Monseñor. Pese a haber resuelto guardar el silencio tan exactamente como la soledad, y aunque pido a Dios todos los días que siga bendiciendo la obra que su misericordia comenzó en mí, y no me detengo a considerar las opiniones de los hombres, con todo, he sabido no ha mucho que la vida que aquí llevo se ha prestado a habladurías y se me acusa de una conducta sin otro móvil que mi propio espíritu. He creído, pues, violar el respeto que debo a la autoridad de la iglesia, depositada en vuestra ilustre persona, si no os diera cuenta del estado de mi conciencia, de la que sólo ante Dios y ante vos, monseñor, juzgo deber responder. Os suplico me hagáis el honor y la caridad de enviar cerca de mí al señor Vicente para que me confiese a él y le abra el corazón y veáis por los ojos de él que no hay nada malo ni extraño en mi soledad y ejercicios. Ojalá hubieseis estado en París, monseñor, cuando yo salí del mundo. Ojalá me hubiese dejado la violencia con que Dios me tocó; más pensamientos que el de llorar en secreto mis pecados y ofensas. No hubiese yo entonces dejado de ir a echarme a vuestros pies para pedir vuestra santa bendición y descubriros la moción que la gracia de Nuestro Señor había impreso en mí de abrazar una vida penitente y retirada. No lo permitió la divina providencia, mas ahora me da una nueva ocasión, y la edificación que debo a la iglesia y al público parecen tornar en necesidad lo que era sólo deber. Me considero obligado, monseñor, a poner en vuestro conocimiento que no afecto conducta particular alguna, que sólo deseo servir a Dios con sencillez de corazón y que estoy presto a cambiar lo que dé que decir en mi vida, si el señor Vicente me lo ordena, cuando haya visto la disposición de mi alma.
Aunque, por la gracia de Dios, monseñor, me he convertido en el más despreciable de todos los hombres y no me resta otra calificación que la de pecador y solitario, con todo, estoy persuadido de que no desdeñaréis a un alma que Dios ha puesto bajo vuestro cuidado y por la que Jesucristo ha muerto, la cual responderá ante el tribunal de su justicia, y me concederéis sin duda la súplica tan humilde que os hago.
Monseñor, si no me hubiese sacado del mundo y llevado a la soledad el mismo Dios que os llamó a vos para guiar a su rebaño y gobernar su iglesia, yo mismo iría a recibir de vuestra mano este director y aseguraros a un tiempo mi servicio y obediencia; pero la providencia divina os hace, por vuestra piedad y cargo, protector de cuantos viven cristianamente, cada cual su vocación. Estimo, pues, que aprobaréis la fidelidad y constancia que me esfuerzo por observar en la vía que Nuestro Señor me tiene marcada. Vos preferiréis enviar a nuestro desierto a este gran servidor de Dios, para que examine y refiera lo que hago, y no que salga yo del retiro en que me ha puesto la divina providencia y vos me habéis dado el permiso de permanecer.
Con todo, monseñor, ofreceré a Dios mis plegarias y votos, y le suplicaré siempre que continúe aumentando vuestras gracias y haga surgir alguna santa ocasión por la que os pueda testimoniar que soy de vos, etc…







