SOBRE LA UNIFORMIDAD
(Reglas comunes, cap. 2, art. 11).
Naturaleza de la uniformidad. Motivos para practicar esta virtud; medios de practicarla: guardar las reglas.
Mis queridos hermanos, el undécimo artículo del capítulo de las máximas evangélicas dice así:
Para honrar la vida común que quiso llevar nuestro señor Jesucristo, a fin de conformarse con los demás y ganarlos así mejor para Dios su Padre, todos, en la medida de lo posible, guardarán la uniformidad en todas las cosas, mirándola como una virtud que mantiene el buen orden y la santa unión; por ello huirán igualmente de la singularidad, raíz de la envidia y de la división, no sólo en lo que se refiere al género de vida, el vestido, la cama y otras cosas por el estilo, sino también en lo que atañe a la manera de dirigir, de enseñar, de predicar, de gobernar, así como a las prácticas espirituales. Pues bien, para poder conservar siempre entre nosotros esta uniformidad, sólo se necesita un medio, esto es, una observancia muy exacta de nuestras reglas o constituciones.
Ya veis, hermanos míos, como el fondo de este artículo se refiere a la uniformidad; todo lo demás gira en torno a esta idea. Pues bien, al hablar de esta virtud o estado de uniformidad, reduciremos todo lo que indica la regla poco más o menos a nuestro pequeño método, y diremos primero en qué consiste (creo que habrá que comenzar por ahí), para exponer a continuación las razones que tenemos para entregarnos a Dios a fin de ser unánimes y no tener más que un solo corazón y una sola alma; hablaremos de un medio para ello.
He estado pensando en si debería explicar la regla palabra por palabra o si sería mejor seguir esta división que os he hecho, y me ha parecido que la materia requería que la tratáramos de esta última manera.
La misma palabra indica lo que quiere decir uniformidad; es tan evidente y tan claro que nadie duda de ello, sobre todo los que tienen estudios.
La uniformidad es un estado o una virtud, o las dos cosas a la vez. La uniformidad, considerada en un individuo, es una virtud que le hace obrar en conformidad con su condición; y considerada en su comunidad, es un estado que, uniendo a todos los individuos, forma de los diversos miembros un solo cuerpo vivo con sus operaciones propias.
Por consiguiente, los misioneros son unánimes si no tienen más que un solo espíritu que los anime; y son uniformes si no tienen más que un alma que tiene las mismas facultades en cada uno de ellos.
¿Qué entiende usted por facultades? Yo entiendo el entendimiento, la voluntad y la memoria, que son las facultades o potencias del alma, y que tienen que ser semejantes en cada uno de nosotros; de forma que, propiamente hablando, tener uniformidad es tener un mismo juicio y una misma voluntad en las cosas de nuestra vocación.
Pues bien, en esta relación o semejanza que tenemos mediante esta unión, hay que distinguir entre las actitudes naturales del cuerpo y las acciones morales; pues en las actitudes del cuerpo es difícil que haya unanimidad: nunca hay dos rostros iguales, ni tampoco son iguales el caminar, el hablar y los gestos de dos personas, pues siempre se encontrará alguna pequeña diferencia entre ellas. Es la naturaleza la que pone estas diferencias y el poder de Dios se demuestra en estas diversidades o distinciones de un hombre con los demás.
Pero, en cuanto a las acciones morales sí que tiene que haber unanimidad, ya que las virtudes que las producen radican en el alma y todos nosotros no somos más que una sola alma y, por consiguiente, hemos de tener un mismo juicio, una misma voluntad y unas mismas operaciones.
Pero, padre, ¿cómo es posible esto? Vemos que somos distintos en las opiniones y en la manera de juzgar; uno ve las cosas de forma diferente que el otro; uno tiene doctrina, y otro no; uno tiene un espíritu penetrante y yo lo tengo vulgar. ¿Cómo es posible, en medio de esta diferencia de luces, no tener diversas opiniones? Es verdad que, a propósito de las ciencias es casi imposible que todos se parezcan; pero respecto al fin de nuestra vocación, que es tender a la perfección, trabajar por la instrucción de los pueblos y el progreso de los eclesiásticos, hemos de convenir en el mismo juicio, tenemos que juzgar de la misma manera y hacernos semejantes en la práctica y, según señala la regla, tener todos un mismo espíritu para apreciar nuestros ejercicios, y un mismo corazón, en la medida de lo posible, para amarlos; por consiguiente, acomodar nuestro juicio a las reglas, nuestra voluntad a las reglas y seguir los medios que conducen a ello.
Quizás los extremos nos ayuden a conocer mejor este estado del que estamos hablando. Un extremo de la unanimidad es la división y la separación; uno tira de un lado y otro de otro; cada uno hace como le parece. El otro extremo consiste en dejarse llevar por el abandono, por el humor y las acciones desordenadas del prójimo.
Nuestra virtud está en el medio: consiste en la unión de nuestro juicio y en la conformidad de nuestra voluntad para llegar a nuestra perfección y servir a los pobres; y esto por medio de los medios comunes que las reglas nos indican. Por tanto, esta virtud nos hace evitar igualmente que nos separemos de esa unidad y que nos unamos a los que se separan o se alejan de ella. Nos hace que seamos unánimes en todos los ejercicios de la comunidad. Dios sabe los bienes que conseguiremos, si la usamos debidamente. Nos hace tener un mismo querer y un mismo no-querer entre nosotros y una santa condescendencia con las opiniones de los demás, con tal que no sean contrarias a la virtud; en fin, no puede tolerar la polémica ni las disputas sino que nos adhiere al espíritu de las reglas, que tiende a unirnos a Dios y entre nosotros mismos, y nos incita a unirnos con los pueblos y ganarlos para Dios.
¿Cuáles son los motivos que tenemos para conservar y aumentar esta uniformidad?
Encontramos muchos en la sagrada escritura. El primero es de san Pablo, en la carta a los romanos, capítulo 15, donde nos recomienda ut unánimes uno ore honorificetis Deum et Patrem domini nostri Christi: para que con un mismo corazón y una misma boca honréis a Dios Padre. Según esto, es preciso que seamos siempre uniformes y unánimes para alabar y servir a Dios, que nuestros corazones no sean más que uno y que todos convengan en la misma forma de honrarle y darle gusto. Se trata aquí del servicio de Dios; es menester que todos se ajusten a ello.
El mismo san Pablo, en la carta a los filipenses, capítulo 2: Implete gaudium meum ut idem sapiatis, eamdem caritatem habentes, unánimes idipsum sentientes: colmad mi gozo, decía el apóstol, no teniendo más que un mismo corazón y los mismos sentimientos para conservar la caridad. Y les recomienda a los fieles que no tenían más que un corazón y un alma en la práctica de la religión: Credentium erat cor unum et anima una. Tened la misma fe y los mismos ejercicios. Idem sentientes (4), nos dice: haced todo lo que podáis por tener los mismos afectos, por juzgar lo mismo de las cosas, por estar de acuerdo, por no disputar jamás; cuando uno exponga su parecer, que los otros lo suscriban y apoyen, juzgándolo mejor que el suyo propio. La virtud así lo quiere y si obráis de esta forma, hermanos míos, se verá que la tenéis.
Otro pasaje dice: Unánimes collaborantes; trabajad todos unánimemente. No debemos estar unidos sólo en cuanto a los sentimientos interiores, sino además en las obras exteriores, ocupándonos todos en ellas según nuestras obligaciones; y como todos los cristianos tienen que concurrir en todo lo referente al cristianismo, también nosotros hemos de cooperar en todos los trabajos de la Misión conformándonos en el orden y en la manera.
En la naturaleza es maravilloso cómo cada especie de las cosas creadas se asemeja en sí misma y en sus productos; por ejemplo, todas las cepas de una viña hacen ver en general que hay allí una viña; cada una de las cepas en particular da testimonio de ello, siendo lo mismo que las demás en su forma, su corteza, sus sarmientos y sus hojas; todas dan fruto al mismo tiempo; y no sólo esto, sino que producen el mismo fruto y contribuyen todas juntas a hacer el vino que el dueño busca en ellas; todas son unánimes. Esto es lo que tiene que hacer nuestra compañía en los planes de Dios.
Fijaos en las especies de los pájaros y considerad a los individuos de cada especie; veréis que lo que hace uno, lo hace el otro; por ejemplo, los pichones de un palomar: todos se parecen, todos tienen la misma manera de andar, las mismas aficiones; lo que uno hace, lo hace el otro; todos tienen las mismas propiedades. Fijaos también en las abejas de una colmena; son una pequeña comunidad; tienen la misma figura, la misma acción y el mismo fin.
Pues bien, todas estas especies de animales son uniformes por su instinto; y como las acciones morales van más allá de este instinto y se forman por la razón, tienen que tender por ello más perfectamente a la uniformidad, la cual, por estar así querido y ordenado por Dios, tiene que obligarnos a hacer por la razón lo que los animales hacen por instinto. Es preciso que lo que la naturaleza les da a los animales, la gracia lo haga en nosotros. Sí, hermanos míos, hemos de entregarnos a Dios para tener entre nosotros una santa unión que nos dé un mismo espíritu, un mismo querer y no-querer y una misma manera de obrar. Hemos de pedirle a Dios que nos haga a todos, lo mismo que a los primeros cristianos, un solo corazón y una sola alma. Concédenos, Señor, la gracia de que no tengamos dos corazones ni dos almas, sino un sólo corazón y una sola alma, que informen y uniformen a toda la comunidad; quítanos nuestros corazones particulares y nuestras almas particulares, que se apartan de la unidad; quítanos nuestro obrar particular, cuando no esté en conformidad con el obrar común; que no tengamos todos más que un mismo corazón, que sea el principio de nuestra vida, y una misma alma, que nos anime en la caridad, en virtud de esa fuerza unitiva y divina que edifica la comunión de los santos.
Otra razón que tenemos para practicar la uniformidad es que el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso llevar una vida común para conformarse a los hombres, y así atraerlos mejor a su Padre, y se hizo todo para todos, mucho mejor que san Pablo, para ganarlos a todos. No solamente tomó nuestras formas naturales de hombre, sino en cierto modo las morales: un entendimiento como nosotros, una manera de percibir las cosas físicas semejante a la nuestra, una voluntad que lo llevaba, como a nosotros, a lo que el entendimiento le presentaba como bueno y hermoso; juzgaba de las cosas naturales como nosotros juzgamos; y así se ve en las comparaciones que ponía: el grano de trigo que tiene que pudrirse para germinar, la semilla que produce el ciento por uno echada en tierra buena, el comerciante que deja la casa y se va, el leño verde y el leño seco y otras muchas cosas familiares que dijo, demostrando que tenía para esas cosas los mismos pensamientos que nosotros. Tenía también la misma forma de obrar, caminaba como nosotros, trabajaba como nosotros. En una palabra, para mejor acercarse a nosotros, se hizo semejante a nosotros; y como la semejanza engendra el amor, quiso parecer y obrar como nosotros, para hacerse amar; quiso injertarse en nuestra naturaleza para unirnos a él; se hizo hombre para hacernos ver, por su forma de vivir, cómo hemos de vivir nosotros. Era la imagen del Padre; pero, como si esto no le bastase, quiso unir a esta imagen adorable su uniformidad con los hombres, para ganarlos a todos, como dice la regla.
Basta esta razón para convencernos, pero hay tantas otras en esta materia que os indicaré además una que nos toca muy de cerca: que la uniformidad engendra la unión en la compañía, que es el cemento que nos une, la belleza que nos hace amables y podamos arrastrar a los demás. Y ese amor recíproco es el que hace que procuremos tener las mismas maneras de entender, las mismas cosas que querer y los mismos proyectos que perseguir.
Por el contrario, si quitáis de entre nosotros esa uniformidad que produce la semejanza, quitáis de allí el amor; no seríamos ya más que un cuerpo desfigurado y una desolación total. Donde hay espíritus que se singularizan, allí hay almas divididas. Esos que quieren predicar coeli coelorum, que desean distinguirse, hacerse notar, ¿qué es lo que hacen? Engendran la envidia en los demás, al ver esa singularidad que no sólo es una falta de uniformidad, sino que produce la desunión.
Los que se singularizan en el vestir, o en el comer, o en las demás necesidades comunes, resultan molestos a los que siguen la comunidad. ¡Miserable de mí, que tengo que ser una carga para toda la casa, al no ser uniforme con los demás! Tengo una habitación especial y una cama especial; me he tenido que servir de una infamia para ir y venir (así llamaba a la pequeña carroza que utilizaba, queriendo indicar que era una infamia, para él y para toda la compañía, que un hombre de su condición fuese en carroza) y he caído en otras miserias; predico la uniformidad y no la sigo. Salvador de mi alma, suple estos defectos con una gracia poderosa que me haga servir a la compañía con algunas prácticas de virtud, sobre todo con la de la humildad.
Así pues, seamos todos uniformes en la comida, en el vestir y en el dormir; y además, uniformes en la manera de dirigir, de enseñar, de predicar y de gobernar, así como también en lo que se refiere a las prácticas espirituales; son los términos mismos de la regla.
Sin embargo, hemos de hacer alguna distinción y exceptuar alguna cosa en esta uniformidad general, ya que no todos pueden seguir el ritmo ordinario; por ejemplo, los enfermos y las personas delicadas de salud no pueden acomodarse a los usos ordinarios; necesitan una habitación caldeada, personas que les atiendan y otro alimentos adecuados a sus necesidades. ¿Será esto una singularidad? No, porque todos son tratados de la misma forma cuando se ponen enfermos, y se guarda mejor la uniformidad teniendo con los enfermos las posibles atenciones que obrando de otra manera, ya que en la necesidad de su estado no desdicen de los demás tomando lo que se les da y dejándose cuidar, sino que se conforman con la intención de la regla y de la comunidad.
Hay también otras cosas que parecen estar en contra de la uniformidad, pero en realidad no lo están, como la diferencia en los hábitos: los eclesiásticos lo llevan largo y los hermanos corto; pero es que es eso lo que conviene a la condición de cada uno; y entre los mismos hermanos es distinto, ya que unos visten de negro y otros de gris; y esto por disposición de la compañía, a la que Dios le ha inspirado esta diversidad. ¿Por qué? Porque los que están en casa dedicados a las cosas comunes, pueden cómodamente vestir de negro; pero los demás que se ocupan fuera de casa conviene que vistan de gris. Al principio se vio que así convenía y luego se siguió así; sin embargo, no creo que vaya en contra de la uniformidad esta diferencia de color, sino que, por el contrario, existe uniformidad al ser ésta la norma de la compañía.
Y no sólo los hermanos deben obrar de este modo, sino también los sacerdotes en ciertas ocasiones que son de la gloria de Dios y que obligan a cambiar de hábito y vestirse como los seglares. ¿No hemos visto a uno de nosotros, vestido de color, con la espada al cinto, para ir a Inglaterra? Lo hubieran procesado si lo hubieran reconocido como sacerdote, como han hecho con otros. Por tanto, hay ocasiones en que los sacerdotes, los religiosos y hasta los capuchinos se han disfrazado de mercaderes o de soldados, llevando espada y pelo largo. ¿Acaso va esto contra la uniformidad en su estado o en su orden? Ni mucho menos, ya que se hace por obediencia y por un bien, e incluso conduce a la uniformidad.
Así pues, hermanos míos, tened todos la disposición de cambiar de hábito siempre que sea conveniente; y que los que sintieron algún disgusto por llevar el hábito gris, sientan ahora un poco de vergüenza por haberle metido prisas al hermano sastre para que los vistiera de otro modo. Hace poco que le pasó esto a uno que le pidió un hábito negro, le metió prisas y lo obtuvo sin permiso del superior. La verdad es que, cuando le amonestaron por su falta, demostró que estaba arrepentido. Os exhorto, hermanos míos, con todo interés a que llevéis el negro, cuando lo permita el superior, y el gris siempre que os lo mande; que los que visten de gris se den cuenta de la falta que cometerían si lo cambiasen sin permiso. Que nunca se impaciente nadie por estar vestido de ese modo ni pida que ]e cambien el vestido por motivos de color. Le prohíbo al sastre que le dé un hábito negro a los que no lo tienen, a no ser que se lo diga el encargado. ¡Pues qué, hermanos míos! ¿vais a ser menos hermanos por estar vestidos de gris? El hábito ¿hace al monje, o los colores, las cualidades de la persona? ¿Qué es lo que os ha hecho coadjutores de la Misión? La gracia de Dios que os ha llamado a ella, la dicha que tenéis de servir en ella a Dios por la práctica de las virtudes cristianas, la caridad que tenéis con el prójimo: ése es el hábito del misionero. Vivimos juntos para cumplir la ley de Dios y no para llevar este color o aquel otro. Por tanto, vivid contentos en el estado y con el hábito que tenéis.
Ciertamente, padres y hermanos míos, hemos de pensar que nuestra paz y nuestra gloria consisten en la virtud, y nuestra virtud en la semejanza con Jesucristo y en la uniformidad entre nosotros; esto es lo que destierra la envidia, la discordia y todo lo que divide los corazones; esto es lo que nos hace uniformes en la predicación, en el catecismo, en las confesiones, en la enseñanza, en la dirección y en el trato con Dios y con el prójimo.
Hagámonos unánimes: seremos un paraíso. No sé que haya en la tierra más paraíso que el que existe entre los que se acomodan unos a otros para ser todos iguales; no sé que haya nada en el mundo que pueda colmar nuestra dicha más que la uniformidad entre nosotros, que nos hace semejantes a nuestro Señor y nos une con Dios. ¡Qué consuelo si tenemos esta gracia! Es ya una bienaventuranza incipiente. Pero si no, viviremos en un infierno, donde no hay más que odio y división.
Si quiere la misericordia de Dios concedernos la gracia de que nos amemos mutuamente, no andaremos buscando elevarnos y superar a los demás, ya que esto destruye la amistad, introduce la envidia y engendra la aversión. Si hasta ahora hemos pretendido sobresalir, hermanos míos, ¡que no nos suceda más! Si puedo llegar muy arriba en mis ideas y en mis discursos, me quedaré en la mitad; si puedo realizar una acción en un grado extraordinario, donde se palpe mi ciencia y mi destreza por encima de lo normal, ¡abajo todo eso! Nuestro Señor no obró de esa manera; a pesar de su omnipotencia, se acomodó al alcance de los débiles. Si tengo dos planes, uno hermoso y sutil, y el otro más bajo y menos aparente, seguiré este y renunciaré al primero. Ajustémonos a la medianía; que parezca que el sabio sabe sobriamente y que el fuerte que trabaja, trabaje humildemente; pues todo lo que se dice y se hace ante el pobre pueblo con espíritu elevado es vano e inútil: pasa por encima de sus cabezas, el viento se lo lleva por encima de las casas. Lo que producía la túnica ensangrentada de César junto con los gritos de quienes la llevaban, es lo que producen los predicadores que tratan de materias nuevas, curiosas y extrañas, con sus tonos de voz graves o quejumbrosos; ¿qué hacen?, conmueven un poco los sentimientos de la naturaleza, pero no dan vida a los muertos, ni la luz del evangelio al pueblo ignorante. Confieso que hay alguno entre nosotros que grita y que truena, y parece como si con su lenguaje hinchado quisiera suscitar la admiración de su auditorio, en vez de inclinarlo amablemente al conocimiento de Dios y de sus obligaciones; se dice que hace todo lo que puede por corregirse; si así es, puede estar seguro de que Dios le bendecirá.
Procuremos, padres, hacer nuestras exhortaciones lo menos doctamente que sea posible y con poca elocuencia, para acomodarnos a los demás que predican, pero que tienen menos ciencia o talento. Conozco a un buen párroco de cerca de La Rochelle que, al oír que en Toulouse los padres de la doctrina cristiana predicaban sencillamente para hacerse entender, sintió grandes deseos de escucharlos, dado que hasta entonces no había oído predicar más que en tonos fastuosos y esto le disgustaba, al ver que era inútil para el pueblo. Pidió permiso a su prelado para ir a ver aquella santa novedad, que parecía estar en conformidad con el uso de los primeros obreros de la iglesia. «La gente, decía, no entiende lo que le predican; no es capaz de comprender esos puntos doctrinales, esos pensamientos sutiles y esa retórica florida con que siembran muchos sus sermones; pero entiende perfectamente los ejemplos claros y las enseñanzas morales bien explicadas, según el alcance y las necesidades del pueblo». Aquel buen hombre veía muy bien los abusos y buscaba el remedio. Yo lo conocí, y también el padre Portail, que puede acordarse de lo que os digo. Murió como un santo. Con permiso de su obispo, se fue a conocer a aquellos hombres evangélicos, que predicaban con tanta sencillez y familiaridad que hasta los más incultos podían comprender y acordarse de sus instrucciones. Esto es lo que debe hacer también la Misión.
Más todavía: no sólo hemos de predicar familiarmente, sino que hemos de ser predicadores medianos, para que todos seamos uniformes; pues todos pueden acercarse a la medianía, pero a las alturas pocos pueden llegar. El espíritu elevado puede rebajarse hasta un tono mediano, y el espíritu bajo es capaz de elevarse hasta el mismo grado; y esto alejará de nosotros la envidia, la emulación y las murmuraciones, consiguiendo la unión y la uniformidad de nuestras personas y de nuestros ejercicios.
Mantengámonos en este espíritu, si queremos tener en nosotros la imagen de la adorable Trinidad, si queremos tener una santa unión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. ¿Qué es lo que forma esa unidad y esa intimidad en Dios sino la igualdad y la distinción de las tres personas? ¿Y qué es lo que constituye su amor, más que esa semejanza? Si el amor no existiese entre ellos, ¿habría en ellos algo amable?, dice el bienaventurado obispo de Ginebra. Por tanto, en la santísima Trinidad se da la uniformidad; lo que el Padre quiere, lo quiere el Hijo; lo que hace el Espíritu Santo, lo hacen e] Padre y el Hijo; todos obran lo mismo; no tienen más que un mismo poder y una misma operación. Allí está el origen de nuestra perfección y el modelo de nuestra vida. Hagámonos uniformes; seamos todos como si no fuéramos más que uno y tengamos la santa unión en medio de la pluralidad. Si ya la tenemos un poco, pero no bastante, pidámosle a Dios lo que nos falta y veamos en qué diferimos unos de otros para procurar parecernos todos y conseguir la igualdad; pues la semejanza y la igualdad engendran el amor, y el amor tiende a la unidad. Por tanto, procuremos tener todos las mismas aficiones y los mismos gustos por las cosas que se hacen o no se hacen entre nosotros.
El medio para conseguir esta unión de corazones y esta uniformidad de acciones es que guardemos las reglas. Ahí está todo, hermanos míos. Todo se dirige a que nos hagamos uniformes en esa observancia que, bien guardada, nos hará hacer a todos la misma cosa, de la misma manera y para los mismos fines. Allí se nos indica todo lo que hemos de hacer; y para ver cómo tiene que ser y cómo tiene que obrar cada uno, no hay más que poner los ojos en ese espejo. Un día me decía una persona: «Fíjese en los cartujos; son como bueyes: caminan todos al mismo paso; el que ve a uno, los ve a todos». Es verdad, padres; todos ellos son gentes de oración, gentes de peso, personas sólidas en la virtud y firmes en sus constituciones. Seamos semejantes a ellos, hermanos míos, en nuestras oraciones, prácticas espirituales, forma de celebrar y ayudar la santa misa, práctica del recogimiento y de la conversación, forma de hacer las misiones, de enseñar la ciencia de la salvación, de exhortar a la virtud, de dirigir a los ejercitantes, de formar a los ordenandos; en una palabra, seamos uniformes en todas nuestras obligaciones generales y personales, según nuestro reglamento.
¿Qué decir de lo que la Iglesia opina sobre este tema? ¿No guarda la uniformidad en todas sus prácticas? Lo que se hace en Roma, ¿no se hace también en Francia, en Alemania, en Polonia, en las Indias y en otras partes? ¿No tiene el mismo sacrificio, los mismos sacramentos, las mismas ceremonias y el mismo lenguaje en todas partes? Y aunque al comienzo algunos criticaron que se celebrase en un lenguaje ininteligible, sin embargo, para conservarse en el mismo espíritu, después de haberlo pesado todo y medido esta dificultad con los inconvenientes que se seguirían si cada país tuviese en su propia lengua la santa misa, quiso que todos fuesen unánimes y uniformes en todas esas cosas. Quiso que todas las naciones se acomodasen a los usos que había establecido, a pesar de las quejas que se levantaron. ¿Y por qué? Porque, aparte del hecho de que Dios se ve honrado por esta práctica universal, con esta uniformidad se evitan notables abusos. Si hubierais visto, no digo ya la fealdad, sino la diversidad de las ceremonias de la misa hace cuarenta años, os hubiera dado vergüenza; creo que no había en el mundo nada tan feo como las diversas formas con que se celebraba; unos empezaban la misa por el Pater noster, otros tomaban en el brazo la casulla y decían el Introito, para ponérsela luego. Estaba una vez en Saint-Germain-en-Laye y me fijé en siete u ocho sacerdotes, que decían cada uno la misa a su manera; uno hacía unas ceremonias, y otros otras; era una variedad digna de lástima. Bien, ¡bendito sea Dios! que ha querido poner remedio poco a poco a este gran desorden! Es cierto que todavía no se ha quitado del todo y que todavía se advierte mucha diferencia en la celebración de los sagrados misterios. ¡Cuántos sacerdotes quedan todavía que no se instruyen o no quieren seguir esa uniformidad que señalan las rúbricas!
¡oh Salvador!, tú apreciaste tanto la uniformidad que no sólo te hiciste hombre para guardarla con los demás hombres, conformándote por completo a su manera de obrar, sino que incluso recomendaste a los cristianos, hablando a tus discípulos, que no fuesen más que uno entre ellos, lo mismo que tú no eras más que uno con vuestro Padre; según esta recomendación, quisiste acomodarte a los deseos e inclinaciones de cada uno y a todo cuanto quisieron de ti los buenos y los malos en tu vida y en tu muerte. Danos, amabilísimo Jesús, esa virtud de que procuremos tener todos el mismo entendimiento, la misma voluntad y la misma acción, guardando la uniformidad en el catecismo, en las predicaciones y en todas las prácticas de la compañía.
Esperemos, hermanos míos, que al obrar de este modo gozaremos de la gloria inmortal de que gozan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, ya que estaremos unidos con el mismo vínculo de amor que a ellos les une. Que no haya, pues, en la compañía dos voluntades, sino una sola voluntad; dos corazones, sino un solo corazón; diversidad de sentimientos, sino uniformidad en todo. ¿Qué queda entonces sino paz, unión y cielo?







