Vicente de Paúl, Carta 0810: A Juan Francisco De Gondi, Arzobispo De Paris

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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[Agosto o septiembre de 1645]

Vicente Depaul, superior general de la congregación de los sacerdotes de la Misión, expone:

que, habiendo querido su caridad pastoral conceder a los mencionados sacerdotes de la Misión la facultad de fundar la cofradía de la Caridad para la asistencia a los pobres enfermos en todas las parroquias de su diócesis en donde convenga establecerla, y después de haberla fundado en muchas aldeas con gran bendición de Dios, algunas damas caritativas de París se sintieron tan impresionadas que procuraron por medio de sus señores párrocos la fundación de dicha cofradía en sus parroquias, como por ejemplo en San Germán de Auxerre, San Nicolás de Chardonnet, San Leu, San Salvador, San Mederico, San Esteban, San Sulpicio, San Gervasio, San Pablo y otras, en donde se ha fundado y trabaja con bendición la citada cofradía Pero como las damas que componen esta cofradía son en gran parte de elevada condición. que no les permite realizar las funciones más bajas y vulgares que es preciso llevar a cabo en el ejercicio de dicha cofradía, como llevar el puchero por la ciudad, hacer las sangrías y las lavativas, curar las llagas, hacer las camas, velar a los enfermos que están solos y próximos a morir, han tomado a algunas jóvenes campesinas, a las que Dios les había dado el deseo de asistir a los pobres enfermos, para que se entreguen a todos estos pequeños servicios, después de haberlas preparado para ello por medio de una virtuosa viuda, llamada señorita Le Gras, y han sido educadas, mientras vivían en casa de dicha señorita, con la asistencia de algunas virtuosas viudas y otras personas caritativas, que han contribuido a ello con sus limosnas; de forma que, desde que esta obra comenzó hace trece o catorce años, Dios le ha concedido su bendición tan copiosa que actualmente hay en cada una de las mencionadas parroquias dos o tres de esas jóvenes, que trabajan todos los días en la asistencia de los pobres enfermos, y a veces en la instrucción de las niñas pobres, cuando pueden hacerlo, viviendo a expensas de esa cofradía de las parroquias en donde trabajan, pero con tanta frugalidad que sólo gastan cien libras anuales para su alimento y vestido, y en algunas parroquias solamente 25 escudos.

Además del trabajo de esas jóvenes en las parroquias, hay tres que han sido empleadas por las damas de la Caridad del Hospital para servir allí a los pobres enfermos y proporcionarles los pequeños socorros que todos los días les prestan en dicho Hospital. Además, hay de ordinario otras diez o doce atendiendo a los niños expósitos de esta ciudad, y dos o tres asistiendo a los pobres presos. Y además de las que trabajan en todas estas cosas en la ciudad de París, hay otras en el hospital de Angers, en Richelieu, en Saint-Germain-en-Laye, en Sedán, y desde hace poco tiempo en el hospital de San Dionisio de Francia, y en otros pueblos del campo, donde practican poco más o menos los mismos ejercicios en lo que se refiere al trato con los enfermos, la curación de las llagas y la instrucción de las niñas pobres, todo con mucha bendición, por la misericordia de Dios.

Y para proporcionar más jóvenes a todos estos lugares y a los demás que las piden, dicha señorita sigue educando a otras en su casa y tiene ordinariamente más de treinta, que utiliza, a unas para instruir a las niñas pobres que van a la escuela en su propia casa, a otras para visitar a los enfermos de la parroquia y llevarles el alimento o las medicinas y atenderles, a otras para hacer las sangrías y curar los males de los pobres de fuera que vienen aquí para ello, a otras para coser o hacer labores semejantes, a otras para que aprendan a leer y escribir, a otras para cuidar de la casa, todo ello siguiendo el orden que se les ha dado.

Y ella las mantiene, parte con el dinero que las jóvenes ganan con su trabajo manual, cuando les queda algún tiempo después de su trabajo ordinario, parte con la ayuda de las mencionadas viudas, que siguen contribuyendo alguna que otra vez, cada una según sus posibilidades, parte con las limosnas ordinarias, pero sobre todo con la renta importante que les han concedido en perpetuidad el rey y la reina, y la señora duquesa de Aiguillon, que asciende a más de dos mil libras anuales.

Y lo que es más digno de consideración en el trabajo de estas pobres jóvenes es que, además del servicio corporal que les hacen a los pobres enfermos, procuran contribuir a su ayuda espiritual de la forma que pueden, sobre todo diciéndoles alguna buena palabra de vez en cuando y dándoles algunos consejos para su salvación, tanto a los que ya están para morir a fin de que salgan de este mundo en buenas disposiciones, como a los que tienen que sanar para ayudarles a bien vivir.

Y nuestro Señor bendice tanto el servicio que les hacen con su sencillez que hay motivos para bendecirle por los resultados que obtienen, de forma que se ve palpablemente en ellas aquella frase de la Escritura, de que Dios se complace en comunicarse a los sencillos y humildes y servirse de las criaturas más pequeñas y bajas para hacer cosas grandes y excelsas, y que finalmente es él el que las ha llamado y aprobado, e incluso inspirado su pobre manera de vivir. Esto podrá creerse más fácilmente si se añade que la voz del pueblo, que es la voz de Dios, le da su aprobación, no sólo por la utilidad que el público recibe de su trabajo, sino también por el buen olor que derraman con su buena vida. Y lo que acaba de darle mayor autoridad a todo esto es que todo se ha hecho en virtud del consentimiento y del permiso que Su Excelencia concedió al suplicante, ya que la aprobación del prelado es la señal más cierta de una verdadera vocación y de una obra buena.

Pero como las obras que se refieren al servicio de Dios acaban ordinariamente con los que las comenzaron, si no hay algún vínculo espiritual entre las personas que trabajan en ellas, este suplicante, bajo cuya dirección han estado siempre hasta ahora, según los poderes que le concedió su Excelencia Ilustrísima, teme que esto suceda; y por ello, señor arzobispo, me parece que es de desear que quiera su caridad erigir en cofradía esta compañía de jóvenes y de viudas y entregarles como reglamento los siguientes artículos, según los cuales han vivido hasta ahora y se proponen vivir en el futuro, bajo el nombre de jóvenes y viudas siervas de los pobres de la Caridad….

Este es, señor arzobispo, en substancia el reglamento que este suplicante había redactado para que lo observaran dichas hijas siervas de los pobres, con el beneplácito de su caridad pastoral, a quien suplico humildemente que lo apruebe y al mismo tiempo erija en cofradía entregarles como reglamento los siguientes artículos, según los cuales tivos trabajos y su vida ejemplar son útiles a la gente, no causan perjuicio a nadie, se ven asistidos corporal y espiritualmente muchos pobres, enfermos, presos y niños abandonados, aparte de la instrucción de las niñas pobres, que las cofradías de damas de la Caridad no pueden llevar a cabo en la forma debida sin la asistencia de esas jóvenes, y finalmente tampoco ellas podrían continuar haciendo el bien que hacen, ni vivir mucho tiempo juntas en verdadera caridad, si no están ligadas y unidas en forma de cofradía.

Por estas causas y por otras buenas razones, le ruego, señor arzobispo, que se digne atender la humilde petición de este suplicante, ya que hará una obra agradable a Dios, útil a la Iglesia, y que atraerá las bendiciones del cielo sobre su sagrada persona y sobre toda su diócesis, para lo cual estas buenas jóvenes, los pobres afligidos que ellas asistan y este suplicante, ofrecerán sus plegarias a su divina Majestad.

VICENTE DEPAUL

Indigno superior de la Congregación de la Misión.

Dirección: Al Ilustrísimo y Reverendísimo señor arzobispo de París

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