Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 19

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Luis Abelly · Translator: Martín Abaitua, C.M.. · Year of first publication: 1664.

Cualidades de cuerpo y de alma del Sr. Vicente y características de su forma de actuar


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En cuanto al cuerpo, el Sr. Vicente era de talla mediana y bien proporcionada. De cabeza algo calva y bastante grande, pero bien hecha en justa proporción con el resto del cuerpo. La frente, ancha y majestuosa; la cara ni muy llena ni muy seca; su mirada era dulce; su vista, penetrante; su oído, agudo; su porte, grave y su gravedad, benigna. Su continente, abierto y sin doblez; su manera de presentarse, muy afable, y su natural, bonachón y amable. Era de temperamento bilioso y sanguíneo, y de complexión bastante fuerte y robusta. Eso no impedía que fuera más sensible de lo que parecía a los cambios de aire, y, como consecuencia, era muy atacado por la fiebre

Estaba dotado de un alma grande; comedido, circunspecto, capaz de grandes cosas y difícil de ser sorprendido. No entraba superficialmente en el conocimiento de los asuntos; pero cuando se metía de lleno, llegaba hasta el mismo meollo de la cuestión: descubría todas las circunstancias, pequeñas y grandes. Preveía los inconvenientes y sus consecuencias, pero nunca daba su opinión de antemano por miedo a equivocarse, salvo que se viera obligado. No decidía nada sin sopesar previamente las razones en pro o en contra, y estaba siempre dispuesto a ponerse de acuerdo con los demás. Cuando tenía que manifestar su parecer o tomar alguna resolución, desarrollaba la cuestión con tanto orden y claridad, que causaba admiración a los más expertos, sobre todo, en materias espirituales y eclesiásticas

Nunca se precipitaba en los negocios, ni se asustaba por su número, ni por las dificultades que se le presentaban; sino que, con una presencia y una entereza de ánimo infatigable, se enfrentaba con ellas, y se aplicaba con orden y sabiduría a resolverlas, y toleraba la pesadumbre y la molestia con paciencia y tranquilidad

Cuando se trataba de algún asunto que había que estudiar, escuchaba con mucho gusto a los demás, sin interrumpir nunca a nadie mientras hablaba. Toleraba, sin molestarse, que le interrumpieran, parándose inmediatamente, y después, volvía a coger el hilo de su discurso. Cuando daba su parecer sobre alguna cosa, no se extendía mucho en su exposición: declaraba sus pensamientos con términos escuetos. Dotado, como estaba, de cierta elocuencia natural no sólo para explicar con claridad y solidez, más también para conmover y persuadir con palabras muy afectuosas a los que le escuchaban, cuando se trataba de conducirlos al bien. En todos sus discursos mezclaba en justa proporción la prudencia con la sencillez. Decía las cosas con sinceridad tal como las pensaba. Pero también sabía callarlas acertadamente, cuando veía algún inconveniente para hablar de ellas. Estaba siempre con presencia de ánimo y atento para no decir nada, ni escribir algo mal digerido, o que manifestase acritud, desprecio, o falta de respeto y de caridad con quien fuera

Su espíritu se mantenía muy alejado de los cambios, novedades, y singularidades. Tenía como norma no cambiar fácilmente las cosas, cuando estaban bien, con el pretexto de ponerlas mejor. Desconfiaba de todas las clases de proposiciones nuevas y extraordinarias, especulativas o prácticas, y se mantenía firme en los usos y opiniones comunes, sobre todo, en materia de religión. Decía a este propósito:

«Que el espíritu humano es pronto e inquieto; que los espíritus más listos e ilustrados no siempre son los mejores, sino los más prudentes y los que andan en seguridad y no se separan del camino por donde ha caminado la mayoría de los sabios»

No se detenía en la apariencia de las cosas; antes bien, consideraba su naturaleza y su fin. Por su gran sentido común sabía distinguir bien lo verdadero de lo falso, y lo bueno de lo malo, aunque aparecieran con la misma cara

Poseía un corazón muy tierno, noble, generoso, liberal, y fácil para aficionarse de todo lo que veía verdaderamente bueno y según Dios. Sin embargo, poseía un dominio absoluto sobre todos los movimientos, y a sus pasiones las mantenía tan sujetas a la razón, que apenas podía uno darse cuenta de que las tenía

Finalmente, aunque no se pueda decir que careciera de defectos, no en vano la Sagrada Escritura dice lo contrario, y hasta los Apóstoles y demás Santos no han estado exentos de ellos, a pesar de todo, es verdad que apenas hemos visto en este último siglo a hombres tan expuestos como él a toda clase de ocasiones, de negocios y de personas, y que hayan dado menos que hablar. Dios le había hecho la gracia de dominarse siempre hasta tal punto, que nada le sorprendía. Tan al alcance de sus ojos tenía a Nuestro Señor Jesucristo, que copiaba de ese divino original todo lo que debía hablar o hacer. Este principio es el que le hizo actuar con tanta circunspección y dominio entre los más grandes, y con tanta afabilidad y bondad entre los más pequeños. Su vida y su forma de actuar nunca dieron un solo motivo de reproche, ni tampoco de aprobación universal y pública

Como sucede siempre, hay quienes se separan del común sentir: a ciertos espíritus prontos y activos, este personaje les pudo parecer lento en las decisiones de los asuntos y en ejecutarlos. Y a otros, que hablaba demasiado mal de sí mismo, y demasiado bien del prójimo.

Es cierto que en estos dos puntos parece singular; pero esa singularidad era tanto más laudable, cuanto que la mayor parte del mundo, en lugar de pasarse por ese extremo, cae de ordinario en los defectos contrarios. Se podría decir con razón de Vicente de Paúl lo que san Jerónimo escribió de santa Paula: que sus defectos eran virtudes en otros.

En cuanto a lo primero, el Sr. Vicente era lento y tardo en sus asuntos, tanto por su natural como por norma virtuosa. Por su natural, a causa de que su poderoso entendimiento le proporcionaba diversas luces acerca de un mismo tema, de forma que lo mantenía durante algún tiempo en suspenso y sin resolverse. Por norma virtuosa, en cuanto que no quería (por usar de su término habitual en esta materia) adelantarse a la Providencia: temía anticiparse un poco a sus órdenes. Incluso hubiera preferido por respeto especial a Dios y por una bajísima estima de sí, que su Divina Majestad hubiera hecho todo sin él, más que por él. Por un lado reconocía que lo que Dios hacía por su medio era siempre lo más seguro y lo más perfecto; por otro, que de ordinario los hombres antes impiden el bien, que hacerlo; o, cuando menos, le aportan mucho de menoscabo, y siempre mezclan algún defecto o imperfección. Decía a este propósito, «que no había visto nada más común que el mal resultado de los asuntos precipitados». Y la experiencia ha demostrado que tan lejos está que la lentitud del Sr. Vicente haya echado a perder o impedido algún buen negocio, que hasta se puede decir por el contrario que es uno de los que más cosas ha hecho y más variadas y más importantes, y que ha estado más continuamente ocupado, y que ha llegado más felizmente a término en sus actividades, como se verá más adelante. Por eso, parece que Dios ha querido dar a conocer que el éxito de los buenos proyectos no depende de la prisa ni del ardor con que actúan los hombres. La tierra, por muy lenta que sea, es la que produce árboles y frutos; y la actividad del fuego, si no es moderado y proporcionado, sólo vale para destruir.

En cuanto al segundo punto, podemos decir con verdad, que el mundo está tan acostumbrado a alabarse a sí mismo y a rebajar el aprecio del prójimo, que si el Sr Vicente hubiera seguido en eso la forma ordinaria de comportarse otros, no se habría dicho nada. Mas, porque hizo lo contrario, habrán encontrado de qué murmurar, y no les habrá gustado la costumbre que le era habitual, de alabar a las personas virtuosas, y de rebajarse a sí mismo al nivel de los pecadores. Naturalmente, así seguía el ejemplo no sólo de los más grandes Santos, sino también del mismo Santo de los Santos, quien hablando de sí mismo por boca de un Profeta decía que era no un hombre, sino un gusanillo. Y aunque era justo e inocente, o mejor, la justicia y la inocencia misma, quiso pasar por pecador ante los hombres, y presentarse ante su Padre celestial, como cargado de todas las iniquidades de los pecadores

El Sr. Vicente había tomado tan a pechos la práctica de la humildad y el envilecimiento de sí mismo, que, al oírle hablar, parecía que sólo veía en sí vicio y pecado. Deseaba que se le ayudara a dar gracias a Dios, no tanto por las gracias singulares que su liberalidad le comunicaba, cuanto por la paciencia que su divina misericordia tenía para con él aguantándole, como afirmaba habitualmente, en sus abominaciones e infidelidades. Eso no se debía a que en el secreto de su corazón no estuviera lleno de agradecimiento por los grandes favores y por los dones excelentes recibidos de la mano de Dios; hablaba con temor de atribuirse algún bien, o considerando todas las gracias como bienes de Dios, y juzgándose indigno de ellas, gracias que, aunque estuvieran en él, no eran de él ni debidas a él, sino únicamente a Dios y en Dios. A ejemplo de un gran Apóstol, sólo se fijaba en sus debilidades y ocultaba cuidadosamente todo lo demás. Por el contrario, cerrando los ojos a la debilidad y a los defectos de los demás, particularmente de aquellos de cuya conducta no estaba encargado, manifestaba gustosamente el bien que reconocía en los otros, no para atribuírselo a ellos sino para glorificar a Dios, soberano Autor de todo bien. Decía,

«que hay personas que piensan siempre bien del prójimo, mientras se lo permite la verdadera caridad, y que no pueden ver la virtud sin que la alaben, ni a las personas virtuosas, sin que las amen»

Así es como lo practicaba él, pero siempre con gran prudencia y discreción. Porque a los suyos los alababa muy rara vez en presencia de ellos, y solamente cuando pensaba que era conveniente para la gloria de Dios y para su mayor bien. Pero con las demás personas virtuosas se congratulaba de buena gana por las gracias recibidas de Dios y por el buen uso que ellas hacían; y hablaba de ellas, cuando lo juzgaba conveniente, para animarlas a la perseverancia en el bien.

Para expresar en pocas palabras lo que pensamos decir con más amplitud en el Libro tercero sobre las Virtudes del Sr. Vicente, el Siervo de Dios se había propuesto a Jesucristo como el único modelo de su vida, y llevaba tan bien grabada la imagen en su alma, y poseía tan perfectamente sus máximas, que no hablaba, ni pensaba, ni obraba, sino a imitación suya y guiado por El. La vida del divino Salvador y la doctrina de su Evangelio eran la única regla de su vida y de sus actos. Era toda su moral y toda su política, y, según ella, se regulaba a sí mismo y a todos los asuntos que pasaban por sus manos. Ese era el único fundamento sobre el que levantaba su edificio espiritual. Ciertamente podemos afirmar que nos ha dejado, sin él pensarlo, una descripción resumida de las perfecciones de su alma y el lema particular en las bellas palabras que dijo un día salidas de la abundancia de su corazón: «Nada me place sino en Jesucristo«. De esa fuente procedía la entereza y la constancia inquebrantable en el bien, que no se doblegaba por ninguna consideración ni respeto humano, ni propio interés, que lo mantenía siempre dispuesto a sostenerse firme  ante todas las contradicciones, a sufrir todas las persecuciones, y como dijo el Sabio, a luchar hasta la muerte en defensa de la justicia y de la verdad. Fue lo que declaró al final de su vida en estos términos tan notables: «Quien dice doctrina de Jesucristo, dice roca inquebrantable, dice Verdades eternas, que producen infaliblemente sus efectos. Antes se trastocaría todo el cielo, que fallar la doctrina de Jesucristo»

Y para que se entienda mejor esta máxima y se insinúe con más fuerza en el alma, presentamos un razonamiento familiar usado a veces por él

«La buena gente del campo decía sabe que la luna cambia, que hay eclipses del sol y de otros astros. Hablan a menudo de esas cosas y son capaces de ver cuándo tienen lugar esos sucesos. Pero un astrólogo, además de ver esos sucesos,  como los campesinos, hasta los prevé desde mucho antes: conoce los principios del Arte o de la Ciencia; dirá: Tendremos un eclipse tal día, a tal hora, y a tal minuto. Pues bien, si los astrólogos poseen ese conocimiento infalible, no sólo en Europa, sino incluso en China y en otros sitios, y si en la oscuridad del futuro, lanzan su mirada tan a lo lejos, que conocen con certeza los extraños efectos que deben ocurrir por el movimiento de los cielos de aquí a cien años, a mil años, cuatro mil años y más, siguiendo las reglas que poseen; si, digo yo, los hombres tienen ese conocimiento, ¿con cuánta más razón debemos creer que la Sabiduría Divina que penetra hasta las reconditeces de las cosas más ocultas, ha visto la verdad de las máximas y de la Doctrina Evangélica, aunque sea desconocida a la gente del mundo, que no ve los efectos más que después que han sucedido, y sólo, de ordinario, a la hora de la muerte? ¡Ah! ¿Estaremos convencidos de que esa misma doctrina y esas mismas máximas que nos han sido propuestas por la infinita caridad de Jesucristo, no nos pueden engañar? Pero lo malo es que no nos fiamos de ellas y que fácilmente nos inclinamos del lado de la prudencia humana. ¿No ven ustedes que somos culpables por fiarnos más bien del razonamiento humano, que de las promesas de la Sabiduría Eterna? ¿de las apariencias engañosas de la tierra, más que del amor paternal del Salvador que bajó del cielo para librarnos del error?»

El Sr. Vicente no sólo había llenado su corazón y su alma de las máximas y verdades evangélicas, sino que trataba en toda ocasión de infundirlas en los espíritus y en los corazones de los demás, y, en particular, de los de su Compañía. Veamos cómo les hablaba cierto día sobre este tema

«Es necesario les dijo que la Compañía se dé a Dios para alimentarse de esa ambrosía celestial, y para vivir de la misma manera que Nuestro Señor vivió, y para orientar nuestras vidas hacia El y amoldarlas a la suya»

«El nos ha puesto como primera máxima buscar siempre la gloria de Dios y su justicia, antes que todas las demás cosas. ¡Qué hermoso es esto! ¡Buscar en primer lugar el reino de Dios en nosotros, y procurarlo en el prójimo! Una Compañía que siguiera la máxima de promover cada vez más la gloria de Dios, ¿cuánto bien no conseguiría para su propia felicidad? ¿qué motivo no tendría para esperar que todo se le tornara en bien? Si pluguiera a Dios hacernos esta gracia, nuestra felicidad sería incomparable. Si en el mundo, cuando se inicia un viaje, se comprueba si se sigue el camino correcto, ¿cuánto más los que profesan seguir a Jesucristo en la práctica de las Máximas Evangélicas (en particular, la que nos manda buscar en todo la gloria de  Dios) deben comprobar lo que hacen, y preguntarse: ¿Por qué haces esto o aquello? ¿es para complacerte?, ¿es porque tienes aversión a otras cosas?, ¿es para complacer a alguna mezquina creatura? O más bien, ¿no es para cumplir el beneplácito de Dios y buscar su justicia? ¡Qué vida, qué vida sería esa! ¿sería una vida humana? No; sería una vida angelical, ya que sería por puro amor de Dios por lo que yo haría todo lo que hiciera y dejaría de hacer todo lo que no hiciera»

«Cuando a esto se añade la práctica de hacer en todo la voluntad de Dios, que debe ser como el alma de la Compañía y una de las prácticas que mantener antes en el corazón: es para darnos a cada uno en particular un medio de perfección fácil, excelente e infalible; y hace que nuestros actos no sean actos humanos, ni siquiera angélicos, sino en cierto modo divinos, ya que se hacen en Dios y por el impulso de su Espíritu y de su gracia. ¡Qué vida! ¡Qué vida será la de los misioneros, qué Compañía, si se estableciera muy dentro de ella!»

«Sigue la sencillez, que hace que Dios encuentre sus delicias en el alma en la que reside. Veamos entre nosotros, ¿no son por ventura los más amables aquéllos en los que el carácter de esta virtud aparece con más fuerza? ¿no nos gana su candor el corazón? y ¿no quedamos consolados cuando tratamos con ellos? Pero, y ¿quién no, si hasta Nuestro Señor se complace con los sencillos?»

«Igualmente, la prudencia bien entendida nos hace agradables a Dios, porque nos lleva a cosas relacionadas con su gloria, y nos hace evitar las que nos alejan de ella, y nos hace ir no sólo contra la doblez en los actos, en las palabras, sino que nos mueve a realizar todo con sabiduría, circunspección y rectitud para llegar a nuestros fines por los medios que el Evangelio nos enseña; no durante una temporada, sino siempre. ¡Qué vida y qué Compañía sería la nuestra, si actuara de esa forma!»

«Si a eso añaden ustedes la mansedumbre y la humildad, ¿qué nos faltará? Son dos hermanas gemelas, que viven muy juntas, igual que la sencillez y la prudencia; no se pueden separar. Es una lección de Nuestro Señor Jesucristo que nos enseña que aprendamos de El, que es manso y humilde de corazón. ‘Aprended de mí’ dice ¡Oh Salvador! ¡Qué palabra! ¡Oh qué honor ser tus discípulos! ¡Aprender esta lección tan corta y tan llena de energía, pero tan excelente que nos hace tal como eres Tú! ¡Oh Salvador mío!, ¿tendrás sobre nosotros la misma autoridad, que la que tenían en otro tiempo unos filósofos sobre sus seguidores, que se adherían tan fuerte y estrechamente a sus opiniones, que bastaba con decir, ‘el Maestro lo ha dicho’ para creerlo y no apartarse nunca de él? ¿Qué responderemos a Nuestro Señor, que nos ha dado unas santas lecciones tan numerosas, cuando nos eche en cara que las hemos aprendido mal? Pero ¿cuál será nuestra felicidad, si abrazamos esas virtudes de tan noble origen como es el corazón de Jesucristo? ¿Quieren saberlo? Nos conducirán a un horno de amor, allí vuelven a su centro. ¡Dios mío! ¡Estamos todos enamorados de ellas!»

«El que busque el Reino de Dios, el que abrace la santa práctica de hacer su santísima voluntad, el que practique la sencillez y la prudencia cristiana y, finalmente, la mansedumbre y la humildad de Nuestro Señor, ¿cómo será, les pregunto, ese misionero? ¿cómo seremos todos, si somos todos fieles a esas máximas? ¿Cómo será entonces la Compañía de la Misión? Dios puede dároslo a entender; en cuanto a mí, no lo sabría expresar. Mañana en la oración dedíquense a pensar cómo será una Compañía así, y cómo el hombre que posee semejante fidelidad»

El Sr. Vicente aún añadió a todo eso dos máximas muy importantes, que poseía perfectamente en su corazón, y que se esforzaba en imprimirlas especialmente en el corazón de los suyos.

La primera era la de no contentarse con tener un amor afectivo a Dios, y con concebir una gran idea de su bondad, unos grandes deseos de su gloria; sino de hacer efectivo ese amor, y, como dice san Gregorio, de demostrarlo con obras. A propósito de eso, hablando cierto día a los de su Compañía, les dijo:

«Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia y otros efectos semejantes y prácticas interiores de un corazón tierno, aunque muy buenos y deseables, resultan, sin embargo, muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo. ‘Mi Padre dice Nuestro Señor es glorificado en que deis mucho fruto’. Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios se detienen en eso. Y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satisfechos de su imaginación calenturienta, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración; hablan como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No, no; no nos engañemos. Totum opus nostrum in operatione consistit. Repetía a menudo estas palabras, y decía que las había aprendido de un gran Siervo de Dios, quien, cuando se encontraba ya en el lecho de la muerte, como se le pidiese alguna palabra de edificación, respondió que en esta hora veía con claridad que lo que algunas personas consideraban contemplaciones, arrobamientos, éxtasis y lo que llamaban movimientos anagógicos, uniones deíficas, sólo era humo, y que eso procedía o de una curiosidad engañosa o de resortes naturales de un espíritu poseído de tal inclinación y facilidad para el bien, cuando, en realidad, la acción buena y perfecta es el verdadero carácter del amor de Dios»

«Y esto es tan cierto dijo el Sr. Vicente que el Apóstol llega a declararnos que solamente nuestras obras nos acompañarán en la otra vida. Pensemos pues en esto, añadía ¡cuántos que en este siglo parecen virtuosos y que, realmente, lo son, prefieren llevar un camino suave y cómodo que no una devoción laboriosa y sólida! A la Iglesia se la ha comparado a una mies que requiere trabajadores, pero trabajadores que trabajen. Nada hay tan conforme al Evangelio como acumular por un lado luces y fuerzas para el alma en la oración, en la lectura y en la soledad, e ir luego a hacer partícipes a los hombres de esa comida espiritual. Es hacer lo que Nuestro Señor hacía, y tras de El, los Apóstoles; es juntar el oficio de Marta al de María; es imitar a la paloma, que medio digiere la comida que ha cogido, y después pone lo restante con su pico en el de sus polluelos para alimentarlos. Es así como debemos hacer; es así como debemos manifestar a Dios con nuestras obras, que le amamos: Totum opus nostrum in operatione consistit»

La segunda máxima del fiel Siervo de Dios era ver siempre a Nuestro Señor Jesucristo en los demás para excitar con mayor eficacia su corazón a tributarles todos los deberes de caridad. Veía a este divino Salvador como Pontífice y Cabeza de la Iglesia en nuestro Santo Padre el Papa, como obispo y príncipe de los pastores, en los obispos, doctor en los doctores, sacerdote en los sacerdotes, religioso en los religiosos, soberano y poderoso en los reyes, noble en los gentiles-hombres, juez y sapientísimo político en los magistrados, gobernadores y demás oficiales. Y el Reino de Dios, que es comparado en el Evangelio a un comerciante, lo veía como tal en los hombres de negocios, obrero en los artesanos, pobre en los pobres, enfermo y agonizante en los enfermos y moribundos. Y viendo así a Jesucristo en todos esos estados, y en cada uno de ellos viendo la figura del Soberano Señor, que aparecía resplandeciente en la persona de su prójimo, se animaba con aquella vista a honrar, respetar, amar y servir a cada uno en Nuestro Señor, y a Nuestro Señor en cada uno de ellos. Invitaba a los suyos y a los que dirigía a asimilarse esa máxima y a servirse de ella para lograr una caridad más constante y más perfecta en relación con el prójimo.

He aquí un pequeño esbozo, que nos muestra en conjunto el espíritu del Sr. Vicente. En gran parte ha sido diseñado por su propia mano, sin pensarlo, y más aún, contra su propia intención, que siempre era ocultarse y tapar los dones y las virtudes recibidas con el velo del silencio y de la humildad. Pero Dios ha querido que así se haya inocentemente equivocado y, en cierta manera, traicionado para dar a conocer mejor las gracias y las excelentes dotes que había derramado abundantemente en su alma, con el fin de hacerlo digno instrumento de su gloria y servirse de él en las grandes obras que quería realizar por medio de él para mayor bien de su Iglesia. De eso hablaremos más adelante en este libro

Y para recoger en pocas palabras todo lo que hemos dicho en este capítulo sobre la forma de obrar del Sr. Vicente, podemos afirmar con verdad que ha sido:

1. Santa, pues tuvo únicamente a Dios por objeto; que iba a Dios; que llevaba a los demás a Dios, y que relacionaba con El todas las cosas como con su último fin

2. Humilde, desconfiaba de sus propias luces, se aconsejaba en todas sus dudas, y se confiaba al espíritu de Jesucristo, como a su guía y su doctor

3. Mansa, en su forma de actuar, condescendiente con las debilidades y adaptable a las fuerzas, a la inclinación y al estado de las personas

4. Firme, en el cumplimiento de la voluntad de Dios y en todo lo referente al adelantamiento espiritual de los suyos y el buen orden de las Comunidades, sin desalentarse por las contradicciones, ni cansarse ni abatirse por las dificultades

5. Recta, para no ladearse nunca ni desviarse de las vías de Dios por ningún respeto humano

6. Sencilla, rechazando todo artificio, doblez, fingimiento y toda prudencia dela carne

7. Prudente, en la elección de los medios propios para llegar al fin único que se proponía en todo, y que era el cumplimiento de lo que conocía ser lo más agradable para Dios, guardándose en el uso de los medios y en todo lo que hacía, de lastimar ni contristar a nadie en cuanto dependía de él, y evitando juiciosamente los obstáculos, o superándolos con paciencia y oraciones

8. Secreta, para no divulgar los asuntos antes de tiempo, ni comunicarlos a nadie más que a los interesados. Decía a este propósito «que el demonio se solaza con las buenas obras descubiertas y divulgadas sin necesidad, y que eran como minas reventadas, que quedan sin efecto»

9. Reservada y circunspecta, para no comprometerse demasiado a la ligera,para no precipitar nada, ni avanzar con demasiada rapidez

10. Finalmente, desinteresada: no buscaba el honor, ni la propia satisfacción, nialgún bien perecedero, sino solamente, a imitación de su Divino Maestro, la gloria de Dios, la salvación y la santificación de las almas

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