MARZO DE 1659.
El padre Vicente advierte al padre Langlois que le va a encargar de una obra nueva, que se le ha confiado a la compañía. Se la impone a pesar de su resistencia.
El padre Vicente llamó al padre Langlois, sacerdote de la compañía, y le dijo que el señor arzobispo de Narbona, coadjutor solamente por entonces, le había escrito pidiéndole que le indicase el nombre de aquel que se encargaría de dirigir a las personas que iba a enviar a San Lázaro para hacer el retiro y formarse en lo que hay que hacer para enseñar en las escuelas de niños; que había puesto sus ojos en él y le llamaba para rogarle que lo hiciera él y se cuidase de esas personas; que así se lo indicaría al señor obispo coadjutor de Narbona.
El padre Vicente le pidió a dicho padre Langlois que se entregase a Dios para hacer este servicio a su divina majestad; el padre Langlois se excusó y dijo incluso que los sacerdotes de San Nicolás de Chardonnet podrían hacerlo mejor que los de la compañía, ya que ellos tienen de esas escuelas y conocen mejor, por consiguiente, las cualidades que se requieren para ser maestros.
El padre Vicente le contestó que, puesto que nos lo mandaba para esto, no había que rechazarlos, sino hacer ese servicio a Dios y a la Iglesia; que él podría informarse, por algunos de esos sacerdotes de San Nicolás, de lo que se acostumbra observar en semejantes ocasiones y de lo que tiene que hacer un maestro de escuela para desempeñar bien este oficio.
Volvió a decirle el padre Langlois que él se consideraba incapaz de esto y que tenía muy poca virtud, ya que era un hombre sin oración, y que cualquier otro lo haría mejor que él. Entonces el padre Vicente le dijo estas palabras:
Es verdad, padre, que de usted mismo y por usted mismo no hará nada que valga la pena, más bien estropeará que hará nada de valor y por eso tiene usted razón al decir que lo va a estropear todo. Pero, padre, D os será el que haga todo el bien que resulte de estos ejercicios, y no usted; pues por nosotros mismos, padre, no haríamos más que estropearlo todo. Bien, padre, vaya y haga lo que pueda de su parte, y Dios hará lo demás; anímeles mucho a entregarse a Dios en esta ocupación; y para animarlos más, hágales ver los bienes que de allí se seguirán para la Iglesia y el honor que Dios alcanzará con ello.
Luego, el padre Langlois le dijo: «Padre, puesto que usted desea que yo haga y emprenda este trabajo, a pesar de mi falta de capacidad y de mi poca virtud, haré lo que pueda; le ruego, padre, que me dé su bendición». Y el padre Vicente se la dio.
Nota: el padre Vicente nos dijo al padre Langlois y a mí que el señor obispo coadjutor de Narbona y algunos otros habían creído que era ésta una obra muy buena y útil a la Iglesia y que había que formar personas para que fueran maestros de escuela en las parroquias donde no había.







