Capítulo XXXVI: Cómo se portó Vicente durante las guerras civiles de Francia.
En el año de 1649 quiso Dios enviar al reino de Francia el azote de la guerra civil; y si esta ocasionó gravísimos desórdenes, también dio a Vicente ocasión para ejercitar grandes virtudes, con especialidad la caridad para con el prójimo.
Lo primero que hizo luego que se encendió el fuego de la división, fue recurrir a Dios con los de su Congregación para aplacar con la oración y penitencia la ira de su Divina Majestad. Después creyó que debía ir a visitar al rey y a la reina, que se habían retirado de París, para asegurarles su fidelidad y manifestarles libre y respetuosamente lo que creía conveniente para bien del reino y para evitar los grandes peligros que le amenazaban. Con este objeto salió de París el 13 de Enero del mismo año, y para que no se hiciese sospechosa su partida, dirigió al mismo tiempo una carta al primer presidente del parlamento, diciéndole que iba a los pies de sus majestades con deseo de hacer cuanto pudiese para procurar la paz; y que si antes de partir no lo había ido a ver, era solo por poder decir con verdad a la reina, que con nadie había tratado ni consultado lo que iba a proponerle. Este paso le pareció necesario, tanto porque en una corte alterada se miran como cuerpos las sombras, y se podía creer que abrazaba el partido contrario, cuanto por no disgustar al parlamento, que hubiera sentido mucho que un hombre de tanto crédito se hubiera retirado de la ciudad sin manifestar el motivo que tenía para ello.
Habiendo llegado a San Germán, no sin gran peligro, tanto por las grandes inundaciones que había, cuanto por las correrías de los soldados, habló largamente con la reina, y después con el cardenal Mazarin, quienes benignamente lo recibieron; y aunque por entonces fueron inútiles sus vivas exhortaciones, tuvo al menos el consuelo de haber hecho cuanto podía en beneficio de los pobres, que eran los más expuestos a los peligros de aquella guerra.
Viendo que por parte de los hombres era imposible conseguir la paz, se resolvió a recurrir a Dios, como único remedio en las calamidades. Retiróse con este objeto a una pobre aldea en donde su Congregación tenía una posesión, y por espacio de un mes se entregó enteramente a la oración y otros ejercicios de penitencia. Era poco cómodo su hospedaje, pues a más de estar la casa expuesta a las injurias del tiempo y a las invasiones e insultos de los soldados, sufría otras muchas incomodidades, porque ni tenía leña para calentarse y resistir los rigores del invierno, que en aquel año fue extraordinario, ni tenía casi otro alimento que un poco de pan hecho con gran parte de habas; y si tal vez el compañero que tenía consigo encontraba otro pan mejor, se lo daba a él mismo y a otros pobres labradores con quienes formaba una especie de refectorio, durante el cual les leía alguna obra piadosa.
En este tiempo, a pesar de su avanzada edad, que pasaba de setenta y dos años, de lo rígido de la estación, de las noticias que recibía de París en que le comunicaban las persecuciones y malos tratamientos que sufrían sus misioneros y de las continuas oraciones y penitencias que ofrecía a Dios para aplacar su ira, se dedicó no obstante a beneficiar aquel pobre lugar en donde vivía y las aldeas vecinas, disponiendo a sus habitantes con frecuentes sermones y con la administración de los sacramentos a que hiciesen penitencia y sufriesen con paciencia aquella calamidad que Dios les enviaba.
Supo en el mismo tiempo que su casa de San Lázaro se hallaba rodeada de mil tribulaciones, porque además de haberla saqueado, robado todas sus rentas y quitado por la violencia todos sus muebles, trigo, ganado y cuanto le pertenecía, un personaje principal había metido cerca de seiscientos soldados en la misma casa, y estos con su vida desordenada y las demasías que parecen naturales en ellos, habían profanado el templo de Dios, y convertido la habitación de unos ángeles humanos en una cueva horrorosa de malvados. Entre los desórdenes que cometieron debió afectar fuertemente la caridad de Vicente el que se hubieran apoderado de los graneros en donde guardaba las semillas dedicadas al sustento de muchos pobres, que no solo cogieron para su mantención los soldados, sino para vender en el mercado y apropiarse la venta; y aunque diariamente recibía Vicente la noticia de que tomaban ya una cosa, ya otra, nunca se le vio lamentarse sino con las palabras de Job: Dominus dedit, Dominus abstulit: sicut Domino placuit, ita factum est: sit nomen Domini benedictum. Bendito sea el nombre del Señor; y escribiendo al que había quedado en su lugar en la casa de S. Lázaro, le decía: «Con mucho consuelo he recibido la noticia de que vos y toda la familia sufrís con alegría la pérdida de vuestra hacienda: os aseguro que por mi parte no siento más pesar sino la fatiga que debe ocasionaros la multitud de negocios«. Mirando Vicente que la continuación de las guerras no le permitía volver pronto a París, resolvió pasar a visitar las casas de su Congregación; pero no le faltaron en esta visita algunos siniestros sucesos con que quiso Dios probar su virtud. Lo primero que le acaeció fue, que pasando un riachuelo, le tiró el caballo en el agua con gran peligro de su vida, pues en tan avanzada edad cualquier golpe hubiera sido muy expuesto; pero él no dio la más ligera señal de haber padecido. Prosiguió alegremente su viaje, aunque con no poco trabajo, tanto por la fatiga del camino, cuanto por no haber tomado alimento en todo el día, pues en la posada a donde llegó, lejos de buscar algún descanso, su ardiente caridad convocó a los hijos y criados de la casa para enseñarles la doctrina; y luego que esto vio la huéspeda, llamó a los niños de todo el lugar, a quienes recibió Vicente con grande alegría, los dispuso en dos grupos, y pidió al sacerdote que iba en su compañía, que explicase en uno los misterios de la fe, mientras él hacía lo mismo en el otro. Mayor peligro corrió su vida el día siguiente, en que pasando por un puente de madera que estaba entre un molino y un profundo precipicio, se espantó el caballo con el ruido de la rueda que giraba, y se retiró tanto, que faltó muy poco para que lo hubiese tirado en aquel despeñadero. De allí a pocos días, hallándose de paso con motivo de la misma visita en la ciudad de Reims, mientras se disponía para partir, un caballero que estaba alojado en la misma posada y era partidario de los enemigos del rey, dijo en voz alta: «El Sr. Vicente recibirá buena recompensa, si a dos leguas de aquí le dan un pistoletazo en la cabeza«; y dicho esto partió; pero confiado Vicente en la Divina Providencia, dijo al compañero que lo exhortaba a que se detuviese: «Vamos, que yo no temo a la muerte«. Pero luego un eclesiástico amigo suyo le hizo diferir la jornada hasta el día siguiente. Después se observó que cuando Vicente salía de la ciudad, el caballero de que antes hemos hablado entraba en ella, y venía del campo en donde había dormido para esperarlo cuando pasara. Desde este lugar prosiguió felizmente su visita con mucha edificación de los suyos, a quienes por todas partes dejaba ejemplos de grandes virtudes, particularmente de caridad y humildad. Luego que cesaron los tumultos del reino, recibió Vicente una orden de la reina para que al punto volviese a París; mas como en el mismo tiempo se hallaba enferma en Richelieu la duquesa de Aiguillon, le escribió que fuese a visitarla, y le mandó un coche, obligándolo a pesar de su repugnancia, a que en adelante se sirviese de él, pues sabiendo la reina y el arzobispo que ya no podía andar ni a pie ni a caballo por una grave enfermedad de las piernas, que con su avanzada edad aumentaba de día en día, y que esto era causa de que se retardase el despacho de varios negocios de importancia, le mandaron con precepto terminante que se sirviese del coche; a lo que obedeció Vicente viendo que las escusas que tantas veces había dado no querían oírlas ya estos piadosos personajes, particularmente lo que de ordinario decía, que Dios le había privado de las fuerzas corporales, para manifestar que ya no quería servirse de él su Divina Majestad como instrumento de sus soberanos designios. Pero supo nuestro humildísimo Santo conciliar el respeto debido a sus superiores con la humillación que en todo buscaba, pues eligió un carruaje muy pobre, e hizo que fuese tirado de caballos tan flacos, viejos y despreciables, que no pocas veces lo acompañaba la mofa de los muchachos.
Luego que regresó a París, volvió a entregarse a sus ordinarios ejercicios de piedad y caridad, y muy particularmente se dedicó a remediar las grandes necesidades de los pueblos de Picardía y Champaña, como referiremos en el capítulo siguiente; pero antes diremos lo que este prodigioso varón hizo en 1652, cuando se volvió a encender la guerra civil. Viendo que por la gran desunión de los ánimos y por la fuerza de dos poderosos partidos se hallaba el reino en manifiesto peligro de arruinarse, creyó que era de su obligación ofrecer a Dios continuas oraciones e implorar su infinita misericordia para que aplacase su justicia; y no contento con lo que él hacía, exhortaba a los eclesiásticos de la conferencia de San Lázaro y a las señoras de la Caridad para que diesen limosnas, ayunasen e hiciesen otros ejercicios de penitencia con el mismo objeto; a los de su Congregación les recordaba la obligación que tenían de oponer oraciones y penitencias al azote de la justicia divina con que castigaba a su pueblo. Entre otras cosas ordenó también que tres de la casa de San Lázaro, un sacerdote, un estudiante y un lego, ayunasen todos los días, y que el sacerdote aplicase el sacrificio de la misa, y los otros dos la comunión al mismo objeto; y aunque Vicente ya había llegado en esta época a los setenta y seis años de su edad, para dar ejemplo a los otros, no quiso faltar a estos ejercicios.
No contribuyó solo con esto a la tranquilidad del reino, sino que se valió también de otros medios. Aunque llevaba algún tiempo de vivir separado de los negocios públicos e intereses temporales de la corona, quiso, no obstante, en aquella tempestad contribuir a sostener la autoridad real, sabiendo que el servicio que se hace al príncipe se hace al mismo Dios. Escribió con este fin a varias personas, y en particular a los obispos, quienes habían singular aprecio de su conocida virtud, exhortándolos a que mantuviesen sus pueblos en la fidelidad debida al príncipe, y que permaneciesen en sus diócesis para impedir los tumultos que se pudieran formar. Y no contento aún con esto, dejó, a ejemplo de San Bernardo, la quietud que gozaba en el retiro de su casa por el bien público; sin reparar en respetos humanos, fue muchas veces a hablar a las dos majestades y a los príncipes de la sangre para disponerlos a celebrar algún tratado, y después de haber hecho a estos varias propuestas del rey, y referido a este lo que aquellos respondían, tuvo el inexplicable consuelo de ver concluido en poco tiempo el tratado de paz. Dio por ello e hizo dar muchas gracias al Señor, quien, puede creerse, concedió a aquel reino este singular beneficio por las continuas y fervorosas oraciones de su siervo.







