SOBRE EL SILENCIO
Razones que obligan a la compañía a observar el silencio. En qué lugares y tiempos hay que observarlo más estrictamente. Medios para guardarlo bien.
El primer motivo que tiene la compañía de la Misión para observar debidamente la virtud del silencio es que por el silencio se da gloria a Dios: Te decet hymnus, Deus, in Sion; hay otra versión que dice: Tibi silentium laus, Deus, in Sion Dios recibe tanta gloria por el silencio como por los himnos que se cantan en su honor.
El segundo motivo es el gran provecho y los muchos bienes que recibe la compañía de la observancia del silencio, tanto para el alma, como para el estudio o las demás ocupaciones que tengamos; pues, como el espíritu del hombre no puede estar sin hacer algo, si le obligamos a guardar silencio, podrá entregarse con mayor intensidad al estudio, si se trata de un sacerdote o de un estudiante, o a cualquier otra tarea u ocupación, si se trata de otra persona. El que carece de esta virtud del silencio, si no se esfuerza con todo su interés en practicarla, no hará más que perder el tiempo; pues eso es perder el tiempo, ir de acá para allá, hablar con estos, entretenerse con aquellos, en la habitación, fuera de la habitación, hablar de este y luego de aquel, de las noticias que corren, de la guerra, y de cualquier cosa, o sea, perder el tiempo, entreteniéndose y hablando de cosas inútiles y muchas veces perniciosas para el alma.
Hace algún tiempo, cuando iba a visitar al nuncio del papa, que estaba alojado en una casa de religiosos, siempre o casi siempre se veían religiosos por el claustro o por el jardín, ocupados en charlar unos con otros, riendo, mirando lo que pasaba, paseando. ¿De dónde procedía todo esto? De que no se observaba el silencio; pues, si esas personas hubiesen sido amantes del santo silencio, no se hubieran portado de esa forma.
¿Qué es lo que ha sucedido hace poco en una casa de religiosos de esta ciudad?. ¿Os lo diré, hermanos míos? ¡Ay! Se trata de algo importante y demasiado público. Han sido muertos dos religiosos. ¿Y por qué? Por no haber guardado el silencio, por haberse mezclado en asuntos que no les correspondían. El parlamento, al saber que había algunos desórdenes entre ellos, cierta división, quiso poner remedio; se destinaron algunos consejeros para que se trasladasen a aquella casa. Al principio los religiosos quisieron resistir; se encerraron y quisieron defenderse con armas. ¡Ay de ellos! Apenas vio esto el parlamento, envió inmediatamente algunos soldados, que como acabo de deciros hirieron y mataron a algunos de aquellos religiosos. Estos son, hermanos míos, los males que ocurren por no guardar el silencio, por entretenerse en chismorreos, etcétera. El mal ha sido tan grande que el mismo relator me ha dicho que había algunos que no merecían menos que ser condenados a galeras. Mirad, hermanos míos, mirad lo que esto significa.
Pero, ¿os diré, por otra parte, lo que ha sucedido aquí, en San Lázaro, sí, en San Lázaro? Ha sucedido algo parecido, aunque, gracias a Dios, sin llegar a tanto y sin que trascendiese fuera; no, ciertamente, no se ha llegado a tanto; pero es ése el camino para llegar a eso bien pronto. Sí, Dios ha permitido que sucediera algo parecido hace algunos días en San Lázaro. ¡Es extraño que pase esto en una compañía, que acaba de nacer y que está todavía en su cuna! Pero, padre, díganos qué es lo que ha pasado. Helo aquí.
Entre los estudiantes sucedió lo que os voy a decir. Se fueron a pasear por el patio; dos de ellos se adelantan a los demás y, encontrando un juego de bolos, se ponen a jugar; llegan los demás y dicen que quieren tomar parte en la partida. Uno de ellos derriba los bolos; uno de los dos que habían empezado a jugar los planta de nuevo; el otro vuelve a derribarlos. Los ánimos se calientan. Uno de los que habían empezado la partida, al ver aquello, toma uno de los bolos y le da con él un golpe en el estómago al que había derribado los bolos; no contento con eso, le da otro golpe en la espalda con tanta fuerza que todavía le sigue doliendo. Fijaos, por favor, hasta qué extremos se dejó llevar por la ira; mirad si no es éste un motivo de aflicción muy sensible para la compañía. ¡Ay! Si esto pasa en los comienzos de la compañía, ¿qué ocurrirá dentro de varios años, cuando llegue a relajarse de su primitivo fervor y de la observancia de las reglas? No hemos tenido más remedio que encerrar a ese estudiante.
Otro motivo es que, según la máxima de los santos, todo marcha bien en una casa o comunidad en la que se observa bien el silencio; por el contrario, en una comunidad que no guarda el silencio, se puede decir que todo va mal.
Ahora, en relación con el segundo punto, que trata de ver los lugares en los que ha de procurarse especialmente guardar mayor silencio, son: 1.° la iglesia; 2.° el refectorio; 3.° el dormitorio; 4.° el claustro. En las horas señaladas, no estar hablando de dos en dos en las habitaciones; el que lo haga, que sepa que comete una acción escandalosa y que será la causa de que otros cometan la misma falta; por consiguiente, será culpable de ello.
En relación con el tiempo, desde una recreación a la otra. Las hermanas de santa María tienen dos clases de silencio: uno, que ellas llaman el gran silencio; y otro, silencio menor. Durante el gran silencio, que va desde las oraciones de la tarde hasta el día siguiente después de la oración de la mañana, ninguna hermana tiene permiso para hablar con otra; y esto, fijaos bien, se observa con toda exactitud y fidelidad. El otro, que llaman silencio menor, para distinguirlo del que acabo de decir, es el que observan desde la oración de la mañana hasta el final del recreo de la tarde; durante ese tiempo pueden hablar, pero en voz baja y sólo para las cosas necesarias; se exceptúan los dos tiempos de recreo después del almuerzo y de la cena. Pero, fuera de esos tiempos, no hablan más que para las cosas necesarias. Y siempre en voz baja. Pero lo más digno de atención en ellas es que nunca una hermana habla con otra en la habitación, sin permiso de la superiora. Así es, hermanos míos, como guardan el silencio.
Sé muy bien que los encargados tienen que disponer de algunas horas para poder hablar y avisar de los asuntos de la casa. Utilizamos el tiempo inmediatamente después del examen general como el más indicado y menos molesto para hablar de los asuntos con mayor facilidad, sin verse interrumpidos. He preguntado cómo lo hacían en otras comunidades; me han dicho que no es posible dispensarse de eso; que es una cosa necesaria. Habrá que ver si es posible utilizar alguna otra hora durante la jornada; pero me parece que será difícil encontrar otra ocasión más fácil y adecuada para este objeto.
Un buen medio para lograr que todos guarden bien el silencio es que cada uno tome en particular una decisión firme de aceptar la práctica de esta virtud, y empezando desde mañana mismo, sí, desde mañana; que cada uno se entregue de buena gana a Dios para esto.
Otro medio al que habrá que recurrir, según creo, es que, ]o mismo que se ha nombrado a una persona para que todas ]as mañanas vaya por las habitaciones para ver si se han levantado todos, sin que se le dispense a nadie de la oración de las cuatro y media, también habrá que encargar a alguno de la compañía que vaya por toda la casa y que sea como un vigilante sobre toda la comunidad para ver lo que pasa, y avise 21 superior de lo que observe. En los jesuitas hay un padre que recorre toda la casa; y si encuentra algo que no va bien, avisa al superior para que imponga una penitencia. Esta penitencia se la dan, escrita en un nota, al lector del comedor, para que la lea en alta voz al principio del almuerzo o de la cena.
Debería ser el sub-asistente el encargado de esto. Le ruego, padre Alméras, que se ponga de acuerdo con él y vean ustedes a quién hay que nombrar para esto; porque fíjense, lo que pasó con los estudiantes es una advertencia que Dios nos hace a todos; y la Misión caerá en esa misma situación de los religiosos de que antes os hablé, si pierde el silencio; no lo dudéis.
Hace algunos días, desde mi habitación, donde yo estaba con el señor párroco de San Nicolás, oí que se hacía aquí mucho ruido con los señores ordenandos: se hablaba tan alto que, os lo aseguro, daba mucha pena oír todo aquel jaleo. Antes, en Bons-Enfants, cuando empezamos a dirigir a los ordenandos, se oía hasta el vuelo de una mosca. ¿Por qué ahora no se hace así? Es que hemos perdido la virtud del silencio. ¡Dios mío! ¡Salvador mío! ¡Devuelve, Señor, esta santa virtud a la pequeña compañía de la Misión! Pidámosla, hermanos míos, roguemos con insistencia que nos la conceda de nuevo su divina Majestad.







