(08.12.59)
Nuestro venerado padre, después de haber dicho el Veni Sancte Spiritus para invocar la asistencia del Espíritu Santo, dijo:
Bien, mis queridas hermanas, ya es un poco tarde; ¿no podría hacerse de modo que atendierais oportunamente a vuestros quehaceres, para que pudierais venir antes?
– Padre, dijo una hermana, si estuviéramos seguros de que se iba a empezar a la hora exacta, sí que podríamos venir.
– Sí, hija mía. Así se hará. Es culpa mía. Pero pase lo que pase, lo dejaré todo por venir.
La señorita dijo:
– Padre, las hermanas vinieron puntualmente, pero fueron a vísperas.
– Hijas mías, como se trata de una reunión relacionada con Dios, le será tan agradable como las vísperas. Es dejar a Dios por Dios. Os ruego que durante el invierno procuréis estar dispuestas de modo que podamos empezar a las tres en punto; y no os preocupéis de oír las vísperas; santo Tomás dice que eso es dejar a Dios por Dios.
Así pues, mis queridas hermanas, el tema de nuestra charla consiste en tres puntos: el primero es sobre las razones que tienen las hijas de la Caridad para tener indiferencia ante los cargos; el segundo, sobre las faltas que cometen contra esta virtud; el tercero, sobre los medios para adquirirla y practicarla como es debido, para afianzarse bien y llegar al estado que Dios les pide.
Hermana, ¿por qué razones cree usted que las hijas de la Caridad deben tener esta indiferencia?
– Padre, me parece que, como nos hemos entregado a Dios, hemos de ser indiferentes a todo, pues ya no nos pertenecemos a nosotras mismas; y no estar en esa indiferencia sería lo mismo que querernos separar de Dios.
– ¡Dios la bendiga, hermana! Es una razón muy buena Ha dicho lo siguiente: una razón es que nos hemos entregado a Dios y que por tanto ya no somos de nosotros mismos, si después de habernos entregado a Dios, nos apartamos de esta indiferencia, nos apartamos de Dios. Es una buena razón que da en el clavo. Mirad, yo me he entregado a Dios para hacer lo que él quiera. Si yo quiero algo, como estar con tal hermana, en tal lugar o en tal otro, cuidar de los niños o servir a los enfermos, si no soy indiferente en todo, me aparto de Dios, ya no soy de él, pues quiero ser de mí mismo.
¿Tiene alguna otra razón, hermana?
– Padre, he pensado que deberíamos dejarnos doblar lo mismo que el mimbre, con el que se hace todo lo que se quiere.
– Nuestra hermana dice lo siguiente: las hijas de la Caridad tienen que tener la docilidad del mimbre en manos del que lo emplea. El mimbre se deja doblar como uno quiere, poner arriba o abajo; no se resiste. Así pues, una hija de la Caridad que no tiene esta indiferencia de dejarse poner donde quiere el superior, en este sitio o en el otro, unas veces sirviente y otras compañera, no es tan buena como el mimbre y no es tan agradable a Dios, pues le falta la docilidad de una cosa irracional. Hijas mías, ¡qué confusión ver a una hermana llena de razones!
Así pues, aquí tenéis dos motivos. Le pido a Nuestro Señor que os conceda a vosotras y a mí la gracia de ser indiferentes en todas las cosas, en la enfermedad, en la salud y en todo lo que él quiera hacer de nosotros.
Luego, dirigiéndose a otra hermana:
Hermana, ¿qué razones cree usted que tienen las hijas de la Caridad para ser indiferentes en todo?
– Padre, me parece que, si queremos ser agradables a Dios, tenemos que ser indiferentes a los deseos de los superiores.
– Esos deseos, hijas mías, no son de los superiores, sino de Dios. Por eso, hablándoles a las persona desobedientes, les dice: «Es a mí a quien desobedecéis» (1).
Y dirigiéndose a otra:
¿Y usted, hermana?
– Padre, creo que hemos de estar dispuestas a hacer todo lo que se quiera de nosotras.
– ¡Dios la bendiga, hija mía!
A otra hermana:
Díganos, hija mía, ¿por qué razones habéis de tener todas esta indiferencia de ser enviadas a las escuelas a los Niños, al Nombre de Jesús, a los Galeotes o a cualquier sitio, en cualquier ocupación que se os quiera dar, con la salvedad de que siempre hay que alejarse de los cargos elevados, como el de ser sirviente? Si hubiera algunas que tuvieran esa ambición, sería un gran defecto.
– Padre, la primera razón es que siendo indiferentes y haciendo la voluntad de los superiores, cumplimos la voluntad de Dios; y cuando la resistimos, es porque queremos seguir nuestra propia voluntad.
– Sí, hija mía, es la voluntad de la carne, es una voluntad de pecado, como cuando Adán pecó, que fue por seguir la voluntad de la carne y perdió la gracia. Dios le había dado una gran inclinación hacia su amor, pero por seguir la voluntad de la carne se dejó caer en el mal. Lo mismo que Adán perdió la gracia, también es pecado todo lo que pide nuestra naturaleza; las inclinaciones de la carne no son más que pecado; por eso hay que huir de ellas.
Aquella misma hermana volvió a tomar la palabra y dijo una segunda razón:
– Otra razón es que, si no se tiene esa indiferencia, es imposible encontrar paz en nuestra alma.
– Tiene usted razón, hija mía; ¿cómo es posible que haya paz mientras está uno siempre agitado por el temor? Por ejemplo, hay una hermana que está deseando ser hermana sirviente; otra que quiere ser compañera. Esas dos hermanas, hija mía, ¿Pueden estar tranquilas?
– No, padre.
– ¡Claro que no! Las dos estarán preocupadas; porque la que desee ser compañera estará siempre temiendo que la saquen, y la que desea ser hermana sirviente vivirá con el temor de que le quiten el cargo; apenas reciban una nota de los superiores, se imaginarán que es para retirarlas. Por eso tanto la que desea serlo como la que desea no serlo viven las dos preocupadas. De esto sacad en consecuencia que el único medio de vivir en paz es no desear nada. Bien, hermana, ¡que Dios la bendiga! Nos ha dicho usted un motivo muy bueno.
Y a otra hermana:
Hermana, ¿y a usted qué le parece?
– Padre, creo que lo único que hemos de desear es que se cumpla en nosotras la voluntad de Dios. También he pensado que debíamos ser indiferentes en todas las cosas.
– ¡Que Dios la bendiga, hermana!
A otra:
¿Y a usted, hermana? ¿Qué ideas se le han ocurrido?
– He pensado que tenemos que conformarnos siempre con la voluntad de Dios.
Otra hermana dijo:
– Padre, he pensado que tenemos que escuchar la voz de Dios en la de nuestros superiores.
Luego la señorita le entregó una nota que había enviado una hermana que no había podido acudir, después de haber indicado en ella los pensamientos que Dios le había enviado sobre este tema; le pareció esto muy bien a nuestro venerado padre y dijo:
Hijas mías, esto está muy bien; tenéis que hacer lo mismo cuando no podáis venir: enviar una nota; pues es justo que hagamos participar a la Compañía de los pensamientos que Dios nos dé. He aquí lo que se dice en esta nota:
Las razones que tenemos para recibir bien los cargos que nos den los superiores son que me parece a mí que es seguro que es la voluntad de Dios la que nos da ese cargo para conseguir allí nuestra salvación y procurar la de nuestro prójimo y su servicio como el propio nuestro.
En el segundo punto he visto que, al rehusar los cargos que se nos dan, se peca contra la voluntad de Dios, que nos quiere en ese sitio y no en otro. Es una debilidad muy grande desear estar en otro lugar, donde ordinariamente la cruz es más pesada que en los lugares adonde nos han destinado los superiores.
En el tercer punto, para practicar bien la indiferencia, he pensado que había que abandonarse por completo a la voluntad de Dios, aceptar todos sus deseos y pensar que quizás sea ésa la última vez que lo hacemos en la vida. ¡Si yo tuviera fuerzas para ello, cuánto me gustaría servir a los pobres hasta el fin de mi vida y hasta el fin del mundo para servir así a Dios!
– ¡Qué hermoso es todo esto! ¡Que buena hermana! ¡Que Dios la bendiga! Hijas mías,se ha hecho tarde. No podemos seguir hablando de los otros puntos. Yo estaré preparado, si Dios quiere, para el próximo domingo, si os parece bien, a las tres en punto. El asunto es de mucha importancia. Os ruego que las que no hayan hecho oración sobre este tema la hagan, y que todas reflexionéis bien sobre esto y digáis: «¡Quiero vivir y morir en la indiferencia!». Y como el asunto es de mucha importancia, haremos lo que solemos hacer en San Lázaro y en las conferencias de los martes con los sacerdotes: volver a comenzar un tema varias veces para inculcarlo bien en el espíritu; estos días pasados hemos vuelto a tratar de un tema hasta catorce veces.
Por eso, como la cosa es importante y se trata de que os entreguéis bien a Dios para disponeros a estar en esta santa indiferencia y para que nos digáis los pensamientos que hayáis tenido sobre este tema, esperaremos al domingo para hablar de las faltas que pueden cometerse en ello y de los medios para corregirse.
Y como esto repugna a la naturaleza, que desea hacer siempre su propia voluntad, le pediréis esta virtud a Nuestro Señor y le diréis: «Señor, concédeme la gracia de ser como tú fuiste». ¿Y cómo fue Nuestro Señor? Lo dice el mismo: fue como un jumento, como un mulo o como un caballo de tiro. Ved cómo se dejan conducir los caballos de tiro y llevar adonde uno quiere, pues nunca se ha oído decir que se hayan resistido a los deseos de sus amos. Y Nuestro Señor, para mostrar que era indiferente, dijo: «Yo he sido como un caballo o como un mulo, que se deja llevar adonde uno quiere». ¿No os parece una pena que los animales irracionales tengan que enseñarnos esta lección de la indiferencia y que a nosotros nos cueste tanto practicarla? Hijas mías, recordemos bien esta lección de Nuestro Señor, que se sometió a todos los deseos de su Padre; acordaos bien de ella y pedidle en todas vuestras oraciones la gracia de permanecer siempre con indiferencia en toda clase de cargos, en un lugar o en otro, arriba o abajo, dispuestas a todo lo que a él le agrade. Así se lo pido de todo corazón para vosotras y para mí, suplicando a su bondad que nos conceda esta gracia.
Sub tuum praesidium confugimus…
Benedictio Domini Nostri…







