Vicente de Paúl, Conferencia 047: Repetición De La Oración Del 20 De Julio De 1655

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Está prohibido introducir a los extraños en el jardín sin permiso. Los estudiantes no pueden ir de recreo al cercado, a no ser en los días de vacación. No preguntar a los porteros cosas indiscretas. Cerrar las puertas y no llevar a los extraños al claustro.

Como un hermano coadjutor dijese que en la oración había repetido interiormente algunos versículos de los salmos de David que inclinan a la confianza en Dios, el padre Vicente lo interrumpió:

Es una buena práctica repasar de memoria algún pasaje de la sagrada Escritura y darle vueltas para sacar de él algún sentido y hacer algo concreto.

Otro hermano se puso de rodillas para excusarse de repetir la oración. El padre Vicente le dijo:

Hermano, ya que está usted de rodillas, le voy a advertir de una falta que ayer cometió: vino una persona a preguntar por usted y enseguida usted tomó y llevó al jardín a esa persona sin permiso. Hermano, eso no está bien; ya sabe que hay una regla expresa que lo prohíbe y que siempre se ha observado fielmente esta regla y no hacer nunca nada que esté prohibido, sin pedir permiso. Ninguno de los antiguos ha hecho eso. El padre Alméras me decía, poco antes de marcharse, que estaba edificado de ver el comportamiento de los antiguos; y me contó que uno de ellos, habiéndose encontrado en el claustro con uno que había venido a verle, le pidió que aguardase a que le dieran permiso para hablar con él; y esto lo había hecho ya en otras ocasiones.

También tengo otra advertencia que hacer a todos nuestros hermanos estudiantes: en vez de tener el recreo en el jardín los días que no son de vacación, lo tienen en el cercado; digo lo que he visto; hace poco fui al cercado (es la tercera vez que lo hago este año) y me quedé sorprendido de verlos allí. ¿No nos parece bastante el jardín? ¿Es que no es bastante grande y bastante ancho? Pocos habrá en París tan grandes como el nuestro; id a cualquier casa, a los comerciantes, a los banqueros, a las personas de palacio, y casi nunca los veréis en el jardín; tienen que trabajar todos de día y de noche, después de haber pasado toda la mañana en palacio; apenas comer, tienen que estudiar documentos para poder referir sobre ellos por la tarde. Pero a nosotros nos parece poco el jardín y queremos ocupar también el cercado. Y todavía habrá algunos que no se contenten con el cercado. ¡Hemos de llevar una vida… no sé como deciros… Iautior, o para decirlo en francés, más cómoda…, me parece poco esta palabra, más voluptuosa, más delicada, espléndida, a gusto, más ancha que las personas del mundo! ¿Creéis que los señores ordenandos, que nos ven desde la ventana, a todas horas, paseándonos por el cercado, por los jardines, mezclados con esos pobres afligidos que por allí se pasean y con los que allí trabajan, no dirán en su interior: ¡Vaya cómo viven esas personas sin tener nada que hacer!»?

Tengo miedo de que esto les escandalice. Efectivamente, es propio de hombres que no tienen nada que hacer y que no se ocupan de Dios y son disipados, ir allá fuera de hora, sin permiso que nunca se niega cuando es necesario; y si hubiese alguna situación especial que pidiese más aire que el del jardín, nunca se les negará, y creo que nunca se ha negado a nadie; pero ese apego que se siente a esa amplia finca de San Lázaro es causa de muchos males, porque hay otras casas sin jardín. En Crécy, la Providencia nos había dado uno, pero nos lo han quitado; en Sedán tampoco hay jardín, aunque es verdad que están a punto de comprar una casa con jardín en las afueras, para ir allá a pasearse alguna vez. Y cuando uno se aburre en esas casas, ¡cuesta tanto decidirse a quedarse en ellas! Entonces dicen que los aires son malos, empiezan a quejarse, se sienten mal, escriben. Por eso recomiendo de nuevo la observancia de esta regla y la prohibición de ir al jardín o al cercado, fuera del tiempo de recreo marcado por el reglamento, y menos todavía de llevar allá a nadie sin permiso expreso.

También hay algunos sacerdotes, sí, sacerdotes, aunque no muchos, gracias a Dios, pero algunos a los que se ve con frecuencia acudir a la puerta para mirar quién va y quién viene, quién pasa por la calle, y se ponen a charlar con el portero: «¿Hay alguna carta para mí? Debería haber alguna. ¿No han venido a buscarme?». ¡Y saben muy bien que los porteros no tienen que decir nunca nada! Esto es ser una persona disipada, que no se ocupa de Dios. ¡Que no vuelva a repetirse esto! Les pido a los porteros que se lo indiquen a quienes lo hagan en el futuro y que vengan a decirme: «Padre, fulano y mengano vienen con frecuencia a la puerta».

Todavía me queda otra advertencia, y de esto soy yo tan culpable como los demás. Primeramente, que cuando se pasa por una puerta, no se la cierra nunca; siempre encuentro todas las puertas abiertas y yo mismo, pobre de mí, tampoco las cierro; no me contento con dejar que los otros falten a esta regla, sino que yo soy el primero en faltar a ella.

Había una vez en Hamburgo un gran monasterio, de los más célebres de Alemania, que ha decaído tanto según me escribían últimamente que actualmente sirve de lugar público. En donde estaba la iglesia se observan aún restos de muros, pero se ha convertido en mercado donde se vende carne y otras cosas. Mirad cómo trata Dios a los que descuidan las reglas. Vemos muchas veces estos efectos de la justicia de Dios, que castiga a los que abusan de sus gracias y de las ocupaciones que les había encomendado, castiga a este monasterio, castiga a esta orden, castiga a esta compañía. Tengo miedo de que, por nuestra negligencia, y sobre todo por la mía, nuestra casa se convierta también en una plaza pública. Apenas entra uno en el patio: «¿Adónde va usted?». «Al claustro». Y hete aquí dos puertas abiertas. En el patio de abajo, lo mismo; y en el claustro, y los dormitorios, y los cuartos, y la cocina; menos mal que ésta está ahora cerrada.

Los jesuitas de la calle de San Antonio no dejan entrar a la gente; las hacen esperar a la puerta o las pasan a la galería; su casa está bien dispuesta para ello. ¿Por qué hacer pasar a todo el mundo a nuestro claustro? Les pido a los porteros que, cuando venga alguien a buscar a alguno de nosotros, lo hagan esperar a la puerta o lo metan en una sala, pero no en el claustro. Si no son personas a las que se les deba mucho respeto, se les puede decir: «Señor, tenga un poco de paciencia; voy a buscarlo»; pero hacerles esperar lo menos posible. Les ruego a los porteros que sean diligentes en buscar a quien esperan, y a éstos que acudan cuanto antes.

Recomiendo una vez más la práctica de esta regla y mando que sean cuidadosos en cerrar todas las puertas. Cuando el superior dice: «Ordeno esto», como tiene la autoridad de Dios, no se puede faltar a sus órdenes sin faltar a lo que Dios pide de nosotros; pues Dios es orden; Dios y el orden es la misma cosa.

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