SOBRE LA NECESIDAD DE SOPORTAR A LOS DEMAS
Su necesidad. Ocasiones de soportarse. El padre Vicente da gracias a Dios porque los misioneros saben soportarse.
Después de haber hablado varios de la compañía, el padre Vicente concluyó diciendo que había quedado muy edificado por lo que acababan de decir los que habían hablado sobre este tema. Se ha dicho muy bien que esta paciencia es en una congregación algo así como los nervios en el cuerpo del hombre. En efecto, donde no se soportan los individuos de una casa o de una comunidad, ¿verdad que sólo se aprecia un gran desorden? (1). Nuestro Señor supo soportar a san Pedro, a pesar de haber cometido aquel pecado tan infame de renegar de su Maestro. Y a san Pablo, ¿no lo soportó también nuestro Señor? ¿Se encontrará en alguna parte a un hombre que sea perfecto y sin defecto alguno, al que no tengan que soportar los demás? ¿Se encontrará en alguna parte algún superior que carezca de defectos, y al que nunca tengan necesidad de soportar sus súbditos? ¡Ojalá hubiera alguno! Pero me atreveré a decir más: el hombre está hecho de tal manera que muchas veces no tiene más remedio que soportarse a sí mismo, ya que es cierto que esta virtud de saber soportar es necesaria a todos los hombre, incluso para ejercerla con uno mismo, a quien a veces cuesta tanto soportar. ¡Ay, miserable de mí que hablo de los demás! ¡No hay nadie en la tierra que tenga más necesidad de ser soportado que yo! ¡Oh Salvador, cuánta necesidad siento de que me siga soportando la compañía!
¿En qué hemos de soportar a nuestros hermanos? En todas las cosas, en todas las cosas, hermanos míos: soportar su mal humor, su manera de obrar, de actuar, etcétera, que no nos gusta, que nos desagrada. Hay personas de tan mal carácter que todo le disgusta y que no pueden soportar la más mínima cosa que vaya en contra de su humor o de su capricho. ¡Qué bien sabía soportarlo todo nuestra fundadora, la difunta señora esposa del general de las galeras! Pues soportaba a todo el mundo, quienquiera que fuese. No había ninguna persona a la que ella no excusase, alegando unas veces la debilidad humana, otras la astucia del maligno espíritu, otras la impetuosidad o la violencia del carácter, etcétera; todas las personas que había en la tierra podían asegurar con toda certeza que tenían en dicha dama a la persona que mejor las soportaba y defendía.
El bienaventurado obispo de Ginebra decía que le había sido más fácil sujetarse a la voluntad de cien personas que sujetar a una sola de ellas a la propia voluntad. ¿Hay acaso dos personas que sean iguales en los rasgos de su cara, o que obren de la misma manera? A ver si sois capaces de encontrarme solamente a dos; no las encontraréis, porque Dios ha querido que los hombres fueran así para mayor gloria de su divina Majestad; por consiguiente, todos necesitan tener esta virtud de saber soportarse, tanto a sí mismos, como a los demás. ¡Ay, miserable de mí! Hablo de los demás, pero no hay nadie que tenga tanta necesidad de esta virtud como yo, que no soy capaz de soportar nada y que por otro lado tengo tantos defectos que han de soportar los demás. Algunas veces, por la noche, al pensar en qué ha trascurrido mi espíritu la jornada, encuentro que la he pasado en cosas inútiles y en no sé cuántas tonterías, de forma que apenas puedo soportarme a mí mismo; me parece que merecería que me colgasen en Montfaucon, También les diré a ustedes, a este propósito, una cosa que me contaron ayer y que me hace ver cuán frágil es el hombre, hasta el punto de que no es capaz de soportar la menor cosa que le acontece, y tiene necesidad por otra parte de que lo soporten sus amigos más íntimos. Me contaron que hay dos abades, que yo conozco y de los cuales uno es un poco delicado en la comida y en la bebida, que siempre se han querido mucho, hasta el punto de que viven juntos y comen juntos los dos; pero sucedió que el sirviente o algún otro les echó de beber y uno de ellos derramó un poco de vino; esto le disgustó al otro abad, que era más susceptible, de forma que se puso a exclamar en voz alta: «Lo ha hecho usted para molestarme». ¡Fijaos lo que es el espíritu del hombre! ¡Imaginarse que todo aquello había sido para molestarle! Y siguió exclamando: «¡Esto es intolerable!». De forma que, cuando el otro abad vio todo esto y que era inútil todo lo que pudiera decirle para convencerle de que no le había querido ofender, se levantó de la mesa y se retiró a su habitación para llorar. Juzgad, hermanos míos, por este ejemplo adónde puede llegar el espíritu humano y cómo está muchas veces sujeto al capricho de querer unas veces una cosa y otras otra, aficionándose a una cosa para dejarla luego y no poderla soportar.
Otro ejemplo: se trata de dos personas que no conocéis, pero muchas veces vuestra inclinación os hará más simpática a una que a otra. ¿De dónde proviene esto? De que nuestro espíritu está hecho de esta forma. Bien, Salvador mío, concédenos, por favor, esta virtud de saber soportarnos.
Creo que tengo que consolar a la compañía diciéndole que, por ]a misericordia de Dios, todos saben soportarse mutuamente; las cosas van bien, gracias a nuestro Señor. A veces les pregunto a algunos de mis hermanos sacerdotes qué les parece la compañía. No hace mucho le hice esta pregunta a uno y me dijo que le parecía que hacía mucho tiempo que no la encontraba tan bien. ¿De dónde creéis que procede esto, sino de que todos se soportan y se respetan? En una palabra, las cosas van bien, gracias a Dios, y hemos de saber agradecérselo. Fijaos, cuando veo algo bueno, no tengo más remedio que decirlo; como, por el contrario, cuando veo algo malo, tampoco puedo menos de indicarlo, reprendiendo a los que lo cometen y son la causa de ello. Pero hablemos de los medios.
El primero y el único, según creo, después del de pedirle a Dios esta virtud de saber soportarse, es la humildad, hermanos míos, la humildad, el desprecio de sí mismo, considerándonos los más miserables de todos, poniéndonos por debajo de todos, sin preferirnos nunca a nadie, mirando a todo el mundo como superior, como dice san Pablo, estar contentos de que prefieran a los demás, tanto en las misiones como en las demás tareas, en cualquier cargo que sea; que ellos tengan más éxito que nosotros; en fin, soportarlo todo alegremente, por amor a nuestro Señor. Creedme, hermanos míos, si conseguimos esto, la compañía será un pequeño paraíso; sí, la casa de San Lázaro será un pequeño paraíso en la tierra. ¡Que Dios nos conceda esta gracia por su misericordia!
A continuación, el padre Vicente se puso de rodillas y dijo:
Y como yo tengo más necesidad que todos los demás de que la compañía me soporte, por tantas miserias como siento en mí, por tantos motivos de desedificación que les doy a mis hermanos, especialmente a los que me asisten en mis achaques, os pido, hermanos míos, que me sigáis concediendo vuestra caridad y que me perdonéis mi pasado. Los ancianos, como dice David, tienen mucha necesidad de que los soporten; así pues, hermanos míos, soportadme, por favor, y rogad a Dios por mí, para que me enmiende. Luego besó el suelo como de ordinario; y toda la compañía hizo lo mismo.
Después de esto, el padre Vicente encomendó a las oraciones de la compañía al señor Hopille, canónigo de Agen, que había muerto hacía unos días, y nos dijo que era un hombre que siempre había demostrado mucho afecto y caridad a los misioneros de allí, hasta el punto de que, al morir, les ha dejado su biblioteca Les pidió a los sacerdotes una misa por el descanso del alma de ese buen difunto, y a los hermanos la primera comunión que hicieran, al menos como segunda intención, si no podían hacerlo de otra forma.







