Vicente de Paúl: el compromiso social de un hombre de espíritu

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Jaime Corera, C.M. · Year of first publication: 2008 · Source: Vincentiana, Septiembre-Octubre 2008.
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Tres maneras de ver a un santo

De la primera manera, que es también la más común, es testigo el historiador soviético Boris Porschnev: Vicente de Paúl es el gran «organizador de la beneficencia».1 No se quiere decir con ello que antes de Vicente de Paúl no hubiera existido beneficencia organizada. Hay abundantes muestras de ella en la historia de los siglos anteriores de la Iglesia y de la sociedad civil europea, y aun fuera de ella, como en el mundo musulmán. Pero Vicente de Paúl destacaría en la historia de la beneficencia por haber sabido organizarla en gran escala y con medios ‘modernos’, tales como la creación de organizaciones estables dedicadas a la beneficencia, el uso de medios como la propaganda impresa, la recaudación sistemática de fondos públicos y privados, la contabilidad y administración  cuidadosa de los recursos, y otros aspectos.

Todo esto es cierto; no anda descaminado Porschnev en su caracterización de Vicente de Paúl. Pero hay que preguntarle al historiador: ¿es eso, ser «organizador de la beneficencia», todo lo que supone en la historia la figura de Vicente de Paúl? ¿No se dejan fuera de ese retrato aspectos que son mucho más decisivos para definir a una figura como la de Vicente de Paúl y su influencia en la historia social?

La segunda manera la expone A. Ménabréa cuando escribe: «Debemos a san Vicente de Paúl la revolución que, desde hace trescientos años, ha transformado la vida social y el espíritu de nuestras leyes. El pasado no tenía idea alguna de las instituciones que los estados… se han dado a sí mismos desde entonces: ayuda a los pobres, seguros de enfermedad, obligación legal de socorrer a los desgraciados, de acudir en ayuda de las víctimas de la guerra, de las calamidades…, organización pública de la enseñanza, aprendizaje de oficios».2

Si la visión de Porschnev se queda corta para expresar en toda su importancia  la influencia de Vicente de Paúl en la historia social, la de Ménabréa puede que sea excesiva. Por un lado, no todo lo que Ménabréa atribuye a Vicente de Paúl se debe a él. Por ejemplo, la conciencia  de la obligación de socorrer a los necesitados por parte de los poderes públicos es muy anterior a san Vicente mismo. Escribe en el siglo XIII Tomás de Aquino, como testigo de una manera de pensar aún más antigua: «El gobernante debe cuidar de los pobres a costa del erario público».3

Por otro lado, no es Vicente de Paúl el único que influyó en todos los aspectos que le atribuye Ménabréa. Baste recordar brevemente las ideas de muchos escritores y gobernantes de la Ilustración, o de los movimientos de cambio social que se dieron con tanta abundancia en el siglo XIX. Pero Ménabréa apunta a una realidad histórica indudable: nadie tuvo antes que Vicente de Paúl una visión tan aguda de las necesidades sociales de la población pobre y de sus remedios; tampoco ninguna de las figuras importantes de su tiempo, ni dentro de la institución eclesiástica (Bérulle, san Francisco de Sales…), ni en el conjunto de la sociedad civil (Descartes, Pascal…).

En suma: el atribuir a Vicente de Paúl una influencia tan decisiva en la evolución de la conciencia social puede que sea algo exagerado, aunque tampoco anda del todo descaminado Ménabréa cuando lo hace. La figura de Vicente de Paúl es sin duda muy importante en la evolución de la conciencia social. Esto lo vieron claro también, por ejemplo, algunas mentes de la Revolución Francesa al rescatar a Vicente de Paúl como única figura aprovechable del santoral para inspirar sus propios planes de reconstrucción de la sociedad.

Pero hay una tercera manera de definir a Vicente de Paúl, manera que se resume en esta afirmación: Vicente de Paúl fue santo. Si no se ve esta afirmación como clave de la personalidad de Vicente de Paúl y como fuente de todo lo que hizo, así como de la influencia histórica de sus ideas y de sus obras, no se entiende a Vicente de Paúl.4 Tampoco se entenderá jamás la figura de Jesucristo y las razones últimas de su influencia en la historia de la humanidad si se pretende desconocer que era la encarnación humana de Dios, como se ha intentado muchas veces sin éxito en los tres últimos siglos.

Vicente de Paúl: un santo, un hombre espiritual, un hombre del Espíritu que demostró la riqueza y la fecundidad de su experiencia  espiritual en obras de amplia influencia social. Aunque en la historia de la Iglesia Vicente de Paúl no fue en manera alguna el primero en manifestar la fuerza de su vida espiritual en obras de eficacia social, sí nos parece que en ese aspecto ha sido la figura más destacable dentro de esa historia. No todos los hombres, o mujeres, espirituales han sabido hacer de su experiencia espiritual una fuente de acción y de influencia social importante.

Vicente de Paúl y las historias de la espiritualidad

¿Se puede escribir una historia de la espiritualidad sin mencionar a Vicente de Paúl para nada, o dándole a lo más un pequeño rincón en esa historia? Sin duda se puede,  pues se ha hecho muchas veces. Ha habido expertos en historia de la espiritualidad que ciertamente mencionan a Vicente de Paúl, pero para hacer observaciones tales como que «su espiritualidad personal no ofrece nada de original»,5 o que «en materia propiamente religiosa no es más que discípulo de san Francisco de Sales, y aún más de Bérulle».6

Lo que quieren decir los autores de esas dos citas es que en sus visiones de la historia de la espiritualidad, basadas en obras escritas por hombres y mujeres de diferentes experiencias espirituales, apenas si merece la pena mencionar a Vicente de Paúl como figura de importancia. Y ciertamente Vicente de Paúl no dejó ninguna obra escrita. Pero a ambos se les escapa una posibilidad muy interesante: ¿sería posible que, por un lado, una experiencia espiritual se expresara no en escritos, sino en acciones,7 y que, por otro, se tratara de una experiencia espiritual importante, y fuertemente original,  no estudiada por las historias de espiritualidad al uso basadas en libros?

Este es el caso, sin duda, de Vicente de Paúl, un hombre de espíritu que expresó la hondura de su vida espiritual no en escritos más o menos sistemáticos (como lo hicieron san Juan de la Cruz, o santa Teresa de Jesús), sino en obras de gran proyección social.8

Las raíces espirituales de la acción social de Vicente de Paúl

La base evangélica de la visión espiritual-social de Vicente de Paúl se podría centrar en aquella enseñanza de Jesucristo que transciende toda mera bondad humana: «El segundo mandamiento es semejante a éste: ‘amarás a tu prójimo’…» (Mt 22,39), enseñanza que uno de sus mejores discípulos expresaría años después de esta manera tajante: «Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Quien ama a Dios ame también a su hermano» (1Jn 4,20-21). Por su parte Vicente de Paúl mismo expresó la misma idea con una frase típica suya bien conocida, que hasta puede escandalizar un poco la primera vez que se oye: «No me basta amar a Dios si mi prójimo no le ama» (XII 262).

Esta frase, por sí sola, desmonta de un golpe toda teología o visión espiritual centrada exclusivamente en Dios y que no tenga en cuenta a la vez al hombre. Toda teología, si pretende ser cristiana, debe ser teología antropológica o antropología teológica. Si pretende ser cristiana, pues también fuera del cristianismo son posibles construcciones teológico-espirituales, y aun místicas, de gran altura (judaísmo, mahometismo…). Desmonta también de un golpe toda visión espiritual, por mística que pretenda ser, que se centre exclusivamente en la unión del alma individual con Dios, que pretenda dejar de lado todo lo humano para llegar a la pura unión con la divinidad,9 incluyendo el dejar de lado la humanidad de Cristo, como enseñaban algunos autores contemporáneos de san Vicente.

Pero Vicente de Paúl no puede dejar de lado la humanidad de Cristo ni en el principio de su vida espiritual, ni en su progreso, ni tampoco en su estado más avanzado. Por la humanidad de Cristo se llega al Padre («Yo soy el camino»), y por la humanidad de Cristo se llega también a todo ser humano, sobre todo al ser humano pobre y sufriente, como lo fue el mismo Cristo: «Dad la vuelta a la medalla y veréis por la luz de la fe que el Hijo de Dios, que ha querido ser pobre, nos es representado por los pobres» (XI 32). Esta es la fe de Vicente de Paúl, este es el fundamento de su vida espiritual y de la proyección social de sus obras.

Las raíces sociales de la acción social de Vicente de Paúl

Todo ser humano es mi prójimo, también el extraño y el samaritano (Lc 10,36-37). De manera que ningún cristiano que quiera alimentar su vida espiritual en la experiencia espiritual de Cristo necesitará ir muy lejos para practicar, como él lo hizo, la compasión, el amor verdadero, la entrega incluso de la propia vida, a favor del prójimo. De no vivir solitariamente en una isla o en el desierto, siempre se encontrará cerca un próximo necesitado de ayuda. Esto lo han sabido y lo han practicado siempre, hasta hoy mismo, hombres y mujeres de todos los estilos espirituales y en todos los grados de vida espiritual.

Ahora bien, no en todo tiempo ni tampoco en todo individuo se da una conciencia clara acerca de las dimensiones sociales de la vida humana. La sociedad moderna es hoy sin duda más consciente de esas dimensiones que las sociedades de épocas anteriores, hasta llegar hoy a abrazar los límites mismos de toda la humanidad. El prójimo no es ya simplemente el individuo próximo sino todos los seres humanos. Por otro lado estos no se ven a sí mismos  ya como meros miembros de instituciones ‘cerradas’ (pequeñas comunidades rurales, estructuras feudales, gremios, parroquias…), a las que deben toda su lealtad, sino que se sienten cada día más como ciudadanos del mundo, miembros de una única humanidad.

Ante ese hecho la caridad cristiana debe poner decididamente en práctica, sin olvidar las relaciones ‘cortas’ de próximo a próximo, una visión y una práctica de relaciones ‘largas’ que tengan en cuenta no ya sólo las necesidades de los individuos próximos sino también las necesidades de los conjuntos sociales cercanos y lejanos, y de los individuos que los componen, en cualquier lugar de la tierra. Así lo vinieron a advertir oportunamente hace ya más de medio siglo Paul Ricoeur y el padre Chenu. Esta es también sin duda la visión de lo que se conoce como Doctrina Social de la Iglesia desde la encíclica Rerum Novarum de León XIII en 1891.

Pero no todas las épocas, decíamos, han tenido conciencia clara, ni la tienen hoy todos los cristianos, de este nuevo contenido social y universal de la palabra «prójimo» y de las consecuentes obligaciones nuevas que brotan de la fe en Jesucristo (aunque él mismo sí la tuvo, por supuesto: cfr., por ejemplo, Mt 28,19).

Pero Vicente de Paúl sí tuvo una tal conciencia: la convicción de que, aunque había que seguir dando de comer al hambriento, había que preocuparse también de mejorar la situación espiritual y social de las masas campesinas, de los refugiados de guerra, de los esclavos, de los niños abandonados, de los presos, de las masas de paganos pobres. Había que seguir dando de comer al hambriento, pero había también que mejorar las condiciones de vida de grandes colectividades, y no ya sólo de algunos individuos necesitados. Pero para tener esa visión de la caridad como virtud social hacía falta tener una visión social de la realidad humana, cosa que no era tan fácil en tiempos anteriores, tiempos de estructuras sociales pequeñas y ‘cerradas’, que empezaron a desintegrarse con el descubrimiento de nuevos mundos y la creación de formaciones políticas mucho más amplias que las estructuras feudales (estados nacionales), estructuras que en toda Europa  se estaban ya desmoronando bajo los ojos mismos de Vicente de Paúl.

Una nueva visión: espíritu cristiano y conciencia social

En la larga historia de la caridad cristiana Vicente de Paúl ocupa un lugar que, aunque fuertemente original, bebe de la misma fuente que dio origen a esa historia, la caridad de Cristo. Así lo advierte con razón el historiador Henry Kamen al observar que la actuación de Vicente de Paúl, aunque nueva en sus formas, se basaba en la visión medieval de la beneficencia.10 Medieval quiere decir en esta caso cristiana, basada en la convicción de que «Dios ama a los pobres, y ama a quienes los aman», como diría el mismo Vicente de Paúl. Por decir todo esto brevemente: los presupuestos teológicos del obrar de san Vicente se fundan en el evangelio y en la tradición anterior cristiana.

Lo nuevo en Vicente de Paúl es la proyección consciente de esos presupuestos teológicos no ya sólo en el alivio de los casos individuales, sino en la mejora de las condiciones sociales de existencia de las colectividades pobres. La función de la caridad no es ya sólo aliviar el hambre y la desnudez, sino tratar de mejorar de manera estable las condiciones de vida de todo tipo de necesitados que padecen hambre y desnudez, desarraigo (emigrantes), incapacidad personal (niños abandonados), falta de trabajo (artesanos envejecidos, campesinos expulsados de sus tierras), falta de libertad (esclavos), falta de cultura (escuelas rurales), ignorancia religiosa (mundo campesino de su tiempo)… La caridad tradicional se debe manifestar ahora también en obras de proyección social para tratar de construir una sociedad más justa en todos sus aspectos, también en el religioso, y no ya simplemente para aliviar las carencias materiales o espirituales de algunos necesitados.

Decimos «se debe» porque es indudable que en la visión de Vicente de Paúl el ejercicio de la virtud de la misericordia no es ya (como lo era en la visión tradicional, y como sigue siéndolo en la mentalidad general cristiana) una práctica facultativa que dependerá de la capacidad de compasión y generosidad del agente, sino algo que se debe en justicia: «Dios nos conceda la gracia de enternecer nuestros corazones a favor de los miserables, y de creer que, al socorrerles, estamos haciendo justicia y no misericordia».11 El no verlo así lo atribuye Vicente de Paúl, por implicación y por contraste, a «dureza de corazón», pues pide a Dios la gracia de que ablande o enternezca nuestros corazones para que lleguemos a verlo y comprenderlo. Esto exige un cambio radical de visión, una verdadera conversión de la mente y del corazón

Esta nueva visión no supone en manera alguna una depreciación de la virtud de la misericordia, sino, al revés, la consolidación radical de la misma (la misericordia no es facultativa, sino que se debe en justicia), a la vez que coloca de lleno a la misericordia en el terreno social, pues la justicia es la virtud cardinal que regula las relaciones sociales entre individuos, entre colectividades y entre instituciones.

Por ejemplo: en el terreno ‘espiritual’, era injusto que las instituciones de la Iglesia centraran su actividad mayoritariamente en las ciudades y descuidaran el mundo rural. La instrucción religiosa y la actividad pastoral de las instituciones de la Iglesia se les debe a los campesinos (o a los paganos) en estricta justicia, pues tienen derecho a ello; no se puede dejar todo ello sometido al azar de un mayor o menor celo o misericordia de los agentes pastorales del momento.  En el terreno ‘material’, tampoco era justo que en la sociedad francesa hubiera gentes que vivían en la abundancia de bienes económicos y culturales mientras que las masas campesinas, u obreras, justamente superaran el nivel de la supervivencia, o ni siquiera eso, o que fueran analfabetas. Existe, pues, el deber de justicia de tratar de elevar el nivel económico y cultural de las masas desfavorecidas. A tratar de remediar esos males tiene que dedicarse el corazón misericordioso (y el de san Vicente de Paúl sin duda lo era), convencido de que debe hacerlo por estrictas razones de justicia, razones que en su caso exigirán la reforma o el cambio de las estructuras sociales o legales que produzcan la injusticia.

Esta visión nos parece nueva en la historia social y en la historia de la Iglesia, y no creemos exagerar al atribuir a Vicente de Paúl la originalidad y novedad de la misma. Hoy empieza a extenderse con fuerza esa visión, dentro y fuera de la Iglesia, gracias, sin duda, a Dios, pues no puede deberse más que a la influencia de su Espíritu en la historia el que se vayan imponiendo ideas que atacan tan de frente el poderoso egoísmo de los individuos, de algunas clases sociales, y de todas las naciones.

No queremos decir en manera alguna que Vicente de Paúl fuera el inventor de esa visión. Ya se dijo arriba que todo lo que significa algo en la vida, la obra y los dichos de Vicente de Paúl tiene sus raíces en el evangelio y en la caridad de Cristo. Pero Vicente de Paúl conoce bien su evangelio y sabe muy bien que de Cristo se dice (citando a Isaías 42,1-4) que «anunciará el derecho a las naciones». Ahora bien, es ese derecho el que establece la (nueva) justicia, que está muy por encima de las exigencias concretas de la Ley mosaica. Ese derecho se anuncia además a todas las naciones, y no ya sólo al pueblo elegido. Todas las naciones deberán en adelante regirse por el derecho que anuncia Jesús de Nazaret movido por el Espíritu de Dios (Mt 12,18).

El Reino de Dios y su justicia

Después de treinta o cuarenta años de hablar de ello, hoy es ya un tema de consenso entre exegetas y teólogos la idea de que, aunque Jesús dijo muchas cosas acerca de Dios y de sí mismo, no vino al mundo propiamente a hablar de Dios o de sí mismo, sino a anunciar el Reino o reinado de Dios en la historia de la humanidad y en la vida futura. Las discrepancias de interpretación empiezan cuando se quiere definir cuáles son los signos que muestran efectivamente que Dios reina  en la historia humana, pero no hay discrepancias acerca de la afirmación fundamental: Jesús nos enseña que Dios quiere que le permitamos reinar en nuestra vida personal y en todas nuestras relaciones interpersonales y sociales.

Se trata además del reinado de Dios y de su justicia (Mt 6,33), pues cuando se consigue implantar la justicia tal como la entiende Dios y nos la revela por Jesucristo, entonces se hace real el reinado de Dios en la vida personal y en la vida social. Esto vale para todo ser humano y para todas sus relaciones sociales: matrimonio, familia, mundo del trabajo, del ocio, de la cultura, de la economía, de la política… Ningún aspecto de la vida humana debe quedarse al margen de los postulados de la justicia de Dios. De manera que lo que se llama justicia en las diversas sociedades humanas lo será de verdad en tanto en cuanto refleje la visión que Dios mismo tiene de la justicia. Cómo es esa justicia de Dios se aprende en las enseñanzas de Jesucristo.

Así lo ve Vicente de Paúl y lo dice en una conferencia a sus misioneros sobre la búsqueda del Reino de Dios (XII 130 ss.). Al hablar de la justicia (humana) se vale de los términos usuales en la tradición moral cristiana, que ésta a su vez toma prestados de la filosofía griega y del derecho romano: justicia conmutativa, justicia distributiva. Pero lo que interesa de verdad en la visión de Vicente de Paúl es la convicción expresada con toda claridad de que la justicia no es una pura invención de la mente humana o de la sensibilidad moral humana, sino que depende de Dios mismo: «Nuestras justicias guardan cierta relación y semejanza con la divina, pues dependen de ella» (XII 335-336).

Si Vicente de Paúl ha visto bien,  toda justicia humana, además de tener su fuente en Dios, tiene también en la justicia de Dios el criterio para juzgar su autenticidad. No todo lo que pasa por justo en una sociedad dada es necesariamente justo a los ojos de Dios. Hay relaciones sociales fundadas en la ley humana (que en una visión positivista del derecho es la única fuente de justicia) que se verían como declaradamente injustas si se vieran a la luz de la justicia de Dios. Por poner un ejemplo que hoy parece evidente a (casi) todo el mundo: la esclavitud permitida por la ley de un país sería injusta por serlo también a los ojos de Dios. La ley humana haría legal la esclavitud en ese país (un juez no podría condenar a quien tuviera esclavos), pero no justa. Casi todos los derechos humanos que hoy se aceptan (casi)  universalmente como ‘evidentes’ exigencias de la justicia han sido conculcados por las legislaciones de prácticamente todas las sociedades a lo largo de la historia

Las diferencias y conflictos que se dan, por un lado,  entre los fallos y las imperfecciones de lo que con frecuencia corre como justicia en el mundo legal humano, y, por otro, las exigencias de la justicia de Dios enseñada por Jesucristo, han creado a la conciencia cristiana un problema que es falso en el aspecto teórico, aunque ciertamente crea muchos problemas en la práctica. En teoría las exigencias de la justicia y de la caridad que proceden de Dios son coincidentes, son las mismas. Recuérdese el dicho de san Vicente citado arriba acerca de la misericordia como exigida por la justicia. En la práctica, y en la mentalidad tradicional hasta hoy mismo, la situación es muy diferente. Y así, se dice como cosa evidente  que la caridad debe tratar de hacer lo que la justicia por sí sola no es capaz de hacer, que caridad y justicia deben ser complementarias, etc.

Pero todo eso es cierto sólo porque con mucha frecuencia la justicia humana no tiene en cuenta las exigencias de la justicia de Dios, e incluso, con no poca frecuencia, va en contra de la justicia de Dios. Cuando sucede eso, se ve  la caridad como la virtud que remedia los males que causa la (in-)justicia humana. Pero en Dios mismo, y en la visión evangélica de la que vive Vicente de Paúl, las cosas no se presentan así. En esa visión caridad y justicia se confunden.12 Para amar de verdad, hay que ser justo de verdad; para ser justo de verdad hay que amar de verdad. Justicia y caridad, sí; pero como dos conceptos que se refieren desde dos puntos de vista diferentes a una misma realidad, no a dos realidades con contenidos diferentes. Por ello el alma caritativa no puede dedicarse a hacer obras de beneficencia y no ver como propio suyo el trabajo por conseguir que en la sociedad en que vive, y aun en todo el mundo, se establezca  la verdadera justicia.

En resumen, y volviendo a la idea que tiene Vicente de Paúl sobre la búsqueda del reinado de Dios: lo que se nos pide en el evangelio es que trabajemos («Buscad quiere decir preocupación, quiere decir acción» XII 131) para que a través de una justicia según el corazón de Dios se haga posible el reinado de Dios en este mundo. Pero para hacer eso hay que estar animado por un amor como el que Cristo tuvo a toda la humanidad, sobre todo a la parte de la humanidad que sufre por causa de las injusticias humanas, injusticias que con demasiada frecuencia están incrustadas en los mismos sistemas legales de las naciones.

La herencia  de san Vicente de Paúl

Las instituciones reconocidas en la Iglesia Católica que integran lo que se conoce como Familia Vicenciana cuentan hoy con varios cientos de miles de hombres y mujeres que se reconocen explícitamente como miembros de alguna de esas instituciones, y reconocen la visión espiritual (es decir: la manera de ser cristiano, de ser seguidor de Cristo) de san Vicente de Paúl como suya propia, como la espiritualidad que debe animar todos los aspectos de su vida. Tres de ellas fueron fundadas por Vicente de Paúl: la Asociación Internacional de Caridades o Voluntarias de la Caridad, la Congregación de la Misión, las Hijas de la Caridad. Otras, hasta un número de alrededor de doscientas, han sido fundadas a lo largo de tres siglos por otras personas, pertenecientes en algunos casos a una de las tres fundadas por el mismo Vicente. Entre las que no fueron fundadas ni por Vicente de Paúl ni por ningún miembro de esas tres instituciones destaca, por su número y por su extensión mundial, la Sociedad o Conferencias de San Vicente de Paúl, fundada en 1833 por un pequeño grupo de jóvenes universitarios de París, entre los que ha venido a destacar en la historia posterior el beato Federico Ozanam, quien tenía sólo veinte años en el momento de la fundación.

Ese conjunto imponente de instituciones y de cristianos pertenecientes a la Familia Vicenciana no ha tenido una historia unitaria u homogénea, aunque nunca han faltado las relaciones más o menos estrechas entre algunas de ellas. Además, en la mayor parte de los casos no existe una historia escrita de las instituciones correspondientes. Ténganse en cuenta esos dos hechos para poder apreciar mejor el valor, o el poco valor,  de las consideraciones sobre el la historia del conjunto de la herencia espiritual de san Vicente de Paúl que vamos a exponer a continuación.

El 3 de diciembre de 1852, a la edad de 39 años, ocho meses antes de fallecer, escribía Federico Ozanam a un amigo con ocasión de una peregrinación al lugar de nacimiento de san Vicente de Paúl: «Yo debía una visita a este patrón tan querido que me preservó de tantos peligros en mi juventud, y que ha derramado tantas bendiciones inesperadas sobre nuestras humildes conferencias. Hemos visto allí el viejo roble bajo el cual Vicente, pastor de niño, se cobijaba mientras guardaba el rebaño. Este árbol se mantiene en pie sobre el terreno sólo por la corteza de un tronco devorado por los años. Pero sus ramas son magníficas, y aún muestran un follaje verde en esta estación tan avanzada. Me parece ver en él una imagen de las fundaciones de san Vicente de Paúl».

Valga esa imagen del árbol carcomido, pero lleno de vida (sigue estándolo aún hoy, más de 150 años después de la carta de Ozanam), como metáfora del estado de la herencia espiritual de san Vicente de Paúl a lo largo de los tres  siglos largos que han trascurrido desde su muerte en 1660.

Como todas las instituciones humanas que no hayan desaparecido barridas por la marcha de la historia, también las instituciones de inspiración vicenciana han vivido, durante los tres siglos largos que han transcurrido desde la muerte del fundador,  sus momentos de esplendor aquí y allá, sus años de poco más que   mera supervivencia, y hasta de simple desaparición en algunos casos.  Pero es indudable que muchas de  las ramas de ese viejo tronco siguen estando aún hoy, ciento cincuenta años después de la muerte de Ozanam, llenas de vida.

Un mero catálogo de las obras benéficas mantenidas hoy, comienzos del siglo XXI, por una u otra de las ramas de la Familia Vicenciana, de las bases  económicas que las mantienen, y del número de personas voluntarias de todas las clases que trabajan en ellas (jóvenes y no jóvenes, casadas, solteras o viudas, sacerdotes y hermanos coadjutores, hijas de la caridad), impresionaría sin duda a un lector de cualquier fe, o de ninguna, e incluso a personas que se dedican con aplauso general a tareas parecidas a las  que mantienen las instituciones vicencianas. No insistiremos en ello, pues el hecho es bien conocido en amplios círculos de la opinión pública. En verdad, el viejo tronco ha dado en el pasado y sigue dando hoy muestras de vitalidad prácticamente en todas las naciones del mundo.

Este trabajo no  ha pretendido describir en detalle las varias ‘ideas sociales’ de san Vicente de Paúl, y no lo ha hecho. Se ha centrado en una sola, que nos parece, sin embargo, fundamental: la necesaria integración del trabajo por la justicia social entre las exigencias tradicionales de la caridad, y además como aspecto central de la misma caridad, no como una mera aplicación o consecuencia de ella.

Hoy, después de las enseñanzas inequívocas de la llamada Doctrina Social  de la Iglesia y las del Concilio Vaticano II, después de tanto estudio y tanto discurso, y de tanto movimiento social centrado en la defensa de los derechos humanos, la conciencia de la necesidad de la integración de la justicia entre las exigencias de la caridad se está extendiendo con rapidez dentro de la Iglesia Católica, y también, por supuesto, fuera de ella y de manera independiente.

Ante este fenómeno surge de manera inevitable una pregunta: ¿tienen todos los que pertenecen a una u otra de las instituciones de inspiración vicenciana una conciencia clara de la necesidad, y aun de la prioridad, de integrar en su visión el trabajar por la justicia a favor de los pobres, y no ya sólo el aliviar las carencias de los pobres que sufren injusticias?   Si tomamos los documentos oficiales de los últimos treinta años de todas las instituciones vicencianas, la pregunta tiene una respuesta clara: sí tienen una tal conciencia, y la exponen nítidamente en esos documentos.

Pero la inercia histórica tiene también su peso. Muchos miembros de las instituciones vicencianas siguen  practicando la beneficencia como si nada hubiera pasado en la conciencia de la Iglesia y en el mundo. Hay que admitir con franqueza que a muchos miembros de las instituciones vicencianas el tema de la justicia exigida por la caridad parecerá tal vez como algo nuevo y enseñado por la Iglesia de hoy, pero que no está en la visión espiritual de san Vicente de Paúl tal como se les ha transmitido.  Contra esa visión hay que afirmar  que el tema de las relaciones entre la caridad y la justicia, perdido en el proceso de transmisión, estaba ya sólidamente presente en la práctica benéfica y en la visión espiritual de san Vicente de Paúl mismo.

  1. En Les soulévements populaires en France au XVII siècle, Flammarion, París, 1972, p.359.
  2. A. Ménabréa, La révolution inaperçue: Saint Vincent de Paul, le savant, Marcel Daubin, París, 1948, pp.9-10.
  3. «Princeps debet providere pauperibus de aerario publico», en De regimine principum, libro 2º, cap. 15.
  4. «El que no lo ve ante todo como místico se imagina a un Vicente de Paúl que no existió jamás». H.Brémond, en Histoire littéraire du sentiment religieux en France, A.Colin, París, 1967, tomo III, p.219.
  5. L. Cognet, De la Dévotion Moderne a la spiritualité française, Flammarion, París, 1972, p.359.
  6. H.Brémond, o.c., tomo III, p.218.
  7. Así lo ve, por ejemplo, Garrigou-Lagrange, que considera a Vicente de Paúl, comparándolo con san Juan de la Cruz, como místico de la acción. Véase también G.L.Collucia, Spiritualità vincenziana, spiritualità dell’azione, M.Spada editore, Roma, 1978.
  8. Vicente de Paúl, aunque no en escritos de carácter sistemático, sí expresó su visión espiritual en sus abundantes  conferencias a sus misioneros, a las hijas de la caridad y a las damas de la caridad, así como en varios miles de cartas. Pero, naturalmente, es mucho más difícil y laborioso extraer una visión espiritual de ese abundante material ocasional  que de escritos sistemáticos. Sin embargo, hay excelentes trabajos que lo han intentado. Citamos como más sistemático y completo: Perfezione evangelica, tutto il pensiero di S. Vincenzo de` Paoli esposto con le sue parole, Roma, 1965, de C Riccardi.
  9. No sería sabio escandalizarse, ni siquiera sorprenderse, por esta afirmación, sobre todo si se cree conocer el pensamiento auténtico de los verdaderos místicos. Escribe, por ejemplo, santa Teresa de Jesús: «Solas estas dos cosas nos pide el Señor: amor de su Majestad y del prójimo. La más cierta señal que hay de si guardamos estas dos cosas es guardando bien la del amor al prójimo; porque si amamos a Dios, no se puede saber…., mas el amor del prójimo, sí». Las Moradas, moradas quintas, cap.3).
  10. H.Kamen, The Iron Century: Social Change in Europe,1550-1660, Weindenfeld & Nicholson, London, parte III, cap.8..
  11. San Vicente escribe esto a uno de sus misioneros que se dedicaba a mejorar las condiciones materiales y religiosas de los condenados a galeras. Ver VII 98.
  12. Así lo vio también, a la temprana edad de veinte años, el beato Federico Ozanam, uno de los mejores, si no el mejor, de entre los inspirados por la espiritualidad de san Vicente de Paúl. Escribe a su amigo Auguste Materne el 19 de abril de 1831: la ley del amor «debe ser la única ley que gobierne todas las acciones humanas».

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