Vicente de Paúl, Conferencia 040: Sobre el amor a la vocación

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(25.12.48)

Nuestro muy honorable padre leyó la nota, y luego empezó poco más o menos de esta manera: Hermanas mías, el tema de esta conferencia es sobre el amor que hemos de tener a nuestra vocación. Este tema se divide en tres puntos. El primero, sobre las razones que tenemos para amar cada vez más nuestra vocación; el segundo, sobre lo que nos enfría o nos impide estimarla; y el tercero, sobre los medios que pueden servirnos para estimarla cada vez más. Es un tema de mucha importancia, hijas mías, ya que del amor que tengamos a nuestra vocación depende todo el progreso que realicemos en la virtud.

Hermana, ¿quiere usted decirnos lo que ha pensado sobre el primer punto y las razones que ha considerado?

– Como primera razón, me parece que es imposible que permanezcamos siempre en un estado. Por tanto, si no avanzamos en el amor a nuestra vocación, iremos enfriándonos y retrocederemos. Otra razón es que no podemos perseverar mucho tiempo en nuestra vocación si no nos afirmamos en su amor, debido a las dificultades que se encuentran todos los días en ella, si el amor no es mayor que la fatiga. La tercera razón es que no podemos resistir a las tentaciones que nos presentan continuamente el mundo, el diablo y la carne, sin ese mismo amor.

Otra razón, que presentó otra hermana, es que nuestra vocación atrae la bendición de Dios sobre todo el resto de nuestras acciones y el curso de nuestra vida.

Otra razón consiste en las gracias que Dios nos ha hecho a cada uno en particular, gracias que nunca apreciaremos demasiado, cuando se piensa en los peligros de los que ha sacado a unas, de las incomodidades de las que ha librado a otras y hasta dónde ha ido a buscarnos para traernos a este lugar a fin de conseguir nuestra salvación.

Otra hermana indicó que nuestra vocación es conforme con la vida que el Hijo de Dios llevó en la tierra, y con los santos consejos que nos dejó.

Otra razón. Aunque nuestra vocación sea baja y despreciable a los ojos de los hombres, sin embargo es muy elevada delante de Dios, ya que lo único que busca es agradarle en todo lo que hacemos.

Otra razón. El mismo Dios nos ha dado esta vocación; y hemos de sufrir toda clase de pérdidas, antes de consentir que disminuya en lo más mínimo el amor que hemos de tenerla.

Otra razón. El cuidado que Dios tiene de nuestra Compañía tiene que darnos confianza de que, mientras tengamos la dicha de estar en ella, no permitirá que perezcamos.

Otra razón es que podemos observar, por la gracia de Dios, cómo se ha enmendado nuestra vida y cómo han cambiado nuestras costumbres, y todavía no hemos visto morir a ninguna hermana nuestra, aunque fueran virtuosas antes de estar en la Compañía, sin haber realizado luego muchos progresos en la perfección.

La señorita, nuestra muy venerada superiora, observó que hemos de amar nuestra vocación porque es un quehacer que Dios nos ha dado.

Otra razón. Esta ocupación se ejerce exclusivamente en el ejercicio de la caridad espiritual y corporal; esto debe tenernos siempre ocupadas en Dios de una forma muy pura, ya que ha sido él el que nos ha ligado con este santo amor.

Otra razón. Si no amamos nuestra vocación, hemos de temer que Dios permita que la perdamos por entero. Si así fuera, correríamos un grave peligro de no conseguir nuestra salvación, pues depende muchas veces de nuestra vocación.

Otra razón. Si no apreciamos bastante nuestra vocación, no haremos nada que merezca el amor de Dios ni que le pueda agradar; muchas veces seremos un escándalo y un mal ejemplo para el prójimo, y nunca estaremos interiormente contentas, como si Dios nos hubiese abandonado y hubiese permitido nuestro endurecimiento.

En el segundo punto, o sea, sobre lo que nos puede apartar del afecto que hemos de tener a nuestra vocación, la hermana que había ofrecido las primeras razones del primer punto, dijo lo siguiente:

Lo que nos aparta del amor a nuestra vocación es sobre todo consentir en las tentaciones de las que acabo de hablar. La primera, que se refiere al mundo, es muy peligrosa y capaz de hacernos perder todo el afecto que le podríamos tener; se produce cuando oímos hablar a las hermanas que no tienen afecto a su vocación.

La segunda tentación proviene de la carne, que se queja continuamente y desea conseguir todos sus gustos; y esto es algo que hemos de evitar en nuestra vocación.

El diablo, por las tentaciones que suscita en nosotras, nos induce continuamente a caer en la soberbia y en la vanagloria; y cuando esto se mete en el espíritu de una Hija de la Caridad, le quita todo el afecto a su vocación, que le pide apreciar la humildad y la bajeza.

Otro obstáculo para el amor a nuestra vocación, consiste en el espíritu del mundo, en el deseo de saber lo que pasa en el mundo y el temor de no ser estimada.

También puede suceder que el amor a nuestra vocación se pierda por haber perdido la estima de todo lo que es propio de ella; esto nos hace caer en la negligencia, luego en el desánimo, y finalmente en tal situación que nos ponemos en gran peligro de perderla, si Dios no nos asiste con una gracia especialísima.

Otro impedimento es el no apegarnos con todas nuestras             fuerzas al pensamiento de que allí es donde Dios nos quiere, donde hemos de vivir y de morir. Esto hace que tengamos en la cabeza deseos de otras ventajas, muchas veces imaginarias, y que estemos dispuestas a escuchar las primeras propuestas que nos hagan de otra parte; y así sucede que caemos en la turbación en la menor ocasión que contraría a nuestros sentimientos.

Otro impedimento, alegado por la señorita, consiste en no estimar nuestra vocación, al no considerarla como una gracia especialísima de Dios.

Otro motivo consiste en dejarse llevar por el primer desánimo que sentimos, y esto puede pasar tanto a las nuevas como a las mayores que, después de haberse levantado de sus primeras caídas por la gracia de Dios, no procuran volver a su primer fervor.

Otro es la falta voluntaria contra las reglas, incluso en los ejercicios más pequeños.

El mayor impedimento consiste en no manifestar a nuestros superiores los primeros desánimos en nuestra vocación y los motivos que los causan.

Sobre el tercer punto, de los medios que pueden ayudarnos a aumentar en nosotras el amor a nuestra vocación, dijo lo siguiente:

El primer medio es pedírselo todos los días a Dios y decirle muchas veces que no queremos consentir en las tentaciones, vengan de donde vinieren.

Otro medio consiste en pensar en lo que dijo nuestro Señor, quien considera como hecho a él mismo lo que hacemos por el más pequeño de los suyos y acordarse que en el día del juicio Dios recompensará y condenará a los hombres según las obras de misericordia que hayan hecho u omitido. Esto bastará para aficionarnos a nuestra vocación.

Otro medio consiste en amar a los pobres como miembros de Jesucristo, tal y como él nos lo recomienda.

Otro, es ponernos a los pies de un crucifijo, cuando empezamos a sentir alguna tentación contraria a nuestra vocación, y pedir ardientemente a Dios, por los méritos de su Hijo, la santa perseverancia.

Otro medio consiste en desconfiar de nosotras mismas; esto nos hará recurrir con frecuencia a Dios y pedirle la santa perseverancia.

Otro, servirnos de las razones enumeradas anteriormente, que nos incitan al amor de nuestra vocación, evitando lo que Dios ha querido enseñarnos como contrario y perjudicial a este amor.

Otro medio, que indicó la señorita, consiste en pedírselo instantemente a Dios.

Otro, pedir a nuestro ángel de la guarda que nos lo obtenga y que nos ayude con sus sabios consejos y su santa protección a hacer o a no hacer lo que aquí se dice, superándonos a nosotras mismas para vencer nuestras pasiones, y mortificar nuestros sentidos.

Nuestro muy honorable padre, después de haber escuchado a nuestras hermanas con tanta caridad, empezó su discurso como sigue:

Hermanas mías, doy gracias a Dios por todo lo que acabo de oír: los motivos que os incitan a amar cada día más vuestra vocación, los impedimentos que pueden sobrevenir y entibiar ese amor, y los medios que os pueden ayudar a aumentarlo cada vez más.

A todas estas razones, que de suyo bastarían, voy a añadir una, hijas mías, que es la santidad de vuestra vocación; porque no ha sido instituida por los hombres, sino que es de institución divina. San Agustín nos da una señal para conocer si una obra buena viene de Dios. Las obras buenas cuyo autor no se puede encontrar, dice ese gran doctor, provienen indudablemente de Dios. Pues bien, nadie duda de que esta obra sea buena en sí misma, ya que es de tal categoría que no hay nada más grande en toda la iglesia de Dios; yo no veo ninguna otra cosa más excelsa para las jóvenes. Estar continuamente al servicio del prójimo, ¡Dios mío! ¡qué maravilla! Y colaborar con Dios en la salvación de las almas, que procuráis conseguir administrándole los remedios, ¿hay algo más importante?

Y tampoco se puede dudar de que es Dios el que os ha fundado. No ha sido la señorita Le Gras; ella no había pensado nunca en esto. Tampoco yo había pensado. La primera a quien se le ocurrió fue a una buena joven aldeana (2). Estaba guardando vacas y había aprendido mientras tanto a leer por sí misma, preguntando a los que pasaban y que suponía que sabían leer. Lo que éstos le enseñaban, lo estudiaba luego ella sola, hasta el punto de que lograba aprender con la ayuda de Dios. Cuando tuvo ya algunos conocimientos, sintió devoción de enseñárselos a los demás y vino a buscarme a… (3), en donde estaba misionando. «Padre, me dijo, yo he aprendido a leer de esta forma. Tengo muchas ganas de enseñar a otras jóvenes del campo que no saben. ¿Le parece bien?».

– «Desde luego, hija mía, le dije, yo le aconsejo que lo haga». Entonces se fue a vivir a Villepreux, en donde estuvo enseñando durante algún tiempo.

Las damas de San Salvador fundaron la Compañía de la Caridad en su parroquia; servían ellas mismas a los pobres, les llevaban el puchero, los remedios y todo lo demás; y como la mayor parten eran distinguidas y tenían marido y familia, muchas veces les resultaba molesto llevar aquella olla, de forma que esto les repugnaba y hablaban entre sí de buscar algunas criadas que lo hiciesen en su lugar. Esta buena joven, al oír hablar de este proyecto, deseó que la ocupasen en él y fuera recibida por las damas. Las de las otras parroquias hicieron lo mismo y me pidieron que, si era posible, les proporcionase algunas. La señorita Le Gras, a la que Dios había dado el celo de consagrar toda su vida a su gloria, se encargó de tomarlas bajo su dirección para formarlas en la devoción y en la manera de servir a los pobres; y entonces se les proporcionó una casa.

Así es como se hizo esto, sin que nadie lo pensase; porque la buena joven que la empezó no pensaba de ninguna manera en esto; de forma, hijas mías, que Dios mismo os ha reunido de una manera totalmente misteriosa y tan excelente que nadie en el mundo tiene nada que decir. Todavía no conozco a nadie que haya dicho: «Esto no está bien». Entonces, ¿quién dudará de que Dios es el autor de vuestra Compañía? San Pablo dice que todo bien proviene de Dios (4); y san Agustín, que toda obra buena que no tiene autor, esto es, que no se puede encontrar a nadie que la haya proyectado y que la haya iniciado, proviene infaliblemente de Dios. ¿Quién no estará seguro de que la vuestra tiene solamente a Dios como autor? No habéis sido fundadas por san Francisco, hijas mías, ni por santo Domingo, ni por san Benito, ni por san Bernardo, ni por ninguno de los otros grandes patriarcas; ha sido el mismo Dios.

Me encuentro en una Compañía que Dios mismo ha fundado, ¿cómo no he de amarla? ¿Qué otro motivo necesitaré para amarla, si éste no basta? ¡Sí que bastará, hijas mías, si lo pensáis bien! Cuando nos encontramos desalentados, enfriados con todas las ocasiones con que Dios prueba la fidelidad de sus siervos y siervas, podemos pensar: «¿Cómo es posible que me enfríe, sabiendo que estoy en una vocación que ha fundado Dios mismo? ¿De qué puedo dudar?».

Hay entre vosotras, mis queridas hermanas, lo sé muy bien, algunas que por la gracia de Dios aman tanto su vocación que se harían crucificar, desgarrar y cortar en mil pedazos antes que sufrir algo en contra de ella; y son muy numerosas, por la misericordia de Dios. Pero esto no se les ha dado a todas; y puede haber otras a quienes la vocación no les resulta tan suave, que se cansan de las prácticas, que no son sumisas y a las que la obediencia les parece un yugo pesado y difícil de soportar. Y éstas fácilmente pueden quebrantarse y quebrantar a las demás. No es que, por la gracia de Dios, conozca a algunas de esas; pero puede haberlas; y si esto sucede, mis queridas hermanas, pensad un poco en vosotras mismas: «¿De qué me quejo? ¿No estoy en una Compañía que Dios mismo ha formado y ha hecho con su mano omnipotente? ¿Puedo ser tan infiel que no la ame?».

¿Y qué otra cosa podríais amar, hijas mías, si con esta consideración no amaseis vuestra vocación? ¿Vais a amar más a vuestros padres, de los que Dios os ha apartado para poneros a su santo servicio? ¿Vais a amar más a vuestros amigos, vuestros gustos, vuestras propias satisfacciones y a vosotras mismas? No, hijas mías, no hay nada para vosotras que sea tan amable como vuestra vocación, por la razón que os acabo de decir, o sea, porque Dios mismo es su autor.

La segunda razón, como se ha dicho, es que Dios os ha sacado, por una gracia especialísima, de los sitios en que estabais para traeros aquí, y es una gracia tan grande y tan señalada que nunca seríamos capaces de comprenderla. David, lleno de gratitud y de sentimiento, decía: «Dios me ha sacado de la casa de mi padre para traerme aquí» (5). Hijas mías, ha sido la bondad de Dios la que os ha traído, porque, decidme, ¿han ido a buscaros otras hermanas? Quizás las hayáis visto alguna vez; pero ¿os han urgido a que vengáis con ellas? Ni mucho menos. ¿Han insistido otras personas? Muy poco, quizás os hayan dicho que existía esto; pero fue preciso que Dios os tocase el corazón y os diese el deseo y los ánimos de venir. ¿Qué es lo que os ha hecho dejar vuestra casa, vuestros padres, vuestros bienes y vuestras pretensiones a los gozos y placeres del mundo? Fue preciso, hijas mías, que hiciera todo esto un poder divino. Los hombres no podían hacerlo, la naturaleza siente repugnancia y todo se opone a ello. Por tanto, es preciso que sea Dios. de forma, hijas mías, que este es un motivo muy importante y cuyo recuerdo puede y debe superar todos los obstáculos que podrían oponerse al amor de vuestra vocación.

Pero ¡ay! ¡me voy enfriando, ya no siento aquel primer fervor y me acobardo fácilmente! ¡Ya no pienso en que Dios me ha traído, en que Dios me daba tanta alegría y tanto consuelo! Mis queridas hijas, tened mucho cuidado con esto, y si sentís que se han enfriado vuestros primeros fervores, procurad reanimaros con la consideración de estas razones.

Veamos ahora la tercera razón o el tercer motivo que nos incita a progresar en el amor a nuestra vocación, que es su excelencia y su grandeza. Pues es de tal categoría, mis queridas hermanas, que no sé que haya otra mayor en toda la iglesia. Hacéis profesión de dar la vida por el servicio del prójimo, por amor a Dios. ¿Hay algún acto de amor que sea superior a este? No, pues es evidente que el mayor testimonio de amor es dar la vida por lo que se ama; y vosotras dais toda vuestra vida por la práctica de la caridad; por tanto, la dais por Dios. De aquí se sigue que no hay otra ocupación en el mundo, que se refiera al servicio de Dios, que sea mayor que la vuestra. Exceptúo a las religiosas del hospital, que tienen esta misma profesión y que trabajan de día y de noche por el servicio de Dios en la persona de los pobres. De forma, hijas mías, que no conozco ninguna que os iguale, a no ser las que hacen lo que vosotras hacéis. ¿Y vais a amar alguna otra cosa distinta de vuestra vocación, que desluzca su belleza? Ni mucho menos, pues espero hijas mías, que iréis creciendo en este amor, las que ya lo tenéis; y las que no lo sientan, se esforzarán por adquirirlo; pues creedme, hijas mías, de aquí depende toda vuestra perfección. Si un religioso o una religiosa, si un cartujo, un capuchino o un misionero, no tiene el espíritu y el amor a su vocación, todo lo que pueda hacer no es nada y lo estropea todo; pues es distinto el espíritu de un capuchino, de un cartujo o el de un misionero; es distinto el de una religiosa y el de una Hija de la Caridad. Es preciso, para hacer las cosas bien, que cada uno se dedique de tal forma a la adquisición del suyo, que no sea capaz de mezclar ninguna otra cosa, que, aunque sea buena y santa en los que la profesan, sería perjudicial y contraria a todos los que tienen que tener otro distinto.

Sé muy bien que muchas de vosotras tienen este espíritu tan arraigado que no hay nada en el mundo capaz de borrar la menor parte de él, y que esta gracia ha sido tan grande en la mayoría de nuestras hermanas difuntas que, si hubiesen vivido en tiempos de san Jerónimo, este santo habría escrito su vida con tanta perfección que todos hubiéramos quedado admirados. ¿Quién es el que ha hecho en ellas todo esto? Ha sido el amor a su vocación, cuyo espíritu supieron captar tan bien que fueron fieles al mismo hasta en las prácticas más pequeñas.

Estos son, hijas mías, los tres motivos que, junto con los que habéis dicho, pueden excitaros al amor de vuestra vocación: Dios es vuestro fundador, él mismo os ha llamado; vuestra vocación es la más grande que hay en la iglesia de Dios, porque sois mártires; el que da su vida por Dios es tenido como mártir; y la verdad es que vuestras vidas han quedado abreviadas por el trabajo que tenéis; y por tanto sois mártires.

Veamos ahora lo que nos puede apartar de esto; habéis dicho cosas muy hermosas. Añadiré que ante todo hemos de pensar que todo pecado mortal nos separa de Dios y, en esta medida, nos quita el amor a nuestra vocación. Está en primer lugar el orgullo, que os lleva a querer tener un papel eminente, a ser estimadas, a impedir que los demás crean que somos poca cosa. Decidme, ¿cómo podría estar entre las pobres Hijas de la Caridad una mujer llena de presunción? Se encontraría con desprecios, con humillaciones, no podría pretender ningún honor, ni tendría esperanzas de ser nada en el mundo; no hay ninguna dignidad en esta casa. «El que de vosotros, decía nuestro Señor a sus discípulo (7), quiera ser el mayor, que sea el más pequeño». De forma que este maldito pecado, que hizo caer a los ángeles del cielo, impedirá permanecer mucho tiempo en la Compañía de la Caridad a las que tengan ambición.

Tenéis después la avaricia, que es opuesta a la santa pobreza. Si una Hija de la Caridad se viese tocada por ella, adiós su vocación; no habría más que hablar; todo ha terminado. El deseo de tener algo en particular para casos necesarios, de tener algo reservado, es, hijas mías, no tener confianza en el cuidado y en la providencia de Dios. Cuando la avaricia se apodera de un alma, ¡adiós toda virtud! Judas, que había tenido la gracia de ser llamado al apostolado, el don de hacer milagros y estar destinado, como los demás, a una gran caridad, se convirtió en un demonio por la avaricia. Ved lo que es este maldito pecado, que tuvo poder de cambiar a un apóstol en un diablo; de esta forma podéis pensar lo que ocurriría si alguna vez entrase en el corazón de una hermana.

El tercer medio que nos aparta del amor a nuestra vocación es, no digo ya la impureza, no, por la gracia de Dios, ya que nunca se ha oído hablar de eso, sino solamente cierta libertad que nada tiene que ver con la modestia. A una le gusta tratar con los hombres, no se extraña de que le digan ciertas palabras, les responde y se entretiene con ellos, incluso con algunos confesores fuera de la confesión, se pasa el tiempo hablando de cosas que no son tan urgentes ni necesarias, sino para pasar el rato. Tened cuidado con esto, hermanas mías, incluso con los confesores. No es que por la misericordia de Dios conozca a alguna que falte en esto, no; pero como hay cosas que pueden pasar y que serían muy perjudiciales, conviene tener cuidado.

También es muy perjudicial tener malos pensamientos y no descubrirlos ni al confesor ni a la superiora; y si no ponéis cuidado en esto, ya que podríais tenerlos, os veríais en gran peligro de perder vuestra vocación.

Otra cosa que también hace daño al amor de la vocación, mis queridas hermanas, es la sensualidad en la comida y en la bebida: querer comer buenos bocados, intentar probar alguna cosa distinta de lo que la comunidad tiene. Ese pecado atrae a otros muchos. No es que haya que pasar hambre, hijas mías; tenéis que manteneros, y para eso es preciso que no os falte lo ordinario; pero también es menester que no haya nada superfluo y que no busquéis la sensualidad.

También la envidia nos aparta de nuestra vocación. Este pecado es una peste muy peligrosa. Tener envidia es sentir pena de que la otra hermana haga las cosas mejor que nosotras,  de que las damas hagan caso de ella, de que los pobres estén contentos con ella, incluso de que sea fiel a las reglas y de que, con su ejemplo, nos llene a nosotros de confusión, si no somos observantes. Y como nosotros no cumplimos bien, tenemos envidia de su asiduidad, porque condena nuestra negligencia.

Nuestra perseverancia, mis queridas hermanas, se ve combatida también por otro pecado, que no digo mortal, al menos en ciertos casos, pero que proviene del mortal y degenera en venial; la cólera. Una hermana puede tener tan mal humor que todo le moleste. Si le avisan de algo, replicará; si no le contestan bastante pronto, quizás por no haberla entendido, se irritará; si los demás le ayudan a salir de sus dudas, no le gustará; si la dejan, encontrará motivos para estar descontenta. Este vicio es muy peligroso, hermanas mías; os ruego que tengáis mucho cuidado con él, sobre todo porque a veces degenera en hábito, que es muy malo para todos, pero sobre todo para una sierva de Dios y para una Hija de la Caridad, que tiene que ser muy mansa y suave. Es segurísimo que la que caiga en este vicio no permanecerá mucho tiempo en la Compañía, porque siempre encontrará motivos para sentir despecho, y ese despecho llegará hasta tal punto que algún día lo dejará todo.

Otro gran impedimento es la pereza, el amor al propio cuerpo, que hace tanto daño. La pereza causa a veces disensiones entre las hermanas, porque la que caiga en ella, esquivará el hombro a todo lo que pueda, no echará la mano en ninguna ocasión, sólo le gustará salir cuando haga buen tiempo, dejará todo por hacer y cansará a su compañera de tal forma que ya no podrá resistir y tendrá que decírselo, y entonces se pondrá de mal humor. No querrá levantarse temprano, especialmente durante el frío. Cuando oiga sonar al despertador, aguardará otro cuarto de hora, luego media hora y finalmente llegará a pasar hasta las seis. No le gustará andar junto al fuego, sino estar lo más lejos posible de la cocina. Dios mío, hijas mías, ¡cuántos males se derivan de aquí! Estad seguras de que la que caiga en estas faltas, no podrá amar su vocación.

Estas son, hermanas mías, todas las clases de pecado que contribuyen a disminuir y a destruir en nosotros el amor a nuestra vocación.

Están además las malas conversaciones de una compañera descontenta o poco aficionada a su vocación. También en esto debéis tener mucho cuidado, hijas mías, porque es uno de los mayores impedimentos para el amor a vuestra vocación; es una de las pestes más peligrosas que puede infectar a las comunidades, que habéis de temer mucho, si no ponéis cuidado en ella.

Una hermana descontenta de su vocación fácilmente se enoja con cualquier ocasión molesta. Si su superiora o hermana sirviente la amonestan con caridad de alguna falta que ha cometido, se echa todo a perder. ¿Qué no dirá entonces? Pues bien, una pobre hermana, nueva o quizás más antigua, pero un poco ingenua y que se deja impresionar fácilmente, al prestar oídos a todo lo que ella dice con su mal humor, ¡no se verá también en gran peligro, si no la asiste una gracia especial?

Bien, mis queridas hermanas, ya basta por hoy. Siento haberos entretenido tanto tiempo, a vosotras, pobrecillas, que os cuesta tanto venir, y que tenéis prisa por marcharos. Dios mío, ¡Cuántos ángeles están ahora ocupados contando los pasos que dais! Los que habéis dado al venir ya están escritos, y también lo serán los que deis al volver porque dice un santo: «Están contados todos los pasos que dan los servidores de Jesucristo por su amor».

Acabo en dos palabras. Trataremos en otra ocasión de este tema, más tranquilamente, con la gracia de Dios, y creo que será conveniente que lo hagamos con frecuencia. Por eso no os voy a dar más que dos o tres medios para hoy con toda brevedad.

El primero será la santa humildad, virtud opuesta al orgullo, que es el que contribuye, como hemos indicado, a la pérdida de la vocación de la mayor parte de las hermanas…

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