CAPITULO X: Fundación de la Congregación de la Misión.
La mujer del general Gondí deseaba ardientemente que hubiese sacerdotes dedicados solo a predicar las misiones en las aldeas y pueblos pequeños, por la mucha falta que habla experimentado que hacía la instrucción de la doctrina cristiana en sus vasallos. Había procurado que alguna de las congregaciones ya fundadas, tomase a su cargo este negocio y lo tuviese por obligación, dejando bastantes recursos, como ya se ha dicho, para tan loable objeto; pero como Dios nuestro Señor reservaba para otros hombres este peso, no fue servido por entonces de que tuviese efecto este piadoso intento; mas no desmayó la señora de Gondí por no haber podido lograr lo que pretendía, pues cuando los deseos son buenos, la dilación los aumenta más y más. Fundaba su esperanza en la protección divina, que siempre está dispuesta a favorecer las empresas justas: pedía continuamente que le diese luz en materia tan importante, y que se dignase efectuar aquella obra para beneficio de su Iglesia. Oyó el Señor sus ruegos, y le presentó camino para que encontrase en Vicente el instrumento de la consecución de sus deseos; recordó lo mucho que este se ocupaba en ejercicios de caridad, el celo con que emprendía la conversión de las almas; el gran talento que Dios le había concedido para las misiones, y los muchos eclesiásticos virtuosos y doctos que lo acompañaban en estas empresas, y entonces, arrepentida de haber perdido tiempo en la ejecución de su proyecto, teniendo en Vicente sujeto tan a propósito para llevarlo al cabo, determinó fundar en Paris una casa con bastante renta, para mantener a los que quisiesen contribuir a la realización de su deseo.
Comunicó la señora Gondí su pensamiento con el general su marido y con el arzobispo de Paris hermano de este, quienes aplaudieron mucho una proposición que era de gran utilidad para el servicio de Dios y de la Iglesia, y ofrecieron contribuir en cuanto les fuese posible a su realización, como lo hicieron, dando el primero parte de la renta de la fundación, y el segundo, un colegio que se llamaba «De los buenos hijos» para habitación de los misioneros. Ya solamente dependía la ejecución, de vencer la humildad de Vicente, quien con firmeza y constancia se negaba siempre a todo lo que podía darle honra y estimación, y creían que quien tan bajamente pensaba de sí mismo, no admitiría una ocupación que exigía cualidades poco comunes. Habláronle juntos los señores arzobispo, general y señora Gondí, manifestándole el gran fruto que podría sacarse de tan buena obra, y lo mucho que agradaría a Dios; resistióse, dando por motivo su insuficiencia; pero de tal manera lo persuadieron, que cerrando los ojos a la consideración de su propia flaqueza, sujetó su voluntad a lo que se le ordenaba, conociendo que así lo disponía Dios más bien que las criaturas; y como sólo el consentimiento de Vicente esperaban para la ejecución de tan buena empresa, luego se facilitó todo lo que habían dispuesto los fundadores. Dióse principio a tan excelente obra en el año de 1624, en que nombró el arzobispo de París a Vicente por rector del dicho colegio de los buenos hijos, y en el siguiente año se otorgó la escritura de la fundación con cláusulas dignas de la piedad de los fundadores, de entre las cuales referiremos algunas. Primeramente declaraban, que el fin que se habían propuesto en esta fundación, era la gloria de Dios y la salud de las almas, particularmente de las que tenían más necesidad de la enseñanza de la doctrina cristiana: y que considerando que en las ciudades había abundancia de buenos ministros del evangelio, que como fieles operarios cultivaban la viña del Señor, exhortando a la virtud y amonestando a la penitencia; y que por el contrario, en las aldeas y lugares pequeños se hallaban destituidos los pobres labradores de todo socorro espiritual para seguir la observancia de los mandamientos; deseaban que la erección de una compañía de eclesiásticos doctos y virtuosos, fuese destinada exclusivamente para andar por las aldeas, con el beneplácito de los obispos, instruyendo la gente rústica y exhortándola a la virtud, sin que en los pueblos donde esto hiciesen, recibiesen cosa alguna, sino que gratuitamente repartiesen los dones de la divina gracia, y que para este efecto hacían donación de cuarenta mil liras1 que ya habían entregado a Vicente de Paúl, sacerdote de Acqs, con los pactos y condiciones siguientes:
Primera : Que dicho Vicente de Paúl, tuviese facultad de elegir en el espacio de un año, el número de eclesiásticos que se pudieran mantener con la renta de dicha fundación, para que hiciesen las misiones bajo su dirección; por lo cual expresamente declaraban, que era su voluntad que dicho Vicente fuese superior de los que con este objeto se reuniesen, así por su prudencia en el gobierno, como por la experiencia que tenía en el ejercicio de las misiones. Pero que por lo mucho que lo estimaban, y los muchos favores que de él habían recibido, deseaban que no se separase de su casa, ni fuese esto impedimento para que continuase asistiéndolos a ellos y a su familia en la dirección espiritual, como lo había hecho hasta entonces.
Segunda: Que los eclesiásticos que se agregasen a esta Congregación, se dedicasen enteramente a la enseñanza de los pobres labradores y aldeanos, y no pudiesen predicar públicamente en las ciudades, sino en caso de urgente necesidad.
Tercera: Que dichos eclesiásticos viviesen en común, bajo la obediencia de Vicente y de los superiores que le sucediesen, con el nombre de «Compañía o Congregación de clérigos de la Misión», con ánimo de servir a Dios en ella, según la regla que con el progreso del tiempo se estableciese entre ellos.
Cuarta: Que tuviesen la obligación de ir cada cinco años a hacer misiones en todos los estados de los fundadores, y de asistir espiritualmente a los galeotes.
En la escritura de la fundación había otras condiciones; pero bastan las dichas para dar a conocer los deseos de aquellos excelentes príncipes, su desinteresada piedad, su celo cristiano, el gran concepto que tenían de Vicente, y finalmente, cuán admirable es Dios en sus obras, y cómo dispone su Providencia los medios adecuados para llegar al fin que tiene decretado su infinita sabiduría.
Hecha la fundación, se solicitaron sacerdotes que se comprometiesen a cumplir lo que en ella se ordenaba, y luego comenzaron a faltar las esperanzas de levantar aquel glorioso edificio, pues faltaban los operarios; mas parece que Dios manifestaba que en la obra suya quería que tuviese poca a ninguna parte la industria humana; sólo un sacerdote se encontró que quisiese obligarse para siempre a lo que disponía la fundación, y aún el mismo Vicente, que debía ser la piedra fundamental de aquella Congregación, se hallaba como imposibilitado para cumplir con las obligaciones, en razón de la asistencia a la casa del general, según se había convenido en la misma contrata; de suerte que parecía contrario a la razón el que se pudieran esperar felices progresos de tau débiles principios.
Mas como nada hay difícil para Dios, y su omnipotencia facilita lo que a nuestra débil inteligencia parece imposible, en poco tiempo se consiguió ver planteada la fundación, y la señora Gondí recibió un premio eterno por el ardiente celo con que emprendió esta obra. Murió esta buena señora en aquel año de 1625, y con este motivo el general dio licencia a Vicente para que se retirase a su colegio y se dedicase exclusivamente al cuidado de regar aquella planta que por ser tan tierna podía marchitarse. Desde este punto comenzó Vicente a prepararse con la lectura de los libros sagrados y la contemplación de la vida de Jesucristo, para atacar los vicios y reformar las costumbres, que era a lo que Dios le llamaba con internas y eficaces voces. Siguiólo Antonio Portail, manifestando el mismo empeño en trabajar en su compañía, como lo había hecho doce o quince años antes.
Cubrir los vicios con la capa de virtud, hacer entender que es consideración el temor de perder las comodidades, prudencia la que no es más que pereza, justa moderación el miedo del qué dirán, y otras flaquezas humanas de esta naturaleza, detenían a muchos para agregarse al nuevo instituto de la Misión; y así es que Vicente no encontrando otra ayuda más que la de su compañero, se vio obligado a convidar a un sacerdote de vida ejemplar, para que trabajase con él por algún tiempo: ofrecióse con mucho gusto, y los tres dieron principio a tan admirable obra con fervor, humildad y paciencia nada comunes. Caminaban de lugar en lugar, fecundando con su celestial doctrina aquellos campos estériles; con su trato afable cautivaban los corazones, y con sus conversaciones particulares acababan de convertir las almas que habían conmovido con sus sermones.
Veneraban como a superiores, a todos los obispos y curas de los lugares que visitaban, y en todas materias se conformaban con las disposiciones que tomaban en sus diócesis ; y aunque todas las virtudes las enseñaban con el ejemplo, se veía resplandecer con más brillo el amor a los pobres y a los enfermos. Por el afán que tenía Vicente en el ejercicio de las misiones, parecía que en ninguna otra cosa tenía que pensar, pues descuidaba hasta el buscar sujetos para el perfecto establecimiento de su Congregación; pero como Dios cuida de proveer lo necesario, y Vicente descansaba enteramente en su clemencia, muy pronto comenzó la fama a publicar el fruto que este siervo de Dios sacaba de sus trabajos, despertando esta voz a muchos del sueño de la pereza, para agregarse a su compañía y trabajar con el mismo empeño; y como el ejemplo es un poderoso medio para estimular al trabajo, el que daban Vicente y sus compañeros, en pocos días atrajo un número no pequeño de sacerdotes, sin haber solicitado la asistencia de ninguno. Viendo el arzobispo de París que un edificio que apenas comenzaba a levantarse, necesitaba eficaces auxilios para no desalentar desde el principio a tan útiles operarios, aprobó el instituto de la Misión en el año de 1626, y con el mismo fin Luis XIII confirmó por real cédula la escritura de su fundación, y dio licencia para que pudiese fundar Vicente nuevas casas en cualquier parte de su reino, sin que ninguno pudiese impedirlo. Finalmente, Urbano VIII, informado del mucho fruto que sacaban aquellos venerables sacerdotes, y del gran bien que resultaba a la Iglesia de sus misiones, aprobó por su bula dada en Roma en 1632, tan santo empleo, y los erigió en Congregación, dándoles el título de Congregación de la Misión, para que se diferenciasen de las otras que se hablan fundado hasta entonces. En la misma bula nombró a Vicente por Superior general, facultándolo para que pudiese dar a los suyos la regla que le pareciese más conveniente, y para cuya aprobación señaló su Santidad un comisario.
Tal fue el origen de la Congregación de la Misión, que hoy con tanta utilidad de los fieles y del servicio de la Iglesia, se ve extendida en muchos reinos de Europa. No quería Vicente tener parte en esta gloriosa empresa, y solo atribuía a Dios la ejecución de ella, negándose por su extrema humildad a que lo considerasen ni aun como el débil instrumento de que se había valido. Daba mil gracias al Señor por haber permitido la erección de un instituto tan fervoroso, y añadía, que siendo tan inútil como era, poca o ninguna parte había tenido en la formación de la Congregación. «Andábamos, decía, simplemente enviados por los obispos evangelizando a los pobres a imitación de Jesucristo, y no atendíamos a otra cosa; pero Dios dirigía todo aquello para que se cumpliese lo que desde la eternidad había decretado. Por eso bendijo su Divina Majestad nuestras fatigas, e hizo que observándolo otros eclesiásticos, quisiesen acompañarse con nosotros, y en efecto lo verificaron en diversos tiempos y lugares. ¡Oh, Salvador mío!, ¡quién hubiera pensado jamás que con tan débiles principios hubiera llegado la Congregación al estado en que hoy se encuentra! Quien quiera que en aquel tiempo me lo hubiera dicho, hubiera creído que lo decía por burlarme; pero Dios quiso que de este modo principiase la Congregación. Y según esto, ¿quién se atreverá a decir que es obra humana la obra en que ningún hombre había pensado?» Estas palabras de Vicente a sus compañeros manifiestan el humilde conocimiento que tenía de sí mismo, y el poco mérito que creía tener por aquella obra, siendo así que era también gran mérito desconocer el valor de sus tareas.
Parece conveniente detenernos en esta historia en la relación de los ejercicios de la Congregación y en la utilidad que de ellos han sacado las almas, ya por haber sido el principal empleo del siervo de Dios, ya para que se sepa lo mucho que obró el Señor por medio de él.







