Aunque parezca extraño, la exorbitante actividad de Luisa no destruyó su experiencia de Dios, al contrario, la completó. Luisa aparece en la historia de la espiritualidad como una de las mujeres más contemplativas; tan contemplativa como San Pablo, Santa Teresa o San Vicente de Paúl y tan activa como ellos. Había entrado en la oración mística con la Noche pasiva de 1621 a 1623, y llegó a la altura del Desposorio místico en 1630. Desde entonces, a través de los años hasta su muerte, recibió purificaciones de Dios y experiencias místicas. Vicente de Paúl la ayudó a caminar entre la presencia experimentada de Dios. Nos han quedado muchos papeles contando esa vida divina, pero sin fecha. Luisa tenía costumbre de escribir sus pensamientos espirituales, los resúmenes de su oración diaria y de sus Ejercicios espirituales. Unas veces, los escribió para ella sola, para recordarlos en el futuro; otras para animar y dirigir a sus hijas, y otras veces para que los leyera su director y la guiara. Hacia 1644, comenzó a escribir sus experiencias místicas en forma de diario; aunque hoy, sólo conocemos papeles sueltos, desordenados y sin fecha la mayor parte.
Su lenguaje es sencillo. No da la sensación de nada extraordinario, porque no quiere exponer ninguna teoría, ni explicar o analizar su oración. Únicamente, quiere decirle a su director, con toda naturalidad, lo que le pasa en la oración; quiere contarle su vivencia de Dios.
En esas notas, vemos que hay momentos en los que pasa de la oración meditada a la contemplación: aparecen verbos en pasiva, luces y amor producidos por el Otro, todo sucede de repente, sin esperarlo, sin intervención de ella, con efectos de felicidad espiritual.
En algunos trozos, no aparece nítidamente el carácter contemplativo de la oración. Si no se leen detenidamente, puede parecer como un sentimiento humano, pero si los examinamos con cuidado, se siente la acción del Espíritu Santo y la pasividad de Luisa. Son trozos dominados por el verbo sentir: sentir consuelo, sentir que, me dio sentimiento, etc, pero todo causado por el Espíritu divino57. En otros papeles, aparece con más claridad la experiencia mística. Son páginas en las que se respira la pasividad. Entre líneas, leemos la presencia de Dios de una manera incontrolada por el hombre. No son las palabras las que evocan esa presencia, es todo el escrito.
Hay momentos en que la comunicación mística nos sorprende con tanta claridad, que quedamos admirados al ver cómo una mujer tan activa pudo gozar de tales vivencias divinas. Las expresa frecuentemente con el modismo me pareció. Es el lenguaje de lo inefable, es la vida casi divina de Santa Luisa de Marillac. Unida en quietud a Dios, éste desea posesionarse enteramente de ella como su dueño y esposo:
«Me pareció que a mi alma se le daba a entender que su Dios quería venir a mí, no como a un lugar de recreo o alquilado, sino como a su propia heredad o lugar que le pertenece enteramente». «De pronto, sentí que era advertida de desear que nuestro Señor viniese a mí acompañado de sus virtudes para comunicármelas». «Me dio a entender que su amor era tan grande que ni el mismo pecado le podía impedir venir a mí». «Me parecía que nuestro buen Dios me pidió mi consentimiento —y yo se lo di totalmente— para obrar por Él mismo lo que quiere ver en mí».
Su director, Vicente de Paúl, consideró esta oración como algo fuera de lo común, como la oración de una mujer adentrada en la contemplación, y se la respeta. Admitiendo esta realidad, la dirige hacia lo que Dios pide de ella. Un día, después de sentir a Dios en la oración, corrió gozosa a contárselo al director y a pedirle ayuda:
«Padre: Mi corazón, lleno todavía de gozo por el conocimiento que me parece que Dios le ha dado de esas palabras Dios es mi Dios y del sentimiento que he tenido de la gloria que todos los bienaventurados le dan, movidos por esta verdad, no puedo menos de escribirle esta tarde para suplicarle que me ayude a emplear debidamente estos excesos de gozo».
Y rápidamente, San Vicente le respondió en el mismo papel:
«Señorita: ¡Bendito sea Dios por las caricias con que su divina Majestad la honra! Hay que recibirlas con respeto y devoción, pensando en alguna cruz que le está preparando. Su bondad suele preparar de esta forma a las almas que ama, cuando desea crucificarlas».
La señorita Le Gras gozaba de la contemplación, pero no llevaba una vida contemplativa, su vida era plenamente activa; estaba entregada a los pobres con una vida repleta de acción. La mayor parte del día, de todos los días, era actuar para mejorar la triste vida de los deshumanizados. Con todo, las Hijas de la Caridad, y ella lo era, tienen media hora de oración por la mañana y otra media por la tarde. Durante esta hora de oración, las Hijas de la Caridad tienen que desprenderse de sus tareas y recogerse con Dios; durante esta hora, deben abandonarse al Espíritu Santo y dejarlo que se posesione de ellas. Tienen que introducirse tanto en Dios que lleguen a la contemplación. Dios es el objeto y el fin de la oración, el servicio al pobre no es el objeto, es el fruto del encuentro con Dios; como objetivo, el pobre es el centro de sus cartas, de sus conferencias y de sus empresas. El superior Vicente las animaba a llegar a una contemplación tan excelsa como la que gozó Santa Teresa de Jesús. Después, al salir de la oración, que la vida activa se convierta en una oración constante, viendo a Jesucristo en los pobres.
La santidad le facilitó a Luisa esta unidad de acción y contemplación, viviendo consciente lo que tanto les inculcaba Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad: que en caso de coincidencia, si se presenta una necesidad urgente de los pobres, había que abandonar la oración para asistir a los pobres, pues era dejar a Dios para encontrar a Dios.
Todos estos años, Vicente de Paúl la animó al seguimiento de Jesucristo. Ya no llevaba la espiritualidad de encontrar a Dios en la unidad de su esencia, como lo ansió y lo buscó en su juventud. Ahora, era Jesús. Los temas de la oración, probablemente insinuados por su director, estaban centrados en Jesucristo, hasta ponerlo Luisa como el «solo ejemplar de su vida».
Luisa aprendió por sí misma que la experiencia de Dios en la contemplación es breve. Aunque sean frecuentes los momentos de oración en los que ella es pasiva y es el Espíritu divino quien la ilumina y se apodera de su amor, Luisa experimentaba su brevedad. Por eso, en los demás ratos de oración, se esforzaba en comunicarse con Dios. Ella tomaba la iniciativa para estar con Jesús y se esforzaba en no distraerse. En estos momentos de meditación activa, seguía el método que le había dado el director Vicente, y, aunque no aparece en sus escritos, porque son resúmenes o simples resultados, sacaba conclusiones prácticas muy concretas, como le gustaba a su director, sobre su orgullo, cambio de alojamiento, pobreza, humildad, dulzura, tolerancia, amor, el sufrimiento, imitación de las virtudes de Jesucristo; sobre su hijo, acudir a María o cómo servir a los pobres.
Sin forzarla, Vicente de Paúl realizó en ella un cambio profundo: cambiar el sentido de hacerse santa ella sola por el de hacerse santa santificando a los demás, pasar de una oración fundamentada en la divinidad inmensa a una oración centrada en Jesucristo: «Vivamos, pues, muertos en Jesucristo y, como tales, nada de resistir a Jesús, no más actuar si no es para Jesús y para el prójimo, a fin de que en este amor ame yo todo lo que ama Jesús»(E 69). La persona de Jesús asume la presencia de la divinidad en el mundo; Jesús es el rostro humano de Dios, como el pobre es el de Jesús63.
Durante todos estos años, mantenía viva —siempre la mantuvo— la idea de que Dios ha creado a los hombres para que se unan con Él y así encontrar la felicidad. Todo lo creado sirve para llevar al hombre a la unión con Dios y glorificarlo, pero como el hombre finito es incapaz de unirse con el Dios infinito, Dios se hace hombre, y en la Encarnación, el hombre queda unido para siempre: él es feliz y Dios glorificado. San Vicente le hablaba continuamente de Jesús y Jesús penetra en su alma y en su mente: Jesús subió al cielo y para que la unión permaneciera real en la tierra, instituyó el sacramento de la Eucaristía, más sorprendente casi que la Encarnación, pues ésta nos redime, pero aquélla nos santifica.
Dios le responde a esta ilusión dándole las grandes experiencias místicas en el momento de la Eucaristía:
«El día de San Bernardo, habiendo comulgado… El día de San Benito, habiendo rehusado comulgar… De tiempo en tiempo, me hace temer acercarme a la comunión… El lunes, en la santa comunión… Y al no dejar de comulgar…». El desposorio místico se realizó después de comulgar.
Como la Eucaristía no se celebra en toda la tierra ni se unen a ella todos los hombres, Dios ha querido una unión constante y perpetua de todos los hombres con Dios a través de los méritos de la vida y de la muerte de Jesucristo. El Dios inmenso y eterno deja paso a la presencia de Jesús en el hombre. Es una presencia por la aplicación que el Padre otorga al hombre, de los méritos de su Hijo encarnado; ya que por la encarnación, la divinidad, en su totalidad, está unida a la humanidad en Jesucristo. En Él, el Creador se une a la criatura y, al mirar al hombre, ve a su Hijo muerto y resucitado, y perdona y acepta las acciones de las criaturas, aplicándoles los méritos del Verbo. Los méritos de Jesucristo son «como el aire, sin el cual el alma no tiene vida».






