Vicente de Paúl, Carta 1065 : A Carlos Nacquart, Sacerdote De La Mision, En Richelieu

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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París, 22 marzo 1648

Padre:

Hace mucho tiempo que Nuestro Señor puso en su corazón el sentimiento de hacerle un señalado servicio; cuando se empezó en Richelieu con las misiones entre gentiles e idólatras, creo que Nuestro Señor le hizo sentir que le llamaba a ellas, tal como usted me lo escribió, junto con algún otro de esa casa de Richelieu. Ya es hora de que esa semilla de la divina vocación produzca su efecto en usted. El señor nuncio, por orden de la sagrada Congregación de la Propagación de la fe, que tiene al Santo Padre por cabeza, ha escogido a la Compañía para ir a servir a Dios en la isla de San Lorenzo, llamada por otro nombre Madagascar; y la Compañía ha puesto sus ojos en usted, como la mejor hostia que tiene para rendir homenaje a nuestro soberano Creador, para hacerle este servicio, junto con otro buen sacerdote de la Compañía.

Mi más que querido padre, ¿qué dice su corazón ante esta noticia? ¿Siente la vergüenza y la confusión convenientes para recibir tan alta gracia del cielo? ¡Vocación tan grande y tan adorable como la de los mayores apóstoles y santos de la Iglesia de Dios! ¡Los designios eternos realizados en el tiempo sobre usted! Sólo la humildad es capaz de soportar esta gracia; el perfecto abandono de todo lo que usted es y puede ser, con la exuberante confianza en su soberano Creador. Necesita una fe tan grande como la de Abrahán, la caridad de san Pablo, el celo, la paciencia, la deferencia, la pobreza, la solicitud, la discreción, la integridad de costumbres y un gran deseo de cosumirse totalmente por Dios; todo eso le será tan necesario como al gran san Francisco Javier.

Esa isla [está] bajo el Capricornio. Tiene cuatrocientas leguas de largo y unas ciento sesenta de ancho. Son pobres hombres que viven en la ignorancia de Dios, pero que son muy sencillos, buenos y muy rectos. Para ir allá, hay que pasar la línea del ecuador. Los que llevan el gobierno de dicha isla son mercaderes de París, que son como los reyes de allí.

Lo primero que tendrá que hacer usted es acomodarse al viaje que hizo el gran san Francisco Javier, sirviendo y edificando a los de los barcos que le lleven; instituir las oraciones públicas, si es posible; cuidar de los enfermos y buscar siempre lo peor para que los demás tengan lo mejor; procurar una buena navegación, que dura cuatro o cinco meses, mediante sus oraciones y la práctica de las virtudes por parte de los marineros, gracias a sus esfuerzos y consejos; con esos señores, tener siempre un gran respeto; ser fiel para con Dios para no fallar nunca a sus intereses, sin traicionar nunca a]a conciencia con ninguna consideración, sino buscando con cuidado que no se estropeen los intereses de Dios por precipitarlos demasiado; ocupar bien el tiempo y saber esperar.

Cuando haya llegado a aquella isla, tendrán primero que arreglarse como puedan; quizás tengan ustedes que dividirse, para servir en diversos lugares; pero convendrá que se vean lo más frecuentemente que puedan para consolarse y animarse. Desempeñarán ustedes todas las funciones curiales con los franceses y con los idólatras convertidos. Sigan en todo las normas del concilio de Trento y utilicen el ritual romano. No permitan que se introduzca ningún otro uso; y si ya se había introducido, procuren suavemente hacer que las cosas vuelvan a su cauce. Para ello, será conveniente que se lleven al menos dos rituales de Roma. Lo principal es que, después de esforzarse en vivir con las personas que tenga que tratar en olor de suavidad y de buen ejemplo, procuren que aquellas pobres gentes, nacidas en las tinieblas de la ignorancia de su Creador, comprendan las verdades de nuestra fe, no ya por la sutiles razones de la teología, sino por razonamientos sacados de la naturaleza; pues hay que comenzar por ahí, intentando hacerles comprender que no hace usted más que desarrollar en ellos las señales que Dios les ha dejado de sí mismo y que había ido borrando la corrupción de la naturaleza, desde hace mucho tiempo habituada al mal. Por eso, padre, convendrá que se dirija con frecuencia al Padre de las luces, repitiendo lo que le decimos todos los días: Da mihi intellectum ut sciam testimonia tua. Ordene en la meditación las luces que él le dé, para demostrar la verdad del primer Ser soberano y las conveniencias del misterio de la Trinidad, la necesidad del misterio de la Encarnación, que hizo nacer un segundo hombre perfecto, después de la corrupción del primero, para reformarnos y asemejarnos a él. Me gustaría que les hiciera ver las debilidades de la naturaleza humana mediante los desórdenes que ellos mismos condenan, pues también ellos tienen leyes, reyes y castigos.

Aunque hay libros que tratan de estas materias, como el catecismo de Granada, o algún otro que procuraremos enviarle, no puedo menos de repetirle que lo mejor es la oración: Accedite ad eum et illuminamini; abandonarse en el espíritu de Dios, que habla en esas ocasiones. Si su divina bondad quiere darle la gracia de cultivar la semilla de cristianos que ya hay allí y que viven con aquellas buenas gentes en la caridad cristiana, no dudo, ni mucho menos, que Nuestro Señor se servirá de ustedes para prepararle allí a la Compañía una mies abundante. Vaya, pues, padre, y ya que le envía Dios por medio de sus representantes en la tierra, eche las redes con valentía.

Sé cuanto estima su corazón la pureza. Tendrá que hacer allí un buen uso de ella [dado que esos pueblos], viciados en muchas cosas, tienen sobre todo este vicio, pues se dice que los maridos llevan incluso a sus propias mujeres a los europeos, para tener hijos de ellos. La gracia infalible de su vocación le garantizará contra todos estos peligros.

Todos los años recibiremos noticias de usted y le daremos las nuestras.

Aunque en esos países no se necesita dinero para vivir, la Compañía ha ordenado que le envíen cien escudos de oro para las necesidades que puedan surgir. También le enviaremos un oratorio completo, dos rituales completos, dos biblias pequeñas, dos concilios de Trento, dos Binsfeld, algunas estampas de nuestros misterios, que sirven maravillosamente para que esas buenas gentes comprendan lo que se les quiere enseñar, y les gustan mucho.

Tenemos aquí un joven de aquel país, de unos veinte años, que tiene que bautizar hoy el señor nuncio. Yo utilizo estampas para instruirle y me parece que esto sirve para que se ate su imaginación.

No sé si será necesario llevar hierros para hacer hostias para decir la santa Misa, imperdibles, estuches de bolsillo tres o cuatro cada uno los santos óleos para el bautismo y para la extremaunción, cada uno un Busée, algunos ejemplares de la Introducción a la vida devota, compendios de vidas de santos.

Tiene usted una obediencia nuestra y plenos poderes del señor nuncio, que lleva esta obra en el corazón.

Con todo esto me entrego por entero a usted, si no para seguirle efectivamente, pues soy indigno de ello, al menos para pedirle a Dios por usted todos los días que todavía me conceda en la tierra y, si Dios quiere hacerme esta gracia, para volver a verle en la eternidad y honrarle allí como a una persona que estará colocada por la dignidad de su vocación entre los hombres apostólicos.

Acabo, postrado en espíritu a sus pies, rogándole que me ofrezca a nuestro común Señor, para que le sea fiel y recorra en su amor el camino de la eternidad. Soy en el tiempo y seré para siempre, padre, su muy humilde y obediente servidor,

VICENTE DEPAUL,

Indigno sacerdote de la Misión.

La otra persona a la que hemos destinado con usted es el padre Gondrée, a quien quizás conoció usted en Saintes, donde estuvo cuando era todavía clérigo; es uno de los mejores miembros de la Compañía, que todavía conserva la devoción que tenía al entrar en ella; es humilde, caritativo, cordial y celoso; en una palabra, no sabría qué decir en su alabanza.

El miércoles o el jueves saldrán de aquí algunos mercaderes para La Rochelle, donde será el embarco. Si desean pasar por Richelieu, el padre Gondrée podrá ir con ellos para juntarse allí con usted, y ellos irán por delante para preparar el barco y esperarles para el 15 o el 20 del mes próximo, cuando se harán a la vela, Le ruego, padre, que esté preparado.

A los libros que ya he nombrado añadiremos la vida y las cartas del apóstol de las Indias,

Haga el favor de no divulgar esta noticia, pues por aquí no hemos dicho nada todavía.

En el viaje irá también uno de los señores a los que el rey ha dado esa isla; él le pagará los gastos en el mar y en aquellos lugares. Cuando llegue, vea si, con el tiempo, convendrá que posean allí algo, para poderse mantener por su cuenta. Dicen que por allí basta con cinco sueldos de arroz, que allí ocupa el lugar de pan, para alimentar a cien hombres por día.

¡Qué más le diré, padre, sino que ruego a Nuestro Señor, que le dio parte en su caridad, que le haga participar también de su paciencia, y que no hay ninguna cosa que yo desee tanto en la tierra como ir a servirle de compañero, si fuera posible, en lugar del padre Gondrée!

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