Vicente de Paúl, Conferencia 140: Conferencia Del [14 De Noviembre De 1659]

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA POBREZA

(Reglas comunes, cap. 3, art. 1-2)

Dar gracias a Dios por estar en el mismo estado de pobreza que nuestro Señor. Naturaleza de la pobreza. Cómo hay que entender el voto que hacen los misioneros. Dificultades y objeciones.

Mis queridísimos hermanos, lo que llevamos explicado de las reglas hasta ahora comprende dos capítulos; vamos a empezar con el tercero, que es sobre la pobreza. Jesucristo, verdadero señor de todos los bienes del mundo, se abrazó con la pobreza de una manera tan especial que no tenía dónde reclinar su cabeza y colocó en un estado semejante de pobreza a los que le siguieron en su misión, esto es, a sus apóstoles y discípulos, hasta el punto de que no tenían nada propio a fin de que, estando desprendidos de todo, pudiesen combatir mejor y más fácilmente y vencer el espíritu de las riquezas, que lleva a la perdición a casi todo el mundo; por eso cada uno procurará dentro de sus pobres posibilidades, imitarlo en la práctica de esta virtud, estando seguro de que ella será como el baluarte inexpugnable que, con la ayuda de Dios, deberá conservar siempre la congregación.

2. Y aunque nuestras ocupaciones en las misiones, dado que hemos de desempeñarlas gratuitamente, no nos pueden permitir que hagamos profesión de pobreza en todas las maneras, intentaremos sin embargo guardarla de voluntad y de afecto y, en cuanto podamos, también efectivamente, sobre todo respecto a las cosas que aquí se nos ordenan.

3. Todos y cada uno de los miembros de nuestra congregación deben saber que, a ejemplo de los primeros cristianos, todas las cosas nos serán comunes y que los superiores se las distribuirán a cada uno, a saber, el alimento, el vestido, los libros, los muebles y las demás cosas, según las necesidades del individuo. Pero para que no hagamos nada que vaya contra la pobreza que hemos abrazado, nadie podrá disponer de esos bienes de la congregación ni emplearlos para nada sin permiso del superior.

Estos son, hermanos míos, los primeros artículos de este tercer capítulo de la pobreza. Haremos unas cuantas reflexiones sobre el motivo que tenemos para alabar a Dios y darle gracias por el favor que nos ha hecho de que nos encontremos en el estado en que se encontró nuestro Señor, que tanto apreció la pobreza y que tan bien la practicó durante toda su vida. Luego diremos en qué consiste, cómo hay que entender el voto que de ella hacemos, las dificultades y objeciones que surjan en contra y los actos particulares que hemos de realizar.

La primera reflexión que hemos de hacer sobre ello (está en la regla) es que nuestro Señor, el señor soberano, el creador y legítimo poseedor de todos los bienes, habiendo visto el gran desorden que el deseo y la posesión de las riquezas han causado en la tierra, quiso remediarlo con la práctica de lo contrario. El, que fue tan pobre que ni siquiera tuvo donde reposar su cabeza, quiso que sus apóstoles y discípulos, a quienes había admitido en su compañía, adoptasen esta práctica de la pobreza, lo mismo que los primeros cristianos, de los que se dice que no tenían nada propio, sino que sus bienes eran en común. Así pues, nuestro Señor, viendo el gran estrago que el espíritu maligno había hecho en el mundo por la posesión de las riquezas, que causan la perdición de muchos, quiso combatirla con un remedio totalmente contrario, esto es, la práctica de la pobreza.

Según esto, la regla nos dice que practiquemos la pobreza nosotros, a quienes ha llamado nuestro Señor para hacer lo que él vino a hacer en el mundo, para continuar su misión y trabajar por la conversión de las almas. La compañía, desde sus comienzos, ha creído que había que llegar hasta ello, hasta practicar la pobreza. Esta pobre compañía, que no era nada en sus comienzos, juzgó entonces, dos o tres años más tarde, que lo mejor era imitar a nuestro Señor en esto, en esta práctica de la pobreza, castidad, obediencia, estabilidad, y que cada uno podía hacer votos en particular, después de haber rogado mucho a Dios por ello y pedido consejo. En fin, por la misericordia de nuestro Señor, hemos adoptado esta práctica, primeramente de combatir en nosotros la ambición de las riquezas, con la gracia de Dios, y mediante esta gracia obtener la virtud contraria, esto es, la de la santa pobreza. Por ello, habiendo sido llamados a hacer lo que nuestro Señor hizo en la tierra, decidme, ¿creéis que sería conveniente que tomásemos otros medios distintos de los que él tomó para combatir a los enemigos de la gloria de su Padre, los mundanos y los que se dejan arrastrar por el deseo y la pasión de las riquezas? Por la práctica de la pobreza quiso nuestro Señor ponernos en este estado, a pesar de nuestras indignidades. ¡Cómo hemos de agradecértelo, Salvador mío!

Y basta con los motivos; todos los conocéis mejor que yo. Se logra que reviva en la compañía el espíritu de los primeros cristianos, que no tenían nada propio (2).

Pero digamos algo más. Al ver que nuestro Señor no nos pide más que esto para ser bienaventurados, ¿no hemos hecho bien en abrazar este estado de pobreza, entrando como él en esta santa práctica? Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum (3): ¡bienaventurados los pobres de espíritu que han dejado… no sé qué, pero enhorabuena! De ellos son las riquezas del reino de los cielos: Ipsorum est regnum caelorum. Una vez más: Ipsorum est; a ellos les pertenece el cielo; a los que realmente, y más que de espíritu y de afecto, lo han dejado todo, a ésos es a los que declara nuestro Señor que les pertenece el cielo. Además, ¿en qué consiste la voluntad de Dios? Quiere que quienes lo aman, lo amen sin reserva, lo que se hace cuando se ha abandonado todo, como él nos ama sin reserva. Por tanto, los que han hecho el voto de pobreza, los que lo han dejado todo, ya no están apegados a nada, no tienen afecto a nada, y por tanto se ven obligados a poner su afecto y su amor en Dios, ya que es imposible vivir sin amar. Pues bien, mediante el voto de pobreza, al no tener ya afecto ni amor a los bienes creados y terrenos, se lo tendremos al bien increado y a las cosas del cielo. El que ha hecho ese voto de pobreza no está apegado a nada, ni a los bienes, ni a los honores, ni a los placeres, ¿estará entonces su corazón sin amar? No; tendrá que dirigir su afecto y su amor hacia Dios. Por tanto, el voto de pobreza no es más que un medio soberano y perfecto para amar mucho a Dios. Pongamos siempre en la cima y consideremos esto como lo principal: que no dejamos las riquezas de la tierra más que para tener las riquezas del cielo y que abandonamos tonterías, bienes caducos y perecederos para tener los eternos y perdurables. ¡Qué felicidad, Salvador mío!

Pero ¿en qué consiste esta pobreza? Hay dos clases de ella: una que se refiere a los bienes, casas, tierras, vestidos, etcétera. De esta clase de pobreza dijo nuestro Señor: Qui non renuntiat omnibus quae possidet, non potest meus esse discipulus; y en otra parte: Non est me dignus. El que no deja sus bienes, sí, sus bienes y sus vestidos, no puede ser mi discípulo de una manera particular y más perfecta. Sí, hermanos míos, sólo seremos discípulos de nuestro Señor, si lo abandonamos todo y renunciamos a todo, sí, omnibus.

La otra clase de pobreza, que da un paso más allá, consiste en renunciar no solamente a todo, sino incluso a sí mismo. ¿Llegó a hacer esto nuestro Señor? ¿Renunció a su juicio, a su entendimiento, a su voluntad, a sus deseos, a sus inclinaciones y pasiones? Sí, renunció a su entendimiento y a su juicio, como se ve por aquellas palabras: Mea doctrina non est mea, sed ejus qui misit me, yo la tengo de mi Padre; mi juicio y mi entendimiento lo tengo recibido de mi Padre. Renunció a la dignidad y cualidad que tenía de ser hombre-Dios, juntamente por su voluntad y por su juicio; renunció, diciendo: Non mea, sed tua voluntas fiat, ¡Qué pobreza, renunciar a su juicio, a su voluntad, a sus pasiones, a los deseos e inclinaciones de los hombres, hasta poder decir: Ut jumentum factus sum apud te! Un jumento no tiene nada en propiedad, sino que pertenece por entero a su amo, sin juicio, sin voluntad propia. Es como si nuestro Señor dijese: «Yo no uso de mi entendimiento, ni de mi juicio, ni de mi propia voluntad, ni de las pasiones comunes a los hombres; soy como si no tuviera nada de eso». Si somos verdaderos hijos de Dios, lo mismo que nuestro Señor, hemos de llegar hasta ese extremo, renunciar omnibus, y tener esas dos clases de pobreza: primeramente, renunciar a lo que tengamos; en segundo lugar, renunciar a nosotros mismos, a nuestro juicio, a nuestra voluntad, a nuestras inclinaciones, a nuestros deseos y a nuestras pasiones. Durus est hic sermo; sí, es duro para la naturaleza y para los que viven según su sensualidad, pero no para los que practican la virtud, los que tienden a la perfección y quieren llegar a ser hombres espirituales; por el contrario, para todos estos esta sentencia de la Escritura resulta muy consoladora.

Por consiguiente, la pobreza que profesamos consiste en renunciar a todo; los santos creen que la persona que ha sido elevada a esta gracia de renunciar a todo, ya no tiene derecho a desear ningún bien, ningún honor, ningún placer de este mundo, ya que su bien, su honor y su placer es solamente Dios. Aquí voy a hacer una digresión para explicaros este renuncia que se hace de los bienes en la compañía; pues he creído que sería conveniente, ya que la compañía ha pertenecido siempre al cuerpo clerical, explicar la manera de hacer este voto de pobreza, por causa de ciertas dificultades que se han presentado y porque algunos han dicho que se podría alcanzar permiso del papa o del superior general, para anular este voto de pobreza. En fin, después de haber pensado mucho en esto, después de haber hecho varias consultas y celebrado varias conferencias sobre este tema, se ha enviado a Roma a pedir al santo padre que aprobase y confirmase la explicación que se ka juzgado conveniente darle a este voto de pobreza. He aquí el breve que él nos ha enviado sobre este asunto. Le he pedido al padre Portail que lo hiciera copiar, pero demasiado tarde, por mi culpa, pues no me he acordado de hacerlo antes. Acaban de traérmelo. He aquí el breve. Fijaos cómo procuramos pesarlo todo con el peso del santuario (11). Y como en una materia de tanta importancia, no hay que tener ningún descuido, empezaremos leyéndolo en latín. ¿Hay alguno que sepa leer bien el latín de Roma? Que lo haga el que ha hecho la copia. Lea usted.

Alexander, papa, septimus, ad futuram rei memoriam…

Léalo ahora en francés en atención a los hermanos; no está todavía bien traducido ni atildado.

Alejandro VII, papa…

Así es, pues, hermanos míos, como hay que entender el voto de pobreza. En cuanto a los bienes, los que tengan fincas, tierras, casas, rentas y beneficios simples (ya que no podemos tener parroquias), pueden retener el dominio de esos bienes, que queda en manos de los sujetos de la compañía para disponer de ellos en favor de sus parientes; pero, en cuanto al uso, no lo tienen, renuncian a él por este voto; se entregan a Dios, a sí mismos y a sus bienes, para emplearlos en obras piadosas, tal como lo exige el breve. Habrá que tener en consideración a los parientes para atenderles según sus necesidades.

Mirad qué llevadero es todo esto. ¿Hay algo más que pueda pedirse? ¿No os parece esto razonable? El fondo queda para los parientes. El uso de esos bienes no es para el individuo; él no tiene necesidad de ello, ya que la compañía atiende a sus necesidades; se utiliza la renta de dichos bienes en obras piadosas pro arbitratu superioris, dice el papa, o se atenderá con ello a los parientes, si lo necesitan. ¿Qué os parece esto, hermanos míos? ¿No os parece esto razonable? Nos hemos entregado a Dios; nos hemos privado voluntariamente de esos bienes; hemos renunciado a ellos. Que juzgue de esto el que quiera: ¿tendrá algo que oponer en contra? ¿Queda algo por desear, después de haberlo examinado bien y consultado en Roma al papa, que lo ha aprobado por medio de los cardenales nombrados para conocer los asuntos importantes? Y éste es el resultado y la confirmación que se nos ha mandado.

Si, por desgracia, alguno saliera de la compañía por permiso del papa o del superior general, podría recoger sus bienes y sus beneficios. Así es como hay que entender este voto y esta renuncia a los bienes. Puesto que Dios nos ha llamado a este estado de pobreza non nomine tenus, pidámosle la gracia de tener su espíritu y de guardar bien nuestro voto.

¡Oh, Salvador! ¡Cómo hablo yo de esto, que soy tan miserable, que en otros tiempos he tenido un caballo, una carroza, que tengo una habitación, fuego, una cama con tapices, un hermano, yo mismo, quiero decir, de quien cuidan tanto que no me falte nada! ¡Qué escándalo le doy a la compañía por el abuso que he hecho del voto de pobreza en todas estas cosas y otras por el estilo! Le pido perdón a Dios y a la compañía y le ruego que me soporte en mi vejez. Que Dios me dé la gracia de corregirme, ya que he llegado a esta edad, y de desprenderme de todas estas cosas en cuanto me sea posible. Levantaos, hermanos míos (pues toda la compañía se había puesto de rodillas mientras él hacía este acto de humildad).

Os dije, hermanos míos, que hablaríamos de los actos de pobreza y de sus señales, pero es demasiado tarde; dejemos este tema para el próximo viernes y hablemos solamente de algunas objeciones o dificultades con que se tropieza en la observancia de este voto. Sólo hablaré de la primera: cuando estamos en los pueblos misionando y trabajando por continuar lo que nuestro Señor hizo aquí en la tierra, parece ser que la compañía hace algo en contra de la práctica de la pobreza, alimentándose por sí misma y no viviendo como los que han hecho y hacen profesión de pobreza real, y que reciben de los demás sus alimentos y demás cosas necesarias. Es verdad que no hemos de recibir nada, ni siquiera una manzana o un racimo de uvas pero la razón ya la veis y la sabéis: Quod gratis accepistis, gratis date. Hemos recibido gracia de Dios para la instrucción y la conversión de los pueblos; no nos ha costado nada guardémonos mucho de recibir nada. Se acostumbra dar todos los días una limosna, no se recibe nada de las misas que nos mandan decir, se contribuye un poco a la colecta de la cofradía de la caridad. Esto parece contrario al voto de pobreza. Pues bien, en misiones hay que guardar al menos el espíritu de pobreza; se hace profesión de ella y hay que demostrarla en la sobriedad y austeridad en el vivir y en el vestir, y tener praeparationem animi de dejarlo realmente todo, si fuera oportuno. He aquí la primera dificultad.

Ya son las nueve; hay que terminar y retirarse. Le ruego a la compañía que alabe a Dios y le dé gracias por haberla puesto en el estado de su Hijo, de los apóstoles y de los primeros cristianos, que practicaron tan bien esta pobreza y que no tenían nada propio, sino que omnia erant illis communia. Así pues, démosle gracias a Dios nuestro señor por habernos puesto en estado de la práctica de la pobreza. Pero ¿cómo hacerlo dignamente? Sería menester que el mismo Jesucristo fuera su agradecimiento y que nos inflamase cada vez más en el amor a este estado. ¡Oh Salvador! Omito un pensamiento que se me acaba de ocurrir. Ruego a los sacerdotes que celebren mañana la misa y a nuestros hermanos que apliquen la comunión del domingo en acción de gracias, porque nuestro Señor nos ha puesto en este estado del voto de pobreza, y que le pidan insistentemente que nos conceda la gracia de practicarla bien, con la esperanza de que algún día nos veremos abundantemente recompensados en el cielo.

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