Vicente de Paúl, Conferencia 154: Extracto De Una Conferencia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA OBRA DE LOS RETIROS

Ventajas de la obra de los retiros. Si la compañía se hace indigna de ellos, perderá las demás gracias. San Lázaro es un lugar de resurrección. Refutación de los pretextos contra la obra de los retiros.

Hermanos míos, ¡cuánto hemos de estimar la gracia que Dios nos concede de traernos tantas personas para que les ayudemos en su salvación! Vienen incluso personas que pertenecen al ejército; uno de estos días, me decía uno de ellos: «Padre, dentro de poco tendré que marchar al peligro y antes quiero ponerme en la debida disposición; tengo remordimientos de conciencia y, ante la duda de lo que pueda pasarme, deseo prepararme a lo que Dios quiera de mí». Tenemos aquí ahora, gracias a Dios, a muchas personas en retiro. Hermanos míos, ¡cuánto bien puede producirnos esto, si trabajamos en ello con fidelidad! Pero ¡qué desgracia si esta casa llegase algún día a descuidar esta práctica! Os lo aseguro, padres y hermanos míos; tengo miedo de que algún día nos falte el celo que hasta el presente nos ha hecho recibir a tantas personas para que hagan retiro. ¿Qué sucedería entonces? Habría que temer que Dios le quitase a la compañía no sólo la gracia de esta ocupación, sino que la privaría incluso de las demás. Me decían anteayer que el parlamento ha degradado a un consejero y que, obligándole a ir al salón de sesiones, donde estaban todos reunidos, vestido de sus ropajes rojos, el presidente llamó a los ujieres y les mandó que le quitaran esos ropajes y su bonete, como indigno de aquellas señales de honor e incapaz del cargo que ocupaba. Lo mismo nos sucedería, hermanos míos, si abusásemos de las gracias de Dios descuidando nuestra obligaciones primeras: Dios no la quitaría como indignos de la condición en que nos ha puesto y de las obras a las que nos ha dedicado. ¡Dios mío! ¡Qué dolor!

Pues bien, para que nos convenzamos del daño tan grave que sufriríamos si Dios nos privase del honor de rendirle este servicio, hay que considerar que muchos vienen aquí a hacer su retiro para conocer la voluntad de Dios, sintiendo deseos de dejar el mundo; encomiendo a vuestras oraciones a uno de ellos, que ha terminado el retiro y que, al salir de aquí, irá a tomar el hábito en los capuchinos. Hay algunas comunidades que nos mandan a los que desean entrar en ellas para que hagan aquí los ejercicios, a fin de probar mejor su vocación antes de recibirles; otros acuden desde más de diez, de veinte y de cincuenta leguas, no sólo para recogerse aquí y hacer su confesión general, sino para determinarse a una elección de vida en el mundo y pensar en los medios para salvarse. También vemos a muchos párrocos y eclesiásticos que vienen de todas partes para cumplir debidamente con las obligaciones de su profesión y avanzar en la vida espiritual. Todos acuden sin preocuparse del dinero que han de traer, sabiendo que serán siempre bien recibidos; a este propósito, me decía hace poco una persona que para los que no tienen nada es un gran consuelo saber que hay en París un lugar siempre dispuesto a recibirlos por caridad, cuando se presentan con un verdadero deseo de ponerse a bien con Dios.

Esta casa, hermanos míos, servía antes de refugio para los leprosos; se les recibía aquí y ninguno se curaba; ahora sirve para recibir pecadores, que son enfermos cubiertos de lepra espiritual, pero que se curan, por la gracia de Dios. Más aún, son muertos que resucitan. ¡Qué dicha que la casa de San Lázaro sea un lugar de resurrección! Este santo, después de haber permanecido durante tres días en el sepulcro, salió lleno de vida (1); nuestro Señor, que lo resucitó a él, les concede ahora esta misma gracia a muchos que, después de haber permanecido aquí algunos días, como en el sepulcro de Lázaro, salen con una nueva vida. ¿Quién no se alegrará con semejante bendición, y quién no sentirá un amor y un agradecimiento muy grande para con la bondad de Dios por semejante bien?

Pero ¡qué vergüenza si nos hacemos indignos de esta gracia! ¡Qué confusión, hermanos míos, y qué pesar tendremos si un día, por culpa nuestra, llegamos a perderla y nos vemos degradados, con gran oprobio ante Dios y ante los hombres! ¡Qué aflicción para un pobre hermano de la compañía, que ve ahora cómo vienen de todas partes tantas personas del mundo para retirarse un poco entre nosotros a cambiar de vida, y que vea entonces cómo se ha perdido este bien! Verá que ya no se recibe a nadie; ya no verá lo que tantas veces ha visto; pues podríamos llegar a esa situación, hermanos míos, si no inmediatamente, con el tiempo. ¿Por qué motivo? Si se le dice a un pobre misionero relajado: «Padre, ¿quiere usted dirigir a este ejercitante durante el retiro?», esa súplica será para él un infierno; y, si no se excusa, no hará, como se suele decir, más que pasar la escoba; tendrá tantas ganas de pasarlo bien y le costará tanto quitarle una media hora a su recreo después de comer, y otra media al de después de cenar, que esta hora le resultará insoportable, aunque la dedique a la salvación de un alma y sea la mejor empleada de todo el día. Otros murmurarán de esta tarea con el pretexto de que nos ocasiona muchos gastos y molestias; entonces, los sacerdotes de la Misión, que antes habían dado la vida a los muertos ya no tendrían más que el nombre y el recuerdo de lo que han sido; no serán más que cadáveres y no verdaderos misioneros; serán esqueletos de San Lázaro y no Lázaros resucitados, y mucho menos hombres que resucitan a los muertos. Esta casa, que ahora es como una piscina salvadora (2), donde tantos vienen a lavarse, no será más que una cisterna corrompida (3) por el relajamiento y la ociosidad de sus moradores. Pidámosle a Dios, padres y hermanos míos, que no nos suceda esta desgracia; pidámosle a la santísima Virgen que la aleje de nosotros con su intercesión y por el deseo que ella tiene de la conversión de los pecadores; pidámosle al gran san Lázaro que acepte ser siempre el protector de esta casa y que le obtenga la gracia de la perseverancia en el bien comenzado.

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