Capítulo XX: Entran Vicente y sus misioneros en el priorato de San Lázaro de la ciudad de París.
La Congregación de la Misión iba creciendo de día en día por el gran número de sacerdotes que entraban a ella, pero el local que tenía Vicente era poco cómodo y de escasa renta. Así es que los misioneros llegaron a temer que por falta de bienes decayese su compañía; y aunque las necesidades que iban experimentando se aumentaban, Vicente parecía sin embargo insensible a ellas, pues vivía ocupado exclusivamente en el servicio de Dios y provecho del prójimo, confiado en que la Providencia le aseguraría el sustento, si era de su agrado que continuase aquella empresa, pues conversando, a imitación de San Pablo, con el cielo, lo esperaba todo del cielo. Y en efecto, cuando la Congregación había casi llegado a extrema pobreza, la Omnipotencia, por medios que no alcanza la humana razón y aun parecen contrarios a ella, cuidó de remediar este estado de necesidad de sus siervos.
Tenían los canónigos reglares de aquel tiempo un antiguo monasterio en un arrabal de París con el título de Priorato de San Lázaro. Aunque antigua, era la fábrica hermosa y espaciosa, y su renta tan considerable que tenía jurisdicción civil y criminal. Los canónigos reglares hicieron donación de este monasterio a favor de Vicente y de su congregación en los términos que dejó escritos de su propia mano el Sr. Lestocq, doctor de la Sorbona y cura de la parroquia de S. Lázaro, y que copiamos por la curiosidad del documento. Dice así:
«El Sr. Adrian Lebon, religioso del orden de canónigos reglares de S. Agustín y prior de S. Lázaro, por causa de algunas diferencias que tuvo el año 1630 con sus religiosos, quiso permutar su priorato con otro beneficio. Luego que esto se supo, muchos le ofrecieron abadías, prioratos y otros beneficios de cuantiosa renta. Pero habiendo consultado este pensamiento con algunos amigos suyos, le disuadieron diciéndole que las diferencias que había tenido con aquellos religiosos fácilmente se podían componer teniendo entrambas partes una junta en presencia de cuatro doctores. Convinieron el prior y los religiosos en este partido; túvose la junta, y oídas las razones de unos y otros, se determinó hacer una regla de vida que se observase inviolablemente en adelante, y así se ejecutó; pero sin que por esto desistiese el Sr. Lebon de su deseo de renunciar el priorato; antes bien, habiendo sabido que algunos eclesiásticos hacían misiones bajo la dirección del Sr. Vicente, a quien solo de nombre conocía, pensó que él participara del gran bien que por medio de ellas hacían a la Iglesia, cediendo su priorato a la Congregación. Habiéndose informado de donde vivía el Sr. Vicente, me rogó un día como amigo y vecino suyo, que lo acompañase para verlo y comunicarle su designio.
Acompañéle de buena voluntad, y le manifesté vivamente que no podía hacer cosa mejor, y que un pensamiento tan santo no podía venirle más que del cielo. Díjele también que Dios había movido a aquellos buenos sacerdotes a emprender la salvación de los pobres aldeanos, quienes tenían gran necesidad de dichos sacerdotes, porque no solamente ignoraban las cosas necesarias para su salvación, sino que también no sabían declarar los pecados en la confesión, y a los misioneros les descubrían muchas culpas que jamás habían confesado a los confesores de sus lugares, o por vergüenza, o porque no se les preguntaba y examinaba suficientemente. Añadíle que yo podía afirmar cuanto le decía, por haberme hallado con ellos en las misiones, y haber palpado la utilidad de sus trabajos. Además de esto le dije, que aquellos operarios tenían por director un hombre todo de Dios (hablando del Sr. Vicente), y que luego que él mismo le tratase, conocería la verdad de lo que le decía yo. Fuimos en efecto al colegio de los Buenos Hijos, y el prior declaró al Sr. Vicente el motivo de su visita, diciendo, que habiendo tenido noticia de que su Congregación se empleaba en beneficio de los pobres labradores, se tendría por dichoso si pudiese cooperar en algo a tan santos ejercicios, y que para este fin estaba pronto a hacer cesión de su monasterio de S. Lázaro. Esta inesperada oferta maravilló al humilde siervo de Dios, y le causó tal espanto, como en un hombre la caída improvisa de un rayo. Conociendo esto el buen prior, le dijo: Y bien, Sr. Vicente, ¿qué teme? Y él respondió: La proposición que me hace vuesa merced, me ocasiona gran miedo, y me parece que es tan superior a nuestro estado, que no debo ni aun fijar en ella el pensamiento. Somos unos pobres sacerdotes que vivimos sencillamente, y que no tenemos más objeto que servir a los pobres labradores; pero quedamos en gran manera obligados de vuestra buena voluntad, y le damos por ella infininitas gracias. En suma, manifestó claramente que no tenía voluntad alguna de aceptar la oferta, y lejos de ello, le quitó totalmente al prior la idea de volver a hablar de este asunto; más el afable recibimiento que hizo el Sr. Vicente al prior le dejó tan prendado, que no pudo resolverse a abandonar su empresa; por lo que al partirse le dijo que le daba seis meses de plazo para pensarlo. Pasado este tiempo, renovó el prior las mismas ofertas, rogándole que aceptase el priorato, y diciéndole que Dios lo estimulaba más y más cada día para cederlo. Yo también hice de mi parte lo que pude, exhortando al Sr. Vicente para que no dejase pasar aquella ocasión que se le presentaba; pero todas estas instancias no hicieron impresión alguna en el ánimo del siervo de Dios, ni menos fueron bastantes para hacerlo mudar de propósito; siempre firme en su resolución, daba por escusa que los sacerdotes sus compañeros eran en corto número, y la Congregación apenas comenzaba a crecer; que no quería dar ocasión a la murmuración, ni deseaba la estimación; y en suma, que él no merecía este favor. Estando en esta conversación, tocaron a comer, y el prior le dijo que deseaba hacerlo con él en el refectorio.
Le agradó tanto la modestia de aquellos buenos eclesiásticos, el ver la atención que ponían a lo que se leía y el orden que en toda la mesa se guardaba, y fue tal la veneración y afecto que esto engendró en él, que continuamente me rogaba que indujese al Sr. Vicente a que aceptase el priorato. En el espacio de seis meses fui a verlo más de veinte veces para repetirle mis instancias, y por la íntima amistad que con él tenía yo, llegué a decirle que hacía resistencia al Espíritu Santo, y que tenía que dar cuenta a Dios de perder esta ocasión que se le presentaba para dar una forma perfecta y firme a su Congregación.
No puedo explicar cuánta solicitud fue necesaria para obligarlo a dar su consentimiento. Jacob no tuvo tanta paciencia para desposarse con Raquel ni hizo tantas instancias para obtener del ángel la bendición, como el prior y yo para sacar un sí de la boca del Sr. Vicente. Al cabo de un año volvió el buen religioso a buscarlo, y le dijo: Sr. Vicente, ¿qué hombre sois? Si no queréis dar oídos a mis instancias, decidme por lo menos de quién os aconsejáis, de quién os fiais, o qué amigo tenéis en París con quien podamos tratar este negocio. Estoy seguro del consentimiento de los religiosos mis súbditos, y solo falta el vuestro. Tened por seguro que ninguna persona que os aprecie, puede aconsejaros que no aceptéis lo que os ofrezco. Nombróle entonces el Sr. Vicente al Sr. Andres Duval, doctor de la Sorbona, hombre de vida ejemplar, y dijo que seguiría su parecer. Luego que esto oyó el prior, fue a tratar el asunto con el dicho doctor, y el 7 de Enero de 1632 se formó la escritura de donación entre el prior y religiosos por una parte, y el Sr. Vicente y su Congregación por la otra; y de este modo se consiguió fácilmente que cediese el Sr. Vicente a las muchas instancias que muchos le hicieron , y respecto de las mías puedo decir que en esta vez raucae factae sunt fauces meae.
Hubiera de muy buena gana llevado en mis hombros a este padre de los misioneros, y puéstolo en San Lázaro, para que viendo el lugar que se le ofrecía, lo hubiese aceptado con menos dificultad; pero como él no veía la hermosura exterior de los edificios y lugares principales, en todo el tiempo de que he hablado no quiso ir a verlo, y por esto puede decirse que no le movió a aceptarlo la belleza de su fábrica, sino solamente la voluntad de Dios y el bien que allí esperaba hacer. Al día siguiente de haber admitido el edificio, que fue el 8 de Enero, pasó a verlo, y fue recibido por aquella comunidad religiosa con grande alegría; lo que claramente prueba que digitus Dei est hic, y que esta fue otra tierra de promisión, a la cual fue llevado Abraham; esto es, este gran siervo de Dios, cuyos hijos están destinados a llenar la tierra de bendiciones y a permanecer congregados mientras el mundo subsista«.
Con esta relación que el dicho cura de San Lázaro remitió al Sr. Renato Almeras, superior entonces de la Congregación de la Misión y digno sucesor de Vicente, acompañó la carta siguiente, fecha a 30 de Diciembre de 1660.
«El deseo que ha manifestado vuesa merced de saber cómo se consiguió que el Sr. Vicente y los de su Congregación entrasen a la casa de San Lázaro, me ha obligado a hacer la breve relación que remito. En ella no digo la centésima parte de lo que sucedió, porque no recuerdo todos los devotos discursos que oímos el Sr. Prior de San Lázaro y yo de la boca del Sr. Vicente en más de treinta visitas que en el espacio de un año le hicimos, y en cuyo tiempo encontramos mil dificultades para obligarlo a que aceptase la casa de San Lázaro. Muchos hubieran recibido con grande alegría semejante oferta; pero él la rechazaba, pues de esta manera adquieren firmeza las cosas. Rehusaba Moisés el ir a Egipto, y Jeremías predicar al pueblo, y no obstante todas sus escusas, fueron escogidos de Dios y quiso que fuesen; así debe mirarse esta obra como de Dios, y en la que la naturaleza humana no ha tenido parte alguna. No me es posible escribir cómo se ha encaminado este negocio del que Dios quiso ser autor y ejecutor. Yo no he podido más que delinearlo; pero si alguno quisiese darlo a luz, es preciso que supla mucho que he callado. Entre tanto, suplico a vuesa merced que crea que venero mucho la memoria del Sr. Vicente, y que tengo por honra singular el haber sido conocido y amado de él«.
Por esta breve relación puede conocerse el poco apego que tenía el corazón de Vicente a todo interés propio, y cuán desnudo estaba de aquellas pasiones que son hijas de los afectos humanos; y no menos se echa de ver la pureza de su intención, obrando en todo solo por Dios y según su divino beneplácito. Es de admirar verle tan olvidado de los bienes temporales en medio de la pobreza, y mucho más que estando rodeado de hijos, no cuidase del progreso de su Congregación más que cuando claramente conocía la disposición del cielo. Sin duda amaba tiernamente a los suyos, y solo pudo hacerle olvidar este afecto el amor divino.
En lo que se va a referir se notará no solamente el desprecio con que miraba sus propias comodidades, sino también la firmeza que tenía para conservar en todo su vigor el espíritu de la Congregación. Habiendo convenido Vicente y los religiosos de San Lázaro en los principales artículos de la escritura de donación, solo faltaba uno, que estos miraban como de poca consideración, y aquél como muy importante para el beneficio de su Congregación. Deseaba el prior que sus religiosos habitasen en unos mismos dormitorios con los misioneros, juzgando que con el ejemplo de estos, se aficionarían aquéllos al retiro. Pero conociendo Vicente que esta comunicación con personas no acostumbradas a tan estrecho silencio podía ocasionar alguna relajación en los suyos, que tienen por regla no hablar entre sí más que en tiempo de la recreación, que es una hora después de la comida y otra después de la cena, no quiso acceder a esta solicitud de los religiosos, y estimó tan importante esta regla para la perfecta observancia de las demás, que declaró que más quería quedarse sin el monasterio y sus rentas, que admitir este artículo. Por lo que, escribiendo al dicho cura de San Lázaro sobre este asunto, le decía entre otras cosas: «Quiero más que permanezcamos en nuestra pobreza, que poner un impedimento a lo que Dios ha manifestado que quiere de nosotros«.
Sabía Vicente, y repetía muchas veces a los suyos, que el retiro es muy necesario a los que hacen profesión de ayudar espiritualmente al prójimo, porque con la oración se preservan de la distracción de espíritu que ocasionan la tibieza y relajación en los que procuran despertar el temor de Dios en otros. Por esta razón se opuso a la cláusula antes dicha, que en fin, se anuló; pero admitidas las otras, se hizo el instrumento público en que tedian el prior y religiosos de San Lázaro a favor de la Congregación de la Misión, su monasterio, con rentas y demás que le pertenecía; documento que firmó también el arzobispo de París, a quien tocaba la colación del priorato, y algún tiempo después el Sr. Urbano VIII. Igualmente el rey cristianísimo expidió real cédula, a pesar de un litigio que se suscitó, y durante el que Vicente manifestó su perfecta conformidad con la voluntad divina, porque mientras los abogados defendían la causa, él permaneció ante el Santísimo Sacramento rogando a su Divina Majestad que dirigiese las cosas según fuese de su agrado; como manifestó después a un amigo suyo, escribiéndole que Dios le había concedido en esta vez una indiferencia que jamás había tenido igual en los negocios temporales.







