Padre:
Le pido humildemente su bendición.
Temiendo que alguno leyera mi carta anterior o la extraviase, le escribo otra aparte confiándosela a un amigo, para que se la entregue solamente a usted, debido a lo que verá usted en ella y que no he creído conveniente mezclar con las demás cosas que le digo en mi diario. Es una especie de comunicación interior para pedirle consejo en las circunstancias que me rodean, para saber cómo he de comportarme, y para que usted vea cómo me toca vivir en esta residencia. Me acuerdo mucho de que me deseó usted una parte en la paciencia de Nuestro Señor; por eso le expondré aquí las pequeñas dificultades que ha encontrado mi espíritu para ejercitarla.
Nos dijo usted que estos señores nos darían las cosas necesarias solamente ad victum, sino también ad vestitum; pero el señor de Flacourt, por lo que me dijo en La Rochelle y aquí, no desea proporcionarme con qué vestir, de modo que, para no ofenderle, tuve que comprar en La Rochelle tela y sábanas y demás ropa necesaria, gastando casi las dos terceras partes del dinero que usted nos envió, sin lo cual yo no podría llevar ninguna señal de ser sacerdote, como el señor de Bellebarbe, que va actualmente vestido de gris; y aquí tuve que gastar lo restante, excepto diez escudos que me quedan, para comprar las cosas necesarias y suplir lo poco que me dan para ir a visitar a los enfermos del campo. Deje esto bien en claro, si envía a algún otro padre, y concrete las cosas, para que no haya luego malentendidos. Yo he preferido comprarlo todo antes que decirle una palabra, he tenido que pedir prestados cien francos al capitán del barco, como le indico en una carta que le he entregado a él para usted.
He encontrado muchas dificultades en practicar lo que usted me escribió a propósito del trato amable, respetuoso, pero fiel en defender los derechos de Dios y no traicionar mi conciencia; pues va sabe usted que las conversaciones con los seglares son muchas veces de cosas que no debería oír un sacerdote, ya que con frecuencia se mezcla en ellas la impureza y la maledicencia, que de ordinario recae sobre los eclesiásticos y otras personas; yo procuraba desviarlas lo mejor y más amablemente que podía, pero al querer ser fiel a Dios y a mi conciencia, tuve que hacerme a veces antipático. De las dos cosas, sin embargo, he preferido agradar más a Dios que a los hombres, temiendo perder mi cualidad de siervo de Jesucristo. Solamente el señor de Flacourt ha visto con malos ojos mi proceder; los demás lo han aceptado y me han mostrado su aprobación. Innocentes et recti adhaeserunt mihi, qui sustinui te, Domine.
Como aquí trabajan los domingos y días de fiesta, sin permiso y antes de la misa, les he dicho que tenían que seguir las normas de la iglesia, que no hay que trabajar sin necesidad, sin dispensa y después de misa. Por haberlo dicho me han acusado de que quería mandar yo y hacerme con lo temporal por ambición.
Cuando para remediar las críticas y murmuraciones de algunos, avisé al que podría remediarlo, me acusaron de ser el autor de todo esto.
Cuando, por compasión con los enfermos que se quejaban de morir por falta de alimentos y de medicinas, me dirigí en su nombre, con todo respeto, al padre de la familia, me echaron fuera de mala manera, como si fuera yo el que les instigara a quejarse. Da pena ver tan poco orden en todo esto, pues aquellas personas a las que se les prometió en Francia cuidarles en sus enfermedades tienen que vender su camisa para tener con qué comer y comprarse unas aves que sólo cuestan un sueldo en la moneda de este país, o tienen que rasgar su ropa para tener con qué vendar sus llagas. ¿Cómo es posible tolerar todo esto? Verá usted en una carta que acompaño, dirigida a los señores de la Compañía de París, Y que le ruego que lea y no se la entregue a ellos, a no ser que me calumnien, cómo tengo motivos para temer que sea éste el pago a los servicios que he hecho a dichos señores, después de exponer mi vida en mar y tierra; pero no hay nada que se pierda delante de Dios.
¿Qué habrá que hacer con esas miserables guerras de las que les hablo a dichos señores? Por aquí se dice que se encontrarán muchos pretextos del pasado y del porvenir, sé muy bien que en el fondo se trata de gente falsa y capaz de destruir la obra de Dios y de perseguir a quienes la llevan a cabo. Si las hacen, es para ganar un poco más en sus negocios. No se puede hacer mucho por la religión en este país con un gobernador que sólo es piadoso en apariencia y que no se preocupa más que de lo temporal. No es cuestión solamente de palabras, sino de una persona que contribuya realmente con su ejemplo y con su autoridad a los designios de Dios, que son de tanta importancia como puede usted imaginarse.
San Francisco Javier hizo mucho con su virtud y su celo; pero la autoridad de los que le apoyaban y le proporcionaban liberalmente las cosas necesarias contribuyó mucho a ello. Aquí no se castiga a los franceses escandalosos ni a los naturales del país que están al servicio de la residencia. Los franceses dicen tranquilamente: «No me quiero confesar»; y a los otros les dicen que son unos perros. ¿No habría modo de que estos señores estableciesen una forma de hacer justicia?
No puedo quejarme de la comida, que he de reconocer es muy buena. Pero si hay que atraerse a algún negro o a los niños con regalos, dicen que es malgastar las cosas; y con estos pretextos avariciosos no me dan cebo para pescar a los hombres y se me escatima todo para poder disponer de lo necesario, como podrá enterarse usted por los que han vivido aquí, ya que no podría concretarle más por escrito.
Por un trozo de cristal que recibí de un negro, me han acusado de que quería a ponerme a traficar en este país; ¡y yo lo destinaba para hacer una pequeña cruz que colocar en la iglesia! Me hubiera costado más hacer la cruz que la materia de la misma, a pesar de que no tendría más que cuatro dedos de larga por dos de ancha. Pero la entregué, después de que me la pidieron, preocupándome tanto de las pedrerías como si fueran paja.
Cuando el señor no se levantaba a tiempo el domingo, había que retrasar la misa; y se me quejó de que le faltaba al respeto por no avisarle y no respetar su comodidad, y me dijo que algún día habría aquí otros sacerdotes. Yo le dije que había encargado a su servidor que se fijase cuándo estaba preparado y que me lo advirtiese antes del último toque; cuando uno está ya revestido y aguarda el pueblo, no se puede esperar más.
Muchas veces nos dice que había otros religiosos dispuestos a pagarse el pasaje y a vivir aquí a su propia costa, y que le diría a la Compañía que no hay peligro en dejar que vengan de todas clases. No sé si lo hace por molestarnos o porque tiene otros planes. Yo le respondo que lo único que deseo es que Dios mande a los que le rindan mejor servicio. Si otros vienen, se verán tan obstaculizados como nosotros; y además, la muchedumbre y la diversidad sólo servirán de confusión. Todo esto,junto con las dificultades que encuentro por el comportamiento de los franceses, me obliga a proponerle si será conveniente que en adelante nos sigamos encargando de los franceses, a quienes se les va a distribuir ahora en otras residencias mal preparadas y en lugares pocos sanos, alejados los unos de los otros. ¿Será posible atenderles a ellos y a los negros? ¿No sería mejor que estos señores tuvieran para sus residencias buenos sacerdotes seculares pagados por ellos y que nosotros fuésemos en buen número a establecer otra comunidad y residir en otros lugares donde puedan ganarse más almas, ocupándonos sólo de los negros? Pues no hay que pensar en que un solo sacerdote cumpla las reglas de la Misión, y aunque fueran dos, tampoco podrían vivir en el debido retiro en medio de unos franceses que todo lo perturban con sus borracheras, sus canciones, su trabajo y alboroto, preocupados de tener que subsistir y alternar con los seglares.
Puede hacer usted lo que mejor le parezca, pero yo me encuentro muy cansado y no creo que se pueda conseguir mucho de los negros si uno no se deshace por completo de estos señores para atender únicamente a las misiones. Además va contra nuestras reglas tener parroquias y no se pueden cumplir bien ambas cosas. Ya sabe usted cuánto perjudica esto en Richelieu, a pesar de que hay una comunidad suficientemente grande para atender a todo. Por otra parte, en adelante los franceses se casarán con las mujeres del país e irán a vivir a lugares apartados y lejanos. ¿Cómo se podrá atender a todo?
Andian Ramach me ha dicho muchas veces que fuera a vivir con él a Fanshere, allí hay sitio para hacer una residencia de seis sacerdotes y atender a las misiones del contorno, que podrían ir haciéndose por las aldeas, con ayuda de un intérprete. Y se podría hacer allí un seminario para los niños, que vendrían en gran cantidad, sin que costase mucho alimentarlos, cuando tuvieran la edad suficiente para ser instruidos. No se necesita ropa ni vestidos como en Francia; van totalmente desnudos, excepto una faja para cubrirse; están acostumbrados a dormir en tierra y a vivir solamente de arroz y de las raíces del país.
No sé qué decirle de las niñas, para cuyo gobierno se necesitarían unas cuantas viudas virtuosas o muchachas francesas que las atendieran; pero eso sería una preocupación para nosotros, pues ya sabe usted la manera de ser de ese sexo. Serían mejor unas hermanas de la Caridad bien preparadas y sólidas en virtud, que no viviesen con nosotros, ne crederentur uxores sacerdotum por esta gente aficionada a sospechar y por los franceses. Pero es muy necesario instruir debidamente y procurar reprimir el libertinaje y la lujuria, enseñando el pudor a las jóvenes, que desde pequeñas son tan descaradas o más que los niños. De esta juventud podrían sacarse matrimonios honestos, cuyos hijos serían aún mejores cristianos que sus padres; pues habría que hacer aquí lo que se hace para reformar una comunidad: sacar lo que se pueda de los viejos y hacer que los hijos instruyan a sus padres y reformen el país. Por todas partes me dicen lo mismo: «Nosotros somos ya mayores, venid a instruir a nuestros hijos». Y los niños también lo desean, a pesar de que son muy desvergonzados, ya que los estropea el amor excesivo de sus padres, que les consienten todo sin castigarlos.
Serían necesarios cuatro hermanos coadjutores, uno de ellos boticario y cirujano, algo enterado en medicina, que se proveyese de los medicamentos necesarios, pues no hay en este país. Otro, sastre, provisto de tela y de ropa para nosotros, y lienzo para los niños, y sotanas de color, si se hace un seminario. Otro capaz de encargarse de la instrucción de los jóvenes, con ayuda del intérprete, para enseñarles a leer y escribir en caracteres franceses, para introducir esta costumbre, ya que aquí se escribe y se lee en letras árabes, que son más difíciles; para ello habría que imprimir solamente un centenar de copias del catecismo que yo les envío en esta lengua, esperando que se pueda hacer otro mejor o que puedan imprimirse libros de oraciones en letras grandes. Y el cuarto, un administrador, con todos los muebles necesarios para nuestras comunidades, ya que aquí no hay nada más que lo que se trae, excepto buey, raíces y arroz; además, hay que comprar de todo hasta que sea tiempo de plantar, ocupando con permiso de su Majestad y de la Compañía tanta tierra como se necesite, lo cual puede hacerse sin perjuicio de estos señores ni de Francia, ni de nadie, ya que hay de sobra.
El arroz cocido, como se come en este país, no es de mucho alimento; no es fácil acostumbrarse a él. El vino de miel no es sano, y es muy escaso. Se puede traer de Francia harina de trigo puro, que se conserva tres o cuatro años, tanto para servir de materia para la consagración, como para amasar pan en el barco y aquí en un pequeño horno. El vino es necesario para la misa y para conservar la salud en este país, donde está uno sujeto a graves enfermedades y a la muerte, a no ser que se tengan buenos alimentos y medicinas y otros recursos, que usted puede conocer por los que han estado en la mar y han vivido en este país. Pues fiarse, como nosotros hicimos, de las buenas promesas es inútil, y resulta enojoso comprar de los franceses cuatro veces más caro que lo que costaría en Francia; además, no se encuentran a veces cosas necesarias que fácilmente podrían traerse de Francia a buen precio; yo mismo he tenido que comprar caro algunas cosas para mi conservación, y eso que no soy delicado. Y sería mejor todavía que pudiéramos disponer de ello en abundancia para poder atender a los enfermos franceses y a los negros. Da mucha pena no poder socorrer a los que están doblemente afligidos por la enfermedad y la pobreza, pudiéndoles salvar la vida por poco dinero. Debería haber aquí una enfermería bien provista, al cargo de dichos señores, que salvaría a muchos la vida, para provecho de ellos mismos.
Además de lo que podría traerse de Francia en el barco, convendría tener abundancia de mercancías del país, de las que sólo podría informarle a usted alguna persona que tuviera experiencia de este país. Yo esperaba ponerle a usted en comunicación con alguien que supiera la lengua del país, pero le han negado el pasaje, a pesar de ser uno de los más antiguos. No sé por qué habrá sido y si se duda de él por algún motivo; pero es el mejor intérprete, que se ha ofrecido a Dios para estar a mi lado, cuando puede quedarse libre de sus compromisos, que será a la llegada del primer barco, después que éste regrese.
Creo que sería conveniente que tuviéramos permiso para recibir aquí a algún francés, una vez acabad o su servicio, para que se entregara al servicio de Dios, pues hay dos o tres que me lo han pedido. Todos son buena gente, conocen la lengua y la forma de vivir de este país. Pocos sitios habrá donde haya tanto que trabajar; mueren muchos; desde hace doce o trece meses han fallecido 57 de los nuestros. Si algunos se presentasen realmente llamados por Dios a esta vida, se diría que nosotros los hemos atraído sin permiso, como dicen que hemos hecho con ese intérprete, que se ofreció él mismo y ha continuado así por devoción, a pesar de que le ofrecíamos pagarle; él se ha negado a ello y se ha unido conmigo, que no podría hacer nada sin él; pero como no puede pertenecer a dos señores, desea escoger el mejor, que es Dios.
Se necesitarían también dos buenos carpinteros y un albañil para construir iglesias y casas de madera, y traer cerraduras, clavos y otras herramientas ya hechas en Francia, en una palabra, todo lo necesario para alojarse y para amueblar la casa en este país, donde nos parece vivir en un desierto. Convendría traer todo lo que se puede sembrar y plantar en Francia, como trigo, uvas, pepitas, calabazas, árboles frutales, legumbres, etcétera, pero todo bien cubierto, debido al aire del mar que lo estropea todo, y ponerlos luego aquí al aire por algún tiempo.
Cuando iba a la campiña, llevaba siempre conmigo un francés, intérprete o no, con un fusil, con el único objeto de defendernos, si nos atacaban los ladrones o los borrachos. Creo que no estaría mal que hubiera con nosotros algunos seglares en nuestra residencia, si se hace, para defendernos en caso de necesidad pues el miedo a nuestras armas los tienen a todos sumisos, y no se atreven a acercarse, aunque sean en gran número, cuando ven un arma de fuego. Por no haber tenido cuidado, han matado a algunos franceses.
Esto es lo más necesario para hacer una residencia, y no creo que haya otra manera de que podamos subsistir. Me da vergüenza tener que exigir tantas cosas de las que se podría prescindir en Francia; pero como nuestros cuerpos son los órganos de los que se sirve Dios en este país, donde hay tanta necesidad de obreros, es preciso buscar la forma de conservarlos, ya que tanto cuesta conseguirlos.
Pero la verdadera residencia que había que hacer cuanto antes para que fueran adelante los asuntos de nuestra religión, es entre los Matatanes, en medio de la isla, donde estuvieron ya los franceses, donde se vive bien, donde están los mejores individuos, de donde vienen los Ombiasses y de donde puede uno fácilmente dispersarse por todos los alrededores. Actualmente no hay allí ningún francés, con permiso de Su Majestad para establecerse. Para lo espiritual, es la mies mejor de toda la isla y los más capaces de instrucción. Se necesitaría una docena de sacerdotes, con el intérprete que le he dicho, que ha vivido allí; pues hay alguna diferencia de lengua según los países, lo mismo que en Francia entre los picardos, los normandos, etcétera, y sería muy conveniente que hubiera alguno de los nuestros que supiera árabe, o al menos leerlo y escribirlo bien. Yo voy a intentar aprender a leer y a escribir árabe por medio de un Ombiasse, que me lo enseñará, para poder conocer lo que hay en su libro, y escribirles algunas cosas para su instrucción; pero no sé si lo conseguiré.
Los medios para poder vivir entre los Matatanes son los mismos que ya dije; la dificultad está en que no pueden venir más de tres o cuatro a la vez en un barco, y entretanto no puede hacer nada una persona muerta, como yo lo estoy, al encontrarme solo.
Si pregunta usted cómo han de ser los obreros que vengan a este país, podrá usted juzgarlo mejor que yo, que soy indigno de ser de este número. Le diré solamente mi parecer, que se necesitan las cualidades requeridas por san Francisco Javier, esto es, que se distingan más por su virtud que por su ciencia. La ciencia que se precisa es la que da Dios a los santos. Poco importa que no sean buenos predicadores, a no ser para cuidar de los franceses; en ese caso, se necesita uno potens in opere et sermone, para reprimir a unos hombres desvergonzados, vividores, que han sido enviados la mayoría de ellos a este país por sus padres que no sabían qué hacer con ellos, o por curiosidad, y que al verse engañados en sus esperanzas de verse en un buen sitio, no hacen más que maldecir la hora en que se les ocurrió venir. Peor aún, pues cuando han terminado su contrato, no tienen más remedio que quedarse más tiempo aquí, al no haber barcos para marcharse, como les habían prometido. Puede usted imaginarse la vida que llevan en esta situación, en un país donde tan fácil resulta dejarse llevar por la corrupción de la naturaleza. Lo más agradable sería despreocuparse de esta gente, con la que uno no hace más que perder el tiempo y verse pagado con la ingratitud y la calumnia, pues son como los locos que se enfrentan con el médico que los quiere curar, irritándose contra él, en vez de tomar sus medicinas. Si no tuviéramos otra cosa que hacer más que instruir a los negros, nos bastaría con buscar catequistas, formando a alguno que fuese de memoria feliz y que no quisiera ser sacerdote, con la suficiente soltura de lengua para aprenderla en poco tiempo, ya que esto resultaría fácil para una persona que no tuviera otra cosa que hacer: la pronunciación no es difícil y sólo se requiere memoria para retener las palabras, que no se declinan ni conjugan, y que se pueden reducir fácilmente a diccionario y a unos pocos preceptos; así espero hacerlo con el tiempo, cuando tengamos un intérprete propio, viviendo lejos de esta corrupción general, bajo el influjo de los que siempre andan desconfiando y que, en vez de ayudar, no hacen más que estorbarnos y decir que sería un lujo darnos para pagar un intérprete lo que ellos gastan en fruslerías. Un laico, guiado y dirigido por un sacerdote, puede ser capaz de instruirlos, hasta que los sacerdotes, más ocupados con el oficio y las demás cosas, puedan capacitarse para enseñar ellos solos sin intérpretes. Yo nunca seré capaz de aprender la lengua perfectamente, a no ser viviendo entre los negros. Sé algo de las materias del catecismo que he estudiado, pero no logro entender bien sus razones sin intérprete. Se necesita mucha práctica en los comienzos para conocer bien el sentido propio de las palabras.
El que sea destinado a este trabajo necesita salud y fuerzas, tanto por el cansancio del viaje tan largo como por las dificultades de esta tierra. Se ha observado que los más jóvenes y robustos mueren antes que los que tienen medianas fuerzas, pero con buena salud; las personas de 35, 40 y 50 años resisten mejor que los jóvenes los calores de este país.
No hay tanto peligro para la castidad como se dice. No es necesario ir solo ni mantenerse siempre serio y en guardia, aunque en muchas ocasiones se requiere el hábito de la castidad, pues no faltan las tentaciones.
Los espíritus impacientes, como el mío, no son los más adecuados; mucho menos los que quisieran venir aquí impulsivamente, y que seguirían siendo tan impulsivos; bene patientes ut annuntient, sobre todo aquí, donde estas materias resultan tan nuevas.
No es posible seguir viviendo solo, sin compañero, como yo; me acuerdo de que san Francisco Javier pedía personas de virtud extraordinaria para ello y ya sabe usted que yo no lo soy.
No son de temer persecuciones ni peligros cuando hay a nuestro lado algún francés con armas; pero uno solo no estaría muy seguro, sobre todo si va uno a sitios saqueados y quemados, pues esa gente desconfiaría con razón y no podría uno acercarse a ellos: huyen delante de un solo francés lo mismo que un rebaño de ovejas ante un solo perro.
Los franceses han matado a algunos jefes en el centro del país, cuando se les hizo la guerra, lo mismo que a algunas mujeres y niños, y dicen que no se podrá obtener bueyes para sustentar a la residencia sin hacer la guerra en el futuro; algunos dicen que, para adueñarse del país habrá que mantener en raya a los principales, y que eso será incluso el mejor medio para establecer la religión, como han hecho los portugueses. Quod si aequum est, judica. ¿Y cómo podremos remediar esto, si seguimos aquí? Esto va contra el ejemplo de Nuestro Señor, que no mandó a sus apóstoles levantarse en armas para implantar el cristianismo, sino que les dijo que fueran ovejas en medio de lobos. Y aunque los blancos se hayan hecho los amos, por su maña o por la violencia, habrá que procurar que los negros sigan gozando de sus bienes y posesiones destruyendo el poder de sus jefes, que realmente deben toda su riqueza a su abuso en contra de los hijos, que tienen que quedarse sin los bienes de su padre; les prestan además animales a los alcaldes de las aldeas, para aprovecharse luego de todo después de su muerte, pues les retiran todo lo que tenía el difunto.
Estoy seguro de que para hacer subsistir nuestro seminario si se funda tanto en Matatanes como aquí, no será necesaria ninguna guerra, pues podría entrarse en tratos para las cosas necesarias en animales y demás cosas que no se pueda traer de Francia y que hay aquí. Yo ya he comprado seis vacas, que me cuestan poco más o menos a un escudo por cabeza, y algunas aves para tener huevos el viernes y el sábado, con un poco de leche, para no verme obligado a comer carne, como se come casi siempre, incluso en cuaresma, no sólo en casa del gobernador, sino de todos los franceses, que viven en esto como hugonotes, por no preocuparse de tener pesca y otras cosas que fácilmente tendrían unas personas piadosas; no tienen por ello ningún problema de conciencia, aunque les he dicho muchas veces que sólo dispensaba a los que estuviesen enfermos o no hubiesen podido obtener otra cosa, después de haber puesto todo su interés en ello, o finalmente a los que delante de Dios y de su con ciencia se considerasen dispensados. Me he visto obligado a dejar que las cosas sigan así, pues no he podido remediarlo; los particulares me remiten todos al superior, pero cuando le hablo al superior se ríe de mí, diciendo que sus dineros no eran para eso. Y seguramente no le costaría gran cosa hacerlo así, si no para todos, al menos para su mesa. Lo que pasa es que no quiere poner el orden debido, como sería fácil hacerlo. Yo hasta el presente no he roto la abstinencia, a no ser que al no poder molestarme en hacer mantequilla, como procuraré hacerlo cuando pueda, he tenido que utilizar grasa de buey; otras veces he ido yo mismo a pescar, acordándome de la pesca espiritual y de los apóstoles que a veces acudían a ese remedio para vivir; y Dios me ha provisto de todo lo necesario para mi sustento.
Qué hacer entonces con los ayunos y abstinencias de los franceses y con los negros que recibamos en el cristianismo? Haga el favor de indicarme algo sobre este punto, pues esto preocupa a mi conciencia. Es fácil obtener pesca en el mar. Y sé muy bien que el que puede y no quiere es indigno de absolución. Algunos son realmente excusables; pero los que pueden, favorecen su sensualidad, impiedad e infidelidad, con el falso pretexto de que no pueden, o por causa de la Compañía, o porque podrían ponerse enfermos o morir. ¿Qué decir a todo esto?
En vez de prohibir a los negros trabajar las fiestas y los domingos, han puesto el mercado esos días y dicen que vale más que trabajen, incluso los que son cristianos; y se necesitan franceses para dirigirlos, y ordinariamente no se trata de cosas necesarias. Si los franceses piden permiso para tener un día libre, les dejan los domingos y días de fiesta, con lo que salen el día anterior y no oyen misa, diciendo que, si les dejasen otros días, no emplearían esos días para salir. Qué hacemos con esto?
De todo ello podrá usted deducir la falta de orden que aquí hay y la pena que tiene mi pobre corazón. Esto me hace decir muchas veces que, si no fuera porque estoy aquí por obediencia, usquedum dicatur mihi, sacudiría este yugo insoportable para un pigmeo, para descargarlo en otro más fuerte, sobre todo tras el trato que me da el señor de Flacourt, que a pesar de todo empieza ya a conocer la verdad y la inocencia de mi proceder. No le diga usted una palabra de ello, si no empieza él primero (según temo, a pesar de que me ha dicho: pax, pax). Si no hay paz por su parte, le aseguro que la hay por la mía, después de haber bebido la amargura de este cáliz a través del de Nuestro Señor y los apóstoles, experimentando en esto la predicción de mi pobre compañero en el testamento inmediatamente antes de morir. Cuando le pregunté qué me dejaba al morir, me dijo que sufrimientos: «Tendrá usted mucho que sufrir, no sólo un poco, sino mucho». Estoy contento con estos sufrimientos; son poca cosa en comparación con lo que quizás haya que sufrir en el futuro para imitar a los vasos de elección que han sido escogidos para llevar el nombre de Nuestro Señor a los gentiles.
Si el señor de Flacourt se queja de mí, sé que es el único, pues todos los demás estarían prontos a darme sus corazones y sus ojos, hasta los más libertinos. Pídale perdón por mí del mal de que me acuse. De todo ello recibiré la corrección que usted me haga; pues, aunque mi conciencia sólo me reprocha mi cobardía en el servicio de Dios, he procurado no faltar nunca al prójimo. No obstante, no me reconozco como justo, pues sé que soy el hombre más débil y ligero que usted podría enviar; Dios sabe que no miento; que siempre ha ocurrido en la elección que de mí hacían lo que yo más me temía, no ya enviarme aquí, pues no me cuesta nada pasar por encima de las objeciones de la carne y de la sangre para someterme a la obediencia, sino que usted cargara con el mayor peso al más débil. Siempre he creído, y sigo creyendo, que sólo me han enviado como explorador y que pronto enviará usted quem missurus es, al cual yo no seré digno de obedecer, si usted envía sacerdotes en el primer barco. Sé muy bien que no es posible prever lo que va a suceder, pero lo cierto es que yo no sé hacer nada más que servir de pies y brazos para acatar y hacer todo lo que me manden aquellos a quienes me dé usted por superiores; pues sé que es usted lo suficientemente juicioso para darme el último lugar y quitarme el timón de la nave, si manda usted acá un grupo; que procuraré no dejar un hueso inferior fuera de su sitio, gimiendo continuamente hasta que sea encajado donde debe y que no querrá cargar usted con la responsabilidad de las faltas que yo cometa en una obra de tanta importancia, careciendo de ciencia, de juicio y de experiencia, para salir a flote en asuntos tan espinosos y en unos comienzos de los que, como se dice, se seguirían notables perjuicios si se asentasen mal. Se necesita un sabio arquitecto para echar aquí las bases, y yo tengo muchos motivos para creer que me he alejado de los demás con mis locuras. No digo estas cosas por humildad barata, o para buscar indirectamente algún cargo de refilón, va que no hay que me quite más los ánimos que verme fuera de la dirección de un superior; y si no me envía usted uno, como estoy seguro que lo hará, creo que se hundiría mi corazón, pues ya he hecho demasiado mal para aumentarlo más aún para mi propia perdición y la de otros muchos; mientras que si me dan un superior, creo que me libraré de la muerte, que es mi propia voluntad, y que podré correr con el corazón abierto por los caminos de la obediencia, sin tener sobre mí ningún peso después de haberme visto libre de esta carga, que temo más que todas las penas imaginables, ya que no veo la manera de conseguir con ella mi salvación, que es lo que más debo buscar en todo el mundo, mientras que no temo ningún naufragio yendo en la barquilla de la obediencia.
De todo lo- dicho anteriormente le ruego que haga un resumen de lo principal, y que ponga remedio a todo ello por medio del que nos mande como superior, al que podrá usted informar plenamente de palabra o por escrito.
En lo referente a lo temporal, si envía usted tres o cuatro sacerdotes con dos o tres coadjutores, que es lo más que podrán venir en un viaje, y otros tantos en otro, convendrá que averigüen ustedes y los que vengan se informen por medio de alguien de las cosas necesarias en este país, preguntando a los que hayan estado y no a los que hayan oído hablar, piense sobre todo si convendrá seguir atendiendo a los franceses. Si hay una razón en favor de ello, hay dos en contra. Por muy bien que se hagan las cosas, nunca serán a su gusto; además, de todos los hombres que hay aquí, él es el más difícil de tratar y de contentar, debido a sus sospechas y juicios temerarios, a sus recelos e investigaciones; si no es posible deshacerse de ellos y hay que seguir en esta residencia, dé órdenes para que tengamos las cosas aseguradas desde Francia, sin que tengamos que depender de aquí; pues aquí nadie se atrevería a abrir la boca, ni siquiera con las palabras más suaves, a pesar de que nuestro instituto ha sido fundado para no depender de nadie, mientras que aquí, día tras día, tengo que depender de seglares, que no observan ninguna regla en las comidas ni en el tiempo, ni en la medida, a no ser su propio apetito. Así se pierde el tiempo con ellos, el espíritu se seca y se cansa uno en seguida de sus discursos inútiles.
Esto es lo que se me ha ocurrido decirle aprisa y bastante confusamente, esperando escribirle con mayor orden, si no tuviera que partir en seguida el barco. Saque de todo este veneno una tríaca y deme instrucciones de lo que he de hacer, si le parece bien mantenerse aún en este país. Es posible que, si no hubiera muerto el padre Gondrée, le hubiera podido dar cuentas de todo personalmente, no ya para abandonar este país, sino pera volver más dispuesto a él. Si usted cree conveniente que dé una vuelta por Francia, en el primer barco, en lo que tardaré unos cuatro meses, y otros tantos en Francia, más los cuatro del regreso pues no hay que abandonar el sitio, en el que ya estamos bien establecidos cumpliré la voluntad de Dios en todo y a pesar de todo.
El señor de Flacourt seguirá aún por t, es años; cuando le escribía esto, pensaba que regresaría. Pero tras hacer todos los preparativos, ha cambiado de parecer. No le he preguntado si mandaría sacerdotes y si se harían aquí seminarios; le he dicho sin embargo mi parecer y los medios que se necesitarían para ello, no hace mucho tiempo, pero como me ha escuchado fríamente, dejo a su devoción que indique lo que quiera a esos señores para que ellos se lo comuniquen a usted, mientras que usted les comunicará lo que crea más necesario sobre lo que le he escrito, dejando lo superfluo.
Sé muy bien que no podré llegar lejos; pero procuraré preparar a los padres de las aldeas vecinas para el bautismo de sus hijos y visitar cuando me sea posible a los que ya he visto. ¿Tendremos un intérprete portugués para Andian Ramach y lo necesario para levantar allí una iglesia, cuando Dios quiera que vuelva a su fe cristiana? ¿Podrá hacérsele algún regalo para atraerle, como por ejemplo algunos cristales tallados en granos, algunas telas de seda, algunas piezas de plata, algunos granos de oro, perlas falsas, coral él me ha pedido un rosario de esta materia o un libro de horas en portugués? Se lo iríamos dando poco a poco para mantenerlo en nuestra amistad y atraerle así para mejor escuchar y recibir los caminos de su salvación y la de otros muchos. Además, ¿sería posible obtener otras cosas por el estilo para ganar a algún Ombiasse y, después de haberlo instruido y apartado de sus olis, servirse de él para atraer a los que había engañado antes? Con unas 100 ó 200 libras bastaría tanto para el rey como para los Ombiasses. Dios sabe lo que con ello se conseguiría y cuántas almas se ganarían, que valen más que todos los tesoros de la tierra. Estos señores no querrán a probar este método, que me parece a mí el más indicado para unas personas apegadas a su propio interés, como son estas gentes de aquí. Tengo mucho miedo de que se quejen que han hecho muchos gastos por nosotros y por la religión, que es el principal motivo de la concesión de esta isla, y que se apoyen en ello para obtener la exención de impuestos por la entrada de los barcos y de las mercancías en Francia, después de haber contribuido tan medianamente a la obra de Dios. ¡Que Dios quiera que no sea así!
No sé si enviará usted misioneros a Santa María, donde hay franceses, no es posible comunicarse con ellos más que por mar; es tierra poco sana y se necesita alimentación especial por causa de su clima y de las lluvias frecuentes. La lengua es diferente y procuraré por medio de algunos franceses que hay aquí y que han residido allí algún tiempo poner las palabras de aquel país en el catecismo que ya he compuesto para uso de esta isla. Se dice que se van a construir varias residencias para los franceses, entre las que habrá dos más importantes; una en los Antavares, cerca de los Matatanes, a tres jornadas de allí. Piense en lo que le he propuesto y en si convendrá encomendar el cuidado de los franceses a sacerdotes de la Misión o a sacerdotes seculares, para que todo vaya a la mayor gloria de Dios, en cuyo amor soy de todo corazón, mi veneradísimo padre su muy humilde y obediente hijo,
CARLOS NACQUART,
En Madagascar
En el Fuerte Dauphin, 9 febrero 1650.







