31 marzo, 1 y 2 abril 1639
Yo, Vicente Depaul, superior de la congregación de los sacerdotes de la Misión, de unos 59 años de edad, tras prestar juramento de decir la verdad en nombre de mis sagradas órdenes, reconozco que son éstos los hechos y las respuestas que he dado ante el señor Lescot, doctor en teología y profesor real de la misma, delegado por su eminencia el cardenal duque de Richelieu, en virtud de la comisión que le ha dado a su eminencia el ilustrísimo y reverendísimo señor Juan Francisco de Gondi, arzobispo de París, en el proceso que se celebra contra el señor abad de Saint-Cyran, prisionero en el castillo del Bois de Vincennes, debido a las opiniones particulares y contrarias a la iglesia que le acusan de mantener.
Reconozco que la carta que me ha mostrado el señor Lescot 1, que yo he anotado por mi propia mano, es la misma que me ha escrito y enviado dicho señor de Saint-Cyran fechada en París el 20 de noviembre de 1637, suscrita con el nombre de abad de Saint-Cyran, que comprende cuatro páginas y media.
Además, afirmo que conozco a dicho señor de Saint-Cyran desde hace unos quince años y que, durante ese período de quince años, he tenido bastante trato con él y lo considero como una de las mejores personas que he conocido.
Que al final del año 1637, por el mes de octubre, fui a visitar a dicho señor de Saint-Cyran en su casa de París, frente a los cartujos, y le avisé de los rumores que corrían sobre él, esto es, de algunas opiniones o prácticas contrarias a la práctica de la iglesia, que decían ser mantenidas por él, aunque no me acuerdo de su número, sino solamente de una de ellas, esto es, que mandaba hacer penitencia a algunas personas durante tres o cuatro meses antes de darles la absolución, y algunas otras de las que se hablará a continuación.
El recibió este aviso amablemente y no me acuerdo de la respuesta que me dio entonces con toda claridad. Esto ocurrió entre dicho señor de Saint-Cyran y entre mí solamente, sin que ninguna otra persona estuviera presente.
Que me parece que el señor abate Olier, el señor abate Caulet y el señor abate de Prières 2 me habían dicho que el señor abate de Saint-Cyran seguía esta práctica, y me habían contado otras muchas cosas de él, de las que no me acuerdo.
Que, habiéndome dicho el señor abate Caulet que había tratado con el señor abad de Saint-Cyran observando en él algunas opiniones particulares, y habiéndome preguntado si a mi juicio podría someterse a su dirección, le dije al señor Caulet que, puesto que encontraba alguna dificultad en esas opiniones, no se sometiera a su dirección, aunque no sé si le dije que abandonara su trato.
No sé en qué tiempo recibí dicha carta, ni por medio de quién me la dirigió o me la mandó.
Nunca me dijo lo que le parecía criticable en nuestra congregación ni cuáles eran las faltas a las que alude en la carta mencionada.
No me acuerdo haber prohibido a nadie de nuestra congregación que tratase con el señor de Saint-Cyran.
No sé lo que quiere decir en esa carta de que había criticado los comienzos por los que nuestra congregación se había establecido en los lugares donde está, ni tampoco cuál es esa crítica en público que dice él haber hecho en la citada carta, y de que había hecho cambiar de opinión con sus razones a la persona a quien debemos nuestra fundación, a no ser que quiera hablar del proceso que tuvimos contra los de San Víctor y de la asistencia que entonces nos prestó.
Tampoco sé cuál es esa persecución que dice en dicha carta que tuvo que padecer y en la que yo le habría abandonado ni cuál es esa ayuda que le prestamos, ni esa triple cábala que dice que se tuvo contra él.
Tampoco sé cuál es esa gran ayuda que dice haber querido prestar a nuestra congregación, y que yo le habría impedido, a no ser que pretenda decir que no quise seguir sus consejos a propósito de nuestra congregación. Pues bien, nunca me ha dado ningún consejo sobre la dirección de la compañía.
He visto una vez a dicho señor de Saint-Cyran en su mencionada residencia de París desde su regreso; no hablamos entonces del contenido de su carta, a no ser que yo le dije al principio que le agradecía que se hubiese confiado conmigo, descargándose en dicha carta del enfado que había sufrido.
No me acuerdo haberle dicho a nadie que había recibido aquella carta o que la guardase, a no ser al señor Dauzenat que era entonces capellán de la señora duquesa de Aiguillon y ahora tesorero del señor cardenal.
Conservé aquella carta para demostrar que yo no participo de la mencionada práctica del señor de Saint-Cyran ni de las opiniones que le atribuyen, en el caso de que le acusasen.
Cuando el señor de Laubardemont me habló de dicha carta, de parte del señor cardenal, o dos días más tarde, la llevé a Su Eminencia y le dije al señor Lescot aquel mismo día que la tenía.
Ni el señor Barcos ni el señor Singlin vinieron a verme para pedirme que no dijera nada contra el señor de Saint-Cyran.
Jamás he llamado maestro al señor de Saint-Cyran.
No sé por qué no se cerró dicha carta; me acuerdo que me la entregaron en un envoltorio de papel cerrado y que no había ninguna otra carta que la acompañase.
Supe tres días más tarde por medio de un tal señor Tardif que se había encontrado una copia de dicha carta entre los papeles del señor de Saint-Cyran, que se recogieron cuando apresaron a dicho señor, y que aquella copia la había sacado por propia mano la superiora de la Visitación de Poitiers; me parece que añadió que el original me lo había enviado dicha superiora, pero yo no sé nada.
Nunca he recibido ninguna carta de dicha superiora acerca de las opiniones y prácticas que se imputan al señor de SaintCyran, ni tampoco relacionada con la mencionada carta, a no ser dos o tres cartas suyas que recibí hace unos cuatro años a propósito de la fundación de la Visitación de Poitiers, cuando intervine ante el señor de Saint-Cyran para que escribiera al señor obispo de Poitiers.
Y eso es todo lo que sé sobre dicha carta.
Por lo que se refiere a los demás artículos sobre los que me ha interrogado el señor Lescot, afirmo que, en lo que se refiere a si he oído decir al señor de Saint-Cyran que Dios ha destruido a su iglesia desde hace 500 ó 600 años, alegando las palabras de Salomón, tempus destruendi, y que la corrupción se ha introducido en ella, incluso en su doctrina, respondo que le he oído decir una vez solamente esas palabras, de que Dios destruyó a su iglesia y también que, según eso, parece que quienes la sostienen actúan en contra de su intención. Creo que decía esto a propósito de algunas ideas sobre los juicios de Dios y la corrupción de las costumbres. Al principio esta proposición me preocupó; pero luego he pensado que podía decirle en el mismo sentido que me han dicho que la decía el papa Clemente VIII afirmando que lloraba al ver que, mientras la iglesia se extendía por las Indias, le parecía que se iba destruyendo por aquí. En cuanto a lo que dijo que le parecía que sus sostenedores iban contra la intención de Dios, creo que esto debe explicarse por las acciones de la vida de dicho señor de Saint-Cyran, que en su mayoría servían al sostenimiento de la iglesia. Son testigos sus escritos y todo lo que hacía por la salvación de las almas. Y de lo demás del artículo yo nunca le he oído hablar.
A la pregunta de si he oído decir al señor de Saint-Cyran que el papa y la mayoría de los obispos, párrocos, etc., no constituyen la verdadera iglesia, ya que están desprovistos de vocación y de espíritu de gracia, respondo que no le he oído nunca decir lo que se contiene en dicha pregunta, a no ser solamente una vez que dijo que muchos obispos eran hechuras de la corte y no tenían vocación. Pero nunca he visto a nadie que estimase al episcopado tanto como él, ni a algunos obispos, como al difunto obispo de Comminges. Tenía también en grande estima al obispo de Ginebra, Francisco de Sales, y lo llamaba bienaventurado.
A la pregunta de si le he oído decir que el concilio de Trento ha cambiado y alterado la doctrina de la iglesia y que no es un concilio legítimo, respondo que nunca se lo he oído decir ni que él tuviera nada en contra de dicho concilio.
A la pregunta de si le he oído decir que es un abuso dar la absolución inmediatamente después de la confesión, según la práctica ordinaria, y que hay que satisfacer de antemano, respondo que nunca le he oído decir que fuera un abuso obrar de esta manera. Sí que le he oído hablar de la penitencia antes de la absolución, pero no me acuerdo bien en qué términos. Pero la experiencia me hace ver cómo entendía él lo que se contiene en esa pregunta, ya que nos mandó dar la misión en las parroquias que dependen de su abadía de Saint-Cyran y nos ofreció varias veces un priorato que tiene cerca de Poitiers para que hiciéramos lo mismo en el obispado de Poitiers, y todos saben que nosotros hacemos lo que se contiene en dicho artículo.
A la pregunta de si le he oído decir que el justo no debe tener más ley que los movimientos interiores de la gracia para vivir en la libertad de los hijos de Dios, y que los votos son imperfectos por oponerse a esa libertad del espíritu de Dios, respondo que no le he oído nunca decir esas palabras, de que el justo no deba tener más leyes que los movimientos interiores de la gracia cuando alegaba aquellas palabras de san Pablo: Justo lex non est posita. Pero no me acuerdo bien en qué términos hablaba ventajosamente de los movimientos interiores de la gracia ni a propósito de qué citaba las palabras de san Pablo. En cuanto a los votos, tengo dudas de si le oí decir esas palabras de la pregunta. Sin embargo, me consta que él asistió a un sobrino suyo, para que se hiciera capuchino en la provincia de Toulouse, y que él personalmente llevó al hijo de uno de sus amigos a los carmelitas reformados.
A la pregunta de si había dicho que los jesuitas y los demás nuevos religiosos que intervienen en las funciones clericales tienen que ser suprimidos, respondo que le he oído criticar algunas opiniones de los jesuitas, concretamente las que se refieren a la gracia, y que me parece haberle oído decir que, si él pudiera suprimir a los jesuitas o alguno de ellos, lo haría, aunque también le he oído tributar grandes alabanzas a los primeros de aquella orden, y también me parece haberle oído decir que no quería mal a la compañía de los jesuitas y que estaba dispuesto a dar su vida por ella y por cada uno de los mismos; por eso creo que lo que entendía por destruir a los jesuitas era que, si de él dependiera, les quitaría la facultad de enseñar teología. De lo demás del artículo, nada sé.
En relación con varios artículos, como de si la contrición perfecta es absolutamente necesaria para el sacramento de la penitencia, de si sólo se puede dar la absolución sacramental a los que están verdaderamente contritos, de que la absolución no perdona el pecado, sino que solamente declara que está ya perdonado en virtud de la contrición que ha precedido y tiene que preceder a la absolución, de que los pecados veniales no son materia suficiente para la absolución sacramental, de que no es necesario confesar el número de los pecados mortales ni las circunstancias que cambian la especie del pecado, de que la verdadera fe no se distingue de la caridad, de que la iglesia ha dejado hace 600 años de ser la verdadera iglesia, de todos estos artículos y de algunos otros sobre los que me ha interrogado el señor Lescot, respondo que nunca he oído hablar de esto al señor de Saint-Cyran. Y esto es todo lo que sé sobre dicho señor de Saint-Cyran.
He escrito todo lo anterior con mi propia mano y, después de haberlo vuelto a leer, me reafirmo en ello y lo firmo,
VICENTE DE PAUL







