacción le contaban alguna novedad o alguna otra cosa extraordinaria que él ya la sabía, la escuchaba con atención, sin manifestar que tenía algún conocimiento de ella, tanto para mortificar el amor propio que está siempre presto para hacer ver que no ignora lo que los demás ya saben, como por no privar a los que hablaban de la satisfacción que podían sentir de haberle hecho saber una cosa nueva Pero, sobre todo, sabía retener la lengua, e imponerle un silencio riguroso, cuando le criticaban, o cuando por algún arrebato le llenaban de insultos y de injurias: pues, aunque en esas ocasiones, la naturaleza desea ardientemente justificarse y rechazar la injuria que le hacen a uno, sin embargo, a imitación de su Divino Maestro se recogía dentro de sí, y ponía toda su fuerza en el silencio y en la paciencia, bendiciendo en su corazón a quienes lo maldecían, y orando por los que lo ultrajaban.

Estaba obligado, como Jefe de una Congregación ya muy extendida, a atender a todas sus necesidades, y, al no disponer muchas veces de todo lo que era necesario para satisfacerlas, tenía siempre muchas preocupaciones en su cabeza, y para colmo, le escribían o informaban a menudo de noticias dolorosas de pérdidas notables causadas por diversos accidentes sobre los bienes y sobre las fincas de la Compañía, y eso le hacía todavía más difícil el poder atender a los grandes cargos, que él debía sobrellevar. Pues bien, en todas esas ocasiones, que son extremadamente apremiantes para desatar la lengua en lamentos y en murmuraciones, reprimía de tal manera los primeros movimientos de dolor, y mortificaba tan bien la animosidad que sentía por ello, que aguantaba con admirable igualdad de ánimo y, hasta con acción de gracias, esos accidentes deplorables y sorprendentes, y no decía otra cosa, que: Alabado sea Dios; bendito sea Dios. Tenemos que someternos a su beneplácito, y aceptar de buen grado todo lo que quiera enviarnos.

También dio a conocer qué mortificado era en su lengua, y qué dominio había adquirido sobre esa parte, tan difícil de dirigir, cuando, presentándosele como se le presentaban infinidad de ocasiones que le invitaban, y también que parecían obligarle a hablar de su cautividad en Túnez, siendo una cosa agradable a la naturaleza relatar los peligros y los accidentes más peligrosos de los que se libró más felizmente, y en particular cuando eso hace conocer alguna virtud que hay en nosotros, y que el éxito puede tornar en nuestra propia alabanza, sin embargo, es una cosa maravillosa, que en la coyuntura que fuera, nunca se le ha oído decir ni una sola palabra de su cautividad, ni de lo que había hecho o dicho para convertir al que lo tenía cautivo, y para salvarse con él de las manos de los infieles. Y aunque se vio obligado a hablar bastante frecuentemente a los suyos de los esclavos de Berbería, para exhortarlos a ir a prestarles alguna ayuda, o a las personas de fuera para invitarlas a contribuir con sus bienes a socorrer y a libertar a los pobres cautivos, sin embargo, nunca habló de sí mismo, ni de lo que le había ocurrido en aquellos lugares, porque no lo podía hacer sin descubrir alguna cosa que fuera en alabanza suya. Hablaba con gusto de los casos de humillación que le habían ocurrido, pero jamás de lo que podía directa o indirectamente dar motivo de hacerle más estimado. Ciertamente, nunca hubiera podido alcanzar semejante dominio de la lengua, si no se hubiera hecho dueño absoluto de sus sentimientos y de sus movimientos internos por una continua práctica de la mortificación: la consideraba de tal necesidad, no solamente para la perfección, mas también para la salvación, que para expresarla decía a veces: Que si una persona tuviera un pie en el cielo y dejara de practicar esta virtud, en el intervalo de tiempo que hiciera falta para meter allí el otro, estaría en peligro de perderse.

Esta es la razón por la cual ha tratado siempre de inspirar a los de su Compañía un espíritu de mortificación interior, una gran desnudez y desapego de todas las cosas, y una muerte universal a todos los sentidos, a todos los movimientos de la naturaleza, a todo interés particular, a todo amor propio y búsqueda de sí mismo, para vivir solamente con la vida del espíritu.

«Seamos firmes en resistir a la naturaleza —les decía sobre este tema un día— pues si le das la mano, te cogerá el brazo. Y estemos seguros de que la medida de nuestro progreso en la vida espiritual está en nuestro progreso en la vida de la mortificación, que es especialmente necesaria para los que han de trabajar en la salvación de las almas, porque es inútil que prediquemos la penitencia a los demás, si nosotros estamos vacíos de ella, y si no la demostramos en nuestras acciones y modo de comportarnos».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *