Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Estoy seguro de que el motivo de la presente le producirá al principio cierta pena y tristeza, ya que se trata de comunicarle la pérdida que hemos sufrido de nuestro buen padre Pillé, pérdida que yo he sentido tan vivamente como no creo que lo haya hecho ninguno de los que conozco, ya que lo miraba como la dicha y la bendición de la Misión. Sin embargo, tenemos razones para consolar nos con la seguridad de que no lo hemos perdido más que de vista ya que la santa vida que ha llevado y la muerte feliz que ha tenido son el mejor testimonio de que está ahora en el cielo, y por tanto está en disposición y es capaz de favorecer a la compañía más que lo que anteriormente hizo. Las dos conferencias que hemos tenido sobre el tema de sus virtudes dan un testimonio suficiente de ello, tal como podrá usted observar en el resumen que le enviamos.
Pero antes de entrar en el asunto, le ruego que considere que, aunque yo pusiese aquí por extenso todo lo que se ha referido, sea de viva voz, sea por escrito, no podría usted con todo ello conocer toda la vida de este gran hombre, ya que todavía no nos hemos podido informar de innumerables cosas importantes que se podrían decir de él, especialmente de lo que ocurrió antes de que perteneciera a nuestra compañía. Todas sus acciones son otras tantas piedras preciosas que merecen ser cuidadosamente recogidas y conservadas; es lo que esperamos hacer, Dios mediante, con el tiempo y con la asistencia divina. Por ahora me contentaré con mostrarle algunas de ellas, a fin de que por ellas pueda usted juzgar de las restantes.
Y para proceder con orden y con la sencillez habitual en la Misión, empezaré diciéndole que el padre Pillé se llamaba Juan y que había nacido en Ferrieres, diócesis de Sens. Su padre y su madre eran virtuosos y temerosos de Dios, lo cual se comprobó en el cuidado especialísimo que tuvieron de educarlo en la virtud y en el temor de Dios. Desde su infancia, dio pruebas de la elección que Dios quería hacer de él, pues sintiendo ya entonces abrasado su corazón en el deseo de consagrarse a su servicio de una manera especial, se puso a buscar los medios para ello, y viendo que la ciencia era una gran ayuda para la virtud, quiso hacer buen acopio de ella. Como sus padres no querían que estudiase, se decidió a ir a vivir a París para encontrar una ocasión más oportuna. Y viendo que su padre se marchaba un día con un carro lleno de mercancía, se metió astutamente debajo y se ocultó bajo el heno, por miedo a que su padre lo notase y lo devolviese a casa; así se dirigió a París, donde encontró medios para dedicarse al estudio. Ocupó allí fielmente e! tiempo que se le concedía, creciendo en ciencia y en virtud. Frecuentaba los sacramentos, huía de las malas compañías y sólo se complacía en darle gusto a Dios, que le destinaba a ser su ministro y que le dio muchos deseos del estado eclesiástico, en donde entró, ardiendo en ansias de trabajar por la salvación del prójimo. Se ordenó de sacerdote adscrito a Saint-Nicolas-des-Champs, donde llevó una vida muy edificante. El señor Gallemant, doctor de la Sorbona y persona muy virtuosa, al ver el celo con que aquel buen siervo de Dios se entregaba a la salvación de las almas y que lo único que pedía era trabajar más en ello, lo hizo vicario suyo en Nuestra Señora de las Virtudes, donde siguió trabajando como antes, desempeñando las funciones de párroco. Esto hizo que el mismo señor Gallemant, que por justos motivos no podía residir siempre allí, confiase en él por completo. Entretanto quiso Dios disponer de su tío, párroco de Ferrieres, a quien sucedió. Allí fue donde este buen siervo de Dios supo conocer la obligación que tiene un pastor de procurar la salvación de las almas que le están encomendadas. ¿Quién podrá decir la devoción y el fervor con que desempeñaba las funciones de párroco? No ahorraba esfuerzo alguno, tanto en el púlpito, como en el confesionario, como en los demás sitios, y en todas partes Dios le daba su gracia y su bendición, especialmente en la dirección de las conciencias. Y cuando su enfermedad, que empezó a manifestarse desde entonces, le impedía predicar o tener el catecismo, lo mandaba hacer por medio de los buenos padres recoletos u otros religiosos, a los que informaba discretamente de todo lo que había que hacer con sus feligreses. Todo su cuidado paternal y su extraordinario buen ejemplo no impidieron que durante los primeros años se viera calumniado, probado y perseguido por sus propias ovejas, especialmente por un juez del lugar y por los mismos religiosos, que intentaron un pro ceso en contra suya por haber fundado la cofradía del Rosario; no se puede explicar cuánto tuvo que sufrir y cuánta paciencia demostró al propio tiempo. Cualquiera que no hubiera tenido su virtud. Lo hubiera dejado todo; pero él, como buen pastor, se mostró constante y acabó venciendo a sus propios enemigos, y lo que es más, conquistando su mismo corazón, ya que luego no había nadie que no lo quisiese y estimase como a un hombre de Dios. Es cierto que esta victoria fue a costa de su salud, ya que también se ganó una enfermedad corporal que le hizo sufrir e ir debilitándose hasta la muerte. En recompensa, fue más sano y más fuerte en el alma, como se ha visto claramente en las raras virtudes que se le ha visto practicar cada vez con mayor perfección.
Entre otras cosas, le gustaba mucho la limpieza en la Iglesia y no podía soportar en ella nada que estuviera sucio. Se le veía pasar los recreos después de comer arreglando la iglesia y los ornamentos. También se preocupaba mucho de que el servicio divino se hiciese con la debida decencia. El mismo se encargaba de enseñar el canto. No podía sufrir ninguna falta de modestia en la iglesia. Tan pronto se le veía venir, todos arreglaban su compostura. En una palabra, podía decir con todo derecho: Zelus domus Dei comedit me.
Su casa era un albergue para los pobres transeúntes, a quienes acogía. Le gustaba mucho recibir allí a los religiosos, especialmente a los recoletos, a quienes recibía como ángeles que le enviaba Dios. Daba gusto ver cómo salía a su encuentro, recibiéndolos con los brazos abiertos y con tanta efusión de su corazón que podría decirse que los llevaba en palmitas. Cumplía con ellos con todas las obligaciones del hospedero más cortés y más caritativo. Les daba de ordinario a un hombre que los condujese por las casas para hacer la colecta. Luego les enviaba las provisiones a sus casas, haciéndoles de verdadero padre.
Nuestro Señor le concedió un especial cariño para con los pobres. Les daba la limosna colectiva dos veces por semana; pero nunca les entregaba la limosna corporal sin darles al propio tiempo la espiritual con algunas buenas palabras de edificación. Apenas se enteraba de que alguno se ponía enfermo, se veía a este caritativo pastor dejar todos sus asuntos, y hasta su propia comida, para ir a socorrerlo. Y como su salud tan débil le inspiraba el temor de que no podría cumplir debidamente con su cargo, ya que sólo tenía un vicario, tomó uno más, aunque no estaba obligado a ello y le bastaba uno solo, ya que no dejaba de trabajar en todo lo que podía hacer por sí mismo. En fin, si por la obra se conoce la excelencia del obrero, no hay que considerar más que el hecho de que la parroquia de Ferrieres era al principio como una tierra de abrojos; y cuando la dejó, se encontraba tan cultivada que no sé si entonces habría otra que lo estuviese mejor. En una palabra, podemos decir que era un pastor bonus.
Me alargaría demasiado si quisiera explicar aquí detalladamente la santa vida que llevó siendo párroco; sin embargo, se juzgaba siempre a sí mismo como un siervo inútil, creyendo que tenía las espaldas demasiado débiles para soportar una carga tan pesada como la de una parroquia, de forma que al final se deshizo de ella, temiendo los juicios de Dios. Pero antes de abandonarla hizo dos cosas: la primera que aunque podía decir: quid potui facere vineae meae et non feci?, sin embargo hizo dar una misión, en la que todos los parroquianos hicieron confesión general. Se estableció allí la cofradía de la Caridad y se apaciguaron todas las diferencias, e incluso la mayor parte de los religiosos antiguos hicieron una confesión general. En segundo lugar, buscó a un buen párroco para que le sucediera: era un hermano suyo que había educado él mismo y hecho estudiar para e]lo; de forma que tenía motivos para vivir tranquilo, ya que en efecto su hermano fue y es todavía uno de los mejores párrocos que conozco.
Después de haber provisto de este modo a su parroquia se decidió a entrar en nuestra compañía; y aunque era ya de edad y estaba enfermo, y aunque yo mismo sentía escrúpulos por recibir en nuestra casa a los párrocos que llevaban bien sus parroquias, su virtud y su santidad junto con su insistencia y perseverancia en solicitarlo tuvieron tanto poder sobre mí que, después de haberlo hecho esperar algún tiempo, lo recibí finalmente en el número de nuestros misioneros. Entró en nuestra compañía en el mes de septiembre, el año 1630, con el deseo de gastar el resto de sus días en los ejercicios de la Misión. Pero quiso la divina sabiduría, que prefirió que nos predicase a nosotros con su paciencia, detener el curso impetuoso de su celo por medio de su enfermedad, que continuó en aumento y que le impidió realizar sus funciones, tal como hubiera deseado. Sin embargo, trabajó en algunas misiones, tal como diremos al hablar de las virtudes que le hemos visto practicar desde que tuvimos la dicha de verlo con nosotros, que eran extraordinarias y eminentes. Entre otras hemos advertido las siguientes.
La primera es el amor que tenía a Dios y que era tan grande que le hacia palpitar continuamente, llegando casi a faltarle el aliento, aspirando por él noche y día. No hacía más que hablar de su grandeza y de los privilegios que acompañan a los que le sirven, de su fidelidad con los que sólo se preocupan de darle gusto, del amor que tiene a los que le aman y de cómo glorifica a los que le glorifican. El que quisiera alegrarle, no tenía que hacer más que hablarle de Dios. Ese amor le daba mucha afición a todas las cosas que se refieren al servicio divino, ya que tenía un sentimiento muy elevado de todas las normas de la Iglesia, deleitándose singularmente en las ceremonias, las rúbricas, el canto llano, la música, etc. No acababa de deplorar nunca la ignorancia y el escándalo de los sacerdotes y su negligencia en guardar las rúbricas, en practicar las ceremonias y en mantener limpias las iglesias. Decía con frecuencia: «Creo que ya no hay fe en el mundo; los predicadores no predican la verdad evangélica el pobre pueblo está hambriento de la palabra de Dios y lo dejan morir de hambre, falto de socorros. Parvuli petierunt panem, et non est qui frangat eis.
Era muy fiel en recitar el breviario, de forma que, incluso cuando estaba enfermo, no podía vivir contento si no lo rezaba; y aunque su enfermedad era tal que hubiera podido dispensarse del mismo. Sin embargo lo rezaba muchas veces en perjuicio de su salud, y con tanta devoción que lloraba con frecuencia. Siempre tenía en los labios algún versículo de David, principalmente éste, que se le oía decir con frecuencia: Domine, dilexi decorem domus tuae, demostrando con ello ampliamente cómo le llegaban al corazón las cosas de la religión. Cuando celebraba la santa misa, lo hacía con tanta devoción que inspiraba amor de Dios a todos cuantos lo trataban Se le veía también muchas veces llorar de devoción al celebrarla. No dejaba de decirla más que cuando se lo impedía la enfermedad alguna vez lo han visto en el altar tan débil y con tal opresión de estómago, que creyeron que iba a morir. Su mayor preocupación al tomar las medicinas era que no le dejarían celebrar. Un mes antes de morir, le vieron ayudando a misa casi sin poder sostenerse. Sentía mucha devoción al santísimo Sacramento del altar, haciendo casi continuamente actos de fe en estos misterios y fervientes jaculatorias, diciendo a veces con lágrimas en los ojos: «Salvador mío, no te conocen, no tienen fe, etc.»
De esta inmensa caridad brotaba un deseo tan grande por la salvación de las almas que estaba dispuesto a dejarse despedazar por una sola de ellas. En efecto, cuando se trataba de ir a alguna misión y su enfermedad se lo permitía, Dios sabe que no ahorró ningún es fuerzo. Y aunque tuviese más necesidad de descanso que de trabajo, sin embargo trabajaba por encima de sus fuerzas. Dio tres o cuatro misiones, en las que sus compañeros dijeron que no habían visto jamás a un misionero trabajar de ese modo. Era el primero en el confesonario. Se habría quedado muy contento pasando la jornada entera sin comer, si la obediencia no hubiera moderado su celo. En la cuarta misión, le fallaron por completo las fuerzas del cuerpo, de modo que fue necesario mandarlo a casa. Entonces fue cuando empezó a quejarse, diciendo que era un inútil y que no nos había traído más que molestias. Tal era su expresión ordinaria. «¡Ay!, le dijo un día llorando a uno de los hermanos, ahí están las almas de nuestros hermanos que se hunden en el infierno, mientras que yo estoy sin hacer nada!»
Por la que se refiere a su devoción y a la firmeza en su vocación, no se pueden expresar, y tendría que decirnos sus sentimientos él mismo. Estaba como fuera de sí siempre que se le hablaba de ella; eso puede verse muy bien en una respuesta que le dio a uno de nuestros hermanos clérigos que, al preguntarle cómo se encontraba, el padre Pillé le dijo que era un inútil, que no era más que una carga para la casa. El otro, sin pensarlo mucho, le preguntó: «Entonces, padre, ¿es que quiere usted salirse?». Fue como si le hubiesen dado un puñetazo; no le podían haber tocado en un sitio más doloroso: «Hermano, le dijo con lágrimas en los ojos, ¿Dios no quiera que tenga nunca esa idea! Si me echan fuera de casa por una puerta, entraré por la otra, y antes moriré en el dintel de la puerta». Amaba y apreciaba todo lo que pertenecía a la Misión, grande o pequeño; pero sentía una devoción sensible por el seminario y se alegraba cuando podía hacerle algún servicio, como escribir con letras grandes los nombres de los hermanos, copiar escritos, pagar estampas en algún cartón, etc. Y cuando el difunto padre de la Salle, entonces director del seminario, lo utilizaba como confesor de los seminaristas, lo hacía con una alegría inexplicable. Se le ha oído decir con frecuencia: «Si tuviera un poco de salud, solicitaría que me admitieran en el número de seminaristas, para servir y obedecer allí como el más pequeño de todos; como desgraciadamente no puedo hacerlo, procuro suplir este defecto con mis humildes servicios». Les decía muchas veces a los hermanos del seminario: «¡Qué felices sois al tener una ocasión tan hermosa para perfeccionaros! ¡Nosotros no la tuvimos en nuestros tiempos! ¡Animo, pues, hermanos míos! Todo depende de vosotros». Un día, como uno de los hermanos se encomendase a sus oraciones, le dijo que todos los días hacía la ronda, queriendo decir que rezaba por todos en particular, empezando por el más antiguo de la compañía hasta el más nuevo. El que quisiera alegrar al padre Pillé tenía que hablarle de los frutos que se consiguen en las misiones y de los buenos obreros de la compañía; pero el que quisiera entristecerlo, que le hablara de la salida de alguno. «¡Ay!, exclamó un día a este propósito, en ¿qué piensan esos desgraciados? A mí me parece que están ciegos. Se engañan, si creen que en otra parte van a tener más éxito que en la Misión. ¿No saben que, al salir, se verán como los peces fuera del agua y como los miembros separados del cuerpo, sin poder participar de la influencia de la cabeza? ¿Qué dignos son de compasión!». Pero cuando le decían que alguno acababa de ser recibido en la compañía, su corazón se quedaba tan lleno y tan trasportado de gozo que, por muy enfermo que estuviera, tenía que trasparentarlo por fuera: en su cuerpo, que se conmovía, en su rostro que se iluminaba, en sus manos que se alzaban y se juntaban, en sus brazos que se tendían cordialmente al nuevo hermano, en sus ojos que derramaban lágrimas de alegría, y sobre todo en su lengua que, al no poder moderar la abundancia del corazón, profería palabras tan fervorosas y tan llenas de vehemencia y de vivacidad que parecía como si el Espíritu Santo estuviera en su boca en forma de lenguas de fuego. «La Misión, decía, es el espíritu de los primeros cristianos; es una vida plenamente apostólica; es el medio supremo y más excelso que Dios ha encontrado para reformar a la Iglesia; y parece como si su bondad, su sabiduría y su omnipotencia se hubieran volcado por entero en esta obra maestra de sus manos. ¡Qué grandes proyectos tiene su providencia sobre la Misión! ¡qué cosas tan maravillosas veremos! ¡qué dicha ser misionero! ¡Qué feliz me siento al ser uno de ellos! ¡qué desgraciado por ser una carga inútil para ellos!». Así hablaba siempre que salía a relucir este tema, pero sobre todo en su lecho de muerte, ya que no podía menos de hablar así a todos los que iban a verlo, pero con más ardor y vehemencia que nunca, de forma que parecía que sólo tenía fuerzas y palabras para hablar de esto. Y lo mejor de todo era que lo decía todo como si le saliera del corazón, ya que hubiera sido en contra de su conciencia decir la más mínima cosa contra la sencillez y por exageración. En fin, ya sabe usted que no me gusta exagerar las cosas, pero puedo asegurarle que me sería imposible poder expresar los elevados sentimientos que tenía de la Misión y que todo lo que he dicho no es nada en comparación con lo que se podría decir; de forma que por ahora más vale que me contente con admirarle y que le deje a usted pensar en ello. Le diré únicamente que, cuanto más realzaba la grandeza de nuestro Instituto y más exageraba el bajo concepto que tenía de sí mismo, más grande me parecía en santidad y más útil a toda nuestra comunidad, de forma que no podía menos de decir a veces en voz alta: «Padre Pillé. solamente con su inutilidad y sus padecimientos hace más por Dios y por la casa que yo y toda nuestra compañía trabajando sin cesar».
Su humildad era muy grande y profunda. Lo que acabamos de decir de la baja estima que tenía de su persona es una señal bastante cierta de ello; pues llegaba hasta el punto de que, aunque le dije en varias ocasiones que consideraba como una gran bendición tenerlo en nuestra compañía, no podía convencerse de ello, así ha vivido siempre con ese bajo sentimiento de sí, diciendo siempre que podía que era inútil en la casa, que se consideraba indigno de estar aquí, que era una carga para todos y que no merecía ni el servicio más mínimo que se le hiciera, incluso en sus enfermedades. No se contentaba con tener esta humildad en el corazón y en la boca; procuraba con todos los medios posibles practicarla, ofreciéndose para ello a servir en las cosas más bajas y a las órdenes del más pequeño de todos. Entre otras cosas se ha recordado que un día le mandaron a ayudar al hermano Alejandro, que estaba por entonces encargado de la despensa; lo hizo con tanto gusto que el propio hermano nos dijo que nunca había visto semejante sumisión de voluntad y de juicio, obedeciéndole como si hubiera sido un muchacho, a pesar de que era sacerdote y de mucha edad. Otro día le pidió insistentemente a uno de los hermanos de la cocina que le avisase de sus faltas. Ayudaba con frecuencia al cocinero en todo lo que podía y en los servicios más bajos y vulgares. Se tomaba la molestia de enseñar el canto a los alumnos, a pesar de los achaques que sufría. Su humildad se dio a conocer también en que nunca se ponía a dar su juicio en ningún asunto que se tratase, sobre todo en lo referente a la ciencia, creyéndose un ignorante. Un día le dijo a un hermano que no servía para realizar ninguna función en la Misión, por causa de su insuficiencia, y que ni siquiera era capaz de llevar un grupo de ordenandos, cosa que por entonces hacían nuestros hermanos clérigos. Se contentaba con arreglar las sillas de los señores ordenandos, diciendo que ése era todo el servicio que les podía hacer, aunque la verdad es que era bastante capaz y tenía mucha experiencia en estas materias. Y lo más digno de interés es que, al decir eso con los labios, guardaba los mismos sentimientos en el corazón, que es en lo que consiste la verdadera humildad.
Su obediencia corría parejas con su humildad. No hacía nunca nada sin permiso, a pesar de ser ya mayor de edad, queriendo recibir órdenes del superior en las cosas más pequeñas. Tomaba indiferentemente lo que le daban, aunque no estuviese bien preparado y aunque él mismo estuviera desganado y le repugnase. Cuando los alumnos le pedían alguna cosa, les preguntaba ante todo si tenían permiso para ello.
Esta obediencia tan grande hacía que se mostrase muy condescendiente con sus iguales e incluso con sus inferiores. Nunca contradijo a nadie. Se le hacía hablar de lo que uno quisiera, con tal que fuese de cosas edificantes, y dejaba con facilidad y prontitud lo que estaba haciendo para dedicarse a cualquier otra cosa que se le pidiera. Y lo más perfecto de todo es que obedecía siempre con sumisión de juicio, y esto durante toda su vida, pero sobre todo en su muerte; testigo de ello son los actos heroicos de que luego hablaremos, de forma que se puede decir de él: factus est obediens usque ad mortem.
Su paciencia ha sido heroica. Nunca jamás dio la menor señal de impaciencia. Bendijo siempre a Dios en sus sufrimientos, que con frecuencia eran tan intensos que daban lástima a todos; a cada instante parecía que iba a dar ya el último suspiro; a pesar de todo, no dejó nunca de estar alegre y ecuánime. Aquel pobre hombre no se podía levantar por la mañana sin aumentar su debilidad, ni vestirse él sólo más que a duras penas; no dejaba por ello de acudir a la oración siempre que podía, aunque tuviese mucha necesidad de descanso, ya que apenas podía dormir por la noche a causa de su tos. Su celo le obligaba a hacer más de lo que podía Por eso le he visto a veces caer al subir las escaleras, sin poderse sostener ni levantar. Y no se contentaba con las cruces que Dios le enviaba; él mismo se imponía penitencias disciplinando sus carnes, a pesar de sus grandes enfermedades, unas veces con ayunos, otras con diversos castigos, como puede presumirse por una disciplina llena de sangre que encontraron en su cama después de su muerte. En una palabra, era un hombre de dolor y al mismo tiempo un espejo de paciencia. Y aunque siempre nos lo pareció a todos, hay que confesar que en su lecho de muerte lo fue de una forma especialísima. Parece como si la paciencia estuviera en su trono, triunfando de todas sus penas y dolores. Sus males iban en aumento y sus fuerzas se debilitaban cada vez más; pero también crecía su paciencia, de forma que no sólo soportaba con ánimos y con resignación sus sufrimientos, sino que incluso se gozaba en ellos y deseaba sufrir más por nuestro Señor y por el prójimo. Esto es lo que le obligaba a decir y repetir con mucho afecto: «Domine, bonum mihi quia humiliasti me. ¡Bendito seas, Dios mío! ¡Qué bueno eres! Absit mihi gloriari nisi in cruce domini nostri Jesu Christi!, etc.».
Tenía la virtud de la pobreza en sumo grado. No sentía ningún apego por las cosas de la tierra. Se alegraba de ser tratado como pobre y de utilizar las cosas más pobres, hasta el punto de que recogía todo lo que encontraba que pudiera servir para algo, como los pedazos de papel, de madera, las agujas, etc. En lo que se refiere a las cosas que eran de su uso, tenía mucho cuidado de conservarlas en buen estado, arreglando él mismo sus ropas y su breviario, en el que siempre encontraba alguna cosa que reparar. Usaba lentes, y se le había roto uno de los cristales; nunca lograron convencerle de que tomase otros. Había renunciado a la propiedad de las cosas que usaba, hasta el punto de que hacía problema de conciencia el regalar alguna de ellas, por muy pequeñas que fuesen, aunque por otra parte era muy generoso, y siempre pedía permiso para darlas. Un sobrino suyo, el hermano Bonichon, le pidió en cierta ocasión algunos pequeños manuscritos de devoción para aprender a perfeccionarse, pero él se los negó diciéndole que fuera a presentarse al superior y que se los pidiese luego. Este mismo cuidado era el que tenía para recibir lo que se le daba. Quería tener permiso para aceptar un librito, una estampa de papel o cosa semejantes. Y aunque estas cosas parecen insignificantes a juicio de los hombres, el espíritu con que las hacía las agrandaba a los ojos de Dios y de los ángeles.
Era grande su sencillez, no una sencillez boba o rústica, sino la sencillez santa de las palomas; una sencillez que servía para perfeccionar sus otras virtudes. Su caridad era sencilla, su humildad sencilla, su obediencia sencilla, su paciencia sencilla, y así en todo lo demás; porque nunca había en ellas mezcla alguna de respeto humano, de disimulo, de artificio o hipocresía. Por eso, aunque era muy juicioso, se dejaba llevar como un niño; se creía casi todo lo que le decían, aunque sólo fuera en broma, y se ponía a hacer todo lo que le pedían. Incluso a veces iba al recreo con los alumnos más pequeños y conversaba sencillamente con ellos, como si hubiera sido un muchacho más. Esta sencillez lo hacía amable a todos, pero principalmente a Dios, que sin duda se le comunicaba de ordinario de una forma especial, ya que cum simplicibus est sermocinatio ejus; de modo que no hay que extrañarse que siempre se le viera recogido, fervoroso y sin aspirar a nada más que a Dios.
Era maravillosa su diligencia. Aunque sus indisposiciones le debilitaban y le hacía daño el trabajo, nunca se le veía ocioso; siempre estaba haciendo algo, pues tenía como uno de sus principios que la ociosidad es la madre de todos los vicios, como le dijo un día a uno de nuestros hermanos que le preguntó por qué trabajaba tanto. Se’ encargaba ordinariamente de arreglar los misales y los breviarios, escribía, las ceremonias y las otras cosas de la casa. Iba a veces a trabajar al jardín y, echándose por tierra, arrancaba las malas hierbas, llevaba leña y agua a la cocina, lavaba los platos, y todo esto de tan buen humor que quedaban edificados todos los que lo veían; y cuando su enfermedad le obligaba a guardar cama, todavía buscaba la forma de trabajar, leyendo, escribiendo o cosiendo, y sobre todo rezando, especialmente diciendo oraciones jaculatorias con tanta frecuencia y tanto ardor que impresionaba e inflamaba a los que lo oían.
Por lo que se refiere a la castidad, la tuvo en grado muy eminente y creo que usó todas las precauciones posibles para conservarla por entero. Los apuntes espirituales que sobre este tema se han encontrado después de su muerte en su carpeta, dan buen testimonio de ello; al parecer practicaba con toda puntualidad ciertos medios muy poderosos para conservar la castidad, aunque resultasen difíciles. Esto demuestra que tenía mucha razón el hermano Alejandro, enfermero, al decir en plena conferencia que había observado en su cuerpo señales de una castidad virginal. Sin embargo, su temperamento natural parecía muy contrario a ello; de aquí se deduce que tuvo que sufrir duros combates y obtener grandes victorias para impedir que fuera violado ese tesoro.
Su mortificación no sólo se echó de ver en relación con los movimentos carnales, que tan bien reprimía, sino también en relación con todo lo demás, tanto en lo interior como en lo exterior ¿Se ha visto alguna vez a un hombre tan mortificado como él en la vista, el oído, el gusto y los demás sentidos, y sobre todo en la lengua, en su juicio y en su voluntad? Piénselo usted. Pero para conocer mejor la excelencia de esa virtud en él, hay que tener en cuenta que era naturalmente impetuoso, vivo, colérico, ávido de oír y de saber, etc.; sin embargo, dominaba tan bien todas sus inclinaciones y pasiones que siempre dio la impresión de ser naturalmente reposado, tranquilo, indiferente y bonachón. Sin embargo, lo era solamente por virtud y por gracia, que él conseguía a fuerza de mortificarse. En una palabra, se puede decir que su vida no ha sido más que una mortificación perpetua, como si Dios se hubiese complacido en verlo usar tan bien de las mortificaciones, como un segundo Job. Y no se contentó con las ordinarias; sino que Dios le concedió también algunas extraordinarias. Especialmente cuando, después de haberle dado, por una parte, un gran conocimiento del valor y de la hermosura de]as almas y de lo mucho que necesitan la ayuda de las misiones, y por otra, un deseo insaciable e increíble de trabajar incesantemente por ganarlas, le quitó casi al mismo tiempo los medios para ejecutar estos santos deseos, dándole una enfermedad corporal que lo atormentó casi continuamente, y otra mayor aún en el espíritu, que era el convencimiento que tenía de ser un inútil y una carga para la casa, que provenía de su gran humildad, como hemos dicho. Para que de alguna manera comprenda usted esta mortificación heroica, no tiene más que imaginarse a un hombre hambriento a quien se le hace ver continuamente una mesa cubierta de toda clase de sabrosos manjares, sin poder tocarlos, por estar encadenado. Su mortificación era así de grande y mucho mayor, al menos por causa de su larga duración. Sin embargo, aunque su humildad le obligó a dar algunas quejas amorosas de sus penas, podemos decir de él lo que el Espíritu Santo dice de Job: In his omnibus non peccavit, sino que se purificó en todo ello, como el oro en el crisol, ya que en todas esas ocasiones se resignaba por completo con la voluntad de Dios, sin poder disimularlo, por los actos frecuentes que se le veía hacer con tanto fervor.
Aunque ya he mencionado su gran devoción, no puedo menos de añadir unas palabras. No puede uno imaginarse cuánta devoción sentía con las cosas santas que la Iglesia aconseja o aprueba, como el agua bendita, el agnus Dei, el rosario, las reliquias, las indulgencias y cosas semejantes, así como también su devoción a los santos y a los ángeles, pero especialmente a tres: 1.° a su ángel de la guarda. a quien honraba todos los días de una forma especial y con quien tenía mucha confianza por haber conseguido muchas veces por su intercesión el efecto de las oraciones que ordinariamente le dirigía. probablemente lo veía con los ojos de su espíritu, lo mismo que hacía Santa Francisca al ver al suyo con los ojos del cuerpo, y hablaba familiarmente y con mucha reverencia con él; 2.° a la santísima Virgen, mucho más todavía que al ángel de la guarda; pero me sería imposible expresarlo; habría que oírle a él mismo hablar de ella; sus palabras eran capaces de inspirar esta devoción a los demás, especialmente cuando hablaba de su inmaculada concepción. del gran poder que tiene ante su Hijo y de los grandes milagros que ha hecho en favor de muchas personas. Pero lo principal era que imitaba sus virtudes y exhortaba a los demás a hacer lo mismo. Creo que esta devoción ha sido una de las causas principales de su castidad, de la que ya hemos hablado, y que la Virgen le concedía todo lo que pedía. Tenía mucha confianza en ella, especialmente en su lecho de muerte, tal como yo mismo lo pude observar con frecuencia, por ejemplo cuando pronunciaba aquellas palabras: In te, Domine, speravi; non confundar in aeternum, quia non solum sperantem, sed etiam desperantem adjuvas.
Pero su devoción principal era a la pasión de nuestro Señor; pensaba en ella todos los días y casi todas las horas, y siempre con sentimientos de compasión, de admiración y de gratitud; muchas veces no podía impedir que se notase por fuera en sus jaculatorias, sus suspiros y sus lágrimas. Esto le hacía decir de ordinario que el que no le agradece todos los días a nuestro Señor Jesucristo su pasión y su muerte, ha perdido la jornada. Por eso precisamente, en su última enfermedad, besaba y volvía a besar con mucha devoción y hasta con lágrimas, el crucifijo que tenía junto a su cama. ¿Quién podría contar el sentimiento con que decía: O bone Jesu, qui mortuus es pro me, quis mihi tribuat ut moriar pro te! Salve, crux pretiosa, suscipe discipulum Christi, ac per te me recipiat qui per te moriens me redemit!
Nunca pondríamos fin a la narración de sus virtudes. Bastará con decir solamente que no me acuerdo haber observado nunca en él ningún vicio, ni he oído decir que tuviera alguno; más aún, en él he observado únicamente mucha virtud y todos lo han considerado, lo mismo que yo, como un espejo de devoción, de paciencia, de humildad de obediencia, de caridad y de toda clase de virtudes. No puedo dejar de recordar el aprecio que le tenía el señor Parmentier, párroco de La Queue, hombre de rara virtud, que lo conoció muy íntimamente, y que sólo hablaba de él con admiración, diciendo muchas veces lleno de entusiasmo: «El padre Pillé es un hombre de Dios, es un tesoro oculto, es un santo».
Parece que con esto bastaría para poder elevar el edificio de las virtudes de este gran hombre; pero todavía no hemos puesto los fundamentos. Queda todavía una virtud eminente, que era en él tan viva y que sobresalía tanto por encima de las demás, que las llenaba de vida y las hacía brillar maravillosamente: le fe tan viva y tan grande que siempre tuvo en el más alto grado, de forma que parecía, cuando se le veía y se le oía actuar, como si tocase y palpase los misterios de la fe. No tenía ninguna dificultad en creer las cosas, incluso aunque no tuviese obligación de creer en ellas, como las historias de los santos, sus milagros y todo lo que contienen los libros de devoción. Era aquella fe tan viva y tan grande en la majestad y en la bondad de Dios, la que le hacía sufrir con tanta alegría y obrar con tanto fervor. Era aquella fe tan intensa en la justicia divina la que le hacía temer tanto sus juicios y castigos. Era esta fe la que le hacía sentir tanto horror al pecado y tener tanto celo por la salvación de las almas. Era ella la que le metía tanto miedo de tener que rendir cuentas a Dios, especialmente por las almas que se le habían confiado. Era ella la que le obligaba a decir frecuentermente, en medio de lágrimas y suspiros: «¡Qué espantosos son los juicios de Dios! ¡Qué feliz sería si no hubiera sido nunca párroco!». En fin, era esta fe la que le hacía practicar tan eminentemente todas las virtudes que hemos observado en él. Y lo que me parece más admirable es que esta fe obraba incluso en el alma de los demás, tal como lo han experimentado algunos de nuestros hermanos recurriendo a él en medio de sus tentaciones, cuando él les decía: «Haga usted esto o aquello, y quedará libre. Y ocurría tal como había dicho. Yo mismo lo he reconocido también en varias ocasiones, especialmente una vez en que estaba muy preocupado por el proceso que los padres de san Víctor habían entablado contra nosotros a propósito de nuestro establecimiento en san Lázaro; ya estaba a punto de abandonar por completo esta casa para no tener que litigar; consulté sobre ello a varios personajes ilustres por diversos conceptos, que con todas sus razones no pudieron convencerme para que resistiese y defendiese nuestra causa; pero apenas le pedí al padre Pillé su parecer. no hizo más que decirme tranquila y serenamente: «Padre, eso no es nada; hágalo; no se preocupe usted; se trata de la voluntad de Dios». Apenas me dijo estas palabras, no puede usted creer cuán consolado me quedé y resuelto a emprender inmediatamente este asunto, de forma que luego ya no tuve ninguna pena ni dificultad en ello. como si Dios mismo me lo hubiese revelado y ordenado. ¡Tan viva y tan eficaz era su fe!
Esta fe tan grande no impidió que a la hora de su muerte sintiese una pequeña tentación de infidelidad. Pero esta tentación la permitió Dios para darle mayor firmeza en sus creencias, lo mismo que cuando se echa un poco de agua sobre un fuego bien encendido, que sólo sirve para alumbrarlo más. El acto que hizo luego es una prueba muy valiosa y auténtica de el]o, ya que, un poco antes de perder el uso de la palabra, cuando fui a verlo y me dijo su tentación, le pregunté si creía en todo lo que Dios había revelado a su Iglesia, y espontáneamente y con mucho vigor de espíritu exclamó: «Renuncio a todas las sugestiones del espíritu maligno; quiero morir como un cristiano verdadero», y con todas sus fuerzas pronunció este acto de fe: «¡Dios mío! Yo creo en todas las verdades que has revelado a tu Iglesia; renuevo todos los actos de fe que he hecho durante toda mi vida y, como quizás no tuvieron todas las condiciones requeridas, renuevo todos los de los apóstoles, los confesores, los mártires, etc.».
Cuando dije que esta fe tan grande le causaba mucho temor de la justicia divina, no se imagine usted que faltó a la virtud de la esperanza, ya que también la tuvo en alto grado. No hay que extrañarse de ello, ya que la misma fe, cuyos actos hacía con tanta frecuencia, le servía siempre de escudo para resistir los asaltos de las tentaciones, y al mismo tiempo de antorcha para ver claramente la inmensidad de las misericordias de Dios, el valor infinito de la muerte y la pasión de nuestro Señor y la verdad infalible de las promesas que hizo a los pecadores arrepentidos, aparte de que su gran caridad, unida con -..na fe tan intensa, era la señal infalible de que su esperanza era igualmente muy grande, lo mismo que cuando por la noche se ve una gran claridad y se siente un gran calor, es señal evidente de que también la llama es muy grande. Del mismo modo después de haber percibido la inmensa luz de su fe y el admirable ardor de su caridad, se puede deducir infaliblemente que la llama de su esperanza ardía en la misma proporción. Y aunque no hubiera más pruebas que la experiencia que tenemos de las continuas victorias que consiguió combatiendo contra el temor hasta la muerte sería suficiente para que viéramos la grandeza de su esperanza, porque si no, no hubiera podido subsistir esta virtud como lo hizo. Y no sólo se mantuvo, sino que fue aumentando sin duda alguna a medida que recibía contrariedades, lo mismo que la llama de un fuego bien encendido crece cuando la agitan los vientos. Por eso sin duda alguna quiso probarlo Dios, para que ganase una corona más rica. Y aunque esta gran esperanza perduró en él durante toda su vida. sin embargo brilló más y resplandeció sobre todo al final por medio de varios actos notables que hizo, especialmente cuando le hablábamos del cielo, adonde iría pronto, y nos encomendábamos a sus oraciones cuando estuviese allí; entonces nos respondía con decisión y sencillez que no dejaría de rezarle a Dios por nosotros y por toda la Misión, y nos lo prometía como si hubiera tenido una revelación de que entraría en el cielo inmediatamente después de morir: ¡Qué hermosas peticiones prometía presentarle a la divina Majestad por toda la compañía! En fin, de este modo nos demostraba que su esperanza iba creciendo a medida que veía acercarse la recompensa. Lo mismo que crece el movimiento de una piedra cuanto más se acerca al suelo.
Este es, padre, el resumen de la vida del padre Pillé, que sin duda le parecerá muy hermoso; sin embargo, a mí me parece pequeño, tanto porque no he logrado hacerle ver todas sus virtudes, lo cual sería imposible, como porque lo mayor y lo más excelente queda oculto por su profunda humildad, aparte de que sólo Dios lo puede conocer; nosotros lo conoceremos únicamente en el cielo, especialmente aquella plenitud de gracia y el espíritu con que hacía todos esos actos de virtud. Sea lo que fuere, eso no es más que una parte de lo que hemos podido observar en su vida.
Quizás espere usted que le ofrezca también una narración de su muerte; pero no puedo decirle más que lo que ya ha visto usted en el espejo de su vida, pues su muerte fue lo que había sido su vida; si hay alguna diferencia, está en que su vida fue como un gran cuadro, mientras que su muerte fue solamente un resumen. Puedo decirle que en los diez o doce últimos días de su vida, hizo y renovó los actos interiores y exteriores de todas las virtudes que hemos comentado, especialmente de fe, temor de Dios, esperanza, caridad. contrición, humildad, obediencia, paciencia, resignación y conformidad con la voluntad de Dios, y que hizo intensive en su muerte lo que había hecho extensive en su vida: quiero decir que, si hizo en su vida muchos actos de virtud, verbigracia a tres grados, los pocos que hizo en su muerte fueron a seis grados. Pero para referir algo más detalladamente el final de este hombre de Dios, conviene que sepa usted, padre, que unas tres semanas antes de morir le trajeron de Bons-Enfants a San Lázaro, debido a un continuo sopor que se advirtió en él, además de su enfermedad ordinaria del pecho y de los pulmones. Tres o cuatro días después de su llegada, empezó a guardar cama, y luego fueron fallándole cada vez más las fuerzas y teniendo cada vez más fatiga, dado que su enfermedad del pecho le oprimía más que nunca y de tal forma que, al cabo de pocos días, ni siquiera podía tenerse en pie ni servirse de sus miembros; más aún, empezó pronto con expectoraciones pulmonares. Tenía sin embargo todavía el ánimo despejado, mucho coraje y libre el uso de la palabra; y lo más admirable es que hablaba y rezaba muchas veces con más vivacidad y vigor que antes, especialmente cuando le anunciaron que era entonces cuando Dios quería poner fin a sus penas temporales para que fuera a gozar de las alegrías eternas. Fue entonces cuando empezó, como un cisne, a cantar más suavemente que antes. ¿Quién podrá expresar los sentimientos que tenía en su corazón mentras pronunciaba con sus labios aquel versículo de David: Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: in donum Domini ibimus!. ¿Quién podrá expresar con qué espíritu hizo todos esos actos de virtud, tanto exteriores como interiores, que pronunció en aquellos últimos momentos de su vida, sobre todo cuando le dieron el santo viático y la extremaunción? Porque todos los actos que hacía de fe, de esperanza, de caridad, de contrición, de humildad, de sencillez, de obediencia y de conformidad con la voluntad de Dios eran otros tantos dardos inflamados que herían el corazón de los asistentes y les hacían derramar lágrimas. Era un segundo san Andrés; pues, lo mismo que aquel gran apóstol murió en la cruz donde estuvo durante dos días enteros clavado sin morir, predicando a los pueblos y rogándole a Dios por la salvación de las almas, también el padre Pillé murió en su cruz, quiero decir en medio de los agudos dolores de su enfermedad, y en medio de esos sufrimientos edificó a todos los misioneros con los buenos discursos que les echó y con los extraordinarios ejemplos de paciencia y de otras virtudes que les dio. Yo iba ordinariamente dos veces al día a visitarle, especialmente la última semana de su vida; pero he de confesarle que no era tanto para consolarle, animarle y disponerle a bien morir, como para consolarme a mí mismo, animarme y disponerme a bien vivir. En efecto, no salía nunca de su habitación sin llevar el corazón totalmente derretido y embalsamado de devoción. Me sentía lleno de admiración al ver en él cosas tan contrarias y tan extremas en un mismo sujeto y en el mismo instante; al ver tan gran paciencia junto con tan grandes sufrimientos, tanta fuerza de espíritu junto con tan gran debilidad de cuerpo, una voz tan fuerte (sobre todo cuando hablaba de Dios) junto con tan graves molestias de pulmón, tanta vigilancia y atención a lo que se le decía junto con tan extraordinario sopor; pues, a la primera palabra que se pronunciaba para disponerle a morir, enseguida abría los ojos y la boca para demostrar que su corazón no dormía, aunque su cuerpo estuviera adormecido, sino que vigilaba siempre con la lámpara bien dispuesta para recibir al Esposo, a quien esperaba con tantos deseos. Me impresionaba más todavía al ver en él una humildad tan profunda con una caridad tan elevada, un temor tan grande con una esperanza tan perfecta, una fe tan firme con una tentación tan fuerte, tanta contrición con tanta inocencia, tanta devoción con tanta desolación, tanta paciencia en medio de los dolores y finalmente tanta resignación con la voluntad de Dios al mismo tiempo que tantos motivos de mortificación interior y exterior.
Pero lo que todavía me enternecía más el corazón era verlo y oírlo cuando nos encomendábamos a sus oraciones y le pedíamos la bendición, especialmente cuando se la pedía yo mismo. Al principio se excusaba, diciéndome que le correspondía a él hacerme esa petición, pero luego obedecía con toda sencillez diciendo: «Voy a hacerlo por obediencia y para confusión mía». Y entonces empezaba a decir unas plegarias admirables y nos deseaba tantas bendiciones y nos daba tan buenos consejos y nos hablaba tan bien de la Misión y nos preconizaba tantas gracias, y esto con tanto fervor, sencillez y humildad que nos parecía oír a un santo del paraíso, de forma que no podíamos contener las lágrimas, especialmente cuando, como conclusión, elevaba sus manos y hacía la señal de la cruz para darme su bendición, que yo recibía de él como si nuestro Señor me la hubiera dado personalmente; y me parecía que recibía al instante sus efectos en mi alma.
Esto es lo que puedo decirle de su enfermedad, que duró unos quince días, al cabo de los cuales, después de haber cumplido con los deberes de un perfecto cristiano y haber rendido su homenaje de corazón, de palabra y de obra al soberano Señor, empezó a perder la palabra y finalmente entró en la agonía, aunque con bastante tranquilidad y sosiego, con lo que terminó su vida y exhaló su último suspiro todavía más tranquilamente, casi sin que nos diéramos cuenta. a no ser por una devota aspiración que hizo diciendo: «¡Ay, Dios mío!», palabras cortas, pero llenas de énfasis y de energía. ¡Qué cosas tan hermosas iban comprendidas en esas palabras! ¿Quién podría explicarlas? Estas últimas palabras le parecieron a alguno de los nuestros tan admirables que dijo que había motivos para creer que en aquel último instante ese hombre apostólico veía ya a nuestro Señor y casi lo tocaba, con lo que se llenó tanto de gozo que se vio obligado a exclamar como otro santo Tomás: Dominus meus et Deus meus!, Así es como entregó su alma, que sin duda voló hacia el cielo, ya que no tuvo seguramente necesidad de purgatorio después de su muerte, por haberlo sufrido durante su vida. Murió en el mes de octubre, la vigilia de san Dionisio, un martes, día dedicado a los santos ángeles a los que había tenido tanta devoción, y fue sepultado en el coro de San Lázaro, con una misa solemne que yo tuve la felicidad de celebrar. A parte de eso, no hemos dejado de decir cada uno tres misas por el descanso de su alma, y todos los hermanos han recibido la comunión y han dicho tres rosarios. Le ruego que mande usted también lo mismo en su comunidad.
He aquí, padre, la vida y la muerte de este buen misionero, o mejor dicho de este santo, que ruega ahora por nosotros, tal como podemos creer piadosamente. Hay mucho que aprender en su vida para el provecho de todo género de personas que componen nuestra congregación. Los antiguos aprenderán a no dispensarse de la regla, los jóvenes a someterse a ella, los enfermos a tener ánimos y paciencia, los sanos a trabajar sin descanso, los espirituales a perfeccionarse y los sensuales a sentir confusión al ver cómo se mortificaba un hombre anciano y enfermo. Los que no están firmes en su vocación, o los que a la primera tentación o descontento se ponen a pensar en salirse, verán aquí cuánto caso hay que hacer de la gracia que Dios les ha concedido de ser misioneros. Los que murmuran diciendo que no valen para predicar, para confesar o para las demás funciones de la Misión debido a su enfermedad o a sus molestias de cuerpo o de espíritu, o porque se les deja en la casa para dedicarse a algo que no les va, aprenderán aquí que es una gran presunción imaginarse que Dios tiene necesidad de su talento, como si no pudiese convertir a las almas por otro camino, y que la obediencia, la mortificación, la oración, la paciencia y otras virtudes semejantes conquistan mejor a las almas que la mucha ciencia y toda la industria de los hombres. Todo esto se ha visto claramente en el padre Pillé. Como ya he dicho, que hizo más él solo padeciendo que todos nos otros haciendo cosas. Lo que hemos de hacer es imitarle en estas virtudes y rezar por él, o mejor rezarle a él, al menos en particular, ya que la Iglesia no nos permite todavía obrar de otra manera. Al hacer esto, hemos de esperar por su intercesión grandes favores del cielo en esta vida para poder luego gozar con él de la gloria en la otra. Dios nos conceda esa gracia, por los méritos de nuestro Señor y de su santa Madre, en cuyo amor soy su muy humilde y muy obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
indigno sacerdote de la Misión
San Lázaro, primer día del año 1643.
Dirección: Al padre du Chesne, superior de los sacerdotes de la Misión de Crécy, en Crécy.







