19 octubre 1649.
Padre:
Hace algún tiempo que le escribí unas cuantas cosas sobre la virtud que había observado en el padre Brunet durante su vida, y quisiera ahora recordar algo más junto con una gran multitud [de actos virtuosos] que le vi practicar y que hubiera anotado y procurado imitar si me hubiera preocupado de mi bien todo lo que debía. Hemos tenido una conferencia sobre este tema y había pensado enviarle todo lo que se recogió; pero las continuas ocupaciones que tenemos no nos permiten hacer nada con tranquilidad, sino siempre con prisas, como lo hago con la presente, suplicándole que se fije más en mi buena voluntad que en mi trabajo. Además, todo lo que pudiera decirle de este buen siervo de Dios no sería más que una sombra comparado con la realidad. Le había pedido al padre Alméras que recogiera los actos principales de sus virtudes, pero me ha respondido que era una petición muy difícil, ya que sus actos de virtud eran tan numerosos y tan excelentes que no se podían encerrar en unas hojas de papel, que sus virtudes podían más admirarse que describirse, ya que eran sólidas y ocultas, y su vida era tan aparente y pomposa como sólida e interior.
Entre otras cosas, me decía, admiraba su gran humildad, su mansedumbre admirable, su resignación y conformidad con la voluntad de Dios en todas las cosas; pero lo más considerable era su continua y uniforme perseverancia en esas virtudes, de forma que, aunque era ya anciano, no lo daba a conocer y no se hacía el emeritus miles, sino que parecía un joven y un seminarista en la práctica de la humildad, de la obediencia y en todo lo demás. Hasta aquí son las palabras del padre Alméras.
He aquí algunas de las cosas que han señalado los padres de Génova en este buen siervo de Dios:
1.° Una profundísima humildad, creyéndose siempre el menor. Sentía un gusto especial en que lo empleasen en los oficios más bajos y buscaba todas las ocasiones de practicarlos. Cuando había que barrer, era ordinariamente el primero y recortaba muchas veces parte de su recreo para ir a la cocina a lavar los platos. Se juzgaba feliz cuando no había nadie para ayudar a misa y podía ayudarla él mismo; si a veces cometía alguna pequeña falta al ayudar, se humillaba en seguida y se echaba a los pies del sacerdote para pedirle perdón. Si notaba que alguno se había manchado de barro, sin que nadie se diera cuenta se ponía a limpiar los zapatos sucios. Recibía con mucha humildad los hábitos que se le daban y recogía él mismo los suyos, para no darles a los hermanos el trabajo de ir a buscarlos. No se quejaba nunca de que la sotana fuera larga o corta o estuviera mal hecho. Cuando salía de paseo con algún compañero, aunque fuera más joven, procuraba siempre cederle la derecha y, si no podía obtener el lugar más bajo, se confundía y se llenaba de vergüenza, haciendo ver de este modo que obraba así, no ya por cumplir, sino por un verdadero sentimiento de humildad. Esta misma virtud hacía que nunca se le oyera disputar con nadie. Si a veces en la conversación alguno sostenía una opinión contraria a la suya, condescendía inmediatamente con una graciosa sonrisa sometiendo su juicio al de los demás. Un día, yendo de viaje a pie desde Alet a Marsella, se hizo daño en una pierna cerca de Narbona y, después de haberse quedado allí con su compañero durante ocho días con la esperanza de embarcar, se vieron luego obligados a ir por tierra; como no podían ir los dos a caballo, por no disponer de dinero, y como por otra parte el buen padre Brunet no podía caminar a pie, compraron un borrico para que los llevara con sus manteos, sin montura y sin estribos. De este modo recorrió ochenta leguas. No podría expresarse el gozo que sentía en su corazón y que demostraba por fuera al verse sobre aquel animal, aunque a veces se burlaban los niños corriendo detrás de él, señalándolo con el dedo y gritando a su lado. En las misiones, aunque le doliera la pierna, como es sabido, no quería ir a caballo si no iban los demás; y entonces escogía el caballo peor y el menos preparado, diciendo que le gustaba montar sin silla y sin brida, por los lugares en donde era más conocido, no sin admiración ni extrañeza de quienes lo veían y conocían.
Se puede conocer su gran obediencia por la gran resignación que tenía en ir a cualquier lugar que lo mandasen y en realizar cualquier cargo o misión que le encomendasen. Fue enviado de Nuestra Señora de La Rose a Alet, donde sentía una gran satisfacción por el cariño con que le trataba el señor obispo de Alet y por el mucho fruto que les hacía a las almas. Estuvo allí solamente tres meses y, cuando recibió orden de marchar, no se turbó en lo más mínimo. Fue luego enviado de Roma a Génova, pero apenas llegado le mandaron volver otra vez a Roma. Se mostró siempre indiferente y dispuesto a ir donde la obediencia lo mandara. Un día lo asignaron como compañero a un sacerdote que tenía que salir: creyó inmediatamente que su deber era acompañarlo, a pesar de que llevaba tres días con una gran diarrea; cuando su compañero se dio cuenta, le preguntó por qué no le había avisado de sus molestias; él le respondió que no había creído que tenía que excusarse cuando se lo mandó la obediencia, demostrando de este modo que era grande su obediencia y su mortificación. Se mortificaba mucho en todo; y lo más admirable es que procuraba tanto ocultar su virtud que solamente conocemos una parte de ella.
Su mortificación lo hacía tan puntual y tan obediente a todas las normas de la casa que daba la impresión de no tener más sentimiento que para obedecer de modo que no parecía estar escrito de él aquel texto de la Escritura: proni sunt sensus hominis ad malum ab adolescentia. Era tan mortificad o en la lengua que nunca se le vio hablar fuera de tiempo, y seguía muy bien aquel consejo del sabio: os sapientis in corde suo. Si la necesidad le obligaba a hablar, lo hacía en voz baja y en breves palabras. Era muy sobrio en la comida: cuando servían frutos nuevos o alguna porción mejor que de ordinario, no lo tocaba, de forma que los hermanos ya lo sabían de antemano y decían: la porción del padre Brunet quedará intacta; y efectivamente, muchas veces pasó como ellos decían. Llevaba una cadenilla de hierro sobre la carne y decía que era esclavo de Jesucristo. Llevaba al cuello un crucifijo, de medio pie, sin cruz y con tres clavos agudos muy largos, que muchas veces apretaba contra la carne para sentir y honrar los sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo, mortificationem Jesu Christi in corpore cirmumferens, según el consejo de san Pablo (2), No se quejaba del frío, ni del calor, ni cansancio, ni de la comida, ni de la bebida, ni de la rama, ni de las incomodidades de su habitación, a pesar de que estaba alojado en un pequeño rincón, debajo de un cobertizo donde sólo había una ventanilla y una silla para sentarse; y nadie se daba cuenta de ello. El no dijo nunca nada de eso y nunca tomó una mesa, hasta que uno de la casa vio que estaba escribiendo de rodillas y le llevó una.
Si el cielo es la recompensa de los pobres de espíritu, el padre Brunet tendrá una parte en el mismo, ya que no tenía ningún afecto a las cosas de la tierra, como se veía muy claramente. Cuando recibía alguna medalla, un folleto, un rosario o algo semejante para su uso, no lo aceptaba más que con la condición de poder dárselo a otro cuando la caridad lo exigiese. En efecto, daba todo lo que tenía al primero que se lo pedía; cuando le preguntaron por qué daba tan fácilmente las cosas, respondió que un acto de caridad vale más que todos los bienes del mundo. Si por ventura se olvidaba de alguna cosa o la perdía, no se afligía nunca, sino que decía que el que lo encontrase haría mejor uso que él. En cuanto a la forma de los hábitos, tenía la costumbre de no pedir nada ni rechazar nada, demostrando mayor alegría cuando le daban hábitos viejos.
Era sumamente puntual y exacto en la observancia de las reglas. A pesar de que vivía en las habitaciones más apartadas, se encontraba siempre de los primeros en el oficio divino y en las demás acciones de la comunidad. Nunca dejaba pasar un mes, tanto si estaba en misiones como en casa, sin presentarse al superior para tener con él la comunicación interior, aunque muchas veces no sabía qué decir, ya que tenía su vida y su alma muy conforme a las reglas; y apenas oía tocar la campana, se ponía de rodillas y dejaba la cosa comenzada para correr adonde la obediencia lo llamaba.
Su sencillez era extraordinaria, no fingida ni disimulada, de modo que los que lo veían o escuchaban penetraban hasta su corazón. No sabía lo que era la doblez y huía de toda exageración en las cosas que había visto u oído.
¿Y quién podrá explicar su mansedumbre, su benignidad y su cordialidad? Si uno estaba enfadado, necesariamente se aplacaba al ver a aquel buen siervo de Dios. En él se cumplían aquellas palabras de Jesucristo: Beati mites, quoniam ipsi possidebunt terram, o sea, según san Agustín, possidebunt corda huminum vel subjugabunt. Le gustaba mucho la soledad, por lo que la oración y la meditación le resultaban muy familiares. No se le veía nunca andar de una parte para otra de la casa. Y los que lo necesitaban para algo lo podían encontrar fácilmente, ya que estaba de ordinario en su habitación y casi siempre de rodillas o en pie, leyendo y haciendo oración en la soledad y el retiro. Había adquirido una gran unión con Dios, con el que se entretenía tan frecuente y cariñosamente que se le veía con los ojos bañados en lágrimas y una faz resplandeciente que movía a devoción. Nunca se le vio triste o melancólico, a pesar de que se presentaban muchas veces ocasiones para ello, según las inclinaciones de la naturaleza corrompida; pero, con la gracia de Dios y la práctica continua de las virtudes, él nunca se turbaba y conservaba su alegría, conformándose en todo con la voluntad de Dios y recibiendo de su mano tanto las cosas contrarias como las favorables.
Acabo, porque me quitan la pluma de la mano, seguro de que todo lo que he dicho es muy poco en comparación con lo que se podría decir. Le ruego a ese buen siervo de Dios que rece por nosotros en el cielo, en donde creo que goza de la gloria que no acaba, en cuyo amor soy, padre, su muy humilde y muy obediente servidor,
ESTEBAN BLATIRON,
Indigno sacerdote de la Misión.







