Capítulo XXVII: Da Vicente las Constituciones a sus misioneros, y los exhorta a la observancia de ellas.
Ya habían pasado treinta y tres años desde que la Congregación de la Misión se había fundado, y hasta ese tiempo aun no daba Vicente por escrito las reglas para el gobierno que se había de observar en las casas de la misma Congregación para el cumplimiento de su provechosísimo instituto. No fue la causa de esta gran dilación, en asunto que parecía y era de tanta importancia, algún descuido del fundador, antes el diferirlas fue efecto del gran deseo que tenía de acertar. Deseaba como prudente tomar consejo de la experiencia y del tiempo, para que de este modo las leyes que habían de gobernar siempre a aquella Congregación se escribiesen y estableciesen con la luz que comunica con el discurso del tiempo una larga experiencia. Por otra parte, no tenía tanta necesidad de reglas para su gobierno la Congregación referida, ni de tenerlas escritas mientras vivió su fundador, cuyo ejemplo, vigilancia y solicitud era una regla viva que mantenía el espíritu con que la misma Congregación se había fundado para servicio de Dios y beneficio del prójimo. Él era el primero en asistir a todos los ejercicios de piedad y caridad en cuanto era necesario y le permitía la multitud de graves negocios que traía entre manos. Veíanle sus hijos ser el primero en asistir a la oración mental por la mañana, aunque en toda la noche no hubiese dormido; y aun estando enfermo, concurría tres veces a la conferencia espiritual que tenía cada semana la Congregación en comunidad, y en la cual hablaba con tanto fervor, que llegaba algunas veces a faltarle la respiración.
Considerando que su edad y sus continuos achaques podían acercarlo al término de su vida, se resolvió a dar por escrito las reglas de que hemos hablado; y después de haberlas considerado detenidamente y pensado muy bien a los pies de un Santo Crucifijo, y teniéndolas ya impresas, las dio a sus hijos, dejándoles esta prenda como legado de su testamento y determinación de su última voluntad. El 17 de Mayo de 1658, habiendo juntado la comunidad de su Congregación en su casa principal de S. Lázaro, les hizo una fervorosísima plática sobre el asunto, la que uno de sus hijos ha conservado bien grabada en su corazón, y de la cual referiremos aquí alguna parte para dar a conocer más y más el celo y prudencia de este gran Santo.
Principió su discurso manifestando los motivos que deben tener los misioneros para amar y observar sus reglas. «Paréceme, dijo, que por la gracia de Dios todas las reglas de la Congregación de la Misión ayudan a apartarse de los pecados y aun de las imperfecciones, a procurar la salud de las almas, a servir a la Santa Iglesia y a dar gloria a Dios. ¡Oh, hermanos míos! ¡qué motivos tan poderosos son estos, estar exentos, en cuanto lo permite la humana fragilidad, de vicios y defectos, glorificar a Dios, y hacer que sea amado y servido en la tierra! ¡Oh, Salvador de mi alma, cuán grande es esta felicidad! Apenas puedo considerarla.
Prescriben nuestras reglas un modo de vivir en apariencia muy común; pero con todo, el que las observe, será conducido por ellas a un alto grado de perfección. Si la Congregación ha hecho por la gracia de Dios algún progreso en la virtud; si cada uno de nosotros, librándose del pecado, ha adelantado en la perfección, ¿no es verdad que todo se debe atribuir a la observancia de las reglas? Y si la Congregación ha hecho algunos bienes a la Iglesia por medio de las misiones y de los ejercicios espirituales de los ordenandos, ¿de dónde procede, sino de haber observado sus reglas y el orden que Dios le ha dado? ¡Cuántos motivos tenemos de observarlas inviolablemente, y cuán feliz será nuestra Congregación, si siempre se mantiene firme en esta observancia!
A esto debe movernos otro motivo, y es, que todas ellas, como veréis, están tomadas del Evangelio, y todas tienden a instruirnos para conformar nuestra vida con la que Cristo nuestro Señor tuvo sobre la tierra. Nos enseña la Sagrada Escritura que este Divino Redentor fue enviado por su Eterno Padre para predicar a los pobres: Pauperibus evangelizare misit me. Paupeuribus, a los pobres, hermanos míos, a los pobres, así como por beneficio de Dios ha procurado hacerlo nuestra pequeña Congregación. Gran motivo tenemos por esta razón de confundirnos y humillarnos, considerando que jamás ha habido alguna, al menos que yo sepa, que haya tenido por fin principal anunciar el Evangelio a los pobres desamparados: Pauperibus evangelizare misit me. Este es nuestro fin, hermanos míos; los pobres son nuestra herencia y nuestra posesión. Felicidad no pequeña es tener entre las manos la misma empresa por la que Cristo bajó del cielo a la tierra , y por la que nosotros subiremos de la tierra al cielo, y continuar la obra del Hijo de Dios, quien con tanto afán buscaba por las aldeas a los villanos y labradores. A esto nos obliga nuestro instituto, a auxiliar a los pobres, a quienes debemos mirar como a nuestros dueños y señores. ¡Pobres en verdad, pero dichosas reglas de la Misión, pues con ellas, a imitación del Hijo de Dios, nos obligamos a servir a los pobres, dejando para otros las ciudades!
¿Pero qué reglas son estas? Son las mismas que ha practicado hasta ahora la Congregación, y que para declararlas más distintamente y para comodidad de cada uno, ha parecido oportuno hacerlas imprimir. Largo tiempo las habéis esperado; mas por muchas razones hemos diferido su publicación: lo primero, para imitar a Cristo Señor nuestro, quien comenzó obrando, y luego enseñó: Caepit Jesus facere, et docere. En los treinta años primeros de su vida practicó las virtudes, y solo en los tres últimos quiso enseñarlas a los otros. La Congregación ha procurado imitarlo, no solo haciendo lo que él hizo en la tierra, sino también practicándolo como él lo practicó; porque ella puede decir que antes de enseñar ha obrado. Cerca de treinta y tres años hace que Dios permitió que naciese nuestra Congregación, y en todo este tiempo se han observado las reglas que ahora queremos distribuir; por esto nada nuevo encontrareis en ellas. Si se os diesen reglas que jamás hubieseis practicado, acaso hallaríais en ellas alguna dificultad; pero al prescribiros las que por tantos años habéis observado con fruto y con agrado vuestro, todo os parecerá ligero y fácil de hacer. Hemos hecho lo que se lee en la Sagrada Escritura que hicieron los Recabitas, quienes observaban por tradición las reglas que les habían dejado sus mayores, aunque no estaban escritas; y ya que tenemos impresas las nuestras, solo nos resta continuar haciendo lo que hasta ahora hemos hecho.
Si desde el principio hubiésemos dado las reglas, y antes por consiguiente de que la Congregación las hubiese puesto en práctica, se hubiera podido creer que tuviesen más de humano que de divino, que esto no fuese más que un diseño delineado por los hombres, y no una obra de Dios. Pero no es así; pues todas nuestras reglas y todo cuanto veis que se hace en la Congregación, se ha hecho sin saber cómo, y se ha introducido poco a poco, sin poder decir quién ha sido el inventor.
Es máxima de S. Agustín, que cuando no se puede hallar el origen de cualquiera cosa buena, es necesario referirla a Dios, y reconocerle por principio y autor de ella. Y según esto, ¿quién sino Dios es el autor de nuestras reglas, que se han introducido sin que se pueda decir cómo y por qué? ¡Oh, Salvador de nuestras almas! ¿de dónde han venido estas reglas? ¿Por ventura las habré yo formado? No: ciertamente no; jamás había pensado ni en nuestras reglas, ni en la Congregación, ni aun siquiera en la palabra Misión. Todo lo ha hecho Dios, y en esta obra, en verdad no tienen los hombres parte alguna. Por lo que a mí toca, cuando pienso de qué modo ha hecho nacer su Divina Majestad esta Congregación en su Iglesia, confieso que no sé dónde me hallo, y que todo lo que veo me parece un sueño: esto no es cosa humana. ¿Llaman por ventura humano a lo que el entendimiento no ha previsto ni la voluntad deseado o procurado de algún modo? Delante tenéis al Señor Antonio Portail quien puede atestiguar que en nada menos pensábamos que en esto: todo se ha hecho por sí mismo. Creció el número de los que se unieron a nosotros: cada uno procuraba ser virtuoso; y al paso que su número iba creciendo de día en día, también se iban introduciendo las buenas costumbres, para poder vivir con unión entre sí y con uniformidad en nuestras funciones; y por fin, se ha creído conveniente formar y escribir las reglas que vamos a distribuiros.
Espero, hermanos míos, que las recibiréis como enviadas por Dios y dirigidas por su espíritu, a quo bona cuncta procedunt; y sin el cual non sumus sufficientes cogitare aliquid a nobis quasi ex nobis. Quedo tan admirado al considerar que a mí toca el darlas, que no puedo concebir cómo he llegado a este punto ; y mientras más lo pienso, más me confirmo en que esto es cosa ajena de la invención del hombre; y más claramente veo que Dios es quien las ha inspirado a la Congregación; y en lo poco que yo haya podido poner, temo mucho que esto sea ocasión de que no sean tan bien observadas, ni produzcan el bien que por otro camino hubieran producido.
¿Qué me resta ahora, hermanos míos, sino imitar a Moisés, quien después de haber dado al pueblo de Israel la ley de Dios, prometió a los que la observasen toda clase de bendiciones en el cuerpo, en el alma, en la hacienda y en cuanto les perteneciese? Así debo esperar de la bondad de Dios gracia y bendición a todos los que fielmente observen las reglas que nos ha dado: bendición a sus personas, bendición a sus designios, bendición a todas sus obras, bendición a sus funciones, y bendición finalmente, a todo lo que les pertenezca. Confío en la bondad del Señor que la fidelidad con que hasta aquí habéis observado estas reglas y la paciencia con que por tanto tiempo las habéis esperado, os harán merecedores por la misericordia divina de la gracia de observarlas más fielmente en el porvenir. ¡Oh, Señor! por vuestra piedad dignaos dar a este pequeño libro vuestra divina bendición, y acompañadlo de vuestra gracia, para que por medio de ella los que lo leyeren aborrezcan el pecado, desprecien el mundo y todas sus vanidades, y se unan a vuestra Majestad Divina«.
Luego que concluyó Vicente este discurso, llamó a los de su Congregación, y dio a cada uno el libro de las reglas, y todos por devoción y reverencia lo recibieron de rodillas. Después de esto, el primer empleado de aquella casa pidió hincado a nombre de todos la bendición a Vicente, y éste en la misma postura dijo estas palabras: «Señor, que sois la ley eterna y la inmutable razón, que gobernáis con vuestra infinita sabiduría todo el universo: vos, de quien como de fuente viva se ha derivado siempre el buen orden de las criaturas racionales, toda ley y toda regla para vivir bien; echad, Señor, por vuestra piedad la bendición a todos los que habéis dado estas reglas y han recibido como enviadas por vos: dadles la gracia necesaria para que inviolablemente las observen hasta el fin de su vida. Con esta confianza y en vuestro nombre, y no de otra manera, yo, mísero pecador, pronunciaré las palabras de la bendicion«.
La tierna devoción con que pronunció Vicente estas palabras, enterneció a los presentes, haciéndoles derramar copiosas lágrimas, y formar verdadero propósito de observar fielmente las reglas que Vicente les daba. Y aunque por un espíritu de profunda humildad decía que ignoraba cómo se habían formado en la Congregación, lo cierto es, que después de Dios fue el autor de ellas, habiéndolas, no solamente dictado, sino también puesto en uso poco a poco, siendo él mismo el primero en observarlas, para persuadir con el ejemplo más que con la energía de la voz.







