Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 13, Sección 2

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Ideas de Sr. Vicente referentes a la virtud de la humildad

Aunque el Sr. Vicente se aprovechaba para humillarse de todas las ocasiones, como ya lo hemos indicado en este Capítulo, y aunque se pueda decir sin equivocarse que toda clase de cosas le servían de materia para practicar la humildad, sin embargo, tenía dos principales motivos, que venían a ser como los dos ejes sobre los cuales giraban todos los sentimientos que tenía sobre dicha virtud, y todos los actos que hacía y aconsejaba a otros.

El primero era el gran conocimiento y los puntos de vista singularísimos que poseía de las infinitas perfecciones de Dios y de los defectos de las criaturas, que le daban motivos para considerar una injusticia el no humillarse siempre y en todo, dada la condición desgraciada del hombre y la grandeza y santidad infinita de Dios. Veamos con qué palabras habló un día a los suyos acerca de esta cuestión: «Verdaderamente, señores y hermanos míos, si todos queremos estudiarnos para conocernos bien a nosotros mismos, hallaremos que es muy justo y muy razonable despreciarse a sí mismo. Porque si de un lado consideramos seriamente la corrupción de nuestra naturaleza, la ligereza de nuestro espíritu, las tinieblas de nuestro entendimiento, el desarreglo de nuestra voluntad y la impureza de nuestros afectos; y, por otro lado, si pesamos correctamente en el peso del Santuario nuestras obras y nuestras producciones, nos encontraremos con que el conjunto en muy digno de desprecio. Pero, ¿qué?, me dirán ustedes, ¿pone usted dentro de ese número las predicaciones que hemos hecho, las confesiones que hemos oído, los desvelos y los sinsabores que hemos aguantado por el prójimo y por el servicio de Nuestro Señor? Sí, señores, si repasamos nuestras mejores acciones, nos encontraremos con que la mayor parte de ellas las hemos realizado mal en cuando al modo y, a menudo, en cuanto al fin; y que, de cualquier manera que las consideremos, puede haber tanto mal como bien; porque, díganme, les ruego: ¿qué es lo que puede producir la nada? y ¿qué puede hacer el pecado? y ¿qué otra cosa es lo que tenemos de nosotros mismos, sino la nada y el pecado? Tengamos, pues, por cierto, que en todo y por todo somos dignos de rechazo y siempre muy despreciables, a causa de la oposición que tenemos por nosotros mismos a la santidad y a las demás perfecciones de Dios, a la vida de Jesucristo y a las operaciones de su gracia. Lo que nos persuade aún más esta verdad es la inclinación natural y continua que tenemos al mal, nuestra impotencia al bien y la experiencia, que tenemos todos, de que, incluso cuando pensamos que hemos salido bien en un acto, o coincidido perfectamente en nuestros pareceres, sucede todo lo contrario, y Dios permite frecuentemente que seamos despreciados. Así que si tratamos de conocernos bien, veremos que en todo lo que pensamos, decimos y hacemos, sea en la sustancia o en las circunstancias, estamos llenos o rodeados de motivos de confusión y de desprecio; y si no nos queremos halagar, nos veremos no solamente peores que los demás hombres, sino peores, en cierto modo, que los demonios del infierno; porque, si esos desgraciados espíritus tuvieran a disposición las gracias y los medios que nos han dado para ser mejores, harían mil y mil veces mejor uso de ellas que lo que nosotros hacemos».

El segundo motivo era el ejemplo y las palabras de Jesucristo, a quien siempre tenía ante sus ojos y exponía a los ojos de los demás. Citando un día sobre este tema, en una charla pronunciada ante los suyos, estas palabras de Jesucristo: Aprended de Mí, que soy humilde de corazón,y estas otras: El que se humilla será ensal zado, y el que se ensalza, será humillado,añadió lo que sigue:  «¿Qué es la vida del Divino Salvador, sino una humillación continua, activa y pasiva? La ha amado de tal modo, que nunca la dejó a un lado en la tierra durante su vida; y aún después de su muerte, ha querido que la Iglesia nos haya representado su Persona divina por la figuración de un crucifijo, con el fin de aparecer ante nuestros ojos en un estado de ignominia, como suspendido por nosotros como un criminal, y como habiendo sufrido la muerte más deshonrosa y más infame que se haya podido jamás imaginar. ¿Por qué eso? Porque conocía la excelencia de las humillaciones y la malicia del pecado contrario, que no solamente agrava los otros pecados, sino que hace viciosas las obras, que de por sí no son malas, y puede inficionar y corromper las que son buenas, incluso las más santas».

El Sr. Vicente, como tenía el espíritu y el corazón lleno de esos dos grandes motivos de la humildad, no hay por qué extrañarse, si en todas las ocasiones manifestaba tanta estima por esta virtud, y si se esforzaba en plantarla bien antes en los corazones de toda clase de personas, especialmente de sus Hijos queridos, para que pudieran echar allí profundas raíces. Veamos en qué términos les habló un día sobre ella: «La humildad es una virtud tan amplia, tan difícil y tan necesaria, que nunca pensaremos bastante en ella. Es la virtud de Jesucristo, la virtud de su Santa Madre, la virtud de los mayores Santos, finalmente la virtud de los Misioneros. Pero ¿qué digo? Sería mejor decir que deseamos tenerla; cuando digo que es la virtud de los Misioneros, quiero decir que es la virtud que más necesitan y de la que han de sentir más ardiente deseo; pues, esta insignificante Compañía, que es la última de todas, sólo tiene que asentar su fundamento en la humildad, como en su virtud propia; si no, nunca haremos nada que valga la pena, ni dentro ni fuera de ella. Sin la humildad, no hemos de esperar ningún progreso nuestro, ni beneficio alguno para el prójimo. ¡Oh Salvador! Danos esta virtud, que es tan tuya, que Tú mismo la enseñaste al mundo, y a la que quieres con tanto afecto. Y ustedes, señores, sepan que el quiera ser un buen Misionero, se ha de esforzar continuamente en adquirir esa virtud y perfeccionarse en ella, evitando, sobre todo, cualquier pensamiento de orgullo, de ambición y de vanidad, que son los peores enemigos con los que puede tropezar. Hay que cortarlos en seguida de raíz apenas aparezcan, para exterminarlos, y vigilar con mucha atención para que no se cuelen en nuestra alma. Sí, lo afirmo sin duda alguna, si somos verdaderos Misioneros, hemos de estar todos y cada uno muy contentos de que nos tengan por espíritus pobres y ruines, por personas sin virtud, que nos traten de ignorantes, que nos injurien y desprecien, que reprochen nuestros defectos, que digan que somos insoportables por nuestras miserias e imperfecciones»

«Paso todavía más adelante, y digo que debemos de estar muy contentos, porque dicen de nuestra Congregación, en general, que es inútil para la Iglesia, que está compuesta de pobres hombres, que no sale bien parada en todo lo que emprende, que sus actividades en el campo son infructuosas, los Seminarios sin gracia, las Ordenaciones sin orden. Sí; si poseemos el verdadero espíritu de Jesucristo debemos alegrarnos por ser considerados así, como acabo de decirles. Pero, replicará alguno: Señor, ¿qué es lo que usted dice? Durus est hic ser mo.Ciertamente, les confieso que sí, que esto es muy duro a la naturaleza, y que le es a uno muy difícil persuadirse que ha hecho mal; y todavía más, el sufrir que lo crean, y que se lo echen en cara; pero también eso le es bien fácil comprender a un alma que posee la verdadera humildad, y que se conoce tal cual es: tan lejos está de entristecerse por eso, que, al contrario, se alegra, y está muy contenta al ver que, por sus humillaciones y por su insignificancia, Dios sea exaltado y glorificado. Sé bien, que Nuestro Señor hace la gracia a muchos de la Compañía de ir a pleno vuelo en esta virtud, y de animar sus actos con el deseo de su propio anonadamiento, y del gusto a ocultarse y a confundirse. Pero es necesario pedir a Dios que haga El la misma gracia a todos los demás, a fin de que no tengamos otras pretensiones que rebajarnos y anonadarnos por el amor y por la gloria de Dios y, que, finalmente, la virtud propia de la Misión sea la humildad. Para que ustedes se aficionen más a ella, fíjense en lo que les voy a decir: que si alguna vez han oído ustedes relatar por personas de fuera algún bien que haya sido hecho por la Compañía, verán ustedes que se debe a que ha aparecido en ella algún rastro de humildad, y que ellas le han visto practicar algunos actos bajos y despreciables, como instruir a los campesinos y servir a los pobres. Igualmente, si ustedes ven a los Ordenandos salir de sus Ejercicios edificados de la casa, si se fijan bien, ustedes lo reconocerán, que es porque han notado una forma de actuar humilde y sencilla, que es una novedad para ellos y un encanto y un atractivo para todo el mundo. Sé que en la última Ordenación, un eclesiástico, que estuvo aquí durante los Ejercicios, ha manifestado en un escrito que ha dejado por descuido, los grandes sentimientos de piedad que se llevaba de aquí, por un barniz de humildad que había observado».

Otra vez hablando de esta misma virtud a los suyos:  «Fíjense —les dijo— en la recomendación que Nuestro Señor nos hizo con estas palabras: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y suplíquenle que les dé el poder entender bien esas palabras. Si conseguimos sólo que nos dé el deseo de las humillaciones, ya será bastante, aunque no lleguemos a conocer esta virtud, como Nuestro Señor, que sabía la relación que guarda con las perfecciones de Dios, su Padre, y con la bajeza del hombre pecador. Es verdad que nosotros sólo veremos esto muy oscuramente en nuestra vida, pero hemos de tener, incluso en medio de las tinieblas, la confianza de que, si nuestro corazón se aficiona a las humillaciones, Dios nos dará la humildad, nos la conservará y nos la aumentará por los actos que nos hará llevar a cabo. Pues un acto de virtud bien hecho dispone para hacer otro, y el primer grado de humildad sirve para subir al segundo, y el segundo al tercero, y así sucesivamente».

«Recuerden, señores y hermanos míos, que Jesucristo, hablando del publicano, dijo que su oración había sido escuchada; que si El ha rendido este testimonio de un hombre que había sido un malvado toda su vida, ¿qué no deberemos esperar nosotros, si somos verdaderamente humildes? Por el contrario, ¿qué le ocurrió al fariseo? Era un hombre separado del resto del pueblo por su condición, que venía a ser como una especie de Religión entre los Judíos, y, según ella, oraba, ayunaba y hacía muchas otras cosas buenas, a pesar de las cuales no dejó de ser reprobado por Dios. Y ¿por qué eso? Porque miraba sus obras buenas con complacencia, y se dejaba llevar de la vanidad por ellas, como si las hubiera hecho por su propia virtud. Miren, pues, a un justo y a un pecador, delante del trono de Dios. Y porque el justo está sin humildad es rechazado y reprobado con sus obras buenas, y lo que parecía virtuoso en él, se convierte en vicio. Por el contrario, vean a un pecador, que reconociendo su miseria, y movido por un verdadero sentimiento de humildad, se queda a la puerta del Templo, se golpea el pecho, y no se atreve a levantar los ojos al cielo; y por esa humilde disposición de corazón, aunque había entrado en el Templo culpable de muchos pecados, sin embargo, sale justificado de allí; y una sola humillación ha sido para él un medio de salvación. En eso podemos ver que la humildad, cuando es verdadera, introduce en el alma las demás virtudes, y que humillándose profunda y sinceramente, de pecador que era, se hace justo. Sí, por muy criminales que seamos, si recurrimos a la humildad, hará que seamos justos; y, por el contrario, aunque fuéramos como ángeles y sobresaliéramos en las más grandes virtudes, como no disponen de base, no pueden subsistir, y, al quedar destruidas por falta de humildad, nos hacemos semejantes a los condenados, que no tienen ninguna. Quedémonos bien con esta verdad, señores, y que cada uno de nosotros lo grabe bien antes en su corazón, y que diga, hablando consigo mismo: Aunque tuviera todas las virtudes, si, con todo, carezco de humildad, me engaño; y pensando ser virtuoso, sólo soy un soberbio fariseo, y un Misionero abominable. ¡Oh Salvador Jesucristo! Difunde sobre nuestros espíritus esas luces divinas de las que estaba llena tu alma y que Te hacen preferir la contumelia a la alabanza. Abrasa nuestros corazones de los santos afectos, que abrasaban y consumían el tuyo, y que Te han hecho buscar la gloria de tu Padre celestial en Tu propia confusión. Haz por Tu gracia, que comencemos desde ahora a rechazar todo lo que no vaya dirigido a tu honor y a nuestro desprecio, todo lo que huela a vanidad, a ostentación y a propia estima; que renunciemos, una vez por todas, al aplauso de los hombres tramposos y embusteros, y a la vana imaginación del éxito en nuestras obras; finalmente, Salvador mío, que aprendamos a ser verdaderamente humildes de corazón por tu gracia y por tu ejemplo».

Una mañana al terminar la meditación, preguntó a uno de los suyos, en presencia de la Comunidad reunida, qué pensamientos había tenido en su meditación; y el interesado le respondió que había pasado parte de ella con una pena espiritual. Entonces, tomándola como tema de la Conferencia, le dijo: «Es una buena práctica fijarse en el detalle de las cosas humillantes, cuando la prudencia permite que se las declare en alta voz, a causa del provecho que se saca de ahí, sobreponiéndose a sí mismo en la repugnancia que siente en descubrir y manifestar lo que la soberbia quisiera tener guardado. San Agustín hizo públicos sus pecados secretos de juventud, componiendo con ello un libro, para que toda la tierra supiera todas las impertinencias de sus errores y los excesos de sus desenfrenos. Y el vaso de elección, San Pablo, el gran Apóstol, que fue arrebatado hasta el cielo, ¿no confesó que había perseguido a la Iglesia? El mismo lo ha puesto por escrito, para que hasta el fin del mundo se supiera que había sido un perseguidor. Ciertamente, si uno no se fija en sí mismo, y si no se hace alguna violencia para declarar las propias miserias y defectos, sólo se dirán las cosas que pueden provocar estima, y se ocultarán las que produzcan confusión: eso es lo que hemos heredado de nuestro primer padre Adán, quien después de haber ofendido a Dios fue a esconderse».

«He pasado visita varias veces en algunas casas de religiosas, y con frecuencia he preguntado a varias de ellas a qué virtud tenían más aprecio y atracción. Lo preguntaba también a las que sabía que gustaban menos de las humillaciones; pero apenas, entre veinte, he hallado una que no me dijera que era la humildad. Tan cierto es esto, que todos encuentran a esta virtud hermosa y amable. ¿De dónde procede, pues, que haya tan pocos que la abracen, y aún menos que la posean? De que uno se contenta con considerarla, y no se esfuerza en adquirirla: es encantadora en la especulación, pero en la práctica tiene una cara desagradable a la naturaleza; y sus actos no nos gustan, porque nos obligan a escoger siempre el lugar más bajo, a ponernos debajo de los demás y de los menores, a sufrir las calumnias, a buscar el desprecio, a amar la abyección, que son todas ellas cosas a las que aborrecemos. Y por eso, es necesario que pasemos por encima de esa repugnancia, y que cada uno se haga algún esfuerzo para llegar a la práctica actual de esta virtud. De otra forma, no la adquirimos nunca. Sé muy bien que, por la gracia de Dios, hay entre nosotros quienes practican esta virtud divina, y quienes no solamente no tienen buena opinión ni de sus talentos, ni de su ciencia, ni de su virtud, sino que se consideran muy miserables, y que quieren ser reconocidos por tales, y que se ponen por debajo de todas las criaturas; y es necesario que les diga que yo no veo nunca a esas personas sin que me produzcan confusión en el alma, porque son un reproche secreto de orgullo, que está en mí; tan abominable soy. Pero esas almas están siempre contentas, y su alegría sube hasta su cara, porque el Espíritu Santo, que reside en ellas, las colma de paz, de modo que no hay nada que sea capaz de perturbarlas: si las contradicen, quedan conformes; si se las abruma con ocupaciones, trabajan a gusto; y por difícil que sea una cosa que les han ordenado, se entregan a ella gustosamente, confiándose a la virtud de la santa obediencia; las tentaciones que se les presentan, sólo sirven para afincarlas más en la humildad, y para hacerlas acudir a Dios, y para volver así victoriosas del demonio; de modo que no tienen ningún enemigo para combatir, fuera del orgullo, que nunca nos da treguas durante esta vida, sino que ataca, de diversas maneras, hasta a los Santos más grandes que están en la tierra, inclinando a unos a complacerse vanamente en el bien que han hecho, y a otros, en la ciencia que han adquirido; a éstos, a presumir que son los más ilustrados, y a éstos otros, a creerse los mejores y los más firmes. Por eso, tenemos un motivo muy grande para pedir a Dios que quiera garantizar y preservarnos de ese vicio pernicioso, que tanto más de temer, es cuanto que sentimos todos una inclinación natural hacia él. Y, además, debemos estar vigilantes, y llevar la contraria a lo que la naturaleza corrompida nos quiere llevar: si nos eleva, rebajémonos; si nos excita a los deseos del aprecio de nosotros mismos, ocultemos lo que nos puede hacer notar, y prefiramos las acciones bajas y viles a las que llevan consigo el brillo, y que son honrosas. Finalmente, recurramos frecuentemente al amor de nuestra abyección, que es un refugio seguro para ponernos a cubierto de semejantes agitaciones, que esta inclinación desgraciada, que tenemos en el orgullo, nos suscita incesantemente. Pidamos a Nuestro Señor, que le sea agradable atraernos junto a El por el mérito de las humillaciones adorables de su Vida y de su Muerte. Ofrezcámosle, cada uno para sí y solidariamente unos por otros, todas las que podamos practicar, y practiquemos este ejercicio por el único motivo de honrarlo y confundirlo».

En otra ocasión, hablando a los mismos sobre el asunto tratado en una Conferencia: «Los Señores Eclesiásticos, que se reúnen aquí —les dijo— tomaron como tema de su Conferencia, el martes pasado, las virtudes que cada uno de ellos había observado en el difunto Sr. Abad Olier, que era de su Compañía. Entre las cosas que dijeron, una de las más interesantes fue que ese gran Siervo de Dios tendía ordinariamente a rebajarse en sus palabras y que, entre todas las virtudes, la que procuraba practicar de manera especial era la humildad. Pues bien, mientras ellos hablaban, yo iba considerando los cuadros de esos santos personajes, que hay en nuestra sala, y me decía a mí mismo: ¡Señor Dios mío! ¡Si pudiéramos penetrar de bidamente en las verdades cristianas como ellos lo hicieron y conformarnos con ese conocimiento! ¡Cuánto bien haríamos, y cuán de otra manera obraríamos que lo que hacemos ahora!Por ejemplo, deteniéndome en el retrato del Bienaventurado Obispo de Ginebra, pensaba que, si mirásemos las cosas del mundo con los mismos ojos con que él las miraba, si hablásemos de ellas con los mismos sentimientos con que él hablaba y nuestros oídos no estuvieran abiertos más que a las verdades eternas, como estaban los suyos, entonces la vanidad no tendría mucho que hacer en nuestros sentimientos y en nuestros espíritus».

«Pero, sobre todo, señores, si consideramos atentamente ese hermoso cuadro, que tenemos ante los ojos, ese admirable original de la humildad, Nuestro Señor Jesucristo, ¿podríamos acaso dar entrada en nuestras almas a alguna buena opinión de nosotros mismos, viéndonos tan alejados de su prodigioso espíritu de humildad? ¿Seríamos tan temerarios que nos preferiríamos a los demás, viendo que El fue pospuesto a un asesino? ¿Tendríamos acaso miedo de que nos reconocieran como miserables, al ver al inocente, tratado como un malhechor, muriendo entre dos criminales, como el más culpable? Pidámosle a Dios, señores, que nos preserve de semejante ceguera; pidámosle la gracia de tender siempre a nuestro rebajamiento; confesemos delante de El y delante de los hombres, que, por nosotros mismos, no somos más que pecado, ignorancia y malicia; deseemos que así lo crean todos y que todos nos desprecien. En fin, no perdamos ninguna ocasión de rebajarnos por medio de esta santa virtud».

«Pero no es bastante desearlo y decidirse a ello, como muchos lo hacen; es menester hacerse violencia para llegar a la práctica de los actos de esta virtud, y esto es lo que no se hace suficientemente».

Un Sacerdote de la Misión, que estaba trabajando en Artois, de donde era natural, hizo imprimir, por propia iniciativa, un resumen del Instituto de la Congregación de la Misión. Habiéndolo sabido el Sr. Vicente, quedó muy contrariado, al ver que aquello era totalmente opuesto al espíritu de humildad que él observaba y se esforzaba, por todos los medios, en inculcar en todos los miembros de su Compañía. Por eso lo escribió en estos términos: «Si por un lado me he alegrado, al enterarme de que usted está de vuelta en Arras, por el otro estoy muy afligido, al ver que usted ha impreso ahí el Resumen de nuestro Instituto. Por eso, he sentido un dolor tan sensible, que no se lo puede expresar; porque ¡cuidado que es una cosa muy opuesta a la humildad publicar lo que somos y lo que hacemos! Eso es ir contra el ejemplo de Nuestro Señor, que no quiso que, mientras El estuviera en la tierra, se escribieran sus palabras ni sus obras. Si hay algún bien en nosotros y en nuestro modo de vivir, es de Dios, y es El quien ha de manifestarlo, si así lo juzga conveniente. Pero en cuanto a nosotros, que somos unos pobres ignorantes y pecadores, nos debemos ocultar como inútiles para todo bien, y como indignos de que piensen en nosotros. Por eso, señor, Dios me ha concedido la gracia de mantenerme firme hasta el presente para no consentir, de ningún modo, que se hiciera imprimir nada que diera a conocer y apreciar la Compañía, aunque me han urgido mucho, especialmente por algunas Relaciones llegadas desde Madagascar, de Berbería y de las Islas Hébridas. Y aún menos hubiera permitido la impresión de una cosa que se refiere a la esencia y al espíritu, al nacimiento y al progreso, a las funciones y al fin de nuestro Instituto. Y pluguiera a Dios, señor, que todavía estuviese sin hacer, pero ya que no hay remedio, tengamos paciencia. Le ruego solamente que no haga nunca más nada que se refiera a la Compañía sin advertírmelo antes».

El Siervo de Dios, verdaderamente humilde, no se cansaba de repetir y de inculcar a su Compañía esas hermosas lecciones de humildad. He aquí cómo les habló en otra ocasión: «Dios no nos ha enviado para tener cargos y ocupaciones honorables, ni para obrar o hablar con pompa y con autoridad, sino para servir y evangelizar a los pobres, y realizar las demás actividades de nuestro Instituto de una forma humilde, sencilla y familiar. Por eso, podemos aplicarnos lo que dice San Juan Crisóstomo en una de sus homilías que, mientras sigamos siendo ovejas por una verdadera y sencilla humildad, no sólo no nos devorarán los lobos, sino que incluso los convertiremos en ovejas; por el contrario, si nos salimos de esta humildad y sencillez, que es propia de nuestro Instituto, perderemos la gracia, que les está vinculada, y no conseguiremos ninguna en los actos brillantes. Ciertamente, ¿es justo que un Misionero, que por su humilde profesión se ha hecho digno de las bendiciones del cielo y de la aprobación y estima de los hombres, se vea privado de aquéllas y de éstas por dejarse llevar a unas obras en las que anda mezclado el espíritu del mundo, por el honor que allí se busca, y que son opuestas al espíritu de su vocación? ¿No hay motivos para temer que se disipe en el aire y que caiga en el desorden, lo mismo que se dice de aquel siervo que, al convertirse en amo, se hizo, al mismo tiempo, orgulloso e insoportable? El difunto Sr. Cardenal de Bérulle, gran siervo de Dios, solía decir que era conveniente estar abajo; que la condición de los pequeños es más segura, y que había no sé qué malignidad en la condición de los altos y elevados; que, por eso, los Santos habían huido siempre de las dignidades, y que Nuestro Señor, para convencernos con su ejemplo lo mismo que con su palabra, había dicho de Sí mismo, que había venido al mundo a servir y no a ser servido».

Tenía por norma, que la humildad era la raíz de la caridad, y que cuanto más humilde fuera una persona, tanto más caritativa se haría para con el prójimo. A propósito de esto, hablando un día a los suyos, les dijo: «Desde hace setenta y siete años que Dios me sufre sobre la tierra, he pensado y repensado muchas veces en los medios más apropiados para adquirir y conservar la unión y la caridad con Dios y con el prójimo; pero no he hallado uno mejor, ni de mas eficacia, que la santa humildad: la de rebajarse siempre por debajo de todos los demás, no juzgar mal de nadie y considerarse el menor y el peor de todos. Porque es el amor propio y el orgullo el que nos ciega, y el que nos lleva a defender nuestras ideas contra las de nuestro prójimo».

Otra vez afirmaba: «Que no hemos de poner nunca los ojos, ni fijarnos en lo bueno que haya en nosotros, sino procurar conocer lo que hay de malo y de defectuoso, pues éste es un gran medio para conservar la humildad». —Y añadía que «ni el don de convertir a las almas, ni todos los demás talentos externos que hay en nosotros, son nuestros, pues sólo somos sus depositarios, y con todo ello podemos condenarnos. Por tanto, que nadie puede sentirse orgulloso ni complacerse en sí mismo, ni concebir estima alguna de sí mismo, al ver que Dios realiza grandes cosas por su medio; sino que es entonces, cuando más hay que humillarse y reconocerse como un instrumento ruin del que Dios se digna servirse, lo mismo que la vara de Moisés, que realizaba prodigios y milagros, sin ser más que una vara vulgar y un palito frágil».

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