Padre:
Sea ésta para informarle en breves líneas de lo más importante que he podido observar en la vida y la muerte del padre Dunotz, y de lo que se dijo en la conferencia que se tuvo sobre este tema. Habría mucho que decir, si quisiéramos concretar las acciones virtuosas de este buen siervo de Dios, pero sólo diré lo que me parece más considerable y edificante.
Se puede considerar a este buen siervo de Dios como sacerdote y como misionero. Como sacerdote, se puede decir que era un verdadero compendio de la idea que san Pablo nos presenta en las cartas a Timoteo y a Tito, pues creo que sería muy difícil encontrar un sacerdote en la vida activa y común como la nuestra, con su misma edad, que practicase con mayor fidelidad lo que este apóstol nos ordena.
En primer lugar, su devoción era sincera, sin relumbrón, sin indiscreciones, substancial y sólida, no ya superficial y tornadiza como la de muchos, que tiene más llama que calor. Su meditación era casi continua, excepto el tiempo que empleaba en la santa misa y en rezar ciertas oraciones vocales que decía cada día, ya que se dedicaba más a la oración que a la especulación. Bien sabe usted, padre, con cuánta atención y fervor rezaba el oficio; todos están de acuerdo en decir antes de su muerte que parecía un ángel en el coro con los demás.
Nunca celebraba la santa misa sin haberse preparado largamente a ella y a ser posible, oyendo otra misa antes; su acción de gracias duraba siempre media hora o tres cuartos, y si no había oído antes otra misa, la oía luego; los domingos y fiestas oía ordinariamente tres.
La piedad y la religión que tenía se demostraba en el cuidado que tenía de la limpieza de la iglesia y de los ornamentos sacerdotales; barría con frecuencia la iglesia y la sacristía y no permitía que otros lo hicieran o le ayudasen, agradeciéndoles que lo quisieran hacer; esto continuó hasta que cayó enfermo, a pesar de que no era el sacristán. También era él quien lavaba los corporales y los purificadores. Cuidaba de que se observasen bien las ceremonias y de que todos tuvieran las manos bien limpias para ello, pues decía que las manos eran los instrumentos del sacrificio de la misa.
En sus estudios sólo pretendía excitarse al amor de Dios y a las demás virtudes, como se ve claramente por los escritos que se encontraron después de su muerte, pues excepto un compendio de teología escolástica y otro de filosofía que había transcrito y algunas pequeñas notas que les había añadido, sólo se ha recogido, desde que estaba en Roma, un resumen de los Comentarios de Menoquio sobre la escritura, que copió durante los primeros meses que estuvo en Italia, y unas pequeñas notas que añadió a un compendio latino de las predicaciones de la Misión y de las Instrucciones de Murcancio, que es todo lo que se ha encontrado, junto con las rimas sobre el Kempis y algunas letanías, a pesar de que me dijo antes de morir que había leído todos los libros que hay aquí, excepto el Ara que sólo había leído en parte, según las dificultades que se le ocurrían; en todo lo que él anotaba de su parte, no hay nada sutil o curioso, sino todo lleno de afectos y devoción y cosas comunes.
En cuanto misionero.
1.° Un cariño muy grande y extraordinario a su vocación He visto lo siguiente escrito por él: «No te imagines nunca que puedes hacer algo mejor en otra parte». Siempre hablaba con elogios de ella.
2.° Es conocida su fidelidad a las reglas; por mi parte estoy seguro de que era el alma de todo el orden de la casa por su buen ejemplo y por el cuidado que ponía de acudir con toda puntualidad a los ejercicios del día.
3.° Su fervor: nunca estaba ocioso, sino que se ponía a rezar, o leer, o barrer, o trabajar en el jardín. Estuvo un año entero encargado de despertar por la mañana; lo hizo con tanta puntualidad que, aunque hiciera frío o se le parara el reloj, siempre se levantó a punto. Una vez me dijo como fuera de sí mismo: Homo Dei, apprehendo vitam aeternam. Su lenguaje ordinario era de Dios o de la virtud.
4.° Su misericordia con los pobres; decía con frecuencia que le resultaba muy difícil vivir aquí por la pobreza de esta gente, que le afligía y entristecía, al ver que no podía atenderles en sus necesidades. Siempre estaba hablando conmigo de cómo se les podría socorrer.
5.° Su caridad con Dios; decía muchas veces: «Hemos de morir; qué es lo que hacemos en este mundo?»; deseaba estar en el cielo. Un día me dijo, con ocasión de una falta cometida por una persona, que no podía ver cómo se ofendía a Dios, y que esto le causaba un dolor parecido a como si se le desgarrase el corazón. Me pedía muchas veces que amonestase a los demás de sus faltas, y como en cierta ocasión le dijese que era tiempo perdido, me replicó que lo hiciese al menos para no ser responsable ante Dios; que aprobaba plenamente la máxima de los padres jesuitas: «O el orden o la puerta de la calle».
De ahí que en las confesiones se mostrara muy cuidadoso de no dar la absolución más que a los que juzgaba capaces; un día le preguntaron algunos padres de la compañía sobre la opinión de algunos autores acerca de las ocasiones próximas necesarias y presuntamente involuntarias y acerca de las recaídas; él respondió secamente que nunca sería de esa opinión. Hablándome un día de la facilidad de algunos en dar la absolución y en poner penitencias ligeras, me dijo: «Padre, ¡qué difícil es tener verdadera fe de lo que pasa en el sacramento de la penitencia y de la eucaristía y no poner cuidado en que no sean profanadas!». Al comunicarle un día que se murmuraba de él por las penitencias y por retrasar la absolución, me dijo que no le importaba lo que dijesen y que sólo pensaba en Dios. Estaba convencido de que la facilidad de los confesores es una de las mayores ocasiones del desvío de los pueblos. No podía hablar de lo contrario sin demostrar sus sentimientos; sé por experiencia cuánto bien ha hecho esto en algunas almas, que vivían en graves desórdenes, de los que se han apartado por la gracia de Dios.
Una vez que se puso enfermo el caballero Santi, me rogó que lo enviase; como ya había muerto, fue otro, pero no quiso confesarse con él; fui a verlo y me dijo que sentía mucho la muerte de este buen padre, pues, aunque había muchos confesores en Roma y en otras partes, nunca había encontrado en ningún otro tanta claridad de ideas y tanto consuelo.
El se confesaba por su parte con tanta humildad, compunción y santo terror que muchas veces, al oírle, me acordaba de aquel pasaje de la sagrada escritura: Ad quem respiciam nisi ad pauperculum et trementem sermones meos?, y nunca he dado la absolución con tanto gozo y amplitud de corazón, pues me parecía ver en él la gracia, que exteriormente se mostraba en aquel buen siervo de Dios.
Aunque fuera absolutamente necesario, como sucedía casi siempre, que pusiera en práctica la costumbre d e la compañía de repetir algún pecado de la vida pasada para asegurar el sacramento, dada la pureza de su alma, además de la penitencia que le imponía, me rogaba muchas veces que añadiese una dura disciplina; eran esas sus palabras.
Su obediencia era quasi modo geniti infantis, sin replicar jamás; me dijo muchas veces que no comprendía cómo a algunos les costaba obedecer, pues él había experimentado que, siguiendo sus sentimientos, siempre se había engañado, pero siguiendo los de los superiores, siempre había podido reconocer la verdad de aquellas palabras: Qui vos audit, me audit. Y repetía aquellas palabras de san Bernardo: Quien sigue su opinión, sigue a falso maestro.
Cuando iba a algún lugar, aunque sólo fuera por media hora, se ponía de rodillas, me pedía la bendición, ordinariamente a la puerta, ante los externos, con tanta humildad y devoción que conmovía a los asistentes. Una persona, al verlo, me dijo: «Padre, ustedes saben en su casa lo que es la virtud; nosotros vivimos como bestias».
Cuando sentía algún escrúpulo, venía a verme y me preguntaba si había pecado en aquello y si tenía que confesarse; cuando le decía que no, iba en seguida a la sacristía a revestirse para la misa.
En lo que atañe a su mansedumbre, nunca disgustó a nadie, y aunque a veces lo reprendí con dureza, nunca dio señales de tristeza o descontento, sino que siempre se humillaba.
Su mortificación era más de admirar que de imitar. Mucho tendría que escribir para exponer lo que sufrió por la castidad. Aparte de las disciplinas ordinarias permitidas, me pedía muchas veces permiso para más. Usó mucho tiempo de ciertos cinturones de espinas, plegados y ajustados a este efecto, aplicándoselos en carne viva; asusta ver las espinas de esos arbustos, pues recogía las ramas de un año; algo parecido a aquello que se dice de santa Teresa, que se disciplinaba con ortigas. Durmió mucho tiempo sobre una tabla dura. Es verdad que no usó estas últimas mortificaciones durante los dos últimos años de su vida, porque se lo prohibieron. Me dijo que con razón se honraba a los santos, pues la virtud es difícil de adquirir y había que sufrir mucho para tener un poco. Dios le dio en recompensa una gran pureza de cuerpo y alma; en sus últimas comunicaciones me dijo que ya no sentía casi nada de las tentaciones pasadas, y que hacía más de un año que la misericordia de Dios le ayudaba en este punto. Era siempre muy recatado en el trato con las mujeres y nunca se fijaba en ellas.
En fin, su constancia en la virtud perseveró hasta el fin para sellar definitivamente sus buenas obras; al caer enfermo, me pidió la comunión como viático, y luego me rogó que le administrara la extrema unción en la primera ocasión.
Mostró mucha paciencia, sin quejarse jamás, ni lamentarse; sabía que no volvería a levantarse y la mañana antes de morir me dijo que había sufrido extraordinariamente aquella noche, pues Dios le había hecho experimentar como un resumen de todos los males que habían sufrido los santos; poco después añadió: hasta los santos mártires. No me atreví a preguntarle más detalles, pero pensé que se trataba de alguna visión del demonio. Murió con gran paz y se quedó como un niño en la cuna. Después de su muerte encontré unas notas de protestas ante Dios escritas con su sangre y cerradas con cuidado, para que no se leyesen. Se las envío a usted junto con las rimas que hizo sobre Gerson y el evangelio, pues me parece que son dignas de conservarse. Un capuchino me pidió parte de ellas, pero me excusé diciendo que debería enviárselas a usted. Habrá algunas faltas, pues no pudo revisarlas y sólo los escribía para su consuelo particular. El padre Blosquelet me pide sus notas sobre la escolástica y otro las de la sagrada Escritura, con un resumen de las instrucciones de Menoquio y de las predicaciones de la Misión, de las que ha escrito brevemente los puntos en latín. Me ruegan que se lo concedan, si le parece a usted oportuno.
Esto es cuanto he de decirle del buen padre Dunotz, aunque creo que su humildad nos han privado de conocer muchas de sus acciones, que nos servirían de ejemplo y nos darían mucha edificación, pues puedo decir con verdad y sencillez que, a mi pobre entendimiento, es muy difícil que un hombre pueda llegar en esta vida a mayor pureza e inocencia que este buen siervo de Dios. Por eso creo que está en el cielo, según la sentencia de Nuestro Señor: Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt. Le ruego que pida a Dios por mí, para que me perdone el mal uso que he hecho de los ejemplos de ese buen siervo de Dios y me conceda la gracia de imitarlo en algo.
Añadiré dos cosas: 1.° se levantaba siempre a media noche para hacer de rodillas una breve oración; y esto con permiso, pues no se le hubiera ocurrido hacerlo de otro modo, por muy grande que fuera su devoción; 2.° era muy reservado en hablar con detrimento del prójimo y no podía oír hablar mal de él, ni siquiera de los vicios o desórdenes de algunas provincias o ciudades, o de algunas profesiones; 3.° decía con frecuencia: «Padres y hermanos míos, el bien que hagamos lo encontraremos de nuevo», cuando daba clase o enseñaba a alguno, o repetía la oración en ausencia del superior, casi siempre decía al final: «El bien que hagamos lo encontraremos de nuevo»; 4.° también repetía muchas veces: «Tengo ganas de morir, tengo ganas de morir»: esto demuestra cuán despegado estaba del mundo y cómo pensaba en la eternidad. Pero ¿cómo podría decirlo todo? Su vida ha sido una continua entrega a Dios y a las obras de caridad con el prójimo; por eso es imposible decir cuánto lo echan de menos los externos y todos los de casa.
Soy, padre, su muy humilde y obediente servidor,
LE VASSEUR,
Indigno sacerdote de la Misión.
Desde San Salvador, 29 septiembre 1649.







