[París, junio de 1643]
El que tiene a Jesús, lo tiene todo
Padre:
Le pido a nuestro Señor que viva en cada uno de nosotros para hacer que triunfe su Iglesia por encima de la desvergüenza del siglo.
Ayer se me olvidó hablarle del tema principal que me indujo a visitarle, esto es, presentarle mis quejas por el mayor escándalo que desde hace mucho tiempo ha ocurrido en la Iglesia de Dios. Ha habido un párroco, cerca de París, que ha sido golpeado y molido a bastonazos por el señor de su aldea, en presencia de sus feligreses y a la puerta de su iglesia, en medio de la mayor ignominia y confusión que puede haber para el estado eclesiástico. Ese párroco es una persona de mucha integridad y de gran capacidad, que ha demostrado en muchas ocasiones ser digno de todo respeto, y que por su persona merece ser apoyado, lo mismo que por su carácter.
Me parece, padre, que en esta ocasión de la regencia de la reina, si ella quisiese obligar a una satisfacción pública o a algún castigo temporal a ese gentil hombre, honraría mucho a la Iglesia y logra ría reprimir la audacia y la insolencia que la nobleza acostumbra ejercer sobre la Iglesia, despreciando y violando impunemente todos sus derechos, como si estuviéramos en tiempos de libertinaje y en un reino de impiedad. Ayer mismo le pedía al señor obispo de Puy, que se tomó la molestia de venir a verme, que hablase con el señor obispo de Beauvais, para poner remedio a esta desgracia, que ya se ha hecho pública y de la que ha sido informada la corte y que sólo espera las órdenes de Su Majestad para demostrar el celo que tiene por castigar esta clase de crímenes.
Ese buen sacerdote no puede fácilmente obtener pruebas para proceder a una acusación, ya que el señor está allí intimidando a los que presenciaron ese ultraje, algunos de los cuales han venido a verme en secreto para pedirme consejo de si deberían declarar ante la justicia lo que sabían sobre ese atentado, que tanto les indignaba. Les he animado a cumplir con su deber, así como también al párroco que, mientras sigue aún magullado, se ha visto amenazado por su agresor para que no presente ninguna acusación, ya que tiene miedo de no evitar el castigo en este santo reino de piedad. Algunas personas de mucho peso y de muchos méritos, que han oído hablar de este asunto, me han dicho que ese sacerdote no debería acobardarse ni callar, que se trata del interés universal de la Iglesia y que era conveniente que con la proclamación de la regencia de la reina se viese un castigo público y un castigo notorio de un sacrilegio tan odioso, para devolverle la paz y el descanso a la Iglesia, con esta ocasión, para todo el resto de su regencia y librar a la Iglesia de los vejámenes y opresiones en que viven los párrocos en los pueblos alejados de la corte, donde los sacerdotes no tienen la posibilidad de quejarse y parece como si sólo tuvieran espaldas para sufrir.
Todos los señores obispos tienen mucho interés en esto y tiemblan ante esta opresión de sus párrocos, sin poderla remediar. Lo sabe usted mejor que nosotros, ya que ha sido usted testigo ocular de todos estos males en sus trabajos de misión por los pueblos y muchas veces Dios le ha hecho gemir de compasión por ellos, haciéndole desear el remedio a sus males, si fuera posible; pues bien, Dios le presenta ahora la ocasión y pone la autoridad en sus manos para llevarlo a cabo. Padre, qué hubiera hecho usted en aquellas ocasiones, cuando le eran tan sensibles todos estos males? ¿Qué no hubiera dado usted por tener el poder que Dios le da ahora para poder utilizarlo eficazmente por la gloria de Dios y el bien de su Iglesia? Ese gran maestro y sapientísimo director de sus consejos ha querido que usted pasase por todo ello, para hacerle más sensible a los males de su clero y a la opresión en que gime. ¿Dónde está el hombre, decía usted, que nos puede librar? ¿Dónde está esa persona que reciba de Dios ese celo y esa autoridad? Debuit per omnia nobis assimilari ut misericors fieret. Nuestro Señor pasó por todo, sufrió la debilidad para que tuviera compasión de la nuestra, y en el tiempo de su virtud y de su reino, mientras está sentado a la derecha de Dios, se acuerda de nuestras miserias y nos asiste con su protección, con su virtud y con su gracia.
Esto es, padre, lo que la Iglesia y la parte más humilde del clero, que son los párrocos, pide de usted; esto es lo que le pido yo sobre todo, con las manos juntas, por esos de quienes tengo el honor de ser hermano. Estoy gimiendo con ellos, pues, gracias a su bondad, he podido ver bastantes pueblos para conocer las penas y los males que padecen, alejados de París. Me pongo a sus pies, junto con ese buen párroco, y le pido esta gracia, ahora que está usted libre de cadenas y nosotros estamos encadenados; acuérdese de nosotros, cuando esté en su reino. Utilizo las palabras de la Escritura y la de esos pobres cautivos delante de José, que por su fidelidad mereció estar donde está usted para la redención del pueblo, para el mantenimiento de sus hermanos y para el gozo y la alegría de su padre Jacob.
Todo esto lo espero de su persona, a saber. el consuelo de la Iglesia, la libertad de los sacerdotes y la mayor gloria de Dios Padre, en quien soy, por nuestro Señor Jesucristo, su muy humilde y muy obediente servidor.
OLIER
Dirección: Al padre Vicente, superior de los sacerdotes de la Misión, en San Lázaro







