Vicente de Paúl, Conferencia 147: Extracto De Una Conferencia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA MISION DADA EN FOLLEVILLE EN 1617

Ventajas de las confesiones generales. Relato de esta misión.

Después de haber contado la conversión de un aldeano de Gannes, san Vicente añadió:

«La vergüenza impide a muchas de esas buenas gentes campesinas confesarse con sus párrocos de todos sus pecados; y esto los mantiene en un estado de condenación. A este propósito preguntaron un día a uno de los hombres más ilustres de estos tiempos si podían salvarse esas gentes con esa vergüenza, que les quita el ánimo para confesarse de ciertos pecados. El respondió que era indudable que, si morían en ese estado, se condenarían. ¡Ay, Dios mío! (dije entonces en mi interior), ¡cuántos se perderán entonces! ¡Y qué importante es la práctica de la confesión general, para remediar esta desgracia, ya que va acompañada de ordinario de una verdadera contrición! Aquel hombre decía en voz alta que se habría condenado, porque estaba verdaderamente tocado del espíritu de penitencia; y cuando un alma está llena de él, concibe tal horror al pecado que no sólo se confiesa de él al sacerdote, sino que estaría dispuesto a acusarse de él públicamente, si fuera necesario para su salvación. He visto a algunas personas que, después de su confesión general, deseaban declarar públicamente sus pecados delante de todo el mundo, de forma que apenas se las podía contener; y aunque yo les prohibía que lo hicieran, me decían: «No, padre, se los diré a todos; soy un desgraciado, que merezco la muerte». Fijaos en esta fuerza de la gracia y del arrepentimiento; yo he visto muchas veces este deseo, y se observa con frecuencia. Sí, cuando Dios entra de este modo en el corazón, le hace concebir tal horror de las ofensas que ha cometido, que le gustaría manifestarlas a todo el mundo. Y en efecto, hay algunos que, tocados por este espíritu de compunción, no encuentran ninguna dificultad en decir en alta voz: «Soy un malvado, porque en tal y tal ocasión he hecho esto y esto; le pido perdón a Dios, al señor párroco y a toda la parroquia». Vemos cómo lo han practicado los mayores santos. San Agustín, en sus Confesiones, manifestó sus pecados a todo el mundo, imitando a san Pablo, que declaró en voz alta y publicó en sus epístolas que había sido un blasfemo y un perseguidor de la Iglesia, a fin de manifestar así las misericordias de Dios para con él. Tal es el efecto de la gracia, cuando llena un corazón; echa fuera de él todo lo que le es contrario».

Esta gracia fue la que realizó este efecto saludable en el corazón de aquel aldeano, cuando confesó públicamente, y en presencia de la señora esposa del general, de la que era vasallo, sus confesiones sacrílegas y los enormes pecados de su vida pasada; entonces aquella virtuosa dama, llena de admiración, le dijo al padre Vicente: «¿Qué es lo que acabamos de oír? Esto mismo les pasa sin duda a la mayor parte de estas gentes. Si este hombre que pasaba por hombre de bien, estaba en estado de condenación, ¿qué ocurrirá con los demás que viven tan mal? ¡Ay, padre Vicente, cuántas almas se pierden! ¿Qué remedio podemos poner?»

«Era el mes de enero de 1617 cuando sucedió esto; y el día de la conversión de san Pablo, que es el 25, esta señora me pidió, dijo el padre Vicente, que tuviera un sermón en la iglesia de Folleville para exhortar a sus habitantes a la confesión general. Así lo hice: les hablé de su importancia y utilidad, y luego les enseñé la manera de hacerlo debidamente. Y Dios tuvo tanto aprecio de la confianza y de la buena fe de aquella señora (pues el gran número y la enormidad de mis pecados hubieran impedido el fruto de aquella acción), que bendijo mis palabras y todas aquellas gentes se vieron tan tocadas de Dios que acudieron a hacer su confesión general. Seguí instruyéndolas y disponiéndolas a los sacramentos, y empecé a escucharlas en confesión. Pero fueron tantos los que acudieron que, no pudiendo atenderles junto con otro sacerdote que me ayudaba, la señora esposa del general rogó a los padres jesuitas de Amiens que vinieran a ayudarnos; le escribió al padre rector, que vino personalmente, y como no podía quedarse mucho tiempo, envió luego a que ocupara su puesto al reverendo padre Fourché, de su misma compañía, para ayudarnos a confesar, predicar y catequizar, encontrando, gracias a Dios, mucha tarea que realizar. Fuimos luego a las otras aldeas que pertenecían a aquella señora por aquellos contornos y nos sucedió como en la primera. Se reunían grandes multitudes, y Dios nos concedió su bendición por todas partes. Aquel fue el primer sermón de la Misión y el éxito que Dios le dio el día de la conversión de san Pablo: Dios hizo esto no sin sus designios en tal día».

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