(01.01.44)
El primer día del año 1644, nuestro muy venerado padre, tuvo la caridad de darnos una conferencia sobre el respeto cordial que las Hermanas de la Caridad se deben las unas a las otras. Después de haber hecho la lectura del tema de oración sobre este asunto, nos dijo:
– Hijas mías, es menester que sepáis que se pueden tener una con otra dos clases de respeto. El uno es grave y serio, el otro es cordial y afectuoso. El respeto serio es muchas veces forzado, es el propio de los inferiores con los superiores. Algunas veces se respeta al otro más por temor que por buena voluntad, y de esta forma ni es cordial ni verdadero. Hijas mías, el respeto que os debéis las unas a las otras tiene que ir siempre acompañado de una sólida cordialidad, esto es, de un honor verdadero, al modo como los ángeles se respetan entre sí. Cuando os encontréis, podéis imaginaros la presencia de los ángeles custodios que, por el respeto que tienen a Dios, os honran con su vigilancia llena de afecto. Pero, hijas mías, lo mismo que el respeto y la cordialidad engendran el verdadero respeto, la cordialidad sin el respeto tampoco será sólida, sino que engendrará a veces ciertas familiaridades poco convenientes y haría a esa cordialidad imperfecta y mudable; no sucederá esto si la cordialidad se une con el respeto, y el respeto con la cordialidad. Dios, por su gracia, ha puesto en muchas de vosotras esas dos virtudes, que son las señales de las verdaderas Hijas de la Caridad, esto es, hijas de Dios. Le doy las gracias por ello. Si hubiera algunas que no honraran estas virtudes, habría que temer que se convirtiesen, por el contrario, en hijas del diablo. Temed pues, hijas mías, veros desprovistas de estas dos virtudes, temed que la falta de estas virtudes no haga decir de vosotras que tenéis el vestido de Hijas de la Caridad, pero no lo sois. Hijas mías, no es que os acuse de faltar todas en esto; sé que hay muchas entre vosotras que se tienen gran cordialidad y respeto, pero no todas. Así pues, por favor, tened miedo y esforzaos para que os sean familiares esas hermosas virtudes.
La conferencia de hoy tiene como primer punto las razones para que os testimoniéis mutuamente un cordial respeto. Veamos, hermanas mías, los pensamientos que Dios os ha dado sobre este tema; estoy seguro de que os resultará de gran provecho acordaros de todos ellos.
Diga, pues, hermana.
– Yo he pensado que tenemos que respetarnos todas por amor de Dios, y que los superiores sobre todo tienen derecho a nuestro respeto. Hay que mirarlos como a Dios en la tierra y obedecerles indiferentemente.
– ¿Y usted, hermana?
– La primera razón es que nuestro buen Dios nos ha amado tanto, y con un amor tan cordial, que se quiso entregar a sí mismo, y se rebajó hasta hacerse como un pecador. Siendo así, ¿cómo no amaré yo, pobre y desgraciada pecadora, a mis hermanas y no las honraré, si son templos del Espíritu Santo y están mucho más aventajadas que yo en el amor a mi Dios?
– ¡Bendito sea Dios, hermana! Sí, esta es una gran razón para tener entre vosotras ese cordial respeto: pensar en el amor de Dios para con nuestras hermanas y para con nosotros mismos.
Hable usted, hermana.
– Yo he pensado, en el primer punto, que para ser agradable a Dios tengo que respetar cordialmente a mis hermanas y mirarlas como siervas de Dios y de los pobres. Yo he resuelto, ayudada de su gracia, testimoniarles gran cordialidad, por el servicio que les pueda hacer. También he pensado que, si me mantengo en este respeto cordial, esto será un gran bien para la comunidad, pues nos edificaremos mutuamente y nos afirmaremos en nuestra vocación.
– -Tiene razón, hermana, en tener este pensamiento. ¡Qué hermoso es ver a varias personas en una gran unión! Sí, hijas mías, verdaderamente seréis de gran edificación para todo el mundo.
¿Y usted, hermana?
– En el primer punto, al considerar la importancia de este respeto cordial, he visto que era el principal medio para mantener una comunidad en orden, y que los primeros cristianos practicaban exactamente esta virtud, la cual les mantenía en un estado de gran perfección y contentamiento, y que, cuando esa virtud se fue enfriando, nació entre ellos el desorden. Lo mismo sucedería entre nosotras si faltásemos a este respeto cordial; mientras que, por el contrario, si lo tenemos recíprocamente como el Hijo de Dios se lo recomendó a sus apóstoles, enseñándoles a amarse como el Padre Eterno los amaba (1), resultará de todo esto gran orden y unión.
– Ved, hijas mías, cómo Dios os ordena que os améis, ya que el amor fue el que le hizo entregar a su Hijo. Hijas mías, bendito sea Dios, que nos enseña por sí mismo la manera de tenernos este respeto cordial; esto es, por medio de un amor fuerte y animoso, y no por medio de testimonios débiles y menguados.
Continuemos. La hermana que sigue, díganos lo que piensa sobre el tema de la oración.
– Yo he pensado que, para tener con mis hermanas el respeto cordial que les debo, miraré a Dios en ellas, me juzgaré la menor de todas, les hablaré con gran mansedumbre y me considerará muy feliz de poder ser la sierva de las siervas de Dios.
– Y yo, padre, dijo otra hermana, he pensado que una razón para tenernos mutuamente este cordial respeto es pensar muchas veces que, si faltamos, podrá originarse mucho mal, tanto en general a toda la comunidad, como a cada una en particular. Otra razón es representarme que sus ángeles buenos están siempre presentes. Sobre el segundo punto, he visto que este respeto cordial consiste en pensamientos, palabras y obras; se manifiesta algunas veces en señales y gestos en el rostro; y en esto tenemos que vigilarnos con frecuencia; suplico a todas nuestras hermanas que sean tan caritativas que me adviertan de las faltas que han visto en mi. Estoy decidida, con la ayuda de la gracia de Dios, a corregirme de ellas.
– Y usted, la hermana que sigue, dígame sus pensamientos, que Dios bendecirá, así como los de todas, y los hará útiles.
Una razón muy especial para respetarnos cordialmente unas a otras, es que todas mis hermanas son esposas de Jesucristo, y yo tengo que considerarme siempre como la más pequeña de todas e indigna de su Compañía.
Un medio para practicar este respeto cordial, es representarme con frecuencia a las tres personas de la santísima Trinidad, que forman una sola unidad. Ellas se tienen continuamente entre sí este respeto amoroso; lo mismo que todos los santos, aunque hayan ido al cielo por diversos caminos, no cesan de glorificar a Dios unánimemente. He pensado que, puesto que estamos todas unidas para un mismo fin, hay que llegar por este medio del respeto cordial. Cuando tenga ocasión de advertir a alguna de mis hermanas de alguna falta, lo haré con caridad; y, si temo que no lo van a recibir bien de mi, advertiré a mis superiores.
En el tercer punto, he pensado que este respeto cordial, unido a una gran mansedumbre, es el mejor medio para evitar las disensiones, para conservar el amor mutuo y para dar buen ejemplo al prójimo. Me he propuesto honrar a mis compañeras y a mis superiores, viendo a Dios en ellos.
– ¿Y usted, hermana?
– Yo he pensado que, cuando estamos dos juntas, tenemos que soportarnos la una a la otra, desechar toda sospecha y acordarnos muchas veces del mandamiento que Jesucristo nos dio de amarnos mutuamente. Si obramos con gran caridad, vendrá un gran bien para toda la Compañía. Por lo que a mi se refiere, no he hecho nada de lo que digo, y he tomado la resolución, mediante la gracia de Dios, de practicar esta cordialidad para con mis hermanas mejor de lo que lo he hecho en el pasado,
– ¡Bendito sea Dios, hermanas mías! Esta buena hermana ha observado una cosa de gran importancia y que sería de gran impedimento para este respeto cordial, esto es, las sospechas que podríais tener la una de la otra. Hijas mías, tened mucho cuidado de esta gran desgracia. Cuando la sospecha entra en el espíritu de cualquiera, ¡adiós la estima que engendra respeto, adiós la unión y la caridad, de donde brota la santa cordialidad! ¡Dios os guarde de ello!
Y usted, hermana, díganos sus ideas.
– Me ha parecido, padre, que si practicamos el respeto cordial las unas con las otras, Dios, que es caridad, se sentirá feliz, y por la unión que hay entre nosotras el prójimo quedará edificado. El medio para llegar a este respeto cordial cuando estamos dos hermanas juntas, es que nos soportemos la una a la otra, con tal unión que no aparezca más que una sola voluntad e incluso un mismo sentimiento, y que ninguna de las dos crea que es superior a la otra. He tomado la resolución de creerme siempre la menor de todas mis hermanas y, como tal, tenerles un gran respeto, más de lo que he hecho en el pasado.
– ¿Y usted, hermana?
– Vista la importancia que tiene el amarse cordialmente, he tomado la resolución de tener una gran estima de todas mis hermanas y de respetarlas lo mejor que me sea posible. A este efecto, he pensado que era preciso interpretar todas sus acciones en buen sentido y, si alguna vez surgiese alguna diferencia entre nosotras, soportarlas a todas con gran caridad, mediante la gracia de Dios.
Sobre el tercer punto he pensado que, si nos tenemos todas este respeto cordial, nos veremos más colmadas de gracias e incluso la santísima Virgen y los santos alabarán a Dios en el cielo y se alegrarán. Por eso, siento mucho interés en observar este respeto cordial para con todas mis hermanas. He rogado a Dios que sea así para su gloria y la salvación de mi alma.
Otra hermana dijo:
– La primera razón por la que las Hermanas de la Caridad se deben este respeto cordial se deduce de la deferencia que las tres personas de la santísima Trinidad se tienen entre sí, tal como vemos sobre todo en dos hechos: en el decreto de la creación del hombre y la encarnación del Verbo. Me ha parecido, padre, que este respeto cordial hará de nosotras un mismo corazón y una misma voluntad, aunque seamos varias personas, a pesar de que no hay comparación posible. La segunda razón es que la santísima Virgen y san José tuvieron este respeto cordial con nuestro Señor en la tierra y en sus relaciones mutuas.
Se siente este respeto cordial cuando se vive juntas con gran paz y mansedumbre, cuando se soportan los pequeños defectos de los demás, a ejemplo de nuestro Señor, que soportaba los de los apóstoles y los del pueblo con el que conversaba, y cuando se procura edificar a los demás en palabras y acciones.
El bien que se desprende de este respeto cordial es que Dios será glorificado y se verá robustecida la unión. Dios nos concederá la gracia de vivir en esta virtud, si hablamos poco y evitamos quejarnos las unas de las otras.
-¿Y usted, hermana?
– Yo he pensado, sobre el primer punto, que el mismo Señor nos pide que nos respetemos la una a la otra cordialmente. Un medio para tener esta cordialidad, es que se la pidamos Dios muchas veces de la forma que él quiere que la tengamos.
Otro medio es someternos con condescendencia las unas a las otras en todo lo que no sea contrario a nuestros deberes. La bondad de Dios es tan grande, que a lo que hagamos por su amor, responderá él con un aumento de amor.
– ¿Y usted, hermana?
– Yo he pensado que la práctica de este respeto cordial nos ayudará a estar en la presencia de Dios, nos mantendrá juntas en tal unión que serviremos de buen ejemplo a nuestro prójimo, nos impedirá tener discursos mundanos y nos hará más aficionadas a nuestra vocación. El mejor medio para poner en práctica esta cordialidad respetuosa, es que nos mostremos siempre deferentes las unas con las otras. He tomado la resolución de ser fiel a esto dado que soy sierva de Dios y de todas mis hermanas.
– ¡Bendito sea Dios, hermanas mías! Ved cuánto bien tenéis que esperar de la práctica de estas dos virtudes. Verdaderamente, hermanas mías, ellas nos mantendrán en una gran unión, hasta el punto que se podrá decir de las Hijas de la Caridad que están en un pequeño paraíso en la tierra Pero, si no las tenéis, vuestra Compañía será un pequeño infierno, ya que no seréis Hijas de la Caridad, esto es, hijas de unión e hijas de Dios, sino hijas de discordia, y por consiguiente hijas del diablo. Guardaos mucho, hijas mías, de esta desgracia. Si, por desventura, hijas mías, llegase a haber alguna falta contra estas hermosas prácticas; si, por ejemplo, dijeseis algo de una hermana contra este respeto, poneos en seguida de rodillas y pedidle perdón, diciendo: «Hermana, cuando le he dicho esta cosa de la otra hermana, no sabía lo que decía; no lo tenga en cuenta, porque es muy buena». Si hacéis así, hijas mías, os aseguro que en muy poco tiempo llegaréis a la perfección; hablo no solamente de la hermana que, por amor de Dios, haga esta humillación, sino de todas aquellas que vean este ejemplo y oigan hablar de él.
Este cordial respeto, hermanas mías, exige que, cuando os encontréis, os saludéis. ¿Y por qué saludaros? Las pobres aldeanas no se saludan. Mis queridas hermanas, os tenéis que saludar las unas a las otras, porque todas sois templo de Dios. Si saludamos los templos materiales, las imágenes de piedra y las otras, ¿por qué no nos vamos a saludar mutuamente nosotros, que tenemos más trato con Dios? Exceptúo en las iglesias, porque está allí el santísimo Sacramento; Dios mismo habita allí corporalmente. Al saludaros, saludaréis también a vuestros ángeles buenos, que adoran siempre a Dios. Ha habido personas tan devotas con sus ángeles custodios que les tributaban honor y respeto, cuando pasaban por algunas puertas y lugares estrechos.
Hijas mías, saludaos libremente. El mundo no ve en vosotras solamente unas aldeanas. No os preguntéis: «¿Qué van a decir?» Dirán sencillamente que estáis bien educadas; y los que adviertan esta acción, se edificarán seguramente. En san Lázaro existe la costumbre, incluso entre los hermanos, de saludarse cuando se encuentran y de tener el sombrero en la mano cuando se hablan. Los hombres tienen la costumbre del sombrero, y vosotras tenéis que sustituir este acto por la reverencia acostumbrada. Pensad, por favor, hermanas mías, en esta práctica.
Una hermana preguntó:
– Padre, ¿le parece bien que cuando nos encontramos y tenemos necesidad de hablarnos, nos digamos: «Mi querida hermana», para facilitar este respeto cordial?
– Sin duda, hermanas mías; esta práctica podría servir, y sé que se practica en algunos lugares; pero quiero pensar en ella antes de aconsejárosla; volveremos a hablar de ella en la próxima conferencia. Os decía hace un momento, hermanas mías, que la práctica de este respeto cordial en san Lázaro era de una gran edificación. Os aseguro que, entre las personas que vienen a hacer el retiro, hay algunas que se convierten no por las meditaciones sino por el ejemplo de esta cordialidad; dicen que Dios está seguramente en esta Compañía, ya que hay tan gran unión acompañada de respeto.
Dígame lo que piensa, hermana.
– Padre, una razón para respetarnos cordialmente es que todas nosotras hemos sido creadas a imagen de Dios y que, como esta cordialidad engendra una unión estrecha, Dios repartirá sus gracias con mayor abundancia sobre la Compañía; y por el contrario, si no tenemos unión, el diablo la destruirá. Practicaremos este respeto cordial, si tenemos gran humildad y sumisión las unas con las otras, tanto interior como exteriormente; si preferimos los oficios más bajos de la casa y nos creemos indignas de estar en la Compañía.
– ¿Y usted, hermana? Hable, por favor.
– Una razón para tenernos un respeto cordial es que Dios nos ha escogido y asociado para hacerle un mismo servicio; de ahí se sigue que tenemos que mirarnos como un cuerpo animado de un mismo espíritu, o más bien, como miembros de un mismo cuerpo. Lo respetaremos si ocultamos los defectos de las demás y honramos a nuestras hermanas.
La segunda razón: he pensado en la santísima Trinidad, en la unidad de su esencia que nos hace ver la distinción de las tres personas en dos ocasiones: en la creación del mundo, cuando deliberaron para crear al hombre a su imagen y semejanza, y en la encarnación del Verbo Eterno. Con ese respeto cordial honraremos también las relaciones de san José, de la santísima Virgen y de Jesús. Para ayudarnos a practicar esta virtud, hay que tener buena opinión de nuestras hermanas, no fijarse en sus pequeños defectos, acordarnos de que Dios las ama con mayor cariño cuando ellas lo aman más, sin que su bondad tenga en consideración sus debilidades naturales ni las debilidades de sus espíritus, y que su misma sencillez atrae con mayor abundancia sus gracias.
También es conveniente tomar muchas veces la resolución de habituarnos al respeto cordial, por amor a Dios, pedirle la gracia de conservar en nuestros corazones una baja estima de nosotras mismas, hablar bien de nuestras hermanas en todas las ocasiones, aunque con juicio, y sin que parezca que queremos hacernos estimar, excusar los defectos de las demás y no amonestarles nunca, a no ser con caridad, por este motivo del respeto cordial.
De esta práctica se seguirán muchos bienes: parecerá que hay una gran igualdad entre las hermanas; las que son de nacimiento o de condición más elevada se darán cuenta de que no son más que lo que son delante de Dios, y que cuanto más se bajen por debajo de las otras, más las elevará Dios; las otras, edificadas por este ejemplo, no se elevarán por encima de lo que son, y se mostrarán agradecidas a las gracias que Dios les da.
Esta práctica del respeto cordial, en uso desde el principio de la Compañía, se arraigará cada vez más fuertemente, se hará habitual y durará; de todo ello Dios sacará mayor gloria.
Si llegase a faltar, se seguiría la desunión y el mal ejemplo que las hermanas podrían dar muchas veces al prójimo con escándalo.
– Bien, hermanas mías, ¡bendito sea Dios por los pensamientos que os ha dado a todas sobre el respeto cordial, y por las resoluciones en que todas estáis de quererlo practicar! San Juan no dejaba de recomendar esta virtud en todas sus predicaciones, y esto incluso hasta el final de su vida. ¿Y qué decía este gran santo, formado en la escuela de Jesucristo? Hijas mías, decía casi siempre: «Hijos míos, amaos los unos a los otros». Y los que le escuchaban, se extrañaban: «¿Qué es lo que quiere este buen hombre? Parece como si no tuviera otra cosa que decirnos más que: amaos los unos a los otros».
Hermanas mías, yo quiero tener este mismo lenguaje. Os basta con aprender bien esta lección y ponerla en práctica. El respeto cordial os hará aceptar como buenas todas las cosas que las hermanas os digan, porque nadie se molesta de lo que le dice una persona a quien ama; por el contrario, se acepta con gusto, convencido de que ella no tiene la intención de molestarnos. Este es, hijas mías, el signo de las verdaderas Hijas de la Caridad, que son verdaderas hijas de Dios. Las que no siguen la máxima que san Juan daba a sus oyentes, se molestan por no ser con caridad, por este motivo del respeto, interpretan mal todas las cosas, no se excusan jamás. Hijas mías, el sello de las hijas del diablo es tener siempre el espíritu de contradicción, de desunión, de enemistad, de dejarse guiar siempre por criterios particulares, y no ser nunca de la opinión de las demás. ¡Guardaos mucho de esta práctica tan peligrosa! La práctica de la cordialidad produce el respeto que os debéis tener las unas a las otras; no ya, hijas mías, como se respeta el mundo, por disimulo y apariencia, sino por motivos de caridad y de la forma que san Pablo nos ha enseñado. ¿Sabéis lo que dice? «Adelantaos en el honor mutuamente» (4). Hijas mías ¡qué dulce es esta enseñanza! ¡Adelantaos en el honor mutuamente! Por tanto, no hay que esperar a que nos salude nuestro prójimo. Saludar la primera, eso es adelantarse.
«Pero, padre, me diréis, ¿no hay que saludar a los que están en algún cargo o tienen alguna perfección más que nosotras?» Os diré, hijas mías, que no solamente tenéis que honrar a esos, sino igualmente a todos los demás. San Pablo no establece ninguna distinción cuando dice: «Adelantaos en el honor mutuamente». El honor que nos recomienda no se funda en las cualidades o en la condición, sino en la verdadera caridad. Por tanto, mis buenas hermanas, a vosotras se dirige esta buena lección, a vosotras que, por una elección especialísima de Dios, lleváis ese hermoso nombre de Hijas de la Caridad, que quiere decir hijas muy cordiales, muy buenas y muy sinceras. ¿Sería posible que hubiera entre vosotras unión y concordia, sin respeto ni deferencia de unas con otras? Hijas mías, tened cuidado con ello, tened cuidado, os lo ruego; es muy peligroso.
«Pero, padre, me diréis, las que saben sangrar y cuidar los males, las que tienen muchos conocimientos, ¿no pueden pretender más honor y deferencia que las demás?» Hijas mías, todo eso no vale nada, y todo se puede perder en un instante. Hemos visto a algunas personas olvidarse en una enfermedad de todo lo que sabían. Si el respeto que se les debía, como cristiano estaba fundado en esas cualidades, ¡adiós todo ese respeto!
Ni mucho menos; las disposiciones naturales o adquiridas no son consideradas por este gran apóstol, sino la caridad, que da la gracia. La caridad es benigna, es mansa, es paciente, lo sufre todo sin quejarse (5). Esas son las verdaderas virtudes que tenéis que tener, hijas mías, si queréis corresponder fielmente a la gracia que Dios os ha concedido al daros el nombre de Hijas de la Caridad. Si no las tenéis, ¿qué pasará con vosotras? No os hagáis indignas de este nombre. Los grandes del mundo, que llevan el nombre de su señorío, se guardan mucho de disminuir sus cualidades.
Una segunda razón, hijas mías, es que, por la práctica del respeto cordial, vuestra compañía será un paraíso; sí, hijas mías, un paraíso. ¿Que es el paraíso? Es la morada de Dios. ¿Y dónde creéis que tiene Dios su morada en la tierra? En los corazones llenos de caridad y en las Compañías donde reina siempre la unión. Vivid siempre de esa manera, mis queridas hermanas, ya que decir hermana de la caridad es decir paraíso, porque donde está Dios, está también el paraíso. Si en el corazón de una verdadera hija de la caridad hay unión y verdadera caridad, también es seguro que Dios está allí. Hijas mías, hijas mías, considerad bien esta verdad. Si tenéis este respeto cordial, seréis muy buenas religiosas, encontraréis vuestro claustro en el buen ejemplo que las otras os darán. ¿No es verdad, hermanas mías? ¿No os parece que, si vivís de esta forma, si no os contrariáis, si sabéis soportaros las unas a las otras, viviréis como ángeles? Os aseguro, hermanas mías, que en las religiones hay todo lo que se necesita para lograr perfectas religiosas. Vivid pues así, por favor, ya que estáis obligadas a ello por tantas razones, y especialmente por todas vuestras ocupaciones. Dentro de la Compañía, como habéis visto, es necesario vivir en tal unión que no aparezca más que caridad. Por fuera, hijas mías, vuestras ocupaciones ¿no son las de los ángeles, tanto por el servicio de los pobres enfermos, como por el de los galeotes, a los que ayudáis a conocer a Dios, a amarlo y a servirlo? ¿Y qué creéis, hijas mías, que es el trato con esos niños a los que servís, cuando permanecéis todas en unión y perfecta comunión? Un paraíso. Los ángeles que asisten a sus almas en gran número, ven siempre el rostro de Dios; vosotras, que asistís a esos niños en un oficio semejante, ¿no tenéis que juzgaros también como viviendo un paraíso en la tierra? Por eso, hermanas mías, tenéis que trabajar por adquirir y conservar entre vosotras esa unión y cordialidad. No digáis, como las personas del mundo, a las que no les gusta aceptar las obligaciones que les impone el rigor de la justicia de Dios: «¿Ofenderé a Dios al hacer esto o aquello?» Hijas mías, pensad más bien: «Si cometo la menor falta contra mis reglas, contra la cordialidad respetuosa que debo a mis hermanas, disgustaré a Dios». Si supieseis lo que es disgustar a Dios, tendríais mucho cuidado de no contristarlo jamás. ¡Haber recibido tanto del buen Dios y disgustarlo! Hijas mías, ¡qué impiedad! Hay que guardarse mucho de ello.
Os decía hace un momento que permanecer en vuestra Compañía con unión y cordialidad, es estar en un paraíso; también os digo lo contrario: estar en vuestra Compañía sin esas virtudes sería un pequeño infierno. Hijas mías, tenedlo por seguro, porque el diablo, que es sembrador de cizaña y de desunión, estaría entre vosotras. Estaría entre vosotras si, al no soportaros mutuamente, dijeseis: «Esta hermana tiene tan mal humor…»Hijas mías, hoy esta buena hermana tiene alguna pena en el espíritu o alguna molestia que la hace menos asequible que de ordinario; ¿por qué decís que tiene mal humor? Quizás mañana estarás tú en esa misma situación. Si hoy no tienes caridad con ella, ¿cómo quieres que ella la tenga mañana contigo? Si dos hermanas están juntas en estas disposiciones, decidme, por favor, ¿no es esto un infierno? Ved cuánta importancia tiene la práctica de estas dos virtudes, el respeto y la cordialidad. Hay que pedírselas muchas veces a Dios. Sólo él puede daros esta gracia de la que tanta necesidad tenéis.
Para alcanzarla, y para conservarla cuando la hayáis obtenido, humillaos mucho, tened una baja estima de vosotras mismas, y desead ser las menos estimadas. Hijas mías, si así lo hacéis, en poco tiempo avanzaréis mucho.
Quizás, hermanas mías, digan algunas: «Pero, ¿qué pensará el mundo de nosotras cuando vea que nos respetamos mutuamente?, todos nos conocen como aldeanas y casi todas lo somos». Hijas mías, que esto no os detenga. ¿A quién creéis que van dirigidas aquellas palabras de san Pablo: «Adelantaos en el honor mutuamente? Hijas mías, a todos los cristianos. Por tanto, no tenéis que sentir vergüenza ni reparo si os toman por cristianas. Hijas mías, es la virtud de Jesucristo; tenéis que hacer todo lo posible para adquirirla. ¿De dónde creéis que ha venido la práctica de saludarse? De los primeros cristianos; se reconocían en esa señal. Los judíos no se saludaban.
¿Es conveniente, al saludaros, usar alguna fórmula de respeto? No, hermanas mías; saludaros sencillamente la una a la otra cuando os encontréis. Como os he dicho, esto es lo que se observa en San Lázaro, y todos lo vemos bien.
También hacemos lo siguiente. Cuando uno de los nuestros viene de los pueblos, cada uno va a saludarle con cara alegre, y le lleva con gran solicitud todo lo que puede necesitar; y si hay necesidad de lavarle las piernas para que descanse, lo hacemos. Vosotras, hermanas mías, podéis hacer lo mismo, acogiendo a las hermanas con un cordial respeto, sin usar términos afectados, que muchas veces no son la señal segura de una verdadera amistad. Si dos hermanas están juntas, y una es superiora, la otra tiene que someterse a su dirección en todo lo que sea el servicio de los pobres y el deber de la observancia; porque si la superiora, lo que Dios no permita, aconsejase a su hermana alguna cosa en contra de las reglas, entonces no habría que obedecerla, sino avisar a los superiores. Si una hermana sintiese en su corazón alguna desconfianza, antipatía o sospecha de otra hermana, hasta llegar a tenerle antipatía, y tratarla de mala manera, aplastad estos pensamientos, hijas mías, aplastad estos pensamientos. Es el diablo quien os los pone en el espíritu. Hijas mías, ¡cuán alejado están esos pensamientos de los que las Hijas de la Caridad deben tener la una con la otra! Sed, pues, fáciles de contentar y no obliguéis a la hermana o a las hermanas que están con vosotras a tener que violentarse o andar con remilgos por temor a que tomen mal sus palabras o sus actos. Principalmente por esto, tenéis que procurar tener siempre, en vuestro trato, ese respeto cordial, que testimoniaréis por medio de la reverencia y del rostro alegre. «Pero. ¿qué es lo que tenemos que hacer, me diréis, para aparecer con el rostro sonriente, cuando el corazón está triste?» Hijas mías, os lo digo, que vuestro corazón esté alegre o no, importa poco, con tal que vuestro rostro esté alegre. Esto no es disimulo, porque la caridad que tenéis con vuestras hermanas está en la voluntad; si tenéis la voluntad de agradarles, esto basta para que vuestro rostro pueda manifestar alegría. ¡Cuántas cosas se hacen en contra de los sentimientos que produce la repugnancia de la naturaleza! Así es como se adquieren las virtudes, hijas mías; si alguno hiciese aparecer los sentimientos irracionales que tiene, ¡a dónde iríamos a parar! Hay que tener mucha más discreción.
Cuando sintáis ganas de mostrar impaciencia o enfado, hermanas mías, no lo hagáis.
Nuestro bienaventurado padre, el obispo de Ginebra (8), nos ha dado un gran ejemplo de esta virtud. Una tarde, una persona de gran condición vino a verle y se quedó con él hasta muy entrada la noche. Sus criados se olvidaron de llevar candelas como deberían haberlo hecho. ¿Qué creéis que les dijo? No les reprochó su falta y no se enfadó con ellos, sino que se contentó con decirles: «Hijos míos, un cabo de vela nos hubiese sido muy necesario». Obrad de esta manera, hijas mías, y no lleguéis a gritar nunca una contra otra. ¿Qué es lo que digo? ¡Qué no suceda esto jamás! Y no digáis palabras inconvenientes, como por ejemplo: «¡Qué fastidiosa!, ¡qué cabeza tan dura!» u otras semejantes. Si llegaseis a faltar en esto, poneos en seguida de rodillas y pedid perdón sin tardar a vuestra hermana. Tenéis que hacerlo, hijas mías; de esta manera alcanzaréis muchas gracias de la bondad de Dios. Le ruego con todo mi corazón que extienda sobre vuestra Compañía el espíritu de cordialidad y de unión, por el que honréis la unidad divina en la Trinidad de personas y el cordial respeto que hubo en la familia de su Hijo en su vida humana, saborearéis la paz que su Hijo nos ha dado después de su resurrección, tendréis una gran unión entre vosotras y trabajaréis útilmente en el servicio de vuestro prójimo para vuestra propia perfección y especialmente para la gloria de Dios, el cual os bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡Bendito sea Dios!







