9 julio 1649.
Le ruego, padre, que no se preocupe en lo más mínimo por las dificultades presentes de su fundación. Lo que no se puede hacer ahora se hará luego, especialmente en Roma. Puede usted frenar un- poco en sus intentos, pero sin desistir jamás.
Sé muy bien que no podemos seguir pensando en la casa de la que usted empezó a tratar; mire por otro lado y aproveche alguna otra ocasión, si se presenta, aunque sin buscarla por ahora con demasiadas prisas. Lo que más me extraña, padre, es que esos buenos padres, que en otras circunstancias desearon incorporarse a nosotros, se hayan atravesado ahora en sus planes. Me cuesta creerlo; pero aunque fuera verdad, no hemos de quitar nada al respeto y al servicio que les debemos a unos grandes siervos de Dios, como ellos son. Le ruego que les siga demostrando todo el aprecio y la estima que sea posible.







