Capítulo XVIII: De las conferencias espirituales de los eclesiásticos.
La Divina Providencia dispuso el camino para que se estableciesen las conferencias espirituales del modo siguiente. Algunos buenos sacerdotes que habían tomado los ejercicios para recibir los órdenes sagrados y por medio de ellos habían alcanzado singulares gracias de la misericordia divina, llenos de aquel fervor que deja en las almas la gracia espiritual, sintieron un vivo deseo de conservarse en el estado que se encontraban cuando salían de la casa de la misión. Con este objeto vieron a Vicente, y le suplicaron que los encaminase por la senda de la perfección, dándoles los medios más propios, según su estado, para desempeñar bien sus obligaciones y honrar la vocacion que Dios les había dado. Con mucho regocijo oyó el celoso Vicente esta súplica, y acogiéndolos con ternura, los animó a que emprendiesen la obra que más a propósito le parecía para llegar al fin que deseaban. Dispuso que uno de ellos, que era doctor en teología, fuese en compañía de los misioneros a trabajar por el bien del pueblo pobre, y a los demás les encomendó que se ocupasen unos días en hacer una breve misión a unos canteros que no lejos de allí estaban ocupados en la fábrica de una iglesia.
Entre estos buenos eclesiásticos había uno que conocía bien a Vicente, y sabía la gran virtud y eficacia con que hablaba de las cosas de Dios y movía los corazones, y por esto le pidió que los reuniese de cuando en cuando y les dijese algunas pláticas espirituales, a fin de encender en sus pechos el amor divino y despertarles el vivo deseo de ocuparse en el servicio del Señor. No consintió de pronto nuestro Vicente, por razón de su humildad, en lo que le pedían, sino que quiso darse tiempo para consultarlo en la oración, pues en las determinaciones espirituales acostumbraba no llevarse del primer impulso. Pasados quince días, fue Vicente a ver uno por uno a aquellos sacerdotes, y les propuso dar a todos un método para practicar algunos ejercicios conformes con su estado; pero sin obligarlos a vivir juntos, sino solamente a asistir un día en la semana en el lugar que les señalase para tratar de lo perteneciente a su propio aprovechamiento espiritual y a la grandeza del ministerio del sacerdocio.
Aprobaron todos tan buen pensamiento, y Vicente para confirmarlos más en los vivos deseos con que emprendían aquella obra, les señaló el día en que se había de celebrar la primera junta, y en ella les manifestó la grande utilidad de las conferencias, que siempre se habían usado en la Iglesia, y por medio de las cuales los padres del Yermo habían hecho rápidos progresos en el camino de la perfección evangélica; prueba era ésta de que en ella encontrarían lo que buscaban. De allí a pocos días se volvieron a reunir, y trataron del espíritu eclesiástico; eligieron algunos funcionarios que debían serlo bajo la dirección de Vicente y sus sucesores, y desde ese día, que fue el 16 de Julio de 1633, se ha continuado verificando todos los martes la conferencia, habiendo dado para ello su licencia el Ilmo. Sr. Arzobispo de París. Usase en estas conferencias un estilo sencillo y claro, sin afectación ni pretensiones de vana retórica, y con este lenguaje del corazón han comunicado su celo a cuantos asisten a ellas.
Al cabo de algún tiempo, recordando el siervo de Dios la palabra que les había dado, ordenó una regla de vivir utilísima para ellos, en la que les declaraba en primer lugar: que el objeto de aquellas reuniones era buscar la mayor honra de nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y que para lograrlo, debían conformar su vida, en cuanto les fuese posible, con la del mismo Jesucristo, y procurar que todos los eclesiásticos glorificasen a su Divina Majestad, y los fieles, particularmente los pobres, tanto de las aldeas como de las ciudades, la conociesen y amasen. Dábales luego algunos avisos espirituales, y finalmente señalaba el orden que habían de seguir en el empleo de las horas, las ocupaciones y ejercicios que habían de tener, entre los cuales encargaba principalmente la oración mental, como principio de la devoción con que habían de celebrar la misa y demás ejercicios de su estado; que todos los días leyesen de rodillas y con la cabeza descubierta un capítulo del Nuevo Testamento; que meditasen todos los días sobre alguna virtud, y por las noches hiciesen el examen de conciencia de las fallas del día, y que con el fin de huir la ociosidad, madre de todos los vicios, cada uno se ocupase según sus disposiciones, o en el estudio, o en la lectura de algún libro devoto, o en cualquiera otro ejercicio conveniente a la dignidad del estado a que los había elevado el cielo.
Con esta regla y las exhortaciones fervorosas que cada semana hacia Vicente a estos sacerdotes, no sólo progresaban en el servicio del Señor, sino que alentaban y convidaban a otros a la asistencia a las conferencias espirituales ; así es que crecía de día en día el número de los congregantes, y en poco tiempo pasaron de doscientos treinta los que asistían, siendo la mayor parte doctores de la Sorbona y sujetos de primera clase, tanto por su linaje como por sus talentos.
Grande es la utilidad que de estas conferencias ha resultado, pues no sólo ha aprovechado a los que las han frecuentado, conservándolos en el espíritu y práctica de su ministerio, sino que también ha servido de poderoso estímulo a todo el clero de París para los adelantos en la disciplina eclesiástica; pues con la fuerza del ejemplo han creado muchos imitadores e infundido aun en los más apáticos el deseo de progresar en virtud e instrucción. Se han notado los mismos beneficios de las conferencias en otras diócesis que imitaron a la de París, observándose en todas la pureza de costumbres que exige la grandeza del estado sacerdotal.
Pero el principal bien que de estas conferencias espirituales ha resultado a la Iglesia, es el haberle dado en todo el reino de Francia pastores excelentes, pues de la Congregación de San Lázaro, como de un seminario de varones doctos y santos, ha salido un gran número de arzobispos, obispos, vicarios generales, arcedianos, canónigos y curas, que en sus diócesis e iglesias han apacentado con gran fervor el rebaño de Jesucristo. ¡Cuán acertadas serían siempre las elecciones si en vez de las buenas letras se prefiriese la sólida virtud!
Habiendo tenido conocimiento de estas juntas y conferencias el cardenal de Richelieu, mandó llamar a Vicente para informarse de lo que en ellas se hacía y de los demás ejercicios de la Congregación de la Misión, y habiéndolo sabido, quedó sumamente edificado y formando un alto concepto del siervo de Dios, a quien no había tratado, pero de quien había oído hacer los mayores elogios. Aprobó cuanto Vicente había hecho, le pidió que lo visitase, y le exhortó a la perseverancia en tan santos ejercicios, asegurándole al mismo tiempo que favorecerla a su Congregación en cuanto se le ofreciese, por considerarla como una planta en la Iglesia que prometa dar copiosísimos frutos.
Instruido también el rey de Francia de la vida ejemplar que tenían los sacerdotes que frecuentaban las conferencias establecidas por Vicente, y de la utilidad que sacaban las almas que estaban encomendadas a muchos de estos sacerdotes, envió un día a su confesor a ver a Vicente, para que le dijese cuáles eran más dignos de la promoción al estado episcopal; y obedeciendo, le dio un apunte de los que él consideraba a propósito para tan alto empleo; pero con tal secreto, que mientras vivió ninguno de aquellos eclesiásticos tuvo noticia de que Vicente le hubiese procurado esa dignidad. Manifestó nuestro Santo en esta vez muy poco aprecio a la estimación que tan buen soberano hacía de él, porque no queda que con la capa de honra merecida y no solicitada, entrase en su corazón el más ligero orgullo. Y para que aquellos venerables sacerdotes fuesen más dignos del alto puesto en que iban a ser colocados, los exhortaba a que tuviesen y practicasen una profunda humildad, dedicándose a aquellos oficios que suele mirar el mundo con desprecio, como son enseñar la doctrina cristiana, confesar en los hospitales, las cárceles y en las misiones de las aldeas, y otras cosas semejantes, tanto más apreciables cuanto nada tienen de vana ostentación; pues la soberbia se alimenta con la estimación humana; y por su parte estos buenos sacerdotes se ocupaban en esta clase de ejercicios con gran constancia y fervor, aprendiendo en la escuela de Vicente a encontrar dulzura en los más amargos trabajos, y a saber como de memoria lo más difícil de practicarse.







